CORONAECONOMÍA.

RECOPILACIÓN DE ARTÍCULOS RELACIONADOS CON EL NUEVO MUNDO ECONÓMICO QUE NOS VA A TOCAR VIVIR.

Equilibrio emocional, desarrollo personal.

Uno de los efectos colaterales de la pandemia es, sin duda, el desequilibrio emocional que supone observar cómo ha cambiado el entorno que nos rodea. De estar  acostumbrados a un roce humano más profundo, a movernos sin complejos y sin reparos hemos pasado a tener el mayor cuidado posible desde la respiración hasta los objetos que tocamos. ¿Existe alguna pauta que nos pueda ayudar a conllevar esta situación? Y eso sin tener en cuenta la nueva incertidumbre: no tenemos ni idea de cómo va a ser la situación sanitaria (con sus ramificaciones económicas y sociales) ni siquiera dentro de un mes. ¿Qué podemos hacer entonces para mantener un mínimo equilibrio emocional que nos permita cierto desarrollo personal?

 

            Es el momento de denunciar muchas de las tonterías de los libros de “antiayuda”, con sus mensajes aburridos y repetitivos esos de que “un fracaso es el preludio de un éxito”, ”hay que perseverar”, “nunca te rindas, ”el que resiste gana”, “mantén el espíritu positivo” o “si peleas lo suficiente tus sueños se cumplirán”. Pensemos, por ejemplo, en la última frase. Miles y miles de niños sueñan con ser futbolistas de primera división. Por definición, no todos pueden llegar a serlo. No hay espacio para tanto sueño.

            Estas frases, mal usadas, son peligrosas ya que dan a entender que ese es el camino seguro para el éxito. Y eso es falso. En términos sociales, lo más normal es que la mayor parte de las personas terminemos en la mediocridad. Son estadísticas. Eso no es malo. Es más; es muy bueno: podemos tener una vida maravillosa en un “puesto mediocre”. Ver crecer a los hijos, a uno mismo, disfrutar de pequeños momentos, reír y aprovechar o crear experiencias inolvidables es la salsa de la vida. Más que tener un “gran puesto”.

            No obstante, no podemos engañarnos. Existen muchas circunstancias personales en las que la pandemia deja pocas posibilidades de desarrollo: es labor de la sociedad civil y de los organismos públicos ayudar a estas personas. No es caridad. Es la regla número uno de las interrelaciones humanas: evitar el sufrimiento de los demás.

            La vida enseña que para lograr el éxito en términos de “gran puesto” importa ser de buena familia, tener dinero y sin duda, tener contactos. Sí: el esfuerzo, la determinación, saber lo que se quiere y orientar nuestras capacidades a unos objetivos claros y concretos son aspectos que nunca se van a infravalorar. Sin embargo, el lienzo debe ser completo.

            Es el momento de aplicar ideas que nos empujen a tener cierto equilibrio emocional. El método a aplicar: aforismos poderosos. Existen otros mecanismos, como las historias o narraciones, la gamificación, las emociones, las fábulas, los refranes. Es más, si nos encontramos angustiados, podemos acudir a un psicólogo. Si nos sentimos desorientados, podemos acudir a un coach (éste término en inglés significa “cochero”: persona que gobierna y dirige los caballos a su destino). Desde luego, las opciones son múltiples. Pero vamos a los aforismos.

 

            “Un buen líder es quien logra que la confianza colectiva a largo plazo se imponga sobre la incertidumbre a corto” (Daniel Kahneman). Pocos líderes políticos cumplen este principio. Merecerían destacarse dos mujeres: Angela Merkel en Alemania y Jacinda Ardern en Nueva Zelanda. Sin embargo, muchos empresarios o presidentes de organizaciones sociales están tomando medidas sanitarias, estratégicas o económicas que siguen el principio de Kahneman. Así es como se mejora el futuro.

            “Los europeos funcionan con esquemas mentales no adaptados al mundo en el que vivimos” (Pedro Alonso). Nuestro cerebro es rígido y tiene como objetivo gastar la menor energía posible. No obstante, los cambios actuales y los que están por venir (computación cuántica, inteligencia artificial o digitalización) nos deben hacer ser flexibles. Como diría Bruce Lee, ser como el agua.

