BLOG 2019. Kaizen.

 

Educación financiera.

 

                                               Conferencia, 7 de octubre 19 horas. Civivox Iturrama.

                                   Javier Otazu Ojer. Profesor de Economía.

                                   Carlos Medrano Sola. Consultor.

                                   Mikel Iribarren Fentanes. Santander Private Banking.       

                                   José Félix García Tinoco. Profesor de Finanzas.

           

El día de la educación financiera lleva celebrándose desde el año 2015 el primer lunes del mes de octubre. Promovido por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y el Banco de España, su propósito es concienciar a la población de la importancia de estar financieramente formados. El lema de este año es “Conectados a la digitalización”, en referencia al papel que tiene la tecnología aplicada a las finanzas en nuestras vidas (Fintech) y al uso más apropiado que podemos hacer de la misma.

La mayor parte de las personas va a pedir algún préstamo en su vida, generalmente para comprar un piso, aunque hay otras posibilidades: un coche, la apertura de un pequeño negocio, o la compra a plazos de un artículo, por ejemplo. Por otro lado, hay temporadas en las que podemos ahorrar, por lo que se nos abre un abanico de posibilidades: lo dejo en la cuenta corriente, hago un plazo fijo, compro deuda pública, cancelo un préstamo, entro en bolsa, quizás un fondo de inversión….

Cuando estamos en alguno de esos momentos, por los que la práctica totalidad de la población habrá pasado o va a pasar alguna vez, aparecen términos como la TAE, el tipo de interés nominal, el Euribor, la inflación, la fiscalidad, el riesgo soberano, la prima de riesgo, el mercado primario o secundario, las agencias de Rating, o el cálculo de la cuota del préstamo, entre otros.

¿Qué es necesario para tomar la decisión más adecuada (o por lo menos para no perderse) en estos escenarios? Cultura financiera. ¿Estamos suficientemente preparados para afrontar decisiones relacionadas con nuestras necesidades financieras o nuestros ahorros? Creemos que la mayor parte de la población no lo está.

Por poner algunos ejemplos, si uno de nosotros se plantea realizar una inversión, puede adquirir activos reales (una casa, arte, un palacio, materias primas o incluso terrenos en la Luna) o productos financieros. En el segundo caso, podría adquirir activos financieros o derivados financieros.

Ahora bien, ¿en qué me baso para comprar un producto financiero?

Existen tres características fundamentales: rentabilidad, riesgo y liquidez. Vamos a definirlas a partir de tres preguntas. ¿Cuánto dinero voy a recibir a lo largo del año por cada euro invertido teniendo en cuenta, por supuesto, los ajustes fiscales y la inflación? Eso es la rentabilidad. ¿Cuál es la probabilidad que tengo de recibir el dinero acordado? Eso es el riesgo. Y por último, ¿puedo vender mi activo financiero con facilidad sin tener unas grandes pérdidas? Eso es la liquidez. Existe una relación fundamental entre estos conceptos: obtendremos mayor rentabilidad con mayor riesgo y/o menor liquidez.

Por ejemplo, un bono del Estado va a tener una rentabilidad baja, ya que el riesgo de impago es bajo al estar garantizados por el Gobierno de turno. En este caso, la liquidez es alta. Pero claro, si en vez de un bono del estado preferimos un activo fijo privado la cosa varía, como también es diferente si nos decantamos por un fondo de inversión o por invertir en bolsa.

Por otra parte, si pedimos un préstamo, lo importante no es el tipo de interés nominal que nos ofrece la entidad. Lo fundamental es el TAE, al ser un interés que tiene en cuenta otros gastos asociados al préstamo, como las comisiones, impuestos, tasaciones o primas de seguro obligatorias en la oferta que nos hace el banco. Además, tendremos que elegir el plazo a devolver el préstamo, y posiblemente nos ofrezcan contratarlo a tipo fijo o a tipo variable, en cuyo caso deberíamos saber qué es el Euribor y cómo se calcula. Y si pasado un tiempo tengo unos ahorros, ¿amortizo algo? Y si es así, ¿reduzco cuota o plazo?

Puede parecer un lío de conceptos, pero creemos que no lo es. Lo que sucede es que no hemos sido formados en esta materia, lo cual es incomprensible al ser operaciones totalmente habituales de casi toda la población.

Por otro lado, la cultura financiera es fundamental para comprender, exigir y ser más crítico con las políticas económicas del gobierno. Por ejemplo, cuando llega la campaña electoral, algunos partidos políticos piden aumentar el gasto público para estimular así la economía. Es una posibilidad, pero deberían decirnos el coste de esa política. No es difícil: la deuda pública acumulada por el Estado (tienen la costumbre de darla en términos de PIB para que parezca menor; en términos numéricos, más de un billón de euros)  hace que se paguen cada año más de 30.000 millones de euros sólo en intereses; sale a 90 millones de euros al día. Y eso en un contexto de tipos ridículamente bajos. ¿Es sostenible? ¿Qué va a ocurrir cuándo los tipos de interés comiencen a subir?

¿Qué ocurrirá con la política del BCE? ¿Cómo gestionar los paraísos fiscales? ¿Y los derivados financieros? ¿Y el BPI? ¿Y el BAII?

Sí.  Necesitamos cultura financiera.

Artículo escrito con José Félix García Tinoco

www.asociacionkratos.com

Cultura financiera (octubre).

El primer lunes de cada mes de octubre se celebra el día de la educación financiera. Promovido por el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores, su propósito es concienciar a la población de la importancia de tener una buena cultura financiera. ¿En qué consiste eso? ¿Por qué importa?

Las dos operaciones financieras principales son las de financiación (si necesitamos dinero) y las de inversión (si queremos sacar rendimientos a nuestros ahorros). En el primer caso la cosa es sencilla: vamos donde nos ofrezcan un tipo de interés más bajo y ya está. Eso sí, cuidado con los aspectos jurídicos. En el segundo, la cosa se complica. ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo invertir?

La primera posibilidad son los activos reales, como un piso (es a la vez una necesidad ya que necesitamos un lugar para vivir, y una inversión, vía alquiler o vía aumento de su precio), un negocio (de forma activa como gestor o pasiva como “capitalista”), un palacio, arte o materias primas (aunque la de referencia es el oro, hay muchas posibilidades más). Más aún; se puede invertir en naturaleza y comprar bosques. Incluso se venden terrenos en la luna.

            La segunda son los productos financieros. Cuidado, ya que unos son activos financieros, otros derivados financieros y en tercer lugar existen productos que ni siquiera sabemos lo que son: ¿qué es una criptomoneda?  Sigue sin estar claro.

            ¿Qué es un activo financiero? De forma muy sencilla, una promesa de pago futuro a cambio de un pago presente. Como todas las promesas, se puede cumplir o se puede no cumplir. Los tipos de activos financieros de referencia son dos. Primero, renta variable. Desconocemos el rendimiento que van a tener en el futuro. Destacan las acciones, las cuales son “pedacitos” de empresas. Esperamos que en el futuro dicha empresa vaya mejor y que en consecuencia la acción se revalorice además de cobrar la parte proporcional de beneficios, el denominado “dividendo”. Segundo, renta fija. Salvo impago del emisor, conocemos los rendimientos que van a tener en el futuro. En realidad,  son deudas de Gobiernos o de empresas, que se venden, según su tiempo hasta vencimiento, en forma de letras, bonos y obligaciones. Por ejemplo, si compro un bono de 1.000 euros a un 4,3% de interés a 10 años cada año cobraré 43 euros y pasados 10 años me devuelven el total.  

            De la misma forma que un coche tiene unas características particulares, ¿cuáles son las características de los activos financieros?

            Son tres; el riesgo, la liquidez y la rentabilidad. El riesgo es la probabilidad que tiene el emisor de cumplir con el pago. La liquidez indica la facilidad que tiene un activo de venderse sin perder gran parte de la inversión. Por ejemplo, al estallar la burbuja inmobiliaria un piso era un activo que tenía poca liquidez; si alguien quería venderlo tenía muchos problemas para hacerlo. Pero cuidado: no es verdad que los pisos no puedan venderse; basta bajar mucho el precio. El problema es el dinero que se pierde. Por último, la rentabilidad es el rendimiento que espero obtener con mi dinero. Por ejemplo, una rentabilidad del 8% indica que voy a cobrar 8 céntimos al año por euro invertido durante el tiempo que dure mi inversión.

            Respecto de los derivados financieros, diremos que son productos financieros cuyo valor depende de otro activo o indicador de referencia. Su complejidad hace que sea necesario el asesoramiento de expertos. Por supuesto, también podemos comprar divisas (moneda extranjera) con la esperanza de que se vayan a revalorizar. Respecto de las criptomonedas como los bitcoins, con una burbuja muy hinchada a finales del año 2017, se debe indicar que la mayor pega que tienen es su elevada volatilidad; su valor tiene grandes oscilaciones en períodos de tiempo muy cortos.

            Obviamente, a más rentabilidad más riesgo. Eso ya depende del inversor; si quiere poco riesgo se abre  una cuenta corriente y ya está. De hecho, si alguien está interesado en invertir la lista  razonable en términos de riesgo sería ésta.       

Cuenta corriente – depósitos a la vista – depósitos a plazo – depósitos con preaviso – letras del tesoro – bonos, obligaciones del Estado – fondos de inversión (existen muchísimos perfiles para cada inversor) – acciones o  bonos de empresas privadas - activos financieros del extranjero (cuidado con el problema del tipo de cambio) –divisas - derivados (call, puts, warrants, futuros, CDS).

            ¿Cuáles son los riesgos de invertir en productos financieros? El principal es la información asimétrica: que no conocemos el riesgo que adquirimos. Las agencias de rating (las tres principales son Fitch, Standard&Poors y Moodys) registraron sonoros fracasos al evaluar activos financieros antes de la crisis del 2008. Por supuesto, se deben tener más cosas en cuenta como la fiscalidad, la inflación o las comisiones.

            La Unión Europea creó la directiva MiFID II para mejorar las operaciones financieras. Aunque los resultados no están claros, no podemos olvidar que siempre la responsabilidad financiera comienza por uno mismo.

            Javier Otazu Ojer.

Baloncesto y éxito (septiembre).

                Cuando se alcanza el éxito que recientemente tuvo la selección de baloncesto los parabienes no dejan de recibirse: “son una gran familia”, “aportan unos valores que necesita el resto de la sociedad”, “es una gesta sin igual”…ya se sabe, la charanga de siempre. ¿Por qué no profundizar un poco en las claves de estos triunfos?

            Ganar un torneo como un mundial o una liga de fútbol supone que los otros no ganen. Es decir, otros pierden. Si todos los equipos son una familia, si todos juegan con la misma intensidad y entrenan al mismo nivel el resultado será el mismo: ganará uno y el segundo clasificado será el primero de los perdedores. ¿Entonces? Lo que se debe valorar es el potencial teórico. Aunque en el mundo del deporte es difícil, una regla sencilla sería evaluar los salarios de todos los integrantes de cada  selección. Los que ganen más, primeros favoritos. Los siguientes, los segundos. Y así sucesivamente. ¿Quedas por encima del ránking? Bien. ¿En la misma posición? Lo esperado. ¿Por debajo? Mal.

            En un mundo tan resultadista como el de hoy es importante valorar lo que no se ve. Y lo que no se ve, es precisamente, los partidos de baloncesto. Un aficionado al fútbol tiene todas las semanas algún partido en abierto y dentro de lo malo se puede bajar al bar de la esquina y puede disfrutar de su equipo favorito. ¿Y un aficionado al baloncesto? La Euroliga es la mejor competición de nuestro continente, y la final de la misma se realiza en formado de Final Four. Sin embargo, ¿dónde se puede ver? Como el fútbol arrasa con todos los horarios del fin de semana, no hay espacio para este evento. Así la afición poco a poco va disminuyendo, pese a los éxitos de la selección española. Lo que ocurre es que la bajada es muy lenta. Si por ejemplo, cada año la afición baja un 5%, después de  10 años habrá un 40% menos de seguidores. Los números, números son.

            Es pertinente distinguir los deportes de “patio de colegio” de los “elitistas”. La razón es sencilla: alguien que destaque desde niño en fútbol, baloncesto, balonmano o atletismo puede ir prosperando hasta, quizás, ser un profesional. Sin embargo, ¿qué podemos decir de deportes como el motociclismo, el automovilismo, el golf o incluso el tenis? Si no hay apoyo financiero, la cosa es mucho más complicada. Por eso es prioritario, si se quiere mantener el éxito del baloncesto, fomentar la visión de más partidos en abierto; no sólo los de la selección. La NBA es un mundo aparte y tiene sentido que los aficionados que deseen verla paguen, pero las competiciones nacionales deberían estar más protegidas.

Y no es sólo televisión: existen equipos de la liga ACB que tienen muy pocos jugadores españoles. Es más difícil que un niño se dedique a practicar baloncesto si observa que la probabilidad de llegar a la élite es ridícula. Desde luego, se debe hacer un matiz capital a nivel educativo: cualquier deporte, sea el que sea, es un fin en sí mismo. Es mejor adquirir valores como la solidaridad o el trabajo en equipo que llegar a triunfar de cualquier forma. Pero los incentivos importan.

            Son las cosas de la economía: el hecho de que el fútbol absorba gran parte de entretenimiento genera que sus salarios se disparen, mientras que en casos como el balonmano en los que antes había más afición y seguimiento (también influye que la liga la gane siempre el mismo) tenemos que muchos jugadores no tienen otro remedio que compatibilizar deporte y trabajo. Sí, se puede jugar a nivel profesional, pero cuando termina la vida deportiva se vuelve a empezar de cero.

            Tampoco se debe infravalorar el peso de la suerte. Si un equipo gana, es debido a “su carácter ganador” y a que “nunca se da por vencido”. Si pierde, “no saben gestionar sus ventajas” o “les falta carácter competitivo”. Como tantas otras cosas en la vida, primero se ve el resultado, después se sacan las conclusiones. Es una pena que funcionemos así. Podemos reflexionar: si un equipo de fútbol tira una vez a puerta y gana el partido, “han sido muy prácticos”. Si tira tres veces al poste, falla un penalty y el portero rival tiene el día de su vida, “son unos inútiles que no han sabido aprovechar sus ocasiones”. En el segundo caso han jugado mucho mejor, pero sólo se contabilizan los números.

            Por supuesto, no pasa eso sólo en el deporte. En las elecciones andaluzas de diciembre del pasado año, Vox dio la sorpresa al sacar muchos más diputados de los previstos. En consecuencia, el ideólogo que  preparó las elecciones era un “genio” y un “mago”. ¿Qué es ahora?

            En consecuencia, podemos sacar tres conclusiones.

            Es más importante el esfuerzo que el éxito. Los valores se demuestran cuando se pierde. No es bueno dormirse en los laureles.

 

76 - 20 (septiembre).

                Llegan las elecciones. Es fácil saber los mensajes que vamos a recibir y transmitir durante el tiempo que falta hasta el 10 de noviembre. ¿Qué dirán los políticos? “La culpa es de los demás”, “hemos hecho todo lo posible pero con esta gente no se puede”, “el resto de partidos se preocupa por sí mismos; nosotros lo hacemos por nuestro país”. En conclusión: “entiendo tu enfado, pero necesitamos tu voto”.  ¿Qué dirán los electores? “No hay derecho, tienen una cara enorme, sólo piensan en sí mismos”, “no deberían cobrar si no hay gobierno ya que  así se pondrían de acuerdo seguro” o “la nueva política se ha fusionado con la vieja”. Aquí hay dos posibles conclusiones: “no merece la pena votar a nadie” o “votar al menos malo”.

            En todo éste maremágnum preelectoral ha pasado inadvertido un estudio internacional de valores  realizado por la Fundación BBVA en Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España. Un número llama poderosamente la atención: en nuestro país, el 76% de las personas piensan que el Estado es el principal responsable de asegurar una vida digna a todos los ciudadanos. Es una cifra escandalosa y preocupante, y existen muchas razones para alarmarse debido a la gran cantidad de implicaciones que implica este pensamiento. Por ejemplo, en Alemania sólo tiene esa idea el 41% de la población. En el resto de países, la media es del 51%.

            Para empezar, ¿alguien en su sano juicio puede pensar que estos políticos pueden asegurar el bienestar de toda la población? ¡Si no hay forma de que lleguen a un acuerdo! Hay tantos puestos para repartir que el pastel es insuficiente. Claro que siempre se puede plantear una solución a “la Navarra”: crear una multitud de carteras ministeriales y punto. Opciones, muchas: además de las clásicas como sanidad, educación o defensa se añaden otras como mundo digital, inmigración, baloncesto (que por algo se ha ganado el mundial), juventud, cocinas igualitarias, pájaros silvestres y juego (así se recauda más dinero de las casas de apuestas o de las tragaperras).

            En este contexto, es ilusorio pensar que se puedan alcanzar acuerdos en asuntos más complejos como la educación, las pensiones o innovación y desarrollo. Así, la conclusión no puede ser más evidente: la responsabilidad no puede ser del Estado. Claro que éste debe cumplir, entre otros,  papeles como la gestión de catástrofes, la creación de leyes adaptadas a los nuevos tiempos, asignar  bienes públicos como la sanidad o la educación (permitiendo la capacidad de elección entre personas que prefieran opciones privadas), el mantenimiento y la creación de infraestructuras o por supuesto, atender a las personas que no pueden valerse por sí mismas debido a diferentes imponderables.

