BLOG 2020. DUDAR (DESAPRENDER).

El toque.

De un tiempo a esta parte se ha propuesto como posible solución para contener el coronavirus el toque de queda. ¿Es razonable? ¿Es arriesgado? Cada vez más países lo están haciendo y la verdad es que parece una tendencia imparable. ¿Es justo?

Antes de responder a la pregunta debemos tener en cuenta una cuestión previa: las personas no siempre decimos la verdad. Es más, la presión social hace que en situaciones específicas tengamos altos incentivos para mentir.

No tenemos claro de donde vienen la mayor parte de los contagios, aunque muchos se han restringido al ámbito familiar y a pequeñas reuniones sociales. Pero no lo sabemos. Es lógico: a una persona que haya estado en un piso sin guardar las mínimas condiciones de contagio le cuesta admitir su error. Dirá que “no tiene ni idea de cómo se contagió”. Por supuesto, no todo el mundo miente. Pero si hemos cometido algún pecadillo, preferimos ocultarlo. Es comportamiento humano. A veces es útil la regla “piensa mal y te quedarás corto”.

Lo mismo ocurre con los jóvenes. Si han estado en un botellón un total de 40 personas sin mascarilla y sin mantener la distancia de seguridad, estadísticamente lo normal es que digan que estaban 10 personas, se ponían la mascarilla a ratos y “procuraban” mantener la distancia. Somos así.

Por esa razón tiene más sentido un toque de queda nocturno que cerrar la hostelería de golpe. Así podemos seguir manteniendo una vida razonable hasta que la incidencia del virus vaya remitiendo….si bien está claro que tenemos para rato.

Existen otros aspectos latentes que no están en los debates pero siguen ahí. Personas que tienen síntomas y están en trabajos precarios tienen incentivos para aguantarse y no hacerse la prueba del PCR salvo que enfermen de forma considerable. Su circunstancia laboral y familiar hace que sólo dejen su puesto en una situación extrema. El riesgo de transmitir la enfermedad es, en este caso, elevado. ¿Cómo controlar eso?

Más aún: incluso personas que han dado positivo tienen sus pecadillos…..de hecho, existe una lista de casos “desaparecidos” que hacen su vida. Una vez más la pregunta se repite: ¿cómo controlar eso?

La economía está basada en un principio fundamental: las personas respondemos a incentivos. Las combinaciones de palo y zanahoria están a la orden del día. Así que si una conducta determinada es muy negativa para el conjunto de la comunidad la única forma de evitarla es con un castigo muy severo. No hay más.

Todos necesitamos “toques” de atención. Toques que sirvan para empujarnos en la dirección correcta. Es lo que se denomina “Nudge”. Richard Thaler (Premio Nobel de Economía) y Cass Sunstein lo explican en su libro “Un pequeño empujón”. Se trata de buscar medidas y pautas de comportamiento individual que sin ser coercitivas (salvo casos extremos) fomenten el bien común.

El ejemplo más sencillo: el hecho de ser donante de órganos. Lo mejor es que alguien lo sea por defecto, ya que así se pueden salvar vidas futuras. Pero si por razones religiosas o de valores personales alguien no quiere ser donante está en su derecho.

Algunos impuestos o subvenciones son “nudges” que nos dirigen a objetivos concretos. La subida prevista del IVA para los refrescos va a disminuir el consumo de los mismos. No se sabe si a nivel global la recaudación será mayor o menor que la anterior, pero eso es un efecto disuasorio que hará más difícil su compra. Los ejemplos abundan: muchos centros comerciales nos empujan a comprar el “producto de aquí”, para poder defender el empleo de nuestra comunidad. La campaña de bonos respaldada por el ayuntamiento de Pamplona para fomentar el pequeño comercio (pagando 14 euros por un bono de 20) es otro ejemplo claro de subvención pública.

¿Existe algún “Nudge” útil que ayude a combatir el coronavirus?

Debemos ser conscientes de otro de los mayores enemigos del ser humano: la gran sobrevaloración del beneficio a corto plazo respecto del coste a largo plazo. Nos cuesta mucho mantener una dieta sana y equilibrada, nos cuesta mucho ahorrar para el día de mañana, es muy difícil dejar nuestros vicios de cada día. Sin embargo, existen algunas técnicas que se pueden intentar.

La más útil es repetir una afirmación del tipo “si hago esto, entonces pasará aquello”. Por ejemplo, “si continúo bebiendo, decepcionaré a mis hijos”, “si no estudio lo suficiente, no merezco la asignación que me dan”. A base de repetirlo, repetirlo y repetirlo se puede lograr.

Es difícil ser ejemplares y responsables cuando percibimos que quienes gobiernan no lo son. Por eso, ellos deberían empezar a aplicarse el cuento. Y nosotros, como sociedad civil, debemos centrarnos en dos cosas.

Uno, saber que si nos confiamos, llega el coronavirus con las rebajas.

Dos, ser críticos y constructivos. Valorar y evaluar las medidas que nos exigen para ver si son exigibles.

Equilibrio emocional, desarrollo personal (noviembre).

Uno de los efectos colaterales de la pandemia es, sin duda, el desequilibrio emocional que supone observar cómo ha cambiado el entorno que nos rodea. De estar  acostumbrados a un roce humano más profundo, a movernos sin complejos y sin reparos hemos pasado a tener el mayor cuidado posible desde la respiración hasta los objetos que tocamos. ¿Existe alguna pauta que nos pueda ayudar a conllevar esta situación? Y eso sin tener en cuenta la nueva incertidumbre: no tenemos ni idea de cómo va a ser la situación sanitaria (con sus ramificaciones económicas y sociales) ni siquiera dentro de un mes. ¿Qué podemos hacer entonces para mantener un mínimo equilibrio emocional que nos permita cierto desarrollo personal?

            Es el momento de denunciar muchas de las tonterías de los libros de “antiayuda”, con sus mensajes aburridos y repetitivos esos de que “un fracaso es el preludio de un éxito”, ”hay que perseverar”, “nunca te rindas, ”el que resiste gana”, “mantén el espíritu positivo” o “si peleas lo suficiente tus sueños se cumplirán”. Pensemos, por ejemplo, en la última frase. Miles y miles de niños sueñan con ser futbolistas de primera división. Por definición, no todos pueden llegar a serlo. No hay espacio para tanto sueño.

            Estas frases, mal usadas, son peligrosas ya que dan a entender que ese es el camino seguro para el éxito. Y eso es falso. En términos sociales, lo más normal es que la mayor parte de las personas terminemos en la mediocridad. Son estadísticas. Eso no es malo. Es más; es muy bueno: podemos tener una vida maravillosa en un “puesto mediocre”. Ver crecer a los hijos, a uno mismo, disfrutar de pequeños momentos, reír y aprovechar o crear experiencias inolvidables es la salsa de la vida. Más que tener un “gran puesto”.

            No obstante, no podemos engañarnos. Existen muchas circunstancias personales en las que la pandemia deja pocas posibilidades de desarrollo: es labor de la sociedad civil y de los organismos públicos ayudar a estas personas. No es caridad. Es la regla número uno de las interrelaciones humanas: evitar el sufrimiento de los demás.

            La vida enseña que para lograr el éxito en términos de “gran puesto” importa ser de buena familia, tener dinero y sin duda, tener contactos. Sí: el esfuerzo, la determinación, saber lo que se quiere y orientar nuestras capacidades a unos objetivos claros y concretos son aspectos que nunca se van a infravalorar. Sin embargo, el lienzo debe ser completo.

            Es el momento de aplicar ideas que nos empujen a tener cierto equilibrio emocional. El método a aplicar: aforismos poderosos. Existen otros mecanismos, como las historias o narraciones, la gamificación, las emociones, las fábulas, los refranes. Es más, si nos encontramos angustiados, podemos acudir a un psicólogo. Si nos sentimos desorientados, podemos acudir a un coach (éste término en inglés significa “cochero”: persona que gobierna y dirige los caballos a su destino). Desde luego, las opciones son múltiples. Pero vamos a los aforismos.

 

            “Un buen líder es quien logra que la confianza colectiva a largo plazo se imponga sobre la incertidumbre a corto” (Daniel Kahneman). Pocos líderes políticos cumplen este principio. Merecerían destacarse dos mujeres: Angela Merkel en Alemania y Jacinda Ardern en Nueva Zelanda. Sin embargo, muchos empresarios o presidentes de organizaciones sociales están tomando medidas sanitarias, estratégicas o económicas que siguen el principio de Kahneman. Así es como se mejora el futuro.

            “Los europeos funcionan con esquemas mentales no adaptados al mundo en el que vivimos” (Pedro Alonso). Nuestro cerebro es rígido y tiene como objetivo gastar la menor energía posible. No obstante, los cambios actuales y los que están por venir (computación cuántica, inteligencia artificial o digitalización) nos deben hacer ser flexibles. Como diría Bruce Lee, ser como el agua.

 

            “Quise ahogar las penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar” (Frida Khalo). La realidad es la que es, no la que queremos que sea. Cualquier intento de edulcorarla está condenado al fracaso. No aceptar las cosas, con declaraciones tan desafortunadas como las de Cristiano Ronaldo al decir, después de dar positivo, que “el PCR es una m” no cambia la realidad.

            “El lenguaje es el vestido de los pensamientos” (S. Johnson). La programación neurolingüística consiste en técnicas usadas para modificar los procesos del cerebro y la conducta de  las personas a través del lenguaje. Los políticos lo saben, y en consecuencia sus discursos usan expresiones para orientar comportamientos. Por otro lado, podemos mejorar nuestro lenguaje mental y verbal como base para equilibrarnos mejor.

            “Nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema cada vez” (Charles Dickens). Vivimos en la denominada economía de la atención. Muchos articulistas cobran por clic. En otras palabras, los títulos son lo más atractivos posibles para que pinchemos allí. Por eso gran parte del tiempo que usábamos para estar con los demás o adquirir cultura en forma de libros, arte o incluso cine y teatro ha pasado a la pantalla. A nuestro teléfono móvil, también denominado “apéndice del cerebro”.

            Terminemos con otros aforismos más sencillos:

            “El que domina sus pasiones, sus deseos y sus temores es más que un rey” (John Milton).

            “Debemos cambiar imperceptiblemente los acontecimientos iniciales, tan imperceptiblemente que pueda parecer de momento que no tiene la mínima importancia y la evolución se desarrollará en una dirección totalmente diferente” (Stephen Jay Gould).

            “Quienes somos, con respecto a cualquier tipo de decisión, es donde estamos en el ámbito de la atención antes de tomar una decisión”(Robert Cialdini).

            “Saber para prever a fin de poder” (August Comte).

            “Somos lo que decidimos” (Mariano Sigman).

            “Es más fácil justificar nuestro comportamiento que cambiarlo” (Alfred Adler).

            “El mayor reto es intentar ser uno mismo cuando el resto del mundo quiere que seas otro” (Edward Estling Cummings).

            “Lo que llamamos realidad es cierta relación entre sensaciones, formas y recuerdos que nos envuelven” (Vladimir Nobokov).

            “Mi plan A es no ser el plan B de nadie” (Anónimo).

            “Hoy (percepción) es el mañana (expectativas) del ayer (recuerdos)” (Javier Otazu Ojer).              

Subastas (noviembre).

El último premio Nobel de Economía ha sido otorgado a los norteamericanos Paul R. Milgrom y a Robert B. Wilson por sus aportaciones al desarrollo de la teoría de subastas: han creado formatos útiles para mejorar la eficiencia de estos  mercados.

Para empezar, cabe destacar que los dos premiados no son economistas: son matemáticos. Ambos son profesores en Stanford, y Milgrom llegó a ser alumno de Wilson. Por cierto, la verdad es que el Nobel de Economía es más abierto de lo que parece: lo han llegado a obtener incluso psicólogos como Daniel Kahneman.

Cuándo pensamos en una subasta, nos viene a la cabeza el típico cuadro que sale a la venta y muchas personas elevando las pujas hasta que se realiza la operación de compraventa. Sin embargo, hay más opciones.

Supongamos que un gobierno desea otorgar frecuencias de radio (eso sí que es un chollo: vender aire) a diferentes emisoras. ¿Cuál es el método más eficiente? ¿Cómo podemos aumentar los ingresos públicos sin abusar de las empresas? ¿Sería útil realizar una subasta como la expuesta en el caso anterior?

Aquí es dónde los análisis de Milgrom y Wilson son más importantes. Comparando diferentes casos o realizando estudios que permiten tantear las preferencias de los licitadores parece que lo mejor es entregar la oferta en un sobre cerrado. Según esta lógica, la empresa mejor preparada tendrá incentivos para ofrecer una cantidad mayor de dinero, y a partir de ahí todos ganan: los consumidores que tienen un mejor servicio y el gobierno que recauda más dinero. Así puede ofrecer unos mejores servicios públicos.

Es muy complicado, el mercado de las subastas. El caso eléctrico ha recibido duras críticas: unos dicen que las tarifas son muy altas por, precisamente, el sistema de subastas. Según estas versiones, las empresas saldrían beneficiadas. Otros dicen que hay demasiados impuestos. Por último otros dicen que son muy volátiles debido a la inestabilidad del sistema energético. En consecuencia, algunos meses nos llevamos unos sustos de espanto.

Es indudable que en la actualidad la crisis del coronavirus marca la realidad. No puede ser de otra forma: el debate entre salud y economía es prioritario. Se debe escuchar a unos y a otros, se deben valorar las medidas realizadas en otros países para poder comparar resultados, se debe castigar duramente a las personas que no cumplen sus confinamientos. Por desgracia, estamos acostumbrados a que la “guerra cultural” instaurada por los “gurús” de los partidos nos lleven a temas que no son tan centrales, como por ejemplo la posibilidad de que se pueda abortar sin consultar a los padres o el tema del mantenimiento de la Corona. No se trata de minusvalorar estos asuntos: son muy importantes. Pero muchas veces son debates dirigidos con idea para no abordar asuntos más complicados o difíciles como la tarifa eléctrica, la viabilidad del sistema de pensiones o la reestructuración de gasto público ineficiente.

En el tema del aborto o la Corona es muy fácil tener opinión: eso depende de los valores de cada persona y de su ideología. Es sí o no. Blanco o negro. Es muy fácil, hacer política así. Lo difícil es abordar los asuntos difíciles.

En todo caso, está claro que el debate sobre la subasta más adecuada a realizar en diferentes mercados es pertinente. ¿Por qué no abordar otros casos? El mercado del petróleo o las telecomunicaciones también estarían en éste ámbito. Por ejemplo, en el mercado eléctrico Wilson ideó un sistema de tarifas multidimensionales cuyo uso permitió reducir los costes de suministro. Así, nos podemos plantear más cuestiones de interés. Por ejemplo, ¿cuál es la manera más eficiente de afrontar la llegada del 5G?

Por lo demás, no sólo de números vive el hombre. Se ha descubierto que al realizar una puja muchas personas ofrecen una cantidad de dinero más baja de la estimada para evitar la maldición del ganador. ¿En qué consiste? En haber pagado un precio demasiado alto, que la cosas no salgan según lo previsto y en sentirnos culpables por ello.

Interesantes, las subastas en las lonjas de pescado. Se pone un precio muy alto y se va bajando hasta que alguien compra. ¿Se logra recaudar más dinero así? Eso es un debate abierto.

Un caso extraño es un refinamiento en el cual pagan las dos personas que han puesto una puja más alta, pero se lleva el objeto la primera. ¿Parece absurdo? No lo es. En muchas huelgas se llegan a acuerdos en los que no se compensa la gran cantidad de dinero perdida, precisamente, por lo huelga.

Por último, existe un procedimiento llamado Becker Degroot Marschak para saber cuál es el precio exacto que pondría una persona para comprar un producto. Se indica un precio: por ejemplo, 20 euros. Después, un ordenador emite un número aleatorio. Si es de 23 euros, pago por el producto 20 euros. Si es de 18 euros, me quedo sin nada.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Agnotología (octubre).

La agnotología estudia la duda o ignorancia inducida de diferentes formas. La idea original es de Robert Proctor, profesor de historia de la ciencia de la Universidad de Stanford, y su intención era “bautizar” un fenómeno que se daba en la publicación de artículos científicos.

            El ejemplo de manual clásico vendría dado por el caso del tabaco: está reconocida, incluso por la industria misma, la gran cantidad de trabas que se interponían en medios de comunicación o publicaciones científicas cuando había pruebas evidentes de que fumar era pésimo para la salud. Hoy en día la agnotología ha evolucionado. Sigue incrustada en el mundo de la alimentación: de la misma forma que el tabaco provocaba adicción, existen en los supermercados productos que hoy en día provocan adicción. Aunque todos los productos con azúcar se llevan la palma, la gama es muy variada. Aparece en el mundo sanitario: existe una gran cantidad de personas que está convencida de que todo el asunto del coronavirus es una patraña. Por supuesto, las medidas que podamos usar para combatir el problema siempre van a ser objeto de debate, y está bien que así sea. Más aún cuando es mucho más lo ignorado que lo conocido. No queda otro camino que aplicar el método científico: prueba y error. Pero ese método no gusta a los políticos. En este caso, cuesta mucho admitir la ignorancia y el desconocimiento.

            Es más, en muchos casos, sobre todo desde el nivel político más alto, es mejor divulgar la ignorancia. No sólo ocultando asuntos de corrupción (tenemos donde elegir). Eso es triste y normal. El objeto es más sencillo….se trata de crear debates falsos que no llevan a nada y permiten seguir viviendo del cuento.

            Los ejemplos son abundantes y variados: nacionalismos, amarillismo, remover el pasado y promover el enfrentamiento entre buenos y  malos son los temas más socorridos. Bueno, este sistema ha mejorado: ahora es un enfrentamiento entre malos y muy malos. Además, tiene un nombre, admitido por el principal asesor del presidente del gobierno: “guerra cultural”.

            Si pensamos un poco en ese mundo, no es difícil ver que la lucha más dura se da por el poder de las formaciones políticas. Ya decía Konrad Adenauer que había enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido. Bien pensado, tiene sentido: se trata de entrar en listas que permitan la adquisición de un puesto.

            Antes de ir a otras formas de agnotología, se debe  profundizar en  el problema que supone el enfrentamiento entre partidos. Medios internacionales acusan a España de tener “una política envenenada”. En los países en los que hay más polarización política (Estados Unidos, Gran Bretaña o España) la incidencia del coronavirus es altísima.

            Cuidado: eso no es causalidad. Es decir, no quiere decir que el enfrentamiento político implique más incidencia del Covid 19. Es asociación: allí donde hay más enfrentamiento se ha detectado más incidencia. Veamos un ejemplo: existe asociación entre el tamaño de los zapatos de los niños y la capacidad lectora. Eso no implica que a más tamaño de pie se lea mejor. La razón profunda es otra: a más edad necesitamos un número de calzado mayor. Además, la educación avanza y entonces la capacidad lectora mejora. Aquí tenemos un caso típico de agnotología: decir que hay causalidad cuando sólo hay asociación.

            Vamos a estudiar otros casos. Cuando un portavoz gubernamental afirma  que “el gobierno ha construido un hospital o una carretera” está cometiendo una gran falsedad. La construcción la han realizado empresas y trabajadores. La financiación de la misma la ha realizado el conjunto de la sociedad, con impuestos pasados, presentes y futuros (en el caso de requerir deuda). Sin embargo, queda más bonito promover “viernes sociales” con ayudas para “colectivos desfavorecidos”. ¿Acaso no se percibe así que tenemos un gobierno benefactor que se preocupa por todos?

            ¿Cómo estar en contra de auxiliar a grupos sociales necesitados? Pocos lo harían. Sin embargo, el dinero no sale de la nada. Es más, nada es gratis. Ni la sanidad: la pagamos entre todos. La afirmación de que tenemos “sanidad gratuita” es, también, agnotología. El dinero es de todos los contribuyentes, y es responsabilidad de los gobernantes argumentar los criterios usados para gastarlo.

            Otra forma de promover la agnotología es el famoso relato: hay partidos que “son buenos gestores”, otros son “narcocomunistas”, otros “fachas”, otros “ultraderecha”, otros “sociales”. Es la nueva moda: asociar en las mentes de las personas una idea positiva a una opción política y una idea negativa a otra.

Según el escritor David del Rosario, formamos las emociones a partir de la fórmula PLAC (persona, lugar, animal o cosa) más idea. Es decir, asociar el rival a una emoción negativa. Nuestro objetivo como personas y sociedad civil, luchar contra eso.

             No lo olvidemos: “la ignorancia es poder…y la agnotología es la creación deliberada de ignorancia”.             

La edad del micelio (octubre).

Nos gustan las fechas y las épocas. El siglo XXI empezó el 11 de septiembre del año 2001. La Gran Recesión comenzó el 15 de septiembre del año 2008, con la caída de Lehman Brothers.

Esta “nueva normalidad” es, sin duda, otra época. Todo está supeditado al dichoso virus. La salud, la educación y la economía. Por esa razón las personas, instituciones públicas o empresas afinan los protocolos para poder seguir, en la medida de lo posible, con sus actividades cotidianas.

¿Qué fecha es la adecuada para iniciar esta época? Podría ser el uno de diciembre del 2019, día en el que según la revista médica The Lancet se registró el primer contagio conocido. La otra opción es el 11 de marzo del 2020, día en el que Tedros Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de Salud, declaró el brote de corovanirus como pandemia global. Nos quedamos con este día; al fin y al cabo, lo más normal es que el primer contagio conocido no sea el primer contagio real.

¿Cómo denominar a esta época? La cuestión es más compleja. ¿Por qué no la edad del micelio?

Los cuerpos vegetativos de los hongos se forman a partir de unos filamentos pluricelulares (hifas). Estos filamentos, que se encuentran bajo tierra y cuya función principal es proveer al hongo de nutrientes, constituyen el micelio.

 La cuestión es que se crean ramificaciones enormes que interaccionan con más hifas o con las raíces de otras plantas. Y para muchos investigadores se crea una red gigantesca que, en realidad, configuraría una World Wibe Web subterránea. En otras palabras, sería el Internet de la naturaleza.

Estos descubrimientos científicos son muy recientes, y por esa razón son desconocidos para el gran público. Pasamos a conocer diferentes posibilidades.

Así, un árbol talado tiene la ayuda de sus compañeros, que alargan sus raíces para mandar agua, azúcar y otros nutrientes. Las acacias se defienden de las jirafas estropeando el sabor de sus hojas. Una “madre” pino da sombra al árbol joven para que no crezca abruptamente. Eso es algo que también ocurre en la especie humana. En el caso de los pinos tiene la siguiente lógica: crecer con rapidez implica que las células tienen más aire y en el futuro el “pobre” árbol tendría problemas para defenderse de vientos muy fuertes o de depredadores hambrientos. El roble tiene mecanismos de defensa ante los ataques de las orugas, si bien la transmisión interna de las órdenes para cumplir ese objetivo es mucho más lenta que en otras especies animales.

Estos sucesos son asombrosos. Para muchos científicos, el micelio es el mayor organismo vivo de nuestro planeta. Si las personas están unidas por Internet y la naturaleza por el micelio, ¿no es original denominar así esta nueva época?

Hiro Onoda fue un oficial japonés que se perdió en el año 1944 en la selva de Filipinas. En esa época, su país estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Y ahí se quedó, entre escondido y luchando (no está muy claro contra quién) para defender a su patria y a su emperador. Hasta ahí, todo normal.