 

            “Quise ahogar las penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar” (Frida Khalo). La realidad es la que es, no la que queremos que sea. Cualquier intento de edulcorarla está condenado al fracaso. No aceptar las cosas, con declaraciones tan desafortunadas como las de Cristiano Ronaldo al decir, después de dar positivo, que “el PCR es una m” no cambia la realidad.

            “El lenguaje es el vestido de los pensamientos” (S. Johnson). La programación neurolingüística consiste en técnicas usadas para modificar los procesos del cerebro y la conducta de  las personas a través del lenguaje. Los políticos lo saben, y en consecuencia sus discursos usan expresiones para orientar comportamientos. Por otro lado, podemos mejorar nuestro lenguaje mental y verbal como base para equilibrarnos mejor.

            “Nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema cada vez” (Charles Dickens). Vivimos en la denominada economía de la atención. Muchos articulistas cobran por clic. En otras palabras, los títulos son lo más atractivos posibles para que pinchemos allí. Por eso gran parte del tiempo que usábamos para estar con los demás o adquirir cultura en forma de libros, arte o incluso cine y teatro ha pasado a la pantalla. A nuestro teléfono móvil, también denominado “apéndice del cerebro”.

            Terminemos con otros aforismos más sencillos:

            “El que domina sus pasiones, sus deseos y sus temores es más que un rey” (John Milton).

            “Debemos cambiar imperceptiblemente los acontecimientos iniciales, tan imperceptiblemente que pueda parecer de momento que no tiene la mínima importancia y la evolución se desarrollará en una dirección totalmente diferente” (Stephen Jay Gould).

            “Quienes somos, con respecto a cualquier tipo de decisión, es donde estamos en el ámbito de la atención antes de tomar una decisión”(Robert Cialdini).

            “Saber para prever a fin de poder” (August Comte).

            “Somos lo que decidimos” (Mariano Sigman).

            “Es más fácil justificar nuestro comportamiento que cambiarlo” (Alfred Adler).

            “El mayor reto es intentar ser uno mismo cuando el resto del mundo quiere que seas otro” (Edward Estling Cummings).

            “Lo que llamamos realidad es cierta relación entre sensaciones, formas y recuerdos que nos envuelven” (Vladimir Nobokov).

            “Mi plan A es no ser el plan B de nadie” (Anónimo).

            “Hoy (percepción) es el mañana (expectativas) del ayer (recuerdos)” (Javier Otazu Ojer).

 

            www.javierotazu.es, www.asociacionkratos.com

Una nueva normalidad.

Idea aplicada por Xi Jinping (China) para definir su nuevo mandato.

¿Cómo suena?

Los dos primeros artículos que se leen en el presente epígrafe aportan las ideas necesarias para buscar soluciones a la crisis económica provocada por la pandemia.

Soluciones (clave).

Bienvenidos a septiembre. El comienzo de la nueva temporada educativa, la adaptación a la vida sanitaria y la adopción de comportamientos personales que sirvan para prevenir la transmisión del coronavirus están presentes en todas nuestras actividades diarias.

Nos cuesta mucho vivir con incertidumbre, ya que todos los escenarios están abiertos. Un nuevo confinamiento es improbable, pero no se puede descartar. Aunque sea lentamente, las investigaciones médicas avanzan y la vacuna parece acercarse.

            En este contexto, la situación económica y social es una prioritaria. No obstante, mucho cuidado: algunos políticos están interesados en enviar señales de humo para confundir a la sociedad ocultando así sus carencias, ineptitudes y responsabilidades. Los medios para ello son entrar en temas marginales (cuestiones relacionadas con la identidad, la situación de la Corona, la reforma de la Constitución, las disputas ideológicas con otros partidos o promover mociones de censura) o la creación de comisiones y “grupos de trabajo” que al final no concretan nada.

