BLOG 2022. EMOCIONAR.

Salud mental y juventud (octubre).

            El pasado día 10 de octubre se celebró el día de la salud mental. Está bien que haya días para todo, aunque por desgracia casi siempre ocurre lo mismo: se comenta el asunto, se valoran medidas para arreglar un problema o mejorar una situación y a otro cosa mariposa. Como todos los días es el día de algo, cada debate dura sólo un día. En definitiva, los días pasan y los problemas permanecen.

            Sí; la salud mental es un problema grave. Afecta a la persona y a quienes le rodean, sea en el ámbito familiar, de amistades o laboral. Más aún, se argumenta que los jóvenes tienen cada vez más este tipo de malestares. El consumo de medicamentos se dispara. La consulta a los psicólogos, también. El número de suicidios ha aumentado. El teléfono destinado para atender este problema recibe miles y miles de llamadas. Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Qué medidas tomar?

            Uno, las palabras y la forma de hablar importa mucho. Por ejemplo, la palabra “depresión” sigue teniendo un estigma negativo. Existe la falsa creencia de pensar que quienes la sufren no son fuertes en términos mentales y que por lo tanto, en cierta forma, no han sabido afrontarla. No puede ser. La realidad no es lo que vemos en los medios. En televisión predominan los sucesos negativos (hace años en Rusia se intentó probar un medio que sólo diese buenas noticias y por desgracia fue un fracaso) y las series exageran lo bueno (como ese amor para toda la vida con el que terminan las películas románticas) y lo malo (los malvados de las películas son lo peor de lo peor). Todo ello sin nombrar las redes sociales, las plataformas de streaming o las múltiples alternativas que permite la tecnología actual. En definitiva, como seres humanos corremos el riesgo de descontrolar los pensamientos (de hecho, el cerebro es el único órgano que se puede autodestruir) y también corremos el riesgo de sufrir una serie de acontecimientos que nos dejen desubicados. Eso puede llevar a una depresión….incluso los psicólogos las sufren.

            Una curiosidad más respecto de las palabras. En un estudio asombroso un matrimonio se propuso no pronunciar nunca la expresión “estoy ocupado”. Es una forma muy inteligente de suavizar una situación personal; si no describo dicha situación no la siento. Pasado un tiempo, sus indicadores de salud mejoraron. En otras palabras: lo que nos ocurre es objetivo, el relato de lo que nos ocurre es subjetivo.

            Dos, siempre es mejor prevenir que curar. Y aquí es donde entran los jóvenes. Tiene delito que siempre se les eche la culpa de todo: “están todo el día mirando pantallas”, “todo les da igual”, “con estos chavales no tenemos futuro”. Estos mensajes no son nuevos; tienen miles de años. Lo que no se hace es mirar ni a los padres ni al sistema educativo. Y aquí es dónde está una de las claves fundamentales: en el paso de la niñez a la adolescencia.

En la niñez, todo es muy bonito: juegos, canciones y cuentos con final feliz. La adolescencia es difícil: la vida es dura. En los cuentos los buenos ganan siempre, en la vida real no. En las novelas los malos siempre sufren al final su merecido, en la vida real no. En las historias que nos cuentan los comportamientos que perjudican a otros siempre tienen castigo, en la vida real no. En las películas los que tienen talento y se esfuerzan logran sus objetivos, en la vida real pesan mucho la suerte, los contactos e incluso las trampas que se puedan hacer para lograr un puesto. En definitiva, en la vida de niños existe la justicia y los sueños se cumplen. En la vida real no.

¿Quiere eso decir que debemos rendirnos y dejarnos llevar? Claro que no. Pasamos al tercer y definitivo punto.

La sobreprotección de los jóvenes se ha trasladado de la familia a la escuela. Eso hace que no estén preparados para los sucesos que le van a sobrevenir en la vida. Es como si un policía recién licenciado no sabe cómo afrontar una situación de riesgo o tiene como arma reglamentaria una pistola de agua. No puede ser. No, no, no y no.

Es prioritario educar a los niños y a los mayores para aprender a sobrellevar la frustración  y el aburrimiento. Es prioritario comprender, como sociedad, que todas las personas somos iguales: seres humanos. Seguimos mirando a los triunfadores como héroes y a los que menos ganan como perdedores. Es algo que nos meten de forma inconsciente los medios un día sí y otro también.

Mientras se mantenga el principio de “tanto tienes, tanto vales”, mientras no atendamos (todos, no sólo los médicos) a los enfermos en salud mental como merecen  y mientras no eduquemos a la sociedad para evitar estos prejuicios, no avanzaremos.

Racismo, machismo (octubre).

            Si hay dos temas en los que existe alta sensibilidad en el conjunto de la sociedad son el racismo y el machismo. Ahora bien, ¿se enfocan de forma adecuada? De la misma forma que el greenwashing (“lavado verde”) es una práctica según la cual una empresa expone su responsabilidad ecológica de forma tramposa, ¿no estamos haciendo algo parecido con estos dos asuntos? Vamos a profundizar en cada caso.

            La FIFA ha demostrado ser muy “sensible” al tema del racismo. Si un aficionado chilla a un futbolista y le dice negro o mono el castigo es claro: se le echa de socio y se busca una pena ejemplar para él. Eso sí, según una investigación de The Guardian han fallecido un total de 6.500 inmigrantes en la construcción de las infraestructuras y los estadios que van a albergar el próximo mundial de fútbol en un país “ejemplar” en derechos humanos: Qatar.  Eso es un detalle sin importancia.

            ¿Cómo puede ser? En este caso, las campañas de “respeto” o de “no al racismo” caen por su propio peso. Es una falsedad enorme. Además, más del 90% de las personas que insultan así a los futbolistas rivales buscan descentrarlos; no son racistas (lo cual, desde luego, no les justifica). En este sentido, merece la pena remarcar dos ejemplos. El primero, el brasileño Dani Alves. Cuando jugaba en el Fútbol Club Barcelona, un aficionado del Villarreal le tiró un plátano para provocarle. El jugador cogió el plátano….y se lo comió. Es una gran demostración de cómo a los cafres se les puede batir con humor. El segundo, el mexicano Hugo Sánchez. Cuando jugaba en el Real Madrid, recibía insultos del público rival por doquier. En especial en Pamplona. Pues bien, muchas de las veces que le han preguntado por esos partidos y la tensión que se vivía no se ha cortado: “para mí, la mejor afición con diferencia es la de Osasuna”. ¿Por qué lo decía? Muy sencillo; consideraba los insultos o los comentarios que se hacían entre futbolistas como parte del juego. En este sentido, el ambiente que se vivía en el Sadar lo disfrutaba.

            Dentro de las estúpidas polémicas que se inventan los periodistas para calentar los partidos ha surgido el tema de los bailes del delantero del Real Madrid, Vinicius. En este sentido, se deben remarcar las declaraciones del capitán del Mallorca, Antonio Raíllo: “cuando a Vinicius se le tilda de provocador usa el comodín del racismo”. Es cierto; muchas veces se usan excusas para justificar comportamientos que no están relacionados con dicha excusa. En este caso, racismo y respeto. Claro que Raíllo también podría revisar lo que ocurrió dentro de su equipo: su entrenador, Javier Aguirre, animaba a sus jugadores con frases como “pégale” o todavía peor, “rómpelo”.

            Lo malo es que toda esta retahíla nos desvía del racismo verdadero, que consiste en marginar a personas (o tener prejuicios que afecten a nuestro comportamiento con ellas) por asociar su físico a pobreza o amenaza potencial. En este sentido, lo de la raza es una tontería y una excusa.

            Respecto del machismo; comenzamos comentando el presupuesto que tiene el ministerio de igualdad (¿incluye la igualdad de razas?), un total de 525 millones de euros. ¿Es adecuado? Todos los debates públicos priorizan dos temas: estructura de los impuestos o normas de comportamiento. ¿Y el gasto público? ¿Para cuándo un debate relacionado con su eficiencia?

            La igualdad es educación: es preocupante que muchos adolescentes vean normal, por ejemplo, actitudes de dominación como consultar a su antojo el móvil de su pareja. Ahora bien, vamos a profundizar en el tema del machismo aprovechando el reciente problema que ha surgido en la selección femenina de fútbol. Quince jugadoras no desean acudir a las convocatorias para los partidos al no estar de acuerdo con su preparación física y técnica. Un periódico deportivo de tirada nacional publicaba en su portada “no al chantaje”. ¿Habría ocurrido si el problema se hubiese dado en un club masculino de élite? No lo parece; es más fácil apoyar a los jugadores debido a su fuerza mediática. Pero todavía hay más, un asunto que todavía es peor: al parecer, las jugadoras que son convocadas y no acuden a la selección se considera que cometen una falta muy grave y en consecuencia les sancionan. ¿Cómo puede ser? Es vergonzoso. El futbolista del Fútbol Club Barcelona Gerard Piqué renunció a la selección española (por supuesto, está en su derecho) y no recibió sanción alguna. Lógico  y normal; en baloncesto masculino también dejan de acudir muchos jugadores y no pasa nada.

            El machismo está en muchos detalles; trata de mujeres, viudas que cobran pensiones ridículas, sobrevaloración del aspecto físico o dificultad para ascender dentro de las altas esferas en grandes empresas. Incluso se corta antes una conversación a una mujer que a un hombre.  Sin embargo, no son asuntos que centren el debate público. 

            Conclusión: un problema mal definido nunca tendrá una buena solución.         

Ideas para un futuro de incertidumbre.

            ¿Cuáles son los instrumentos o ideas que se podrían aplicar en las empresas ante un futuro lleno de incertidumbre?

            Uno: mantener el sentido común, definido como “ver las cosas como son y hacerlas como deben hacerse”. El menos común se los sentidos. Paciencia.

            Dos: tener  en cuenta el peligro de los Cisnes Negros (fenómenos impredecibles, idea de Nassim Taleb). Evaluaríamos cualquier tipo de escenario desde todos los enfoques posibles. Valorar lo peor que nos puede pasar es un mecanismo infalible para estar en guardia.

Tres: ojo con los Rinocerontes Grises (fenómenos a los que nos llevan las tendencias actuales sin que, por desidia o ignorancia, hagamos nada por evitarlos; idea de Michele Wucker).  Comprobar si existe alguna estrategia o comportamiento tóxico o peligroso.

              Cuatro: los clientes y trabajadores no piensan sólo en términos de calidad-precio o de salario, salario y más salario. ¿Qué nos diferencia de la competencia? ¿Cómo buscar un foso que nos permita mantener nuestras ventajas? ¿Se percibe satisfacción en los empleados, o están en nuestra empresa al no tener mejor alternativa?

              Cinco: no perder nunca de vista el flujo de caja. Las ganancias contables están muy bien, pero entre pagos-cobros e ingresos-gastos, elegir como variable de interés la primera.

Alimentación (septiembre).

            Un dicho habitual dice que “somos lo que comemos”. Sí: el tipo de alimentación que llevamos influye de forma fundamental en nuestra vida. Todos los “expertos” nos dicen lo que debemos hacer para estar más sanos: seguir la dieta mediterránea, no fumar, beber lo mínimo y hacer deporte. En este sentido, es impresionante la gran cantidad de revistas, libros o espacios de salud que existen para fomentar la buena vida. Muchas veces da la sensación de que si nos informamos sobre este asunto vamos a estar mejor y sin embargo lo que importa son los hechos: la dificultad para cerrar la brecha entre la intención (perder peso, ir a pasear al bosque) y la acción es gigantesca.

            Existen tres indicadores asombrosos que sirven para predecir la calidad y cantidad de vida. En primer lugar el número de amigos que tenemos. A más vida social, mejor. En segundo lugar, la hora a la que nos levantamos. Conforme lo hacemos más temprano, mejor. ¿El motivo? Eso indica entusiasmo y ganas de realizar actividades. En tercer lugar, la velocidad a la que andamos. La razón es la misma que la anterior. Respecto de andar, una sorpresa: existen observadores que deducen la situación vital de una persona sólo con verlas caminar, y lo hacen de forma muy aproximada. Así que podríamos sustituir el dicho inicial por  “somos como andamos”. No obstante,  también “somos lo que decidimos”, “somos lo que pensamos” o “somos lo que hacemos”. Conclusión: “somos lo que somos”. Punto.

            Un investigador social tendría un problema de causalidad: ¿tenemos muchos amigos porque nos cuidamos y nos sentimos más atractivos?  Se debe estudiar el sentido contrario; podría ser que al tener muchos amigos deseemos tener mejor imagen y nos cuidemos más. Sea de una u otra forma, la influencia de la plasticidad cerebral está fuera de dudas. Entre los 18 y los 20 años todos nuestros hábitos, sean buenos o malos, se convierten en necesidades. Puede ser la lectura, el deporte, el tabaco o el alcohol. Riesgo adicional: es más fácil pasar a un hábito que nos aporte comodidad antes que realizar un esfuerzo. Estamos programados para ahorrar nuestra energía.

            Hábito clave: la alimentación. Problema clave: la inflación. La subida de precios es heterogénea: las frutas y la verdura han aumentado más que la bollería o el chocolate. Cuidado, ya que eso nos puede llevar a un problema que existe en Estados Unidos: las clases sociales segmentadas….por la forma en la que comen. Para comprender mejor la idea necesitamos conocer un concepto epidemiológico: la falacia ecológica. Estudiemos la relación entre los países según su nivel de riqueza y el índice medio de masa corporal (IMC). El IMC se calcula dividiendo el peso en kilogramos por el cuadrado de la altura en metros. Se considera que una persona tiene sobrepeso si este índice es superior a 25; si es superior a 30 estaríamos en obesidad mientras que si es inferior a 18 el problema sería de falta de peso.

            Tal y como cabía esperar, si un país es más rico el IMC aumenta. Sin embargo, dentro del país las cosas cambian. En Estados Unidos, si hacemos el mismo estudio tomando como unidad de medida cada persona (se valora su renta y su IMC; antes la unidad de medida era el país) se observa una relación inversa. A más riqueza, el IMC disminuye. ¿Cómo se explica? Muy fácil: comer sano es caro, comer insano es barato. Las clases más bajas no pasan hambre, pero no les sobra el dinero. En consecuencia, comida fácil. Además, debemos añadir dos problemas adicionales.

El primero, existen muchos tipos de alimentos que generan adicciones. ¿A quién no le ha pasado que ha comenzado a comer algo y después cuesta horrores parar? Hay tantos gustos como personas, pero el chocolate, algunas patatas fritas o bebidas azucaradas alcanzan niveles de dependencia semejantes a los que se pueden tener con el alcohol o el tabaco. Poco se debate este asunto. ¿Intereses creados?

El segundo, la segregación llega a tal nivel que en algunos barrios de grandes ciudades norteamericanas es muy difícil tener la posibilidad de comprar comida saludable. Existen supermercados en los que ni siquiera existen las frutas y las verduras: no es rentable el producto fresco ya que requiere menos tiempo de exposición. Un caso extremo se da en México: en algunas zonas la falta de suministro de agua hace que las personas sacien su sed…con soda.

Una peor alimentación supone una vida menos sana, menos completa y lo que preocupa a muchos políticos: más gasto sanitario.

¿Se tomarán medidas para evitar la segregación por alimentación?

Reina (septiembre).

            ¿Cuál es el tema del presente artículo? ¿El portero del Villarreal, Pepe Reina? ¿La forma de gobernar de los reyes? ¿Un homenaje a la reina Letizia, que cumple 50 años? ¿O un comentario sobre  la recientemente fallecida Isabel II de Inglaterra?

            Nada más leer el titular la respuesta es fácil. Es un ejemplo claro de sesgo de disponibilidad; es indudable que la presión mediática tiene su peso. Un peso que además tiene un pequeño inconveniente: no es bueno para mantener nuestra memoria fresca. De hecho, siempre se comenta el tema de moda y nos olvidamos de lo demás. Es más: sorprende que en las noticias de la televisión pública, pasados seis días del fallecimiento de la reina, todavía mantengan en titulares como principales noticias el asunto de los homenajes que se realizan en Gran Bretaña. ¿Es para tanto? ¿No será una forma implícita de defender la monarquía? ¿Italia, Francia o Alemania darán la misma importancia a todo esto? La intuición nos dice que no.