            Lo curioso es que los años comenzaron a pasar. Y pasaron, pasaron, pasaron. Onoda pensaba que la guerra continuaba. Hasta  el año 1974 no se convenció de que todo había terminado. El encargado de informarle fue su superior Yoshimi Taniguchi.

            Nos sorprende que una persona pase tanto tiempo perdido en la selva luchando contra un enemigo inexistente. Sin embargo, ideas que ya no sirven o se han revelado como inútiles (proteccionismo, nacionalismo o comunismo) persisten en las mentes de muchas personas de la misma forma que Onoda continuó con su lucha imaginaria.

            Se ha demostrado que el tema del virus va muy en serio. En lugar de realizar una competencia nacional para ver quién saca antes la vacuna, ¿cómo se puede mejorar la colaboración entre los científicos de los países?

            Instituciones como la OMS, con todos sus defectos, son imprescindibles. Va Estados Unidos y decide retirar su financiación. ¿Cómo puede ser?

            Los Bancos Centrales siempre se han dedicado a controlar la cantidad de dinero en el sistema. ¿Por qué no financiar bonos sociales a tipo de interés negativo?

            Los paraísos fiscales siguen campando a sus anchas. ¿Para cuándo una conferencia internacional para modularlos?

            El cambio climático puede dejar el coronavirus como una broma. ¿Cómo gestionar palos y zanahorias para generar en los diferentes agentes económicos los incentivos adecuados?

            Los científicos admiten sus limitaciones. ¿Por qué los políticos no lo hacen?

            La transparencia pública es imprescindible. ¿No es hora ya?

La conclusión más repetida: hay que construir una economía verde y digital; hay que reconstruir y ayudar. Está claro: el “hayqueismo” no sirve para nada.

Es el momento de pasar del qué hacer al cómo hacer para, efectivamente, hacer.

Hagámoslo. 

            Javier Otazu Ojer. Economía de la Conducta.

Optimismo.

Llegó por fin el otoño. El verano ha sido un visto y no visto. El rebrote del virus se ha adelantado. Aparecen nuevas restricciones a la movilidad. Se revisan las estadísticas económicas a la baja. Mientras, los partidos políticos siguen estrategias que parecen tener un objetivo común: buscar un chivo expiatorio. Candidatos, muchísimos: otros partidos, otras instituciones, otras regiones o incluso la falta de disciplina social. Todo vale. El panorama no es halagüeño. ¿Existe alguna razón para ser optimista?

            Si comenzamos por el tema sanitario, diremos que ahora sabemos mucho más del virus que antes. La letalidad ha disminuido. Al menos en Madrid y por buscar una estadística positiva, el número de personas dadas de alta, de momento, es superior al número de ingresos hospitalarios. La nueva prueba que al parecer va a llegar pronto a Navarra es rápida y barata. La lección de responsabilidad que están dando nuestros mayores nos enseña cómo con las medidas adecuadas se puede disminuir drásticamente la incidencia del virus. La sorpresa: Africa. Aunque los fallecidos se acercan poco a poco a los 30.000 (sólo en España están alrededor de 50.000) y los infectados están alrededor de 1.200.000 personas, las cifras son muy bajas. Debemos ser muy cautelosos con estos números, pero la perspectiva no es tan negativa.

            Pasamos a la economía. Muchos puestos de trabajo se han volatilizado, en especial los relacionados con los eventos sociales, la conectividad humana y el turismo. Aunque en algunos casos los ERTE hayan sido efectivos y supongan oxígeno decisivo para el mantenimiento de ciertos puestos, no volveremos a la situación de empleo previa al estallido a la pandemia.

            En este contexto, la recuperación viene marcada por un operador matemático y una letra. Así, pensemos en  la raíz cuadrada. Primero se da una bajada y posteriormente la recuperación no tiene forma de V; vuelve a subir hasta regresar a una senda de crecimiento más baja que la anterior que permanece constante. La segunda, una K. Las rentas medias o medio bajas irán a peor, y los que más tienen ganarán más. ¿Cómo explicarlo? Lo podemos hacer por medio de la demanda. Pensemos en nuestro consumo. No hay mucho para elegir cuando contratamos una compañía telefónica, compramos un móvil, contratamos una hipoteca, nos vamos a un supermercado a hacer la compra o pagamos el suministro energético. Un número reducido de empresas se lleva todo.

Sí: nuestro uso del tiempo, nuestras compras y nuestras inversiones influyen en la economía. Por otro lado, los poderes públicos deben regular adecuadamente la existencia de oligopolios con gran poder económico. Sin embargo, la solución aplicada: penalizar a las empresas que deseen irse de Navarra. Eso sí que es una barrera de entrada.

            Claro que los políticos desean el fin de la pandemia y la recuperación económica. Sin embargo, priorizan la búsqueda de votos futuros. No es una opinión; es un hecho contrastado por el gurú de referencia de Pedro Sánchez: Iván Redondo. Esta estrategia tiene un nombre: “guerra cultural”.

Cuando se pierde la confianza en la política sólo existe un mecanismo de compensación: la transparencia. Eso pasa por tres vías. Uno, conocer el destino del gasto de todos los euros gestionados por los diferentes organismos públicos. Dos, la asunción de responsabilidad personal. Es decir, si se demuestra que un gestor ha gastado un dinero que no cumplía los requisitos jurídicos para ello debe ser sancionado. No es lógico que ante un desmán de un alcalde la penalización vaya al ayuntamiento. España, en este sentido, tiene un problema grave: no se evalúa ni la eficiencia ni la eficacia del gasto público. Tres, retransmisión de todos los debates políticos por streaming (con la lógica excepción de las deliberaciones relacionadas con la defensa nacional).

Estas tres condiciones son inexcusables para poder regenerar la vida pública. La sociedad civil debe reclamarlas de forma insistente y sin condición alguna. Una mejor gestión del dinero de los contribuyentes serviría para alentar el optimismo. A nivel personal la cuestión es más difícil: existen circunstancias individuales que nos hacen ver el futuro muy complicado. ¿Qué ánimo puede tener alguien que ha perdido un ser querido, ve reducido significativamente su nivel de ingresos y observa que sus esperanzas futuras se desvanecen entre la niebla? Los poderes públicos, asociaciones y personas debemos apoyar en la medida de nuestras posibilidades a quien le toque malvivir en estas circunstancias. Es un tema humano que nos concierne a todos.

            Sin embargo, merece la pena ser optimista. Primero, por salud. Ser pesimista mata tanto como el tabaco. Segundo, por desarrollo personal. No podremos cambiar el mundo, pero podemos mejorarnos a nosotros mismos. Y eso siempre es positivo para el microcosmos en el que vivimos. Tercero, por responsabilidad. Lo explica Robert Kennedy. “Pocos tendrán la grandeza de cambiar el curso de la historia, pero todos podemos esforzarnos por modificar una pequeña parte de los acontecimientos; en la suma de todos esos actos se escribirá la historia de nuestra generación”.

            Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law). www.asociacionkratos.com

Soluciones (septiembre).

Bienvenidos a septiembre. El comienzo de la nueva temporada educativa, la adaptación a la vida sanitaria y la adopción de comportamientos personales que sirvan para prevenir la transmisión del coronavirus están presentes en todas nuestras actividades diarias.

Nos cuesta mucho vivir con incertidumbre, ya que todos los escenarios están abiertos. Un nuevo confinamiento es improbable, pero no se puede descartar. Aunque sea lentamente, las investigaciones médicas avanzan y la vacuna parece acercarse.

            En este contexto, la situación económica y social es una prioritaria. No obstante, mucho cuidado: algunos políticos están interesados en enviar señales de humo para confundir a la sociedad ocultando así sus carencias, ineptitudes y responsabilidades. Los medios para ello son entrar en temas marginales (cuestiones relacionadas con la identidad, la situación de la Corona, la reforma de la Constitución, las disputas ideológicas con otros partidos o promover mociones de censura) o la creación de comisiones y “grupos de trabajo” que al final no concretan nada.

            Pensemos en los 140.000 millones de euros que van a entrar a partir del próximo año en nuestro país. Antes, dos aclaraciones. La Unión Europea tendrá un papel clave en el uso de la ayuda y los presupuestos del Estado deberán estar aprobados. Continuamos: ¿qué haría cualquier presidente razonable? Preparar un equipo de gestores de reconocida solvencia para decidir cómo invertir el dinero. El debate, simple: equilibrar las necesarias ayudas sociales junto con la inversión apropiada para generar más riqueza y ser competitivos en el futuro. Existe un precedente histórico muy curioso. En medio de la dictadura de Francisco Franco, se pensó en cómo modernizar el país. Así, se creó el plan de Estabilidad del año 1959….el cual estaba encabezado por un antifranquista: Juan Sardá Dexeus. Deben estar los mejores, sin ideologías ni complejos.

            ¿Cuál es el método que se va a aplicar en España? Un tal Pedro Sánchez Castejón, conocido por no haber gestionado nada en su vida, seleccionará los proyectos que se aprueben. Le ayudará su “gurú”, Iván Redondo. ¿Cuál será su criterio? ¿Económico o político? ¿Bien común o interés personal?

            Bueno, la mejor forma de predecir el futuro de una persona es valorar su pasado. Claro que no es un método infalible; tan sólo es una pista.

            Entonces, ¿cuáles deberían ser las medidas que deberíamos aplicar?

            Bien, debemos incidir en un principio básico, fundamental e indiscutible. La riqueza la crean los empresarios y la sociedad civil, no los gobiernos. Conocemos sus discursos.  Si la economía va bien es gracias a sus medidas; si va mal, es por la herencia recibida, por circunstancias sobrevenidas, por la Unión Europea o incluso por la oposición, la cual se dedica a crispar. Es un engaño generalizado realizado por muchos políticos. A veces parece un pacto tácito para seguir viviendo del cuento.

Pasamos del principio básico a una evidencia: si no hay riqueza, no se puede repartir. Algunos partidos políticos no quieren entenderlo: penalizar fiscalmente los recursos productivos  de hoy es la ruina segura para mañana.

Así, es claro que se  deben crear las condiciones adecuadas para que la sociedad civil y los empresarios puedan desarrollar todo su potencial. ¿Cómo lo hacemos? Se proponen ocho ideas.

1.- Como se ha perdido confianza en los gestores, la transparencia debe ser total. Deberíamos saber con un clic de ordenador dónde va todo el gasto y de dónde viene el ingreso. Todas deliberaciones gubernamentales deberían ser por streaming.

2.- Esta transparencia evitaría casos como los vividos con el ingreso mínimo vital (casi todas peticiones fueron desestimadas), el cual debe ser repensado.

3.- Leyes cortas, sencillas y de aplicación directa para minimizar disputas judiciales. El coste del conflicto entre agentes económicos es inmenso.

4.- Profundizar en el palo (penalizando las conductas negativas) y en la zanahoria, (incentivando las conductas positivas).

5.- Planes estratégicos basados en nodos, infraestructuras y clusters.

6.- Sanidad telemática racional; no el caos telefónico que ha llenado las salas de urgencias de personas mal atendidas.

7.- Digitalización de la administración, facilidad para realizar gestiones.

8.- Desarrollo de estructuras relacionadas con la economía azul (idea de Gunter Pauli); aquella que se integra a los ecosistemas de la naturaleza.

¿Cuál es la forma de crear la realidad? Tener una visión. “Queremos una sociedad equilibrada con la economía y el planeta”. Sabemos que durante un tiempo habrá que aprender a convivir con el virus. Conocemos que algunos sectores económicos van a pasarlo mal.

En estos momentos, debemos orientar los pensamientos, las palabras, las ideas, los actos y los comportamientos personales hacia nuestra visión. Usaremos nuestros recursos en términos monetarios y temporales en esa dirección.

Ya decía August Comte que necesitamos “saber para prever a fin de poder”. William Shakespeare nos recuerda que “estar preparado es todo”. Afrontaremos escenarios desconocidos, pero siempre ha sido así. Se llama Historia.

Es el momento de dar el primer paso.

De la bomba atómica a la recuperación económica (septiembre).

El pasado mes de agosto se cumplió el  75 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Poco se puede añadir al horror que se vivió y a la amenaza termonuclear que parece diminuta pero sigue presente en nuestras vidas. Como decía el difunto Perich; “La penicilina se inventó de casualidad. El napalm (o la bomba atómica, da lo mismo) no”.

            ¿Cómo se pudo llegar a la carrera atómica? ¿Mereció la pena lanzar la bomba y causar tanta muerte? Hay consenso entre los historiadores de que se evitaron muertes, ya que la guerra se habría alargado durante mucho tiempo y así la rendición nipona fue inmediata. Sin embargo, hay un matiz que no se ha estudiado con suficiente profundidad; la posibilidad de haber lanzado la bomba en algún lugar de Japón sin población. La disyuntiva sería muy fácil: os podéis rendir en tres días o lanzamos la bomba a alguna ciudad por determinar. ¿No habría sido más sencillo y lógico?

            Dos de los mayores genios del siglo XX son, sin duda, Albert Einstein y John Von Neumann. El primero no necesita ningún tipo de presentación; el segundo, sin embargo, sí. Entre sus múltiples hazañas intelectuales debemos indicar los inicios de la computación y una aportación a la economía que cambiaría la forma de medir la realidad: la teoría de juegos. ¿En qué consiste? En valorar las decisiones que tomamos teniendo en cuenta las opciones que tienen el resto de agentes económicos.

            Si bien su representación técnica excede el objetivo de estas líneas, podemos analizar un ejemplo sencillo a partir de dos jugadores (Estados Unidos y la Unión Soviética) que pueden tomar dos posibles decisiones (armarse, no armarse). Lo mejor para ambos es no armarse, ya que eso les proporciona recursos para la educación, la sanidad o las infraestructuras. Sin embargo, razonan de esta forma: “si el otro país se arma, tarde o temprano me someterá. O me conquista, o me obliga a seguir su sistema (capitalista o comunista, según el caso)”. Es indudable que nadie está dispuesto a seguir ese riesgo. En este caso, el equilibrio para ambos es evitar el peligro y armarse hasta llegar a la “destrucción mutua asegurada”. Eso es lo que ocurrió, y ambos salieron perdiendo.

            Existen otros refinamientos de este juego, llamado en teoría “el dilema del prisionero”. En todos los casos, el resultado al que se llega es el peor para el bien común. Dicho resultado se llama “equilibrio de Nash”, en homenaje al Nobel de Economía John Nash. Su historia inspiró la película ganadora del Oscar a mejor película “Una mente maravillosa”, protagonizada por Russell Crowe.

            La característica fundamental de este equilibrio es que ningún jugador tiene incentivos para cambiar su posición. Si Estados Unidos o la Unión Soviética deciden no armarse estarán a merced de su rival.

            Este enfoque se aplica para reactivar el desplome económico originado por el Covid-19. Expuesto por Fernando Trías de Bes en su libro “La solución Nash”, está compuesto por dos jugadores. Por un lado la población; por otro, las empresas. Las posibles decisiones son dos. La población decide o bien consumir y mantener sus hábitos, o bien contener gastos y ahorrar. Las empresas deciden o bien producir y mantener empleo, o bien despedir y recortar inversiones. El equilibrio de Nash en este caso es para la población ahorrar, para las empresas despedir. Como en la carrera de armamentos, eso es malo para los dos. Pero claro, cada agente usa el sentido común.

            La población no quiere arriesgarse a consumir y sufrir despidos, eso sería la ruina total.

            Las empresas no quieren arriesgarse a producir y mantener empleo y que nadie les compre. Eso sería, también, la ruina total.

            Está claro: la solución ideal es que la población consuma y que las empresas inviertan manteniendo el empleo. ¿Cómo llegar a la misma?

            Trías de Bes propone el denominado “desacuerdo de Nash”. Es necesaria la intervención del Estado para que cada agente económico haga lo que interesa al bien común. Para ello, se deben garantizar los ERTE, aportando en casos extremos un Ingreso Mínimo Vital (IMV) de forma que así se pueda mantener el consumo inicial y las empresas mantengan el empleo.

            ¿De dónde vendrían los recursos? Con deuda. Sí, es malo seguir aumentando el déficit. Pero es el mal menor. Lo mismo ocurrió en la crisis del 2008; evitar que los bancos (cajas en España) cayesen era muy caro. No obstante, era el mal menor. Si caen los ahorros de las personas el sistema colapsa.

            Al análisis de Trías de Bes se le puede hacer una observación: también pueden venir recursos del Banco Central Europeo, el cual podría emitir bonos sociales a un tipo de interés negativo para financiar los gastos. Bueno, es una posibilidad debatible.

            La conclusión no lo es: en economía se deben adecuar los incentivos de las personas para llegar al bien común.

            ¿Cómo?

            También es debatible.

Vuelta al cole, tendencias educativas (septiembre).

Volvemos al cole en un mundo lleno de incertidumbre, no de riesgo. Es pertinente diferenciar entre los dos conceptos. Cuando nos encontramos en un estado de incertidumbre, no se pueden valorar probabilidades. Cuando estamos en un estado de riesgo, sí. En este caso tiene sentido plantear diferentes escenarios conociendo, aproximadamente, la probabilidad con la que se puede dar cada uno. En el otro no. Y ahora estamos en esa situación.

            Está claro que no es lo más deseable, pero todavía está más claro que se deberá afrontar el problema con la mayor franqueza y objetividad. Eso supone admitir que no sabemos muchas cosas sobre el contagio del coronavirus. Ni los países ni las comunidades autónomas han tomado medidas homogéneas. Es lo que tiene la investigación científica: la primera fase de la misma consiste en los períodos de prueba y error. Pensemos en lo que ocurrió durante el confinamiento: Suecia tomó unas medidas menos drásticas que otros países. En un principio las medidas tuvieron éxito, pero posteriormente se admitió el fracaso. Es decir, una vez visto todo el mundo es listo.

            Sea de una u otra forma, la posibilidad de repetir el confinamiento de marzo parece muy pequeña. Pero no es nula. Al menos, debemos valorar los aspectos positivos: en la actualidad, hay menos ingresados, con lo cual los hospitales no se saturan; la proporción de asintomáticos es mayor y se hacen una gran cantidad de pruebas. Y la población es cada vez más responsable (los mayores son el mejor ejemplo), así que salvo cataclismo nos quedaremos como estamos por mucho tiempo. Ni horas, ni días, ni semanas. Meses.

            En este escenario, necesitamos líderes en el sentido de Daniel Kahneman: “quien logra que la confianza colectiva a largo plazo se imponga sobre la incertidumbre a corto”. Un papel muy complicado que, ante la indecisión política, deberán tomar los padres respecto de sus hijos.

Ahora que estamos en el 150 aniversario de María Montessori, pedagoga italiana, recordemos su lema: “ayúdame a hacerlo solo”. Una de sus frases más famosas era “el niño es el maestro”. ¿Ha llegado el momento de cambiar el sistema?

Siempre han existido muchas críticas relacionadas con el sistema de enseñanza actual, y siempre las habrá. Es imposible que todos los educadores estén de acuerdo. Es más; la probabilidad de que haya un pacto educativo es prácticamente nula. El partido en el poder siempre dirá que por fin “ellos han sido los primeros que lo han logrado” y la oposición no le va a hacer ese “regalo” en términos políticos. Sea de una u otra forma al menos hay un acuerdo generalizado en que con el paso de los años disminuye la imaginación de los niños: comienzan a buscar consenso social, no desean quedar mal con los compañeros y se suben al carro de las decisiones fáciles.

            No obstante, podemos valorar tendencias interesantes, además de la más obvia: la educación de hoy (hoy siempre es a la vez edad antigua, presente y futuro: todo depende del enfoque usado) se integrará en una parte presencial y otra virtual, apoyada por la conectividad de la red y los soportes tecnológicos correspondientes.

 Dos; muchos profesores plantean estudiar la teoría en casa y resolver los problemas en clase. Es decir, “aprender haciendo”. Este mecanismo se ha desarrollado en centros de emprendimiento y cada vez está ganando más adeptos.

Tres, las mejores formas de aprender son emocionando, con juegos y con historias. Si algo nos emociona, lo recordamos. Los juegos, en términos técnicos “gamificación”, sirven para aumentar la concentración de los alumnos ya que éstos son empujados hacia un objetivo. Para lograrlo, deben competir con sus compañeros o superar retos que le llevaran al conocimiento final.  Respecto de las historias o relatos, lo mismo. Desde epopeyas de la región donde hemos nacido (para aumentar nuestro sentido de pertenencia) hasta historias recogidas en cuentos (los tres cerditos, caperucita roja) o fábulas (las uvas no están maduras).

Cuatro, la memoria importa. El teléfono móvil no puede ser un apéndice del cerebro. Muchas personas no recuerdan ni fechas de cumpleaños, ni números de teléfono ni matrículas. Es imposible tener un debate sano sobre cualquier asunto si la cabeza está vacía. Esa idea de que no hace falta memorizar ya que lo puedo consultar en el móvil aumenta la estupidez humana a niveles cada vez más estratosféricos. En estos casos, corremos peligro de terminar gobernados por el algoritmo que nos lleva a nuestras canciones, noticias o vídeos favoritos.

Cinco, los aforismos y los refranes son poderosos. Ejemplos: “querer es poder”, “tu patria es tu corazón”, “el respeto es lo primero”, “la cabra tira al monte” o “no te rindas nunca”. Niños que oyen todos los días estas frases terminan replicando su contenido.

Finalmente, la mejor definición de educación es “saber lo que hacer cuando no sabemos lo que hacer”.

Es el momento de aplicarla.

Superstición y cultura (agosto).

                Un gato negro se cruza por delante. Pasar debajo de una escalera. Toca martes y trece. Mala suerte, ¿verdad?

            Todo ello entra dentro de la superstición. Pensamos que en estos tiempos avanzados (todos los tiempos presentes son los más avanzados por definición) ya no creemos en esas cosas. Nada más lejos de la realidad. De manera inconsciente, esos valores han quedado anclados en nuestro yo más profundo. ¿Cómo se explica?

            Hay dos razones. Primero, si creemos que algo va a pasar es más fácil que pase. De una manera u otra, nuestros comportamientos nos llevan allí. Es la profecía autocumplida: una crisis económica o matrimonial se puede amplificar de esa forma. Se nos dice y repite que nos espera un otoño muy duro. En ese caso, es fácil ahorrar para el futuro, ya que nos sabemos lo que va a pasar. Por lo tanto, la rueda de la economía gira con mayor lentitud. Consecuencia, la crisis es mayor. Lo mismo ocurre desde el ámbito matrimonial, laboral o social. Si alguien se encuentra “quemado” con su pareja, en el trabajo o con algún amigo, los comportamientos de los demás se perciben con más facilidad como negativos. En ese caso, si nos hacen un favor no lo tenemos en cuenta. Si nos hacen una puñeta, estábamos en lo cierto: “el otro” es un demonio.

            Segunda razón; estaremos más pendientes de los efectos esperados. Por ejemplo, si se nos cruza un gato negro y unas horas después perdemos 20 euros, se ha confirmado lo esperado: la culpa es del felino. Sin embargo, si perdemos los 20 euros otro día nos fastidiamos y no le damos más vueltas.

