BLOG 2022. EMOCIONAR.

La tragedia de los comunes (abril).

            El pasado jueves 14 de abril se jugó un partido entre el Fútbol Club Barcelona y el Eintracht de Frankfurt. El resultado (2-3) quedó ensombrecido por un acontecimiento asombroso: la gran cantidad de aficionados alemanes que acudió al partido y que llenó la grada del color de su equipo, el blanco. ¿Cómo puede ser?

            La UEFA permite la entrada de 5.000 entradas para los seguidores del equipo visitante. El resto se supone que se lo debe comprar por su cuenta, como cualquier otro aficionado que acude a presenciar un partido. Hasta ahí, todo normal. Lo que ocurre es que algunos clubs tienen una estrategia para aumentar sus ingresos: si un socio no va a acudir al partido avisa con tiempo suficiente para que se pueda ofrecer su localidad. Si por ejemplo una entrada cuesta 100 euros, el club se queda 50, el socio otros 50 y el aficionado que acude al campo disfruta del partido. En este escenario, todos ganan. El famoso win-win se convierte en win-win-win.

            Sin embargo, aparece un problema; quizás quien ha comprado la entrada es del equipo rival. Si son unos pocos, no pasa nada. Si son unos miles, la cosa cambia. Además, es muy difícil disimular: 25.000 personas adicionales se notan en una ciudad. La llenan de cánticos, la vacían de cerveza. Descarado, ¿no?

 La mayor parte de los aficionados que acuden a animar a sus equipos por el mundo tienen un poder adquisitivo muy alto. Sí, es verdad que el partido se celebró en Semana Santa y eso favorece los desplazamientos masivos, pero seamos claros: ir al mundial de Qatar a animar a una selección será carísimo. Sólo pensar en el presupuesto que se va a necesitar es de asustar; pero bueno, cada uno se gasta el dinero como quiere. El caso más extremo es Argentina: hay aficionados que llegan a vender el coche o incluso una casa por ver a su equipo. En el mundial de Rusia los fans argentinos sólo fueron superados, claro, por los rusos. Al menos Qatar tiene un consuelo: el gasto en desplazamiento será inferior al de Rusia. Hay una ligera diferencia en la superficie de ambos países. Por cierto, lo más puro del fútbol, la afición. El reciente caso de reparto de comisiones entre Piqué y Rubiales muestra la “pureza” de un deporte que lleva los mundiales a países tan democráticos, transparentes y fiables como Qatar o Rusia.

Volvamos a Barcelona. Los aficionados del Eintracht de Frankfurt estaban dispuestos a pagar una gran cantidad de dinero por una entrada. Y aquí es donde aparecen incentivos perversos: si alguien es socio, puede vender su pase, quizás, por 300 euros.  Además, hacerlo fuera del canal del club permite quedarse todo el dinero. El negocio es el negocio. Y no está mal pagado, claro que no. Es más, a priori el Fútbol Club Barcelona es muy superior al Eintracht y no debería tener problemas para ganar el partido. Y por una localidad, no pasa nada.

Por supuesto, los aficionados del Barcelona no son ni mejores ni peores que los demás. Cuando un club vende unos “valores” no deja de ser una estrategia de marketing para captar más mercado. La cuestión es que de los valores pasamos al valor de la entrada: ¿cuánto dinero estoy dispuesto a recibir a cambio de permitir un aficionado rival más en el campo? No hay más. La economía tiene una regla básica: “las personas responden a incentivos”. Y salvo que algo toque  a nuestras convicciones más profundas (la vida, la religión, nuestra patria o una ideología concreta) todo tiene un precio. Es el mercado, con sus pros y sus contras.

Lo malo es que este patrón de comportamiento se repite a menudo. Por ejemplo,  cuando alguien piensa “si no pago impuestos no se va a notar; total por uno no pasa nada”. Si todo el mundo lo hace, el Estado de bienestar quiebra. Cuando un pastor pacta con los demás sacar sólo 10 vacas al terreno común y hace trampas sacando una vaca más (se supone que el terreno es amplio y es muy difícil pillarle), si todo el mundo lo hace el alimento de los animales desaparece. Si se pacta un límite para talar árboles en la selva amazónica y algún listillo se sobrepasa ya que “por uno más no pasa nada”. Si  todos lo hacen nos quedamos sin árboles. Cuando los países pactan límites de contaminación y alguno se salta la norma piensa que “por uno más no pasa nada”. Si todos lo hacen nos quedamos sin planeta.

Este es uno de los problemas más graves de la economía. Se llama la tragedia de los comunes. Y el caso de las entradas lo muestra con toda su crudeza.

Inflación (abril).

            Suben, suben, suben y no dejan de subir. Demonio de precios; están por las nubes. Y lo que te rondaré morena. ¿Qué es, concretamente, la inflación? ¿Qué dice la teoría económica sobre ella? ¿Quién sale ganando con la misma? ¿Cómo combatirla? ¿Se va a quedar mucho tiempo con nosotros?

            La definición genérica no puede ser más sencilla: la inflación evalúa la subida de precios. En lo que ocupa a los consumidores, estaríamos midiendo la valoración de una cesta de la compra típica. Ahora bien, esta cesta cambia con el tiempo. Hace no muchos  años no se gastaba dinero ni en Internet ni en teléfonos móviles. La evolución de la sociedad hace que los hábitos de compra varíen con el paso del tiempo. Así, el Instituto Nacional de Estadística (INE) realiza encuestas y usa diferentes técnicas para conocer nuestros patrones de consumo. Posteriormente se calculan unos indicadores estadísticos y se interpretan. Así, una inflación del 2% (por cierto, ese es el objetivo que se plantea el Banco Central Europeo como recomendable para el conjunto de la economía) implica que una compra de 100 euros pasa a costar 102 euros. Si la inflación es del 10% necesitamos 110 euros. Eso nos lleva a dos indicadores de interés; el salario nominal  y el salario real. Si ganamos al mes 1.000 euros y pasamos a ganar 1.050 nuestro sueldo ha subido un 5%. Así, se dice que la subida del salario en términos nominales es del 5%. Supongamos una subida de los precios de un 10%. En ese caso sí, hemos perdido poder adquisitivo. ¿Cuánto? Basta calcular nuestro salario en términos reales. ¿Cómo se hace? Basta dividir 1.050 (el salario nominal) entre 1,1 (es decir, uno más el 10% que es 0.1) con lo que obtenemos un salario real de 954,54 euros. Conclusión: estamos peor que antes. En definitiva, la valoración correcta de poder adquisitivo de una persona se hace comparando salarios reales, no salarios nominales.