            En todos estos análisis se debe plantear un matiz: distinguir entre  políticos y funcionarios del Estado. En su inmensa mayoría, estos últimos se dedican a cumplir correctamente cometidos tan dispares como ser jueces, policías, bomberos, profesores, médicos, inspectores de Hacienda o gestores. Por supuesto, merecen nuestro reconocimiento.

Como consecuencia del 76%, en España, sólo el 20% de los encuestados está de acuerdo en que “cada persona deber ser el responsable principal de asegurar su propio nivel de vida digno”. En Italia, piensan lo mismo el 29%;  en Francia, el 39%; en  Reino Unido, el 48% y en Alemania el 54%.

            Este resultado  demuestra que tenemos la mala costumbre de  asignarnos derechos  sin ofrecer a cambio obligaciones. Sin embargo, la vida es intercambio. En la economía de hoy una persona puede acceder a bienes como los coches, móviles, alimentación o ropa debido a que se dedica a alguna actividad económica particular. No tiene sentido recibir sin dar. Y queremos que el Estado nos de todo hecho. ¿Tiene lógica?

            Reflexionemos: ¿quién hace más por la vida de los ciudadanos? ¿Un político del Congreso o un médico? Más aún, ¿acaso un empresario que arriesga su dinero no aporta riqueza y bienestar? ¿Y qué podemos decir de voluntarios o religiosos que se dedican a ayudar a los que menos tienen? ¿Y los trabajadores que cumplen laboriosamente su función diaria?  ¿Y las personas que cuidan a familiares con discapacidades?

            En conclusión, la responsabilidad de tener una vida digna es de cada uno de nosotros, apoyado por el conjunto de la sociedad. Cuando compramos, cuando reciclamos, cuando decidimos cómo usar nuestro tiempo o cuando realizamos una inversión tenemos una influencia más importante que la realizada al votar. No podemos olvidarlo.

            Si olvidamos la historia estamos condenados a repetirla. Y sabemos que la decadencia de muchos imperios o civilizaciones siempre llega cuando los culpables son los otros.

 

En resumidas cuentas, a estos políticos sólo les podemos pedir tres cosas. Uno, el mantenimiento de la seguridad jurídica. Dos,  que entiendan que las personas son seres humanos y no votos. Tres, que mantengan un mínimo equilibrio financiero sin realizar gastos estúpidos. Es injusto hacer pagar mañana a los jóvenes que no pueden votar hoy los dispendios del presente.

 

El flautista de Hamelin (septiembre).

El famoso cuento de “El flautista de Hamelin” data del siglo XIII. En el mismo, un cazador de ratas que viste extrañas ropas es contratado para llevarse a los roedores que invaden una ciudad tocando su flauta mágica. Los animales terminan en el río Weser, donde mueren ahogados. No obstante, la población niega al flautista el pago de su trabajo. En represalia, el flautista repite la estrategia con los hijos de los lugareños, los cuales terminan en una cueva. Sólo se salvarían tres de ellos. Un matiz: las ratas no aparecen hasta una versión de finales del siglo XVI. Eso fue debido, posiblemente, al efecto de la peste bubónica, ya que fue transmitida por esos animales.

¿Cuál es la moraleja del cuento? ¿Qué podemos aprender del mismo? ¿Cuáles son los flautistas de hoy en día?

 Frente a las plagas económicas, ideológicas o espirituales las sociedades tienden a acudir a personas carismáticas que ofrezcan soluciones drásticas a sus problemas. No es difícil asociar esta idea a los líderes de países como Estados Unidos (Trump), Rusia (Putin), Reino Unido (Johnson), Turquía (Erdogan), Brasil (Bolsonaro) o China (Xi Jinping).

Esta idea la expresa uno de los historiadores más influyentes del mundo, Niall Ferguson, en su libro “La plaza y la torre”. Trasladada a comienzos del Siglo XX, argumenta cómo quienes dieron al poder a los flautistas de la época lo pagaron con la vida de sus hijos. En los tiempos que corren no se percibe peligro de guerra mundial debido a una cuestión sencilla: en caso de darse, nadie la puede ganar debido a la “destrucción mutua asegurada”. Pero el cuento es pertinente, ya que corremos el riesgo de dar el poder a flautistas cuyo único objetivo es el poder como fin en sí mismo, no como medio para plasmar unas políticas que conlleven una mejor convivencia en sociedades cada vez más complejas e interconectadas.

No obstante, existe una diferencia con el mundo actual. Mientras que el flautista del cuento al menos logró eliminar las ratas, a día de hoy la cosa es más difícil. Las ratas actuales son el cambio climático, la desigualdad, el desempleo, las migraciones descontroladas, las adicciones humanas o la gran cantidad de personas que están fuera o en riesgo de salir del sistema económico. ¿Entonces

Los flautistas actuales tocan su música para engatusar a la sociedad usando dos técnicas distintas. Uno, saltarse las reglas. Basta decir que las normas actuales no sirven para afrontar los problemas. Como el cambio de las mismas es muy lento y engorroso debido a la lentitud con la que se manejan las instituciones, lo mejor es tomar decisiones drásticas. Muy mal. Todo ello no sirve para alcanzar nada bueno: Boris Johnson, por ejemplo, ha montado un lío enorme con su pretensión de forzar el Brexit duro cueste lo que cueste.  Lo que ha pasado en Cataluña es otro caso claro. Y todo ello conlleva dificultades jurídicas que paralizan la economía y la convivencia. Es inevitable: siempre habrá unas personas que entiendan razonable saltarse la ley en caso extremos, y otras que entiendan las normas como una línea roja.

Dos, desviar los problemas. Es lo que están haciendo de una forma excelente los partidos políticos en España de cara a defender sus intereses particulares. Los más particulares: los de cada puesto individual. Los problemas más importantes no son las parcelas de poder, no. Y sin embargo, es de lo que más se ocupan los medios. Nos están llevando con la música a su terreno. Importan las pensiones, importa el trabajo, importa la competitividad global del país, importa adaptar la educación a los retos de mañana, importa la salud. En definitiva, importa  la vida, en cantidad y calidad, de las personas. Cuando nos dicen que el cambio climático se arregla con un ministerio o consejería de medio ambiente, y usan la misma lógica para asuntos como la igualdad o las migraciones, nos están engañando. Simplemente, son puestos. Estos problemas tienen enfoques diversos. Si son globales (migración) se deben afrontar mediante los organismos o eventos necesarios para ello (Unión Europea, ONU, reuniones entre países interesados, cumbres). Si son locales (sanidad, educación) las estructuras ya están hechas y se deben ajustar mediante leyes y normas de paternalismo libertario: se incentiva  el deporte o la dieta mediterránea, se penaliza el tabaco o el alcohol. En este sentido, basta valorar lo que haya realizado cada consejería en el caso de Navarra o cada ministerio en el caso de España durante los últimos años. Escaso.

En conclusión, es responsabilidad de nosotros mismos, de la sociedad civil y de los medios orientar el debate a lo que importa sin dejarnos llevar por la música que nos imponen.

La flauta es un instrumento maravilloso: se estima que tiene 100.000 años de edad. Es lo que tiene la música, nos embruja. Eso está muy bien.

Pero debemos ser conscientes de lo que importa: la letra

La tanqueta (septiembre).

                Los Toronto Raptors ganaron, de forma sorprendente, la NBA (la competición de baloncesto norteamericana, si bien es un equipo canadiense). Fue destacable el papel en este triunfo de Sergio Scariolo, entrenador de la selección española de baloncesto, Serge Ibaka y Marc Gasol. Desde luego, muy meritorio. También lo es que Toronto no tuviese ningún jugador que haya estado entre los 10 mejores puestos del draft.

            Para los no entendidos, el draft de la NBA es una “subasta”  que realizan cada año los equipos entre los jugadores universitarios más destacados para ficharlos. En aras a mantener la igualdad de la competición, los equipos peor clasificados tienden a elegir los primeros puestos. Eso puede llevar a estrategias perversas, ya que con la temporada perdida lo más racional es dejarse perder para tener la opción de elegir a los mejores jugadores la siguiente temporada. No obstante, la competición tiene los mecanismos necesarios para evitar estas circunstancias.

            ¿Cómo elegir un jugador? Sin duda, en el baloncesto las estadísticas dicen mucho.  A uno de los mejores jugadores de la historia, Larry Bird, no era necesario ni ir a verle: llegó a promediar 30 puntos y 20 rebotes por temporada antes de llegar a la NBA. Pero los casos más normales son muy complicados. Elegir bien es fundamental. Así pues, ¿qué hacemos? Usar el Big Data. El equipo que mejor lo hacía: los Houston Rockets. No obstante, siempre ha reconocido su mayor fracaso: no haber elegido a Marc Gasol, cuando su modelo estadístico era el más adecuado. ¿Cómo se puede explicar semejante desastre? Muy sencillo. Por un mote.

            Mundial del 2006. Fran Vázquez se lesiona, y el seleccionador Pepu Hernández debe decidir el sustituto. Acude Marc Gasol, y como muchos críticos entienden que eso es debido a su  apellido. En esa época el mote de Marc era “la tanqueta”,  semejante a una mole.

            Mundial del 2006. España es campeona. Después, Marc triunfa en el Akasvayu Girona, en su etapa previa a viajar a Memphis, sustituyendo a su hermano. Posteriormente, su carrera es conocida: tres veces All Star, mejor defensor del año en 2013, lleva a su equipo a la final de la conferencia y finalmente, este año ficha por Toronto y gana la competición. Sin embargo, en el draft del 2007 ocupó la posición 48. ¿Cómo puede ser?

            Dary Morey era el ojeador de los Rockets. Cuando estaba pensando en adquirir los derechos de Marc, una foto suya le hace cambiar de opinión: parece que físicamente anda justo. Es más, le llaman “Man Boobs” (hombre con tetas). ¿Cómo  fichar a alguien así?

           

Por supuesto, todos los datos dicen lo contrario: Marc mejora a pasos agigantados y tiene un potencial enorme. Pero también tiene tetas. Fuera, fichamos a otro. El resto es historia. Pero no sólo historia de baloncesto. Historia de la bolsa, historia de la vida.

            De la misma forma que se usan métodos estadísticos para valorar a jugadores de cualquier deporte, lo mismo se hace con la valoración de acciones. Sólo hace falta responder a una pregunta: ¿están sobrevaloradas o infravaloradas? En el primer caso, se vende. En el segundo, se compra. Punto y final.

            En el mundo de la inversión, existe un debate muy vivo. ¿Es mejor la gestión activa o la gestión pasiva? En el primer caso, contratamos un asesor al que debemos remunerar con la esperanza de que su resultado sea mejor que el del mercado. En el segundo caso, se piensa que lo mejor es tener acciones que representen de la mejor forma posible la bolsa de valores y ya está. La gestión activa vale la pena si el resultado obtenido menos la comisión es mayor que el resultado del mercado. ¿Entonces?

            Aunque existen diferentes formas de hacer valoraciones (análisis técnico o fundamental, modelo CAPM o de Gordon Shapiro) lo más efectivo parece ser la gestión en valor. Fácil explicarlo: comprar barato. Difícil aplicarlo: puede que el precio refleje el valor real de la empresa. En este caso, aparece de nuevo la historia de Marc Gasol “la tanqueta”: lo más práctico es comprar empresas que tienen pequeños defectos, ya que el mercado las penaliza excesivamente.  

            Sea de una u otra forma, la cuestión es que los motes afectan nuestra forma de ver las cosas, ya que se asocian a la persona, institución, región, partido político o país de referencia de forma intensa, generando asociaciones muy profundas en nuestra percepción de la realidad. Pensemos en expresiones como judío, rojo, facha o tacaño, por ejemplo. Cada uno de nosotros puede reflexionar acerca de cómo las aplica.

            En un mundo en el que cada vez se incorporan más guionistas y relatores para realizar campañas electorales, de marketing o de ventas, los motes cuentan. Se repiten una y mil veces hasta que calan, creando en la mente de cada uno de nosotros una posible “tanqueta”.

            Ahora toca desear lo mejor a Marc y a su equipo en la fase final del mundial de baloncesto de China.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

Telediarios (septiembre).

¿Cómo va el mundo? ¿Qué es lo que está pasando? ¿Cómo informarnos?

Existen diferentes medios para ello. Los más ordinarios: prensa, radio y televisión. Los modernos se resumen en uno: Internet. A partir de ahí, existen muchas opciones. La principal, acudir a webs de medios de comunicación de prestigio reconocido. En este caso, están apareciendo medios que únicamente tienen versión digital. Cuestión de costes. No obstante, hay más posibilidades. Redes sociales, las cuales permiten opciones para estar informados. Buscadores, marcando la cuestión que nos preocupa y acudiendo a webs que nos den información relacionada con la misma. Wikipedia, aunque para ello se debe confiar en la constante actualización de la web. Sea de una u otra forma, este último instrumento es útil para abordar cuestiones más antiguas o notas históricas siempre que se cumpla una condición: contrastar datos.

Si nos quedamos con un medio habitual, ese es el de la televisión y el célebre “parte”. Se supone que una imagen no engaña, aunque existen avances tenebrosos en el mundo de la tecnología que permiten oír a alguien decir algo que no ha comentado nunca o ver un hecho que no es real. Decía Groucho Marx, con una expresión ingeniosa: “de quien quieres que me fíe, de ti o de mis ojos”. Hoy esta frase ya no es segura.

Los apartados de un telediario son diferentes a los de un periódico. En la prensa, se suelen abordar por separado temas como las noticias nacionales, internacionales, regionales, opinión, deportes, economía, secciones culturales, agenda y los datos útiles. Si hay alguna catástrofe natural su magnitud y cercanía hacen que aparezca con más o menos espacio en la portada, pero la ampliación de la información estará en su sección correspondiente.

No funciona así en el caso de los telediarios. En este caso, aparece un sumario principal que agrupa las noticias por orden de importancia y posteriormente se van tratando a lo largo del tiempo que dura el informativo. Los días más tranquilos, aquellos en los que no existe alguna noticia especialmente destacable se abordan a temas políticos y asunto arreglado. Bueno, aquí habría que hacer un matiz. Se debe distinguir entre puestos para políticos y acciones políticas concretas. Durante la mayor parte del tiempo, y más aún después de la gran cantidad de elecciones que hemos tenido, todos los asuntos han ido al primer apartado. Por fin, la reciente elección de Concha Andreu como presidenta de la Rioja ha cerrado el escenario autonómico. Ahora toca prepararse para recibir, de manera pesada, el juego de sillas correspondiente para el Gobierno Central. Nos espera una buena.

 

 

En este escenario, ¿se aborda lo importante, que son las políticas concretas? Claro que no. Todos los discursos que hemos escuchado han sido pesados y aburridos: se promete mejorar la sanidad, la educación ser competitivos y lo más importante, siempre se va a “gobernar para todos” y siempre “se tiende la mano a todos los partidos, ya que el diálogo es lo primero”. Cómo hacerlo, eso lo dejamos para después de las próximas elecciones.

Entonces, ¿cómo se explica una estructura tan diferente en los periódicos y en los telediarios? Eso ya es más complicado de entender. Al menos, debe quedar claro que estos informativos tienden a infravalorar las buenas noticias y a sobrevalorar las malas noticias. Toca remarcar, eso sí, otra clave principal y asombrosa: los nuevos periodistas.

¿Nuevos? ¿No estaba la prensa en crisis? ¿Cómo puede ser?

Pues sí. Los nuevos periodistas somos tú y yo. Los nuevos periodistas somos todos. Reflexionemos un poco: una gran parte del telediario son grabaciones de particulares. Este aspecto tiene un punto muy triste: nos pasamos todo el día grabando, de manera que una aptitud humana fundamental como la atención se traslada a un triste y simple teléfono móvil. Pero vamos a volver a lo principal: partidos de última división con polémica, peleas callejeras, accidentes de tráfico….todo es susceptible de ser grabado por un tercero. Esto tiene una ventaja, cualquier matón de calle pensará: “ya no se puede ni dar una paliza tranquilo. Cualquiera me pueda estar grabando y claro, después todo son problemas”. Y ese aspecto, sin duda, genial. Por otro lado, crea desconfianza. Si encontramos una cartera en el suelo podemos pensar: “lo mismo me están grabando en una cámara oculta para algún concurso o para hacerme una prueba”. Quizás eso limite la libertad individual de las personas y nos haga ser más precavidos en nuestra vida cotidiana, pasando a ser aquello que está bien visto por la sociedad, no aquello que queremos ser.

Bien, eso no deja de ser un poco filosófico. Lo principal: cuando George Orwell escribió 1.984 todos aprendimos lo que era el Gran Hermano. Un ojo que todo lo ve y que sirve para mantener controlada a toda la sociedad.

Hoy el Gran Hermano somos todos, y sus pantallas son públicas.

Se llaman telediarios.

 

Javier Otazu Ojer.

PSICOLOGÍA POSITIVA (comienzo de septiembre).