            La clave es la siguiente: la superstición afecta a la percepción de la realidad, no a la realidad misma. Estos matices son importantes: los políticos y los magos buscan orientar la percepción de las personas al foco que les interesa para lograr un efecto concreto.

            Así mismo, llama la atención el efecto que tiene cada cultura en la superstición. Pensemos en el 666. Para nosotros, es el demonio. Para los chinos, es la fortuna. Es más, en este caso se considera que tener asociado el número 6 es un camino seguro hacia la felicidad. Se busca el 6 en el portal, el piso, la matrícula e incluso….¡la fecha de nacimiento!

            Sí, parece un absurdo. ¿Quién elige el día en el que nace? Bueno, el dinero arregla muchas cosas. Basta ir al funcionario de turno y pedirle que escriba en la partida de nacimiento el día elegido a cambio de un pequeño presente. Y ya está: hemos nacido el 6 del 6 de 1996.        

Muchos deportistas no desean llevar el número 13 en su dorsal. Angel Nieto siempre comentaba que en realidad había ganado 12 + 1 campeonatos mundiales de motociclismo. Claro que eso no afecta a todos: el jugador de baloncesto Marc Gasol, por ejemplo, lleva el 13 sin ningún tipo de problemas. Incluso algunos lo prefieren.

            Profundizando en la argumentación, existen aspectos que conforman la suma de la cultura y la superstición. Muchos niños piensan que si se portan mal vendrá el “coco” para castigarle. Divertido, el significado de coco. Además de ser un dátil, es un producto financiero: contingentes convertibles (bonos que pueden llegar a ser acciones). Es un entrañable personaje de Barrio Sésamo. Es alguien muy inteligente. Es un monstruo que nos va a castigar si nuestro comportamiento no es adecuado. En fin, es la magia de las palabras.

Creemos que somos seres perfectamente racionales y tomamos nuestras decisiones después de procesar toda la información de la mejor forma posible. No todos reaccionamos igual: es cuestión de genética.  Sin embargo, esa no es la diferencia principal. Pesa mucho más la cultura, nuestros prejuicios y el contexto.

Las supersticiones  de los demás nos parecen ridículas. Sin embargo, no vemos las nuestras y en consecuencia, el 31 de diciembre dejamos para el mes de nuestro cumpleaños el grano de uva más sabroso y apetitoso. El caso más extremo: en una tribu de Indonesia se detectaron casos en los que un hechicero mandaba un mal de ojo y la persona afectada se quedaba tan preocupada que, de hecho, fallecía.

La cultura tiene más aspectos de interés. Avanza el verano, y después de duras horas de “trabajo” en la playa  nos encanta que valoren nuestro bronceado. En China no es así. Muchas mujeres no llevan bikini; llevan el “facekini”. Es decir, se tapan la cara. Está mal visto ir moreno, ya que se asocia a pobreza y trabajos en el campo.

Un viejo principio dice “trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti”.

Pues bien, no es adecuado.  Veamos uno mejor.

“No trates a los demás como te gustaría que te tratasen a ti. Pueden tener gustos distintos”.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Diana, flechas (agosto).

La opinión publicada viene marcada por los asuntos principales o dianas (incremento de contagios del Covid 19, marcha de Juan Carlos de Borbón, asignación de recursos a las comunidades autónomas, explosiones de Beirut, el caso Dina) y flechas (es la forma en la que se expresa e interpreta cada uno de los asuntos; puede ser objetiva o subjetiva).

            A la hora de exponer estas ideas se debe hacer un matiz previo: tengo la convicción de que el lenguaje da forma a nuestros pensamientos. Por eso es importante, además de analizar cada uno de los casos, ver cómo dicho lenguaje busca teledirigirnos a unas conclusiones concretas.

            Respecto del incremento de contagios de coronavirus, sí: es un tema muy preocupante. Pese a los nuevos confinamientos, merece la pena buscar los denominados “brotes verdes”. Así, la situación está más controlada, los ingresos hospitalarios están controlados, el seguimiento de los casos es efectivo para prevenir una mayor incidencia y la población está cada vez más concienciada de la gravedad del asunto. Ahora bien, los enfoques varían. Para la consejera de salud vasca, Nekane Murga,  “estamos en una nueva oleada” y en consecuencia “no es posible la nueva normalidad”. Para la vicepresidenta del gobierno Carmen Calvo, “hay rebrotes porque tiene que haberlos”. Pensemos en las flechas. La consejera de salud alerta de que la situación es más problemática, y prepara a la población de dos maneras. Primero, será más comprensiva en el caso de abordar medidas extremas. Segundo, será más cuidadosa en su vida cotidiana. Por otro lado, la vicepresidenta intenta exponer la idea de que el gobierno había previsto el escenario y por lo tanto, siendo conscientes de la situación en la que estamos, podemos estar tranquilos.

            Los asesores de los políticos tienen mucho cuidado con las palabras, frases y expresiones. Muchas de ellas se van a repetir hasta quedar incrustadas en nuestras mentes, y  eso va a moldear nuestros pensamientos. Por eso son tan importantes.

            Reflexionemos acerca de dos expresiones que han entrado en nuestra vida cotidiana. La primera es desescalada. Es un acierto. Da a entender que lo peor ha pasado, hemos llegado a una situación extrema y ahora empezamos a bajar mediante las famosas fases. Sólo ver la expectativa del final y su camino a lo largo de pequeñas metas anima a la población, le empuja hacia adelante y además evita, en cierta forma, que se piense en todos los errores de gestión que se hayan realizado en el pasado. En este sentido, la petición de 20 científicos de alto nivel de revisar todo lo realizado en la pandemia es pertinente. Su objetivo no es buscar culpables: es evitar errores pasados.

           

La segunda expresión es nueva normalidad. Para empezar, es un oxímoron (una contradicción en sí misma): la normalidad no puede ser nueva. Para continuar, es un despropósito. Suena a sometimiento de nuevas reglas. No es lo mejor, no. Habría sido más adecuado decir nueva responsabilidad. A partir de la misma, entra en el subconsciente de las personas la idea de que lo que ocurre también depende de ellos mismos. Por lo tanto, actúan de otra forma. 

Es una de las mayores desgracias de nuestro tiempo: los dirigentes se creen con la capacidad de dirigir la vida de los demás cuando la clave es orientar los comportamientos personales hacia el bien común con técnicas basadas en la combinación del palo y la zanahoria. Paciencia.

Una expresión penosa que han repetido los medios de comunicación hasta la saciedad es la de amiga entrañable. Sí, me refiero a Corinna Larsen. La amante del rey emérito. En ningún momento se le ha nombrado de esa manera. Y eso por no hablar de los millones que ha recibido por su “gran posición”. Si Groucho Marx decía que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer y detrás está su mujer”, en este caso grande, lo que es grande, no hay nadie. Bueno, grande en términos de mérito. En otros términos, sí.

Ruego al lector que piense en la expresión amiga entrañable. El mérito de la misma es enorme; indudablemente si, como ya sabían todos los medios, se le hubiese nombrado como amante las cosas se habrían visto de otra forma. Por eso cuando preguntamos a testigos de un accidente ¿a qué velocidad chocaron los coches? sale un resultado más bajo que si preguntamos  ¿a qué velocidad se estrellaron los coches?

Todo esto lo aplican de forma constante abogados, medios y políticos. Por eso la reflexión individual y crítica es tan importante.

Por último, recordemos siempre la relatividad de los asuntos publicados. El asunto de la marcha del emérito le ha venido muy bien a Podemos, el cual estaba sufriendo problemas muy graves de imagen relacionados con el caso Dina y con presuntos pagos poco transparentes por parte de regímenes como Irán o Venezuela para financiar sus actividades.

Es la realidad: suceso, interpretación del mismo.

Diana, flechas.

Información, reflexión, opinión, decisión. Por ese orden (agosto).

Va pasando el verano en la espera anunciada del “coco”, que será cuando llegue el mes de septiembre. Mientras, intentamos esquivar la dura realidad del coronavirus con ocio, descanso o viajes (más cortos, por si las moscas). Todo ello con mucha precaución. Ya no sólo por el contagio en sí mismo, con unas cifras muy preocupantes. El protocolo para evitar la propagación del virus hace que un pequeño contacto con un positivo suponga un aislamiento de dos semanas. Muchas personas se han quedado sin vacaciones por esa razón.

Está claro: se deben tomar decisiones. Los gobiernos buscan que sean efectivas en términos prácticos y de imagen. A nivel de imagen, obligar a ir con mascarilla a todas las horas es una medida con alto impacto visual. Nos recuerda que tenemos un problema grave. A nivel práctico, existen circunstancias en la que es inútil. ¿Qué utilidad tiene pasear a 35 grados con mascarilla si estamos solos? Sin embargo, es una medida fácil. Al no existir grupos sociales con un claro perjuicio, pocos se quejan.

 Sin embargo, prohibir los botellones es más delicado. Los jóvenes pierden un momento de ocio muy importante. Conflicto. Obligar a cerrar los bares a una hora determinado también es delicado. Sin embargo, se debe admitir que es un mal menor.

Las decisiones políticas se deberían tomar con base al siguiente criterio. Primero, efectividad. Segundo, que el número de afectados en términos negativos sea un mal menor. Tercero, criterios de imagen y marketing.

Para decidir bien ser requiere un proceso previo basado en información, reflexión y opinión. Este criterio es útil para cualquier tipo de decisión, sea política, profesional o personal.

¿Cómo nos informamos?

Pensemos en el famoso fondo de reconstrucción europeo. Son 140.000 millones de euros. Muy bien. Aplausos para el presidente. Olé. Una gran gestión, si señor. Ahora bien, ¿dónde está la letra pequeña?

En términos netos, es decir, restando nuestra aportación individual, nos quedan poco más de 70.000 millones de euros. El 70% del total se va a cobrar entre el año 2021 y 2022. No, no es para hoy. Además, ese dinero está condicionado: debe gastarse bien. En caso contrario, freno de mano. Además, los Presupuestos del Estado deben estar aprobados. Debemos recordarlo: todavía seguimos con las cuentas del PP. Las cosas no son tan sencillas, no. Además, existe un consenso respecto de la reunión Europea: el mérito fue de Angela Merkel. ¿Cómo se explica?

Además de su capacidad y gestión, valorada por todos, influye un pequeño detalle: no se va a presentar a las elecciones alemanas. Así no le pueden pasar factura sus electores. Factura que los “países frugales” se cobraron en forma de cheque.

En este contexto, la opinión de Pablo Iglesias y de su partido (Podemos) es deplorable. Ya ha adelantado que si el Gobierno pacta con Ciudadanos no van a apoyar los Presupuestos. Vamos, que no van a hacer ni leerlos. Está claro: lo que importa es la ideología y el enfrentamiento con los demás. Bueno, es una simple estrategia que  pretende tener un espacio electoral perpetuo que sirva para vivir del cuento.

Así, ruego al lector que vuelva hacia el párrafo anterior. La primera frase es una opinión. La segunda, un hecho. La tercera, una conclusión subjetiva con el siguiente razonamiento: si no van a aprobar los Presupuestos, ¿para qué leerlos?  La cuarta, una opinión personal que busco contrastar con hechos. Como nos pasa a muchas personas, tiendo a confirmar mis creencias previas. La última frase es la conclusión definitiva. Es básico, al informarnos, distinguir hechos, opiniones y conclusiones.

Los asesores políticos construyen relatos interpretando a su interés la realidad para hacer ver al potencial elector que ellos son la mejor opción.

Nos cuesta profundizar.  Informarse y reflexionar para opinar primero y decidir después es un proceso que supone un esfuerzo personal. Es más fácil quedarse con un titular que luego interpretamos en base a nuestros valores y conocimientos propios.

El verano es una buena época para meditar, profundizar, reinventarse y crecer. Es importante no informarnos sólo por una frase como que “España recibe 140.000 millones de euros de Europa”. No, no y mil veces no. Estamos llegando a un nivel en el que a los Gobiernos no les va a importar la informacion de los periódicos, ya que muchas personas se quedan sólo con imágenes e ideas concretas y sencillas, emitidas todas ellas por plataformas audiovisuales.

En este contexto, me gustaría hacer un llamamiento para apoyar a los medios tradicionales de prensa. Es prioritario como sociedad. La forma, no importa: puede ser una suscripción digital, la lectura en una cafetería de los periódicos del día, la compra directa de prensa. La información de calidad se debe pagar.

¿Cuál es un rasgo común de los países más avanzados?

La prensa libre asociada a la investigación periodística.

Es la única forma de crear sociedades exigentes, avanzadas y responsables.

El vestido (julio).

En el año 2015 una madre decidió hacer una foto del vestido que iba a llevar su hija el día más importante de su vida, es decir, el día de su boda. Por desgracia, la foto generó una gran discusión entre los futuros esposos. Para ella, era blanco y dorado; para él, era negro y azul.

Lo primero que se puede pensar, dentro de esta discusión, era si alguno de los dos tenía problemas con la vista. Para arreglar el asunto, ya se sabe: toca tirar de las redes sociales. La imagen se volvió viral; tuvo millones de visitas. ¿Cuál fue el veredicto? Ninguno. La sociedad quedó dividida. Es decir, las personas tenían dos tipos de clasificaciones. A nivel ideológico, los de derechas y los de izquierdas. A nivel del vestido, los que lo veían blanco y dorado por un lado; los que lo veían negro y azul por otro.

El asunto llegó a manos de los neurocientíficos (de hecho, esta historia está narrada por Susana Martínez – Conde y Stephen Macknik que son, por supuesto, neurocientíficos de la Universidad Estatal de Nueva York). Hasta entonces, se sabía que la fuente de iluminación afecta a la percepción del color. Ahora bien, ¿cómo se explica que cada persona vea el vestido diferente bajo las mismas condiciones de visualización?

Sabemos que nuestras experiencias con todas las fotos que hemos observado a lo largo de nuestra vida tienen una gran influencia, ya que nos aportan patrones futuros. También sabemos que con el tiempo, perdemos capacidad de discriminación respecto de la realidad. Por ejemplo, todos los monos nos parecen iguales. Todo ello es consecuencia de procesos cerebrales, los cuales están programados para optimizar y filtrar la gran cantidad de información recibida en base a un objetivo prioritario: la supervivencia.

En todo caso, existe una explicación sorprendente a esta visión.

            Un inciso y dos homenajes. El mayor invento de la historia de la humanidad es la electricidad. Toda la tecnología, artilugios que nos rodean, luminosidad o conectividad está basada en la electricidad. A partir de ahí las aplicaciones son inmensas, pero sin la fuente inicial no hay nada que hacer. Personas como Nikola Tesla (así se llama la empresa del visionario Elon Musk) o Michael Faraday están entre los más grandes científicos de todos los tiempos.

            Antes de la electricidad la única forma que teníamos para iluminarnos era, de forma directa la luz del sol y de forma indirecta la luz del cielo.  La foto del vestido fue tomada, en cierta manera, en una zona de “sol y sombra”. En este caso, los observadores eligen de forma insconsciente la fuente de iluminación. Si es el cielo, restan el azul de la imagen y perciben la prenda como blanca y dorada. Si es el sol, restan el amarillo a la imagen y la perciben como azul y negra.

            Este matiz es fundamental a nivel arquitectónico y a nivel decorativo. Si sabemos dónde y a qué hora da el sol en una parte de la ciudad o de nuestra casa, podemos ubicar colores o formas que nos aporten los atributos que estimemos oportunos.

En definitiva, la conclusión está clara: podemos ver el mundo formas diferentes, aunque esta visión depende de nuestras experiencias vividas y de nuestras creencias propias.

¿Cómo ajustar este patrón a la realidad de hoy? Muy sencillo. Vamos a los asuntos de moda.

Primero, el aumento de contagios por el coronavirus. Para el hosteleros, la culpa es de la administración por permitir los botellones, ya que ellos toman cuantas medidas estimen oportunas (estoy de acuerdo con ellos, ¿quién desea que su establecimiento sea el origen de un brote?). Para la administración, la culpa es de los hosteleros por abrir hasta tarde. Los padres de adolescentes creen que sus hijos tienen derecho a divertirse. Los que no, creen que son unos consentidos y si no se puede salir, no se puede.

Segundo, los fondos europeos. Para unos, un gran triunfo para el Gobierno actual. Para otros, se ha comprobado el fracaso de la gestión del Gobierno y no ha habido otro remedio que acudir a un “pseudo rescate”. Por cierto, ni en la cantidad se ponen de acuerdo. Para unos, son 140.000 millones de euros. Para otros, hay que restar las aportaciones a Europa, quedando 70.000 millones de euros, de los que la mitad son préstamos escalonados a lo largo de siete años y existe un freno de emergencia que condiciona todo.

Tercero, el tema de la segunda división. Para los que han descendido, la categoría debería ser de 24 equipos (es decir, ellos no bajan). Para los que no han entrado en la promoción, debería haber en la misma 6 equipos (es decir, ellos entrarían a jugarla).

Todos llevamos nuestro vestido cada día.

Todos buscamos un el juego de luces adecuado para que a los demás nuestro vestido les parezca luminoso.

 El mundo de ayer (21/7).

Stefan Zweig fue un escritor nacido en el año 1881, en la Viena del Imperio Austrohúngaro. Se suicidó en el exilio de Brasil en el año 1942. Entre otras razones, su condición de judío le obligó a cambiar de aires para poder sobrevivir. Una de sus obras más conocidas, precisamente, es “El mundo de ayer”. Aunque tiene un aire autobiográfico (el subtítulo del libro es “Memorias de un europeo”), en dicha obra se expone una gran reflexión sobre los tiempos pasados y la tristeza que supone vivir en medio de la Segunda Guerra Mundial en un mundo lleno de muerte, miseria y destrucción. Muchas de sus reflexiones mantienen su vigencia. Es lo que tienen los clásicos: perduran en el espacio y en el tiempo.

            Cuando la Unión Europea está discutiendo los “presupuestos de reconstrucción”, en esa época Zweig expuso, hace ya 80 años, la necesidad de realizar un proyecto común europeo. Además,  reivindica la libertad individual y está muy preocupado por el gran poder de los Estados, convertidos muchos de ellos en regímenes totalitarios. Llama la atención cómo también en los felices años 20 la sociedad vivía tranquila y segura. Es más, pasada la Gran Guerra (años 1914/1918) se pensaba que la situación ya se había estabilizado. Es lo que tiene la realidad; queremos creer que todo irá bien.

            Nuestro mundo de ayer terminó en marzo del presente año. Antes de ese momento, las preocupaciones eran económicas. Ahora son sanitarias. En medio del verano, lo principal tiende a ser, en la medida de lo posible, el ocio y el relax. A partir de septiembre, veremos. Delicado, el equilibrio. Cuando nos preocupaban los atentados terroristas el debate estaba entre la seguridad y la libertad. Ahora, el debate está entre la salud y la economía. ¿Cómo debemos proceder?

            En este contexto, merece la pena realizar un pequeño inciso. Las opiniones de los científicos y epidemiólogos son divergentes: lo que para unos es seguro, para otros no lo es. Lo mismo ocurre en economía, lo que para unos es bueno (gastar más) para otros no lo es (se aumenta la deuda). A nivel sanitario, veamos los consensos existentes a día de hoy. Son lavarse las manos, evitar las multitudes, mantener una distancia prudencial y muy importante: no estar en sitios cerrados. Más aún si existe aire acondicionado. A dichos consensos se debe añadir una evidencia: están apareciendo muchos positivos entre los jóvenes. Es un tema de exceso de confianza por parte de ellos mismos y las autoridades: en teoría son más inmunes al coronavirus. Pero la temida carga vírica tiene sus límites, y en esta ocasión se han alcanzado.

Cuando comparamos el mundo de ayer con el de hoy es importante evaluar las tendencias que parecen diferentes y tan sólo han cambiado de forma. Por ejemplo, sólo reaccionamos cuando vemos las orejas al lobo.  Lo comentaba Ada Colau, alcaldesa de Barcelona: “otra vez hemos llegado tarde”. Lo expone muy bien el general Douglas MacArthur, con su célebre aforismo “la historia de los fracasos se resume en dos palabras: demasiado tarde”.  

El denominado “sesgo futurista” tiende a sobreestimar nuestra evolución. Sí; los avances tecnológicos son enormes. Pero si echamos un vistazo a la evolución realizada entre el año 1980 y el 2020 todo se resume en una expresión: hiperconectividad. Nada que ver con los cambios realizados entre 1940 y 1980: de vivir la guerra y la posguerra a introducir en las vidas de las personas coches, lavadoras, frigoríficos o televisores tenemos un enfoque nuevo y radical. De hecho, una de los grandes inventos del siglo XX es la lavadora. El tiempo que ganaron las familias fue de varias horas por semana: ya no era necesario, en algunos casos, trasladarse a la fuente más cercana a realizar el lavado. Existen inventos que son los mismos; sólo ha cambiado su forma. Ejemplos: carro de caballos, coche. El papel y la televisión se integran en la tablet. Pese a todo, seguimos usando vasos, cucharas, camas, y sobre todo, libros. Ocurre que ahora en un espacio diminuto podemos integrar una capacidad ingente de conocimiento.

En el mundo de ayer nuestra principal preocupación era obtener un trabajo estable. Bien mirado, en la historia de la humanidad eso ha sido algo extraño. En el mundo de antes de ayer, todo era volátil. La salud no era segura, y la mortalidad infantil seguía siendo muy alta. Cuando se controló comenzó a subir la esperanza de vida. Por desgracia, a día de hoy incluso en zonas desarrolladas empieza a haber un retroceso.

Siempre pendientes de nuestra economía, confiábamos en un mañana de esperanza y prosperidad. Ahora nos conformamos con volver al mundo de ayer.

Este mundo, tras una evolución de miles de años, nos enseña que sólo se prospera cooperando, con creatividad, con esfuerzo, con reglas claras y valores comunes.

El mejor predictor del futuro es el pasado.

La clínica del alma (11/7/20).

            Si tuviese que definir un libro, escogería la opción de Emilio Lledó (Los libros y la libertad). “El libro es, sobre todo, un recipiente donde reposa el tiempo. Una prodigiosa trampa con la que la inteligencia y la sensibilidad humana vencieron esa condición efímera, fluyente, que llevaba la experiencia del vivir hacia la nada del olvido”.

            Para el interior de los mismos, toca acudir a Carlos Ruiz Zafón (La sombra del viento). “Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien escribió, el alma de quienes lo leyeron y soñaron con él”. Por supuesto, estas líneas son un homenaje a Ruiz Zafón, fallecido el pasado 19 de junio.

            La historia de “La sombra del viento” como fenómeno editorial es apasionante. Pocas veces un libro ha pasado de mano a mano a partir del boca a boca. No hizo falta ninguna campaña publicitaria. Cuando pesa más el continente que el contenido; cuando pesa más la promoción que el producto, eso tiene mucho mérito. En la actualidad, “El infinito en un junco” (Irene Vallejo) y recientemente “Los asquerosos” (Santiago Lorenzo) han tenido también un gran recibimiento por parte del público. Eso nos proporciona un poco de luz dentro de una oscuridad en la que muchos famosos escriben sus “Memorias” para que podamos comprender sus “admirables vidas” a cambio de un suculento beneficio. Primero el autor, después la obra.