             Está también el tema de los ahorros: una subida continuada de los precios reduce su valor. Es como una termita. Los más afectados: las clases medias. Quien invierte en otro tipo de activos  está más protegido, ya que si tenemos muchas acciones o diversas propiedades inmobiliarias la subida de precios repercute en su valoración. Así, dentro de lo malo uno se queda como estaba. Ahora bien, quien tiene sus ahorros en dinero no tiene esa opción y empeora. Por esa razón a la inflación se le denomina el “impuesto de los pobres”. Algunos de nuestros políticos están encantados con ello, ya que presumen de “la gran subida de la recaudación de impuestos”. Ahora bien, ¿a qué es debido? ¿A la mejora de la actividad económica o a que los precios están por las nubes? Pensemos en la gasolina. Si el gobierno se queda el 50% de su precio y está a un euro, recauda 50 céntimos. Si el litro pasa a dos euros, la recaudación del gobierno pasa a ser…..¡de un euro! ¿Por qué los gobiernos no limitan su ganancia a 75 céntimos, por ejemplo? Mejor limitar la ganancia de los demás.

           

En términos técnicos, la inflación puede ser de oferta o de demanda. En el primer caso, es debida a la subida de los costes de fabricación, problemas de suministro o escasez de materia prima. En el segundo caso, es debida a que los consumidores desean gastar más ya que están ganando más dinero, son más optimistas o liberan ahorro. Estamos claramente en el primer escenario, y eso limita las medidas que se puedan tomar en términos fiscales (reduciendo el gasto público, ajustando impuestos o cambiando reglas de compra/venta) o monetarios (subiendo los tipos de interés). En economía, las variaciones de oferta se amplifican para bien o para mal. Una nueva fuente de energía aumentaría el bienestar global de forma considerable y con la situación actual ocurre, por desgracia, todo lo contrario.

            Siempre hay ganadores y perdedores. Con la inflación, gana quien posee activos reales que se revalorizan más que los precios y quien está endeudado, ya que en términos reales su deuda baja, de la misma forma que los ahorros bajan.

            En definitiva, ¿qué hacer? Lo más fácil y tentador es limitar precios, como se ha hecho con los alquileres. Por desgracia, la evidencia empírica demuestra que eso implica reducciones de oferta o picaresca. Lo mejor y más difícil es repensar la regulación de algunos mercados y discriminar las ayudas a quienes más lo necesiten.

Medidas conductuales (EC).

Los problemas se acumulan. No dejan de surgir, cada semana uno, otro, el siguiente….la lista es imparable: guerra, pandemia, inflación y falta de suministro ocultan otros temas como el cambio climático, el desempleo o los desequilibrios del sistema financiero mundial. En todo caso, se buscan soluciones. ¿Cómo parar la guerra o al menos mitigar sus efectos? ¿Se gestionó bien la pandemia? ¿Cómo evitar que la inflación sea persistente en el tiempo? ¿Y la crisis del transporte? ¿Se terminarán cerrando más fábricas? ¿Habrá que volver a acudir al uso de los ERTE?

En economía, no existe la solución única. Eso es fundamental comprender esa idea, y es necesario hacerlo ya que el sistema educativo no nos prepara adecuadamente para poder responder a la realidad. Pensemos en los exámenes habituales: en su mayor parte nos ponen un problema, se aplican las fórmulas teóricas y asunto terminado. Esta enfoque del sistema educativo es un desastre; en la vida real debemos discriminar entre las variables a tener en cuenta y en las que no. Es decir, hay que filtrar los datos. Además, muchos aspectos de los problemas no son mensurables: el ánimo, las expectativas de las personas o la degradación del medio ambiente son ejemplos claros. Para continuar, lo de la solución única es un cuento. En matemáticas bien. En ingeniería, física y química, de vez en cuando. En economía, sociología o medicina, no.

En resumidas cuentas; se trata de filtrar los datos, reflexionar acerca de los procedimientos de resolución (incluso en algunos casos se deben inventar) y buscar una solución que se pueda conllevar.

Por otro lado, dichas soluciones aportan siempre un enfoque racional, sin tener en cuenta dos barreras. Uno, el bucle técnico. ¿Qué es? Se ofrecen remedios mágicos envueltos en una superioridad moral, cultural y de conocimiento que no tienen en cuenta los cambios de comportamiento de las personas. Dos, la cultura relativista. Así, se consideran todas las conductas como razonables y aprobamos cualquier situación sin profundizar en la misma.

Para argumentar el primer ejemplo, cuando Estados Unidos invadió Irak algunos iluminados pensaban que los habitantes de ese país iban a abrazar la democracia. Por supuesto, era un absurdo. En estos países la mayoría de las personas valoran más su identidad religiosa que su nacionalidad, cosa que no ocurre por estos lares. Es curioso: lo primero que enseñan a los estudiantes de historia es que no se puede valorar el pasado con nuestros criterios actuales. Totalmente cierto. Pero no sólo a nivel temporal; también a nivel espacial. No podemos valorar la actitud de un afgano, un saudí, un nepalí o un ruso con los estándares occidentales. Es un error garrafal. Profundizando en ello, cuando el gobierno de España llama a los transportistas “alborotadores”, de “extrema derecha” o “hacen el juego a Putin” en realidad está modulando el comportamiento de los mismos y elevando, claro está, el coste futuro de la negociación.