            A partir de aquí, entra un debate nuevo. ¿Fue Isabel II una buena reina? ¿En qué factores nos debemos fijar para contestar a la pregunta? Los análisis son muy complejos; en investigación experimental para saber si un medicamento o una política económica es adecuada se comparan dos grupos homogéneos entre sí de manera que uno lo dejamos como estaba (grupo de control) y a otro se le aplica el tratamiento (grupo, claro está, de experimentación). A partir de ahí, se obtienen conclusiones. En este caso tan sólo podemos hacer conjeturas, ya que no existe otro país de las mismas características de Inglaterra con el que se pueda realizar una comparación.

            Se debe destacar una conclusión relevante: la suerte influye en la vida, e influye mucho. No se puede olvidar que el tío de Isabel renunció al trono por amor (bueno, también le gustaba la buena vida) y en consecuencia su padre Jorge, hermano de su tío Eduardo, pasó a ser el rey inglés. Su temprano fallecimiento hizo que Isabel heredase el trono. Y lo hizo en momentos difíciles: el imperio británico se estaba desmoronando.

            Era la época: en la década de los 50 y los 60 se independizaron la mayor parte de los países africanos. En unos casos hubo guerras, otras veces la transición fue más pacífica….aunque después de pasar un período, digamos, complicado. Por ejemplo se han acreditado torturas británicas en Kenia. De hecho, el gobierno de David Cameron (sí, el del referéndum del Brexit) compensó a más de 5.000 personas con 3.800 libras en concepto de reparación del daño causado. En fin, sombras hay en todos lados.

Recordemos también que la declaración de nacimiento del Imperio Británico no es de ayer. Concretamente, corresponde al año 1532. Tiempo suficiente para haber acumulado muchas riquezas. Más de setenta colonias repartidas por el mundo dan para mucho.

            Eso sí, la monarquía británica tiene un mérito enorme: se vende muy bien. Es incluso una marca de país, de manera que se pueden comprar multitud de souvenirs con su imagen. No es algo que pase por estos lares. Pensemos en la historia: allí reconocen sus victorias, aquí se recuerdan las derrotas. Por ejemplo, en nuestro caso es más conocido el hundimiento de la Armada Invencible de Felipe II cuando buscaba destronar a Isabel I (1588) que la gran victoria de Blas de Lezo contra la potente flota inglesa comandada por el Almirante Edward Vernon en la célebre batalla de Cartagena de Indias (1741). Eso en Inglaterra es impensable.

            Desde luego, no es el propósito de estas líneas criticar de forma despiadada el legado de Isabel II: bastantes disgustos ha tenido por parte de su familia. El objetivo es comprender que ni la reina ha sido una completa maravilla ni un completo desastre. Es obvio, y eso es su mayor mérito, que ha sabido adaptarse a sus tiempos manteniendo una discreción y neutralidad admirable. También es cierto que no ha estado tan cerca del pueblo como se parece: los historiadores sólo nombran la fiesta posterior a la victoria de los aliados al finalizar la Segunda Guerra Mundial como situación en la que se mezcló con el “populacho”. Bien mirado, eso tiene una consecuencia: se crea un mito. Las personas que ocupan altos cargos son más parecidas a nosotros de lo que parece.  Sin embargo, si no conocemos nada de su vida privada, si mantienen una serie de ritos y protocolos envueltos en clase y lujo, creemos que están por encima del bien y del mal. No es así.

 

            Es lógico y merecido el reconocimiento a la reina británica. A la vez, es exagerado: la suspensión de la Premier League tiene un pase (mejor habría sido un homenaje en los campos de fútbol) pero que se anulen citas médicas o se supriman vuelos para que haya más silencio en las pompas fúnebres es más una sobreactuación que un homenaje. Así es nuestro mundo.

 

ESPÍRITU CRÍTICO Y MENTALIDAD ABIERTA (septiembre no....siempre).

La inflación se dispara: un 10.7%. La mayor parte de los índices económicos adelantados (aquellos que sirven para intuir lo que podemos esperar del futuro) son negativos. Ejemplos: el comercio al por menor, la matriculación de vehículos o la disponibilidad de bienes de equipo. ¿Qué podemos hacer?

El objetivo de este artículo no es dar recomendaciones económicas: las leemos, las vemos y las escuchamos en todos los medios, todos los días. El objetivo de estas líneas es comentar cuáles son los instrumentos mentales que debemos conocer, aprender y aplicar para tomar mejores decisiones. Sean del tipo que sean.

Sí; debemos ser inteligentes. El coeficiente intelectual, también llamado capacidad intelectual general (CIG) predice el nivel ocupacional y el rendimiento de una persona a lo largo de su vida mejor que cualquier otro atributo.

Es útil controlar los pensamientos en el sentido de ser reflexivos y no impulsivos. Existe un test ideado por el profesor del MIT Shane Frederick que evalúa la denominada reflexión cognitiva (TRC). ¿Por qué no hacerlo? Son tres preguntas. Toca leerlas y reflexionar sobre ellas; más adelante se comentarán las soluciones. No hace falta apurarse: sólo acierta el 17% de las personas.

Un bate y una pelota cuestan 1,10 euros en total. El bate cuesta 1 euro más que la pelota. ¿Cuánto cuesta la pelota? Si cinco máquinas tardan cinco minutos en fabricar cinco objetos, ¿cuánto tiempo tardarían cien máquinas en fabricar cien objetos?  En un lago, hay un grupo de nenúfares y cada día duplican su extensión. Si tardan 48 días en cubrir toda la extensión, ¿en cuánto tiempo se cubre la mitad?

La evaluación de pensamiento crítico de Halpbern incluye disposición a la racionalidad y habilidades para el aprendizaje. Ejemplo: en una dieta los clientes pierden de media 5 kilos, en otra se pierden 10. ¿Qué preguntas harías antes de elegir una de las dos dietas? La escala para medir el pensamiento de mentalidad activamente abierta de Jonathan Baron responde cuestiones como si dejarse convencer por un argumento contrario es signo de buen carácter. Este tipo de pensamiento, que se puede enseñar,  es el característico de los mejores analistas.

Como atributo adicional en el mundo anglosajón gusta el grit, definido como la perseverancia y la pasión en la persecución de objetivos a largo plazo.

Es el momento de comentar las soluciones. Para el TRC la pelota cuesta cinco céntimos y el bate un euro con cinco céntimos. Intuitivamente la contestación es diez céntimos. La siguiente pregunta es más difícil, ya que la respuesta es de cinco minutos aunque a primera vista parecen 100. A partir del enunciado no es sencillo advertir que si cinco máquinas tardan cinco minutos para cinco objetos, una máquina hará en cinco minutos la quinta parte de objetos: uno. Por lo tanto cien máquinas harán cien objetos en la misma cantidad de tiempo. Respecto de los nenúfares, claro que no tardan 24 días, tardan 47. El día anterior al último se habrá cubierto la mitad.

La contestación del test de Halpbern es abierta. Es pertinente preguntar si terminada la dieta las personas mantienen el nuevo peso o tienden a recuperar el anterior. La tasa base importa, quizás los del primer grupo pesaban de media 80 kilos y los del segundo 130. ¿Y la duración? Puede que la primera dieta haya durado un mes y la segunda haya durado tres meses. Son las cosas de la letra pequeña.

Respecto de la mentalidad activamente abierta, es obvio que lo más práctico es cambiar de opinión. No hay otra forma de crecer. Sin embargo, no es eso lo que pedimos a nuestros líderes, sean políticos, empresarios o deportistas.

Un aspecto clave y fundamental: está demostrado que no se puede ser un buen analista de la realidad si no tenemos esa mentalidad activamente abierta. Eso pasa por rodearse de personas diferentes, leer otros puntos de vista, conocer otros lugares, dudar de lo que nos dicen o comprender que el incentivo principal que mueve a las personas es el interés propio. En definitiva: cambiar de parecer y revisar nuestras creencias conforme va apareciendo nueva información. Práctico y científico.

No basta con tener un don. Es necesario usarlo. Y el círculo dorado de Simon Sinek nos da un marco conceptual. Debemos comenzar con el porqué (propósito: mejorar la vida de las personas), pasar al cómo (proceso: unas políticas concretas) y terminar con el qué (resultado, teniendo en cuenta los efectos directos e indirectos).

Receta final: CIG, TRC, Halpbern, Baron. Todo aliñado con grit.

 

Javier Otazu Ojer. Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

Tipos altos (septiembre).

            La inflación sigue disparada, y claro, hay que pararla de alguna forma. ¿Cómo? Está claro: subir los tipos de interés. El futuro no es halagüeño, si hacemos caso a la advertencia de Jerome Powell, gobernador de la Reserva Federal Norteamericana: “las subidas de tipos debilitarán al mercado de trabajo y provocarán algo de dolor a familias y empresas”. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

            Debemos comenzar remarcando una idea: no esperábamos unos precios tan altos. Sí, una vez visto todo el mundo es listo, y quizás la guerra de Ucrania nos hizo comprender que podía llegar lo tercero peor (en primer lugar, la pérdida de vidas humanas; en segundo lugar, las pérdida de recursos económicos esenciales) en forma de inflación. Sin embargo, no se esperaban estos niveles. España está en un 10.7%, por encima de la media de la eurozona, que se encuentra en un 8.9%. Las razones, además de la guerra, vendrían dadas por las políticas monetarias expansivas que han introducido una gran cantidad de dinero en el sistema. Tarde o temprano, eso se refleja en los precios. Hay otras causas: la gran cantidad de ahorro acumulada en la pandemia o la política china de Covid cero que ha ralentizado la velocidad de suministro. Además algunos mercados funcionan, implícitamente, como un cártel. ¿Cómo no recordar la velocidad con la que sube la gasolina cuando aumenta el precio del barril del petróleo y lo que le cuesta bajar cuando ocurre lo contrario?

            Como siempre en economía, desconocemos el peso de cada uno de estos factores en la inflación actual, y  se supone que los expertos (definir un “experto economista” no deja de ser un oxímoron) se dedican a realizar esta valoración. En definitiva, no hay duda: tenemos un problema. ¿Qué podemos hacer?

            A nivel individual, se tiende a discriminar más los gastos, eliminando aquellos que nos parezcan estúpidos o caprichosos. También habrá problemas de conflictividad laboral: se corre el riesgo de entrar en una espiral continua de inflación (más precios, más salarios y así sucesivamente). A nivel gubernamental, se ha decidido penalizar a los bancos y a las empresas energéticas. Los famosos bonos de tren o los descuentos realizados en trayectos urbanos permiten aliviar el coste del transporte recurrente a la clase media. Otras opciones son deflactar el IRPF: ajustar impositivamente el tramo de renta para no perder adquisitivo por culpa de la inflación. Es pertinente controlar la competitividad de los mercados: además de pactar precios, podría ocurrir que algunas empresas almacenarían algún producto de interés para que así suba su precio y así aumentar su beneficio. Más urgente que vigilar con videocámaras los mataderos de animales es vigilar el correcto cumplimiento de las leyes de mercado.

 ¿Mucho trabajo? Sí. ¿Difícil? También.  Todas las medidas tienen un coste. Unos agentes económicos ganan, otros pierden. En fin, eso es gobernar: decidir teniendo en cuenta las consecuencias de lo que se hace. Lo fácil sabemos hacerlo todos.

            A nivel monetario, la intervención corresponde a los bancos centrales. En nuestro caso, al Banco Central Europeo (BCE). Lo más aplicado: los tipos altos. Eso encarece el acceso al crédito, con lo cual hay menos inversión y menos gasto. Eso supone, tarde o temprano, precios más bajos. Asunto resuelto. Antes de analizar las consecuencias de esta medida, pensemos en el mandato principal de los bancos centrales: proporcionar dinero al sistema económico y que dicho dinero conserve su valor. Si la inflación persiste nuestros ahorros irán al vertedero.

            Con tipos altos, sale más caro pedir un préstamo para comprar un piso. En consecuencia, esperamos que los precios bajen. Bueno, sale más caro pedir cualquier préstamo, como los aplicados al consumo. Menos dinero para gastar. Precios más bajos. Con tipos altos, los ahorros tienen un mayor rendimiento. Parte del dinero que iría a bienes y servicios lo dejamos en un depósito, o compramos un bono del tesoro. Precios más bajos. Con tipos más altos, las hipotecas a tipo variable son más caras. En agosto del año 2000, el Euribor estaba en el 5.248%, en julio del 2008, en el 5.393%, en julio del 2011, en el 2.183%, en enero del 2021, en el -0.505%; en agosto del 2022, en el 1.483%; para el próximo año se espera una horquilla entre el 1.5% y el 2.2%. Las familias cuya referencia sea un tipo variable, deberán pagar más cada mes. Eso implica menos gasto en otras cosas. Precios más bajos.

            Los indicadores económicos adelantados no son buenos. Los índices de confianza y producción en la construcción son negativos. La matriculación de vehículos de carga y automóviles disminuye. La disponibilidad de bienes de equipo, también. El comercio al por menor ya ha comenzado a decrecer. La prima de riesgo, es decir, el diferencial de interés respecto del bono de referencia alemán está en 120 puntos básicos.

            ¿Qué hacer?   

            Sólo hay un consenso: los tipos altos.

Resaca generalizada (septiembre).

Comienzos de septiembre. Poco a poco volvemos a la realidad. Aunque todavía quedan algunas fiestas sueltas, nuestra mente ya piensa en la nueva temporada.  Estamos cerca de ese temido otoño que, según todas las predicciones económicas que estamos recibiendo, va a ser peliagudo. ¿Por qué? ¿Tan mal están las cosas? ¿Podemos prepararnos de alguna forma para evitar el desastre?

            En economía se llaman “indicadores adelantados” a las estadísticas que sirven para intuir cómo van a ser los valores que mejor evalúan el bienestar de una sociedad: la creación de riqueza (medidos en términos de PIB, producto interior bruto), la inflación (a estas alturas de la película no hay mucho que añadir sobre la misma) y el desempleo. ¿Qué indicadores adelantados deberían preocuparnos?

Las inversiones en capital indican si los empresarios tienen confianza en el futuro. En caso afirmativo, se amplían las fábricas, se mejora la tecnología o añadimos máquinas al proceso productivo. Eso quiere decir que más adelante habrá más riqueza y a la vez mejorará el empleo. Los índices de confianza por parte de los consumidores también son importantes. Si creemos que las cosas van a ir a peor ahorramos para cuando lleguen los problemas, y claro, eso hace que en el presente se compren menos bienes y servicios con lo cual, de nuevo, la economía se frena. Estos indicadores son negativos. Hay un consenso generalizado en que el fin de las restricciones debidas a la pandemia (no es lo mismo que el fin de la pandemia) ha hecho que se gaste más  de lo habitual debido a las ganas de hacerlo y al ahorro acumulado. Eso es ahora. ¿Mañana?

            Para responder a la pregunta haremos un diagnóstico de la situación actual. Lo principal: la inflación va a ser persistente en el tiempo. Eso es debido a cuatro factores. Uno, la gran entrada de dinero en el sistema económico como consecuencia de las políticas monetarias expansivas de los bancos centrales. Así, tarde o temprano los precios tienen que subir. Dos, los problemas de suministro derivados por la guerra de Ucrania y otras razones geopolíticas. Tres, disminución de oferta. Cuatro, aumento de demanda. En fin, es un escenario poco alentador. Para evitar más inflación los bancos centrales suben los tipos. Claro que si los tipos de interés suben es más caro pedir un préstamo y esto nos lleva a menos inversión. Sí, es necesario aumentar los tipos para evitar la inflación. Es la dificultad de la economía, de la medicina o de la vida misma: toda decisión conlleva un coste. Valorarlo es crucial. Con tipos muy altos la economía se ahoga. Con tipos muy bajos la inflación aumenta.

Hay más. La vuelta a los dos bloques. El primero, los países dentro de la OTAN o simpatizantes de la misma. El segundo, Rusia y su alianza implícita con China o India. En este grupo hay muchos países de África o Suramérica. Eso es debido a la política de inversiones realizada por, principalmente, China.