            Sin embargo, en “La sombra del viento”  era primero la obra, luego el autor. Todo gran libro debe cumplir esa condición. Aunque no podamos leer todos los ejemplares que deseamos. Esa fue la gran frustración de Borges. En economía eso tiene un nombre: coste de oportunidad. Al leer un libro, dejamos de leer otro. Al leer un libro, no hacemos deporte, no tomamos un café, no vemos la televisión, no dormimos. Se trata de una elección.

            Ahora bien, ¿cuál es la mayor competencia de un libro? ¿El cine? ¿Hacer ejercicio? ¿La familia? ¿El sueño? La pregunta es muy pertinente, ya que muchas veces no está claro, en los diferentes mercados económicos, cuáles son los productos que compiten entre sí.

            Si deseamos comprar un coche la competencia se da entre las diferentes marcas que nos proporciona el mercado automovilístico. Pero las cosas no son tan fáciles. Un buen transporte público, una gasolina excesivamente cara, los impuestos (o las subvenciones) o cualquier otro aspecto influye en la compra. Claro que el transporte público es competencia; pero es que también lo es una bicicleta o un patinete. También lo es una buena conexión de tren o autobuses. Todo cuenta. Por ejemplo, en épocas de crisis los cosméticos son competencia de la ropa. El ser humano desea proporcionar una buena presencia a los demás. Somos seres sociales. Somos así.

            En este caso, la mayor competencia del libro es la pantalla. Los números son aterradores. Ya se habla de un “mercado de la atención”. Pocas personas discuten que cada vez nos cuesta más concentrarnos en nuestras actividades: siempre tenemos alguna excusa para mirar el móvil. Se ha demostrado que el 50% de nuestro tiempo de vigilia tenemos los pensamientos por otro lado. Vamos, que no estamos a lo que estamos, aunque de cara al exterior no queramos demostrarlo.

            El periodista francés Bruno Patino ha publicado “La civilización de la memoria de pez”. Proporciona diferentes números. No podemos mantener la concentración más de 9 segundos, ya que recibimos múltiples estímulos digitales al día. Miramos el móvil mínimo 30 veces la hora, una vez cada tres horas de sueño, lo cual nos lleva a casi 200.000 veces al año. Los números parecen exagerados, pero el problema no. Cada vez pasamos más y más horas pendientes de la dichosa pantalla. En Japón, se ha hundido la memoria a corto plazo y se usa el móvil para realizar cualquier mínimo recorrido. Un desastre.

            Claramente tenemos dos problemas interrelacionados: la falta de concentración y la adicción a la pantalla. Pues bien, vamos a buscar una solución.

            En la antigüedad, a una biblioteca se la llamaba “la clínica del alma”. Y la recomendación que se hacía para buscar la paz interior era, precisamente leer. Por supuesto, son imprescindibles dos complementos. Uno, desarrollar la conexión con la naturaleza. Jordi Soler lo expone muy bien en su libro “Mapa secreto dos bosque”. Dos, desarrollar la conexión con otras personas. Mungi Ngomane lo expone muy bien en su libro “Ubuntu. Lecciones de sabiduría africana para vivir mejor”. Principio básico: “yo soy porque tú eres”.

            Al contrario que con las horas de televisión y pantallas, nadie se ha arrepentido de haber leído mucho.

            Leer es soñar, imaginar, amplificar el mundo, ser y vivir con los protagonistas, dialogar con personas que han fallecido hace miles de años, unirse a la nube del saber con todos los que hemos sido, somos y seremos.

            La biblioteca y los libros son la clínica del alma.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

El Rinoceronte Gris (10/7/20).

            En el año 2008 el analista de comportamiento económico de los seres humanos Nassim Nicholas Taleb popularizó la expresión “Cisne Negro”. Se define así a un suceso improbable, con consecuencias importantes y cuyas explicaciones a posteriori buscan encajar lo imprevisible en un modelo teórico que sólo sirve para la teoría. Nunca para la práctica.

             En los modelos econométricos tradicionales que sirven para interpretar la realidad aparece una perturbación aleatoria que sigue la denominada “distribución normal”. Eso implica que oscila entre unos valores determinados. Por ejemplo, la altura de una persona cumple este requisito. No existen personas que midan tres metros o tres centímetros. Cuando aplicamos esta idea a la variación de precio de una acción, dicho requisito no se cumple. Sí, es muy difícil que de un día para otro una acción valga cero o suba un 200%. Pero no es imposible. Podría ocurrir que una empresa fuese una estafa y tuviese todas las cuentas trucadas; cuando se descubre eso, su valor es nulo. Podría ocurrir que una empresa haga un descubrimiento sorprendente, como un fármaco para curar una enfermedad grave. Entonces ocurre lo contrario.

            Muchos teóricos consideran el coronavirus un Cisne Negro: ¿quién podía imaginar esta historia de confinamientos, mascarillas y distancia social? Pues bien, para Taleb, no estamos ante un Cisne Negro. Lo que estamos viviendo es un “Rinoceronte Gris”. Así se denominan los peligros predecibles contra los que no actuamos. Entonces, ¿por qué nos quedamos quietos?

            La explicación es muy sencilla. Si un Gobierno gasta millones de euros en medidas de prevención y no pasa nada, por un lado se le acusa de derrochador. Por otro lado, gastos que le podían haber aportado réditos electorales no se pueden realizar. En la pandemia de la gripe A (año 2009), el Gobierno español compró 37 millones de dosis de vacunas, el alemán 50 millones y el francés 94 millones. No se usó ni el 5% de las dosis; el resto se ha destruido.

            Michel Wucker escribió The Gray Rhino (El Rinoceronte Gris, año 2016). Así se definen a las amenazas que están identificadas pero que no podemos o sabemos cómo se pueden detener. Por cierto, el nombre viene de la manera en la que interpretamos la realidad. Tendemos a clasificar los hechos en blanco o negro. Y no es así. Los rinocerontes aparentemente tienen ese color, pero en realidad todos son grises. Cambiará la tonalidad, pero son así. Esta metáfora sirve para la vida misma.

            Sí, es muy popular el dicho de que “una vez listo, todo el mundo es listo”. Y existen múltiples amenazas: ciberataques globales, desequilibrios financieros o una posible guerra termonuclear. No podemos gastar todos los recursos que tenemos en contener los peligros futuros, ya que sacrificaríamos nuestro presente. De la misma forma, no se puede sacrificar toda la libertad de las personas para tener la mayor seguridad posible. Sólo hay una excepción que lo justifica: una circunstancia sanitaria crítica.

No obstante, tener definido un problema concreto nos ayuda a prepararlo mucho mejor. Es mucho más importante hacer la pregunta adecuada que tener la respuesta perfecta. De hecho, en la vida real no siempre hay una respuesta perfecta. Lo que para unas personas es adecuado, para otras no lo es. Por ejemplo, para contener el coronavirus existen los siguientes consensos: lavado de manos, distancia social, uso de mascarillas en lugares cerrados, evitar las aglomeraciones. A partir de ahí, el debate es enorme. Incluso había “pensadores” que comentaban el gran peligro de las mascarillas: pueden tapar los ojos de las personas y si no saben por dónde andan se pueden despistar, ir a la carretera y ser atropellados por algún coche. Surrealista, ¿no?

La teoría del Rinoceronte Gris sirve para vivir alertas y tener presentes los riesgos futuros. Tomar medidas de prevención, siempre. Vivir cohibidos y con miedo, nunca.

            Existe una enseñanza para los políticos de hoy: prevenir es curar. Pero es difícil que se lo tomen en serio, ya que no tienen incentivos para ello. Es más: seguirán aplicando políticas de corto plazo preocupándose por lo “políticamente correcto”. No es algo despectivo: es la historia de la humanidad. Siempre ha sido así.

            Al menos, en nuestra vida cotidiana sí podemos aplicar la enseñanza del Rinoceronte Gris. Existen muchos casos de empresas que cierran, matrimonios que se rompen, personas con problemas de salud graves que no han querido ver la realidad y no han cambiado sus hábitos cuando debían. Ojo, la mayor parte de las veces ha sido de forma inconsciente. Si nos dicen que algo va mal,  cuando vemos cuatro señales negativas y una positiva nos quedamos con lo bueno. Es una defensa psicológica que a largo plazo puede ser peligrosa y destructiva. Por lo tanto, seamos cuidadosos.

            Tendemos a pensar que las cosas van a seguir siendo igual.

            No es así.

            Vivimos en una selva en la que entre otros animales, habitan rinocerontes.

            Rinocerontes grises.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Una fiesta especial (25/6/20).

Ya falta menos….para el 6 de julio. Muchos bares y restaurantes acumulan reservas para los míticos almuerzos previos al estallido del chupinazo. Sí, cuando den las 12 horas muchos corazones sufrirán un desazón sin igual, tal y como es nuestra querida fiesta de San Fermín.

            ¿Cómo se puede organizar ese día? ¿Cuál debería ser la gestión más apropiada  por parte de las autoridades? ¿Se debe prohibir expresamente toda la actividad relacionada con la fiesta? ¿O podría permitirse una pequeña tutela que permita, en cierta medida, a la sociedad civil autogestionarse?

            Nosotros proponemos encarecidamente la segunda medida. No se pueden prohibir tener unos u otros sentimientos, y pensamos que dichos sentimientos, tan profundos para muchos de nosotros, deben ir acompasados por algún tipo de actividad social.

            Existen muchas formas de vivir la fiesta de San Fermín, las cuales pueden ser compatibles entre sí. Está el sentimiento religioso. Están las citas sociales con la familia, los amigos de toda la vida, los amigos de las peñas, los amigos con los que no podemos compartir todo el tiempo que deseamos a lo largo del año, los conocidos con los que ya tenemos la excusa para poder hablar con pausa y tranquilidad, compañeros de las peñas, compañeros en la plaza de Toros, amigos de amigos, visitas en estas fechas tan señaladas a las que debemos atender, compañeros de batallas pasadas, compañeros de batallas que están por venir. Está la posibilidad de hacer nuevas amistades a partir de algún nexo de unión o mediante una conversación casual (bueno, no tanto…al fin y al cabo para empezar a hablar con alguien solemos detectar, de forma inconsciente, algún tipo de atractivo). Están los fuegos artificiales. Están los conciertos. Sí, no lo podemos olvidar. Está también el alcohol y las drogas.

            Acontecimientos recientes que están en la mente de todos han manchado, de forma injusta, la reputación de las fiestas de San Fermín. Por desgracia es inevitable, cuando un acontecimiento reúne a miles de personas, que los amigos de lo ajeno hagan de las suyas. Esta gentuza, que en términos estadísticos podemos denominar el “error de tipo alpha” (es decir, como mucho el 5% del total), no deben enturbiar el buen ambiente que siempre ha existido en nuestra ciudad durante las fiestas. Sin ánimo de repartir reproches, se habría podido hacer más por evitar este problema de prestigio internacional. En este sentido, es de alabar la promoción realizada por Diario de Navarra durante el pasado año para animar a la gente, sea de Pamplona o del exterior, a disfrutar de las fiestas sin complejos, con mucha alegría y desde luego, con todo el entusiasmo del mundo.

            Existe un aspecto diferencial que no se ha explotado de forma suficiente: el atuendo sanferminero. Ir de rojo y blanco iguala a todo el mundo, y aunque todas las personas son iguales debido a su condición humana, está claro que así no se puede distinguir clase social alguna. Se evita que unas personas sean más iguales que otras. No es difícil pensar en otras fiestas, sean en España o fuera de nuestro país, cuya forma de vivirla es directamente proporcional a la renta y contactos que tenga cada uno.

            La suspensión de las fiestas impedirá cualquier tipo de actividad organizada por el ayuntamiento. Cuidado, ya que al valorar sucesos de estas características tendemos a usar un enfoque erróneo. Al pensar: “menuda desgracia, este año no hay fiestas” no tenemos en cuenta la alternativa real. Eso sería un rebrote del virus que afectaría con unas consecuencias imprevisibles a nuestro tejido social y a nuestra estructura económica. Y desde luego, la reputación de las fiestas se hundiría. Sería un golpe terrorífico. Por eso no podemos dormirnos y debemos mantener las medidas adecuadas recordando siempre que “cuando nos confiamos somos muy malos” (Pedro Mari Zabalza, exentrenador de Osasuna).

            Sin embargo, toda crisis es una oportunidad. Pensamos que las personas pueden organizarse de forma cívica y disfrutar estos días a su manera. Creemos que además de las autoridades competentes, las comisiones de barrios pueden y deben regular estas actividades, para que cumplan todos los protocolos sanitarios. Citas sociales populares como los calderetes se pueden organizar con facilidad. De hecho, en algunos barrios estas citas son semejantes a un 6 de julio. Es fácil comprender que los bares deben cumplir unas limitaciones de aforo y que por lo tanto el cumplimiento de esas normas se debe comprender como un requisito básico de convivencia, al nivel de la no agresión física o verbal.

            Lemas como “quédate en casa”, “desescalada”, “nueva normalidad” están ya en el lenguaje cotidiano. Nosotros abogamos por el lema “celébralo en tu barrio….y en tu corazón”.

            Muchas veces se usa el alcohol para desinhibirnos y así poder hablar sin complejos y con más alegría. Hasta cierto límite, esta idea se puede tolerar. Sin embargo, es mejor usar el alcohol  como un complemento de  un momento especial.

            Estos momentos que podemos generar para crear una fiesta especial.

            La Fiesta de San Fermín.

            Javier Otazu Ojer.     

Alfonso Aller Gutiérrez.

Socios fundadores de Kratos.

            www.asociacionkratos.com

Triángulos (14/6/20).

Todos hemos conocido el fascinante mundo de la trigonometría y los triángulos. El primer caso, lleno de senos, cosenos y tangentes. El segundo, con sus clasificaciones teóricas. Según los lados, un triángulo puede ser equilátero, isósceles o escaleno. Según los ángulos, acutángulo, recto y obtusángulo.

En realidad, los triángulos siempre han ejercido fascinación. Es difícil comprender la razón, pero puede estar relacionada con el tres. Por la razón que sea, cuando escuchamos un discurso, leemos un ensayo o tenemos una conversación interesante tendemos a quedarnos con tres ideas. Así funcionamos los humanos.

Por desgracia, la economía ortodoxa no sigue el mismo ejemplo. Por ejemplo, desde el punto de vista personal prioriza el uso del presupuesto monetario. Es un error grave. Nuestro presupuesto real está formado por tiempo, dinero y energía (en términos de salud y entusiasmo). ¿De qué sirve tener mucho dinero si no tenemos tiempo para disfrutarlo? ¿De qué sirve tener mucho dinero si estamos desanimados y no tenemos ganas de nada? No. Aunque el dinero es importante, debe estar equilibrado con el tiempo (en realidad, lo único que tenemos) y la energía.

Vamos a pasar a la macroeconomía. La manera de evaluar el funcionamiento de un país es en términos de PIB: conforme mayor es, mejor van las cosas. Sin embargo, la crisis del coronavirus nos lleva a otro triángulo. Para que un país vaya bien, debe existir salud y equilibrio emocional. Sin una cosa, lo demás no funciona. Es decir, un país con personas sanas y ricas desequilibrado en términos de actitudes y valores humanos tiene poco futuro.

Existe un triángulo curioso y apasionante: el de las personas que supuestamente tienen éxito. Para empezar, cuidado: no es lo mismo éxito y felicidad. Todos los que piensan que cuando logren un objetivo serán felices (por ejemplo, cuando se casen, logren un alto puesto jerárquico, monten una empresa o ganen un concurso de música) se llevan una gran decepción. Ese es el gran disgusto de muchos ganadores de lotería. No el Gordo de Navidad, ya que ese premio, como dicen los agraciados, sólo sirve para “tapar agujeros”. Esta idea es válida para los que ganan, por ejemplo, un millón de euros de golpe. Este matiz es importante. Además, sirve no sólo para ganadores de lotería: es útil para jóvenes que reciben un gran contrato de un equipo de fútbol o para mayores que de repente tienen un éxito rotundo (suelen ser profesiones vinculadas al arte) y sienten que el dinero les cae del cielo.

¿Qué ocurre en éstos casos? Estas personas comprueban que el dinero no sirve para comprar lo más importante (la amistad, la paz interior o la alegría exterior), que muchas personas que les rodean les están diciendo, implícitamente, “que hay de lo mío” y que peor aún: les empiezan a mirar de otra forma. Un triángulo desagradable, sí.

Volvamos al triángulo del éxito. Existen tres opciones. Uno, una gran trayectoria personal, profesional o social. En estos casos, la valía de estas personas queda demostrada por sus hechos. Dos, personas con trayectorias laborales que aparentemente son más humildes pero que irradian alegría. Aunque no ganan mucho dinero, son felices con lo que tienen. Buscan siempre su desarrollo personal y les gusta vivir en un proceso de mejora continua. Tres, personas con un alto puesto jerárquico en cualquier tipo de institución. La mayor parte de las veces estas personas alcanzan ese nivel debido a que tienen un gran desempeño en los dos aspectos anteriores (trayectoria profesional, nivel humano). Pero otras veces alcanzan ese puesto debido a tener la amistad adecuada o por procedimiento digital. Por desgracia, es lo que ocurre a menudo en el ámbito político. Existen ministros de categoría profesional contrastada: Nadia Calviño, José Luis Escrivá, Arancha González Laya o Pedro Duque son casos muy claros. Sin embargo, en demasiados puestos el mérito de una persona radica simplemente en “haber servido” durante mucho tiempo al partido. Cuando ya no están en su puesto, comprueban que nadie les hace caso. Eso es muy duro, y cuesta estar preparado para ello.

Es más: a veces da la sensación de que las estructuras de algunos gobiernos son más enormes simplemente para repartir prebendas. Ese es el reto: demostrar la utilidad de cada puesto. Eso nos llevaría al penúltimo triángulo: el del gasto. Se clasifica en tres tipos. Uno, gasto útil: ayudas sociales, sanidad o educación. Dos, gasto de gestión: es necesario e inevitable. Tres, gasto inútil. Estructuras ineficaces que sólo engullen dinero.

Toca finalizar con el triángulo más importante: el de nuestro planeta. Un mundo basado en el crecimiento económico que olvida sus otras dos aristas, es decir, la sociedad y el medio ambiente, no es viable a largo plazo.

Nos han educado con triángulos escalenos, con un lado muy largo: el monetario.

Sin embargo, prefiero los triángulos equiláteros.

El mundo de hoy (9/6/20).

            Muchos analistas intentan predecir el mundo de mañana. Se hacen comisiones de reconstrucción que pretenden buscar ideas, mecanismos, políticas y medidas para empezar a superar los efectos de la pandemia que de momento, parece estar controlada. No obstante, la mejor forma de mejorar el mañana es tener claro cómo estamos hoy. Para ello, se van a comentar diferentes aspectos de interés.

            A nivel económico, cabe remarcar la gran bajada esperada durante este año del PIB. Lo razonable es que esté alrededor del 10%, es decir, unos 120.000 millones de euros menos producidos en nuestro país. Eso se traduce en un gran aumento del desempleo y en la necesidad, por lo tanto, de incrementar las ayudas sociales.

            Toda ayuda económica viene de tres fuentes: o incrementamos la deuda, o quitamos de otro lado, o se aumentan los impuestos. Se debe tener muy claro, si bien han aparecido otras propuestas. Así, algunos bancos centrales (Gran Bretaña) están financiando ayudas sociales. La Unión Europea se plantea un fondo de reconstrucción (750.000 millones de euros) a cargo de sus presupuestos entre 2021 y 2027. Parte de estas ayudas serán transferencias, no préstamos.

            Se debe dejar claro dónde va a ir el gasto. A nivel sanitario, queda demostrado que prevenir es ahorrar. A nivel social, las personas necesitan realizar unos gastos mínimos para poder sobrevivir. A nivel empresarial, es prioritario cubrir las industrias con mayor efecto multiplicador en el conjunto de la economía. Interesante: algunos países no ayudan a las empresas que tienen su sede en paraísos fiscales.

            Las principales estrategias de muchos gobiernos son incrementar el proteccionismo y cuidar más su cadena de suministro para no depender de terceros. Por supuesto, siempre está la tentación de controlar la información y la población como peaje para tener así una “mayor seguridad”.

            Los políticos crean comisiones de reconstrucción con diferentes recursos humanos. En Francia, dicha comisión está liderada por un Premio Nobel de Economía (Jean Tirole) y uno de los mayores expertos de macroeconomía a nivel mundial: Olivier Blanchard. En España, Pedro Sánchez ha optado por Patxi López como referencia. En Navarra, tenemos un equipo multidisciplinar con personas de trayectoria y categoría profesional más que contrastada.

            Es tentador usar chivos expiatorios para tapar las vergüenzas propias. Los más usados: el rival político (si es la oposición, no es solidaria; si es el gobierno, es un incompetente), los científicos (“nosotros nos hemos limitado a seguir sus recomendaciones”) y la nueva moda, las residencias de ancianos (“casi todas las víctimas son de allí, no han sabido gestionarse”). Se olvida que las residencias son eso, residencias. No son hospitales.

            Las tendencias en empleo son las siguientes. Uno, los negocios relacionados con el contacto humano (eventos, discotecas) y la conectividad global (compañías aéreas, petróleo) tardarán en recuperarse. Dos, el teletrabajo ha demostrado a muchos empresarios que también puede ser efectivo. Tres, muchas personas y empresas han mostrado una gran capacidad de adaptación al nuevo medio. Se reinventan.

            ¿Se puede hacer alguna recomendación para prepararnos para el día de mañana en el mercado laboral? En este caso, se proponen tres ideas de un experto en tendencias laborales como Tino Fernández. Learnability: habilidad constante por el aprendizaje continuo y tener curiosidad para saber hacia dónde va el mercado. Ardillas púrpura: profesionales que conocen las nuevas exigencias de los reclutadores y de las empresas adaptándose a sus exigencias. Solomo: social, local, móvil. Muchos de los negocios futuros tendrán que ver con estos tres aspectos, si bien lo “móvil” tiene dos enfoques a valorar. Uno, relacionado con el uso del teléfono móvil. Dos, relacionado con la micromovilidad: patinetes, bicicletas. Estar preparados en el modelo Solomo es complementario al modelo STEM: ciencia, tecnología, ingeniería, matemáticas (por sus iniciales en inglés).

            Aparecen nuevas oportunidades. Para el mundo rural, ya que muchas personas se van a plantear ir a vivir a pueblos y con un poco de suerte, poder teletrabajar desde allí. Para eso, será necesario tener una buena conectividad con la red. Aunque no lo parezca, esta crisis es una oportunidad para Europa. Las instituciones comunes, pese a los parones iniciales, están actuando de manera correcta. Por último, esta crisis también es una oportunidad para la transición ecológica, hacia una economía más verde.

            Ahora bien, ¿ideas o sugerencias? Claro que sí.  Aumentar la flexibilidad para contratar personas con un tiempo de trabajo variable. Los receptores del ingreso mínimo vital (IMV) podrían hacer trabajos de ayuda a la comunidad. Se pueden subir los impuestos al consumo o medioambientales sin tocar aquellos relacionados con la renta. Opción de liberar planes de pensiones sin penalización económica. La misma idea se puede aplicar en otros productos financieros. Es necesario informar a la sociedad civil del uso presupuestario de todo el dinero público. Generar comportamientos individuales que beneficien al conjunto de la sociedad.