Una de los problemas más olvidados en los tiempos que corren viene dado por los desajustes mentales que tienen muchas personas. Como prueba de ello, el número de suicidios diarios en España se estima en unas diez personas. Es una cifra escandalosa. Y eso sin tener en cuenta cuestiones como las depresiones, problemas de ansiedad, trastornos bipolares, casos de esquizofrenia, autismo o las enfermedades degenerativas que tantos estragos hacen en las familias y su entorno. Ya no sólo se discute por herencias: la forma de cuidar a los enfermos, el reparto del tiempo y de las competencias de cada uno son temas que deben ser tratados con sumo cuidado y un gran respeto centrando todos los esfuerzos en recuperar, mantener y alegrar en la medida de lo posible la vida del afectado. Para poder lograrlo, sólo se debe cumplir una condición: buscar mecanismos para que los cuidadores no caigan. Es viejo este dicho: ¿quién vigila al vigilante? Ahora se debe añadir un corolario: ¿quién cuida al cuidador?

Los problemas mentales tienen, en principio, dos enfoques posibles. Uno consiste en la medicación; para ello debemos acudir a psiquiatras. Se supone que existe un desequilibrio en el cerebro y se debe arreglar. Otro, intentar ver la realidad de otra forma. Para ello acudimos a psicólogos. El objeto principal es aplicar terapias que nos ayuden a comprender que las cosas no son tan negativas y que nuestra vida es un don único, merece la pena y debemos desarrollarla. Según los expertos, para las depresiones leves lo mejor es acudir a psicólogos, y para las más fuertes aplicar los dos enfoques a la vez, ya que son complementarios.

¿Existen más posibilidades? ¿Hay más opciones de arreglar estos problemas? Martin E.P. Seligman piensa que sí. Se considera el creador de la psicología positiva. Según su idea, los métodos anteriores son buenos, pero tienen un límite: el cero. Una persona pasaría de estar con un bienestar negativo a tener un bienestar nulo. Claro que es un avance; sin embargo, se puede progresar mucho más.

Comenzamos por la forma de afrontar el mal más común: las depresiones. Para empezar, una persona en estas condiciones tiene mala imagen de sí misma. En este sentido, no tiene sentimientos hostiles hacia quienes le aprecian. Es rabia contra sí mismo. Inicio obvio: aumentar la objetividad de los pacientes respecta de sus interpretaciones erróneas de situaciones. Posteriormente, se buscan aspectos positivos del enfermo. Desarrollándolos, se suprimen visiones negativas de sí mismo. Todos tenemos alguna virtud: ¿por qué no darle más valor?

En estos casos, la familia y los amigos más cercanos tienen una labor muy importante que hacer. Deben cargarse de paciencia, no tomarse las palabras del enfermo al pie de la letra, seguir las recomendaciones de los profesionales, no obsesionarse en buscar la información en Internet (bueno, eso es una recomendación de los profesionales), tener empatía y buscar un equilibrio entre el cariño, la comprensión y la disciplina que se debe aportar al enfermo para ayudarle a superar su situación

Un método efectivo que ayuda a salir del pozo es el denominado de “las tres bendiciones”. Dura una semana. Se debe escribir a la noche tres cosas que hayan salido bien durante el día y la razón por la cual ha sido así. A partir de ahí es razonable esperar alguna mejoría. En el mismo camino es útil la aportación de Phil Zimbardo. Según su teoría, las personas pueden estar orientadas al pasado (priorizando recuerdos positivos o negativos), al presente (puede ser buscando el placer o con una visión fatalista) o al futuro (metas de la vida diaria, espíritu de trascendencia). Se trata de suprimir el pasado negativo  y el presente fatalista. ¿Cómo? Potenciando los recuerdos positivos y recompensando los pequeños triunfos diarios para ver así un futuro mejor.

Ahora bien, la psicología positiva, ¿en qué consiste?

Según todas las investigaciones realizadas, las claves de la misma están en potenciar, por sus iniciales en inglés, el PERMA. Emoción positiva (positive emotion), compromiso (engagement), buenas relaciones humanas (positive relationships), significado (meaning and purpose) y logro (accumplishment). Para ello debemos desarrollar las virtudes comunes a todas las culturas humanas, que son seis: sabiduría, coraje, humildad, justicia, templanza y trascendencia. Estas virtudes se subdividen en 24 cualidades, que debemos estudiar y trabajar. Curiosamente, la base del éxito consiste en hacer muy bien una o dos cosas. Eso pasa por conocernos bien a nosotros mismos. Sin embargo, nos atormentamos por nuestras debilidades.

Sea de una u otra forma, las evidencias demuestran que a las personas optimistas les va mucho mejor que a los pesimistas.

En todo caso, podemos ver la psicología positiva como una especie de medicina preventiva. Conociendo y aplicando sus ideas, se pueden evitar enfermedades. Además, estos principios también sirven para tratar pacientes.

Es el momento de reflexionar y cuidar la línea de nuestra vida.

El pasado, el presente, el futuro.

La memoria, la percepción y las proyecciones imaginadas.

 

Javier Otazu Ojer.

La Liga (agosto).

 

¡¡Por fin empieza La Liga!! Después de mucho tiempo de sacrificio, sin ningún entretenimiento digno de tal nombre, aburridos entre chiringuitos, playas, tertulias y bloques de cemento nuestra vida vuelve a tener sentido. Comienza el espectáculo.

Después del balance de millones gastados, de valorar los objetivos del cada equipo según los fichajes realizados, merece la pena resaltar el olvido del agente más importante, del alimento de la competición: los aficionados. No se trata del tema de los horarios (de momento se juega los viernes, y los lunes no). Se trata de todo lo que aportan y de la financiación que aportan a la competición. Vamos a evaluarla.

La taquilla de los Estadios ha bajado. Normal: los medios tecnológicos permiten ver los partidos de fútbol, si lo deseamos, incluso en el teléfono móvil. Y eso supone otras fuentes de financiación. Sin embargo, que no nos engañen. Todo el pago de la competición, todo, es de los aficionados. Eso se hace por cuatro vías diferentes. La primera y más evidente, la compra de la entrada. La segunda, mediante la suscripción de un medio que aporte el contenido al receptor deseado (televisión, tableta, ordenador o teléfono móvil). Tercera, consumiendo en un lugar que difunda un partido concreto de fútbol. Aunque lo más común es un bar, existen centros comerciales que permiten ver partidos mediante pantallas gigantes. El dinero de las consumiciones sirve para que el propietario del bar o del centro comercial pueda sufragar los gastos de televisión. Cuarto, comprando o invirtiendo en algún producto de los que se anuncia en la publicidad de la competición. Dicha publicidad viene de muchas fuentes: patrocinadores oficiales, carteles de los campos de fútbol, cortes de radio o de televisión.

Se debe  resaltar el tema de las apuestas. No está suficientemente regulado. No se trata de prohibirlas, pero tampoco deberíamos incentivarlas a los niveles en los que se hace. Existen famosos que además aportan su imagen para ganar así todavía más dinero, lo cual tiene un nombre; egoísmo supremo. Tiene sentido que un publicista contrate a actores que se dedican a ello: es su trabajo. Sin embargo, lo de los famosos es vergonzoso. Por el hecho de serlo ganan unas cantidades enormes de dinero. Bueno, todos queremos más, y más y más y mucho más. Además, se denuncia que no se controla suficientemente el acceso a las apuestas a los menores de edad. Por último, en muchos barrios hay más casas de apuestas que librerías. No vamos bien, no.

En definitiva, la conclusión es clara: los aficionados son los que pagan toda la competición. Proporción final, cien por cien.

Ahora bien y tema de horarios aparte, ¿se les puede tratar mejor? Vamos a plantear tres posibilidades, dos evidentes, una peliaguda.

 

Uno, los jugadores deberían tener más contacto con los aficionados, ya que son los que pagan hasta el último euro de su sueldo. Muchos de ellos tienen un divismo enorme, aunque según ellos “sigo con los pies en el suelo” o “mantengo los amigos de toda la vida”. Es cierto que estrellas consagradas no tienen tiempo material para cubrir todos sus compromisos, pero todos los futbolistas deberían trabajar alguna hora más a la semana en “compromisos sociales”. Ir a un colegio por sorteo, a un hospital o a un centro de ancianos serían buenas opciones. Muchos acuden  sólo un día de Navidad para sacarse la foto y salir en la prensa.

En este sentido, merece resaltar el punto de vista de jugadores de baloncesto como Pau Gasol. Siempre ha comentado que en la mayoría de los partidos que juega hay aficionados que han acudido desde cualquier rincón del planeta a verle. En consecuencia, atiende a todos los que puede. A todos. Se podría predicar con el ejemplo, ¿no?

Segundo, el pago de los derechos de televisión por parte de bares pequeños, las típicas tascas de barrio. A veces son enormes, y no les compensa contratar los partidos debido a que el gasto es enorme. ¿Cómo puede ser que todos los establecimientos paguen lo mismo? ¿Es justo?  Se arriesgan a perder clientela y al final, el negocio. Está claro: es inadmisible.

Tercero y más delicado: el tema del alcohol en los campos de fútbol. ¿Por qué un aficionado no se puede tomar una cerveza o un vino viendo el partido? La cuestión tiene fácil remedio: el derecho de admisión. Si alguien está bebido, existe una comprobación muy sencilla: el alcoholímetro. Pasado un nivel, y si se estima que ha quebrantado las mínimas normas de civismo exigible, a la calle con una buena multa. Por cierto, así sea generaría más riqueza y más puestos de trabajo. Algo es algo. Además, ¿cómo es posible que los que vayan a la zona VIP puedan beber los cubatas que deseen y el resto de aficionados no? Es como si se permite fumar en el palco de autoridades y en el resto del campo no.

En todo caso, se abre el telón

 

            A disfrutar de la competición.

Bodas de oro y diamantes. HOMENAJE AL AMOR. VERANO 2019.

 

                Cuando éramos niños, los veranos eran eternos. Desde que terminaban las clases, allá por junio, hasta septiembre teníamos todo el tiempo de ocio para disfrutarlo y vivirlo. Es hermoso, el mundo de la infancia. Es triste, la rapidez con la que lo abandonamos. Lo que era fantasía, se convierte en realidad. Lo que era diversión, se convierte en preocupación. Lo que era imaginación, se convierte en rigidez y vida plana.

            Conforme nos vamos haciendo mayores, tenemos la sensación de que el tiempo pasa más deprisa. Estamos a 5 de junio, ha pasado medio año, y hace poco estuvimos celebrando la Navidad. Estamos en el año 2019, y hace no tanto tiempo parecía que faltaba una eternidad hasta llegar al año 2000. Estamos celebrando las bodas de diamante de Miguel y Humildad, y parece que la boda fue hace unos días. Estamos celebrando las bodas de oro de José María y Elisa; de Francisco y Mari Carmen, de Pedro Mari y Ana María, de Felipe y  Remedios, de Julián y  Teófila, de Antonio y e Inmaculada, de Ismael y  Concepción, y parece que la boda fue ayer.

            Después de todo, quizás sea cierto. Cuando existe amor, compromiso, dedicación y lealtad, una boda perdura a lo lardo del tiempo. Al fin y al cabo, es lo que se necesita para permanecer unidos durante tantos años.

            El tiempo. El dinero va y viene. Bueno, sobre todo se va. El tiempo, sin embargo, solo se va. El amor, sin embargo, se queda. Y hoy es un día excelente para comprobarlo.

            Vivimos tiempos extraños. En España hay ya más perros que jóvenes menores de 15 años. Es más; en Madrid el número de mascotas es el doble que los niños menores de 3 años. En algunos países ya existen los matrimonios por contrato: las parejas se comprometen a estar juntos 2 años y después deciden si continúan o no.

            Afortunadamente, no es el caso. Hoy es un día de celebración. Toca recordar el pasado, vivir el presente y preparar el futuro.

            Está demostrado que el matrimonio engorda (de media, 5 kilos en tres años). La comida que vamos a tener después, también.

            Pero el matrimonio también da años de vida.

            Son las cosas de la estadística.

            Pero sobre todo, son las cosas del amor.

            Muchas gracias, muchas felicidades.

           

El amor.

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

            Lope Félix de Vega y Carpio.

            Tal vez el más bello poema de amor escrito en lengua castellana.

           

 

 

Estadísticas, intereses y realidad (agosto)..

 

                ¿Cómo interpretamos la realidad? De acuerdo a la representación que tenemos de la misma. Dicha representación se adecúa a nuestros intereses. Unas veces lo hacemos de forma consciente, otras veces no.

            Podemos empezar por un ejemplo muy sencillo. Cuando unos padres interpretan el comportamiento de sus hijos, tienden a minimizar sus posibles defectos, de la misma forma que sobrevaloran los errores de otros niños. Caso sencillo: una simple merienda. Si mi hijo no tiene cuidado con su ración y se pasa comiendo, el pensamiento es “el pobrecito tiene hambre”. Si lo hace otro, la cosa cambia: “ese niño es un glotón maleducado”. A nivel personal, pasa lo mismo. Si vemos un error de algún conductor, nos parece un patán. Si el fallo es nuestro, no nos parece tan grave y somos más indulgentes. Los errores de los demás son despropósitos. Los nuestros, un día malo.

            Por supuesto, que ocurra esto es algo positivo: ¿hay algo peor que vivir atormentados debido a que no paramos de cometer errores? En todo caso, son funcionamientos de nuestro cerebro que debemos comprender, ya que así nuestra interpretación de la realidad gana más objetividad.

            Esta interpretación de la realidad está sometida a prejuicios. Pensemos en una pelea callejera con heridos graves. Si se ha dado entre dos bandas de inmigrantes, nuestra conclusión es que son culturas en las que no se ha erradicado suficientemente la violencia. Si son personas de nuestro país, son cosas del alcohol y las drogas. Si se avería un aparato tecnológico fabricado en Japón lo consideramos un error si importancia. Si el aparato fuese de Senegal, la conclusión es que no tenía la fiabilidad debida. Más aún: es posible que a lo mejor ni siquiera lo habríamos comprado por eso mismo.

            En este contexto, parece que estos prejuicios terminan de instalarse en el software de nuestro cerebro antes de cumplir los 20 años. A partir de ahí, es más difícil cambiarlos. Claro que siempre existen lavados de cerebro cuyo funcionamiento es cada vez  más sofisticado.

            Es fascinante comprobar como la interpretación de los resultados electorales está subordinada al interés particular. Cuidado, que esta teoría sirve también para otros resultados como análisis de situaciones empresariales o de audiencia de los diferentes medios de comunicación. “Mantenemos el primer puesto”, “somos el medio que más crece” o “hemos consolidado nuestra posición” son conclusiones habituales.

 

 

            Volvamos a los resultados electorales, caso de Navarra. Para el PSN, “la ciudadanía desea una mayoría progresista y nosotros hemos entendido el mensaje”. En el caso de Navarra Suma, “ha ganado la mayoría constitucionalista y el cuatripartito se ha hundido al bajar de 26 escaños a 19”. En este caso, el refrán aplicado sería “dime a quien votas y te diré cómo explicas el resultado electoral”.

            La forma estándar de interpretar la realidad es mediante estadísticas. Normal: nos hemos educado bajo la dictadura de los números. Las cifras no mienten, pero a los que mienten les gustan muchos las cifras. ¿Por qué? Es debido a que se pueden orientar y manipular a discreción.

            No obstante, se debe hacer un inciso previo. La mayor parte de las cosas que importan no se pueden medir con números. El nivel de felicidad, la esperanza de las personas en un futuro mejor o la magnitud del cambio climático no se pueden valorar mediante cifras. Se usan los denominados “proxys”, que son valores aproximados de lo que deseamos medir. Así, para evaluar la felicidad se usan encuestas de satisfacción personal, en el caso de la esperanza, se preguntan cuestiones relacionadas con las perspectivas futuras y para el cambio climático podemos medir la concentración de CO2, la temperatura media o el número de catástrofes naturales en una zona determinada.

            Respecto de las estadísticas, se pueden manipular de tres formas. Una, dar un indicador que no representa adecuadamente lo que queremos valorar. Por ejemplo, nos suelen dar el salario en medias, pero la mediana es más representativa cuando existen datos extremos. Si de 10 personas 5 ganan 1.000 euros al mes, 4 ganan 2.000 y una gana un millón de euros, la media (100.130 euros) no se ajusta a la realidad tan bien como la mediana (1.500 euros). Dos, usar comparaciones falsas. El paro de agosto de un año se debe comparar con el de agosto del año pasado, no con el mes anterior (este procedimiento se llama desestacionalizar datos). Tres, ocultar datos relevantes. Por ejemplo, hacer una consulta vinculante a la militancia de un partido y decir que han votado a favor el 90% de las personas. En este caso deben darnos el total de la participación. Si ésta ha sido del 30%, la proporción total de afiliados a favor es, haciendo la multiplicación, del 27%. Sin embargo, si votan positivamente el 70% de las personas y la participación es del 80%, los afiliados a favor serían el 56%.

            Son las cosas de los números, del cerebro y de las interpretaciones interesadas de la realidad.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la conducta. UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.com

Poder (agosto).

 

                Si hay algo que ambicionan los seres humanos, sea de una forma u otra, es poder. No sólo el poder en términos políticos, claro está. Poder cualquier cosa. Poder volar, poder tener un apartamento al lado de la playa, poder tener millones y millones de euros, poder controlar mejor a los hijos, poder tener un trabajo o una empresa….