 Es curioso: a la llamada de Zelenski a los países africanos para analizar la situación sólo contestaron cuatro presidentes. Además, esta situación se generaliza. Así, Marruecos simpatiza más con los norteamericanos, Argelia con los rusos. ¿Tiene eso algo que ver con el cambio de criterio del gobierno con el Sahara? Bueno, ya se sabe el dicho popular: “piensa mal y te quedarás corto”. Si a todo esto le añadimos problemas habituales como el cambio climático junto con una guerra de consecuencias impredecibles, el panorama es poco halagüeño.

Cuando termina una fiesta viene la resaca. Comienza la purificación, las dietas, el deporte y todas esas cosas que tanto nos gusta dejar para más adelante. Hay tres maneras de mitigar los efectos de la resaca. La primera es ponerse a dieta….antes. Es la forma “pasado”. La segunda es sobrepasarse con equilibrio. Es la forma “presente”. En otras palabras: es razonable ganar dos kilos. No ganar cinco. La tercera es arreglar los desaguisados después de la fiesta. Es la forma “futuro”. Es la más usada y la menos efectiva, ya que siempre quedan efectos secundarios en el cuerpo y además nos hace sentirnos peor con nosotros mismos.

Podemos usar esta lógica para reflexionar acerca de cómo se están preparando los gobiernos para el comienzo del otoño. ¿Han ahorrado para cuando las cosas fuesen mal? La respuesta es no: el déficit y la deuda pública están por las nubes. ¿Están tomando medidas en la actualidad? Claro que sí: impuestos a bancos y energéticas, abonos de transporte o subvenciones para el uso del combustible. Otras medidas, como subir el salario mínimo, se están valorando. El juez, el de siempre: el tiempo.

Aunque lo mejor es prevenir, estamos tan programados para disfrutar del corto plazo que cuando chocamos con la realidad nos damos un buen trompazo.

Ocurre con las personas, ocurre con los gobiernos.

Emilio Ontiveros: una referencia económica (agosto).

            El fallecimiento de Emilio Ontiveros el pasado uno de agosto ha dejado consternados a todos los que seguimos el apasionante mundo de la economía y lo teníamos como uno de nuestros intelectuales de referencia. En estos casos, es habitual escribir un currículum con los estudios que realizó, los lugares donde impartió la docencia, los trabajos que ha realizado y la aportación que ha realizado a su área de conocimiento.

Bastará hacer un pequeño resumen: nacido en Ciudad Real en el año 1948, era Catedrático Emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Si bien en Navarra fue conocido como analista de Caja Navarra, a nivel nacional tenía una gran relevancia. Fue integrante del grupo de expertos realizado por Nadia Calviño, vicepresidenta primera del Gobierno, para afrontar las consecuencias económicas de la pandemia. Era colaborador habitual del periódico El País y de la Cadena Ser. Aunque estuvo de profesor en la Universidad de Zaragoza y en el ICADE (instituto católico de administración y dirección de empresas), destacó como profesor visitante en la Universidad de Harvard. Estuvo en el Consejo Social de la Universidad de Castilla la Mancha y fue consejero de empresas como Mutua Madrileña, Iberdrola España o Torreal. Ha escrito múltiples artículos de prensa y libros como “Mercados de futuros e instrumentos financieros”, “El rescate”, “Excesos: amenazas a la prosperidad global” o la “Guía del Sistema Financiero Español”. Si bien su visión económica era keynesiana, es decir, de tendencia socialdemócrata, siempre estuvo abierto a modular las reformas que, en su opinión, eran más pertinentes para una economía concreta.

            Hasta ahí, el currículum estándar de un profesor brillante. Sin embargo, merece ser destacado por dos aspectos todavía más capitales: aquellos que crean la diferencia. En primer lugar, fue director general del Área de Análisis e Inversión del Grupo Ahorro Corporación y consejero delegado de Gesinca Gestión de Carteras y de Gesinca pensiones. No se trata de profundizar en el nombre de las empresas. Se trata de valorar el hecho de que, como dice el argot popular, saltó al ruedo. Es muy fácil ser político: al fin y al cabo, los errores no se pagan. ¿Se puede endeudar un país hasta límites insospechados si eso me da más probabilidad de ganar las elecciones? Se hace. En el ámbito privado, sin embargo, un fallo clave supone perder dinero, reputación y en muchas ocasiones, ser despedido. Es una pena y es un problema social: si alguien ha sido ministro lo tiene de maravilla: además de los derechos de cobro futuros que ganan, siempre tiene ese cartel. Es decir, no importa su desempeño: lo que vale es el puesto que ha ocupado. En fin, así nos va. Y todavía hay más: muchos tertulianos y “expertos” critican con facilidad las medidas que realizan las empresas y los gobiernos. Una vez más, si se confunden no pasa nada: total, siempre se puede echar la culpa a un pequeño imprevisto y pelillos a la mar.

No fue el caso de Ontiveros: su experiencia en la empresa privada le permitió una visión más profunda de la realidad. Debido a ello, sus ideas y recomendaciones siempre tienen un fondo práctico (¡¡no teórico!!) más útil para todos.

            El segundo aspecto fundamental es la fundación de la consultora privada AFI: Analistas Financieros Internacionales. En la actualidad más de 200 personas trabajan en esta institución, en colaboración con centros de tanto interés como el laboratorio de pensamiento europeísta EuropeG. Lo relevante con ello es que deja un poso, algo que le va a sobrevivir durante muchos años. Además, estaba convencido de que toda la población debía tener unos conocimientos mínimos de economía y finanzas. Comprendía que una ciudadanía con formación y espíritu crítico siempre iba a exigir más y mejor a sus gobiernos y que eso era prioritario para alcanzar una senda de crecimiento más sostenido, equilibrado y justo.

            Existe una manera fascinante de conocer a las personas: que nos digan cuáles son los aforismos que más influyen en su vida. En el caso de Emilio, eran: “la desigualdad no es rentable” y “el Estado de bienestar es una condición necesaria para la cohesión social y sin cohesión no hay crecimiento sostenible en el tiempo”.

            Nada como estos aforismos para explicar una persona, la economía y la vida. Detectamos un problema fundamental: la desigualdad.  Buscamos una solución: un mejor Estado de bienestar, unas políticas concretas,  una población formada y crítica.

            Hemos tomado nota.

            Descanse en paz.

Neuigkeitssucht (agosto).

            Neuigkeitssucht. Bonita palabra, ¿no? Así es como los alemanes designaron, cuando nacieron los periódicos, a la “adicción a las noticias y novedades”. Y no es un invento de ayer; han pasado más de 400 años desde que a comienzos del siglo XVII  (año 1605) Johan Carolus fusionase los libros impresos y las cartas manuscritas en Estrasburgo. Así se crearon las noticias. Merece la pena conocer el nombre del primer periódico impreso del mundo: “Relation aller Fürnemmen und gedenckwürdigen Historien”. Desde entonces, los tiempos han cambiado. Por primera vez se comenta el riesgo de la posible desaparición de periódicos. Muchos condados de Estados Unidos no tienen prensa, y de existir, es sólo semanal.

            Mucho se ha escrito sobre la adicción a las pantallas: el consumo de tiempo delante de la televisión, el ordenador o el teléfono móvil (mejor, del aspirador: al fin y al cabo se dedica a extraer nuestro tiempo, nuestra atención y nuestros datos) se está disparando. Poco se comentan, sin embargo, dos cosas. Uno: lo que perdemos. No es una tontería; tendemos a valorar lo que vemos, lo que aparece en los medios. No valoramos lo que no aparece, y es muy importante reflexionar sobre ello. Dos: ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Es lo que nos conviene? ¿Quién gana?

            Primero, lo que perdemos. El verano es una época en la que las reuniones sociales se amplían: sea con amigos, viejos conocidos o familia. Historias, conversaciones, relajación…es una maravilla. Pero podía serlo más. ¿Cómo no recordar los tiempos en los que se contábamos chistes o se tocaba la guitarra y el grupo cantaba de formas despreocupada? Sí: los chistes y las canciones se están perdiendo. Hay más ejemplos; las recetas de la abuela. Es más efectivo comprar comida preparada, freír o encargar a una casa especializada. Así, tenemos más especialización, más incertidumbre, más desplazados. Este concepto adquiere un nuevo punto de vista, si definimos así a las personas que se sienten fuera del sistema en tanto no les representa, no encuentran trabajo en el mismo o se encuentran marginados.

            Profundizando en lo anterior,  ¿tenemos experiencias nuevas? Este aspecto es fundamental: repetir, repetir y repetir hace que la percepción del paso del tiempo sea más rápida. El tiempo: lo único que tenemos y que según las últimas investigaciones científicas, ni siquiera existe. La paradoja de las paradojas.

            Segundo, ¿cómo puede ser que estemos así? Basta leer el título del presente artículo: Neuigkeitssucht. Queremos saber lo que pasa en los niveles que más nos interesan, sea la geopolítica, el corazón, las novedades del motor, la familia, los amigos, nuestro equipo de fútbol, el tiempo, las mascotas o la economía. Antes, un ruido era una amenaza para nuestra vida. Quizás un depredador nos estaba buscando. Debíamos ser cuidadosos. Ahora, un ruido suele ser una notificación del móvil a la que, por supuesto, debemos atender con la mayor celeridad.

Y claro, si el asunto nos parece de interés ya lo estamos compartiendo. Meditemos: cuando nos llega un meme o una noticia de gran interés es muy difícil no compartirla. Pensamos, ¿a quién le interesa esto? Así, lo que en realidad enviamos es una prueba social de que estamos al día. Y si vamos hacia atrás, esta adicción tiene una posible causa: el MAPA. ¿Qué es eso? Un acrónimo de las palabras “miedo a perderse algo”. Estimado lector: bienvenido al quid de la cuestión.

No queremos estar fuera de la onda. Por eso consumimos más y más noticias, más y más WhatsApps, consultamos el correo, queremos estar al día. Y así se ha creado una nueva industria en la que la reflexión para a ser inmediatez. ¿Quién sale perdiendo? Nosotros, en tanto se merma nuestro desarrollo humano. También pierden empresas de entretenimiento. El tiempo invertido en pantallas no se invierte en otras cosas. Ya lo decía. Advertencia de Charles Broxton: “Nunca vas a encontrar tiempo para algo. Si quieres tiempo, tienes que fabricarlo tú mismo”. ¿Quién sale ganando? A nivel económico es obvio: las compañías que producen los dispositivos, las que grandes operadoras, los suministradores de redes sociales. También ganan los políticos: una catástrofe o un error de gestión se olvida con rapidez y así nunca se depuran las responsabilidades.

Es el momento de construir un mapa, pero un mapa de verdad. Parar, reflexionar, sonreír, relajarse o hacer planes activos son actividades veraniegas. Sin embargo, deberían ser actividades cotidianas. Para ello, debemos formatearnos. En algunos valores, en algunas emociones, en nuestros planes vitales, en nuestra exigencia a los demás, en nuestros deberes como ciudadanos. No obstante, existen dos barreras que debemos saltar. En primer lugar, el sistema económico y social. En segundo lugar, nuestro sistema cerebral más profundo.

Usando el segundo como pértiga, seremos capaces de superar las marcas del saltador de pértiga Armand Duplantis. Centímetro a centímetro. “El ascensor hacia el éxito está fuera de servicio. Tendrás que usar las escaleras….una por una” (Joe Girard).

Manipulación (agosto).

            En la época de la sobreinformación, en la cual recibimos más y más notificaciones, tenemos un problema para poder asimilar todo. ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Qué está tergiversado? Claro que no son sólo las noticias: todos deseamos influir en los demás. Aunque digamos lo contrario, nos gusta más hablar que escuchar. Las últimas investigaciones en neurociencia demuestran que estamos bajando nuestra capacidad de atención y que (eso es una explicación subjetiva) muchas conversaciones son, en realidad, monólogos. En medio de la época veraniega es muy conveniente reflexionar sobre ello para obtener una serie de ideas y conceptos que nos puedan ser útiles. Comenzamos.

            Para empezar, se debe distinguir la charlatanería de la mentira. Para el filósofo Harry Frankfurt: “es imposible que alguien mienta a menos que crea conocer la verdad. La charlatanería no requiere esa convicción”. Por esa razón es más peligrosa: al solaparse el mundo real con el imaginado y el trampeado, ocasiona pocos daños e incluso proporciona ventajas que no tiene la mentira, ya que es más difícil desenmascarar un charlatán.  Maquiavelo explicó en 1521 la idea: “hace mucho tiempo que no digo lo que creo, ni tampoco creo lo que digo, y si en alguna ocasión digo la verdad, la oculto entre tantas mentiras que resulta difícil de encontrar”.

            Pasamos a clasificar las mentiras. Es el turno de Tom Phillips, periodista y editor de Full Fact, empresa líder en Reino Unido de comprobación de datos. Todos hemos usado mentiras blancas o piadosas: sirven para hacer que nos llevemos bien. Las mentiras amarillas son aquellas que se usan por vergüenza o cobardía, y sirven para ocultar un error: “he llegado tarde porque he tenido que auxiliar a unas personas que habían tenido un accidente”. Las mentiras azules, sin embargo, restan importancia a nuestros actos: “el trabajo que he realizado no tiene tanto mérito, es un esfuerzo compartido”. Las más fascinantes son las mentiras rojas: el hablante sabe que miente, el público sabe que el hablante miente, el hablante sabe que el público lo sabe. Ejemplo, una promesa electoral imposible, una pareja que ha montado un escándalo en el vecindario y lo niega de forma persistente.

            El objetivo de informarse es dar sentido a un mundo complejo con una capacidad de procesamiento individual limitada. Como dice el gran científico E.O.Wilson: “nos ahogamos en información, pero estamos hambrientos de sabiduría”. ¿Cómo lograrlo? Calculamos la calidad y utilidad de la información dividiendo el significado (cómo interpretamos los datos) entre el tiempo que nos cuesta consumir los datos (idea de Doug Clinton). Ahora bien, este consumo ha evolucionado. Según eMarketer, en Estados Unidos en el año 2008 las personas estaban 0.3 horas delante del teléfono móvil, 2.7 horas delante del ordenador, 0.2 horas delante de otros dispositivos. Total, 3.2 horas. En el año 2018 el teléfono móvil se usaba 3.6 horas, la pantalla del ordenador 2 horas, otros dispositivos 0.7 horas. Total, 6.3 horas. Y sin pandemia…

            Hay más. La evolución del consumo de televisión (seguimos en Estados Unidos) es sorprendente: las personas mayores de 65 años la ven de media 7 horas al día, los que están entre 50 y 64 la ven 5 horas, de 35 a 49 se ve 3 horas y media, de 18 a 34 tan sólo hora y media. Los periódicos se han reducido en 2.155, un 24%. Casi la mitad de los condados, 1.540, tienen un único periódico que además es semanal.

            Siempre que consumimos información tememos ser manipulados. Entre el 10 y el 15% de los norteamericanos adultos son estafados cada año. Es una vieja costumbre, y es que siempre hemos sido así: el primer caso que se recuerda es un tal Ea-Nasir, y data del año 1750 AC. Nos vamos a una de las primeras ciudades estado de la humanidad: Ur, antigua Mesopotamia, sur de Irak. Este comerciante de cobre estafó a personas como Nanni, Abituram, Appa o Imqui-Sun. Basta consultar las tablas de arcilla, de escritura cuneiforme sumeria, encontradas en su casa. Bueno, más que en su casa, en los restos de la misma.

            Entonces, ¿cómo defendernos? Zoe Chance, experta en influencia, recomienda ser cuidadosos en nueve ámbitos. Uno, éter (nos están emocionando). Dos, urgencia. Tres, exclusividad. Cuatro, demasiado bueno para ser verdad. Cinco, medias verdades. Seis, pensamiento mágico sobre el dinero (“te lo mereces”). Siete, pasar por alto una negativa firme. Ocho, alternancia de calor y frío. Nueve, sensación extraña.

            Charlatanería, mentiras, utilidad de la información, obtención de la misma, estafas, evolución histórica y mecanismos defensivos son ideas que ayudan a evitar manipulaciones   y sirven para tomar mejores decisiones.

Resaca (julio).