            Para todo ello, necesitaremos suerte.

            Eso tiene un signficado:

Saber Utilizar Eficientemente Recursos para Tener Éxito.

            Javier Otazu Ojer.

            Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law Ediciones).

            www.asociacionkratos.com

Fondo de reconstrucción (31/5/20).

Parece que el tsunami que nos asola empieza a remitir y baja su virulencia. La situación comienza a estar más controlada, y se van divisando pistas que sirven de indicio para intuir la gran crisis económica que nos espera. Bastan dos números: una bajada del PIB entre el 10 y el 15%, un paro entre el 25 y el 30%. Entre estas cifras se encuentran la mayor parte de los estudios realizados hasta ahora. Sí: necesitamos ayuda. Es el momento de mirar a Europa.

            Dos son los planes principales. Uno, el PEPP: programa de compras de emergencia frente a la pandemia. Está dotado, en teoría, con 750.000 millones de euros y vendría financiado por el BCE (Banco Central Europeo). Dos, el fondo de recuperación que están promoviendo Macron (Francia) y Merkel (Alemania). Dotado con 750.000 millones de euros, la idea es financiarlo con el presupuesto comunitario desde el año 2021 hasta el 2027. Es decir, parece que las principales instituciones europeas están haciendo su trabajo. En todo caso, queda todavía mucha negociación pendiente. Algunas veces estas ideas quedan en titulares y posteriormente pasan al olvido. Ejemplo: los 200.000 millones de euros que el presidente Sánchez prometió movilizar al inicio de la crisis. ¿Dónde están?

            Cualquier ayuda financiera plantea tres dudas. Uno, ¿es un préstamo o una subvención? En un momento inicial se planteó la segunda opción. Al menos, era una manera de evitar la mutualización de la deuda. Es decir, emitir bonos cubiertos conjuntamente por toda la Unión Europea. Se debe recordar que al mutualizar una deuda todos los Estados asumen los riesgos de forma conjunta, y es difícil que los países con cuentas más saneadas se arriesguen a cubrir los posibles impagos de los vecinos que llevan las cuentas peor. En la actualidad, se ha llegado a un acuerdo: 250.000 millones de euros en préstamos, el resto en transferencias.

 Continuamos con las dudas. Dos: ese dinero, ¿cómo se reparte? Cada industria, cada región y cada comunidad social es un mundo. En una primera escala se reparten los fondos por países. España sería el segundo beneficiario, después de Italia. Parece que de momento recibiría 140.000 millones de euros en total, de los que 77.000 millones de euros serían en transferencias y el resto en préstamos. No obstante, estas cifras cambian de un día para otro. Hasta que no se firma el acuerdo definitivo, todo es posible. Nada está firmado hasta que todo está firmado.

Bien, supongamos que llega el dinero. Aquí las dudas son inmensas: ¿cómo administrarlo? ¿Ayudamos a industrias estratégicas, como ha hecho Macron en Francia con el automóvil? ¿Nos preocupamos de los campeones nacionales, como Alemania con Lufhtansa? ¿Damos cheques a las personas para que puedan cubrir, en teoría, sus necesidades como ha hecho Trump (por cierto, el mismo presidente norteamericano era el encargado de firmarlos) en Estados Unidos? Es muy complejo. Aunque sea una evidencia, no podemos dejar de recordarlo: se exige una transparencia total en todos los gastos públicos.

De hecho, es muy difícil clasificarlos en orden de prioridad. Vamos a buscar algún criterio. En economía, un gasto es un multiplicador si genera un efecto dominó que genera más y más movimiento de dinero. Lo ideal sería que los impuestos recaudados gracias al “dominó” cubriesen el gasto inicial. El mayor éxito en España: el plan PIVE de ayuda a las ventas de coches.

Con esta idea, ya podemos establecer un orden. Primero, necesidades sociales. Importante: para evitar estafas de contribuyentes al Estado es fundamental imponer multas siderales a todos aquellos que busquen aprovecharse del sistema de ayudas. Segundo, industrias fundamentales con un gran multiplicador. La triste noticia del cierre de Nissan en Zona Franca afecta 3.000 puestos directos y casi 30.000 indirectos. Tercero, todo lo demás. Los fondos nunca deben ir a parar a personas o entidades  que los vayan a dejar en su caja fuerte. Lo recordamos: necesidades sociales, efecto multiplicador. Siempre, el sistema sanitario.

Tercera duda, ¿qué condiciones se deben exigir a los agentes económicos que reciban ayudas? Dar subvenciones a fondo perdido es peligroso: no se mandan a los agentes económicos los incentivos adecuados. La razón es simple, si alguien sabe que si le va mal le va a cubrir una entidad superior (esta idea va desde un hijo derrochador que tira el dinero sabiendo que sus padres siempre están ahí hasta un país que pertenece a una entidad supranacional) se toma las consecuencias de sus decisiones más a la ligera. Eso, en economía, tiene un nombre: riesgo moral.

 Por tanto, están claro el riesgo que supone dar algo a cambio de nada. En un préstamo se debe pagar un interés. Una transferencia, sin embargo, debe tener unas condiciones concretas.

            ¿Fondo de recuperación? Sí. Es imprescindible.

            Pero no es sólo es el dinero. Es qué se hace con él, qué se pide como condición, cómo se financia.

            Javier Otazu Ojer.

            Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law Ediciones). UNED de Tudela.

Responsabilidad cívica (23/5/20).

Por fin estamos en la ansiada “desescalada”. Ya podemos ir a las terrazas, a algunos comercios, al fin se ve una evolución en los contagios y los fallecidos. En estos momentos todos debemos ser responsables y tener el máximo cuidado: los rebrotes del virus son habituales en países que habían gestionado la crisis con éxito. Eso sí, por desgracia la mayor parte de los epidemiólogos coinciden en que no será difícil tener otro confinamiento en el futuro.

            Hasta ahora, la “responsabilidad social” o en expresión del presidente del gobierno, la “disciplina social” se había llevado con éxito debido a que era coercitiva. Simplemente, además del riesgo de poder enfermar, una persona que no cumpliese el confinamiento se arriesgaba a una dura penalización. Por eso cuando muchos políticos dicen que “la ciudadanía ha sido ejemplar” están faltando a la realidad. En muchos casos, la “ejemplaridad” se imponía bajo amenaza de multas y sanciones públicas.

Ahora, sin embargo, la cuestión cambia. Si bien hay unas franjas horarias para cada sector de la población dentro de actividades como hacer deporte, el hecho de permitir reuniones con un límite de diez personas hace que en la práctica cada uno pueda hacer lo que le plazca. Ha llegado la hora de la responsabilidad social.

            Ahora bien, ¿cómo ha ido la responsabilidad pública?  Sin duda, ya tenemos una serie de hechos que nos permiten evaluar comportamientos pasados. Vamos, pues, a hacerlo. No cabe duda que gran parte de los funcionarios públicos, especialmente los sanitarios, han actuado de manera ejemplar. Ellos sí han estado a la altura de las circunstancias. Más bien han sobrepasado nuestras expectativas, y eso es algo que nunca olvidaremos. Pero es mucho más difícil afirmar lo mismo de nuestros líderes políticos.

            El Presidente del Gobierno realizó largos discursos más o menos elaborados, pero su competencia retórica no podía ocultar el hecho de que esta crisis ha sobrepasado las habilidades y competencias de su gobierno. Además, las preguntas eran convenientemente filtradas, hasta que muchos medios se unieron para boicotear las ruedas de prensa.

            El gobierno ha hecho algunas cosas bien, aprobando algunas leyes de evidente utilidad en una crisis de esta escala: por ejemplo, está claro que debía mantenerse la liquidez de las empresas, y está claro que la mejor forma de mantener el trabajo iba a ser mediante ERTEs.

            El papel de la oposición ha sido mejorable. Pedir tests para toda la población o que los sanitarios no tengan que cotizar y pagar impuestos de sus sueldos es populismo barato. Bien está criticar muchos despropósitos (es penoso el nombramiento de 24 altos directores generales a dedo sin que sean seleccionados entre los funcionarios de élite; viva la meritocracia) pero se deben proponer más alternativas.

            Si saltamos de las palabras a los hechos, el gobierno no ha actuado de manera responsable y competente en muchos aspectos de esta crisis sanitaria. Entre otros fallos, no ha sabido asegurar la provisión de tests y EPI (equipos de protección individual) a tiempo, no ha dado apoyo material y profesional adecuado a residencias de mayores y ha permitido encuentros masivos en Madrid mientras se extendía la pandemia por toda Italia.

            Todo esto es lamentable, pero subraya la importancia de una ciudadanía activa y responsable. Los esfuerzos de los ciudadanos y profesionales de a pie son especialmente importantes por dos motivos. Uno, para suplir las incompetencias de algunas autoridades civiles, trabajando como puedan para frenar el virus y proteger sus familias y comunidades. Dos, para exigir cuentas al gobierno y así asegurar que las negligencias y los fallos que han costado vidas no se repitan durante futuros brotes del virus.

            Ahora bien, siempre hay una cuestión fundamental y decisiva: cómo hacerlo. Son multitud los discursos, artículos de opinión o debates entre tertulianos que se dedican a comentar alegremente aquello de que “se debe ayudar a los desfavorecidos”, “nadie va a quedar de lado”, “ayudaremos a las empresas”, “no habrá despido”, “renta mínima para todos”. Estamos de acuerdo. Además, queremos paz en el mundo y que no haya hambre. Repetimos: ¿cómo hacerlo?

A nivel gubernamental, muchas medidas tienen costes económicos, y es responsabilidad de los medios de comunicación preguntar a los políticos cuando prometen medidas de este calado que nos digan su coste. Si el político cambia de tema, se le insiste. Se le insiste. Se le sigue insistiendo. Sólo hay tres posibles respuestas para financiar las medidas: o se quita de algún otro lado, o se suben los impuestos o se aumenta la deuda. Pues bien, que respondan. Para eso les pagamos.

            A nivel personal, uno de los aprendizajes más importantes de la pandemia es que no podemos delegar en el Estado toda nuestra salud. Nosotros somos parte activa de nuestra comunidad, y debemos demostrarlo. ¿Cómo hacerlo? voluntariado, ayudas económicas a desfavorecidos, informarnos por fuentes diversas, participación en foros sociales o medidas de prevención personal.

            Existen muchas opciones.

 La cuestión es empezar ya.

            Ahora.

            Javier Otazu. Economía de la Conducta, UNED de Tudela.

            David Thunder. Investigador Ramón y Cajal.

            www.asociacionkratos.com

El efecto Donald Rumsfeld (20/5/20).

Donald Rumsfeld fue secretario de Estado norteamericano en la época de la invasión de Irak (año 2003). Para justificar dicha invasión siempre se habló del asunto de las tristemente célebres “armas de destrucción masiva”. Hoy Irak es un estado semifallido que está formado por 3 bloques, en el norte, predomina la minoría kurda; en el centro, los suníes; en el sur, los chiíes. El coste financiero de toda esta operación se estima, según el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, en un billón de dólares. Algo de dinero ya es, sí señor.

            ¿A qué viene toda esta introducción? En la rueda de prensa realizada para explicar la operación, Rumsfeld dijo una frase que ya es célebre: “hay cosas que sabemos que sabemos, hay cosas que sabemos que no sabemos y hay cosas que no sabemos que no sabemos”. Es una frase memorable: explica como pocas, el conocimiento humano y sus limitaciones. Explica, como ninguna, la visión de la situación actual en términos sanitarios y económicos.

En este ámbito, hay muchas cosas que no sabemos que no sabemos. Sabemos que se desconocen efectos secundarios de personas que han pasado el covid 19, pero siempre surgen sorpresas. Cuando los más jóvenes parecían controlados, han aparecido síntomas extraños en algunos casos. No se sabe si están relacionados con el virus. En sí, es una circunstancia con la que no se contaba hace poco tiempo.

En conclusión, debemos aprender a vivir con incertidumbre. La expectativa dentro de un año es completamente imprevisible: ¿habrá aparecido una vacuna? ¿Habremos alcanzado la inmunidad del rebaño? ¿Habrá parecido una mutación más virulenta? O de manera un poco más positiva, ¿se habrá extinguido el virus? No sólo eso, ¿se mantendrá el equilibrio social? ¿Habrá surgido alguna circunstancia inesperada? O de manera más positiva, ¿el desarrollo de las renovables habrá generado energía más barata y accesible? No lo sabemos.

Estas circunstancias inesperadas se llaman “Cisnes Negros”, en expresión de Nassim Taleb, divulgador que popularizó la expresión en un libro publicado hace ya doce años. Lo más curioso: para Taleb no estamos inmersos en un Cisne Negro, ya que era razonable la aparición de una pandemia mundial. En otras palabras, ya estábamos avisados. Son las cosas de los humanos: no tomamos medidas hasta que vemos, como en los cuentos, las orejas al lobo. Y esto es lo que les ocurre a los políticos: al fin y al cabo, son humanos.

Llama la atención la gran cantidad de “pensadores” que han comentado la historia esa de que “lo único inmutable es el cambio”, “los cambios que estamos viendo son impresionantes”. Bien, es afirmación no es correcta.

Vamos a ver, ¿cuándo ha habido más cambios? ¿Del año 1940 a 1980 o desde 1980 hasta 2020? En el año 1940 vivíamos una guerra incivil e independientemente de eso las condiciones de habitabilidad de los hogares eran muy pobres en comparación con las actuales. Basta comparar una casa en los dos períodos de tiempo. Los electrodomésticos existentes en 1980 eran los mismos que los del año 2020. Sí, la calidad ha mejorado; pero el aparato era el mismo. En 1940, simplemente, no había ni lavadoras, ni frigoríficos, ni televisiones, ni semejantes. Entre los años 80 y la actualidad lo más destacable, la hiperconectividad vía teléfono móvil, Internet, y hasta ayer, de  los medios de transporte.

Volviendo a Rumsfeld, no sabemos cuándo acabará toda esta historia del virus. Eso es evidente. Pero lo más importante, lo que distingue al buen dirigente o gestor (aquí incluyo una empresa, una familia e incluso uno mismo) es prepararse para lo inesperado. Eso es lo que pasa más a menudo.

¿Cuál es la forma de afrontar lo inesperado? Se pueden seguir varias recomendaciones. A nivel personal, será conveniente cuidarse, controlar las cuentas, estar alerta para valorar si un puesto de trabajo o un mercado concreto corre riesgo de desaparecer (el teletrabajo está demostrando que mercados basados en intermediaciones están en peligro). A nivel empresarial, lo mismo. A nivel de gestión pública, tenemos un problema grave. Todos los políticos, estén en el gobierno o la oposición, se preocupan más por su relato, por defender lo suyo, por atacar al rival. Sólo así se explican ataques de unos y otros llamándose, de manera refinada, “asesinos”. Esto hace que la confianza en ellos esté bajo mínimos. En este aspecto, me gustaría hacer un llamamiento a los medios de comunicación. Por favor, cuando pregunten algo concreto, exijan una respuesta concreta. En caso contrario, insistan. Sigan haciéndolo. Y si el político dice que no le parece correcto contestar, ya está.

Sea de una u otra forma, debemos ser humildes y reconocer todo lo que no sabemos que no sabemos. Así emergerán los líderes, aquellos que, en palabras de Daniel Khaneman, son “quienes logran que la confianza colectiva a largo plazo se imponga sobre la incertidumbre a corto”.

La batalla del relato (4 de mayo, Diario de Navarra).

Christian Salmon, autor francés, escribió en el año 2008 el libro “storytelling”. Ahí es donde se explica la esencia de la denominada “batalla del relato”, según la cual lo que importa no es un hecho concreto. La clave es la percepción que se tiene del mismo, y para ello lo mejor es idear un relato que suene bien y se almacene, con facilidad, en los cerebros de los seres humanos. Dejemos que Salmon resuma la idea: “Así pues, el arte del relato que, desde los orígenes, cuenta, esclareciéndola, la historia de la humanidad, se ha convertido bajo la insignia del storytelling en el instrumento de la mentira del Estado y del control de las opiniones…..El imperio ha confiscado el relato”.

¿Qué resumen se hará en el futuro de los días presentes? ¿Cómo reaccionó el gobierno? ¿Y la sociedad? ¿Fue todo una sorpresa descomunal o hubo dejadez por parte de los dirigentes? ¿Las acciones de los políticos estaban encaminadas a sofocar la enfermedad o se imponían las falsedades y las estrategias partidistas?

Todo ello entrará en la denominada “batalla del relato”. De hecho, según el propio Salmon la época del storytelling ya pasó; ahora estamos viviendo la era del enfrentamiento. Eso implica buscar chivos expiatorios para ocultar deficiencias internas priorizando, siempre, la búsqueda del poder. Bueno, vamos a refinar la idea de Salmon. En realidad, estamos en la era del enfrentamiento….mediante relatos.

Cuando el problema catalán (sí, eso que pasaba en la Edad de Piedra) ocupaba las portadas de los periódicos había una conclusión unánime: “los independentistas están ganando la batalla del relato”. Eso es: “Madrid nos roba”, “Estamos marginados”, “No se nos tiene en cuenta en las decisiones fundamentales”. Es historia de la humanidad: se potencia un relato estimulando los sentimientos de la población mediante el control de algunos canales de comunicación y fomentando actividades culturales o manifestaciones reivindicativas. Ahora bien, ¿cómo están ahora las cosas?

En estos momentos el espectro político ha cambiado totalmente. Si en el Congreso de los Diputados existía una atomización muy clara, ahora ya no es así. Por un lado, están PP, Ciudadanos, Vox y UPN. Por otro, PSOE, Podemos con sus confluencias y los nacionalismos periféricos. Existen pequeñas bisagras como Teruel Existe o Coalición Canaria, pero globalmente tenemos dos bloques. En caso de dudas, consultar el Parlamento de Navarra.

Cada bloque está peleando por su narrativa. Para unos, ”el Gobierno siempre ha actuado correctamente siguiendo las indicaciones de los científicos”. Para otros, “el Gobierno no hizo caso a las advertencias internacionales y ni siquiera se preocupó de que los sanitarios contasen con las condiciones adecuadas”.

Es muy triste, pero gran parte del comportamiento de unos y otros está basado en defender su relato. Veamos cómo lo hacen con dos ejemplos: encuestas y número de fallecidos.

Lo más deplorable que he visto en tiempos es la reciente encuesta del CIS (centro de investigaciones sociológicas, aunque muchos le denominan centro de investigaciones socialistas). Para comprender su funcionamiento, vamos a fijarnos en las preguntas. Supongamos una encuesta con dos opciones. UNO. Se debe apoyar al gobierno sin condiciones. DOS. Se deben poner trabas al gobierno y criticarle en todo lo que haga. Lógicamente, la mayor parte de las personas escribiríamos la opción uno. Es lo que pasó. Así muchos medios nacionales titulaban: “el 90% de la población está de acuerdo en apoyar al gobierno sin condiciones”.

La trampa es que faltaba una opción más razonable. TRES. Se debe apoyar al gobierno si bien se pueden criticar las acciones que no nos parezcan adecuadas. La inmensa mayoría de la población habría puesto esta opción. Al poner sólo las dos primeras, José Félix Tezanos (presidente del CIS) logra sesgar el resultado.

¿Cuántos muertos llevamos? ¿Cómo contabilizarlos? Otro asunto que ha originado controversia. Vamos a contabilizar diferentes tipos de fallecimientos. UNO. Enfermos de coronavirus. Puede que hayamos detectado su positivo, puede que no. DOS. Enfermos con coronavirus que no han soportado otras patologías que sufrían. Puede que hayamos detectado su positivo, puede que no. TRES. Enfermos sin coronavirus que no han podido ser debidamente atendidos al estar los recursos sanitarios más centrados en los contagiados por coronavirus. CUATRO. Otros fallecidos.

            Admitiendo que es muy complicado hacer una discriminación exacta en todos los casos, está claro que los decesos del grupo cuatro no son debidos al coronavirus. Los demás sí.  

Cuidado, que ahora lo más importante no son los números, aunque algunos no lo quieran ver así. Son las personas. Una, dos, tres, cuatro…De una en una. No de mil en mil. Eso es lo único que debe contar y aquello por lo que debemos trabajar.

            Cuando pase todo esto será el momento de valorar los discursos y hechos que estaban centrados en la batalla del relato.

            Ahora la batalla que nos toca es otra.

            Y la confianza en la sociedad civil, total.

            Venceremos.

            Tic, tac, tic, tac…..

            Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law Ediciones). www.asociacionkratos.com

Medidas (4 de mayo, Diario de Noticias).

Cada vez hay más expertos que conocen cuáles son las medidas adecuadas para contener la expansión del maldito bichito. Sólo falla un pequeño detalle: las diferencias en el enfoque son enormes. Para unos el confinamiento es excesivo, para otros es necesario. Unos dicen que está bien parar la actividad “no esencial”, otros dicen que es un disparate. Unos dicen que es adecuado no poder salir a pasear, otros dicen que es lo más seguro. Unos dicen que está muy bien que Google controle nuestros movimientos (ya hasta manda avisos para que las personas más revoltosas se queden, de una vez, en casa), otros dicen que al final van a controlar hasta nuestras emociones. En este caso, merece la pena resaltar una hipótesis propuesta por el israelí Yuval Noah Harari. Nos podrían poner una pulsera para saber cuáles son nuestros movimientos. Sí, eso es correcto. Sin embargo, dicha pulsera puede detectar nuestras sensaciones cuando oímos un discurso político o paseamos por un centro comercial. En otras palabras: ¡el Gobierno podría deducir incluso nuestro voto!

            Todo esto expone una idea muy sencilla: seguimos sin tener claro a lo que nos enfrentamos. Cada país prueba mecanismos diferentes aunque se va alcanzando cierta convergencia. Es un método muy antiguo: se llama prueba y error.

            Es lógico priorizar la salud a la economía, es lógico que el Estado ayude a todas las personas con problemas. Pero como los recursos son limitados, se debe elegir. Para elegir, se debe tener la mejor información posible. Y para ello es fundamental el fondo (estadísticas, números) y la forma (sencilla y concisa). Es mejor ser claro durante diez minutos al día que meter un discurso infumable de setenta minutos a la semana.

No obstante, existe un problema de confianza: muchos ciudadanos no se fían de estos mensajes. Eso indica que nuestras democracias todavía no han madurado. La rendición de cuentas en el caso de ocultar datos relevantes, mentir o realizar actividades corruptas debería ser más dura y estricta. Sin embargo, personas como Juan Carlos Monedero o Cristina Cifuentes son invitados a los platós televisivos a dar su versión de la realidad, cuando su historial no es muy limpio que digamos. ¿Cómo puede ser?

            Un aspecto marginado es el tema de la cadena de suministro. Muchos agricultores tienen dificultades para poder coger su cosecha. Es muy complicado llevar a 50 personas a trabajar al campo de una en una. Sí, los sanitarios son los que tienen prioridad para adquirir los EPI (equipos de protección individual). Pero dejar recursos alimenticios tirados es un desperdicio que no nos podemos permitir, y más aún cuando toda esta historia hace que el desplazamiento de bienes y servicios sea más complicado. ¿Existe algún plan para eso? ¿Se puede crear un mecanismo de incentivos para evitar estas posibles pérdidas? Insisto: no podemos olvidarlo. Los agricultores  deben realizar su trabajo con la mayor seguridad posible.