            Pensemos en los 140.000 millones de euros que van a entrar a partir del próximo año en nuestro país. Antes, dos aclaraciones. La Unión Europea tendrá un papel clave en el uso de la ayuda y los presupuestos del Estado deberán estar aprobados. Continuamos: ¿qué haría cualquier presidente razonable? Preparar un equipo de gestores de reconocida solvencia para decidir cómo invertir el dinero. El debate, simple: equilibrar las necesarias ayudas sociales junto con la inversión apropiada para generar más riqueza y ser competitivos en el futuro. Existe un precedente histórico muy curioso. En medio de la dictadura de Francisco Franco, se pensó en cómo modernizar el país. Así, se creó el plan de Estabilidad del año 1959….el cual estaba encabezado por un antifranquista: Juan Sardá Dexeus. Deben estar los mejores, sin ideologías ni complejos.

            ¿Cuál es el método que se va a aplicar en España? Un tal Pedro Sánchez Castejón, conocido por no haber gestionado nada en su vida, seleccionará los proyectos que se aprueben. Le ayudará su “gurú”, Iván Redondo. ¿Cuál será su criterio? ¿Económico o político? ¿Bien común o interés personal?

            Bueno, la mejor forma de predecir el futuro de una persona es valorar su pasado. Claro que no es un método infalible; tan sólo es una pista.

            Entonces, ¿cuáles deberían ser las medidas que deberíamos aplicar?

            Bien, debemos incidir en un principio básico, fundamental e indiscutible. La riqueza la crean los empresarios y la sociedad civil, no los gobiernos. Conocemos sus discursos.  Si la economía va bien es gracias a sus medidas; si va mal, es por la herencia recibida, por circunstancias sobrevenidas, por la Unión Europea o incluso por la oposición, la cual se dedica a crispar. Es un engaño generalizado realizado por muchos políticos. A veces parece un pacto tácito para seguir viviendo del cuento.

Pasamos del principio básico a una evidencia: si no hay riqueza, no se puede repartir. Algunos partidos políticos no quieren entenderlo: penalizar fiscalmente los recursos productivos  de hoy es la ruina segura para mañana.

Así, es claro que se  deben crear las condiciones adecuadas para que la sociedad civil y los empresarios puedan desarrollar todo su potencial. ¿Cómo lo hacemos? Se proponen ocho ideas.

1.- Como se ha perdido confianza en los gestores, la transparencia debe ser total. Deberíamos saber con un clic de ordenador dónde va todo el gasto y de dónde viene el ingreso. Todas deliberaciones gubernamentales deberían ser por streaming.

2.- Esta transparencia evitaría casos como los vividos con el ingreso mínimo vital (casi todas peticiones fueron desestimadas), el cual debe ser repensado.

3.- Leyes cortas, sencillas y de aplicación directa para minimizar disputas judiciales. El coste del conflicto entre agentes económicos es inmenso.

4.- Profundizar en el palo (penalizando las conductas negativas) y en la zanahoria, (incentivando las conductas positivas).

5.- Planes estratégicos basados en nodos, infraestructuras y clusters.

6.- Sanidad telemática racional; no el caos telefónico que ha llenado las salas de urgencias de personas mal atendidas.

7.- Digitalización de la administración, facilidad para realizar gestiones.

8.- Desarrollo de estructuras relacionadas con la economía azul (idea de Gunter Pauli); aquella que se integra a los ecosistemas de la naturaleza.

¿Cuál es la forma de crear la realidad? Tener una visión. “Queremos una sociedad equilibrada con la economía y el planeta”. Sabemos que durante un tiempo habrá que aprender a convivir con el virus. Conocemos que algunos sectores económicos van a pasarlo mal.

En estos momentos, debemos orientar los pensamientos, las palabras, las ideas, los actos y los comportamientos personales hacia nuestra visión. Usaremos nuestros recursos en términos monetarios y temporales en esa dirección.

Ya decía August Comte que necesitamos “saber para prever a fin de poder”. William Shakespeare nos recuerda que “estar preparado es todo”. Afrontaremos escenarios desconocidos, pero siempre ha sido así. Se llama Historia.

Es el momento de dar el primer paso.

De la bomba atómica a la recuperación económica (SOLUCIÓN DOS).