            Fin de fiesta, continúa el verano. Vuelta a la realidad, y sí, resulta que seguimos asados. Ahora toca aprovechar el tiempo que falta hasta llegar a ese temido otoño que, según todas las predicciones económicas que estamos recibiendo, va a ser peliagudo. ¿Por qué? ¿Tan mal están las cosas? ¿Podemos prepararnos, aunque sea, de alguna forma para evitar el desastre?

            En economía se llaman “indicadores adelantados” a las estadísticas que sirven para intuir cómo van a ser los valores que mejor evalúan el bienestar de una sociedad: la creación de riqueza (medidos en términos de PIB, producto interior bruto), la inflación (a estas alturas de la película no hay mucho que añadir sobre la misma) y el desempleo. ¿Qué indicadores adelantados deberían preocuparnos? Por ejemplo, las inversiones en capital indican si los empresarios tienen confianza en el futuro. En caso afirmativo, se amplían las fábricas, se mejora la tecnología o añadimos máquinas al proceso productivo. Eso quiere decir que más adelante habrá más riqueza y a la vez mejorará el empleo. Claro que si los tipos de interés suben es más caro pedir un préstamo y esto nos lleva a menos inversión. Sí, es necesario aumentar los tipos para evitar la inflación. Es la dificultad de la economía, de la medicina o de la vida misma: toda decisión conlleva un coste. Valorarlo es crucial. Con tipos muy altos la economía se ahoga. Con tipos muy bajos la inflación aumenta.

            Los índices de confianza por parte de los consumidores también son importantes. Si creemos que las cosas van a ir a peor ahorramos para cuando lleguen los problemas, y claro, eso hace que en el presente se compren menos bienes y servicios con lo cual, de nuevo, la economía se frena. Hay un consenso generalizado en que el fin de las restricciones debidas a la pandemia (no es lo mismo que el fin de la pandemia) ha hecho que se gaste más  de lo habitual debido a las ganas de hacerlo y al ahorro acumulado. Eso es ahora. ¿Mañana?

            Para responder a la pregunta haremos un diagnóstico de la situación actual. Lo principal: la inflación va a ser persistente en el tiempo. Eso es debido a cuatro factores. Uno, la gran entrada de dinero en el sistema económico como consecuencia de las políticas monetarias expansivas de los bancos centrales. Así, tarde o temprano los precios tienen que subir. Dos, los problemas de suministro derivados por la guerra de Ucrania y otras razones geopolíticas. Tres, disminución de oferta. Cuatro, aumento de demanda. En fin, es un escenario poco alentador. Y claro, todavía hay más. La vuelta a los dos bloques. El primero, los países dentro de la OTAN o simpatizantes de la misma. El segundo, Rusia y su alianza implícita con China o India. En este grupo hay muchos países de África o Suramérica. Eso es debido a la política de inversiones realizada por, principalmente, China. Es curioso: a la llamada de Zelenski a los países africanos para analizar la situación sólo contestaron cuatro presidentes.

 Esta situación se generaliza. Así, Marruecos simpatiza más con los norteamericanos, Argelia con los rusos. ¿Tiene eso algo que ver con el cambio de criterio del gobierno con el Sahara? Bueno, ya se sabe el dicho popular: “piensa mal y te quedarás corto”. Si a todo esto le añadimos problemas habituales como el cambio climático junto con una guerra de consecuencias impredecibles, el panorama es poco halagüeño.

Cuando termina una fiesta viene la resaca. Comienza la purificación, las dietas, el deporte y todas esas cosas que tanto nos gusta dejar para más adelante. Hay tres maneras de mitigar los efectos de la resaca. La primera es ponerse a dieta….antes. Es la forma “pasado”. La segunda es sobrepasarse con equilibrio. Es la forma “presente”. En otras palabras: es razonable ganar dos kilos. No ganar cinco. La tercera es arreglar los desaguisados después de la fiesta. Es la forma “futuro”. Es la más usada y la menos efectiva, ya que siempre quedan efectos secundarios en el cuerpo y además nos hace sentirnos peor con nosotros mismos.

Podemos usar esta lógica para reflexionar acerca de cómo se están preparando los gobiernos para el fin del verano. ¿Han ahorrado para cuando las cosas fuesen mal? La respuesta es no: el déficit y la deuda pública están por las nubes. ¿Están tomando medidas en la actualidad? Sí, en el debate del estado de la nación vimos que el gobierno tomó medidas….que no han dado los resultados esperados en otros países donde se han aplicado. El tiempo, como siempre, dará y quitará razones.

Aunque lo mejor es prevenir, estamos tan programados para disfrutar del corto plazo que cuando chocamos con la realidad nos damos un buen trompazo.

Ocurre con las personas, ocurre con los gobiernos.

¿Por qué? (Julio).

            Los precios, disparados. Miles de hectáreas, calcinadas. La guerra en Ucrania continúa. La pandemia repunta. ¿Por qué? ¿Cómo se llega una situación concreta? Sin duda, es la pregunta que más veces nos hemos repetido. ¿Por qué unos países son más ricos que otros? ¿Por qué una persona que no fuma puede tener cáncer de pulmón?  ¿Por qué muchos fumadores no tienen cáncer de pulmón?

            Si las cosas fueran tan fáciles, las decisiones serían más sencillas. Por desgracia, el mundo no es así. Algunos tratamientos médicos que son útiles para unas personas, pueden resultar perjudiciales para otras. Lo mismo ocurre con las medidas económicas aplicadas en diferentes países; lo que es bueno para unos, puede no serlo para otros. Al menos, existe un consuelo útil para la medicina y la economía: lo perjudicial. Fumar es malo, el sedentarismo no es bueno, el control de precios lleva siempre a la escasez o la inclusión de grandes cantidades de dinero en una economía genera inflación.

            Punto número uno; distinguir asociación de causalidad. Fumar está asociado con tener cáncer de pulmón, pero no siempre lo causa. Ahora bien, ¿cómo podemos demostrar dicha asociación? Mediante la observación. Aunque no podemos obligar a nadie a fumar  ni a no fumar (Nueva Zelanda han comenzado a prohibir el tabaco a los jóvenes), podemos observar la evolución de dos grupos de personas de idénticas características salvo el consumo de tabaco. Pasado un tiempo la proporción de enfermos es mayor en el grupo de fumadores. Pero cuidado: los fumadores suelen beber más alcohol y hacen menos deporte. Si no tenemos eso en cuenta, sobreestimamos el efecto perjudicial del tabaco en la salud. Apliquemos otro ejemplo para entender esta idea. Un grupo de personas come sano y equilibrado, siguiendo el patrón de la dieta mediterránea. Otro grupo se alimenta como le parece. Pasado un tiempo, observamos que en el primer grupo la proporción de fallecidos es mayor. ¿Por qué?

            Punto número dos; la confusión. Las personas de más edad tienen una alimentación más saludable. Así, las personas del grupo de la dieta mediterránea fallecen debido a que tienen más años. En otras palabras, la edad está relacionada con la causa (a más edad, se come mejor) y el desenlace (las personas mayores tienen menos esperanza de vida que los jóvenes). Eso es la confusión, y debe controlarse.

            Punto número tres: las causas de las causas. En Estados Unidos se observa que las ciudades con más policía tienen más crímenes. Extraño, ¿no? No tanto. Es un tema de población. A más población, más personas. A más personas, más crímenes. Ahora bien, en países como Japón no pasa eso. Los delitos son menos comunes. ¡¡Claro!! En Japón no existe la libertad de manejo de armas que existe en Estados Unidos. Ahora bien, ¿por qué?

            Está claro. La segunda enmienda de la Constitución Norteamericana (25/9/1789) establece el derecho de individual a portar armas. Ahora bien, ¿cómo se puede mantener una orden tan aparentemente anacrónica? Cuando se promulgó la ley eran otros tiempos. ¿Por qué no lo han cambiado? Los firmantes del texto eran descendientes de las clases más conservadoras europeas, que habían emigrado a Estados Unidos. ¿Por qué emigraron estas clases y no otras? En fin, así iríamos hacia atrás, atrás, atrás…..hasta llegar al nacimiento del Homo Sapiens. Delirante, ¿no? No.

            El estadounidense – israelí Oded Galor, profesor de la universidad de Brown, es fundador de la teoría unificada del crecimiento. Se propuso, precisamente, hacer el viaje anterior. Así, ha demostrado que el 25% de la disparidad entre naciones se explica por la diversidad social. Las características geoclimáticas explican el 40%, los factores etnoculturales el 20% y las instituciones políticas sólo el 10%.

            Bienvenidos al cuarto y último punto. Cuando queremos saber el porqué de las cosas, nos centramos en los factores observables, olvidando las causas subyacentes de los mismos. Es una idea muy poderosa con grandes implicaciones.

            Además de subir los precios por los problemas de suministro o la guerra, tenemos causas subyacentes: ahorro acumulado por la pandemia, entrada de dinero por las políticas fiscales y monetarias expansivas, oportunismo de algunas empresas.

            Ni la oposición ni el gobierno valoran mejorar la prevención de los incendios…hasta que aparecen. Falta de flexibilidad en la transmisión de órdenes. Problemas de coordinación. Naturaleza sensible.

            Sigue la guerra. Valoremos dos aspectos. Uno, imposibilidad de encontrar una solución justa para ambas partes. Dos, imposibilidad de victoria militar para una parte.

            Si no sabemos el porqué del repunte de la pandemia no hemos aprendido nada.

 

 

 

            ¿Por qué?

Fuego, fuego!!! (Julio).

            Estamos rodeados. Inflación. Guerra. Problemas de suministro. Repunte de la pandemia. Los focos no dejan de aparecer. Faltan recursos humanos, temporales y materiales para poder atender tanto foco. ¿Qué podemos hacer? La solución más cómoda: disfrutar del verano, que han sido dos años de pandemia horrorosos. A partir de otoño ya veremos. ¿Ya veremos? ¿Vamos a esperar a que las llamas estén alrededor de nuestras casas? No es lo más práctico. Debemos recordarlo: el mañana siempre llega. Y muchos indicadores económicos adelantados no presagian nada bueno.

            No existe mucha diferencia entre gestionar la economía y los incendios. No ha pasado tanto tiempo y después de alguna tímida protesta del estilo “el gobierno no activó el nivel de emergencia más avanzado cuando las temperaturas estaban a tope” es lo único que ha quedado. ¿Críticas? Las justas. La vida sigue. ¿Cómo puede ser? ¿Qué hemos aprendido? Simplemente se han usado frases retóricas. Para la oposición, “la gestión ha sido un desastre”. Para el gobierno, “una vez listo todo el mundo es listo. Nadie se quejó el día anterior a los incendios de que se debía reforzar la prevención”.

            Por desgracia, el cortoplacismo actual está suprimiendo la capacidad de análisis y reflexión. Pensemos en otras dos desgracias. Por un lado, terremoto en Afganistán con al menos mil muertos. ¡¡Mil!! Una pequeña referencia en los medios. Por otro lado, el asalto de Melilla. Ni siquiera los fallecidos están claros; según la fuente que se consulte parece que el número oscila entre 23 y 37. Aquí las referencias han sido mayores, pero no queda claro para nada la responsabilidad de semejante suceso. ¿La policía marroquí? ¿Las mafias? ¿Fue una estampida incontrolable que nos llevó a semejante desastre? No se sabe. No se trata de caer en el estúpido “buenismo” que nos lleva a exclamar “pobrecillos”. Se trata de saber el porqué. Conocer opciones para evitar estos desastres en el futuro. Y sin hipocresías, siendo conscientes de la escasez de nuestros recursos, pensar si existe algún mecanismo de ayuda.

            Volvemos a los incendios. Todos los años, igual. Todos los años, las mismas conclusiones. Sin embargo, cuando comienza el verano los partidos de la oposición nunca se quejan de la escasez de medios para afrontar los fuegos. Y existen posibilidades. Está el fácil remedio de la barra de bar: “la cosa es muy sencilla, que se apliquen las nuevas tecnologías ya. Se podrían usar drones. Muy fácil, que sobrevuelen todos los campos y al menor imprevisto, que avisen”. Está el análisis más técnico: “se trata de limpiar los montes. Tener claras las zonas con más riesgos. Repartir el personal de la forma más eficiente posible: eso pasa por multiplicar el personal destinado a la prevención de incendios en verano. Más aún: sería muy útil profundizar la coordinación en sentido vertical (policía, ejército) y horizontal (con otras comunidades autónomas).

            Pocas veces se trata otro problema de fondo: la gran distancia que existe entre la autoridad competente y la calle. En pueblos como Gallipienzo Nuevo hubo conflictos con la Policía Foral debido a la prohibición de realizar cortafuegos cuando había indicios para temer lo peor. ¿Quién tenía razón? Tiene sentido pensar que quien trabaja en el campo conoce mejor la situación. Al fin y al cabo es su medio de vida. Debido a ello, es quien más tiene que perder. Y debemos reflexionar mucho sobre ese matiz. No es lo que le ocurre a un alto cargo que pueda estar en la capital  que incluso ha podido tener un contacto ridículo en el campo. Si el primero se confunde, sufre ruina económica que sí, se puede compensar con un seguro. Pero es que además tiene una ruina emocional para la que no existe consuelo. Si el segundo se confunde, lo más que puede perder es su puesto. En consecuencia, lo más cómodo es refugiarse en el protocolo: “Siempre se ha hecho así”. Más aún: en caso de error es fácil culpar a quien ideó dicho protocolo.  Esta historia nos lleva a una reflexión muy profunda y fundamental.

Si el gestor toma una decisión activa y cambia la norma pretérita tiene todo que perder. Nunca se puede saber si ha acertado, ya que no podemos comparar lo que hubiese pasado en el sentido contrario. Pero si falla, le llueven las críticas. Por otro lado, si el gestor toma una decisión pasiva y acierta, muy bien. Si falla, simplemente ha cumplido la normativa existente. Por tanto, en este caso tiene muy poco que perder.

En economía, se dice que la segunda opción es “dominante”, ya que el coste de una posible equivocación es muy bajo en comparación con la primera opción.

Con el verano recién comenzado, se observan pequeños focos de humo en el aparentemente lejano otoño.

¿Cómo van los cortafuegos?

El último verano (junio).

            Algunos economistas piensan que estamos afrontando “el último verano” con cierta estabilidad social ya que a partir de otoño nos espera una buena. Razones: inflación, problemas de suministros, la guerra de Ucrania o el encarecimiento de las hipotecas como consecuencia de la subida de los tipos de interés.

            Ante situaciones así, nuestro comportamiento tiende a ser cortoplacista: “bueno, vamos a disfrutar ahora todo lo que podamos y mañana ya veremos”. ¿Quién no haría esa recomendación cuando se aproximan multitud de acontecimientos sociales que no hemos podido disfrutar  los dos últimos veranos? Valoremos otras posibilidades.

Primero, adquirir inspiración mediante historias, las cuales según la escritora Brené Brown son “datos con alma”.  Ventaja fundamental; una historia tiene múltiples fuentes. Libros, películas, canciones, arte, conversaciones.

Segundo, una idea del boxeador y actor Sergio Maravillas Martínez. Trabajar nuestra paz interior y aprender a convivir con la incertidumbre.

Tercero, aumentar nuestra fortaleza. Según el militar y escritor norteamericano Michael Hopf: “los hombres fuertes crean tiempos fáciles, los tiempos fáciles crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles”.

Historias, paz interior, incertidumbre, fortaleza.

Con unas buenas fiestas, receta completa para un otoño esperanzador.

Davos 2022 (junio).

            Desde el año 1971 se reúnen en Davos (Suiza) más de 2.000 líderes políticos y económicos. El propósito; debatir sobre los problemas y las perspectivas mundiales. El organizador: Klaus Schwab, creador del Foro Económico Mundial (World Economic  Forum). El tema: “Historia de un punto de inflexión. Políticas gubernamentales y estrategias comerciales”. Las conclusiones: “la pandemia, la guerra y los problemas de suministro están haciendo que la globalización esté mutando”. Así, aspectos como la autonomía estratégica (reducir la dependencia de terceros) pasan a ser prioritarios ya que el comercio está sumido en la incertidumbre. Hemos pasado de un futuro perfecto a un presente imperfecto. ¿Cómo explicarlo? ¿Qué hacer?