 

Respecto de la cultura relativista,  dos ideas. Uno, no puede bastar tener una única visión de la realidad. Se debe aprender, cotejar, comparar. Dos, comprender los hechos no conlleva justificarlos. Además, esto lleva aparejado, muchas veces, relaciones espurias. Decir que Putin tiene razón en el tema de la ampliación de la OTAN no es justificar la guerra. Decir que el gasto en ministerios como el de igualdad es enorme no es ser de VOX. Por supuesto, no hay ningún problema en ser de ese partido o de cualquier otro; sólo faltaba. Se trata de comprender argumentaciones tramposas que permiten llevarnos a conclusiones deseadas por terceros. Estar de acuerdo en una ley concreta con  Bildu (como podría ser la reforma laboral) no es defender a los terroristas.

En resumidas cuentas, se deben aplicar medidas técnicas teniendo en cuenta los cambios de comportamiento asociados a las personas y/o los grupos/países. En caso contrario no se obtienen los resultados esperados o peor aún se generan enfrentamientos graves. Desde luego, no es que los negociantes sean estúpidos y no sepan estas ideas.  Bueno, la verdad es que a veces parece que no las saben. La cuestión clave es pensar:¿quién sale ganando?

Dicho lo cual, afrontemos los retos con ideas a profundizar. Tema de la guerra: no apretar a Rusia hasta ahogarla. Eso puede ser contraproducente; en casos límites las personas somos impredecibles. Siendo conscientes de la catástrofe y la responsabilidad de Putin, se debe buscar una salida digna y posibilista. Tema de la pandemia: ¿dónde están los expertos que la gestionaban? Tema de la inflación: bajar los impuestos y aplicar subvenciones ya. Precisamente los impuestos generan inflación. Aprender de la crisis para suprimir gasto estúpido. Tema de suministro: aplicar una regulación equilibrada que elimine privilegios de grupos de interés.

 

Lo principal: prevenir. En el ámbito de la medicina y la salud se han realizado avances impresionantes. En el campo de la política y la economía, no. Ya vale, ¿no?

 

Medidas (marzo).

Problemas, problemas, problemas y más problemas. Pandemia, guerra, inflación y abastecimiento. Y claro, se piden medidas, medidas, medidas y más medidas. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué podemos hacer? ¿Están los gobiernos tan limitados? ¿Estamos ante una situación tan grave que ya no tiene remedio? Para responder a estas preguntas vamos a pasar a analizar cada asunto de uno en uno.

 La pandemia parece controlada, aunque dicha afirmación debe ser tomada con cautela. Por desgracia, se ha echado en falta más crítica y más autocrítica con relación a las medidas que se tomaron. Los errores: “normal, no sabíamos a lo que nos enfrentábamos”. Los aciertos: “aprendimos de la experiencia”. La  realidad: la situación se solventó a trancas y barrancas. Pensemos en medidas como el certificado digital: ¿sirvió para algo? Cuando se implantó, al comienzo de la segunda ola, sus efectos no se notaron. Ahora bien, siempre se puede hacer esta valoración: “claro que fue eficiente; si no llega a ser por el certificado digital, las cosas todavía habría sido peor”. Es el enigma que siempre va a estar detrás de la ciencia del “porqué”: es imposible valorar lo que hubiese pasado sin certificado. Eso afecta a ramas tan aparentemente dispares como la economía y la medicina (epidemiología). Por último, está el tema de los sanitarios. Es muy fácil agradecer su trabajo en los momentos difíciles, pero a la hora de valorar su esfuerzo las cosas cambian. Es lo que tiene, el dinero.

Respecto de la guerra, está claro que Putin esperaba una “guerra relámpago”. No era el único: los mercados financieros también. De hecho, las bolsas permanecieron estables y después de un pequeño batacazo, en la actualidad han vuelto a sus niveles habituales. En otras palabras, los mercados se han “acostumbrado” a la situación. Desde luego, se echa en falta, desde el punto de vista de los medios de comunicación, análisis desde el punto de vista ruso. Y eso produce desazón; el hecho de que Putin tenga razón en algo (por ejemplo, en el incumplimiento de la promesa de que la OTAN no se iba a ampliar) no quiere decir que le justifique. Sin embargo, muchas conversaciones o análisis de supuestos expertos no permiten estos puntos de vista. Respecto de las medidas tomadas, está muy bien, por fin, que la UE haya respondido de manera unificada. Por desgracia, parece que sólo reaccionamos correctamente en situaciones extremas, como  se demostró al aprobarse los fondos de reconstrucción para Europa. No obstante, también es importante ser muy cuidadoso con la presión: un animal herido es muy peligroso. Y si tiene un juguete nuclear, más. Eso no implica arrodillarse. Implica pensar bien las medidas y después, aplicarlas sin vuelta atrás.

La inflación ya lleva mucho tiempo entre nosotros. No se sabe el tiempo que puede durar, pero debemos destacar tres aspectos. Uno, es un problema de oferta. Es decir, los precios no han subido debido a un aumento de la demanda de los consumidores, ni por el incremento del gasto fiscal, ni por las políticas monetarias expansivas del BCE (Banco Central Europeo). Lo han hecho por la subida de la energía.

Dos, la bajada de la oferta produce un aumento de precios y una disminución de la cantidad producida. No es un buen escenario, ya que nos lleva a la temida estanflación: un estancamiento económico con subida del coste de la vida. En estos casos, los bancos centrales tienden a subir los tipos de interés para sostener los precios, pero eso genera otro tipo de problemas: las hipotecas son más caras, se ralentizan las inversiones y al final queda lo comido por lo servido. Es decir, si no suben los precios pero aumentan los gastos financieros, nos quedamos igual. Todo tiene su coste.

Tres, los gobiernos tienen incentivos para retrasar la toma de medidas, ya que así recaudan más dinero. Ejemplo, pensemos en la subida de los combustibles. Si el 50% del precio de la gasolina son impuestos, a un euro el litro la recaudación es de 50 céntimos. A dos euros, la recaudación aumenta a un euro. ¿Por qué demonios los gobiernos no se comprometen a cobrar un máximo (por ejemplo, 70 céntimos) por litro?