            A nivel europeo, está el tema de la parálisis política. El Gobierno español pide la emisión de los ya famosos “coronavirus”, pero debemos entender a Europa. Tienen razones para estar resentidos debido al enorme despilfarro realizado en los años precedentes, con amplios desvíos del déficit público. Eso sí, también es verdad que las ventajas fiscales del norte les reportan 25.000 millones de euros provenientes del sur. Holanda no es tan ejemplar. En fin, hay que contarlo todo.

 Si tal y como sugieren muchos estudios la deuda pública sube al 130% del PIB, lo que va a ocurrir es sencillo; un rescate encubierto. La Unión Europea va a liberar más de un billón y medio de euros. Y subiendo. Está claro que España tendrá una gran cantidad de este dinero y que Europa va a ayudar: no hay otro camino. El proyecto conjunto está en juego. La cuestión ahora será saber la labor que ocuparán los “hombres de negro” en el control de las cuentas públicas futuras. Eso sí, no puede ser que las cosas del palacio vayan tan despacio.

            Además de todo lo anterior, otra opción adicional (Gran Bretaña) sería la compra por parte del BCE (Banco Central Europeo) de bonos emitidos por países que necesitan financiar la ingente ayuda social que va a necesitar su población. Los intereses deberían ser negativos para aliviar la carga fiscal.

            Sigue siendo urgente la adquisición o elaboración de EPI para poder ayudar a las personas a volver a la vida normal, cosa que ocurrirá muy lentamente. ¿Existe algún plan para que empresas privadas puedan realizar esta labor? ¿Cómo se les va a recompensar?

            Por último, es difícil valorar las medidas a tomar cuando todo termine. ¿Aventuramos alguna?

            Ajustes de la Seguridad Social: más tiempo de cotización, recorte de algunas pensiones. Valoración de la renta básica. Reevaluación de los gastos del Estado.  Ampliación del presupuesto sanitario. Mayor control tecnológico. Aumento de la digitalización de la economía. Nuevos mecanismos de gobernanza global. Restricción a las ventas de pangolín en los mercados chinos.

            Bienvenidos al futuro.

Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior&Law).

www.asociacionkratos.com

Coronaeconomía (OBSERVATORIO ECONOMÍA DE LA CONDUCTA; 15 de abril).

Es indudable que la crisis del bichito va a cambiar la estructura de la economía habitual. Y no se trata sólo de la gran cantidad de endeudamiento que van a tener los diferentes países. El hecho de si se podrá pagar todo es mejor dejarlo para los expertos, si bien dicha palabra empieza a tener un significado difuso. Por un lado, cuando escuchamos, por ejemplo, que un escalador ha tenido un accidente y ha fallecido siempre se escucha la misma monserga: “¿cómo puede ser, si era un experto”? Cuando la frase adecuada debería ser la contraria; ha tenido un accidente por ser experto. Es lógico: tarde o temprano, un experto tiende a confiarse y se relaja. Lo mismo ocurre a grandes empresarios que han tenido carreras modélicas y terminan en la ruina. No podemos comprenderlo. Claro que esto no implica que todos los expertos sean unos fracasados; simplemente, a veces las cosas no siguen el sentido esperado.

            ¿Podrá el coronavirus variar el sentido de la economía?

            Para contestar a esta pregunta, debemos valorar dos enfoques: el técnico y el teórico. En el primer caso, el cambio es evidente. Los Bancos Centrales están haciendo políticas que no son convencionales; algunas parecen ir contra sus propios estatutos. No obstante, es normal: si los tiempos cambian, las políticas deben hacerlo. Es un dicho antiguo y cierto: no se pueden resolver problemas nuevos con métodos antiguos. En ese caso, caemos en la denominada “necrofilia ideológica”. Consiste en ajustar la realidad a nuestra ideología para aplicar unas medidas concretas. Esta estrategia es muy peligrosa, y animo al lector a buscar en cualquier ámbito, sea nacional o internacional, dirigentes que apliquen esa visión. Son muy, muy peligrosos. No obstante, vamos a apartar debates como la posible emisión de coronabonos, la ampliación y reparto del MEDE (mecanismo europeo de estabilidad), el programa SURE (para proteger a los desempleados), la aplicación de una posible renta básica o los protocolos sanitarios más adecuados para profundizar en el enfoque teórico de la economía.

            La teoría tradicional está basada en que las personas son racionales y que a partir de unos determinados niveles de información y conocimientos se toman las mejores decisiones posibles. No siempre serán las mismas: una persona de derechas tiende a priorizar la creación de riqueza aunque el coste sea un sacrificio en términos de  equidad. A su vez, una persona de izquierdas tiene a priorizar la equidad, aunque el coste sea un sacrificio en la creación de riqueza. Sea de una u otra forma, ambas personas estarán de acuerdo en lo mismo: desean que suba el PIB, una inflación moderada, un desempleo bajo y un Estado del bienestar que cubra, en más o menos nivel, las necesidades básicas.

            Por supuesto, el primer problema que aparece es la razón por la cual la economía se denomina la “ciencia lúgubre”: no hay para todos. Se debe repartir. Es el primer concepto: coste de oportunidad. Realmente, también es el último. Toda decisión, incluso la que no tomamos, tiene un coste.

            Hasta ahí, todo normal. Pero esta crisis ha visualizado problemas que la economía tradicional no tenía en cuenta. Podemos enumerar alguno.

            En teoría, los políticos toman las decisiones en cuanto divisan  problemas futuros. En la práctica, están anclados en el presente: el mañana nunca llega.

            En teoría, se aplican las mejores políticas para la comunidad. En caso de no hacerlo, se pierden las elecciones. En la práctica, se trata de construir un relato que aporte una visión positiva de un lado y negativa del otro. Importa la percepción de los hechos, no los hechos en sí mismos.

            En teoría, cada país es independiente de los demás y por tanto puede tomar decisiones propias sin pensar en las consecuencias de la misma. En la práctica, la independencia es política pero no económica. Y esto es lo que cuenta: todos los días consumimos productos de los cinco continentes.

            En teoría, la economía se preocupa de repartir unos recursos escasos en un mundo con muchísimas necesidades e infinitos deseos. En la práctica, la economía está interconectada con nuestro planeta (incluso con el espacio), el clima, las finanzas y la biodiversidad. Un desequilibrio puntual es un desequilibrio global.

            En teoría lo importante es el nivel económico de las personas. En la práctica, las personas “somos lo que decidimos” (Mariano Sigman).

            En teoría, todas las políticas las hace el Estado, el cual es responsable del bienestar de los ciudadanos (esta idea es del Estado….¡y de los ciudadanos!). En la práctica, este virus lo paramos entre todos: es decir, los actos de cada persona influyen en la comunidad global. Es el famoso dicho de Alejandro Magno: “de la conducta de cada uno depende el destino de todos”.

            En teoría, el primer principio de cada párrafo es de la economía tradicional y el segundo, de economía de la conducta.

            En la práctica, la economía de la conducta ha existido siempre. La tradicional estaba ligada a la estructura socioeconómica de la época.

            Javier Otazu Ojer.

            Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior & Law Ediciones).

El mundo que viene (5 de abril).

Menuda panorama tenemos. Las cifras de marzo en términos sanitarios y económicos son desoladoras. Si bien es el momento de seguir buscando medidas que puedan mitigar la emergencia que estamos viviendo, también es razonable pensar en cómo va a ser el mundo de mañana. Así, aunque muchos “expertos” están pensando en diversos escenarios futuros (por cierto, ningún experto, que yo sepa, diseñó en el pasado como escenario posible lo que estamos viviendo en el presente), vamos a intentar divisar algunas pautas basadas en dos premisas. Uno, no se puede predecir la economía del futuro, ha ido variando a lo largo de la historia. Dos, sí se puede predecir el comportamiento humano: siempre ha sido el mismo.

            Veamos cómo funcionan estas premisas. Por ejemplo, está claro que la variación del PIB de este año va a ser muy volátil. Si pensamos en los años pretéritos, las diferencias en las previsiones de diferentes organismos, fuesen nacionales o internacionales, era de unas pocas décimas en términos de PIB. Ahora, nada se sabe. Sí, depende del tiempo que dure el confinamiento. Pero la vuelta no será gradual, durará  mucho tiempo. Y eso nos lleva a una gran bajada del PIB. Personalmente, yo estaría encantado de que estuviese entre el 5% y el 10%, pero esos números son intuitivos. Por desgracia, a veces es desesperante leer algunos estudios. Durante estos días, prestigiosos analistas decían que “la subida del PIB no va a ser el 1,7% previsto”. En fin, penoso.

            En conclusión, estamos en una situación de tal incertidumbre que no se pueden hacer previsiones ni económicas, ni sanitarias. La volatilidad es la norma. Si leemos entrevistas a diferentes epidemiólogos las opiniones no pueden ser más diversas: unos decían que en mayo iba a llegar la normalidad (ahora no lo dice nadie), otros que este asunto se puede alargar meses, otros uno o dos años, otros que esto va a durar siempre, si no es en forma de Covid 19 será un Covid 20 o un Covid 21. En definitiva, como una serie de terror: Covid, el regreso. Estadísticamente, alguno acertará. Esos se llevarán la gloria, escribirán libros y saldrán en los medios un día sí y otro también…hasta que la normalidad sea absoluta.

            A día de hoy, hay una manera infalible de hacer previsiones. Si oímos que “los colegios se están planteando que los alumnos no vuelvan a clase durante el curso”, “el alcalde de Pamplona está valorando un aplazamiento de los sanfermines” o “el gobierno estima que se puede alargar el confinamiento” ya podemos dar por hecho que no habrá clase durante el curso, se aplazarán los sanfermines (si no se suspenden) y que habrá más confinamiento.

            Existe también una forma de saber cómo está la situación: si Sanidad dice que “todo está bajo control” es que no lo está o que al menos, estamos cerca del descontrol. Es como cuando un presidente de un equipo de fútbol dice que “el entrenador puede estar tranquilo, tiene toda nuestra confianza”. Esa frase suele ser la antesala del despido. Además, la manera de dar la información es importante: no es lo mismo decir “vamos a comprar respiradores”, que decir “ya tenemos respiradores”. En estos momentos la ciudadanía quiere hechos presentes, no perspectivas futuras. Por cierto, tampoco es lo mismo decir “fallecidos por coronavirus” que “fallecidos con coronavirus”. Los estrategas de la información lo saben y lo aplican muy bien.

            Así, ya tenemos pautas para leer entrelíneas todo lo que nos indican. Y sí, ha quedado clara la dificultad de valorar el mundo que viene. Pero es el momento de afrontar ese desafío.

            A corto plazo, la pandemia hará mucho daño en países pobres. En el sur va a llegar a la vez el invierno y el coronavirus, y eso en lugares donde no hay acceso de agua potable (el mejor remedio sigue siendo lavarse las manos con agua y jabón) es sinónimo de catástrofe. Como consecuencia de ello, la ralentización global aumentará al restringirse el movimiento de personas a nivel mundial. A medio y largo plazo, salvo gran sorpresa en forma de remedio milagroso, se controlarán a las personas tecnológicamente mediante aplicaciones de móvil. Así se investigarán movimientos de posibles infectados en el pasado. A eso se le llama, en epidemiología, estudios de casos y controles.

            A nivel económico, el paro aumentará debido a tres efectos. Uno, la mejora tecnológica, que va a continuar. Dos, el golpe de esta crisis a los negocios relacionados con el contacto humano (bares, discotecas, grandes eventos) o con la globalización (viajes, turismo). Tres, el tiempo que va a costar volver a las costumbres anteriores, sea ritmo de compras o salidas de casa.

            A partir de ahí, habrá ¿qué medidas se pueden aplicar para mitigar estos efectos? Hay muchas posibilidades, pero todas deben recordar un principio básico: no se pueden resolver problemas nuevos con métodos antiguos.

            Sí. Necesitamos visionarios.

Ideas encerradas (artículo, 22 de marzo)

                Las medidas sanitarias, para los profesionales. Las aplicaciones de las mismas, para todos. Y los tiempos que nos tocan vivir, completamente inesperados. ¡Si nuestras preocupaciones eran la aprobación de la ley de libertad sexual y la reunión de la mesa de Cataluña! Parecen noticias de hace un siglo.

 Eso sí, pocas veces ha sido tan difícil filtrar tanta información. Es fundamental confiar en los medios habituales, ya que en las redes sociales o en el whatsapp circulan muchos bulos y las noticias son muy delicadas. Incluso es recomendable no estar pendiente todos los segundos del día del móvil y de las noticias: nos desenfocan completamente y nos impiden tener la tranquilidad y serenidad necesarias para afrontar esta situación.

 Ahora bien, ¿qué se puede hacer en términos económicos? Miles y miles de agentes económicos que eran generadores de riqueza van a necesitar, a partir de ahora, subsidios. La situación de crisis es descomunal. No se había conocido algo así desde la guerra. Por lo tanto, se requieren medidas extraordinarias.

            Es el momento de mirar al BCE (Banco Central Europeo).

            El BCE debe comprar bonos emitidos por los Estados a un tipo de interés negativo para financiar la ayuda que van a necesitar las personas en toda la zona euro. Es mejor referirnos a personas: no a empresas, PYMES, pueblos o grupos sociales. Personas. Y si además se coordina con el resto de bancos centrales, mejor.

Hay muchas pautas de comportamiento obligatorias, pero también podemos elegir otras. En todo caso, mantener el buen humor es fundamental. Y el foco de la comparativa, también. Entre estar encerrados en casa y salir a la calle, preferimos lo segundo. Sin embargo, no se debe hacer ese enfoque. Se trata de elegir entre estar encerrados en casa y el riesgo de adquirir el coronavirus (junto con una buena multa). La enfermedad supone amargar la vida a las personas que conviven con nosotros, un confinamiento adicional de 14 días una vez superada la enfermedad, y en caso de gravedad, el uso de más recursos sanitarios. ¿Merece la pena?

            Es más sencillo decir o escribir las cosas que hacerlas, ya que, como decía Alfred Adler, “es más fácil tener unos principios que vivir de acuerdo a ellos”. No obstante, vamos a profundizar un poco en la valoración de la situación primero y después, buscaremos energía que nos pueda motivar a hacer las cosas mejor.

Llevamos peor la incertidumbre que la realidad. En otras palabras, es peor la posibilidad de tener una cuarentena que la cuarentena en sí misma. Admito que muchos lectores pueden dudar de semejante información, pero está más que testada en los análisis de muchos psicólogos sociales. Claro que no se puede generalizar, y siempre se podrá argumentar que “es mejor trabajar estando preocupado por ir al paro” que “estar en el paro”. En términos objetivos, claro que todos elegimos la primera opción. Pero en términos mentales o de preocupaciones individuales, la cosa ya no está tan clara.

            En definitiva, llevamos muy mal la incertidumbre. Si tenemos una costumbre establecida es la de tener todo organizado en agendas: desde el amanecer hasta el anochecer, desde el uno de enero hasta el 31 de diciembre. Si pensamos en nuestra vida de ayer, la teníamos más que teledirigida, con poco espacio para la improvisación. Ahora, un torrente de tiempo ha llegado a nuestra vida. Además, a eso se le añade el inconveniente de tener los ingresos futuros en el aire debido a la situación económica.

            ¿Cuál es la fuerza que nos puede motivar a hacer las cosas mejor? Una “frase mágica”, un principio, un propósito. Los ideales ubicados en el fondo de nosotros mismos son fundamentales. Un ejemplo. Está demostrado que en los años 80/90 los países del este usaron técnicas de dopaje para ganar medallas en Olimpiadas o Mundiales. ¿Cómo no recordar a los atletas de Alemania Oriental o los soviéticos que volaban en las carreras? Eso es así. Sin embargo, tenían una energía adicional. ¿Cuál era? La frase mágica. La idea es la misma, si bien puede usar diferentes formas. Por ejemplo, “esto lo haces por el pueblo y la comunidad”, “no puedes fallar a tu país”, “tu gente te necesita”. No importa. Ellos no podían fallar a tanta gente.

            La frase mágica más usada, lógica y natural es “hago esto por mis hijos”. Sin embargo, ahora vamos a necesitar más.

            Toda la comunidad son nuestros hijos, ya que “nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, al igual que si fuera un promontorio, o la casa de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.” (John Donne).

            Javier Otazu Ojer. Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior & Law Ediciones).

Efecto Tinder ( marzo).

                De las múltiples aplicaciones existentes para flirtear, una de las más usadas es Tinder. Consiste en conectarse al teléfono  y conocer personas del otro sexo que estén interesadas en buscar una relación. Por supuesto, la palabra “relación” tiene muchas posibilidades (no sé si la nueva ley de libertad sexual las dejará claras o no; sólo se le pide una condición: que sea clara). En todo caso, la aplicación permite ver fotos de  personas que están cerca de un determinado arco geográfico. Si alguien nos parece atractivo se indica en el programa. Si tenemos la suerte de que le parecemos atractivos a la otra persona, aparece un flechazo para los dos interesados. Bingo. A partir de ahí, se indican los contactos de cada uno y ya se puede establecer una cita.

            Por razones culturales y genéticas, la proporción de hombres que busca una relación esporádica es mayor que la de mujeres. Sí: hay chicos que  buscan relaciones de pareja estables y chicas que desean alguna aventurilla, pero los números, números son. La cuestión clave es la siguiente: la persona que mejor flirtea no tiene porqué ser la mejor pareja. Así, desde el enfoque de la Economía de la Conducta se denomina “Efecto Tinder” a las señales que se envían en mercados con información asimétrica para lograr un objetivo  (tener una cita, detentar el poder) diferente a lo que se establece a priori (relación de amor, velar por la comunidad).

            Hasta ahora, había dos mercados en los que se daba este efecto: el amor y la política. Saber engatusar muy bien a una chica (ese es el sentido más habitual; por supuesto, la frase sirve también en sentido contrario) no implica ser un príncipe azul. En este sentido, llama la atención la historia de ShimonHayut, un israelí que logró más de un millón de euros después de seducir y conquistar al menos a diez chicas. No es el único caso; hace tiempo se comentó el caso de otro chico que había logrado citas con más de cien mujeres. Por otro lado, en la política los casos “Tinder” abundan. Ser un buen candidato a una presidencia  no asegura la mejor gestión. Es más; ni siquiera asegura ganar las elecciones. Por desgracia, es lo que hay. ¿Se pueden mejorar los incentivos y las reglas para poder estar más tranquilos? Depende. En el mercado del amor, la clave es estar atentos a los pequeños detalles y no tener siempre la cabeza nublada por pajarillos, poesías hermosas o frases románticas. Lo que cuenta son los hechos. En la política, no hay mucho que hacer. Por desgracia, la mentira no está mal vista y no se penaliza en ningún momento. Siempre hay alguna justificación. La estrategia es la siguiente: “igual no somos los mejores, pero los otros son los peores”. Así, se etiqueta a los rivales de cualquier manera: trifachito, extremistas, veletas, separatistas o comunistas y asunto arreglado. Muy triste.

            La cuestión es que ahora existen más mercados en los que ha aparecido el efecto Tinder, y eso empieza a ser preocupante. Sí, el mercado del trabajo se puede considerar uno de ellos. Pero si el trabajador no cumple, siempre se le puede despedir. Si el empresario no cumple, siempre se le puede denunciar. No es mucho, ya que existen situaciones delicadas y complejas en ambos casos, pero algo es algo.

            Vamos al caso del coronavirus. Siempre aparecerán falsos curanderos que nos prometen la curación si vamos a sus consultas, siempre aparecerán catastrofistas que nos explicarán las razones por las que nos encontramos en el fin del mundo. Si no se cumplen sus profecías, siempre podrán decir que es debido a algún imprevisto. Es curioso, pero si en algunas redes pinchamos “la tierra es plana” (recientemente murió una persona en un accidente intentando demostrarlo) tenemos más enlaces que en el caso contrario. ¿Lógica oculta? Nos llama la atención lo extraño, lo desconocido, lo misterioso y lo que cambia la perspectiva de la vida: al fin y al cabo la realidad es aburrida y plana.

            Por esa razón tenemos atracción por populistas que prometen un mundo maravilloso para todos o a organizaciones que nos ofrecen una vida de luz y color. Incluso podemos llegar a buscar la motivación de forma extrínseca mediante estimulantes que segreguen uno de nuestros anhelos más profundos: la dopamina, hormona del placer.

            Sea de una u otra forma, debemos estar atentos al efecto Tinder. Se da siempre que quien ofrece un mensaje no sufre una penalización en el caso de mentir: un amante interesado o un político con anhelo de poder a cualquier precio. También se da si el emisor del mensaje  puede ofrecer una tergiversación de la realidad que le suponga una defensa que no manche su reputación.

            En un mundo lleno de incertidumbre, expectativas dudosas y anhelos de esperanza, los que saben manejar el efecto Tinder hacen su agosto todos los meses del año.

            Javier OtazuOjer.

            Autor de Ideas de Economías de la Conducta (Behavior and Law).         

            UNED de Tudela.

Epidemiología (febrero).

                En un mundo globalizado como el nuestro, no era difícil suponer que el coronavirus y su enfermedad (COVID 19) podrían a llegar a Europa. De momento, Italia. ¿Qué va a ocurrir? Incertidumbre total. ¿Cuáles son las medidas a tomar para minimizar el posible contagio? Lo más recomendable es seguir los consejos de la OMS (organización mundial de la salud). Es decir, lavarse las manos a menudo, tener cuidado al estornudar y tomar todas las medidas necesarias para potenciar nuestro sistema inmunitario. ¿Son peligrosos los virus? Más que las bacterias. En este caso se combaten con antibióticos, para los virus la cuestión es más compleja.

            Eso sí, podemos empezar con un mensaje de tranquilidad: la tasa de mortalidad es muy baja, alrededor del 2%. Y debemos continuar con un aspecto preocupante a nivel político. Es fundamental que los mensajes  sean claros, fiables y transparentes. China  trató de ocultar el problema y silenció al médico que alertó de los primeros casos: Liu Wenliang. Por desgracia, Liu falleció como consecuencia de su contagio.

            La disciplina científica que se dedica a buscar “los factores que determinan la frecuencia y la distribución de las enfermedades en las poblaciones humanas” se llama epidemiología. Las primeras investigaciones las realizó el médico John Snow en Londres (año 1832). Cuando estudiaba las posibles razones que generaban la epidemia del cólera, comprobó que era causada por el consumo de aguas contaminadas en diversos pozos. A partir de ahí, la enfermedad comenzó a remitir.

            Por desgracia, no es tan fácil determinar la causalidad de las enfermedades. Por ejemplo, el tabaco se considera un factor de riesgo del cáncer de pulmón ya que si se fuma es más fácil caer enfermo. Sin embargo, ni todos los fumadores tienen cáncer de pulmón, ni todas las personas que tienen cáncer de pulmón han fumado. Existen los denominados criterios de causalidad de Bradford Hill, que se usan como referencia básica en las publicaciones científicas.