            Comenzamos por tres estadísticas llamativas. La primera: según las últimas estimaciones Google nos mira 426 veces al día para saber lo que hacemos. Debemos admitir que el número tiene su enjundia: 426. Ni más, ni menos. Uno lee estos estudios y queda asombrado. Siempre queda la duda de conocer la metodología aplicada, pero eso lo dejamos para los científicos de los números.  Lo relevante; la conclusión. José María Alvarez – Pallete (presidente de Telefónica) lo explica: “los algoritmos ponen delante de nuestros ojos lo que nos agrada más, para perfilarnos mejor, para conocernos mejor. Así conocen cuáles son los anuncios que nos enganchan. La verdad está en peligro”. Cuando muchas personas se informan por Google, ya sabemos lo que van a recibir. Lo que desean leer. Es el sesgo de confirmación.

            Segunda estadística. En el año 2016 el número de consultas al móvil era de 80 veces al día. Ha pasado, en el año 2021, a un total de 262. Ni más ni menos. Este número no requiere más comentarios. Se explica por sí mismo.

            Tercera estadística. El total de decisiones que tomamos al día está entre 30.000 y 35.000. Ahora la cosa es más volátil, aunque vuelve la finura cuando valoramos las decisiones inconscientes: exactamente un 99,74%. Ni más, ni menos. Ahora bien, ¿qué quiere decir este dato? Contiene una idea fundamental: si un político o un vendedor logran introducirnos un valor profundo (ser de izquierdas o de derechas; ser de una marca o acostumbrarnos a una comida o bebida determinada) tendrán un votante o comprador para mucho tiempo….una persona que en ningún momento dudará de su decisión. Por ejemplo, la adquisición de información y con ello nuestra visión de la realidad quedan marcados por nuestro subconsciente.

            Los avances digitales y tecnológicos, en consonancia con el equilibrio medioambiental y social son el único camino para prosperar y crecer. Hay barreras: cambio climático, conflictos armados, ataques a la red, intereses creados muy fuertes que aparecen pocas veces en los medios….De hecho, otro estudio estimaba la probabilidad de que la humanidad se autodestruya durante el presente siglo en 1/6, es decir, un 16,6%. Para colmo, el análisis se había realizado antes de la guerra Ucrania.

            Debemos tener en cuenta la aparición de Cisnes Negros y Rinocerontes Grises. Nassim Taleb definió un Cisne Negro como “un suceso inesperado  de gran impacto que consideramos altamente improbable”. Ejemplos claros serían la caída de Lehman Brothers en el año 2008 que posteriormente originó un caos financiero, un terremoto en una zona inesperada o los atentados del 11S en el ya lejano 2001, los cuales también originaron un cambio de paradigma mundial. Michele Wucker denomina Rinoceronte Gris a “situaciones de alto riesgo que si bien son predecibles, no se afrontan por pereza, desidia o negligencia”.  En sus palabras, “no son señales débiles, sino respuestas débiles a las señales”. Por ejemplo, ya el Foro Económico Mundial advertía sobre la amenaza de las pandemias en su informe sobre riesgos globales, pero no se hizo casi nada. Lo mismo va a ocurrir con el sistema de pensiones: más pronto que tarde habrá que lidiar con alguna pequeña corrección. Es el nombre que tienen ahora las bajadas de salarios.

En definitiva, las empresas deben poseer estructuras para adaptarse con agilidad a los vaivenes económicos, sociales, geopolíticos y climáticos. Se torna imprescindible adaptar estrategias “near shoring” y “friend shoring”. Es decir, proveedores de proximidad y fiables. Está el metaverso, esa mezcla de Internet, inteligencia artificial y web 3 definida como “un mundo virtual (o videojuego enorme) paralelo a nuestra realidad física que nos va a proporcionar experiencias equivalentes a las de nuestra vida cotidiana.” ¿Qué podemos hacer ante semejante caos? Usaré un aforismo algorítmico.

 

 

 

“No necesitas más tiempo; necesitas el valor para dedicar el que tienes a lo que realmente quieres”.

 El efecto Mbappé (junio).

            Menuda murga nos han dado los medios con el tema del posible fichaje de Mbappé para el Real Madrid. Que si viene, que si no, que se queda….sea de una u otra forma la prensa deportiva logró uno de sus objetivos: vender esperanza. Bien mirado, es un buen negocio (en palabras del antiguo ejecutivo de Disney, Michael Eisner, el mejor posible). En épocas de tranquilidad deportiva como la actual y a la espera del Mundial en diciembre en Qatar, se seguirán alimentando diferentes rumores. Por cierto, buen ejemplo, la FIFA. ¿Cómo se puede permitir un campeonato del mundo en diciembre, rompiendo el equilibrio de todas las competiciones nacionales e internacionales? Está claro: por dinero. Y no dejan de pensar ideas para recaudar más: la liga de las naciones, un posible Mundial cada dos años, una Champions League con un nuevo sistema….en fin, no conocen una regla fundamental de la economía: la escasez. Por definición, un año no puede tener “diez partidos del siglo”. Sin embargo, sólo piensan en la abundancia de sus cuentas corrientes.

            No se trata de hacer un análisis sobre el potencial futbolístico del  París Saint Germain. Eso lo dejamos para los aficionados. Se trata de pensar en quienes han aconsejado a Mbappé: ¿podría ser que los intereses de los asesores y del asesorado sean diferentes? Es lo que se conoce en economía como “teoría de la agencia”, y en este caso, merece la pena valorarlo.

            En el mundo del fútbol, la prioridad de los agentes es que sus representados sean traspasados de un equipo a otro, ya que así tienen mayores comisiones. En consecuencia, tienen incentivos para dirigir a su cliente en un sentido. Es así. Siempre, siempre, siempre debemos tener en cuenta las razones ocultas de los demás, para lo bueno y para lo malo. Reflexionando sobre ello, descubrimos que la mayor parte de las veces que alguien ha realizado un acto que nos ha perjudicado no estaban pensando en fastidiarnos; el objetivo real era su beneficio. No sólo el monetario: hay más opciones.

            En el caso de Mbappé, sus padres estaban interesados en que se quedase en París. Mejor tenerlo cerca de casa. Sus agentes estaban interesados en que se quedase en París. Más prima de fichaje. Incluso Emmanuel Macron, presidente de Francia, estaba interesado en que se quedase en París. Por lo tanto, todos le iban a empujar hacia esa decisión. ¿Era eso lo mejor para el jugador? No lo parece. A nivel monetario, va a tener dinero para dar y regalar. A nivel deportivo, la liga francesa es poco competitiva. El PSG tiene un porcentaje salarial en dicha competición del 37%. Es una completa barbaridad. Así, no tiene ningún mérito ganar. Otra cosa es la Premier en Inglaterra o la Serie A en Italia. La grandeza de una victoria viene dada por el nivel del rival. Si no hay rival, no hay grandeza. Punto. En consecuencia, puede ocurrir (como este año) que Mbappé juegue sólo dos partidos de nivel en una temporada: la ida y vuelta de los cuartos de Champions.

            En Economía de la Conducta se usan ejemplos de este tipo para adaptarlos como patrón a nuestra vida cotidiana. Por eso a un modelo en el que los asesores aconsejan al asesorado algo que no le conviene se le podría llamar efecto Mbappé. Aplicando este ejemplo, un alto cargo político siempre debe tener en cuenta que el principal objetivo de su asesor….¡es seguir siendo su asesor!

            Estos patrones son fascinantes. Uno que se ha puesto de moda recientemente es debido a la famosa actriz Barbra Streisand. En el año 2003 denunció al fotógrafo Kenneth Adelman por fotografiar, en unas imágenes realizadas a la costa de California, su mansión en Malibú. Aunque el propósito de las fotos era mostrar la erosión del mar, la denuncia hizo que las descargas pasasen de seis….¡a más de 500.000! La censura logró una repercusión mediática sin igual. Por eso se llama efecto Streisand al fenómeno a partir del cual un intento de encubrimiento origina un efecto contrario al deseado. Pues bien, eso ha pasado en China: la censura por parte de las autoridades de una tarta con galletas oreo y canutillos de chocolate en forma de tanque ha logrado que muchos jóvenes hayan conocido lo que ocurrió en Tiananmen (año 1989).

            Volviendo al asunto principal, debemos pensar en quienes nos asesoran para tomar las decisiones más importantes de nuestra vida. No existe el caso perfecto; las personas más cercanas se ven afectadas por lo que hacemos. Las personas más lejanas no tendrán que pasar por esas consecuencias, aunque posiblemente les faltará información para aconsejarnos mejor.

            Entonces, ¿qué hacer? Muy sencillo: después de valorar los pros y los contras, decidir nosotros mismos. Parece muy fácil pero no lo es: nos gusta tener excusas para no responsabilizarnos de los errores que tenemos. Y no, no es hipocresía. Es biología.

Reuniones (mayo).

            Problemas entre Pedro Sánchez y Pere Aragonés por el tema de las escuchas. No pasa nada; una reunión y se arregla. Problemas dentro del Gobierno debido a la nueva ley para regular las bajas laborales por menstruación. No pasa nada; una reunión y se arregla. Problemas dentro de una organización para arreglar las fricciones existentes entre el consejo de administración y los trabajadores. No pasa nada; una reunión y se arregla.

            ¿No tenemos un poco sobreestimado el tema de las reuniones? En realidad, la mayor parte de las ocasiones no sirven para arreglar un problema. Es más, tienen otras utilidades. La primera, dar una patada hacia adelante y ganar tiempo. La segunda, dar a conocer que “estamos haciendo todo lo posible para arreglar esta cuestión que tanto preocupa a la ciudadanía”. Así se justifica un puesto determinado. Aunque puede ocurrir en el sector privado y público, es más común en el segundo caso. La gran cantidad de puestos intermedios existentes entre un ministro y el funcionario que se encuentra a pie de calle (con esta expresión se define a quien ocupa el puesto que en verdad es activo y para el que se pagan los impuestos, sea médico, policía, juez, profesor o barrendero) hacen que muchas reuniones sean simples paripés. Tercera utilidad: convencernos para algo. Es decir, persuadir.

            Entonces, ¿tiene utilidad una reunión? Además de llegar a acuerdos, se pueden generar ideas nuevas. Ejemplo: ¿cómo podemos sacar más dinero en impuestos a la población sin que proteste? Lo más usado: la excusa “verde”. Se comenta que gracias a  un nuevo tributo se protege mejor al medio ambiente y así queda más atractivo. Por supuesto, es una falsedad rotunda. En realidad, toda la recaudación de los gobiernos va al mismo saco y posteriormente, se decide cómo gastarla. Además, una gran cantidad de los presupuestos ya estás comprometidos; por lo tanto, existe poco margen para decidirlos de forma proactiva. Eso sí, hay una excepción: números claros. Es decir, que la administración, por ejemplo, argumente: “como el nuevo impuesto ha recaudado 50 millones de euros, ya podemos limpiar el río y mejorar el paseo fluvial”. No es algo común. Cuando un ayuntamiento decide aumentar la zona azul para recaudar más dinero, no tiende a indicar lo que va a hacer con los nuevos excedentes monetarios. Ahora bien, al César lo que es del César. Las plazas de aparcamiento realizadas en Pamplona gratuitas las 24 primeras horas merecen ser reconocidas.

            Al aire de lo anterior, dos curiosidades. Primera, así es como nació la lotería. Estadísticamente de cada 3 euros jugados el Gobierno se queda uno. Es más: la televisión pública tiene un espacio, sobre las diez de la noche, para promocionar el juego….de loterías y apuestas del Estado, claro. El resto, no. O todos o ninguno, ¿no? Segunda curiosidad. Los seguros de vida comenzaron a ser rentables…¡cuando cambiaron el nombre! No es agradable firmar un documento en el que aparece escrito seguro de “muerte” o de “fallecimiento”.

            Las reuniones tienen otro problema: el desarrollo de las mismas. Se pierde una gran cantidad de tiempo si no se establece un protocolo claro y concreto. Unas veces no se hace por incompetencia, otras por estrategia. Es decir, puede ser que una empresa determinada sea ineficiente y los ponentes se dediquen a hablar por hablar matando el tiempo y dejándolo, como los insecticidas, bien muerto. También puede ser que una parte prefiera un diálogo informal para conocer los puntos débiles de la otra parte y trabajarlos. En este caso, los vendedores son muy hábiles: buscan puntos comunes con los compradores potenciales para hacerles ver que “son de los suyos”. Aunque lo más socorrido es un equipo de fútbol, todo vale: la religión, la política, la cultura o el uso del tiempo libre. Eso lleva a crear un clima de confianza que mejora las posibilidades de orientar un acuerdo en la dirección determinada. Y eso es el principio del inicio del camino: la persuasión ha quedado atrás y ahora lo que está de moda es la presuasión (idea de Robert Cialdini), consistente en establecer un contexto adecuado para que así la conversación vaya orientada a unos temas concretos.

            Conclusión: cuidado con las reuniones. Tienen cinco utilidades: llegar a acuerdos, desarrollar ideas, dar una patada hacia adelante, hacer ver que se está haciendo algo para justificar un puesto, convencernos de algo. En su desarrollo, pueden ser eficientes (eso es lo difícil) o ineficientes. En este caso, puede ser por incompetencia o por estrategia.

            Como tantas cosas en la vida, es más fácil saber lo que no vale que saber lo que vale. Sabemos cómo no educar o qué medidas económicas no se deben aplicar, lo que no sabemos es  cómo educar o qué medidas económicas se deben aplicar.

            ¿Lo arreglamos con una reunión?

Creencias (mayo).

            Vivimos tan acelerados, tan agobiados, tan ocupados (de la misma forma, estar desocupado es motivo de preocupación) y tan estresados que dedicamos poco tiempo para la reflexión. Es más, el sistema parece orientado a que actuemos así. Las pantallas, las actividades, los compromisos, el trabajo, la familia, las amistades, las mascotas o las necesidades de cada día nos dejan sin tiempo para nada. Bueno, al menos dedicamos tiempo para conversar. Los asuntos de los que se hablan son comunes. El principal: los cotilleos. Se estima que más del 52% del tiempo de conversación lo empleamos así.

            Otras posibilidades: trabajo, familia, educación o política. A nivel estacional, la guerra o la pandemia. De forma excepcional, aparecen asuntos como el espionaje con Pegasus. Otras veces nos tienen “entretenidos” con algún suceso como desapariciones o crímenes sin resolver. A menudo, aficiones comunes: literatura, cine, teatro, deporte o series de televisión. Además, la mayor parte de las veces estamos de acuerdo. Ejemplos, “los políticos no son de fiar”, “vivimos en un mundo injusto”, “queda mucho por hacer en el tema de la igualdad”, “cómo están los precios” o “menuda primavera tenemos, hace un tiempo horroroso”. Como tenemos programado un sesgo para agradar, nos gusta evitar el conflicto. Claro que se debe tener cuidado con eso: siempre aparece algún aprovechado que busca sacar tajada. Por cierto, una curiosidad: un estudio realizado en Estados Unidos demostraba que si en una reunión familiar se encontraban demócratas y republicanos, el tiempo de conversación se reducía en tres cuartos de hora. Exactamente en 2700 segundos.

            Ahora bien, ¿cuáles son los temas de los que no se habla? Para empezar, de dinero. Es un tema tabú. No gusta decir lo que ganamos o dejamos de ganar. Sí; es delicado. Existe un patrón tan arraigado como falso: pensamos que a una persona le va mejor conforme su salario es mayor. Y claro, eso siempre es relativo. La salud, la paz interior o tener la sensación de que hacemos lo que debemos son aspectos impagables. Eso es lo malo: sólo valoramos lo que se puede medir.

            Poco se habla también de asuntos religiosos. La Iglesia recibe críticas, unas más razonables que otras. Tema de abusos: fundamental. Se debe analizar e investigar con profundidad. Tema de inmatriculaciones: también se debe tratar. Tema de bodas para los  sacerdotes o que una mujer pueda cantar misa: aquí es donde aparece una contradicción. Mientras que las dos primeras cuestiones abarcan a toda la sociedad, el tercer caso concierne tan sólo a quienes pertenecen a la Iglesia. Es como entrar en casa ajena. Claro, es más fácil arreglar los problemas de los demás. Los nuestros, los dejamos para mañana.