 El pasado mes de agosto se cumplió el  75 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Poco se puede añadir al horror que se vivió y a la amenaza termonuclear que parece diminuta pero sigue presente en nuestras vidas. Como decía el difunto Perich; “La penicilina se inventó de casualidad. El napalm (o la bomba atómica, da lo mismo) no”.

            ¿Cómo se pudo llegar a la carrera atómica? ¿Mereció la pena lanzar la bomba y causar tanta muerte? Hay consenso entre los historiadores de que se evitaron muertes, ya que la guerra se habría alargado durante mucho tiempo y así la rendición nipona fue inmediata. Sin embargo, hay un matiz que no se ha estudiado con suficiente profundidad; la posibilidad de haber lanzado la bomba en algún lugar de Japón sin población. La disyuntiva sería muy fácil: os podéis rendir en tres días o lanzamos la bomba a alguna ciudad por determinar. ¿No habría sido más sencillo y lógico?

            Dos de los mayores genios del siglo XX son, sin duda, Albert Einstein y John Von Neumann. El primero no necesita ningún tipo de presentación; el segundo, sin embargo, sí. Entre sus múltiples hazañas intelectuales debemos indicar los inicios de la computación y una aportación a la economía que cambiaría la forma de medir la realidad: la teoría de juegos. ¿En qué consiste? En valorar las decisiones que tomamos teniendo en cuenta las opciones que tienen el resto de agentes económicos.

            Si bien su representación técnica excede el objetivo de estas líneas, podemos analizar un ejemplo sencillo a partir de dos jugadores (Estados Unidos y la Unión Soviética) que pueden tomar dos posibles decisiones (armarse, no armarse). Lo mejor para ambos es no armarse, ya que eso les proporciona recursos para la educación, la sanidad o las infraestructuras. Sin embargo, razonan de esta forma: “si el otro país se arma, tarde o temprano me someterá. O me conquista, o me obliga a seguir su sistema (capitalista o comunista, según el caso)”. Es indudable que nadie está dispuesto a seguir ese riesgo. En este caso, el equilibrio para ambos es evitar el peligro y armarse hasta llegar a la “destrucción mutua asegurada”. Eso es lo que ocurrió, y ambos salieron perdiendo.

            Existen otros refinamientos de este juego, llamado en teoría “el dilema del prisionero”. En todos los casos, el resultado al que se llega es el peor para el bien común. Dicho resultado se llama “equilibrio de Nash”, en homenaje al Nobel de Economía John Nash. Su historia inspiró la película ganadora del Oscar a mejor película “Una mente maravillosa”, protagonizada por Russell Crowe.

            La característica fundamental de este equilibrio es que ningún jugador tiene incentivos para cambiar su posición. Si Estados Unidos o la Unión Soviética deciden no armarse estarán a merced de su rival.

            Este enfoque se aplica para reactivar el desplome económico originado por el Covid-19. Expuesto por Fernando Trías de Bes en su libro “La solución Nash”, está compuesto por dos jugadores. Por un lado la población; por otro, las empresas. Las posibles decisiones son dos. La población decide o bien consumir y mantener sus hábitos, o bien contener gastos y ahorrar. Las empresas deciden o bien producir y mantener empleo, o bien despedir y recortar inversiones. El equilibrio de Nash en este caso es para la población ahorrar, para las empresas despedir. Como en la carrera de armamentos, eso es malo para los dos. Pero claro, cada agente usa el sentido común.

            La población no quiere arriesgarse a consumir y sufrir despidos, eso sería la ruina total.

            Las empresas no quieren arriesgarse a producir y mantener empleo y que nadie les compre. Eso sería, también, la ruina total.

            Está claro: la solución ideal es que la población consuma y que las empresas inviertan manteniendo el empleo. ¿Cómo llegar a la misma?

            Trías de Bes propone el denominado “desacuerdo de Nash”. Es necesaria la intervención del Estado para que cada agente económico haga lo que interesa al bien común. Para ello, se deben garantizar los ERTE, aportando en casos extremos un Ingreso Mínimo Vital (IMV) de forma que así se pueda mantener el consumo inicial y las empresas mantengan el empleo.