            En el caso del coronavirus, se conocen las formas de contagio. Eso es muy  importante. Ahora bien, se deben distinguir las diferentes situaciones epidémicas. Comienzan por la enfermedad esporádica, pasamos a endemia (área geográfica determinada), hiperendemia (endemia con transmisión intensa), epidemia (en una región concreta los casos de la enfermedad exceden la incidencia habitual; ha pasado recientemente con la gripe en Navarra) y pandemia (epidemia que afecta a varios países o continentes). No debemos asustarnos con las palabras: las bolsas han bajado de forma fulgurante al admitir la OMS la posible existencia de una pandemia, pero una pandemia es lo que es. Y no es el fin del mundo, aunque claro que se deben usar todas las medidas de prevención posible. Ahora bien, ¿de qué tipo son?

            En primer lugar, existe el nivel primario. Tratan de reducir la incidencia de la enfermedad y de proteger la salud. Aquí se encontrarían las medidas que está recomendando la OMS. Un caso particular de prevención primaria es la prevención primordial. En este caso, las medidas son obligatorias. Un ejemplo sencillo: usar mascarillas en lugares públicos.

 Pasamos al nivel secundario, el cual tiene como objetivo el diagnóstico y el tratamiento precoz. Se usa para enfermedades peligrosas cuyos síntomas tardan en manifestarse y cuando somos conscientes de ellos, ya es demasiado tarde. Ejemplos de prevención en este caso son el cáncer de colon (hombres) o el de mama (mujeres). Cuando la enfermedad ha llegado, pasamos a la prevención terciaria. En este caso el objetivo es retrasar la progresión de la enfermedad y prevenir posibles incapacidades.

Las medidas de prevención están asociadas a las fases de la evolución de las enfermedades. Primero: susceptibilidad. Nos encontramos en el período de exposición que puede llegar a producir dicha enfermedad. Segundo: fase de latencia. Cambios corporales que no se detectan a nivel clínico. Cuando llegamos a este punto, estamos en la tercera fase. Los síntomas ya son reconocibles. La cuarta fase es la de incapacidad, valorando así la limitación que tenemos las personas para realizar diferentes actividades como resultado de un proceso agudo o crónico. De nuevo, no debemos asustarnos con las palabras: un simple catarro es una incapacidad, ya que no estamos con el nivel de energía habitual para seguir con nuestra vida cotidiana. Claro que también existen incapacidades que nos limitan de manera persistente, como una diabetes.

Bien, conocidos los conceptos básicos de epidemiología ya podemos definir la situación actual. La enfermedad causada por el coronavirus, llamada COVID 19, tiene riesgo de convertirse en pandemia. Aunque es preocupante, no es grave debido a su baja tasa de mortalidad. Existen problemas para evitar su transmisión debido a que la fase de latencia es muy larga. No obstante, es adecuado tomar unas recomendaciones mínimas de prevención primaria. Los protocolos recomendados por la OMS y la actuación de los profesionales sanitarios generan confianza. Las autoridades y la sociedad civil deben estar a la altura, con transparencia en un caso y responsabilidad en el otro.

Así minimizaremos los efectos del temido coronavirus.

Javier Otazu Ojer.

Autor de Ideas de economía de la conducta (Behavior & Law Ediciones).

www.asociacionkratos.com  

Reputación (febrero).

                Si hay algo difícil de recuperar cuando se pierde eso es la reputación. En el célebre libro de “las 48 leyes del poder”, de Robert Greene, se expone la tesis de que se pierde para siempre. Por ejemplo, un presidente que dimite por un caso de corrupción probado se queda sin ningún tipo de prestigio personal. En Navarra conocemos casos así.

            Aunque los casos de corrupción son alargados en el tiempo, la reputación también se puede perder en unos pocos segundos. Ejemplos claros son dos antiguas presidentas de la comunidad de Madrid: Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre. La primera, sobre todo, por un robo grabado en un supermercado. La segunda, por tener una trifulca con la policía después de un incidente de tráfico. En ambos casos, subyace una cuestión: ¿cómo te voy a hacer caso si no cumples aquello que debes hacer cumplir?

            Todos aquellos casos que permiten colgar un sambenito en una persona de por vida deben evitarse: un error mínimo es una ruina. Se lo podemos preguntar a José Luis Abalos, ministro de fomento: después de su reunión con Delcy Rodríguez en el aeropuerto de Barajas salió a dar explicaciones del caso (la expresión es correcta: dio muchas explicaciones) y este asunto puede marcar su carrera política. José Blanco, antiguo ministro socialista, tuvo una reunión en una gasolinera que manchó su reputación y dejó una imagen de persona poco transparente. José Manuel Soria, antiguo ministro popular, quedó marcado por tener cuentas en paraísos fiscales. Los ejemplos abundan.

            Aunque es importante evitar la reputación negativa, se han puesto de moda empresas que fomentan la reputación positiva. En especial dentro de las redes sociales. La directiva del Fútbol Club Barcelona tiene problemas: ha sido acusada de contratar a la consultora de análisis de datos I3 Ventures para mejorar su imagen (lo cual es adecuado y legítimo: lo hacen muchas personas e instituciones) y perjudicar la imagen de futbolistas o personas ligadas a su club que podrían competir con ellos en el futuro por adquirir cuotas de poder.

            El peso del Currículum Vitae permanece: indudablemente es importante para poder aspirar a diferentes puestos de trabajo. Sin embargo, se debe cuidar la reputación en la red. De hecho, existen dos mercados en los que las señales previas no aseguran un buen desempeño futuro. Son el mercado laboral y el mercado del amor. Un buen currículum no asegura ser el mejor profesional de la empresa. Por otro lado, saber seducir de forma irresistible a una persona no asegura ser el mejor compañero de vida futuro.

En estos casos, siempre se investiga en la red. No hay que ser muy imaginativo: si un empresario va a contratar a alguien, es difícil que no se vaya a un buscador, apunte su nombre e indague un poco. Por otro lado, si conocemos a alguien con quien nos planteamos iniciar una relación de pareja también es muy difícil que no investiguemos acerca de su pasado en la red. En este caso, merece la pena recalcar una curiosidad: es el tema de las fotos que se dejan colgadas. ¿Cómo podemos saber si dicha foto es la de la persona con la que estoy chateando? Si hay tanto engaño en la red, ¿cómo controlar esa cuestión? Se están desarrollando aplicaciones que sirven para buscar imágenes que correspondan a lo que estamos viendo. Así, puede ser que una foto de un aspirante a pareja sea un escritor norteamericano o una cantante inglesa.

Por todo ello, es útil cuidar la reputación en la red. No vale ver nuestro ordenador, ya que si tecleamos términos como “pensamiento crítico” en el mismo el buscador tiene en cuenta, además del concepto asociado, las páginas donde hemos navegado anteriormente. Son las cosas de los algoritmos. Es decir, es primordial investigar la información que se necesita en otros dispositivos.

Por desgracia, debemos recordar un dicho antiguo: “hecha la ley, hecha la trampa”. Algo positivo como tener más información de una persona, empresa o institución tiene interferencias. Existen webs que recomiendan diferentes establecimientos como restaurantes, hoteles o bares. No obstante, siempre se puede exagerar una información para bien o para mal: “la comida fue maravillosa” (propietarios), “la comida fue repugnante” (competencia). Aunque se establecen filtros para evitar este tipo de estrategias, es indudable que generan un modelo de negocio.

En algunos casos por salvar nuestra reputación podemos perjudicar a la comunidad. Por ejemplo, el Gobierno de Tanzania ha prohibido grabar imágenes de coches que se quedan atrapados en el barro cuando se van de safari para evitar espantar el turismo.  En algunas crisis como la del coronavirus las autoridades tardan en reaccionar para salvaguardar la reputación: el remedio es peor que la enfermedad.

¿Y la reputación de los políticos? La tienen por su puesto. En algunos casos, queda la trayectoria y la manera de ser.

Esos casos son los que debemos elegir para nosotros mismos.

Javier Otazu Ojer.

Autor de Ideas de Economía de la conducta (Behavior & Law Ediciones).

UNED de Tudela.

Lo esencial es invisible a los ojos.

                Muy previsibles, los debates políticos y mediáticos. Incluso es muy pasiva nuestra forma de ver las cosas, estando siempre atentos a los actos y palabras, a lo evidente. Ahora bien, ¿qué podemos decir de lo que no se ve? Recordemos la frase célebre de El principito, la inmortal obra de Antoine de Saint – Exupery: “lo esencial es invisible a los ojos”.

            Un ejemplo: Sherlock Holmes descubre a un ladrón debido a que el perro vigilante no ladra. La razón no puede ser más clara; el animal conocía a la persona que entró en el recinto.

            Sí. Tenemos la costumbre de indicar lo que vemos. Debido al  procés catalán se han ido muchas empresas. Ahora bien, ¿qué pasa con las que no han ido? No podemos saber cuántas son, pero indudablemente, hay muchas.

            Así pues, ¿qué es lo que no se ve?

            Una idea la proporciona el economista Benny Dembitzer, autor de “El hambre del vecino. Africa arde, el Norte observa”. En una reciente entrevista en la revista Mundo Negro argumenta que “la pobreza aumenta, y lo que creemos que está mejorando es lo que puede ser medido”. En otras palabras, empeora lo que no podemos valorar. ¿Qué variables entran en esa categoría? La moral, las expectativas o la inseguridad alimentaria (esta situación la sufren personas que no saben si van a comer al día siguiente). Se pueden usar aproximaciones mediante índices que nos ayuden a intuir estos valores, pero son cosas que no aparecen en las estadísticas oficiales.

            Por otro lado, se dice que los jóvenes van a vivir peor que los padres. De nuevo, depende de cómo se mire. Sí, no van a tener la seguridad laboral que se ha vivido en el pasado, cuando un trabajo era para siempre. Pero eso es debido a la nueva estructura de la economía global, con sus pros y contras. Sin embargo, tienen otras cosas. Por ejemplo, Internet, teléfonos móviles y dispositivos digitales que, bien usados, aumentan el bienestar de las personas. Sí, bien usados: no podemos olvidar que se estima en un 47% el tiempo de vigilia que pasamos descentrados, sin prestar suficiente atención a la actividad que estamos realizando, sea laboral o un café con un amigo.

            Otro aspecto de interés relacionado con los jóvenes: muchos van a recibir herencias amplias. Existen casos de personas que son hijos únicos, nietos únicos y sobrinos únicos. El problema que tendrán será el mantenimiento de sus bienes. De acuerdo, es un caso extremo. Pero cuando el retrato robot del año 2050 es una persona de 50 años con una madre y un primo, tenemos que los tíos también dejarán buenas herencias. Eso sí, un matiz. Los últimos años de vida pueden ser caros: ir a una residencia o tener un cuidador es una situación común a partir de cierta edad.

Ahora, por fin, toca la economía estándar. Recordemos  el concepto de “voto con los pies”, consistente en emigrar o no tener hijos. De nuevo, lo primero se puede evaluar. Lo segundo, no. ¿Cuántos niños han dejado de nacer por la falta de esperanza de sus padres en un futuro mejor? ¿Cuántos niños han dejado de nacer por simple comodidad? ¿Cuántos niños han dejado de nacer por falta de recursos económicos y/o temporales? Es difícil de evaluar.

Y las opciones son múltiples. Es muy complejo valorar el total de empresas que no han venido, el dinero que no se ha gastado en proyectos de inversión, las personas que no se atreven a realizar proyectos empresariales por la falta de perspectivas positivas respecto del futuro. Si confiamos en el mismo, es más fácil arriesgarnos e intentar buscar mecanismos para crear riqueza.

Con un Presidente del Gobierno a la mañana dice una cosa y a la tarde la contraria, es difícil que un fondo de inversión se atreva a invertir en España. Lo hará antes en cualquier país como Portugal o Polonia. Y lo mismo se puede aplicar en las  Comunidades Autónomas. Está muy bien que haya gobiernos formados por diferentes partidos; de hecho, es inevitable cuando la atomización de los parlamentos aumenta. Sin embargo, cuando se percibe que se crean ministerios, consejerías o altos cargos para colocar a los amigos la inversión se resiente. Cuando se abren debates estúpidos e innecesarios como la identidad personal, el pin parental o el posible lenguaje sexista de la Constitución la inversión se resiente. Cuando se usa la ideología pura y dura como razón para derogar toda la reforma laboral o se  sube el salario mínimo por igual sin tener en cuenta cada sector económico particular, la inversión se resiente. Cuando la preocupación principal de los políticos son los gestos, los relatos y la simbología, la inversión se resiente.

Cuando la inversión se resiente, el país se constipa.

En caso de duda, consultar los indicadores económicos que relacionan inversión con bienestar social.

Javier Otazu Ojer.

El efecto Pan (febrero).

                No, no me refiero a “pin pan pun”, como los pistoleros del Oeste (aunque hoy en día vivimos en un mundo en el que algunos presidentes de gobiernos sí que parecen  cumplir ese rol). Tampoco me refiero a Peter Pan, el protagonista del inolvidable cuento de Disney del niño que no desea crecer. Bueno, quizás ese asunto merecería un pequeño inciso. Es cierto que hoy en día hay personas que no desean crecer. Ya lo comentaba Joaquín Sabina, cuando decía que la adolescencia duraba hasta los 50 años. Su afirmación, aparentemente simpática, ha adquirido todo el sentido: basta dar una vuelta un sábado a la tarde por Pamplona. Los tardeos se han puesto de moda; existe una gran competencia entre locales que propicia conciertos de música en vivo o escuchar  las canciones de los Pecos y Parchís (sólo falta Casimiro para cerrar el bar).

            Tiene todo el sentido económico: ahí está el dinero. Las generaciones más jóvenes se han acostumbrado a sus “bajeras”, y aunque tienen sus salidas, es otra cultura. De hecho, en algunos casos la bajera es la primera casa, siendo su piso de residencia el segundo. En caso de duda, preguntar a los padres por el número de horas de vigilia que pasan sus hijos en su piso y el que pasan en la bajera.

            Todavía hay más. Se ha demostrado que existe una edad biológica y otra cronológica; la primera se puede calcular (los avances científicos están en ello), para la segunda, basta consultar nuestro DNI. Hace varios meses, un holandés pidió a un tribunal que le rebajasen la edad en su documento nacional de identidad, ya que no coincidía con su edad biológica y eso le generaba problemas para ligar en las redes sociales. La consulta fue desestimada.

            Pasamos de Peter Pan a los trozos de pan. Aquellos que nos ofrecen en los restaurantes cuando vamos a comer a cenar: cada vez en más sitios, se cobra. Como opinión personal, no me parece ético. Se puede expresar con una anécdota. Una vez, en una de estas comidas, nos cobraron el pan. No lo pude evitar y se lo comenté a la camarera: “el menú es excelente; pero este cobro hace que el cliente salga con mal sabor de boca. Lo que podéis hacer es subir el precio del menú un euro y no cobrar el pan”. En este caso, la consulta fue estimada y no nos cobraron. Desde entonces, en restaurantes que desconozco pregunto muchas veces si nos van a cobrar el pan. No puedo evitar el análisis económico. Ganancia, disfrutar del pan. Pérdida, nos da la sensación de quedar más llenos, aumenta las calorías y encima nos cobran. Conclusión, no se come pan.

¿Cuál es la enseñanza oculta de esta historia? Por un lado,  muchas veces es un juego. El comensal no desea quedar como alguien egoísta: “total, por un poco más”. El restaurante desea más beneficio, pero también se arriesga a quedar como miserable. Bueno, son las cosas de los intercambios económicos. Por otro lado, nos podemos hacer una pregunta pertinente. ¿Cuántos pedazos de pan nos cobran o nos meten en nuestra vida cotidiana? A montones. Muchos. Muchísimos.

            En muchas compras, nos dan un precio base y después nos meten el pan por todos lados. Por ejemplo, al comprar un coche o realizar un viaje. Aparentemente es barato, pero después van aumentando los accesorios. Ahí es donde están los problemas: nuestro presupuesto puede ser sobrepasado. Un caso extremo: al comprar un billete de avión de “bajo coste”, enseguida comenzaban a subir y subir los precios. Posibilidad de elegir asiento, pago adicional en caso de llevar equipaje, otro pago para poder cubrir un imprevisto…al final, no se compra el viaje y punto.

            Muchos ciudadanos perciben la gran cantidad de ministerios y altos cargos del nuevo gobierno capitaneado por Sánchez como el “pan” a pagar para cubrir puestos. Cuando compramos un viaje “todo incluido”, muchas cosas no están incluidas, empezando por el IVA. Es prioritario preguntar esta cuestión al hacer cualquier tipo de transacción económica. Más aún, puede que se deba pagar un impuesto: ¿quién se hace cargo? Como comprobamos, se encuentran panes por todos lados. No dejan de multiplicarse.

            En el recientemente confirmado Brexit hubo muchos aspectos que se ocultaron a los ciudadanos. A menudo, muchos partidos prometen políticas que luego no se cumplen. Un caso sencillo: un gasto adicional acompañada de una subida impositiva que es sólo para los “más ricos” pero que repercute, demasiadas veces, en las clases medias. Otras veces, unos amigos nos prometen un plan maravilloso pero siempre hay algún pan suelto: hay que llevar el coche, ir a un concierto que no nos gusta o volver más tarde de lo deseado.

            Sí, el pan está muy bueno.

            Pero conviene saber su precio.

Ensayos de campo (febrero).

                El último Premio Nobel de Economía ha recaído en Michael Kremer, Esther Duflo y Abhijit Banerjee. Su máxima aportación ha sido el uso de los ensayos de campo para poder contrastar la posible efectividad de diferentes políticas económicas enfocadas en su mayoría a la reducción de la pobreza.

            Sí, es una de las preguntas más repetidas a lo largo de los tiempos. ¿Por qué unos países son más ricos que otros? ¿Qué se puede hacer para afrontar la pobreza? ¿Es mejor usar ayudas económicas directas, invertir en infraestructuras o profundizar en la educación?

            No están claras las razones de la riqueza o de la pobreza. Estudios sugerentes demuestran la importancia de tener unas buenas instituciones para que así la economía pueda funcionar con fiabilidad. No obstante, existe el problema de la doble causalidad: ¿no será que si hay riqueza los administradores tienen menos incentivos a tener comportamientos corruptos y en consecuencia les importa más que las cosas vayan bien para todos? Una conclusión inmediata sería que en ese caso lo mejor es la democracia: al fin y al cabo, si el gobernante lo hace mal las urnas le echan. Sin embargo, la evidencia empírica enseña que ese matiz no importa. Existen dictaduras con buenos números económicos, siendo el caso más claro China (o Singapur) y democracias que no logran salir de la trampa de la pobreza. Haití, por ejemplo, lleva muchos años de inestabilidad institucional sin que las cosas mejoren. La respuesta más original: la geografía. Los países con acceso al mar, de clima razonable y buenos recursos naturales funcionan mejor.

            También es válido el análisis histórico. Basta comparar dos países que tengan una pequeña diferencia y el resto muy parecido para valorar si dicha diferencia influye en la evolución económica. El caso más nombrado: la comparación entre Polonia y Ucrania. Caído el muro de Berlín (1989), tenían semejantes recursos humanos, naturales y de capital. Treinta años después, Polonia es cuatro veces más rica. Es evidente que el sistema político y económico, ligado a su permanencia en la Unión Europea, ha sido decisivo.

            Aunque nos resulte extraño, la medicina y la economía son muy parecidas. En ambos casos existen unos indicadores de referencia para la salud de las personas (colesterol, tensión, frecuencia cardiaca o índice de masa corporal) y otros indicadores para la salud de los países (Producto Interior Bruto, inflación, desempleo o déficit público). En ambos casos existen mecanismos para aplicar cuando las cosas van mal: dentro de la medicina, se recomiendan medicamentos y otros hábitos; en los países, se aplican políticas monetarias o políticas fiscales. En ambos casos suelen aparecer los temidos efectos secundarios.

            No obstante, en la economía hay un matiz. Todas las políticas tienden a aplicarse “de arriba abajo”, es la llamada solución manual. Aunque por desgracia, todo depende del libro que usemos de referencia. Para los keynesianos, lo mejor es que el Estado aumente el gasto público cuando la economía va mal para así estimular la demanda agregada. Si se realizan nuevas infraestructuras o se contratan más funcionarios tendremos agentes económicos dispuestos a gastar más dinero ejerciendo así un efecto multiplicador sobre el conjunto de la economía. Problema: el déficit y la deuda. Ejemplo actual: Japón. Para los clásicos, son mejores las políticas de oferta (aunque su efectividad tarda más tiempo en notarse) y no es bueno propagarse en el gasto ya que el día de mañana estaremos atados de pies y manos con el pago de intereses. Problema: si la crisis es fuerte, inestabilidad social. Ejemplo actual: Ecuador. 

            ¿Entonces? Lo mejor es ir, precisamente, más abajo. Comprobar en situ lo que funciona y lo que no. El manual no sirve, ya que lo que sirve para un país puede no servir para otro. Cada región tiene su política, cultura, recursos y sí, su geografía. Se debe entender que la pobreza tiene muchas formas y muchas causas. Y cada situación es un mundo en sí mismo. Importa el momento y el lugar.

            Así, podemos probar mosquiteras en Kenia, mejorar los retretes en la India, valorar si en las escuelas es posible adaptar más la enseñanza a la vida real o es más positivo incrementar el presupuesto para libros y alimentación, si se deben centrar los recursos en los que menos tienen o buscar un reparto que abarque a más personas….las posibilidades son ilimitadas.

            Todo eso es lo que hacen los ensayos de campo: comparar dos situaciones semejantes con una mínima diferencia. Curiosamente, también se aplican en el ámbito de la epidemiología. Así, podemos saber las razones por las que unas personas tienen mejores indicadores de salud que otras. La clave, además de las conocidas en términos de alimentación y deporte, es tener una vida social rica y un propósito personal claro.

            En economía la cosa es más difícil. Pero es positivo que una rama de conocimiento  que sobre todo se trabaja de forma  teórica y académica haya bajado a la calle a conocer y experimentar con la vida real.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.com

LA PLAZA Y LA TORRE (28 enero).

Uno de los historiadores más reputados a nivel mundial es Niall Ferguson; con libros monumentales como “El triunfo del dinero. Cómo las finanzas mueven el mundo” o “La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y las economías”. Su última obra publicada es “La plaza y la torre. El papel oculto de las redes en la historia: de los masones a Facebook”.

Cuando pensamos en redes la primera imagen que viene a nuestra mente es Internet: todo está conectado. Y los avances que se esperan, con una batalla sin cuartel entre las potencias para apropiarse de los dispositivos y las redes de suministro, serán enormes. Es curioso, el tema cultural. En China, el Estado tiende a apropiarse de las nuevas tecnologías para su beneficio. En Estados Unidos, las empresas. Es muy complicado regular el poder de Google o de Facebook. En Europa, la sociedad civil usa estos medios para comunicarse, con una influencia más limitada. Si como dice un proverbio ruso es difícil predecir el pasado (cada cual lo interpreta a su manera), más difícil es predecir el futuro.

No obstante, merece la pena reflexionar acerca de nuestras redes personales. En un mundo en el que se sobrevalora la situación laboral y el sueldo asociado a la misma, olvidamos la importancia de tener conocidos hasta en el infierno. Es intrínseco a la persona humana, nos enriquece  y nos aporta desarrollo personal. ¿Por qué no potenciar nuestra red de forma natural?

Además, esto tiene un valor añadido adicional. Ferguson explica, en su obra, cómo los historiadores han sobreestimado el papel de las “torres” (políticos, reyes o personas situadas en las altas jerarquías) y han subestimado el papel de la “plaza” (redes generadas por la sociedad civil y capas humanas heterogéneas).