            Sí, hay muchos tipos de poder. Pero el que nos ocupa es uno: el Poder. Ser Presidente del Gobierno, de la Comunidad Autónoma o ser alcalde. Son puestos en los que se tiene la posibilidad de obligar a otras personas a actuar de una forma determinada.

            Sin duda alguna, a lo largo de la historia de la humanidad ha habido millones y millones de muertos única y exclusivamente por Poder. ¿Tiene sentido? ¿Es eso justo? ¿Ocurre eso en otras especies animales? ¿Existe alguna forma de reconducir todo este problema? ¿Cuál es la diferencia entre poder y autoridad?

            Si pensamos en la antigüedad, nuestra mente identifica las batallas recordando personas a caballo, con arcos, flechas, trabucos; de manera más avanzada metralletas o lanzamisiles. Viva la fuerza bruta. En este caso, el candidato más adecuado es Mao, que tenía una estrategia para ganar las batallas: “basta tener más soldados que balas tenga el enemigo”. En fin, viva la vida humana.

            Nos cuesta mucho pensar en términos de otras épocas. Actualmente, el nacionalismo, sea el que sea, lo impregna todo. Se pelea por un país, sea reconocido o no. Basta tenerlo en la mente. Aunque parezca mentira, esto es una excepción en la historia de la humanidad. Es en la Primera Guerra Mundial donde cambia el parámetro: las luchas ya no son de clases sociales. De hecho, eso es lo que motivó la revolución más famosa de toda la historia: la francesa.

            Nuestros humildes predecesores (se estima que el total de homo sapiens sapiens que han habitado nuestro planeta, es decir hombres que piensan y además saben que piensan, es de 100.000 millones; la décima parte de la deuda pública española) tuvieron una educación completamente diferente a la nuestra. No les enseñaban historia. Al menos, no se la enseñaban con el tipo de relato actual. Hoy se vende como una competición de “buenos” (los nuestros) contra “malos” (los otros). Desde este enfoque, aprender historia en España supone conocer la conquista de América y la colonización de esas tierras, aportándoles modernidad y aspectos religiosos. En un país de Latinoamérica es al revés: los invasores son unos personajes ávidos de poder, tierras y tesoros que vinieron a imponer sus costumbres a la fuerza. Es evidente que todos no pueden tener toda la razón. El asunto se queda para los expertos y todos aquellos que deseen investigar un mundo tan fascinante como ese.

La cuestión es que se aprendían unos conceptos básicos de lectura, escritura, matemáticas y lenguaje. A partir de ahí, lo importante era sobrevivir. ¿Qué hacer? Apuntarse al grupo que nos pueda dar más posibilidades de supervivencia y mejores recursos. No había más opciones, ni era un mundo en el que había tantas posibilidades de elegir. No debemos olvidar que la declaración de los Derechos Humanos no viene de la antigüedad: es de ayer.

El Poder ha cambiado. Ahora el más importante es el político. No es eterno, ya que debe ser revalidado. Pero es lo que hay en un mundo líquido como el nuestro. Además, existe un aspecto que no es baladí: ser presidente supone un seguimiento enorme y sobredimensionado en los medios de comunicación. Todo el mundo te trata de diferente manera. Claro que los políticos reciben críticas, pero cuando alguien habla con un consejero, ministro o diputado muchas veces incluso se saca fotos con él. No deja de ser una pequeña subordinación, ¿no?

Este aspecto aumenta la vanidad hasta límites insospechados. Y lo más curioso: el Poder en sí mismo no es para tanto. Cuando George Bush hijo ganó las elecciones y le comentaron cómo funcionaba la estructura del Estado se fue de vacaciones con su esposa Laura ya que entendió que “no podía cambiar nada”. Lo principal es el dinero que se va a ganar, las prebendas y el hecho de ver que te conviertes en el “rey” de los medios y todos te tratan de forma diferente. Por lograr este nivel, muchas personas son capaces de todo. En este contexto, mentir es poca cosa: Boris Johnson, recién elegido primer ministro inglés, soltó mentiras indecentes para lograr el Brexit y ahí está.

Además, los límites presupuestarios hacen que no haya muchas posibilidades de hacer política. ¿Entonces? ¿Por qué se ha montado el escenario y las presiones que existen en Navarra?

Existe el poder normativo, aquel que sirve para generar reglas de convivencia. En una comunidad pequeña y a la vez estratégica como Navarra por razones conocidas por todos, eso genera una fuerza enorme.

Tanto como la lucha que estamos viviendo.

Javier Otazu Ojer

Economía de la conducta. UNED de Tudela.

www.asociacionkratos.com

 

La Luna y la Tierra. (Julio).

                Los principales acontecimientos del siglo XX son, posiblemente, las guerras mundiales, la guerra fría, la llegada del hombre a la Luna y para los navarros, los cinco Tours de Francia de Miguel Induráin. Sí, el tiempo pasa volando. Y con la sobreinformación que tenemos encima, todavía más. Cosas como las inundaciones de la zona media de Navarra o el incendio de Notre Dame tienden a pasar rápidamente al olvido. Es un enfoque sorprendente, que valdría para distinguir las “noticias stock” de las “noticias flujo”. El primer caso es algo que pasa en poco tiempo, menos de un día. A no ser que sea un drama monstruoso, pasan a ser olvidadas. Por otro lado, existen acontecimientos que duran más de un día. El caso típico: la posible investidura del Gobierno de Navarra, la búsqueda de algún desaparecido o el reiterado Procés catalán. Pasado un tiempo, todavía seguimos debatiendo sobre ellas: crean un poso más profundo en nuestra memoria.

            Para comprender la idea, pensemos en el famoso caso del niño Julen, desaparecido en un pozo en Totalán (Málaga). En la televisión se emitían programas especiales para comentar todos los avances de la investigación, los informativos comenzaban por ahí sus titulares. Sin duda, un drama. El mismo que pasó el chico que murió ahogado cerca Moriones mientras conducía su coche. Menuda diferencia de trato, ¿no? Cuidado, ya que no se trata de criticar a los medios. Se trata de comprender como percibimos las noticias.

            Toca volver a la Luna. Poco se puede añadir a todo lo analizado en los medios. Al menos, alguna anécdota. Neil Armstrong comenzó a recoger el pelo que le cortaban los peluqueros cuando supo que en algún caso lo llegaban a vender. Buzz Aldrin tuvo una vida más difícil, con problemas alcohólicos felizmente superados. Michael Collins no pudo ir en una misión anterior debido a una enfermedad y ese golpe de azar le llevó al Apolo 11. Es una forma fascinante de ver las cosas: nos podemos quejar por no poder pisar la Luna estando en el primer viaje de todos o nos podemos alegrar por tener la suerte de estar allí. Una última curiosidad. Se cree que la primera parte humana que tocó a la Luna fue un pie después de dar “un pequeño paso para un hombre”. Sin embargo, no es del todo correcto. En realidad fueron, en términos amables, “residuos orgánicos humanos”.

            En un mundo en el que se debate acerca de la veracidad de muchas noticias, muchas personas sospechan que la historia de la llegada a la Luna es falsa. No obstante, el hecho de que los rusos (soviéticos en este caso) lo admitiesen ya es una prueba de alto rango. Claro que siempre se puede preguntar aquello de cuál es la razón por la que no hemos vuelto a la Luna.

            El contexto histórico de la época nada tiene que ver con el de ahora. En esos tiempos hubo una carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que comenzaron ganando los rusos mediante el lanzamiento del satélite Sputnik I y el envío al espacio en un primer lugar de una perra (Laika, que falleció) y después, de un astronauta (Yuri Gagarin, que también falleció años más tarde, en un accidente de aviación). En muchos aspectos de la vida real, y más aún en el ámbito de la política internacional, no suele existir la medalla de plata para el segundo. Y esta carrera empujó a los Estados Unidos a un objetivo claro: la Luna. Otras industrias también aprovecharon este influjo para desarrollarse. Impresiona imaginar cómo deberían tener la moral los norteamericanos después de lograr el ansiado alunizaje, aunque también eran tiempos complicados. Siempre existía la posibilidad de que un malentendido o un loco desencadenase un holocausto nuclear de manera que se cumpliese la predicción de Einstein: “la cuarta guerra mundial será con piedras”.

            Hoy en día, son más comunes otras guerras. Las principales son las de recursos, las cibernéticas y las de adquisición de datos. En el ámbito de las primeras se puede comprender la vuelta a la Luna. Compuestos como el Helio 3 parecen abundar en la cara oculta de nuestro satélite; se cree que con ellos se podría generar energía como la del Sol. También están las “tierras raras”, fundamentales en la fabricación de nuevos dispositivos. Son cosas que se nos escapan.

Sea de una u otra forma, estos días se destaca, con justicia, el 50º aniversario de la llegada de tres personas a la Luna: Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Sin embargo, para el científico Juan Luis Ursuaga hay un día más importante. Fue el 20 de julio de 1968. En una misión espacial previa, el astronauta William Anders, desde el horizonte lunar, vio salir la Tierra. Sacó una foto. La humanidad observó, por primera vez, cómo es nuestro planeta.

            Todos deberíamos llevar esa foto en nuestro interior.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Verde, azul. (Julio).

                Verde, azul. Son los colores de moda en la economía. Posiblemente lo sean también de las vacaciones, debido a las asociaciones que podemos realizar con los mismos. En este caso, el verde simbolizaría el campo y el monte; el azul, el mar y el cielo. Está claro: para gustos, el verano. Sólo una recomendación: a lo hecho, pecho. Si no estamos convencidos de un destino, cada bache que podamos tener nos confirmará de nuestra mala decisión. Si ocurre lo contrario, cada pequeña alegría será una inmensa satisfacción. Somos así. Sea de una u otra forma, lo mejor es dejarse llevar y fluir. Y a vivir, que para cuando nos demos cuenta ya estaremos de vuelta al trabajo pensando en lo que pudo ser y no fue. En fin, peor sería tener ese pensamiento cuando tengamos ya una edad avanzada. No obstante, con buen espíritu y actividades variadas los años pasan mejor.

            ¿Por qué el verde y el azul son los colores de moda en la economía? El verde está asociado a la ecología. De hecho, los partidos adscritos a esta rama han ganado un peso enorme en las recientes elecciones europeas. La duda obvia: ¿por qué en España no existen partidos ecologistas? Respuesta: algunos partidos han logrado, con éxito, adscribir este ideal a su programa. Otros intentan hacer lo mismo con asuntos que tienden a ocupar portadas en los mismos, como el feminismo o el animalismo. Bueno, son estrategias políticas.

            Sí, verde igual a ecología y naturaleza. Si además tenemos en cuenta los problemas asociados al cambio climático y de los cuales empezamos ahora a ser conscientes, como el calor extremo o las recientes inundaciones de la zona media de Navarra, concluiremos que es el momento de tomar medidas.

            Por desgracia, aparece el mayor enemigo asociado a las decisiones humanas: la distancia existente entre el hecho (reciclar, uso de bicicleta y transporte urbano, reducción de uso de los coches y aviones) y su resultado (un clima supuestamente más benigno). Si además el hecho supone un gran esfuerzo y el resultado no está claro, ya tenemos los problemas. ¿Cómo evitarlo?

            Usemos un ejemplo extremo para comprender esta idea. Una persona está pensando usar cocaína una noche de fiesta. A cambio de dinero y riesgo pasará una noche maravillosa. Pero a los dos días la resaca será espantosa. Y lo más grave: a medio y largo plazo sabe con total seguridad, ya que está demostrado, todos los efectos que va a tener por tomar la decisión anterior. Además, cuidado: la cocaína genera adicción. Curiosidad: el cerebro activa los mismos sistemas de recompensa que en el caso de tener mucho dinero. Sí, todos queremos más, y más y más y mucho más.

           

En consecuencia, para defendernos del cambio climático comenzaremos por los hechos. Ya sabemos qué hacer. Para lograrlo, educación, educación y más educación. No queda otra posibilidad. Se trata de comprender que dejar una bolsa de plástico en un bosque es equivalente a romper los cristales de una tienda. Respecto del resultado, la evidencia empírica es abrumadora. Riesgo: la excesiva confianza en la tecnología futura. Vuelta al ejemplo extremo: es como tomar cocaína pensando que para cuando lleguen sus efectos secundarios a largo plazo la medicina habrá avanzado lo suficiente como para curarlos.

Además, se debe remarcar la última dificultad. No es lo mismo tomar medidas individuales que globales. Muchos países estarían encantados de reducir las emisiones de carbono a la atmósfera, pero si otros no lo hacen la cosa es más peliaguda. Económicamente, el país que contamina tendría ventaja competitiva y podría vender sus productos más baratos. Y claro, nadie quiere ser el “tonto del pueblo”. Ese es un tema de economía abordado por la teoría de la tragedia de los comunes.

En todo caso, el avance de los partidos ecologistas en detrimento de los populistas es una gran noticia.

Respecto de la economía azul, es una propuesta del año 1994 por parte del economista belga  Gunter Pauli que poco a poco comienza a tener más recorrido. Trata de integrar proyectos económicos sincronizados con la naturaleza, de manera que podamos crear un ecosistema completo. En este caso, los residuos que se generan pasarían a ser recursos para iniciar otro posible proceso. En otras palabras, se incluiría la también conocida como economía circular. Es seguro que poco a poco ser irán desarrollando más proyectos de este estilo: cultivar hongos con desechos de alimentos o biomasa con residuos domiciliarios.

Azul, verde. Verde, azul. Dos colores comunes con un significado económico profundo. En todo caso, disfrutemos durante estas fechas de las sensaciones que nos proporciona la naturaleza y cuyas mejores sensaciones vienen dadas por una brisa del mar, la tranquilidad que proporciona verse rodeado de praderas y árboles, la serenidad que da observar ese cielo que muchas veces queda oculto entre pantallas de ordenador, estrés, trabajo y ansiedad.

Azul, verde. Verde, azul.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la conducta. UNED de Tudela.

FIESTA (julio)

            Por fin llega la Fiesta, eso que tanto nos gusta, ese acontecimiento que llevamos tanto tiempo esperando, con una marcha atrás que nunca tiene fin. Ahora bien, ¿qué es la fiesta? ¿Cómo se puede definir? Es algo complicado, ya que existen muchos tipos de fiestas.

            Se puede comenzar por un pequeño oxímoron: para unos, la Fiesta por excelencia consiste en una corrida de toros. Para otros, es una tortura que debe ser erradicada. Sea de una u otra forma, es muy complicado encontrar una palabra que tenga un carácter tan positivo para unos, tan negativo para otros.

            Las elecciones son la “fiesta de la democracia”. ¿Seguro? Existen autores que piensan en que su valor es ridículo. La razón: las características de un buen candidato no encajan con las de un buen gobernante. Para un candidato es rentable realizar falsas promesas, soltar diatribas descomunales contra los adversarios o falsear la realidad. El ejemplo más obvio viene dado por las pensiones. Todos los políticos, sin excepción, saben que no son sostenibles a medio plazo (más bien a corto plazo: ha habido problemas con la paga extra correspondiente a este verano). Pero si aparece alguien diciendo eso y promete una bajada inmediata para que así las próximas generaciones tengan unas prestaciones mayores va a perder muchos votos. Es la realidad. Por desgracia, esta lógica no es aplicable a un buen gobernante. Es evidente que lo razonable sería decir siempre la verdad, pero no es así. Es más, algunos políticos llegan a comentar, con parte de razón, aquello de que “la gente desea ser engañada, tener esperanzas en un futuro mejor, aunque conozcan la dificultad de lograr ese objetivo”.

            ¿Existe alguna solución para evitar ese desajuste del mercado de la política? La pregunta es pertinente, ya que eso no es algo que ocurra en otros mercados. En el caso del trabajo, por ejemplo, los procesos de selección o las señales que mandan los candidatos (como tener un grado finalizado) son un predictor que permite obtener cierta fiabilidad acerca de su futuro desempeño profesional. Una opción que nos puede ayudar a arreglar este problema es tener organismos independientes que sirvan para evaluar monetariamente una promesa, o que estimen el número de mentiras de una persona que ocupa un puesto de responsabilidad.

            Será conveniente pasar a otras fiestas, ya que vivimos una realidad en el que la política está sobredimensionada. ¿Cómo evolucionamos? A partir de la ciencia y los empresarios visionarios. ¿Cómo influimos más en el mundo? Con nuestras compras, inversiones y uso del tiempo lo hacemos más que con nuestro voto.

            La fiesta se asocia a diversión y alegría. Y eso es lo que ocurre en San Fermín. Ahora bien, se puede llevar de diferentes formas. Si hemos realizado actividades que nos permitan “ganarnos” unos días de relax o estamos con un mínimo nivel de felicidad asociado a nuestra vida, es más fácil que nos riamos y lo pasemos mejor. En caso contrario, tarde o temprano saldrá nuestro desasosiego interior. Según el carácter de cada uno puede salir de una u otra forma: ser más irascible en el caso de tener un desencuentro con una persona, coger alguien por banda y contarle nuestras penas o soltar algún que otro vómito para “limpiar” la calle. Por esa razón, es conveniente hacer una pequeña prospección interior antes de comenzar la fiesta. Si estamos contentos con nuestra vida, enhorabuena. En caso contrario, se trata de plantear un plan futuro y buscar algún tipo de argumentación interna que nos permita obtener la paz interior necesaria imprescindible para fluir a lo largo de los días festivos. Parece una tontería, pero no lo es. Son estrategias que nos permiten disfrutar más de cada momento, sea de fiesta o no. De hecho, si en algo están de acuerdo todos los estudiosos de la felicidad es que la manera de ser dichosos es fluir, vivir el presente estando totalmente concentrados en lo que estamos haciendo. Para preocuparnos, el tiempo justo. Además, existen dos consuelos. Uno, sólo se cumplen el 10% de las preocupaciones. Dos, cuando se da el suceso que temíamos tendemos a adaptarnos a la realidad con una velocidad muy superior a la prevista.