            ¿De dónde vendrían los recursos? Con deuda. Sí, es malo seguir aumentando el déficit. Pero es el mal menor. Lo mismo ocurrió en la crisis del 2008; evitar que los bancos (cajas en España) cayesen era muy caro. No obstante, era el mal menor. Si caen los ahorros de las personas el sistema colapsa.

            Al análisis de Trías de Bes se le puede hacer una observación: también pueden venir recursos del Banco Central Europeo, el cual podría emitir bonos sociales a un tipo de interés negativo para financiar los gastos. Bueno, es una posibilidad debatible.

            La conclusión no lo es: en economía se deben adecuar los incentivos de las personas para llegar al bien común.

            ¿Cómo?

            También es debatible.

 

Medidas.

 Cada vez hay más expertos que conocen cuáles son las medidas adecuadas para contener la expansión del maldito bichito. Sólo falla un pequeño detalle: las diferencias en el enfoque son enormes. Para unos el confinamiento de seis semanas es excesivo, para otros es necesario. Unos dicen que está bien parar la actividad “no esencial”, otros dicen que es un disparate. Unos dicen que es adecuado no poder salir a pasear, otros dicen que es lo más seguro. Unos dicen que está muy bien que Google controle nuestros movimientos (ya hasta manda avisos para que las personas más revoltosas se queden, de una vez, en casa), otros dicen que al final van a controlar hasta nuestras emociones. En este caso, merece la pena resaltar una hipótesis propuesta por el israelí Yuval Noah Harari. Nos podrían poner una pulsera para saber cuáles son nuestros movimientos. Sí, eso es correcto. Sin embargo, dicha pulsera puede detectar nuestras sensaciones cuando oímos un discurso político o paseamos por un centro comercial. En otras palabras: ¡el Gobierno podría deducir incluso nuestro voto!

            Todo esto expone una idea muy sencilla: seguimos sin tener claro a lo que nos enfrentamos. Cada país prueba mecanismos diferentes aunque se va alcanzando cierta convergencia. Es un método muy antiguo: se llama prueba y error.

            Es lógico priorizar la salud a la economía, es lógico que el Estado ayude a todas las personas con problemas. Pero como los recursos son limitados, se debe elegir. Para elegir, se debe tener la mejor información posible. Y para ello es fundamental el fondo (estadísticas, números) y la forma (dicha información debería transmitirla la máxima autoridad: estamos en una crisis de dimensiones desconocidas). Dicho de otra forma, el presidente del Gobierno o la presidenta de Navarra podrían informar todos los días, a la misma hora, de la situación en la que nos encontramos. No obstante, existe un problema de confianza: muchos ciudadanos no se fían de estos mensajes. Eso indica que nuestras democracias todavía no han madurado. La rendición de cuentas en el caso de ocultar datos relevantes, mentir o realizar actividades corruptas debería ser más dura y estricta. Sin embargo, personas como Juan Carlos Monedero o Cristina Cifuentes son invitados a los platós televisivos a dar su versión de la realidad, cuando su historial no es muy limpio que digamos. ¿Cómo puede ser?

            Un aspecto marginado es el tema de la cadena de suministro. Muchos agricultores tienen dificultades para poder coger su cosecha. Es muy complicado llevar a 50 personas a trabajar al campo de una en una. Sí, los sanitarios son los que tienen prioridad para adquirir los EPI (equipos de protección individual). Pero dejar recursos alimenticios tirados es un desperdicio que no nos podemos permitir, y más aún cuando toda esta historia hace que el desplazamiento de bienes y servicios sea más complicado. ¿Existe algún plan para eso? ¿Se puede crear un mecanismo de incentivos para evitar estas posibles pérdidas? Insisto: no podemos olvidarlo. Los agricultores  deben realizar su trabajo con la mayor seguridad posible.