            Respecto del tema de la muerte, vivimos separados de ella: un recuerdo el uno de noviembre, se compran unas florecillas por aquí, una visita el cementerio por allá y punto. No deja de ser una priorización con el corto plazo. Somos así.

            Entonces, ¿en qué creemos? Para poder responder a la pregunta, habrá que comprender el significado de la palabra. Creer es confiar. Así, podemos hacer una lista. ¿Creemos en los políticos? Pocas veces. ¿En los demás? En general sí, pero no podemos olvidar que la mentira es parte de nuestra vida. En muchas ocasiones, cuando alguien afirma algo con palabras está confirmando lo contrario con hechos. Quien se queja de que los demás están enganchados al móvil, posiblemente también lo esté. Quien se queja del egoísmo de los demás, es posible que sea egoísta. Es un tema de proyección. Ahora bien, merece la pena creer en los demás. Está demostrado que una sociedad sin confianza no funciona. Y para evitar incentivos negativos como comprar un coche y no pagarlo o recibirlo sin que cumpla alguna de sus especificaciones existen regulaciones que penalizan los comportamientos inadecuados.

            Todo este debate nos ha desviado y a la vez nos ha acercado a la pregunta crucial. ¿En qué creemos? Cada lector debe buscar su propia respuesta. Eso pasa por comprender la principal limitación que tenemos: los aspectos educativos y culturales más integrados en nuestro interior. Ahí aparece el sentimiento religioso, identitario y comunitario junto con los valores a los que jamás podemos renunciar.

            Sin embargo, debemos meditar. Un obispo alemán contaba que a él le educaron en el cristianismo y sólo en eso. En consecuencia, necesitaba investigar todas las religiones para elegir la más adecuada.

 

 

 

            Es una tarea necesaria. Pero como no nos parece urgente, la dejamos para el más allá. Y eso está lejos. Muy lejos.

La tragedia de los comunes (abril).

            El pasado jueves 14 de abril se jugó un partido entre el Fútbol Club Barcelona y el Eintracht de Frankfurt. El resultado (2-3) quedó ensombrecido por un acontecimiento asombroso: la gran cantidad de aficionados alemanes que acudió al partido y que llenó la grada del color de su equipo, el blanco. ¿Cómo puede ser?

            La UEFA permite la entrada de 5.000 entradas para los seguidores del equipo visitante. El resto se supone que se lo debe comprar por su cuenta, como cualquier otro aficionado que acude a presenciar un partido. Hasta ahí, todo normal. Lo que ocurre es que algunos clubs tienen una estrategia para aumentar sus ingresos: si un socio no va a acudir al partido avisa con tiempo suficiente para que se pueda ofrecer su localidad. Si por ejemplo una entrada cuesta 100 euros, el club se queda 50, el socio otros 50 y el aficionado que acude al campo disfruta del partido. En este escenario, todos ganan. El famoso win-win se convierte en win-win-win.

            Sin embargo, aparece un problema; quizás quien ha comprado la entrada es del equipo rival. Si son unos pocos, no pasa nada. Si son unos miles, la cosa cambia. Además, es muy difícil disimular: 25.000 personas adicionales se notan en una ciudad. La llenan de cánticos, la vacían de cerveza. Descarado, ¿no?

 La mayor parte de los aficionados que acuden a animar a sus equipos por el mundo tienen un poder adquisitivo muy alto. Sí, es verdad que el partido se celebró en Semana Santa y eso favorece los desplazamientos masivos, pero seamos claros: ir al mundial de Qatar a animar a una selección será carísimo. Sólo pensar en el presupuesto que se va a necesitar es de asustar; pero bueno, cada uno se gasta el dinero como quiere. El caso más extremo es Argentina: hay aficionados que llegan a vender el coche o incluso una casa por ver a su equipo. En el mundial de Rusia los fans argentinos sólo fueron superados, claro, por los rusos. Al menos Qatar tiene un consuelo: el gasto en desplazamiento será inferior al de Rusia. Hay una ligera diferencia en la superficie de ambos países. Por cierto, lo más puro del fútbol, la afición. El reciente caso de reparto de comisiones entre Piqué y Rubiales muestra la “pureza” de un deporte que lleva los mundiales a países tan democráticos, transparentes y fiables como Qatar o Rusia.

Volvamos a Barcelona. Los aficionados del Eintracht de Frankfurt estaban dispuestos a pagar una gran cantidad de dinero por una entrada. Y aquí es donde aparecen incentivos perversos: si alguien es socio, puede vender su pase, quizás, por 300 euros.  Además, hacerlo fuera del canal del club permite quedarse todo el dinero. El negocio es el negocio. Y no está mal pagado, claro que no. Es más, a priori el Fútbol Club Barcelona es muy superior al Eintracht y no debería tener problemas para ganar el partido. Y por una localidad, no pasa nada.

Por supuesto, los aficionados del Barcelona no son ni mejores ni peores que los demás. Cuando un club vende unos “valores” no deja de ser una estrategia de marketing para captar más mercado. La cuestión es que de los valores pasamos al valor de la entrada: ¿cuánto dinero estoy dispuesto a recibir a cambio de permitir un aficionado rival más en el campo? No hay más. La economía tiene una regla básica: “las personas responden a incentivos”. Y salvo que algo toque  a nuestras convicciones más profundas (la vida, la religión, nuestra patria o una ideología concreta) todo tiene un precio. Es el mercado, con sus pros y sus contras.

Lo malo es que este patrón de comportamiento se repite a menudo. Por ejemplo,  cuando alguien piensa “si no pago impuestos no se va a notar; total por uno no pasa nada”. Si todo el mundo lo hace, el Estado de bienestar quiebra. Cuando un pastor pacta con los demás sacar sólo 10 vacas al terreno común y hace trampas sacando una vaca más (se supone que el terreno es amplio y es muy difícil pillarle), si todo el mundo lo hace el alimento de los animales desaparece. Si se pacta un límite para talar árboles en la selva amazónica y algún listillo se sobrepasa ya que “por uno más no pasa nada”. Si  todos lo hacen nos quedamos sin árboles. Cuando los países pactan límites de contaminación y alguno se salta la norma piensa que “por uno más no pasa nada”. Si todos lo hacen nos quedamos sin planeta.

Este es uno de los problemas más graves de la economía. Se llama la tragedia de los comunes. Y el caso de las entradas lo muestra con toda su crudeza.

Inflación (abril).

            Suben, suben, suben y no dejan de subir. Demonio de precios; están por las nubes. Y lo que te rondaré morena. ¿Qué es, concretamente, la inflación? ¿Qué dice la teoría económica sobre ella? ¿Quién sale ganando con la misma? ¿Cómo combatirla? ¿Se va a quedar mucho tiempo con nosotros?

            La definición genérica no puede ser más sencilla: la inflación evalúa la subida de precios. En lo que ocupa a los consumidores, estaríamos midiendo la valoración de una cesta de la compra típica. Ahora bien, esta cesta cambia con el tiempo. Hace no muchos  años no se gastaba dinero ni en Internet ni en teléfonos móviles. La evolución de la sociedad hace que los hábitos de compra varíen con el paso del tiempo. Así, el Instituto Nacional de Estadística (INE) realiza encuestas y usa diferentes técnicas para conocer nuestros patrones de consumo. Posteriormente se calculan unos indicadores estadísticos y se interpretan. Así, una inflación del 2% (por cierto, ese es el objetivo que se plantea el Banco Central Europeo como recomendable para el conjunto de la economía) implica que una compra de 100 euros pasa a costar 102 euros. Si la inflación es del 10% necesitamos 110 euros. Eso nos lleva a dos indicadores de interés; el salario nominal  y el salario real. Si ganamos al mes 1.000 euros y pasamos a ganar 1.050 nuestro sueldo ha subido un 5%. Así, se dice que la subida del salario en términos nominales es del 5%. Supongamos una subida de los precios de un 10%. En ese caso sí, hemos perdido poder adquisitivo. ¿Cuánto? Basta calcular nuestro salario en términos reales. ¿Cómo se hace? Basta dividir 1.050 (el salario nominal) entre 1,1 (es decir, uno más el 10% que es 0.1) con lo que obtenemos un salario real de 954,54 euros. Conclusión: estamos peor que antes. En definitiva, la valoración correcta de poder adquisitivo de una persona se hace comparando salarios reales, no salarios nominales.

             Está también el tema de los ahorros: una subida continuada de los precios reduce su valor. Es como una termita. Los más afectados: las clases medias. Quien invierte en otro tipo de activos  está más protegido, ya que si tenemos muchas acciones o diversas propiedades inmobiliarias la subida de precios repercute en su valoración. Así, dentro de lo malo uno se queda como estaba. Ahora bien, quien tiene sus ahorros en dinero no tiene esa opción y empeora. Por esa razón a la inflación se le denomina el “impuesto de los pobres”. Algunos de nuestros políticos están encantados con ello, ya que presumen de “la gran subida de la recaudación de impuestos”. Ahora bien, ¿a qué es debido? ¿A la mejora de la actividad económica o a que los precios están por las nubes? Pensemos en la gasolina. Si el gobierno se queda el 50% de su precio y está a un euro, recauda 50 céntimos. Si el litro pasa a dos euros, la recaudación del gobierno pasa a ser…..¡de un euro! ¿Por qué los gobiernos no limitan su ganancia a 75 céntimos, por ejemplo? Mejor limitar la ganancia de los demás.

           

En términos técnicos, la inflación puede ser de oferta o de demanda. En el primer caso, es debida a la subida de los costes de fabricación, problemas de suministro o escasez de materia prima. En el segundo caso, es debida a que los consumidores desean gastar más ya que están ganando más dinero, son más optimistas o liberan ahorro. Estamos claramente en el primer escenario, y eso limita las medidas que se puedan tomar en términos fiscales (reduciendo el gasto público, ajustando impuestos o cambiando reglas de compra/venta) o monetarios (subiendo los tipos de interés). En economía, las variaciones de oferta se amplifican para bien o para mal. Una nueva fuente de energía aumentaría el bienestar global de forma considerable y con la situación actual ocurre, por desgracia, todo lo contrario.

            Siempre hay ganadores y perdedores. Con la inflación, gana quien posee activos reales que se revalorizan más que los precios y quien está endeudado, ya que en términos reales su deuda baja, de la misma forma que los ahorros bajan.

            En definitiva, ¿qué hacer? Lo más fácil y tentador es limitar precios, como se ha hecho con los alquileres. Por desgracia, la evidencia empírica demuestra que eso implica reducciones de oferta o picaresca. Lo mejor y más difícil es repensar la regulación de algunos mercados y discriminar las ayudas a quienes más lo necesiten.

Medidas conductuales (EC).

Los problemas se acumulan. No dejan de surgir, cada semana uno, otro, el siguiente….la lista es imparable: guerra, pandemia, inflación y falta de suministro ocultan otros temas como el cambio climático, el desempleo o los desequilibrios del sistema financiero mundial. En todo caso, se buscan soluciones. ¿Cómo parar la guerra o al menos mitigar sus efectos? ¿Se gestionó bien la pandemia? ¿Cómo evitar que la inflación sea persistente en el tiempo? ¿Y la crisis del transporte? ¿Se terminarán cerrando más fábricas? ¿Habrá que volver a acudir al uso de los ERTE?

En economía, no existe la solución única. Eso es fundamental comprender esa idea, y es necesario hacerlo ya que el sistema educativo no nos prepara adecuadamente para poder responder a la realidad. Pensemos en los exámenes habituales: en su mayor parte nos ponen un problema, se aplican las fórmulas teóricas y asunto terminado. Esta enfoque del sistema educativo es un desastre; en la vida real debemos discriminar entre las variables a tener en cuenta y en las que no. Es decir, hay que filtrar los datos. Además, muchos aspectos de los problemas no son mensurables: el ánimo, las expectativas de las personas o la degradación del medio ambiente son ejemplos claros. Para continuar, lo de la solución única es un cuento. En matemáticas bien. En ingeniería, física y química, de vez en cuando. En economía, sociología o medicina, no.

En resumidas cuentas; se trata de filtrar los datos, reflexionar acerca de los procedimientos de resolución (incluso en algunos casos se deben inventar) y buscar una solución que se pueda conllevar.

Por otro lado, dichas soluciones aportan siempre un enfoque racional, sin tener en cuenta dos barreras. Uno, el bucle técnico. ¿Qué es? Se ofrecen remedios mágicos envueltos en una superioridad moral, cultural y de conocimiento que no tienen en cuenta los cambios de comportamiento de las personas. Dos, la cultura relativista. Así, se consideran todas las conductas como razonables y aprobamos cualquier situación sin profundizar en la misma.

Para argumentar el primer ejemplo, cuando Estados Unidos invadió Irak algunos iluminados pensaban que los habitantes de ese país iban a abrazar la democracia. Por supuesto, era un absurdo. En estos países la mayoría de las personas valoran más su identidad religiosa que su nacionalidad, cosa que no ocurre por estos lares. Es curioso: lo primero que enseñan a los estudiantes de historia es que no se puede valorar el pasado con nuestros criterios actuales. Totalmente cierto. Pero no sólo a nivel temporal; también a nivel espacial. No podemos valorar la actitud de un afgano, un saudí, un nepalí o un ruso con los estándares occidentales. Es un error garrafal. Profundizando en ello, cuando el gobierno de España llama a los transportistas “alborotadores”, de “extrema derecha” o “hacen el juego a Putin” en realidad está modulando el comportamiento de los mismos y elevando, claro está, el coste futuro de la negociación.

 

Respecto de la cultura relativista,  dos ideas. Uno, no puede bastar tener una única visión de la realidad. Se debe aprender, cotejar, comparar. Dos, comprender los hechos no conlleva justificarlos. Además, esto lleva aparejado, muchas veces, relaciones espurias. Decir que Putin tiene razón en el tema de la ampliación de la OTAN no es justificar la guerra. Decir que el gasto en ministerios como el de igualdad es enorme no es ser de VOX. Por supuesto, no hay ningún problema en ser de ese partido o de cualquier otro; sólo faltaba. Se trata de comprender argumentaciones tramposas que permiten llevarnos a conclusiones deseadas por terceros. Estar de acuerdo en una ley concreta con  Bildu (como podría ser la reforma laboral) no es defender a los terroristas.

En resumidas cuentas, se deben aplicar medidas técnicas teniendo en cuenta los cambios de comportamiento asociados a las personas y/o los grupos/países. En caso contrario no se obtienen los resultados esperados o peor aún se generan enfrentamientos graves. Desde luego, no es que los negociantes sean estúpidos y no sepan estas ideas.  Bueno, la verdad es que a veces parece que no las saben. La cuestión clave es pensar:¿quién sale ganando?

Dicho lo cual, afrontemos los retos con ideas a profundizar. Tema de la guerra: no apretar a Rusia hasta ahogarla. Eso puede ser contraproducente; en casos límites las personas somos impredecibles. Siendo conscientes de la catástrofe y la responsabilidad de Putin, se debe buscar una salida digna y posibilista. Tema de la pandemia: ¿dónde están los expertos que la gestionaban? Tema de la inflación: bajar los impuestos y aplicar subvenciones ya. Precisamente los impuestos generan inflación. Aprender de la crisis para suprimir gasto estúpido. Tema de suministro: aplicar una regulación equilibrada que elimine privilegios de grupos de interés.

 

Lo principal: prevenir. En el ámbito de la medicina y la salud se han realizado avances impresionantes. En el campo de la política y la economía, no. Ya vale, ¿no?

 

Medidas (marzo).

Problemas, problemas, problemas y más problemas. Pandemia, guerra, inflación y abastecimiento. Y claro, se piden medidas, medidas, medidas y más medidas. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué podemos hacer? ¿Están los gobiernos tan limitados? ¿Estamos ante una situación tan grave que ya no tiene remedio? Para responder a estas preguntas vamos a pasar a analizar cada asunto de uno en uno.