            Una de mis fiestas preferidas es la “fiesta del conocimiento”. En los centros educativos se les llama “exámenes”, pero no es lo adecuado. ¿Cuándo se hace el trabajo? Precisamente, antes de la prueba que sirve para evaluar lo que hemos aprendido. En consecuencia, ¿hay placer mayor que demostrar nuestra sabiduría?

            Sí, uno. Es plantearse la vida como una fiesta.

            Lo admito, es exagerado. Existen muchas desgracias y espinas que nos van a tocar (estadísticamente, tenemos un problema grave cada dos años de vida). Pero entre estar aquí y no estar, la elección es fácil.

            Existen otras posibilidades. Ante la alegría, disfrutar. Ante la tristeza, asimilar y reconstruir. Por último, a veces existen sucesos que son para reír o llorar.

            En ese caso, ¿qué se debe elegir?

            Está claro: la fiesta.

Europa (julio).

                Días de reuniones agotadoras, búsqueda de consensos y acuerdos que no disgusten a todos para poder repartir los puestos más relevantes de la Unión Europea. ¿Cómo se hace ese reparto? ¿Cuál es la influencia de cada persona en su puesto, y cómo afecta a nuestra vida cotidiana? ¿Cómo es posible que se hable tan poco de todo ello? Más aún, ¿cómo puede ser que la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leven, no sea ni siquiera conocida por la el público general?

            Salvando las distancias, es como si el norteamericano medio no conoce a Donald Trump. ¿Qué sentido tiene esta comparación? Muy sencillo. Lo que más afecta a nuestra vida cotidiana es lo que se negocia en las instituciones más cercanas; en nuestro caso, el ayuntamiento y la comunidad. Basta comparar la influencia existente en las elecciones nacionales y las de nuestra región. Para el navarro medio, no influye mucho que el Presidente del Gobierno sea Pablo Casado o Pedro Sánchez. Más le importa si la Comunidad Foral la preside Javier Esparza, Uxue Barkos o María Chivite. Y eso por no comentar el tema de la alcaldía.

            ¿Y Europa? ¿Importa quién esté? ¿Cómo funciona en realidad?

            Por desgracia, nuestros políticos nacionales hablan poco de Europa. Tienen una preocupación más directa: alcanzar el poder. Incluso lo han admitido de forma clara. Sin embargo, sería deseable un interés mayor acerca de los asuntos que se tratan en Bruselas, si no por parte de los políticos, al menos por parte de los medios. Por ejemplo, una sugerencia razonable sería incluir una sección titulada “Europa”, donde se comenten las leyes, directivas o asuntos de mayor interés a todos los niveles dando más relevancia, cómo debe ser, a las que afectan de forma más directa nuestras vidas. Casos obvios, ayudas para la agricultura o ganadería o la mejora de infraestructuras. En unos tiempos en los que se debaten los problemas existentes con la España vacía, la demografía o la despoblación de muchas zonas merece la pena destacar el papel activo que ha tenido la Unión Europea (PAC, transferencias económicas) en evitar que este efecto fuese todavía mayor.

            El puesto principal de la Unión Europea es el de la Comisión, liderado hasta ahora por el luxemburgués Jean Claude Juncker. Curiosidad: era conocido por su famosa declaración de que “los políticos sabemos cuáles son las medidas que se deben tomar en caso de crisis; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos en caso de aplicarlas”. Tuvo también algún problemilla (LuxLeaks) con el tema de las ventajas fiscales que asignaba su país de origen, cuando era el presidente, para poder atraer así a las empresas. En todo caso, como ha quedado expuesto, su puesto pasa a ser ocupado por la alemana Ursula Von der Leven, de ideología conservadora.

 

 La comisión propone diferentes asuntos que después se deciden, según criterios jurídicos, con el Parlamento o el Consejo. Aunque está pendiente la distribución de los diferentes comisarios, los más relevantes son el de competencia (Margrethe Vestarger) y el de economía (Pierre Moscovici).

El Banco Central Europeo (BCE) lo va a presidir Christine Lagarde, en sustitución de Mario Dragui. Este puesto tiene una relevancia semejante al anterior, ya que se deciden las políticas monetarias. ¿En qué consisten? Por sencillez, se exponen las dos principales. Primero: en subir o bajar los tipos de interés  para enfriar o estimular a la economía, influyendo en los ahorradores o deudores. Segundo: en la compra o venta de diferentes activos financieros. Así, se introduce dinero en el sistema pudiendo crear inflación, o se saca dinero del sistema frenando la economía si es necesario para evitar así, por ejemplo, burbujas financieras o una valoración incorrecta de otros activos. Lagarde, de ideología más difusa según los expertos, viene de presidir el Fondo Monetario Internacional (FMI). También ha tenido problemas con la justicia.

El Consejo Europeo le ha tocado al liberal belga Charles Michel, en sustitución del polaco Donald Tusk. Su prerrogativa es más difusa, aunque le tocará gestionar asuntos delicados como el Brexit.

El Parlamento Europeo (que debe refrendar el nombramiento de Von der Leven) lo va a presidir el socialista italiano David Sassoli, en sustitución de su compatriota Tajani. Aunque en la actualidad existen 751 eurodiputados, el Brexit puede reducir la cantidad en 75 personas. Las últimas elecciones han aumentado el peso de los liberales y los verdes, pero la influencia de grupos más extremistas no es desdeñable y dificulta la gobernabilidad.

El quinto puesto más destacable es el del Eurogrupo, que lo lleva el portugués Mario Centeno (el “Cristiano Ronaldo” de las finanzas; lo eligen los ministros de economía y finanzas europeos) y de momento ahí seguirá. Aunque le falta capacidad ejecutiva, también se debe destacar el puesto de Josep Borrell como alto representante de política exterior.

Henry Kissinger, exsecretario de Estado norteamericano, decía que no tenía un teléfono para llamar a Europa. Hoy en día, son las instituciones europeas las que deben llamar a los ciudadanos.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

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Consenso, disenso (junio).

                Siempre que se establece un proceso de negociación se trata de buscar puntos de consenso. Es decir, esa frase tan repetitiva y cansina cuyo contenido ya ha quedado vacío: “tenemos que buscar lo que nos une”. Posteriormente, una vez que los candidatos electorales se adhieren a su vara de mando (o a su estaca, según se mire), también se dice lo mismo: “voy a trabajar por el beneficio de toda la comunidad, me hayan votado o no”. No obstante, existe un problema grave, previo a la elección del presidente o alcalde: todos los debates mediáticos, sean en la radio, prensa o televisión, plantean posibles ministerios, consejerías, concejalías. Puestos. No políticas. ¿Cómo puede ser? Es algo que no se debería permitir. En ningún momento se plantean intercambios razonables, como los que se podrían establecer en una negociación entre empresarios y sindicatos, del estilo: “mantener la reforma laboral a cambio de bajar el límite de horas extras”, o “aumentar el salario mínimo a cambio de aumentar la flexibilidad en el momento de plantear las vacaciones”.

            Cuidado, los intercambios anteriores son imaginarios: cada lector puede y debe tener una opinión formada acerca de lo que estima mejor. El objeto de los mismos es comprender cómo se podrían aplicar a las políticas que han podido ser más delicadas (educación, amabilización de la ciudad o ley de símbolos) para plantear  hipotéticas negociaciones de legislatura y sin embargo, no vemos nada que se le parezca. Esto da a entender a la ciudadanía que lo importante es el puesto, no la política. En momentos en los que nos preocupamos por el desarrollo económico y social de la región en la que vivimos, estos debates son imprescindibles y no se realizan. La realidad, que no concuerda con el discurso realizado en la campaña electoral, es “primero dame el puesto y luego ya hablaremos de políticas”. Sin duda, no es el sentido adecuado. Primero, la política. Después, pensar cuáles pueden ser las personas más idóneas para un puesto determinado.

            Es el momento de acudir a la idea central del artículo: el “disenso”. ¿Por qué no establecer las cosas en las que no estamos de acuerdo? En la vida real, es muy complicado estar en armonía plena cuando nos planteamos cómo hacer las cosas (en caso de duda, preguntar a cualquier matrimonio). Entonces, vamos a ver los puntos de vista divergentes y los convergentes. Es un buen comienzo, y por desgracia falta en cualquier tipo de negociación.

            Cuando planteamos un proyecto político, empresarial e incluso familiar tenemos la convicción de que “todo irá bien”. Por supuesto, es un absurdo. ¿Por qué no pensamos en lo que puede ir mal para estar cubiertos? La realidad se ajusta pocas veces a nuestras perspectivas, los incentivos de las personas cambian con el tiempo, a menudo ocurren sucesos inesperados. Debemos estar preparados, en la medida de lo posible, para ello.

 

            Más aún: debemos estar preparados para asumir los puntos de desencuentro que, inevitablemente, se van a dar. En este sentido, existe una frase que nos ayuda mucho: “estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo”. No obstante, existe una barrera social enorme para afrontar este problema. Se trata de no valorar las opiniones negativas como ataques personales. Así sería más fácil llegar a acuerdos: separando los inevitables desencuentros en relaciones profesionales o jerárquicas del aspecto humano. No obstante, esta táctica se usa a menudo en el lenguaje maquiavélico que usamos para tergiversar la realidad a nuestro interés: “el que no está con nosotros, está contra nosotros”. Pues la verdad, no. No estar de acuerdo en ir a la playa de vacaciones, en ampliar una planta de producción o en votar a Ada Colau como alcaldesa de Barcelona no implica estar contra los otros. Precisamente, este último caso ha sido muy mediático. En la última rueda de prensa de Manuel Valls (se presentó con una plataforma apoyada por Ciudadanos, partido del que ya está desvinculado) los ataques a sus antiguos amigos han sido más furibundos que los realizados a cualquier otra fuerza política. Y no es difícil saber con quién tiene más puntos en común, ¿verdad?

            Llega el verano, llegan las negociaciones familiares. Cuidado: la tasa de separaciones aumenta después del período estival. Tiene sentido: la proporción de decisiones comunes es mayor y con ello, las fricciones aumentan. Si se tiene en cuenta que lo más importante es el proyecto común, tenemos un principio sólido para empezar a negociar. Si se establecen los puntos de “disenso”, mejor. Peligro alto: que alguno contradiga los valores más profundos de una persona. Peligro bajo: enfados estúpidos que nos hagan perder un tiempo que por definición, siempre es valioso. A partir de ahí, se buscan los consensos. Hoy cedo yo, mañana cedes tú, todos los días sonreímos los dos.

            Mientras, las negociaciones políticas continúan. ¿Dónde están los consensos? ¿Y los disensos? ¿Y las políticas concretas? ¿Y la visión de futuro? ¿Y nuestro destino?

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la conducta, UNED de Tudela.

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Economía de la conducta (junio).

                Uno de los intelectuales de referencia en el mundo de hoy es Yuval Noah Harari. Es conocido por obras como “Homo Deus (Breve historia del mañana)” o “21 lecciones para el siglo XXI”, libro en el que lanza la siguiente advertencia: “la sensación de desorientación y fatalidad inminente se agrava por el ritmo acelerado de la disrupción tecnológica. Durante la era industrial, el sistema público liberal se moldeó para gestionar un mundo de motores de vapor, refinerías de petróleo y televisores. Le cuesta tratar con las revoluciones en curso en tecnología de información y la biotecnología”.

            En este contexto, la economía como ciencia está en entredicho. Ni las políticas fiscales ni las políticas monetarias han dado los resultados esperados según la teoría estándar. ¿Entonces? ¿Existe algún camino posible? Se puede hacer un intento. Richard Thaler ganó el  Premio Nobel de Economía del año 2017. ¿Razón? Sus investigaciones en Economía del comportamiento o de la conducta. ¿En qué consiste? ¿Qué aplicaciones tiene?

            Usaremos de referencia la definición de Dan Ariely, otro de los autores de referencia en este ámbito. Tratamos de “comprender las fuerzas ocultas que determinan nuestras decisiones, en muchos contextos distintos, y encontrar soluciones a problemas comunes que afectan a nuestra vida personal, profesional y pública”. El ejemplo más típico: tenemos una tendencia innata a sobrevalorar el corto plazo. Por eso nos cuesta seguir una dieta o cuesta establecer políticas que supongan un gran beneficio a largo plazo para evitar realizar los sacrificios que deberíamos realizar hoy. Así, se trata de establecer incentivos que permitan tomar medidas más efectivas para el día de mañana. Opciones, muchas. Todas ellas, con un objetivo común: establecer compromisos sólidos y creíbles que impliquen un alto coste en caso de incumplimiento. ¿Difícil? Claro que sí. En Estados Unidos, el 46% de los asesores financieros no tiene un plan de jubilación. En casa del herrero, cuchillo de palo. Está claro: es más fácil justificar nuestro comportamiento que cambiarlo.

            Desde luego, la economía de la conducta no pretende sustituir la teoría económica tradicional. Más bien pretende amplificarla. Lo vamos a valorar en diferentes casos. Así, para los manuales de referencia el presupuesto de las personas está formado única y exclusivamente por dinero. No es correcto. Tenemos también tiempo (somos pobres temporalmente cuando no tenemos tiempo para nosotros mismos) y  energía (tenemos pobreza energética cuando padecemos problemas de salud o nos faltan entusiasmo y energía para afrontar los retos que plantea la vida cotidiana). Con esta idea, es más fácil ir al gimnasio. Consiste en un intercambio de dinero y tiempo de hoy por energía para mañana.

           

Según la teoría tradicional, las personas tomamos decisiones de manera racional. No es correcto. La evidencia científica es abrumadora: tomamos el 15% de las decisiones usando la lógica, el 30% según el ámbito cultural en el que nos movemos y el 55% se deben a la biología más profunda. Esta idea es consistente con los tres niveles del cerebro: el córtex (racionalidad), el límbico (emociones), el reptiliano (genes, evolución). Más aún: esta idea es consistente con la forma de informarnos que tenemos las personas. El 7% de la comunicación se expresa mediante el lenguaje verbal, el 38% a partir de la entonación y el 55% con el lenguaje corporal. Sorprendente, ¿verdad? Por esa razón muchas veces malinterpretamos mensajes que recibimos en el móvil o correos electrónicos.

Según la teoría tradicional, nos pueden persuadir para tomar una u otra decisión. No es correcto. Se debe añadir el concepto de presuasión, ya que como dice Robert Cialdini, “quienes somos, con respecto a cualquier tipo de elección, es dónde estamos en el ámbito de la atención justo antes de tomar la decisión”. En consecuencia, existen técnicas que nos llevan a preactivar el núcleo accumbens (recompensa cerebral) para empujarnos así a realizar un compra concreta (es el llamado efecto Goggle y sí, se escribe así). Alarmente, ¿verdad?

Según la teoría tradicional, los gobiernos tienen dos tipos de políticas. Por un lado, las presupuestarias, a partir de las cuales se decide la distribución de los impuestos y el gasto público. Por otro lado, las normativas, a partir de los cuales nos pueden impedir sobrepasar una velocidad en la autopista, obligar a estudiar unas materias determinadas o prohibir el tabaco en espacios cerrados. Una vez más, no es correcto. Existe el denominado paternalismo libertario, que consiste en empujar a las personas a tomar decisiones que sean mejores para el conjunto de la comunidad sin obligarles a ello. Por ejemplo, todas las personas son donantes de órganos por defecto. Si alguien desea renunciar a ello, es libre de hacerlo.

La amplificación del presupuesto, conocer cómo es la toma de decisiones de las personas, cómo se les puede empujar a cosas “desagradables” (una compra inútil, un voto manipulado), o como se les puede orientar a actividades positivas (voluntariado, donaciones de órganos) junto con el concepto del paternalismo libertario nos abre un mundo de posibilidades ilimitadas.

¿Lo exploramos?

Javier Otazu Ojer.

Economía de la conducta, UNED de Tudela.

 

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Y tal y tal y tal (junio).

¿Quién no recuerda el lema de Jesús Gil, antiguo presidente del Atlético de Madrid? Recientemente se ha cumplido el aniversario de su fallecimiento, hace ya 15 años (14 de mayo del 2004). Nacido en Burgo de Osma (Soria), se hizo famoso cuando alcanzó la presidencia del club colchonero, ocupándola desde 1987 hasta 2003. Incluso logró que su caballo Imperioso fuese tan célebre como otros equinos históricos, al estilo de Rocinante, Babieca o Bucéfalo.

            No es el objeto del presente artículo trazar su biografía, con muchos puntos oscuros. La cuestión es que el personaje merece ser rescatado del olvido por dos razones fundamentales: aprovechar el fútbol como soporte para ser popular (Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid durante esa época, comentaba que era “más importante ser presidente del Madrid que ser ministro”) y el nacimiento de lo que hoy en día llamamos populismo.