            A nivel europeo, está el tema de la parálisis política. El Gobierno español pide la emisión de los ya famosos “coronavirus”, pero debemos entender a Europa. Tienen razones para estar resentidos debido al enorme despilfarro realizado en los años precedentes, con amplios desvíos del déficit público. Si tal y como sugieren muchos estudios la deuda sube al 130% del PIB, lo que va a ocurrir es sencillo; un rescate encubierto. El MEDE (mecanismo europeo de estabilidad) dispone de 410.000 millones de euros. Está claro que España tendrá una gran cantidad de este dinero y que Europa va a ayudar: no hay otro camino. El proyecto conjunto está en juego. La cuestión ahora será saber la labor que ocuparán los “hombres de negro” en el control de las cuentas públicas futuras. Eso sí, no puede ser que las cosas del palacio vayan tan despacio.

            Además de todo lo anterior, otra opción adicional sería la compra por parte del BCE (Banco Central Europeo) de bonos emitidos por países que necesitan financiar la ingente ayuda social que va a necesitar su población. Los intereses deberían ser negativos para aliviar la carga fiscal.

            Sigue siendo urgente la adquisición o elaboración de EPI para poder ayudar a las personas a volver a la vida normal, cosa que ocurrirá muy lentamente. ¿Existe algún plan para que empresas privadas puedan realizar esta labor? ¿Cómo se les va a recompensar?

            Por último, es difícil valorar las medidas a tomar cuando todo termine. ¿Aventuramos alguna?

            Ajustes de la Seguridad Social: más tiempo de cotización, recorte de algunas pensiones. Valoración de la renta básica. Reevaluación de los gastos del Estado.  Ampliación del presupuesto sanitario. Mayor control tecnológico. Aumento de la digitalización de la economía. Nuevos mecanismos de gobernanza global. Restricción a las ventas de pangolín en los mercados chinos.

            Bienvenidos al futuro.

Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law).

www.asociacionkratos.com

Una propuesta global, muchas propuestas individuales.

                Las medidas sanitarias que estamos aplicando en el asunto de la pandemia del coronavirus son de tres tipos. Uno, prevención.  Dos, evitar contagios. Tres, buscar una cura. Dejamos este tipo de investigaciones y medidas a los científicos y sanitarios. La cuestión es otra: ¿qué se puede hacer en términos económicos?

 La economía funciona como una rueda global, de la siguiente forma. Un pequeño porcentaje de la población puede producir todo lo que necesitamos para vivir: alimentos, ropa, casa, energía. ¿De dónde obtienen estos agentes económicos sus recursos? De una rueda mayor: la provisión de otros bienes y servicios que son placeres, caprichos o mejoran nuestra conexión (entretenimiento, telefonía móvil, viajes o cultura). Si la rueda mayor no gira, la pequeña terminará parando.

            Para evitar este escenario, el Gobierno ha prometido movilizar 200.000 millones de euros para afrontar la crisis del coronavirus. Eso sí que es un plan de choque. Entre otras medidas, se busca ayudar a las familias más vulnerables, mantener la liquidez de las PYMES, aumentar la dotación sanitaria o fomentar la investigación científica. No obstante, se debe tener en cuenta que cuando la actividad económica se hunde, los ingresos impositivos asociados a la misma también. Además, aumentan los gastos en una proporción mayor: quien generaba riqueza necesita un subsidio. En definitiva, las cuentas se desequilibran. ¿Cómo se puede financiar semejante plan?

            Antes de contestar a esa pregunta, recordemos los tipos de políticas que se pueden aplicar en la actualidad. Pueden ser monetarias (Banco Central Europeo), normativas y fiscales (gobierno, pero con muchos niveles: desde la Unión Europea hasta nuestro municipio),  paternalistas (“empujar” a la población a hacer lo correcto) y fomento de la responsabilidad individual (eso depende de cada persona, en este contexto pesa mucho el tipo de sociedad en el que nos encontremos).

            Muchas de las indicaciones asociadas al estado de alarma son normativas: tenemos la obligación de estar en casa salvo razones de fuerza mayor. Respecto del tema fiscal, la cantidad de recursos para cubrir necesidades previstas e imprevistas es enorme. Además de ampliar el déficit y la deuda en magnitudes colosales y diferir el pago en el tiempo, hay otra opción. Se llama BCE (Banco Central Europeo).