Terminamos con los problemas de suministro, acrecentados con la huelga del transporte. Para empezar, recordar que no sólo se piden intervenir con los combustibles. También existen centros de distribución con un gran poder de precios que finalmente dejan un margen ridículo para autónomos o pequeñas empresas. Aquí no hay otra: combinar la zanahoria (la mayor parte de las reivindicaciones son justas) con el palo (no puede ser que ello repercuta de esta forma en el conjunto de la sociedad).

Napoleón usaba una recomendación: “tómate tu tiempo para deliberar. Pero cuando llegue el momento de actuar, deja de pensar y actúa”.

Pues eso.

Conflictos (marzo).

El conflicto es inherente a todos los niveles de convivencia humana. Desde algo tan simple como la vida de pareja (¿vamos de vacaciones a la playa o a la piscina?) hasta la guerra en Ucrania, pasando por el relevo en la cúpula del poder en el Partido Popular lo vemos. Muchos de los asuntos que ocupan nuestra mente, vida social o medios de comunicación son conflictos. Entonces, ¿cómo afrontarlos?

El primer conflicto es el que tenemos con nosotros mismos. Si no somos coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos nos sentimos incómodos. No es una situación extraña: queremos estar a dieta, hacer más deporte, controlar nuestros nervios….y muchas veces no podemos hacerlo. Somos esclavos de nuestros hábitos, y para cambiarlos necesitamos motivación, energía, entusiasmo y determinación.  No estar en paz con nosotros mismos nos hace más irascibles.

Las personas conflictivas suelen tener “premio”. En caso de duda, ¿a quién se atiende antes? ¿A las personas educadas o a los que montan un lío? A las segundas. Tiene lógica: deseamos evitar el conflicto a toda costa, y eso hace que en demasiadas ocasiones los bordes o tramposos salgan victoriosos. Por lo tanto, cuidado.

Las separaciones matrimoniales están a la orden del día. Sin embargo, muchas estrategias emocionales aplicadas terminan creando problemas graves. Siempre buscamos confirmar nuestra opinión personal, y para sentirnos reconfortados conversamos con aquellos que están de nuestro lado. Eso hace que la situación se agrave más todavía. En lugar de tender puentes los volamos y las primeras víctimas somos….nosotros mismos. Por eso es crucial contrastar otros puntos de vista siempre.

Temas como las relaciones laborales, las estructuras de los partidos políticos o empresariales son también focos de conflicto habituales. En ellos muchas veces ganan las personas “ingelitentes” (aquellas que saben adoptar el camino adecuado para lograr la posición que ambicionan, estén o no preparados para ella). No cuenta “saber hacer”; lo fundamental es “hacer saber”. En consecuencia, existen dirigentes que en demasiadas ocasiones tienen una preparación ridícula y se han aprovechado de que la manera de lograr su posición era adular, engañar o pelotear. En teoría este tipo de problemas se deberían solucionar con reglas  claras y sencillas, pero el interés personal siempre se usa para reorientar dichas reglas  a un “bien común” que termina siendo un “bien particular”. Una vez más, se trata de abrir los ojos.

La teoría de juegos es una rama de la economía que explica cómo funcionan las interacciones entre diferentes agentes, sean personas, instituciones, empresas o países. Fue creada por el mayor cerebro del  siglo XX: John Von Neumann, aunque no podemos obviar las aportaciones de Oskar Morgenstern a la misma.

Una aplicación sencilla tiene que ver con la carrera de armamentos. Lo mejor que pueden hacer los países es usar sus recursos para mejorar la vida de la población: sanidad, educación o infraestructuras. Sin embargo, corremos el riesgo de que el vecino se arme y nos conquiste. En consecuencia, la decisión final es fácil. Defensa.

Otra aplicación es el juego del gallina. Dos conductores tienen sus coches frente a frente, van al encuentro. Quien se desvía, pierde. Si nadie se desvía, mueren los dos. La aplicación de este modelo nos lleva a conclusiones inquietantes.

Por último, tendemos a relacionar una causa (“Putin quiere recuperar el imperio soviético”) con una consecuencia (“invasión de Ucrania”). Sin embargo, la realidad es compleja. Veamos. Los rusos han sido educados en la idea de que Ucrania no es un país. Por lo tanto, ven la conquista como una recuperación de una provincia perdida. Desde el otro punto de vista, el sentimiento de pertenencia, en especial en la población joven, ha tenido tiempo de hacerse más fuerte. Es más fácil conquistar un territorio que conquistar un corazón.  Además existen resentimientos pasados; en este caso, imposible olvidar el holodomor: la muerte de hambre de millones de ucranianos en los años 30 del siglo XX.

Hay más causas posibles, como una posible debilidad del gobierno ruso o una simple reafirmación de poder. Hay más efectos seguros: caída del rublo, el estigma negativo que inevitablemente se va a asociar a lo ruso, el deporte, la inseguridad global o la caída mundial de ánimo, ahora que se atisbaba un poco de luz debido al control logrado con  la pandemia.

En un mundo gobernado por números, sólo valoramos lo mensurable. Es un error que no tuvieron en cuenta los norteamericanos en la invasión de Vietnam.        

Los humanos acostumbramos a repetir los errores.

PP; puro y pulcro (febrero).

Hacemos asociaciones constantemente. Así, es posible que nos cueste asociar PP a “puro y pulcro”, y más aún con todo lo que está ocurriendo. Pero es pertinente reflexionar acerca de cómo estas asociaciones nos hacen percibir la realidad de formas diferentes. Por ejemplo, en Alemania las palabras “deuda” y “culpa” se pronuncian de la misma forma. Por esa razón es más doloroso pedir prestado, uno se siente, pues eso….se siente culpable.