            El fútbol es el entretenimiento por excelencia. En términos económicos, disfruta de una posición dominante indiscutible. ¿A qué se debe? Es difícil discernir muchas veces entre causa y efecto. Los medios informativos dedican un gran porcentaje de su tiempo a comentar las novedades del mundo del balón. El resto de deportes, pasan a un segundo plano. Además, no se dan facilidades para poder visualizarlos. Pensemos en el baloncesto. En los años 80 y 90, jugadores como Corbalán, Epi, Fernando Martín o Jordi Villacampa eran conocidos por todos los aficionados al deporte. Hoy en día, ¿quién nos dice jugadores de los equipos de referencia en la ACB? Suerte tenemos si se entiende el significado de sus iniciales: asociación clubs de baloncesto. Victorias como las del ecuatoriano Richard Carapaz en el Giro de Italia dejan una mínima referencia en los medios. ¿Por qué?

            Para ver este tipo de deportes se requiere una actitud activa: o vamos a un local en el que se comparte nuestra afición, o pagamos. Antes, valía una actitud pasiva. ¿Qué echan en la televisión? ¿Ciclismo, patinaje, balonmano? Y se veía gratis. Todos podíamos comentarlo. Ahora deportes como las carreras de motos, Fórmula Uno o el baloncesto se han quedado para sus fans. Para todos los demás, fútbol. En consecuencia, todos los recursos económicos se desvían hacia allí. Curioso, la de personas que se toman una cerveza en un bar y se quejan de lo que cobran los futbolistas. Pueden hacer una prueba: que pregunten al camarero cuánto se paga por poder ver esas retransmisiones deportivas.

            Jesús Gil estuvo envuelto en múltiples causas judiciales. No obstante, la fama que le dio el fútbol suavizó su imagen personal. Es el poder de la imagen. Pero todos queremos más.

            Así Gil dio el salto a la política. Creó un partido llamado GIL (grupo independiente liberal) y se presentó en Marbella, en donde obtuvo tres mayorías absolutas consecutivas. Posteriormente tuvo más problemas judiciales mientras su nombre se asociaba a personas como Julián Muñoz, conocido por haber sido alcalde de Marbella y pareja de Isabel Pantoja.

            ¿Cómo era su discurso? Incendiario y temperamental. Acusaba a la hoy denominada “casta” de servirse a sí misma y olvidarse del pueblo. Al Estado de derecho le llamaba el “establo” de derecho. Y comenzó a crecer. En esa época, con un crecimiento económico aceptable que incluía los típicos ciclos recesivos, todavía la sociedad no estaba preparada para asimilar este tipo de discursos. Hoy en día, sí. Incluso muchas personas creen que hoy en día Gil podría haber alcanzado la presidencia del Gobierno. Son teorías indemostrables. En todo caso, las investigaciones en neurociencia enseñan que cuando estamos tan perdidos que no sabemos cómo reaccionar tomamos decisiones por azar. Y en ese caso, los cantos de sirena importan. Y si nos dan mensajes sencillos y claros con caminos directos hacia un futuro lleno de luz y color, ya se sabe lo que haremos. Sea votando, sea comprando.

            Era famoso por su expresión “y tal y tal”. Incluso llegó a presentar un programa en Tele 5 llamado “las noches de tal y tal”. Era una forma de expresar que hablando mucho se puede no decir nada.

            Su vida fue un torbellino. Igual salía en todas las televisiones de todo el  mundo por altercados con personas como el presidente del Compostela, José María Caneda, que protagonizaba el programa de la máquina de la verdad de Julián Lago defendiendo su honestidad (estuvo en la cárcel por un derrumbe en una urbanización suya que causó 56 fallecidos; fue indultado después de pagar una gran cantidad de dinero).

            Tenía carisma y siempre hablaba claro, sin pelos en la lengua. El discurso políticamente correcto no iba con él. Eso le reportó muchos seguidores.

            En sus momentos de gloria, en especial cuando el Atlético ganó el doblete del año 1996, todos le cantaban la misma canción: “y tal, y tal y tal y tal…y tal, y tal”.

 

            Hoy en día, muchos discursos y debates siguen con la misma letra.

Lo que no nos dicen (mayo).

                Los dichos populares tienen sabiduría que permanece a lo largo del tiempo. Un ejemplo; si le preguntas a una dama si desea bailar y contesta “no”, es “no sé”. Si contesta “no sé”, es sí. Si contesta “sí”, no es una verdadera dama.

            Son convenciones humanas que olvidamos a menudo. El caso más popular, y más aún en tiempos electorales, es aquel en el que al líder de un partido nadie se atreve a decirle lo que no quiere oír. Y más aún si se está jugando un puesto.

            Cuando se conocen los resultados electorales todo tiene sentido. Si se obtienen los parlamentarios esperados, todo ha ido bien. Si se obtienen menos, “la campaña ha sido un fracaso y no ha sabido leer las necesidades del electorado”. Si se obtienen más, “la campaña ha sido un éxito rotundo: hemos sabido comprender lo que pedía el pueblo”. Por ir a un caso sencillo, recordemos el resultado de Vox en las pasadas elecciones generales. Nadie discute que estuvo por debajo de las previsiones. Por supuesto, no puede existir una única razón para ello, pero valoremos un punto de vista simplista. Se puede argumentar que ello fue debido a hacer una campaña de perfil bajo con poca comunicación. Si hubiese pasado al revés, se diría lo contrario: superó las expectativas gracias a su “inteligente” campaña de perfil bajo.

            En todo caso, lo indudable es que cuesta criticar de forma directa. Socialmente, no nos gusta escuchar cosas desagradables. Lógico y normal. Sin embargo, si la crítica es constructiva, a medio y largo plazo siempre va a ser positivo para nosotros Es como hacer un esfuerzo hoy (en forma de deporte o de privación de cualquier tentación) para estar mejor mañana.

            En estructuras como las grandes empresas, partidos políticos o instituciones públicas cuesta todavía más dar y recibir críticas. Es un problema social: pensamos en puestos, no en personas ocupando puestos. Además, ese pensamiento es común, con lo cual se lleva a una jerarquía que en lugar de ser social pasa a ser humana: “como soy general y tú eres soldado yo soy más que tú”. A nivel de orden social, por supuesto. A nivel humano, nunca.

            No sólo pasa eso en este tipo de estructuras. También ocurre en nuestra vida cotidiana. Si comenzamos ilusionados una relación de pareja, una carrera universitaria o un desempeño profesional pocos son los que nos van a decir “ten cuidado que esa persona no te encaja, esos estudios no te van o en ese trabajo te vas a quemar”. ¿Por qué ocurre eso?

 

 

            Es un concepto que en Economía de la conducta se llama “el dilema de Cordelia”. Basado en la obra del Rey Lear de William Shakespeare, Cordelia le comenta al Rey que no tiene un comportamiento adecuado. Éste se lo toma a mal y reniega de ella. Así pues, ¿le mereció la pena la crítica? Claro que no. No obstante, ella piensa que debía hacerla. ¿Por qué? El enfoque es muy sencillo. Se trata de hacer lo que pensamos que debemos hacer disociando el resultado final de la decisión inicial.

Por razones parecidas pocas veces un futbolista que debuta en un equipo de fútbol de alto nivel es criticado. Nos parece duro dar palos a un principiante. Pero de nuevo debemos disociar: criticamos el desempeño de una persona concreta como futbolista, no a la persona misma. Las alabanzas se pueden exagerar con niños que comienzan nuevos retos en aras a que su autoestima vaya creciendo, pero a otros niveles, no son buenas. Acabamos pensando que somos mejores de lo que somos, y cuando no alcanzamos los objetivos previstos nos quedamos más tristes y frustrados.

¿Qué hacer? No se trata tan sólo de pedir a los demás que sean ecuánimes con nosotros. También debemos vernos como si fuésemos personas distintas para valorar ser más críticos con nuestros actos, ya que tendemos a justificarlos siempre.

En un caso extremo, se puede alcanzar el “efecto Dunning Kruger”. Las personas con menos formación y conocimientos sobreestiman sus cualidades y eso nos lleva a una doble incompetencia. Está claro: la ignorancia engendra más confianza que la sabiduría. Desde luego, eso puede llegar a pasar de nuevo en grandes estructuras, comenzando por la que más nos influye: el Gobierno.

Un Parlamento con muchos partidos conduce inexorablemente a pactos. Eso nos lleva a negociaciones en las que se debe ceder, proponer y disponer. Por desgracia, corremos el riesgo de que dichas negociaciones terminen siendo un cambio de cromos. Perdón, de puestos. Sólo el tiempo lo dirá.

Los resultados electorales están en el aire, y todos los partidos piensan que van a batir a las encuestas. Lógico: tienden a estar en un entorno en el que escuchan  que todo va bien.

Y esa es mi petición para los nuevos gobernantes.

Que escuchen lo que no les dicen.

 

Especialmente, lo que no quieren oír.

La playa de las elecciones (mayo).

                Una playa tiene, por ejemplo, un kilómetro de longitud y dos vendedores están pensando dónde pueden ubicar sus puestos. ¿Cuál es el mejor lugar para situarse?

            Supongamos que cada vendedor decide ir a una esquina. Tendrían, entonces, la mitad de la clientela posible. No obstante, es tentador acercarse al centro. Conforme más cerca estamos del mismo, más personas podemos atender. Si un vendedor se queda en el centro, tiene un 75% del mercado: el que tenía anteriormente y la mitad de su rival. En estas condiciones, lo normal es que su competidor vea que ante la bajada de ventas decida acercarse hacia el centro. En consecuencia, los dos tenderetes terminan juntos. Es el equilibrio final. En economía, este modelo se llama competencia espacial. Se da cuando se lleva el mercado quien está mejor situado.

            Un ejemplo claro son las gasolineras: si la más barata se encuentra muy alejada de nuestra casa no nos merece la pena realizar el trayecto. Lo mismo ocurre cuando viajamos por autopista; es más caro repostar en el camino que salir fuera a buscar un surtidor.

            Una de las ventajas del estudio de la economía es la posibilidad de trasladar modelos teóricos a la realidad. Y podemos pasar de la playa a las elecciones. Lo que ocurre es que en este caso hay muchos tenderetes: desde el extremo más izquierdo de la playa hasta el que se encuentra más a la derecha. Les llamamos Podemos, PSOE, Ciudadanos, PP y Vox. Lo razonable es que cada uno de los agentes se vaya hacia el centro, ¿no? Pues no.

            Podemos ha terminado envuelto en luchas de poder en la que cada varón busca tener su propia influencia: mareas y compromisos que han terminado enfrentándose entre sí pero que al menos no han fraccionado el voto dentro de su comunidad. Si bien Podemos está tratando de ocultar su fracaso ofreciéndose a entrar el gobierno, su tendencia es decreciente.

            El PSOE tiene un espacio en la izquierda de la playa que ha aumentado por los problemas de Podemos y  la estrategia de Rivera. Y aquí es donde se puede establecer un debate de gran interés: ¿ha perdido Ciudadanos una ocasión histórica de presidir el gobierno?

            Sí: la pregunta tiene su trampa. Siempre se puede argumentar que es fácil sacar conclusiones a posteriori, pero es claro que Ciudadanos dejó el centro  para irse a la derecha. Desde nuestro enfoque teórico es ilógico, pero por supuesto, como estrategia electoral es completamente legítima.

 

            Continuamos con el PP. En lugar de ir hacia el centro de la playa, ha ido más hacia la derecha. Ese era el terreno de Vox, Y los resultados están a la vista de todos. No era fácil tomar una decisión: se ha olvidado que el PP de Rajoy tenía unas propuestas y unas políticas de centroderechas. Era lógico y normal: no había nadie más a ese lado de la playa. Pero la llegada de un nuevo tenderete complicó las cosas.

            En resumidas cuentas: todos los partidos le han hecho el juego al PSOE. Habría ganado con cualquier candidato. Si yo hubiese sido Pedro Sánchez, habría pedido al resto de partidos que harían lo que han hecho. A Podemos: ir contra vuestro mensaje. Estaría bien comprar un chalet en Galapagar y renegar de Venezuela. A Ciudadanos: vete a por el PP. Así me dejas el centro libre. Al PP: vete a por Vox. Así se parte el voto. A Vox: haz lo que quieras A partir de ahí, se remueve un poco el miedo a la ultraderecha (la historia pesa: en los países donde ha habido una dictadura comunista, triunfan los partidos del extremo contrario y viceversa) y a cosechar votos.

            Lo malo de toda historia es que la separación entre izquierda y derecha está en la mente de las personas. Lo que debería contar son las propuestas y las políticas. Por ejemplo, en Portugal la economía de los socialistas, con medidas diferentes a las que se proponen por estos lares, ha tenido un éxito rotundo. Es más, Mario Centeno, el antiguo ministro de finanzas está considerado el Cristiano Ronaldo de la economía. Hoy en día preside el Eurogrupo.

            Un último ajuste para completar el modelo. ¿Está la playa repartida de forma homogénea? Si dentro de un espacio particular hay un gran número de personas mi negocio funcionará. ¿Cómo puedo hacerlo?

            Con la publicidad negativa. Los otros son "podemitas", "derrochadores", "veletas", "fachas" o "ultras". A nivel emocional, y más aún en política, este es el mensaje que pesa: la denigración del otro para quedarme como única opción.

            Así funciona este mercado. De las propuestas mejor no hablamos: cientos de medidas que no se lee nadie. Yo me conformo con una: un compromiso para lograr que cada persona adquiera pautas de comportamiento que beneficien a la comunidad.

            Para escuchar lo que nos van a decir, mejor tomar un buen tinto de verano en un chiringuito que esté, por supuesto, en una playa.

 

            Javier Otazu Ojer.

Ajedrez (mayo).

                Si existe un juego (si bien se puede catalogar, según el caso, como ciencia, deporte o arte) que se asocie a inteligencia ese es el ajedrez. ¿A qué se debe eso? A la gran cantidad de combinaciones posibles que proporciona una partida. Se estima que son 10 elevado a 120, es decir, un uno seguido de 120 ceros. Para que nos hagamos a la idea de la magnitud de la cifra, diremos que el número de átomos estimados en el Universo es de 10 elevado a 100. Son cifras que no podemos comprender. Es más, son tan enormes que proporcionaron un debate acerca de la posibilidad de que el total de partidas sea infinito. Hoy en día, sólo se catalogan como infinitas la estupidez humana y, quizás, el Universo.

            En este hermoso juego de peones, alfiles, caballos, torres, damas y reyes las personas realizan múltiples cábalas acerca de sus mejores jugadas, teniendo en cuenta siempre las posibles respuestas del rival. Existen jugadores orientados a la estrategia: prefieren tener una posición sólida y esperar su momento. Otros prefieren la táctica, y se manejan con más facilidad en posiciones enrevesadas y caóticas. En este caso, un error nos lleva a una derrota inmediata. Los grandes maestros deben manejar con habilidad ambos enfoques.

Antiguamente los jugadores debían pasar un control de tiempo: primero había dos horas para realizar 40 jugadas, y después la “velocidad” era de 20 jugadas a la hora. Si no se cumplía este tiempo, el reloj tenía un marcador o bandera que se caía de manera que la partida estaba perdida. La otras dos formas de ganar una partida era por jaque mate o por abandono del rival, siendo ésta la más habitual. A ciertos niveles, uno comprende fácilmente cuándo ha llegado el momento en el que no tiene nada que hacer. Hoy en día, el sistema ha cambiado. En la modalidad más usada cada jugador comienza con hora y media de tiempo de manera que cada jugada adicional le proporciona 30 segundos adicionales. Es la vida: debemos saber controlar nuestro tiempo.

La partida tiene tres fases: apertura, medio juego y final. En la primera, es importante conocer un mínimo de teoría debido a que un pequeño desliz nos lleva a posiciones inferiores.  Se puede ganar una partida trabajando en el laboratorio casero: si conocemos una apertura del rival en la que divisamos alguna debilidad, podemos preparar una línea que nos de la victoria. Así, la psicología cuenta. Existen partidas en las que un jugador piensa que el otro le está llevando a su terreno, y medita: ¿se habrá preparado algo? ¿Cambio mi variante favorita de la defensa siciliana?

El medio juego requiere una comprensión muy profunda del juego, mientras que el final requiere saber teoría. Kasparov, por ejemplo, conocía, en sus buenos tiempos, al menos 300 finales en los que según el caso aprovechaba una ventaja ridícula para ganar o bien sabía, a partir de una pequeña desventaja, igualar la partida y obtener un empate (tablas).

Muchas de las jugadas tienen un coste: amenazar la dama del rival supone, quizás, debilitar el flanco del rey. La enseñanza sirve para la vida: ¿compensa la ganancia posible la pérdida que asumimos? No sólo eso: ¿qué pretende mi rival? ¿Ha planteado alguna celada? ¿Se habrá preparado algo?