            Los instrumentos de política monetaria más usados son fijar el tipo de interés de referencia, las facilidades permanentes, mantener un coeficiente de caja adecuado y las compras (ventas) de activos financieros de calidad para generar (drenar) liquidez. Todo ello está pensado para que la inflación sea del 2%, número que (de forma arbitraria) se considera adecuado para tener un crecimiento de PIB deseable y un desempleo soportable.

Sin embargo, la situación de crisis es descomunal. No se había conocido algo así desde la guerra. Por lo tanto, se requieren medidas extraordinarias. El BCE debe comprar bonos emitidos por los Estados a un tipo de interés negativo para financiar la ayuda que van a necesitar las personas en toda la zona euro. Es mejor referirnos a personas: no a empresas, PYMES, pueblos o grupos sociales. Personas. Es lo único que importa.

¿Cómo repartirlo? Esa tarea, para los expertos. Lo razonable sería una paga mínima para todas las personas que no superen cierto nivel de renta y de ingresos. Así  pueden atender sus necesidades fundamentales, no cunde el pánico, se genera sosiego y se espera una solución que llegará más pronto que tarde.

¿Otras propuestas? Expuesta la principal, valoremos más opciones.

El paternalismo libertario incita a las personas mediante empujones (“nudge”, según su terminología técnica) a hacer lo correcto permitiendo la libertad personal. Por ejemplo, campañas de sensibilización para animar a los jóvenes a comprar bienes de primera necesidad para los mayores que no pueden salir de sus casas. No es obligatorio ayudarles, pero así logramos ahorrar recursos públicos y mejoramos la sociedad. Más posibilidades: no estamos obligados a recriminar a nadie una actitud inadecuada como salir a pasear por la calle o mantener una distancia de seguridad, pero si lo hacemos, todos salimos ganando. Es cierto que no todo el mundo hace lo mismo, pero si todos nos volvemos pasivos, no dejamos de retroceder como sociedad.

¿Y la responsabilidad individual?

Hay muchas pautas de comportamiento obligatorias, pero también podemos elegir otras. Por ejemplo, nos va a tocar convivir más a nivel familiar. Ser más tolerante, evitar discusiones inútiles, mantener el buen sentido del humor y pensar actividades que fomenten el desarrollo personal son cosas prioritarias. Además, la gran conexión que permite la red, la televisión a la carta y las plataformas online nos proporcionan múltiples opciones de entretenimiento. Más aún: podemos ordenar, archivar o limpiar todas esas cosas que siempre dejamos para mañana.

Por último, está demostrado que las personas necesitamos “frases mágicas” de estímulo. En este caso, se proponen dos.

“Somos lo que decidimos” (Mariano Sigman, neurocientífico).

“De la conducta de cada uno depende el destino de todos” (Alejandro Magno).

            Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior & Law Ediciones)

            www.asociacionkratos.com

UNA NUEVA REALIDAD.

                Si hace tres meses nos lo llegan a contar, no lo hubiésemos creído. Hemos visto cosas así en películas como “Estallido” o en zonas muy lejanas como Africa con el Ebola. De momento, el temido virus está insertado en nuestro lenguaje cotidiano. Es muy difícil estar hablando durante diez minutos seguidos y que no salga la palabra maldita: “coronavirus”.

La bolsa se ha hundido, la información fluye de forma atropellada. Por un lado, China anuncia que el virus ha sido “vencido” y por primera vez, el Presidente Xi Jinping visita Wuhan. Por otro lado, la canciller alemana Angela Merkel anuncia que esperan entre un 60 y 70% de infectados en la población total (al menos, 4 de cada 5 serán antisintomáticos o muy leves). Entre medio, aparecen diferentes escenarios. Dos autores de referencia en el mundo de las simulaciones son Warwick McKibbin y Roshen Fernando. En su trabajo “Los impactos macroeconómicos globales del Covid-19: siete escenarios” dejan ya sólo tres posibilidades: bajo impacto (mueren 15 millones de personas en el mundo, uno de cada 500 a nivel mundial), medio y alto (68 millones de fallecidos, uno de cada 115). Las pérdidas económicas irían desde los 2,4 billones de dólares hasta los 9 billones de dólares. Para hacernos una idea, el PIB de España es de 1,3 billones de dólares.