La situación actual del Partido Popular nos lleva al típico amarillismo de esperar a ver cuándo dimite el presidente, quién le sustituye o cuál es la reorganización de la estructura del partido. Claro que estas cosas no sólo ocurren en el PP; basta recordar la situación pretérita del PSOE cuando echaron a Pedro Sánchez o la situación actual de Eusko Alkartasuna. Al fin y al cabo se trata de meras guerras internas de poder que tienen sus componentes morbosos pero no tienen mayor importancia real. Son cosas que pasan a menudo. No sólo en partidos políticos: empresas, asociaciones o incluso vestuarios de clubs deportivos tienen conflictos semejantes. Para evitarlos, hay dos opciones. Primero, una férrea estructura que cumpla el famoso paradigma: “el que se mueva no sale en la foto”. Segundo, un sistema  con reglas claras y sencillas. En otras palabras, dictadura o democracia. Lo más adecuado es la segunda opción, pero como siempre se pueden reinterpretar las normas a nuestro interés (indicando, claro está, que lo hacemos “por el bien común”) el conflicto está servido. Para evitarlo, lo más socorrido en el mundo de hoy: el palo duro.

Cuando apareció el tema del espionaje del Partido Popular, un pesquero gallego se hundía en las frías aguas de Terranova, dejando varios fallecidos. Una situación dura y dolorosa que merecía más atención por parte de todos, en especial de los medios de comunicación. En primer lugar, deberíamos habernos ocupado más de los afectados. En segundo lugar, deberíamos debatir sobre la situación laboral de los trabajadores y el funcionamiento del mercado de la pesca. Tercero, plantear cuestiones de interés. ¿Cuánto dinero se gana? ¿Se puede minimizar el riesgo de accidentes? ¿Cómo se explica que se realice un trayecto tan lejano para poder realizar su trabajo? ¿Acaso los mares más cercanos están sobreexplotados? Sin embargo, nada de eso ha ocurrido. Es para pensar cuáles son los temas que nos preocupan: las peleas de poder en los partidos, la prensa rosa, el deporte, los sucesos y a vivir. De ahí viene el antiguo dicho de si son “galgos o podencos”; mientras nos lo planteamos, aparece un suceso mayor y observamos que el problema anterior era intrascendente.

Otra cosa es Ucrania, donde la invasión rusa nos hace pensar que las consecuencias del conflicto son ahora mismo imprevisibles. ¿Qué está pasando allí? La situación, que dista de ser pura y pulcra (salvo que definamos así la guerra) está muy clara desde el punto de vista occidental: Putin desee reverdecer el esplendor de la madre Rusia. Y si le dejan, no va a parar. Sin embargo, hay otras aristas.

Cuando se plantean otras visiones no se busca, desde luego, justificar una posible guerra. Se trata de comprender sus causas. En el lenguaje coloquial, por desgracia las palabras “justificar” y “comprender” se usan de manera indiferente y es un error grave, muchas veces interesado. Se supone que las provincias de Donetsk y Lugansk tienen más simpatía por Rusia. En pactos anteriores, se llegó al acuerdo de dotarles de más autonomía. Al parecer, el gobierno ucraniano no cumplió su promesa y fue dando largas. Insisto: eso no justifica la guerra. Es una excusa. Una guerra nunca se justifica; la mayor parte de las veces se vuelve a la situación anterior con la “pequeña” diferencia de los cadáveres que se han quedado por el camino, y a partir de ahí se vuelve a negociar. En nuestro caso,  la cosa es más retorcida: algunos analistas piensan que esta guerra es útil para Biden, ya que así logra debilitar a Europa. El bloqueo del gasoducto NordStream2 hará que nuestro continente compre el gas a Estados Unidos a un precio brutal, con lo cual la situación económica se torna más delicada.

Sí: el mundo es muy complejo. A las dificultades que tenemos para comprender en profundidad todo lo que nos rodea le debemos añadir una más: tendemos a simplificar la realidad ya que a nuestro cerebro le da mucha pereza archivar la inmensidad de información que recibe cada día.

Por eso nos cuesta admitir que el PP es puro y pulcro, vemos la pesca en alta mar como un problema lejano, en Ucrania el dictador ruso pretende reverdecer laureles, los inmigrantes sólo quieren robar (o sólo quieren trabajar, depende de cómo se mire).

Y sin embargo, lo único verdadero es que el mundo no es ni puro ni pulcro.

Demanda inelástica (febrero).

Uno de los conceptos básicos de  la economía tradicional es el de elasticidad. ¿En qué consiste? Se trata de medir la sensibilidad de la demanda respecto de variaciones de precios. Si un empresario sube el precio de su patinete un 10% y la demanda baja un 1%, la demanda es inelástica. Estrategia adecuada: suben sus ingresos. Claro que no siempre es así; la demanda podría haber bajado en una proporción mayor, por ejemplo un 30%. Estrategia fallida: bajan sus ingresos. En ese caso decimos que la demanda es elástica. En términos gráficos, una demanda inelástica tiende a ser vertical; por otro lado, una demanda elástica tiende a ser horizontal.

Fin de la teoría, pasamos a la práctica. ¿Qué tipo de bienes tienen demanda inelástica? El tabaco, los combustibles o el alcohol. Por esa razón tienen los impuestos más altos: los gobiernos saben que su consumo no va a disminuir fácilmente.  De hecho, en Europa las bebidas alcohólicas son más caras. Es más; hace varios años la ministra Salgado ya intentó subir los impuestos al vino y a la cerveza. Originó tal contestación social que se tuvo que echar hacia atrás. Caso extremo de demanda inelástica: las drogas. El grado de dependencia de los más adictos hace que dicha demanda sea vertical ya que estos consumidores están dispuestos a pagar lo que sea.

Grandes empresarios como Juan Roig, de Mercadona, han admitido errores de gestión por calibrar mal la elasticidad de algunos productos. Por ejemplo, mantener fruta fuera de temporada, con lo cual son mucho más caras. Supongamos que la manzana golden es más cara en febrero, pero se desea mantener su oferta. El consumidor comprará otro tipo de manzanas o sustitutivos cercanos como la pera. En ese caso, la empresa incurre en pérdidas. ¿En qué se fijó Roig? En que las personas no van a comprar manzanas. Simplemente, van a comprar fruta. Y si un género está muy caro, se toma otro. Existen muchos sustitutivos, y eso origina una demanda elástica.