 Existen tres enfrentamientos históricos que destacan sobre los demás.  El Boris Spasky contra Bobby Fisher (año 1972). En plena guerra fría, comunismo contra capitalismo; un ciudadano soviético contra un norteamericano, con victoria del segundo. Posteriormente, ya sabemos lo que pasó: el muro de Berlín cayó y pensadores como Fukiyama pronosticaron el fin de la historia. Entres los años 1985 y 1995 se enfrentaron Anatoly Karpov y Gary Kasparov. El régimen comunista soviético contra “el hijo del cambio”. Después de diversos duelos memorables (está considerada la mayor rivalidad de la historia  del deporte debido a la gran cantidad de horas en las que se han enfrentado uno a otro) la victoria fue para Kasparov. Por cierto, también sabemos lo que pasó: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) colapsó (para Vladimir Putin es el mayor desastre geopolítico del siglo XX) y Rusia lucha por recuperar su antigua influencia.

En los años 1996 y 1997 Gary Kasparov, ya claro dominador mundial, se enfrentó al ordenador Deeb Blue (azul profundo). Humano contra máquina. Si en el primer caso el ganador fue el humano (4 – 2) en el segundo (3,5 a 2,5) ganó el ordenador. A partir de ahí, el desarrollo tecnológico ha sido imparable. Se están desarrollando ordenadores cuánticos, se analiza con profundidad las posibilidades de la inteligencia artificial, se investigan nuevas tecnologías. ¿A dónde llegaremos? Territorio desconocido.

¿Se pueden considerar las campañas electorales como partidas de ajedrez?

Cuando vemos los debates que nos ofrecen, llenos de temas vacuos y descalificaciones continuas, observamos con tristeza que se convierten en simples lanzamientos de dardos.

Prefiero una buena partida de ajedrez.

Javier Otazu Ojer.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Notre Dame en el corazón (mayo).

NOTA IMPORTANTE: AUNQUE ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO EN ABRIL, PARECE QUE NOTRE DAME YA NO EXISTE, ¿VERDAD? ES EL DEBATE QUE DESEO PLASMAR EN REALIDAD: SE DEBERÍA PROFUNDIZAR CON IMPACTO Y OLVIDO.

                Las imágenes del incendio de Notre Dame han dado la vuelta al mundo y han sobrecogido a una cantidad inmensa de personas. París pasa unos días de pesadilla después de ver cómo su monumento más emblemático junto con la torre Eiffel quedó envuelto en llamas. Ahora, el presidente Macron promete unas rápidas reformas para tener la catedral restaurada dentro de 5 años. Grandes fortunas han donado millones y millones de euros. Es de esperar que la solidaridad de los franceses esté al nivel de la magnitud de la catástrofe.

            El desastre de la central nuclear de Fukushima de Japón generó también una gran ayuda económica ya que muchas personas tuvieron que dejar sus casas. Pero en el caso que nos ocupa, no son personas. Es un monumento. Habrá para quien nos estemos refiriendo a “simples piedras”. Entonces, ¿cómo se explica semejante oleada de tristeza y solidaridad? ¿Cómo puede ser que las necesidades sociales que nos ahogan permanezcan más abandonadas? Sí, es una demagogia sencilla: ¿por qué un monumento sí, y las personas no? Imaginemos asuntos como la gestión de los refugiados de la guerra de Siria, los inmigrantes que permanecen en barcos a la deriva sin que un puerto les proporcione un triste permiso o el desastre de la república centroafricana. ¿A qué se debe esa diferencia entre unas ayudas y otras?

            No es objetivo de estas líneas recomendar cómo se debe gestionar el dinero, si es mejor ayudar a restaurar una basílica, mejorar una infraestructura, dotar de más recursos a la sanidad o crear más centros para poder atender a toda la inmigración que pretende entrar en Europa. El propósito principal es saber por qué hacemos lo que hacemos. Así, se pueden argumentar dos razones por las que el problema de la restauración de Notre Dame no va a ser cuestión de dinero. Son el sentimiento y la distancia.

            Como dijo Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. ¿Cómo se explica eso? Cultura, educación e historia. ¿Cómo no asociar Notre Dame a Europa? Un lugar donde fue entronizado Napoleón, que recibe más de 13 millones de visitas al año, que ha protagonizado bodas sin las que no se puede comprender nuestro pasado…no es un sitio cualquiera. Todos conocemos a personas que han estado en Notre Dame. El aspecto religioso es también fundamental. Además, necesitamos referencias. Cuando perdemos una, algo nuestro también se pierde. Asociamos ciudades a una o dos referencias. Basta pensar en Nueva York, Washington, Pekín, Moscú o Berlín. Estatua de la libertad, Casa Blanca, Plaza de Tianamen, Plaza Roja, muro. ¿Cómo se sentirían los israelíes sin el muro de las lamentaciones?

En tiempos de elecciones, la asociación de partidos a referencias en fundamental. Para unos, la izquierda es reparto. Para otros, despilfarro. Para unos, la derecha es gestión. Para otros, ayuda a los ricos. Para unos, el nacionalismo es identidad. Para otros, una enfermedad. Una persona que tenga una de estas asociaciones negativas no va a votar, nunca jamás, a partidos con estos atributos. En eso es lo que se basan muchas estrategias electorales. Por eso, hay quien estima que no vivimos en democracia: la hacemos en una “emocracia” (lo emocional es lo que importa).

            Falta comentar el tema de la distancia. Sí, aunque París bien vale una misa, está lejos. Sin embargo, un monumento así lo sentimos, en cierta forma, nuestro. No es una cuestión nacional: al menos, el hecho de que haya aspectos que unan a todos los seres humanos es un motivo de esperanza. Ya en Navarra, ¿cómo nos sentiríamos se algo así pasa en la catedral de Pamplona o de Tudela? ¿En el castillo de Javier o el de Olite? No sólo son monumentos: pensemos, por ejemplo, en la selva del Irati o en espacios naturales de interés.

A nivel humano, importa, además de la distancia, la identificación personal. No es lo mismo decir “ayuda para Sudán” que identificarla “esta familia ha pasado una desgracia enorme; ¿te vas a quedar igual?”. Pensamos inconscientemente que todo Sudán no tiene arreglo. Unas pocas personas, sin embargo, sí. Todos estos aspectos son cada vez más conocidos y estudiados por los expertos en marketing o los asesores electorales. Están ahí. Aunque el tema de las fake news y la manipulación de noticias es motivo de debate en los medios todos los días, los miedos y emociones que están en el fondo de nosotros mismos son los que más influyen en nuestras decisiones de compra, uso del tiempo, inversión o votos.

Todos los seres humanos tenemos unos valores y sentimientos que se han interiorizado hasta formar parte de nuestra personalidad. En Navarra, el ejemplo claro de referencia son los Fueros. ¿Pesan más en el corazón o en las leyes?

Estos valores y sentimientos son los que diferencian al ser humano del resto de seres vivos. Generan arte, cultura, creatividad y convivencia.

No deberíamos usarlos para separarnos.

 

Javier Otazu Ojer.

Reiwa (mayo).

                El próximo 1 de mayo comienza una nueva etapa en Japón: “Reiwa”. Ese día, el príncipe Naruito sustituirá a su padre Akihito después de su abdicación. Así se pretende identificar en unas pocas palabras el nuevo reinado. Por eso su significado es importante. Dicha palabra simboliza dos caracteres: agradable u orden; armonía o paz. Para Shinzo Abe, primer ministro de Japón, quiere decir “nacimiento de una civilización donde los seres conviven en armonía”.

            ¿Importan las palabras? ¿Puede modificar ese nombre un cambio de comportamiento en la población japonesa? Los hechos demuestran que sí. Existen estudios sorprendentes que lo corroboran: una clase separó al azar a los niños en aquellos que supuestamente eran más inteligentes y otros que lo eran menos. Es inevitable: eso condiciona las notas de los profesores, que conocían la clasificación,  y el esfuerzo de los alumnos. Si alguien es reconocido por los demás y por sí mismo como inteligente, es seguro que ante un reto intelectual se esforzará más. Es un problema incrustado vía películas o medios de comunicación; aparentemente, lo más importante para triunfar es el talento. La vida, sin embargo, indica lo contrario. Importa más el esfuerzo. Y por desgracia, cada vez más, los contactos. Es el denominado ascensor social: evalúa la facilidad con la que se puede pasar de una clase social a otra. Pero eso es un problema que merece ser analizado en otro momento.

            La realidad es la que es, y la imagen que tenemos de nosotros mismos, junto con la imagen que (según nuestro criterio) tienen los demás de nuestra persona condiciona de una forma exagerada nuestro comportamiento. Olvidamos que tenemos cierto margen para crear una realidad nueva moldeando nuestro carácter.

            Volviendo al tema japonés, llama la atención que allí el nombre de la época sea antes de su comienzo y que por estos lares, sin embargo, sea después. La “Gran Recesión” está fechada en el 15 de septiembre del año 2008, con la caída de Lehman Brothers. Por supuesto, no tiene sentido ni es posible nombrar ese mismo día la época que comenzó entonces. Pero somos muy dados a eso: damos sentido a la realidad una vez que ha transcurrido. Y eso genera un problema ya mencionado: pensamos que nosotros no influimos en el mundo, ya que éste avanza a su manera. No es así.

En la campaña electoral, todos los partidos prometen una nueva época si ganan ellos, independientemente de que sean los que gobiernen en estos momentos. Un mundo de esperanza. Ya se pueden nombrar los discursos de cada uno: “hoy empieza un mundo nuevo (esas dos palabras, que no falten: mundo y nuevo). Un mundo en el que todos vamos a trabajar juntos para crear un país  mejor. Quiero tender la mano a los que han estado con nosotros y a los que no. Olvidar las rencillas. Recordar lo que nos une, olvidar lo que nos separa (en campaña electoral es justo al revés). Gracias.”

Es nuestra forma de ser: dotamos a la vida de sentido cuando han pasado las cosas. En el camino, sólo vemos incertidumbre. Lo mismo ocurre con la bolsa: lo que va a pasar durante el próximo mes es un completo misterio. Una vez visto, todo el mundo es listo: el chart tenía toda la lógica del mundo.

En todo caso, la idea de poner un nombre a una época es excelente. Tiene ideas más profundas de lo que parece: Julio César pagaba dinero a los adivinos para que éstos dijeran que sus legiones iban a ganar la próxima batalla. Está muy bien pensado: esta certeza aportaba un estímulo adicional a sus soldados que en algunos momentos podía ser decisivo.

Podemos aplicar el concepto del Reiwa a nuestra vida cotidiana. Suena bien eso de “agradable armonía”. De hecho, suena mejor que “paz y orden”. En este caso, parece que nos van a imponer un orden desde fuera. Es la fuerza de las palabras: el prestigioso psiquiatra Luis Rojas Marcos acaba de publicar un libro que no pinta nada mal. Al menos, el título es apetecible: “somos lo que hablamos”. No es difícil asociar un carácter a una persona que acostumbra a pronunciar improperios y malas palabras que hacerlo a otra que habla con serenidad y templanza.

El Reiwa tiene más posibilidades. Por ejemplo, implica valores. Una familia que se imponga vivir en “agradable armonía” tendrá prohibidos aspectos como gritar a otra persona o tener impuntualidad reiterada cuando se plantean compromisos sociales. Además, un niño que interioriza la armonía dentro de la convivencia familiar, es decir, según hechos y no palabras, crece de otra forma y tiene unas características que le van a llevar, con toda certeza, a tener un mejor desarrollo personal.

Volviendo a la campaña electoral y nuestra vida política, ¿cómo describirla? Muy fácil. Está basada en el principio “tú eres peor que yo”.

No le vendría nada mal un poco de Reiwa.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Historia (abril).

                Si hay un concepto proclive a la manipulación y al manejo interesado, ese no es otro que la historia. El debate abierto por Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, es una buena muestra de ello. ¿Se debe crear una comisión de historiadores para analizar el pasado? ¿Qué es lo más justo para las víctimas? Con el tiempo que ha pasado, ¿es mejor dejar las cosas como están y pensar en los problemas del presente, que no son pocos?

            Para focalizar bien el asunto, se debe dejar claro el concepto de “historia”, ya que hay muchos y variados. Cada uno de nosotros tiene ya de por sí tres tipos de historias. Primero, la experimentada. Es aquella que vivimos en cada momento presente. Ahora. Segundo, la recordada. Muchos sucesos de nuestras vidas han quedado olvidados. En este sentido, en nuestra memoria siempre se encuentran marcados los sucesos cargados de emociones. Todos recordamos lo que hacíamos el 11 de marzo del 2004, por ejemplo. La recordada es la historia que asociamos a nosotros mismos.

            Falta el tercer tipo de historia: la contada. Esa es diferente para todos; nosotros tenemos un relato personal de nuestra vida y experiencias, los demás tienen otro. Depende de lo que les hemos contado, lo que les han contado, de lo que han visto y de la huella digital que hemos dejado en Internet. El mercado llama a nuestra historia Currículum Vitae.

            Pasemos ahora a la Historia así, con mayúsculas. Existe un consenso general desde la época del Neandertal hasta el nacimiento de las civilizaciones. Pero a partir de ahí, la cosa cambia. Y cuando el concepto es de la historia de una nación, todavía más. ¿Estamos en Navarra, el País Vasco, España o la Unión Europea? Siempre existirá un relato histórico que sirva de soporte para una cosa u otra. El organismo educativo de turno decide cuál es y ya está. A partir de ahí, se remarca lo que importa, se “olvidan” detalles que puedan originar controversias y a vivir.

            ¿Quién descubrió América? Aunque la respuesta obvia es Cristóbal Colón, existe constancia de que otras civilizaciones como los vikingos ya habían estado allí. Colón fue el que lo contó.

            ¿Fue tan malo el Imperio Español? Depende. Aunque existe la Leyenda Negra, muchos historiadores  argumentan que los habitantes de los territorios conquistados recibían unos derechos que no tenían comparación con otros casos de la época. El debate es apasionante, pero no debe olvidar un principio básico: no se deben comparar los valores existentes en diferentes momentos del tiempo. Aspectos cotidianos a día de hoy, como la abolición de la esclavitud o el voto de las mujeres, no eran tan comunes en tiempos pretéritos. Por desgracia, los derechos humanos nacieron ayer.

 

            Con el asunto del procés y la campaña electoral en los medios, merece la pena remarcar un aspecto primordial. En épocas precedentes al siglo XX, las personas no tenían el sentimiento de identidad de hoy. Más que pelear entre franceses o españoles, la lucha era de clases. De hecho, la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) tiene como novedad que los enfrentamientos pasan a ser directamente entre países. Un campesino catalán del siglo XVIII es más campesino que catalán, y va a pelear a favor del que le otorgue más derechos. Hoy en día, una persona de esas características se consideraría más catalán que campesino.

            Es muy difícil comprender la Historia. Sólo de la Segunda Guerra Mundial existe bibliografía que no podríamos leer en toda nuestra vida. De la Guerra Incivil española siguen apareciendo nuevos testimonios y teorías conspirativas. Existen tiranos que se consideran héroes. Aunque el “demonio” por excelencia es Hitler, Stalin no le va a la zaga. Leamos los libros de Historia de unos y otros países, y comparemos conclusiones. De vuelta a la llegada de los españoles a América, podemos contrastar la Historia que se enseña en Perú o la que se imparte en España. Unos son los buenos, otros son los malos. Y el mundo es más poliédrico que todo eso. Los periodistas que se dedican o cubrir conflictos olvidados (Yemen, Myanmar  o República Centroafricana) siempre indican que no hay buenos y malos salvo casos que terminan siendo más reglas que excepciones: el dictador que en un momento dado debe elegir entre disparar a su gente o dejar en el poder.

            Sólo nos queda leer, contrastar, dudar de lo que nos han enseñado,  confiar en los historiadores, buscar crónicas variadas y sacar conclusiones. La historia no es como las matemáticas: cambia. De hecho, un proverbio ruso basado en esta idea dice que es muy difícil predecir el pasado.

            Por esa razón  debemos dejar la historia fuera de los debates electorales (excepción: víctimas de conflictos recientes). Se usa tan sólo como una forma de manipulación  para esquivar el debate central: cómo generar competitividad económica equilibrando la sociedad, las finanzas y el medio ambiente.

            Todo lo demás es paja.

            En tiempos de cambio climático, arde con facilidad.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Libros (abril: sigue la campaña de Kratos)  

             El pasado 23 de abril fue el día del libro. La razón por la que se escogió este día es que supuestamente (no existe acuerdo común entre los historiadores) coincide con la fecha de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, en el año 1616. En todo caso y sin ninguna duda, la escritura es uno de los grandes inventos de la historia: permitió almacenar conocimiento. En términos técnicos, capital humano.

            Un viaje en tren o autobús nos sirve para ver que quizás el libro está en decadencia. La mayor parte de las personas aprovechan estos ratos para consultar sus dispositivos móviles (sí, algunos son libros electrónicos) y el número de lectores es cada vez más escaso. Así pues, ¿por qué no reivindicar el libro?

            En primer lugar, los libros nos aportan capacidad de reflexión y crítica. Muchos regímenes políticos siempre han tenido la tentación de suprimir todos los manuscritos incómodos para instaurar ideas que persiguen un único objetivo: legitimarse intelectualmente. Muchas bibliotecas han desaparecido entre cenizas, siendo el caso más sangrante el de la Biblioteca de Alejandría. El 10 de mayo de 1933 los nazis realizaron una “acción contra el espíritu anti- alemán” mediante la quema pública de libros. Por algo será.