 La pandemia parece controlada, aunque dicha afirmación debe ser tomada con cautela. Por desgracia, se ha echado en falta más crítica y más autocrítica con relación a las medidas que se tomaron. Los errores: “normal, no sabíamos a lo que nos enfrentábamos”. Los aciertos: “aprendimos de la experiencia”. La  realidad: la situación se solventó a trancas y barrancas. Pensemos en medidas como el certificado digital: ¿sirvió para algo? Cuando se implantó, al comienzo de la segunda ola, sus efectos no se notaron. Ahora bien, siempre se puede hacer esta valoración: “claro que fue eficiente; si no llega a ser por el certificado digital, las cosas todavía habría sido peor”. Es el enigma que siempre va a estar detrás de la ciencia del “porqué”: es imposible valorar lo que hubiese pasado sin certificado. Eso afecta a ramas tan aparentemente dispares como la economía y la medicina (epidemiología). Por último, está el tema de los sanitarios. Es muy fácil agradecer su trabajo en los momentos difíciles, pero a la hora de valorar su esfuerzo las cosas cambian. Es lo que tiene, el dinero.

Respecto de la guerra, está claro que Putin esperaba una “guerra relámpago”. No era el único: los mercados financieros también. De hecho, las bolsas permanecieron estables y después de un pequeño batacazo, en la actualidad han vuelto a sus niveles habituales. En otras palabras, los mercados se han “acostumbrado” a la situación. Desde luego, se echa en falta, desde el punto de vista de los medios de comunicación, análisis desde el punto de vista ruso. Y eso produce desazón; el hecho de que Putin tenga razón en algo (por ejemplo, en el incumplimiento de la promesa de que la OTAN no se iba a ampliar) no quiere decir que le justifique. Sin embargo, muchas conversaciones o análisis de supuestos expertos no permiten estos puntos de vista. Respecto de las medidas tomadas, está muy bien, por fin, que la UE haya respondido de manera unificada. Por desgracia, parece que sólo reaccionamos correctamente en situaciones extremas, como  se demostró al aprobarse los fondos de reconstrucción para Europa. No obstante, también es importante ser muy cuidadoso con la presión: un animal herido es muy peligroso. Y si tiene un juguete nuclear, más. Eso no implica arrodillarse. Implica pensar bien las medidas y después, aplicarlas sin vuelta atrás.

La inflación ya lleva mucho tiempo entre nosotros. No se sabe el tiempo que puede durar, pero debemos destacar tres aspectos. Uno, es un problema de oferta. Es decir, los precios no han subido debido a un aumento de la demanda de los consumidores, ni por el incremento del gasto fiscal, ni por las políticas monetarias expansivas del BCE (Banco Central Europeo). Lo han hecho por la subida de la energía.

Dos, la bajada de la oferta produce un aumento de precios y una disminución de la cantidad producida. No es un buen escenario, ya que nos lleva a la temida estanflación: un estancamiento económico con subida del coste de la vida. En estos casos, los bancos centrales tienden a subir los tipos de interés para sostener los precios, pero eso genera otro tipo de problemas: las hipotecas son más caras, se ralentizan las inversiones y al final queda lo comido por lo servido. Es decir, si no suben los precios pero aumentan los gastos financieros, nos quedamos igual. Todo tiene su coste.

Tres, los gobiernos tienen incentivos para retrasar la toma de medidas, ya que así recaudan más dinero. Ejemplo, pensemos en la subida de los combustibles. Si el 50% del precio de la gasolina son impuestos, a un euro el litro la recaudación es de 50 céntimos. A dos euros, la recaudación aumenta a un euro. ¿Por qué demonios los gobiernos no se comprometen a cobrar un máximo (por ejemplo, 70 céntimos) por litro?

Terminamos con los problemas de suministro, acrecentados con la huelga del transporte. Para empezar, recordar que no sólo se piden intervenir con los combustibles. También existen centros de distribución con un gran poder de precios que finalmente dejan un margen ridículo para autónomos o pequeñas empresas. Aquí no hay otra: combinar la zanahoria (la mayor parte de las reivindicaciones son justas) con el palo (no puede ser que ello repercuta de esta forma en el conjunto de la sociedad).

Napoleón usaba una recomendación: “tómate tu tiempo para deliberar. Pero cuando llegue el momento de actuar, deja de pensar y actúa”.

Pues eso.

Conflictos (marzo).

El conflicto es inherente a todos los niveles de convivencia humana. Desde algo tan simple como la vida de pareja (¿vamos de vacaciones a la playa o a la piscina?) hasta la guerra en Ucrania, pasando por el relevo en la cúpula del poder en el Partido Popular lo vemos. Muchos de los asuntos que ocupan nuestra mente, vida social o medios de comunicación son conflictos. Entonces, ¿cómo afrontarlos?

El primer conflicto es el que tenemos con nosotros mismos. Si no somos coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos nos sentimos incómodos. No es una situación extraña: queremos estar a dieta, hacer más deporte, controlar nuestros nervios….y muchas veces no podemos hacerlo. Somos esclavos de nuestros hábitos, y para cambiarlos necesitamos motivación, energía, entusiasmo y determinación.  No estar en paz con nosotros mismos nos hace más irascibles.

Las personas conflictivas suelen tener “premio”. En caso de duda, ¿a quién se atiende antes? ¿A las personas educadas o a los que montan un lío? A las segundas. Tiene lógica: deseamos evitar el conflicto a toda costa, y eso hace que en demasiadas ocasiones los bordes o tramposos salgan victoriosos. Por lo tanto, cuidado.

Las separaciones matrimoniales están a la orden del día. Sin embargo, muchas estrategias emocionales aplicadas terminan creando problemas graves. Siempre buscamos confirmar nuestra opinión personal, y para sentirnos reconfortados conversamos con aquellos que están de nuestro lado. Eso hace que la situación se agrave más todavía. En lugar de tender puentes los volamos y las primeras víctimas somos….nosotros mismos. Por eso es crucial contrastar otros puntos de vista siempre.

Temas como las relaciones laborales, las estructuras de los partidos políticos o empresariales son también focos de conflicto habituales. En ellos muchas veces ganan las personas “ingelitentes” (aquellas que saben adoptar el camino adecuado para lograr la posición que ambicionan, estén o no preparados para ella). No cuenta “saber hacer”; lo fundamental es “hacer saber”. En consecuencia, existen dirigentes que en demasiadas ocasiones tienen una preparación ridícula y se han aprovechado de que la manera de lograr su posición era adular, engañar o pelotear. En teoría este tipo de problemas se deberían solucionar con reglas  claras y sencillas, pero el interés personal siempre se usa para reorientar dichas reglas  a un “bien común” que termina siendo un “bien particular”. Una vez más, se trata de abrir los ojos.

La teoría de juegos es una rama de la economía que explica cómo funcionan las interacciones entre diferentes agentes, sean personas, instituciones, empresas o países. Fue creada por el mayor cerebro del  siglo XX: John Von Neumann, aunque no podemos obviar las aportaciones de Oskar Morgenstern a la misma.

Una aplicación sencilla tiene que ver con la carrera de armamentos. Lo mejor que pueden hacer los países es usar sus recursos para mejorar la vida de la población: sanidad, educación o infraestructuras. Sin embargo, corremos el riesgo de que el vecino se arme y nos conquiste. En consecuencia, la decisión final es fácil. Defensa.

Otra aplicación es el juego del gallina. Dos conductores tienen sus coches frente a frente, van al encuentro. Quien se desvía, pierde. Si nadie se desvía, mueren los dos. La aplicación de este modelo nos lleva a conclusiones inquietantes.

Por último, tendemos a relacionar una causa (“Putin quiere recuperar el imperio soviético”) con una consecuencia (“invasión de Ucrania”). Sin embargo, la realidad es compleja. Veamos. Los rusos han sido educados en la idea de que Ucrania no es un país. Por lo tanto, ven la conquista como una recuperación de una provincia perdida. Desde el otro punto de vista, el sentimiento de pertenencia, en especial en la población joven, ha tenido tiempo de hacerse más fuerte. Es más fácil conquistar un territorio que conquistar un corazón.  Además existen resentimientos pasados; en este caso, imposible olvidar el holodomor: la muerte de hambre de millones de ucranianos en los años 30 del siglo XX.

Hay más causas posibles, como una posible debilidad del gobierno ruso o una simple reafirmación de poder. Hay más efectos seguros: caída del rublo, el estigma negativo que inevitablemente se va a asociar a lo ruso, el deporte, la inseguridad global o la caída mundial de ánimo, ahora que se atisbaba un poco de luz debido al control logrado con  la pandemia.

En un mundo gobernado por números, sólo valoramos lo mensurable. Es un error que no tuvieron en cuenta los norteamericanos en la invasión de Vietnam.        

Los humanos acostumbramos a repetir los errores.

PP; puro y pulcro (febrero).

Hacemos asociaciones constantemente. Así, es posible que nos cueste asociar PP a “puro y pulcro”, y más aún con todo lo que está ocurriendo. Pero es pertinente reflexionar acerca de cómo estas asociaciones nos hacen percibir la realidad de formas diferentes. Por ejemplo, en Alemania las palabras “deuda” y “culpa” se pronuncian de la misma forma. Por esa razón es más doloroso pedir prestado, uno se siente, pues eso….se siente culpable.

La situación actual del Partido Popular nos lleva al típico amarillismo de esperar a ver cuándo dimite el presidente, quién le sustituye o cuál es la reorganización de la estructura del partido. Claro que estas cosas no sólo ocurren en el PP; basta recordar la situación pretérita del PSOE cuando echaron a Pedro Sánchez o la situación actual de Eusko Alkartasuna. Al fin y al cabo se trata de meras guerras internas de poder que tienen sus componentes morbosos pero no tienen mayor importancia real. Son cosas que pasan a menudo. No sólo en partidos políticos: empresas, asociaciones o incluso vestuarios de clubs deportivos tienen conflictos semejantes. Para evitarlos, hay dos opciones. Primero, una férrea estructura que cumpla el famoso paradigma: “el que se mueva no sale en la foto”. Segundo, un sistema  con reglas claras y sencillas. En otras palabras, dictadura o democracia. Lo más adecuado es la segunda opción, pero como siempre se pueden reinterpretar las normas a nuestro interés (indicando, claro está, que lo hacemos “por el bien común”) el conflicto está servido. Para evitarlo, lo más socorrido en el mundo de hoy: el palo duro.

Cuando apareció el tema del espionaje del Partido Popular, un pesquero gallego se hundía en las frías aguas de Terranova, dejando varios fallecidos. Una situación dura y dolorosa que merecía más atención por parte de todos, en especial de los medios de comunicación. En primer lugar, deberíamos habernos ocupado más de los afectados. En segundo lugar, deberíamos debatir sobre la situación laboral de los trabajadores y el funcionamiento del mercado de la pesca. Tercero, plantear cuestiones de interés. ¿Cuánto dinero se gana? ¿Se puede minimizar el riesgo de accidentes? ¿Cómo se explica que se realice un trayecto tan lejano para poder realizar su trabajo? ¿Acaso los mares más cercanos están sobreexplotados? Sin embargo, nada de eso ha ocurrido. Es para pensar cuáles son los temas que nos preocupan: las peleas de poder en los partidos, la prensa rosa, el deporte, los sucesos y a vivir. De ahí viene el antiguo dicho de si son “galgos o podencos”; mientras nos lo planteamos, aparece un suceso mayor y observamos que el problema anterior era intrascendente.

Otra cosa es Ucrania, donde la invasión rusa nos hace pensar que las consecuencias del conflicto son ahora mismo imprevisibles. ¿Qué está pasando allí? La situación, que dista de ser pura y pulcra (salvo que definamos así la guerra) está muy clara desde el punto de vista occidental: Putin desee reverdecer el esplendor de la madre Rusia. Y si le dejan, no va a parar. Sin embargo, hay otras aristas.

Cuando se plantean otras visiones no se busca, desde luego, justificar una posible guerra. Se trata de comprender sus causas. En el lenguaje coloquial, por desgracia las palabras “justificar” y “comprender” se usan de manera indiferente y es un error grave, muchas veces interesado. Se supone que las provincias de Donetsk y Lugansk tienen más simpatía por Rusia. En pactos anteriores, se llegó al acuerdo de dotarles de más autonomía. Al parecer, el gobierno ucraniano no cumplió su promesa y fue dando largas. Insisto: eso no justifica la guerra. Es una excusa. Una guerra nunca se justifica; la mayor parte de las veces se vuelve a la situación anterior con la “pequeña” diferencia de los cadáveres que se han quedado por el camino, y a partir de ahí se vuelve a negociar. En nuestro caso,  la cosa es más retorcida: algunos analistas piensan que esta guerra es útil para Biden, ya que así logra debilitar a Europa. El bloqueo del gasoducto NordStream2 hará que nuestro continente compre el gas a Estados Unidos a un precio brutal, con lo cual la situación económica se torna más delicada.

Sí: el mundo es muy complejo. A las dificultades que tenemos para comprender en profundidad todo lo que nos rodea le debemos añadir una más: tendemos a simplificar la realidad ya que a nuestro cerebro le da mucha pereza archivar la inmensidad de información que recibe cada día.

Por eso nos cuesta admitir que el PP es puro y pulcro, vemos la pesca en alta mar como un problema lejano, en Ucrania el dictador ruso pretende reverdecer laureles, los inmigrantes sólo quieren robar (o sólo quieren trabajar, depende de cómo se mire).

Y sin embargo, lo único verdadero es que el mundo no es ni puro ni pulcro.

Demanda inelástica (febrero).

Uno de los conceptos básicos de  la economía tradicional es el de elasticidad. ¿En qué consiste? Se trata de medir la sensibilidad de la demanda respecto de variaciones de precios. Si un empresario sube el precio de su patinete un 10% y la demanda baja un 1%, la demanda es inelástica. Estrategia adecuada: suben sus ingresos. Claro que no siempre es así; la demanda podría haber bajado en una proporción mayor, por ejemplo un 30%. Estrategia fallida: bajan sus ingresos. En ese caso decimos que la demanda es elástica. En términos gráficos, una demanda inelástica tiende a ser vertical; por otro lado, una demanda elástica tiende a ser horizontal.

Fin de la teoría, pasamos a la práctica. ¿Qué tipo de bienes tienen demanda inelástica? El tabaco, los combustibles o el alcohol. Por esa razón tienen los impuestos más altos: los gobiernos saben que su consumo no va a disminuir fácilmente.  De hecho, en Europa las bebidas alcohólicas son más caras. Es más; hace varios años la ministra Salgado ya intentó subir los impuestos al vino y a la cerveza. Originó tal contestación social que se tuvo que echar hacia atrás. Caso extremo de demanda inelástica: las drogas. El grado de dependencia de los más adictos hace que dicha demanda sea vertical ya que estos consumidores están dispuestos a pagar lo que sea.

Grandes empresarios como Juan Roig, de Mercadona, han admitido errores de gestión por calibrar mal la elasticidad de algunos productos. Por ejemplo, mantener fruta fuera de temporada, con lo cual son mucho más caras. Supongamos que la manzana golden es más cara en febrero, pero se desea mantener su oferta. El consumidor comprará otro tipo de manzanas o sustitutivos cercanos como la pera. En ese caso, la empresa incurre en pérdidas. ¿En qué se fijó Roig? En que las personas no van a comprar manzanas. Simplemente, van a comprar fruta. Y si un género está muy caro, se toma otro. Existen muchos sustitutivos, y eso origina una demanda elástica.

Si un empresario logra que su producto sea o se perciba como exclusivo, logrará una demanda inelástica. Y eso le permite subir los precios e incrementar su ganancia. ¿Cómo se logra eso? Además de la diferenciación, existen tres posibilidades. Uno, la marca. Dos y relacionado con lo anterior, el sentimiento de identidad. Tres, asociar el producto a una buena causa (“lo verde”, “lo natural” o “lo de aquí”).

Lo más interesante del asunto es que este patrón tiene múltiples aristas. Pensemos en nuestro empleo: la única forma de obtener una subida de salario es tener pocos sustitutivos en el mercado de trabajo. Si somos fácilmente reemplazables, lo tenemos peor. Por eso todas reformas laborales que se hagan deben buscar un equilibrio entre la flexibilidad del empresario y la seguridad del trabajador. Es difícil ser productivo si mi puesto está en el aire. Las preocupaciones, la ansiedad y el atolondramiento disminuyen nuestras prestaciones a todos los niveles vitales, además de afectar negativamente a nuestra salud.