Si un empresario logra que su producto sea o se perciba como exclusivo, logrará una demanda inelástica. Y eso le permite subir los precios e incrementar su ganancia. ¿Cómo se logra eso? Además de la diferenciación, existen tres posibilidades. Uno, la marca. Dos y relacionado con lo anterior, el sentimiento de identidad. Tres, asociar el producto a una buena causa (“lo verde”, “lo natural” o “lo de aquí”).

Lo más interesante del asunto es que este patrón tiene múltiples aristas. Pensemos en nuestro empleo: la única forma de obtener una subida de salario es tener pocos sustitutivos en el mercado de trabajo. Si somos fácilmente reemplazables, lo tenemos peor. Por eso todas reformas laborales que se hagan deben buscar un equilibrio entre la flexibilidad del empresario y la seguridad del trabajador. Es difícil ser productivo si mi puesto está en el aire. Las preocupaciones, la ansiedad y el atolondramiento disminuyen nuestras prestaciones a todos los niveles vitales, además de afectar negativamente a nuestra salud.

Los partidos políticos juegan con estas estrategias. El plan es claro: si el PSOE se queda con el espectro de la izquierda o el PP se queda con el de la derecha en ambos casos tienen más incentivos para ser corruptos o no cumplir sus promesas. Al fin y al cabo, quien se identifique como “izquierdas” o “derechas” les va a votar de todas formas. Por esa razón están tan interesados en mantener sus estrategias de polarización.

Un periodista realizó recientemente una encuesta muy divertida: si los extraterrestres invadieran la Tierra, ¿qué dirigente elegirías para defenderla? Animo al lector a pensar un posible candidato. No es difícil adivinar el ganador: se encuentra en  Moscú. ¿Cómo puede ser? ¿Qué se valora? Ideas claras y decisiones rápidas. No es lo que hemos vivido por estos lares con la pandemia y tantos otros asuntos como la renovación del Consejo General de Poder Judicial.

Nos vamos a la crisis de Ucrania. Además de los tanques, Putin juega con más balas: la demanda del gas en Europa es inelástica. Es un tema de suministro. Y eso nos lleva a uso de los fondos europeos. Mientras que en España los políticos se dedican a discutir y a interponer demandas (judiciales, claro) para gestionar un pastel más grande, en Francia se preocupan de mejorar las infraestructuras, industrias y nodos que permitan ser menos dependientes del exterior. Eso da seguridad, tranquilidad y por supuesto, precios más bajos. En otras palabras, más bienestar para la población.

Problemas como el paro (pese a sus buenas cifras), la crisis de Ucrania y la inflación están asociados, de una u otra forma, a demandas inelásticas. En consecuencia, debemos ser elásticos.

En términos menos técnicos, debemos crear resiliencia.

Astroturfing (febrero).

Menuda palabreja. ¿Qué es? ¿De dónde sale? ¿Para qué sirve? El astroturfing es una técnica de marketing y relaciones públicas basada en proyectar una imagen falsa de naturalidad y espontaneidad con el fin de ganar apoyo y viralidad (wikipedia). El término proviene de Astro Turf, marca estadounidense de césped artificial.

El asunto viene a cuento de un libro editado por Debate denominado “Confesiones de un bot ruso”. Merece la pena remarcar el subtítulo: “me he pasado unos cuántos años insultándote en las redes sociales porque alguien me pagaba. Ahora quiero contarte cómo lo hacía”. El autor indica que  realizan “estrategias que pervierten la autenticidad de los termómetros sociales e impulsan artificialmente movimientos ciudadanos o tendencias de opinión”. Eso da que pensar.

Ucrania. Año 2014. El presidente Yanukovich cae ante los movimientos de la población que piden la adhesión a la Unión Europea. Vladimir Putin, presidente ruso, no tiene dudas: occidente está detrás de todo ello. ¿Cómo lo ha hecho? Está claro. Con técnicas de astroturfing.

Por supuesto, esta es la versión rusa. La realidad es mucho más compleja, y desde luego las guerras híbridas del siglo XXI van a usar esta estrategia con más intensidad. Siempre ha sido así, aunque las formas evolucionen. En reuniones para vender productos concretos, en campañas electorales o en asambleas sindicales siempre se han infiltrado personas cuyo misión es “calentar” al vecino de al lado, de manera que le incitan a la compra, a hacer ver que el candidato del partido es el adecuado o a convencerle de que  la situación laboral en el empresa es desesperada y en consecuencia  la huelga es el único camino posible.

Ahora hay un matiz fundamental: parece algo natural, cuando realmente no lo es. Pensemos en los youtubers, influencers o todas estas personas que para hacerse famosas no necesitan ir a la televisión (por cierto, a veces parece que las plataformas online son las encargadas de idear la programación actual, la cual aburre hasta las plantas de la casa). ¿Es verdad que ha sido algo espontáneo? ¿No habrá una campaña detrás con una financiación ideada para llegar a tener millones de seguidores? ¿En qué momento se logra viralizar un asunto, espectáculo, deporte o persona? Además, una tendencia imparable es la de realizar anuncios que no parecen tales. Aparentemente el asunto está regulado, y en muchas ocasiones leemos en los medios “contenido patrocinado”. No obstante, cuando las reglas no están claras siempre se puede realizar alguna “alegalidad”. Hay un aspecto que enseña la realidad de forma tozuda: si bien tenemos incentivos a no realizar actividades ilegales (al fin y al cabo, son ilegales y corremos el riesgo de recibir un castigo), no tenemos incentivos para no realizar actividades alegales. Es más, si no lo hacemos alguien lo hará. Y ese alguien nos quitará la venta, el puesto o la comisión. Eso es algo que no nos hace ninguna gracia.