En un momento en el que la desconfianza respecto de la alta política no deja de aumentar, nos podemos plantear un desafío claro: ¿cómo amplificar el poder de la plaza? En este sentido, la gobernanza es clave. Ahora bien, ¿en qué consiste? ¿Qué es? Podríamos definirla así: “actividad cuyo fin es introducir orden a la vida social, dirigiendo conscientemente a las personas implicadas a colaborar para conseguir sus fines individuales y comunes”. Entonces, ¿por qué es tan importante? Las necesidades de las comunidades locales son  muy específicas. Eso hace que un Gobierno central no las pueda gestionar: lo que vale en un caso no tiene porqué valer en otro. Entonces, es prioritario desarrollar dichas comunidades.

Sin embargo, es muy complicado hacerlo. Y eso es debido a un tema cultural: damos al Estado Central un poder desaforado. Un poder que no tiene. Nos volvemos locos elucubrando cuál va a ser la composición del Gobierno, qué medidas va a tomar y a partir de ahí qué futuro nos espera. No tiene sentido. El único país en el que vivimos es nuestro planeta. ¿Qué influye más a una empresa que se dedica a la agroalimentación? ¿Los aranceles de Trump, el Brexit o la composición del Gobierno nacional? Está muy claro. Sí, existen pequeños aspectos que afectan a nuestras vidas. El peso de la clase de religión, regulación de la eutanasia, limitación de velocidades, diferentes impuestos (no puede haber grandes cambios, ya que nos arriesgaríamos a tener una deslocalización y eso no va a pasar), cambios en la legislación laboral, el dichoso pin parental, la legalización de la marihuana…

Debemos observar que la influencia de estos factores es directamente proporcional a nuestros valores más profundos, pero no incide en la economía. Sí, está la excepción del tema catalán. Aquí,  lo más normal es acordar una vía intermedia que sirva para lavar la cara a unos y a otros. Claro que no siempre ocurre lo más normal: la estupidez humana, tal y como nos advirtió Einstein, no tiene límites. El tiempo lo dirá.

Por eso es tan importante adoptar actitudes que sirvan para mejorar el efecto de la plaza en la vida cotidiana. David Thunder, en una conferencia realizada el pasado día 16 (La plaza y la torre. Algunas pautas para amplificar la gobernanza de nuestras comunidades desde la sociedad civil) nos recomienda diferentes actitudes. Uno, abandonar la mentalidad estatista. Dos, conocer y aprovechar los recursos que existen en nuestro ámbito profesional y social. Tres, no quedarse indiferente si percibimos intentos del Estado por limitar nuestras libertades. Así mismo, existe la opción de realizar diferentes iniciativas: proyectos educativos, empresas cooperativos, aspectos vecinales, donaciones de empresas y particulares para capitalizar proyectos culturales son posibilidades a tener en cuenta.

Tendemos a mirar Estado cuando tenemos diferentes problemas personales y sociales. Y sin embargo, ya no tiene el poder de antes. Digan lo que digan los políticos, sus recursos por persona disminuyen debido al aumento de las necesidades sociales.

Lo que toca es cultivar las redes personales y sociales en el mundo real, no en el virtual. Aporta desarrollo personal, nos enriquece y lo más importante: amplía la plaza.

Javier Otazu Ojer (autor de Ideas de Economía de la Conducta, Behavior & Law Ediciones). Conferencia realizada por David Thunder y organizada por Kratos. 

EL FUGITIVO (21 enero).

            Impresionante,  la fuga de Carlos Ghosn, antiguo CEO (primer ejecutivo) de Nissan – Renault,  de Japón a Líbano. Recuerda a la película protagonizada hace muchos años por Harrison Ford, “El fugitivo”. Da para comprender el mundo, la realidad, y hacernos elucubraciones acerca de cómo funcionan las cosas. Además, sirve para quitarnos de los cerebros las telarañas generadas por la formación de gobierno. Es para valorarlo: el debate de las últimas semanas no ha salido de ahí. ¿Alcanzará Sánchez la presidencia? ¿Estamos en un Estado plurinacional representado de forma eficaz por los partidos que han votado afirmativamente a la investidura del presidente? ¿O es un caos de grupos con intereses diversos que van desde gobernar hasta destruir el sistema desde dentro? Es de tal magnitud lo que se comenta, se escribe y se habla del asunto que es mejor dejarlo de lado. Al fin y al cabo, el gobierno no tiene tanto margen de actuación, ya que está sujeto a una camisa de fuerza: el euro.

            Así, regresemos a Carlos Ghosn, también denominado “el asesino de costes”. Su historia en el mundo de la automoción recuerda a la de otro ejecutivo famoso con sobrenombre semejante. Se trata de  José Ignacio López de Arriortúa, “Superlópez”. Contratado por General Motors en 1980, su revolucionario sistema de gestión le llevó al estrellato mundial y al fichaje por Volkswagen, donde pasó a ser vicepresidente. Acusado de espionaje industrial y fraude, su caso se cerró con un acuerdo de millones de dólares entre las dos multinacionales. También merece ser recordado Jack Welch, principal ejecutivo de General Electric (fundada por el inventor Thomas Alva Edison) entre los años 1960 y 1981. Fue elegido ejecutivo del Siglo XX por la revista Fortune. Tenía un mote curioso: “Neutron Jack”, debido al efecto que tenía la bomba de neutrones. En teoría, deja los edificios en pie destruyendo la vida existente. Eso es lo que, según sus críticos, hacía con las fábricas. Las dejaba en pie sin trabajador alguno.

            La vida de Carlos Ghosn está dedicada a la automoción. Contratado en 1996 por Renault, 3 años después realizó la adquisición de Nissan, una de las joyas de la corona japonesa. En esos tiempos, dicha empresa estaba ahogada por las deudas. Corría riesgo de desaparición. No obstante, a los 4 meses hizo un plan de rescate. Aunque sus métodos fueron criticados al cerrar plantas o eliminar empleos, 12 meses después ya estaba en beneficios. A partir de ahí, es considerado un ídolo nacional en Japón, pese a poseer los pasaportes de Líbano (su país de origen), Brasil y Francia.

            Cuando una persona llega a esos niveles es difícil no sufrir la “hybris”, esa enfermedad que según los clásicos nos lleva  a la locura transitoria y a pensar que somos los amos del mundo. Ya se lo decían a Julio César, después de ganar tantas batallas: “”recuerda que eres humano”.

 

 En este sentido, Ghosn ha sido acusado de egocentrista: se hacía llamar “el refundador”, llegó a alquilar el Palacio de Versalles para montar una fiesta, y tenía todas las características y caprichos de las personas endiosadas por la sociedad. Cuando todo iba de maravilla, el 19 de noviembre del año 2018 fue detenido en Tokio. ¿La acusación? Ocultar, según la justicia de Japón, más de 60 millones de euros. Endosar pérdidas de más de 15 millones de euros en derivados financieros a Nissan. Violar leyes japonesas sobre la información asociada a las finanzas corporativas ¿Es cierto? Nunca se sabe. No podemos entrar en el cerebro de una persona que gana cada año 15 millones de euros de salario. Pero también hay otras razones que nos inducen a sospechar: Ghosn tenía la idea de adquirir Fyat Chrysler, y además deseaba unificar las empresas. Así, surge una duda: ¿ha sido todo una operación para evitar la posible desaparición de Nissan? Ojo, que Ghosn ya tuvo problemas graves con Macron cuando éste era ministro de Hollande. Ningún país quiere perder lo que Zapatero denominaba “campeones nacionales”.

El 29 de diciembre del año 2019 Ghosn escapó. Al parecer, le ayudaron agentes especiales como Michael Taylor y Georges Zayek. Recientemente dio una rueda de prensa en Líbano insistiendo en su inocencia y el complot establecido contra su persona.

El asunto deja muchos interrogantes. ¿Es posible que exista una guerra oculta de poder (el denominado “poder afilado”) entre gobiernos defendiendo sus intereses, sean los que sean? ¿Cómo establecer las líneas que diferencias los complots y las acusaciones verdaderas?  ¿Si una persona llega demasiado lejos y es peligrosa para el sistema corre el riesgo de terminar con sus huesos en la cárcel?

Difícil de saber. El asunto nos hace pensar en un mundo más complejo de lo que parece, más allá de unas peleas por unos sofás en el Congreso y por otros sofás en un ministerio.

Un mundo en el que la realidad siempre supera a la ficción.

Javier Otazu Ojer.

Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior and Law Ediciones).

www.asociacionkratos.com

FUMATA BLANCA, FUMATA NEGRA (Enero).

 Por fin ya tenemos gobierno, que maravilla!!! Varios partidos unidos en los que se comparten diferentes sensibilidades y se pueden llegar, por lo tanto, a acuerdos comunes que contenten a más agentes sociales. ¿Seguro? Depende. En sentido contrario, se puede argumentar que algunos políticos que van a tener más influencia pretenden dinamitar nuestro modelo de convivencia y que, en consecuencia, el lobo está cuidando las ovejas. Resumiendo: para unos, el pasado 7 de enero hubo fumata blanca. Para otros, fumata negra (ya que así es como ven el futuro). Sea de una u otra forma, propongo un debate entre amigos: preguntar lo que piensan del nuevo gobierno. A partir de la respuesta de cada uno, es fácil deducir a quién han votado.

Ahora bien, ¿qué conclusiones podemos sacar? Para empezar, es difícil saltarse los prejuicios previos. Para las personas que detestan a la “derecha”, todos los gobiernos en los que no se encuentren son razonables. Si lo que no nos gusta son los nacionalismos periféricos, la “izquierda”, el comunismo o los independentistas, la conclusión será completamente diferente. Tenemos un cóctel que no nos puede llevar a ningún sitio. Sea de una u otra forma, se trata de valorar hechos, no de realizar opiniones. De hecho, éstas son hoy homogéneas dentro de cada periódico. Es más, es lógico y normal que cada medio siga una línea editorial. Lo que se echa en falta es una mayor diversidad de opiniones. Por esa razón, a nivel de medios informativos existe mucha heterogeneidad. En definitiva, es complicado tener una visión personal propia.

Para empezar, el gobierno es completamente legítimo. Nos puede gustar o no, pero es legítimo. Las acusaciones en contra de esta idea sólo conllevan división y polarización, y eso es lo que no merece la pena de ninguna de las formas. Es más: cuando alguien busca división en el ámbito que sea (familiar, empresa o amigos) debemos buscar una razón de fondo y deducir quién es el que más gana. Que el candidato de Teruel Existe Tomás Guitarte  haya recibido miles de correos pidiéndole el cambio de voto o pintadas en su pueblo natal es algo que no se puede permitir en la sociedad de hoy. La verdad, deberían estar más molestos por el hecho de que  Guitarte viva en Valencia, no por su voto (bueno, eso es una opinión, no un hecho).

Para continuar, las cosas no han cambiado tanto. Simplemente, ahora los cargos ya no son “en funciones”. Para aprobar leyes se siguen necesitando mayorías muy heterogéneas y los problemas siguen siendo los mismos: desempleo, Cataluña, envejecimiento de la población y desequilibrios sociales asociados a la situación económica. En todo este proceso Pedro Sánchez ha sido criticado por decir una cosa y hacer la contraria: ¿quién se va a fiar ahora de su palabra? No obstante, se debe matizar esa cuestión.

 

No se trata de criticar (aunque esté muy mal) que haya dicho antes de las elecciones que jamás realizaría los pactos establecidos. Rajoy dijo que nunca subiría los impuestos; los subió. Rivera dijo que jamás dejaría gobernar a Rajoy; le dejó. El problema es que Sánchez puede decir la mañana a inversores internacionales que va a contener el gasto y a la tarde prometer una inminente subida del gasto social o de las pensiones. No es fácil trabajar con personas así. Pero tiene lo que deseaba: la presidencia del gobierno.

Para seguir, el gobierno real no es el central, no. El gobierno real es el del euro. Sí: nos manda la moneda. Ahora bien, ¿cómo lo hace? Con disciplina fiscal. Entre las pocas reglas que se cumplen de la economía, una es que si un país gasta más de lo que ingresa de forma continuada a lo largo del tiempo tarde o temprano necesita financiación y le da a la máquina de hacer dinero (lo cual no es posible en la actualidad). Antes, eso nos llevaba a una devaluación de la moneda. Hoy, la devaluación es salarial. En caso de duda, consultar la historia de la última década.

Entonces, ¿es tan malo que nos gobierne el euro? Tiene sus ventajas: podemos comprar los bienes y servicios producidos en el extranjero más baratos. Cuando la peseta se devaluaba, no podíamos ir a Francia ni a tomar un café. Menos a Nueva York a pasar una semana. Ahora es posible, pero eso se debe pagar de dos formas: ser competitivo, ser disciplinado fiscalmente. Por eso el gobierno no cumplirá la promesa de subir el gasto en 35.000 millones de euros.

Para terminar, ¿qué nos espera a partir de ahora? Un principio de incertidumbre y después, vuelta a la normalidad. Los políticos seguirán discutiendo por tonterías, y no se centrarán en los problemas graves. La razón, no pueden resolverlos.

Lo que pueden hacer es poner los medios para que la sociedad los resuelva por sí misma.

Javier Otazu Ojer.

Autor de Ideas de Economía de la Conducta (Behavior and Law Ediciones).

UNED de Tudela.

LA APUESTA DE PASCAL (Enero).

¿Cómo debemos comportarnos los seres humanos? ¿Bien o mal? Según Blaise Pascal, depende de si Dios existe. Si Dios no existe, lo mejor es portarse mal. Total, no habrá que pagar nada por ello. Así no importa robar, estafar o cometer delitos: si tengo dinero para sobornar a los jueces o la policía, no pasa nada. No obstante, supongamos que hay una pequeña probabilidad de que Dios exista. Si es así y alguien no tiene el comportamiento adecuado, estará en el infierno toda la eternidad. Sí, compañía no nos faltará. Pero un castigo que vaya a durar tanto tiempo (bueno, todo el tiempo) no parece un buen negocio. En consecuencia, lo más adecuado es portarse bien. Además, el premio es goloso: vivir siempre en el cielo. Dilema arreglado.

Blaise Pascal fue un filósofo francés que vivió a mediados del siglo XVII. De hecho, su famosa apuesta está fechada alrededor del año 1670. Además, realizó importantes aportaciones en campos como la matemática, la física, la probabilidad o la teología. Hoy en día, su apuesta es más pertinente de lo que parece. ¿Por qué? Nos enseña a ser cautos en sucesos que nos pueden llevar a una ruina absoluta.

El caso más evidente: el del cambio climático. En la reciente cumbre de Madrid los resultados no han podido ser más decepcionantes. Un vistazo a la apuesta de Pascal nos empuja a tomar medidas ya: no hacerlo es una amenaza demasiado grande. Más temperatura. Elevación de las aguas del mar. Grandes migraciones. Deshielo del permafrost. Ciudades inundadas. Biodiversidad en ruinas. Incertidumbre agrícola. Fenómenos meteorológicos extremos. No es un futuro halagüeño, no. Sin embargo, nos cuesta tomar medidas. Es uno de los grandes problemas que tenemos los seres humanos: sobrevaloramos el corto plazo. Preferimos la satisfacción inmediata. Por eso nos cuesta tanto reprimirnos a los múltiples estímulos que cada día nos invitan a maltratar a nuestro cuerpo. Por eso los políticos no afrontan de manera decidida problemas graves como la sostenibilidad de la deuda pública o las pensiones. Por eso algunos empresarios son reacios a tomar medidas aparentemente dolorosas, pero que a medio plazo van a tener resultados. Eso sí, hay un matiz fundamental: los empresarios tienden a tomar mejores decisiones que los políticos, ya que se están jugando su dinero. El bolsillo, es lo que tiene.

En resumidas cuentas, tendemos a postergar medidas que no aportan un beneficio rápido, directo y medible. Además, hay dos barreras adicionales. Uno, excesiva confianza en la tecnología futura. Si Miguel de Unamuno decía “que inventen otros” el pensamiento de hoy es “ya se inventará algo mañana”. Dos: todos los agentes económicos deben alcanzar un acuerdo. Y eso es muy complicado. Además ¿cómo realizar una compensación intertemporal entre países que ya han contaminado y no lo hacen debido a sus mejoras tecnológicas, y los países que tienen una industrialización menos desarrollada y en consecuencia emiten más carbono a la atmósfera?

Complejo, sí. Si es difícil llegar a un acuerdo dentro de una familia para preparar los menús navideños y ver cómo se reparten entre los padres, suegros, hermanos, hijos y hoy en día, mascotas….¿cómo vamos a poder alcanzar un pacto global?

            Se pueden sugerir dos ideas. Una sugerencia de algunos economistas es subir los impuestos a quien contamina más de manera que se usen los mismos para compensar a quienes sufran las peores consecuencias del cambio climático. De nuevo, complicado. Segunda sugerencia: organizar un cónclave de científicos con un gran renombre (pensando cuidadosamente el proceso de selección) que decidan entre sí otras personalidades relevantes para crear así un “comité de sabios” que decida medidas vinculantes a nivel mundial. Las empresas que no las cumplan pueden ser penalizadas mediante multas o restricciones generadas…por los propios consumidores. Sí, lo admito: se debe afinar mucho la presente propuesta. Pero es un camino atractivo.

            Por otro lado, también están de moda las casas de apuestas. Múltiples manifestaciones piden que no se permitan más licencias. Dicha medida no tiene sentido: premia a las casas que ya están instaladas. Hay un remedio más sencillo. Las personas que entren a estos locales, que dejen el DNI. Así se registra su entrada. Si alguien queda diagnosticado como ludópata, se le prohíbe entrar en todos los locales de apuestas. Si un local no controla sus clientes, se le aplica una multa sideral. Punto. ¿Raro? Claro que no. Es lo que se hizo durante años al entrar en bingos o casinos. Claro que al Estado le cuesta reaccionar: gana mucho dinero gracias al juego. En caso de duda, consultar los números de la lotería de la Navidad. Estimado lector, si te juegas 30.000 euros, lo razonable es que recuperes 20.000 euros. Con tres o cuatro décimos, la cosa es más volátil. Con muchos, no. Es un concepto estadístico: se llama  ley de los grandes números.

            Apuestas, apuestas.

            La más recomendable sigue siendo la que titula el presente artículo.

            La apuesta de Pascal.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.com

           

DINERO (Navidad).

            Uno de los deseos más comunes para el año nuevo es “ganar más dinero”. Bueno, hay otros: perder peso, dejar de fumar, buscar pareja, ampliar las experiencias, conocer lugares y personas nuevos….pero el primer deseo es el más compartido por todos, junto con el de  ganar la lotería. Ya se sabe, después del fracaso de la lotería de Navidad llega el Niño. En fin, más dinero para Hacienda.

            En una encuesta muy curiosa realizada hace varios años en Estados Unidos las personas debían escribir cuánto dinero ganaban y cuánto deseaban ganar en el futuro. Independientemente de la cantidad inicial, todos querían el doble. No hay nada como los dichos populares para conocer las pautas más ocultas de nuestro comportamiento: “todos queremos más, y más, y más y mucho más”. Ahora bien, ¿qué es el dinero? ¿Por qué todos anhelamos tener más? ¿Cómo explicar el efecto que ejerce el vil metal? Bueno, el vil metal se ha transformado en un bit de ordenador que baja constantemente hasta llegar a fin de mes.

            Según la teoría económica habitual, el dinero cumple tres funciones. Primero, es un medio de pago. A partir del mismo podemos adquirir los bienes y servicios que necesitamos y deseamos. Segundo, es una unidad de cuenta. Sirve para hacer comparaciones al evaluar diferentes precios. Tercero, es un depósito de valor. Es, en sí mismo, riqueza. Una riqueza que ha evolucionado en el tiempo, ya que en un principio el dinero estaba formado por los granos de la cosecha de trigo. Por supuesto, eran las civilizaciones más antiguas. Así tenía valor en sí mismo como mercancía. Cuando las cosas se fueron complicando, se usaron metales. Como éstos pesaban mucho, se sustituyeron por papeles (billetes) que daban derecho a intercambiarlos por oro en cuando el propietario lo considerase oportuno. Cuando interesó a los poderes políticos, se suprimió éste derecho (fue el fin del patrón oro) y se convirtió en el denominado “dinero fiduciario”. Cambiamos papeles por turrones debido a que la persona que recibe el papel entiende que  socialmente está admitida su valoración como medio de intercambio. Hoy en día seguimos usando este papel para comprar bienes y servicios, aunque un futuro fascinante nos espera: tarde o temprano, sólo se usarán los bits de ordenador como medida de intercambio. Posible excepción: monedas sociales.

            En definitiva, conocemos las funciones del dinero y sabemos lo que es: un bit. Claro que eso es algo técnico; en un mundo gobernado por los sentimientos, bueno será valorar cuáles son los generados por el dinero. Pues bien, pocas cosas son más volátiles. Para unos, “el dinero es Dios”. Para otros, “el dinero es el diablo”. Entre medio, tantos sentimientos como personas.

            ¿Entonces? ¿Qué conclusiones podemos sacar cuando es imposible poner a todo el mundo de acuerdo?

            El dinero es riqueza, ya que nos permite adquirir bienes, servicios o experiencias que estén acordes con nuestras necesidades y deseos.

            A la hora de valorar esta riqueza, se deben distinguir dos aspectos. Uno es el dinero flujo, otro es la riqueza stock: inmuebles, cuentas de ahorro o múltiples propiedades posibles. El primer caso es el importante, ya que está formado por nuestros ingresos. ¿De dónde vienen? Lo más normal, trabajo. Pero hay más posibilidades: excedentes brutos de explotación, si somos propietarios de una empresa; intereses o dividendos de activos financieros, rentas de alquiler, derechos de imagen o de algún producto que hayamos creado (libros, música)…Sí: el flujo es clave para efectuar presupuestos monetarios. El stock puede ser dinero, puede ser un activo. Aunque necesitamos tener dinero como base para cubrir nuestras necesidades básicas y también debemos tener un lugar para vivir, es deseable que el resto del stock nos permita generar flujos. En fin, eso es lo que dice la teoría. Después se debe pasar a la práctica.

            No obstante, cometemos un error enorme como sociedad: valorar a las personas por el dinero que ganan y/o tienen. Conforme pasan los años, nos comparamos con los demás, y sin duda, esa lógica es delicada. ¿Es mejor tener mucho y vivir angustiado por el hecho de perder algo sin tener tiempo para estar con la familia? ¿No es mejor vivir de acuerdo a lo que sabemos hacer y compararnos sólo con nosotros mismos en diferentes momentos del tiempo? No lo olvidemos: la envidia dura más tiempo que la alegría de la persona a la que envidiamos.

            Así, podemos empezar el año pensando en cambiar nuestra relación con el dinero. Verlo como una medida de intercambio generada a partir de un flujo que debemos crear en base a nuestras competencias y características. Pensar más en los gastos estúpidos que en el rendimiento de las inversiones. Y recordar que antes de morir, nadie se arrepiente de haber gastado poco en el último coche de moda. Lo que cuenta son las experiencias.

            Feliz nueva relación con el dinero.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta, UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.com

Google AnalyticsUA-44495578-1