            Sí, la realidad ha cambiado. Dentro de las empresas que cotizan en bolsa, están subiendo las que se dedican a la investigación farmacéutica, prueban vacunas experimentales, fabrican material médico, se dedican a la eduación a distancia, realizan consultas médicas online, almacenan datos en la nube o tienen negocios de producción y distribución de mascarillas, guantes de látex o papel higiénico. El panorama es sorprendente. La primera semana de marzo la mayor preocupación de los políticos era la aprobación de la ley de libertad sexual. La última semana de febrero la cuestión era solemne: se reunía la mesa del diálogo por Cataluña. Aunque siempre es ventajista valorar el pasado desde la perspectiva del presente, ¿no parecen ahora estos debates delirantes?

            A nivel preventivo, se deben tomar todas las medidas pertinentes  desde todos los ámbitos: público, privado y personal. Ello es debido a la rápida propagación del virus y a su bajo nivel sintomático. El hecho de que pueda estar 14 días en el interior de una persona sin que seamos conscientes de ello nos obligaciones a extremar todas las precauciones. Las opciones, variadas: en Shanghai se está usando una aplicación de móvil (Apipay Health Code) que marca un color a cada persona, como si fuera un semáforo. Rojo, amarillo y verde. Si un portador del primer color pasea por la calle, la multa es gigantesca. Lo mismo ocurre si es un “listo” que deja el móvil en casa para no ser localizado y se salta la cuarentena: como mínimo, multazo. En Rusia la cosa es más peliaguda: se puede terminar en la cárcel.

 

            Por otro lado, está la investigación terapéutica. Aunque hay muchos estudios clínicos comenzados, no se esperan resultados concluyentes hasta dentro de un año. Se llegan a dar aspectos curiosos: un laboratorio de Londres ofrece 4.000 euros para voluntarios que deseen introducirse a sí mismos una cepa del virus comprobando si la terapia que se aplica es o no efectiva. En todo caso, prácticas de este tipo son habituales en la investigación médica. Louis Pasteur predicó con el ejemplo.

            Además de las medidas de prevención habituales, existen más consideraciones. En epidemiología, cuando se investiga la existencia de una posible enfermedad de una persona se aplican dos tipos de pruebas. En primer lugar las pruebas sensibles: son aquellas cuyo objetivo es descartar a los no enfermos. Se usan para enfermedades contagiosas, graves y con buen tratamiento precoz. Tienen pocos falsos negativos (personas enfermas que dan negativo en la prueba) y muchos positivos, los cuales no tienen porqué estar enfermos. Las pruebas específicas sirven para confirmar la enfermedad. Tienen pocos falsos positivos (personas sanas que dan positivo en la prueba), muchos negativos.

            Hoy en día las pruebas sensibles nos las hacemos a nosotros mismos: si no hemos tenido contacto directo con algún foco de la enfermedad, hemos mantenido unas pautas de higiene básicas y no tenemos ningún tipo de problema respiratorio es difícil que estemos contagiados. En caso contrario, se trata de confirmarlo con una prueba específica.

            En definitiva, estamos en una nueva realidad. El nivel de contagio es más alto del esperado, la sanidad está en riesgo de colapsar y ahora toca afrontar toda esta historia. ¿Nos ha enseñado algo?

 Nos ha enseñado que las portadas de los medios y nuestras preocupaciones son relativas.

Nos ha enseñado que somos simple química: una cosita minúscula ha alterado nuestra vida.

Nos recuerda que el pánico es peligroso: bolsa de valores, supermercados.

Nos debería enseñar que la colaboración conjunta y la responsabilidad individual son el único camino para crear un futuro sostenible.

Sólo así se pueden cambiar las predicciones.

Es nuestro turno.

Javier Otazu Ojer (autor de Ideas de Economía de la Conducta, Behavior&Law Ediciones).

www.asociacionkratos.com

 

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