Se trata de un efecto negativo de Internet: sin espíritu crítico, nos pueden convencer de cualquier casa. Así se generan nuevos mercados: se pueden contratar empresas que nos asignen una reputación positiva en la red. También empresas que eliminen aspectos que consideremos negativos y deseemos suprimir. Algunos puestos de trabajo sirven para salir en las primeras páginas de los buscadores, y claro, eso es Google. Otra oportunidad de negocio.

Profundicemos. ¿Están los medios de comunicación sometidos a este tipo de problemas? ¿Dependen de los anunciantes? ¿Nos podemos fiar de ellos? Es arriesgado y apasionante contestar a estas preguntas. Los medios no están sometidos de forma directa a astroturfing; indirectamente, sí. Por otro lado, la publicidad que vemos en los medios es otra de sus fuentes de financiación. Por lo tanto, son sus clientes. Por lo tanto, dependen de ellos y siempre que no se ataque su código deontológico tiene sentido tenerlo en cuenta. Por último, nos podemos fiar de las noticias, claro que sí. La razón, sencilla: los medios viven de su reputación y fiabilidad. Eso sí, debemos ser cuidadosos con la interpretación de las mismas. No es algo para criticar; es normal que cada periódico siga su línea editorial. Es el lector quien deber realizar el análisis subjetivo de las noticias.  El pasado 17 de enero Pedro Sánchez tuvo una reunión con el nuevo canciller alemán, Olaf Scholz. Al día siguiente, un periódico nacional tituló: “Scholz exhibe sus diferencias con Sánchez y pide rigor fiscal”. Otro tenía una portada diferente: “Scholz y Sánchez exhiben sintonía con matices sobre las reglas fiscales de la UE”.

Esto no es óbice para insistir en que todos, medios y sociedad civil, debemos continuar en el camino de la verdad y en la interpretación correcta de la realidad para tomar mejores decisiones. Y para ello es bueno tener en cuenta el astroturfing.

Del blanco y negro al color (enero).

Una antigua canción dice “veo todo en blanco y negro…en blanco y negro….”.  A veces es así: PSOE o PP, Podemos o Vox, izquierdas o derechas, Real Madrid o Barcelona, lo público o lo privado, vacuna sí, vacuna no… Estos debates muchas veces son interesados, y siempre debemos pensar quién sale ganando.  Bien mirado la mayor parte de los asuntos que aparecen en los medios conllevan polarización, son temas de “pensamiento único” (a los que pocas veces se les busca solución) o son sucesos de interés que vienen y se van. Todo ello sin olvidar el entretenimiento, claro.

 Veamos ejemplos. La pandemia. Como una de las consecuencias principales de la misma, los problemas mentales que genera asociados, entre otros aspectos, a la soledad. El incremento de la desigualdad: los ricos ganan cada vez más, los pobres menos. El calentamiento global: “nos estamos cargando el planeta”. El amarillismo político: ¿quién se presentará? Las pantallas, que estamos atontados con ellas. Pasamos a lo que va y viene. Si en el pasado fue el asunto de los talibanes, ahora es el chuletón de Garzón. Estaban las ayudas para los afectados de las riadas, ahora tocan medidas para evitar catástrofes futuras. Hay otro tema que ha surgido y al parecer se va a quedar de forma persistente: la inflación, asociada a la subida de la energía.

En definitiva, tres bloques de realidad. Los que generan polarización, los de pensamiento único, los que vienen y van. Una realidad en blanco y negro. Ahora bien, ¿por qué no ver los colores de la realidad? ¿Lo oculto? ¿Los asuntos profundos que marcarán nuestro futuro? Vamos con ello.

Para comenzar, se pueden elegir cinco colores para representar nuestra realidad. El negro, asociado al miedo, oscuridad e incertidumbre. Algunos vendedores y muchos políticos juegan con el mismo para orientarnos a tomar unas u otras decisiones. Como recordaba Franklin D. Roosevelt en medio de la gran depresión (4 de marzo de 1933): “a lo único que hay que temer es al miedo”. Siguiente color; el gris. El del cerebro. Comprendiendo su funcionamiento, nos comprendemos mejor a nosotros mismos. Uno de los mayores investigadores en éste ámbito, Rafael Yuste, avisa: “la mayor desigualdad del futuro vendrá dada por los que puedan amplificar sus capacidades mentales y los que no”. Pasamos al amarillo. Simboliza la luz, el oro y el sol. Transmite claridad, energía, optimismo y alegría. En los tiempos que corren eso es más que necesario. Pasamos al verde: dinero y naturaleza. Mantener el equilibrio de las finanzas personales, empresariales y públicas es imprescindible. Mantener el equilibrio con la naturaleza, también. Y terminamos con el azul. Está asociado al manejo del silicio, fundamental para la tecnología de hoy, y al oro del futuro: el agua. La economía azul (idea de Gunter Pauli) busca imitar el comportamiento de los ecosistemas naturales. Uno de sus objetivos prioritarios es convertir los residuos en recursos, por eso incluye la economía circular. Este color transmite seguridad, tranquilidad, protección y salud.

Las transmisiones afectan a nuestras emociones. Recordemos las básicas y cómo nos afectan. Aparentemente las peores son el miedo, la ira y el asco, pero están desarrolladas como mecanismo de autodefensa. La tristeza es inevitable y sanadora, lo preocupante es que pase a depresión. La sorpresa es sorprendente, y la alegría proporciona un espíritu de entusiasmo y confianza que nos permite afrontar de mejor manera las circunstancias desagradables que la vida nos proporciona.