Los partidos políticos juegan con estas estrategias. El plan es claro: si el PSOE se queda con el espectro de la izquierda o el PP se queda con el de la derecha en ambos casos tienen más incentivos para ser corruptos o no cumplir sus promesas. Al fin y al cabo, quien se identifique como “izquierdas” o “derechas” les va a votar de todas formas. Por esa razón están tan interesados en mantener sus estrategias de polarización.

Un periodista realizó recientemente una encuesta muy divertida: si los extraterrestres invadieran la Tierra, ¿qué dirigente elegirías para defenderla? Animo al lector a pensar un posible candidato. No es difícil adivinar el ganador: se encuentra en  Moscú. ¿Cómo puede ser? ¿Qué se valora? Ideas claras y decisiones rápidas. No es lo que hemos vivido por estos lares con la pandemia y tantos otros asuntos como la renovación del Consejo General de Poder Judicial.

Nos vamos a la crisis de Ucrania. Además de los tanques, Putin juega con más balas: la demanda del gas en Europa es inelástica. Es un tema de suministro. Y eso nos lleva a uso de los fondos europeos. Mientras que en España los políticos se dedican a discutir y a interponer demandas (judiciales, claro) para gestionar un pastel más grande, en Francia se preocupan de mejorar las infraestructuras, industrias y nodos que permitan ser menos dependientes del exterior. Eso da seguridad, tranquilidad y por supuesto, precios más bajos. En otras palabras, más bienestar para la población.

Problemas como el paro (pese a sus buenas cifras), la crisis de Ucrania y la inflación están asociados, de una u otra forma, a demandas inelásticas. En consecuencia, debemos ser elásticos.

En términos menos técnicos, debemos crear resiliencia.

Astroturfing (febrero).

Menuda palabreja. ¿Qué es? ¿De dónde sale? ¿Para qué sirve? El astroturfing es una técnica de marketing y relaciones públicas basada en proyectar una imagen falsa de naturalidad y espontaneidad con el fin de ganar apoyo y viralidad (wikipedia). El término proviene de Astro Turf, marca estadounidense de césped artificial.

El asunto viene a cuento de un libro editado por Debate denominado “Confesiones de un bot ruso”. Merece la pena remarcar el subtítulo: “me he pasado unos cuántos años insultándote en las redes sociales porque alguien me pagaba. Ahora quiero contarte cómo lo hacía”. El autor indica que  realizan “estrategias que pervierten la autenticidad de los termómetros sociales e impulsan artificialmente movimientos ciudadanos o tendencias de opinión”. Eso da que pensar.

Ucrania. Año 2014. El presidente Yanukovich cae ante los movimientos de la población que piden la adhesión a la Unión Europea. Vladimir Putin, presidente ruso, no tiene dudas: occidente está detrás de todo ello. ¿Cómo lo ha hecho? Está claro. Con técnicas de astroturfing.

Por supuesto, esta es la versión rusa. La realidad es mucho más compleja, y desde luego las guerras híbridas del siglo XXI van a usar esta estrategia con más intensidad. Siempre ha sido así, aunque las formas evolucionen. En reuniones para vender productos concretos, en campañas electorales o en asambleas sindicales siempre se han infiltrado personas cuyo misión es “calentar” al vecino de al lado, de manera que le incitan a la compra, a hacer ver que el candidato del partido es el adecuado o a convencerle de que  la situación laboral en el empresa es desesperada y en consecuencia  la huelga es el único camino posible.

Ahora hay un matiz fundamental: parece algo natural, cuando realmente no lo es. Pensemos en los youtubers, influencers o todas estas personas que para hacerse famosas no necesitan ir a la televisión (por cierto, a veces parece que las plataformas online son las encargadas de idear la programación actual, la cual aburre hasta las plantas de la casa). ¿Es verdad que ha sido algo espontáneo? ¿No habrá una campaña detrás con una financiación ideada para llegar a tener millones de seguidores? ¿En qué momento se logra viralizar un asunto, espectáculo, deporte o persona? Además, una tendencia imparable es la de realizar anuncios que no parecen tales. Aparentemente el asunto está regulado, y en muchas ocasiones leemos en los medios “contenido patrocinado”. No obstante, cuando las reglas no están claras siempre se puede realizar alguna “alegalidad”. Hay un aspecto que enseña la realidad de forma tozuda: si bien tenemos incentivos a no realizar actividades ilegales (al fin y al cabo, son ilegales y corremos el riesgo de recibir un castigo), no tenemos incentivos para no realizar actividades alegales. Es más, si no lo hacemos alguien lo hará. Y ese alguien nos quitará la venta, el puesto o la comisión. Eso es algo que no nos hace ninguna gracia.

Se trata de un efecto negativo de Internet: sin espíritu crítico, nos pueden convencer de cualquier casa. Así se generan nuevos mercados: se pueden contratar empresas que nos asignen una reputación positiva en la red. También empresas que eliminen aspectos que consideremos negativos y deseemos suprimir. Algunos puestos de trabajo sirven para salir en las primeras páginas de los buscadores, y claro, eso es Google. Otra oportunidad de negocio.

Profundicemos. ¿Están los medios de comunicación sometidos a este tipo de problemas? ¿Dependen de los anunciantes? ¿Nos podemos fiar de ellos? Es arriesgado y apasionante contestar a estas preguntas. Los medios no están sometidos de forma directa a astroturfing; indirectamente, sí. Por otro lado, la publicidad que vemos en los medios es otra de sus fuentes de financiación. Por lo tanto, son sus clientes. Por lo tanto, dependen de ellos y siempre que no se ataque su código deontológico tiene sentido tenerlo en cuenta. Por último, nos podemos fiar de las noticias, claro que sí. La razón, sencilla: los medios viven de su reputación y fiabilidad. Eso sí, debemos ser cuidadosos con la interpretación de las mismas. No es algo para criticar; es normal que cada periódico siga su línea editorial. Es el lector quien deber realizar el análisis subjetivo de las noticias.  El pasado 17 de enero Pedro Sánchez tuvo una reunión con el nuevo canciller alemán, Olaf Scholz. Al día siguiente, un periódico nacional tituló: “Scholz exhibe sus diferencias con Sánchez y pide rigor fiscal”. Otro tenía una portada diferente: “Scholz y Sánchez exhiben sintonía con matices sobre las reglas fiscales de la UE”.

Esto no es óbice para insistir en que todos, medios y sociedad civil, debemos continuar en el camino de la verdad y en la interpretación correcta de la realidad para tomar mejores decisiones. Y para ello es bueno tener en cuenta el astroturfing.

Del blanco y negro al color (enero).

Una antigua canción dice “veo todo en blanco y negro…en blanco y negro….”.  A veces es así: PSOE o PP, Podemos o Vox, izquierdas o derechas, Real Madrid o Barcelona, lo público o lo privado, vacuna sí, vacuna no… Estos debates muchas veces son interesados, y siempre debemos pensar quién sale ganando.  Bien mirado la mayor parte de los asuntos que aparecen en los medios conllevan polarización, son temas de “pensamiento único” (a los que pocas veces se les busca solución) o son sucesos de interés que vienen y se van. Todo ello sin olvidar el entretenimiento, claro.

 Veamos ejemplos. La pandemia. Como una de las consecuencias principales de la misma, los problemas mentales que genera asociados, entre otros aspectos, a la soledad. El incremento de la desigualdad: los ricos ganan cada vez más, los pobres menos. El calentamiento global: “nos estamos cargando el planeta”. El amarillismo político: ¿quién se presentará? Las pantallas, que estamos atontados con ellas. Pasamos a lo que va y viene. Si en el pasado fue el asunto de los talibanes, ahora es el chuletón de Garzón. Estaban las ayudas para los afectados de las riadas, ahora tocan medidas para evitar catástrofes futuras. Hay otro tema que ha surgido y al parecer se va a quedar de forma persistente: la inflación, asociada a la subida de la energía.

En definitiva, tres bloques de realidad. Los que generan polarización, los de pensamiento único, los que vienen y van. Una realidad en blanco y negro. Ahora bien, ¿por qué no ver los colores de la realidad? ¿Lo oculto? ¿Los asuntos profundos que marcarán nuestro futuro? Vamos con ello.

Para comenzar, se pueden elegir cinco colores para representar nuestra realidad. El negro, asociado al miedo, oscuridad e incertidumbre. Algunos vendedores y muchos políticos juegan con el mismo para orientarnos a tomar unas u otras decisiones. Como recordaba Franklin D. Roosevelt en medio de la gran depresión (4 de marzo de 1933): “a lo único que hay que temer es al miedo”. Siguiente color; el gris. El del cerebro. Comprendiendo su funcionamiento, nos comprendemos mejor a nosotros mismos. Uno de los mayores investigadores en éste ámbito, Rafael Yuste, avisa: “la mayor desigualdad del futuro vendrá dada por los que puedan amplificar sus capacidades mentales y los que no”. Pasamos al amarillo. Simboliza la luz, el oro y el sol. Transmite claridad, energía, optimismo y alegría. En los tiempos que corren eso es más que necesario. Pasamos al verde: dinero y naturaleza. Mantener el equilibrio de las finanzas personales, empresariales y públicas es imprescindible. Mantener el equilibrio con la naturaleza, también. Y terminamos con el azul. Está asociado al manejo del silicio, fundamental para la tecnología de hoy, y al oro del futuro: el agua. La economía azul (idea de Gunter Pauli) busca imitar el comportamiento de los ecosistemas naturales. Uno de sus objetivos prioritarios es convertir los residuos en recursos, por eso incluye la economía circular. Este color transmite seguridad, tranquilidad, protección y salud.

Las transmisiones afectan a nuestras emociones. Recordemos las básicas y cómo nos afectan. Aparentemente las peores son el miedo, la ira y el asco, pero están desarrolladas como mecanismo de autodefensa. La tristeza es inevitable y sanadora, lo preocupante es que pase a depresión. La sorpresa es sorprendente, y la alegría proporciona un espíritu de entusiasmo y confianza que nos permite afrontar de mejor manera las circunstancias desagradables que la vida nos proporciona.

Es el momento de proporcionar más color al artículo, abriendo una realidad de posibilidades más amplias. ¿Cómo explicar la gran renuncia en Estados Unidos, según la cual muchas personas prefieren estar sin trabajar? ¿Tan bajos son los salarios? ¿Tan altas son las ayudas? ¿Tiene que ver con la epidemia de opiáceos que afecta al país? Kazajistán. ¿Cómo puede ser que un presidente pida disparar a matar a su gente? Sí, está demostrado que se hace lo que sea por tener poder. Sea una presidencia, sea un puestito. Y más aún si no hay alternativa profesional razonable. Más. Los políticos siguen hablando de izquierda y derecha, y sin embargo más del 60% de las personas piensan que ese debate está superado. Vaya, vaya, vaya…..Mientras, los avances científicos continúan. Que se pueda trasplantar un corazón de un cerdo a un humano es impresionante. Mandar el telescopio James Webb para conocer lo más recóndito de nuestro pasado es admirable, más aún cuando el proyecto se ha gestado con la colaboración de una cantidad enorme de personas, empresas y países.

Al fin y al cabo, así es el mundo. A lo largo del día, consumimos, vemos y disfrutamos de bienes y servicios que nos han proporcionado de nuevo, muchas personas, empresas y países.

Cuando vemos el mundo en blanco y negro, abandonamos el resto de tonalidades de color. Esas tonalidades van desde nuestro interés y desarrollo personal a evitar el sufrimiento humano de hoy sin comprometer el sufrimiento de mañana.

Incertidumbre (16/1/22).

            Cuando parecía que la pandemia había terminado, aparece la variante ómicron y el mundo se tambalea. ¿Cómo podíamos esperarlo? Entonces, ¿qué pensar del futuro?

            Por desgracia, tenemos la mala costumbre de no distinguir entre riesgo e incertidumbre. En el primer caso desconocemos los resultados, pero al menos podemos asignarles probabilidades. En el segundo caso, no podemos hacerlo. Y sin embargo, lo hacemos. En realidad, lo que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. Incluso se llega a un extremo perverso: si decimos que vamos a tener una inflación muy alta con una probabilidad del 95%, siempre tenemos el 5% de margen de error para quedarnos tranquilos. Así nunca nos equivocamos. Ese 5% es un cajón “de sastre” que se convierte en un desastre. De hecho, las estadísticas avanzadas de los economistas aciertan tanto como la astrología (por cierto, esto sí que es una estadística correcta).

            La predicción es cosa de la ciencia. Así, Tales de Mileto llegó a predecir un eclipse solar en el año 585 antes de Cristo. Eso sí que tiene mérito. Las ecuaciones de Newton explican con precisión gran parte de la física. Más aún: cuando se cumplieron predicciones realizadas por Einstein que no se pudieron demostrar en su momento como que el tiempo pasa más lento si nos movemos con más rapidez el asombro que deja su legado se incrementó. Sin embargo, cuando un supuesto experto predice el futuro se dedica, la mayor parte de las veces, a vivir del cuento. Siempre tiene excusa en caso de error: “este matiz concreto no se había dado nunca”.

            De hecho, tendemos a comprobar si las predicciones se cumplen o no. Lo que no hacemos es analizar un hecho en sentido contrario. En otras palabras, ¿pudo alguien predecir un hecho concreto? Ejemplo sencillo, la llegada de los talibanes al gobierno de Afganistán. ¿Lo tenía alguien previsto? No. Es más, el objetivo era evitar el cambio de régimen…¡antes de la llegada del invierno! Más casos: la crisis de suministro con el gas y la electricidad por las nubes, que se haya multiplicado el precio de transportar productos en contenedores por 6, que la inexistencia de microchips llegase a paralizar algunas fábricas, que en Perú o Chile la segunda vuelta de las elecciones haya sido entre las opciones más extremistas, que en China pondrían recompensas por hacer una prueba y dar positivo por Covid, la aparición de nanopartículas que convierten un ratón gordo en uno flaco, que la sexta ola de coronavirus sea tan intensa, que hayamos tenido una lluvia tan inmensa con semejantes inundaciones, que la tasa de desempleo haya sido tan baja, que los precios del petróleo estén tan altos….son sucesos que pocos “expertos” habían tenido en cuenta. Una predicción típica:”las personas van a trabajar en puestos que todavía no se han creado”. La cuestión es que se decía eso hace diez años y seguimos igual. El mundo cambió de forma brutal entre 1940 y 1980; basta ver la evolución de las fotos de los interiores de los edificios. Inventos como la lavadora o televisión sí cambiaron vidas. Desde 1980 hasta ahora, las únicas innovaciones importantes han sido Internet y el teléfono móvil. El resto, mejoras de lo ya existente.

            De la misma forma, muchas veces no sabemos si una política es acertada hasta que se aplica. En ciudad de México, a finales de la década de los 80, se restringió el tráfico de vehículos según su matrícula para disminuir la contaminación. ¿Qué pasó? Muchas personas se compraron un coche de peor calidad (y con la matrícula adecuada para conducir todos los días) con lo cual la polución…¡aumentó! Otras veces sí se sabe el resultado: por ejemplo, los precios máximos en alquileres siempre disminuyen la oferta.

Como caso extremo, tenemos a Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas,  quien proponía matar a las personas que estuviesen en la calle siendo positivos de Covid.  Aquí el resultado está garantizado.

Volviendo al tema principal, existe una gran cantidad de profesiones que viven de predecir el futuro o vislumbrar tendencias con la tranquilidad de saber que en caso de error no pagarán por ello. El caso más obvio y menos nombrado: la cantidad sideral de asesores que existen no sólo en política, también en grandes empresas. No es el caso del pequeño empresario que arriesga su patrimonio y que además del  riesgo de su actividad económica debe asumir, en la actualidad, el riesgo sanitario.

            En consecuencia, ¿qué aprendizaje podemos obtener de todo esto? Tenemos tres conclusiones. Es algo práctico: nos cuesta recordar más de tres ideas cuando tenemos una conversación o acudimos a un evento.

            Uno, distinguir profecía de predicción. Es como la astrología y la astronomía.

            Dos, prepararnos siempre para las zozobras. Los buenos barcos son los que resisten bien las tormentas.

            Tres, aprender a vivir con incertidumbre.

            En definitiva, vivir el presente aprendiendo del pasado para mejorar el futuro.

 

 

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