Es el momento de proporcionar más color al artículo, abriendo una realidad de posibilidades más amplias. ¿Cómo explicar la gran renuncia en Estados Unidos, según la cual muchas personas prefieren estar sin trabajar? ¿Tan bajos son los salarios? ¿Tan altas son las ayudas? ¿Tiene que ver con la epidemia de opiáceos que afecta al país? Kazajistán. ¿Cómo puede ser que un presidente pida disparar a matar a su gente? Sí, está demostrado que se hace lo que sea por tener poder. Sea una presidencia, sea un puestito. Y más aún si no hay alternativa profesional razonable. Más. Los políticos siguen hablando de izquierda y derecha, y sin embargo más del 60% de las personas piensan que ese debate está superado. Vaya, vaya, vaya…..Mientras, los avances científicos continúan. Que se pueda trasplantar un corazón de un cerdo a un humano es impresionante. Mandar el telescopio James Webb para conocer lo más recóndito de nuestro pasado es admirable, más aún cuando el proyecto se ha gestado con la colaboración de una cantidad enorme de personas, empresas y países.

Al fin y al cabo, así es el mundo. A lo largo del día, consumimos, vemos y disfrutamos de bienes y servicios que nos han proporcionado de nuevo, muchas personas, empresas y países.

Cuando vemos el mundo en blanco y negro, abandonamos el resto de tonalidades de color. Esas tonalidades van desde nuestro interés y desarrollo personal a evitar el sufrimiento humano de hoy sin comprometer el sufrimiento de mañana.

Incertidumbre (16/1/22).

            Cuando parecía que la pandemia había terminado, aparece la variante ómicron y el mundo se tambalea. ¿Cómo podíamos esperarlo? Entonces, ¿qué pensar del futuro?

            Por desgracia, tenemos la mala costumbre de no distinguir entre riesgo e incertidumbre. En el primer caso desconocemos los resultados, pero al menos podemos asignarles probabilidades. En el segundo caso, no podemos hacerlo. Y sin embargo, lo hacemos. En realidad, lo que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Incluso se llega a un extremo perverso: si decimos que vamos a tener una inflación muy alta con una probabilidad del 95%, siempre tenemos el 5% de margen de error para quedarnos tranquilos. Así nunca nos equivocamos. Ese 5% es un cajón “de sastre” que se convierte en un desastre. De hecho, las estadísticas avanzadas de los economistas aciertan tanto como la astrología (por cierto, esto sí que es una estadística correcta).

            La predicción es cosa de la ciencia. Así, Tales de Mileto llegó a predecir un eclipse solar en el año 585 antes de Cristo. Eso sí que tiene mérito. Las ecuaciones de Newton explican con precisión gran parte de la física. Más aún: cuando se cumplieron predicciones realizadas por Einstein que no se pudieron demostrar en su momento como que el tiempo pasa más lento si nos movemos con más rapidez el asombro que deja su legado se incrementó. Sin embargo, cuando un supuesto experto predice el futuro se dedica, la mayor parte de las veces, a vivir del cuento. Siempre tiene excusa en caso de error: “este matiz concreto no se había dado nunca”.

            De hecho, tendemos a comprobar si las predicciones se cumplen o no. Lo que no hacemos es analizar un hecho en sentido contrario. En otras palabras, ¿pudo alguien predecir un hecho concreto? Ejemplo sencillo, la llegada de los talibanes al gobierno de Afganistán. ¿Lo tenía alguien previsto? No. Es más, el objetivo era evitar el cambio de régimen…¡antes de la llegada del invierno! Más casos: la crisis de suministro con el gas y la electricidad por las nubes, que se haya multiplicado el precio de transportar productos en contenedores por 6, que la inexistencia de microchips llegase a paralizar algunas fábricas, que en Perú o Chile la segunda vuelta de las elecciones haya sido entre las opciones más extremistas, que en China pondrían recompensas por hacer una prueba y dar positivo por Covid, la aparición de nanopartículas que convierten un ratón gordo en uno flaco, que la sexta ola de coronavirus sea tan intensa, que hayamos tenido una lluvia tan inmensa con semejantes inundaciones, que la tasa de desempleo haya sido tan baja, que los precios del petróleo estén tan altos….son sucesos que pocos “expertos” habían tenido en cuenta. Una predicción típica:”las personas van a trabajar en puestos que todavía no se han creado”. La cuestión es que se decía eso hace diez años y seguimos igual. El mundo cambió de forma brutal entre 1940 y 1980; basta ver la evolución de las fotos de los interiores de los edificios. Inventos como la lavadora o televisión sí cambiaron vidas. Desde 1980 hasta ahora, las únicas innovaciones importantes han sido Internet y el teléfono móvil. El resto, mejoras de lo ya existente.

            De la misma forma, muchas veces no sabemos si una política es acertada hasta que se aplica. En ciudad de México, a finales de la década de los 80, se restringió el tráfico de vehículos según su matrícula para disminuir la contaminación. ¿Qué pasó? Muchas personas se compraron un coche de peor calidad (y con la matrícula adecuada para conducir todos los días) con lo cual la polución…¡aumentó! Otras veces sí se sabe el resultado: por ejemplo, los precios máximos en alquileres siempre disminuyen la oferta.

Como caso extremo, tenemos a Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas,  quien proponía matar a las personas que estuviesen en la calle siendo positivos de Covid.  Aquí el resultado está garantizado.

Volviendo al tema principal, existe una gran cantidad de profesiones que viven de predecir el futuro o vislumbrar tendencias con la tranquilidad de saber que en caso de error no pagarán por ello. El caso más obvio y menos nombrado: la cantidad sideral de asesores que existen no sólo en política, también en grandes empresas. No es el caso del pequeño empresario que arriesga su patrimonio y que además del  riesgo de su actividad económica debe asumir, en la actualidad, el riesgo sanitario.

            En consecuencia, ¿qué aprendizaje podemos obtener de todo esto? Tenemos tres conclusiones. Es algo práctico: nos cuesta recordar más de tres ideas cuando tenemos una conversación o acudimos a un evento.

            Uno, distinguir profecía de predicción. Es como la astrología y la astronomía.

            Dos, prepararnos siempre para las zozobras. Los buenos barcos son los que resisten bien las tormentas.

            Tres, aprender a vivir con incertidumbre.

            En definitiva, vivir el presente aprendiendo del pasado para mejorar el futuro.

 

 

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