            Sí, es verdad que Internet nos puede proporcionar muchísima información, y en ese sentido el papel de Wikipedia es impresionante. Pero no es lo mismo información que capacidad de reflexión y crítica. Eso lo proporciona un libro, no Internet. Además, no podemos obviar una diferencia fundamental: la mayor parte de las veces, una persona que deja información en Internet no asume ninguna responsabilidad. Sin embargo, quien aporta información en un libro indica sus fuentes para que así el lector tenga confianza en la veracidad de lo que está leyendo. Además, un escritor no puede plagiar obras de otros ya que se expone a problemas legales relacionados con los derechos de autor. Familiar, ¿verdad? En Internet la copia tiene una regulación más laxa.

            En segundo lugar, los libros estimulan nuestra imaginación. Una película como “La historia interminable” nos aporta la visión del director de la misma. La lectura del libro, sin embargo, nos aporta una visión personal y única. Cada lector se sumerge en su propia aventura. ¿Acaso no hemos comenzado la mayor parte de nosotros a desarrollar nuestra imaginación con historias como “Caperucita Roja”, “El gato con botas” o “Pulgarcito”? Al fin y al cabo, un cuento no deja de ser el primer libro para los más pequeños, aunque sigan conservando su encanto para personas de todas las edades.

En tercer lugar, un libro nos aporta una historia. Nos encantan las historias. De hecho, existe una técnica basada en la transmisión de historias llamada “Storytelling” que la expone y que, como denuncia el escritor francés Christian Salmon, se puede llegar a usar para manipularnos. Muchos partidos políticos venden storytelling, venden relatos. “Cuidado que vienen los de la plaza de Colón”, “Subiremos los impuestos a los más ricos”, “Bajaremos los impuestos en 700 euros de media a todas las personas”, “Nuestra comunidad será escuchada como merece” son ejemplos claros. Programas, ¿para qué?

            Para Ad Week (seminario estadounidense de publicidad) sólo hay siete tipos de historias en publicidad y arte que son: peleas contra monstruos (el débil bueno gana al fuerte malo), renacimiento (se supera una dificultad), búsqueda (un tesoro, un sentido), viaje y regreso (muchas odiseas son así), el pobre se convierte en millonario o se casa con la persona que parecía inaccesible (final feliz), tragedias y comedias. Sin embargo, la imaginación de los escritores es rica y todos los años aparecen obras que todavía siguen enamorando a millones de lectores.

            En cuarto lugar, aprendizaje. Leyendo se aprende. Y aunque el escenario más habitual para ello es el ensayo, en una novela nos puede inspirar la fuerza de voluntad o la determinación de los protagonistas. Mediante libros podemos aprender a cocinar, a relajarnos, a meditar o a invertir en bolsa. Campos tan dispares como la magia, alimentación, geografía, astronomía, historia, filosofía o la psicología están en los libros. Las posibilidades son enormes. Además, tenemos la ventaja de que el autor de un libro se ha dedicado a investigar, ordenar, reciclar y dejar lo más importante de su conocimiento en para que el lector pueda sacar el máximo provecho del mismo.

            Por último, los libros proporcionan desarrollo personal. Muchas personas se arrepienten, con el paso de los años, de no hacer más deporte, de no haber estudiado una carrera determinada o de haber estado demasiadas horas viendo la televisión. Desde luego, también existen personas que se arrepienten de no haber leído más.

            Sin embargo, pocas personas se arrepienten de haber leído demasiado. Existen muchos intelectuales que han tenido pesadillas pensando en todo lo que no iban a poder leer en su vida.

            Amigo lector, pon un libro en tu vida.

Merece la pena.

            Javier Otazu Ojer

            Economía de la conducta. UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.com

 PRESENTACIÓN: libro de Kratos (Javier Otazu) 

Día 15 de abril, 19 horas, Civivox Iturrama.

¿Cómo comprender el mundo? ¿Cuáles son las reglas ocultas que mueven la economía global? ¿Qué modelos de comportamiento tendemos a tomar la mayoría de las personas? ¿Cómo aprovechar el conocimiento anterior para tomar mejores decisiones? Contestaremos a estas preguntas mediante un pequeño ensayo que nos llevará a conocer los conceptos más importantes de economía, las reglas ocultas que explican nuestro comportamiento y el de los grupos, el peso de la estupidez y el maquiavelismo en nuestro tiempo, aquello que es invisible a nuestros ojos, las tendencias que han venido para quedarse, las pautas necesarias para gobernar a los demás y sobre todo, para gobernarnos bien a nosotros mismos. Javier Otazu Ojer es doctorando en Economía. Su actividad principal es generar, adquirir y divulgar conocimiento. Los medios para ello son la docencia en la Academia Universitaria Mecarapid y la UNED de Tudela, la publicación de artículos de prensa en medios como el Diario de Navarra y el Diario de Noticias y la realización de cursos online o presenciales ("Cultura financiera para todos" o "La piedra de Rosetta").  Su especialidad es la Economía de la Conducta. Kratos (gobierno) es una asociación fundada en el año 2016 cuyo objetivo principal promover una ciudadanía crítica y responsable con el mundo que le rodea. El propósito fundamental es generar comportamientos individuales que sirvan para mejorar la sociedad en la que vivimos. Félix Zubiri (prólogo), David Thunder (artículo sobre gobernanza), Alfonso Aller (diseño de la portada), y José Félix García (cotraportada)  son miembros de la misma.
 

INDICE DE KRATOS (GOBIERNO).-

1. FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA GLOBAL (10).

1. Personas e incentivos (10), 2. Visión del mundo (12), 3. Economía (14), 4. Consumidor (19), 5. Empresas (26), 6. Mercados (31), 7. Estado (42), 8, Indicadores económicos (45), 9. Ineficacia de las políticas actuales (52), 10. Dinero y finanzas (57), 11. Medio ambiente (71).

Documento 1, Homo economicus (75).

2. FUNDAMENTOS DEL COMPORTAMIENTO HUMANO Y SOCIAL (81).

1. Leyes del comportamiento humano (81), 2. Leyes del comportamiento social (85), 3. Estupidez y maquiavelismo (105), 4. Lo esencial es invisible a los ojos (129).

Documento 2, Artículos sociales (88; inteligencia contextual, memes, efecto manada, patrones culturales, efecto Pigmalión, impacto y olvido, derechos adquiridos)

Documento 3, Consejos maquiavélicos (114).

Documento 4, Artículos esenciales (132; buenas y malas personas, Tiburón y Dumbo, efecto Hollywood y efecto Disney, espacios mentales, ilusionismo).

3. TENDENCIAS NUEVAS (142).

Economía de la información (142), Persona como centro del desarrollo económico (144), Planes de negocio o experimentación (146), Valores (148), Desempleo e instituciones (150), El fin de la clase media (152), La nueva economía (154), El mercado del cerebro humano (156), El médico y el charlatán (158), ¿Quién manda en el mundo? (160).

Documento 5: Ideas fascinantes (155; 15 + 15).

4. GOBERNAR (163).

Leyes del buen gobierno (170), Qué es gobernar (172), Qué no es gobernar (174), El trilema (176), Se venden ideas económicas (178), Skrei (180), Nuevas preguntas, viejas respuestas (182), Problemas y soluciones (184).

5. ELEGIR. DILEMAS Y CONFLICTOS (186).

La elección (186). ENEMIGOS: atención y concentración para fluir (188), el asno de Buridán (190), vencer a la facilidad (192), tengoqueísmo y hayqueísmo (194). ALIADOS: gestión del tiempo (196), creatividad (198), economía y felicidad (200).

Documento 6: Fuentes y conclusiones de los conflictos (202). La sobreestimación (202), la proyección (204), El principio de Humpty Dupty (206), Somatización (208).

LIBRO FINAL; LA RESPONSABILIDAD PERSONAL EN EL NUEVO MUNDO (211).

EPILOGO; KRATOS (223).

Sugerencia para el buen gobierno interior:

            1.- Equilibrar el tiempo y las actividades que realizamos en él dentro de cada día para desarrollar nuestro mundo espiritual, social, físico, laboral o intelectual.

            2.- Ser responsables con nuestro entorno: empezando desde el yo y la familia hasta llegar al más allá.

            3.- Señales de una larga vida: no levantarse tarde, no tener sobrepeso, vida social amplia y la más peculiar, andar con un ritmo enérgico.

            4.- Pensamos que los demás son previsibles. Olvidamos que nosotros también lo somos.

            5.- Controlar los miles de estímulos que nos invitan a maltratar a nuestro cuerpo.

            6.- El estrés genera monocitos que nos llevan a tener inflamaciones en el interior y terminan con un envejecimiento prematuro. Un buen pensamiento genera una palabra que nos lleva a un acto, el cual repetido muchas veces crea un hábito (importante: un hábito se crea en 66 días). Así, se forja un carácter. ¿Qué es mejor? ¿Un círculo vicioso o un círculo virtuoso?

            7.- Los caprichos se ganan, sean cervezas, chocolatinas o una buena siesta.

            8.- El ajuste a las normas sociales (hacer lo que hacen los demás) crea desdicha. Hacer lo que siento que debo hacer es el único camino posible hacia el bienestar eudemónico.

            9.- Los músculos son un órgano endocrino que segrega decenas de moléculas imprescindibles para el buen funcionamiento del organismo, aportándole más energía.

            10.- Ser consistentes con nuestras creencias, valores, pensamientos, actos y palabras.

            Así pues, ya estamos preparados para gobernar bien a los demás.

            En este sentido, viene bien distinguir entre ideologías, ideas e ideales.

            Para ello, viene bien leer el libro.

            La respuesta a esta pregunta, en 100.404 palabras.

 
Artículos pendientes: Historia, Reinwa.

Ideas, ideologías, ideales (marzo).

 

            En época electoral, ¿qué es lo que cuenta más? ¿Las ideas, las ideologías o los ideales? Sin duda, todos los partidos tienen los mismos ideales: menos desempleo, mejor sanidad, más educación, equilibrio social. ¿Cuál es el medio para lograr estos ideales? En teoría, la ideología. Ahora bien, ¿eso es adecuado? ¿Qué ideologías existen?

Muy simple: derecha e izquierda. En el primer caso se prioriza la eficiencia a la equidad. Lo prioritario sería producir todo lo posible aunque el reparto no sea equilibrado. A priori no está mal, pero la nueva estructura económica global está amplificando las desigualdades. Los números no engañan, aunque a los que engañan les gustan mucho los números. En el segundo caso se prioriza la equidad, aunque eso suponga menos producción. Es deseable, aunque se debe tener cuidado. La evidencia empírica (en economía se usa ese concepto cuando se valoran resultados en países o regiones que han seguido un tipo de políticas concretas) demuestra que una intervención excesiva del Estado para proporcionar una mayor igualdad puede dejar la economía muy alejada de su potencial.

¿Entonces? Es interesante la teoría de la “economía bisexual” del analista Víctor Lapuente: dar todas las facilidades a las empresas para generar riqueza y después, cobrar altos impuestos para cubrir unas necesidades sociales que son cada vez mayores. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero se supone que el modelo nórdico sigue este patrón.

Así, ¿sirven las ideologías? Depende de la definición. Para Ian Morris, uno de los historiadores más reputados a nivel mundial, una ideología es “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Aunque la definición es dudosa, el enfoque tiene sentido: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. En consecuencia y bajo la tesis de que existen patrones humanos que se repiten en el tiempo, siempre será así. Por lo tanto, ese es el reto: crear un contrato social compatible con los nuevos avances tecnológicos y digitales.

Ahora bien, no se debe confundir ideología con identidad. Existen partidos que priorizan la identidad antes que la ideología o la economía, lo cual no deja de ser una estrategia. Otros, prefieren jugar con las etiquetas: ahí está el “trío de la plaza de Colón”, “los malvados nacionalistas” o “los podemitas”. Se trata de usar palabras despectivas una y otra vez para demonizar al adversario.

            Ideologías, identidad, etiquetas. Como medio, bien. Pero, ¿las ideas? ¿Dónde están? ¿Qué podemos hacer? Eso debería ser el medio para cumplir el ideal común. Y el que tenga la mejor idea, que gane.

            Necesitamos ser competitivos en un mundo global manteniendo un mínimo equilibrio entre la sociedad, las finanzas y nuestro planeta. Es más difícil que cuadrar un círculo, pero eso es lo que debe marcar nuestro camino. Estamos señalando la luna, si bien, como dice la sabiduría popular, el necio mira el dedo. En la realidad, los partidos políticos son los que llevan el debate al dedo. En este caso, no es una necedad, no. Es más fácil acusar al rival que buscar soluciones en un mundo en el que las baterías monetarias están agotadas (basta ver las recientes políticas del Banco Central Europeo) y existe déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado) en un contexto de crecimiento económico. ¿Qué va a ocurrir cuando lleguen las vacas flacas?

            Ideas. Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos” que descubran casos de corrupción. Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean realizar intercambios económicos y no pueden hacerlo. Tres, ley de transparencia integral indicando, además, todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica. Cuatro, potenciar en la educación, además del equilibrio con el mercado laboral, aspectos como los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Cinco, crear la figura del asistente económico (creación de empresas) como complemento del asistente social. Seis, potenciar la  figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional (los empresarios están infrarrepresentados en el parlamento). Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo (deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes; esta figura existe en Suecia o Gales).

            Ahora, toca esperar la campaña electoral.

 

            ¿Habrá más ideas? 

Del qué al cómo (marzo).

               

            Año electoral, año de promesas. Ya se sabe, a leer los programas electorales, así decido cuál es mi preferido. Supongamos que en un programa aparecen las siguientes medidas: “reducir las listas de espera en sanidad”, “educación inclusiva para todos”, “mejora de las infraestructuras”, “priorizar las ayudas sociales”, “evitar el abandono de las zonas rurales”, “eliminar el fraude fiscal”.  ¿Qué partido dice eso? Todos. ¿Quién no quiere esas medidas?  Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

            Eso es lo que no dice nadie. Eso sí, debemos discriminar entre dos tipos de políticas: las que afectan al presupuesto y las que afectan a las leyes que sirven para regular nuestra convivencia. Es una anomalía increíble: las importantes, las que se discuten, son las primeras. Sin embargo, las que tienen mayor margen de recorrido son las segundas. ¿Por qué?

Antes de contestar a la pregunta, debemos reparar en la existencia de dos sombras en el horizonte. Uno. Por primera vez, cuando hay crecimiento económico el déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado o la Comunidad Autónoma de referencia) aumenta. Bueno, en Navarra no ha ocurrido eso, si bien la explicación evidente viene dada por la subida de impuestos del Gobierno. ¿Qué va a ocurrir cuando la economía no crezca? ¿Más déficit todavía? Dos. Otro escenario preocupante, del que no somos responsables, viene dado por la política monetaria. El Banco Central Europeo ha introducido una cantidad de dinero enorme en el sistema y mantiene los tipos de interés muy bajos. Y ha anunciado que va a seguir así. Eso quiere decir que si aparece otra crisis nos quedamos sin batería monetaria. Vienen curvas.

             Volviendo a la cuestión previa, la mayor parte del presupuesto ya está dado. Un gobierno, sea el que sea, tiene poco margen para retocar la cantidad destinada a la sanidad, policía, bomberos o educación. Su fuerza proviene de la regulación. Sí, se pueden realizar obras y cambios (el plan de amabilización de Pamplona es un ejemplo claro) pero donde realmente afectan las políticas es en el tema regulatorio. Los ejemplos abundan: el programa Skolae, los requisitos para realizar oposiciones, las diferentes ordenanzas que afectan a nuestra vida diaria, la limitación de velocidad según los tramos en los que nos encontramos,  la entrada o salida de ciertas asignaturas en programas educativos básicos, los permisos para recalificar zonas o montar negocios, limitar el número de establecimientos de hostelería y hoteles…

            Entonces, ¿qué nos queda del presupuesto? Si se decide subir los impuestos, es responsabilidad del elector razonar si los servicios públicos que recibe a cambio (o las ayudas que se ofrecen a colectivos más desfavorecidos) le parece que justifican su sacrificio monetario. El gobierno intentará demostrar la efectividad de sus políticas, la oposición que las cosas se pueden hacer mejor.

            Entonces, ¿cómo se puede cumplir lo prometido en aspectos presupuestarios? A partir del siguiente trilema decisorio: o se suben los impuestos, o se quita de otro lado, o nos endeudamos. Pocas veces nos dicen de dónde va a salir la financiación para sus promesas. La solución más común es siempre reducir el fraude fiscal.

            Personalmente, todos queremos ganar más dinero, estar más guapos y ser más felices. Son propósitos humanos universales. Muchas veces sabemos cómo hacerlo, pero no estamos dispuestos a asumir el sacrificio presente a cambia de la ganancia futura. Son cosas nuestras y decidimos en consecuencia. Sin embargo, olvidamos que los gobernantes gestionan el dinero de los contribuyentes (mal llamado dinero público). Nuestro dinero. Por eso tenemos el derecho y deber de exigirles.

            Ahora bien, ¿qué va a pasar? Los partidos intentarán centrar la campaña en dos o tres asuntos centrales, indicando dónde son fuertes ellos y la razón por la cual los demás son débiles. Los buenos contra los malos (o los malos contra los peores). Además, nos prometerán un futuro lleno de luz y color. Nosotros, debemos discernir entre el qué y el cómo.  Si no hay un cómo, nos están timando. Es la vida: entre otras cosas, los humanos nos amamos, nos divertimos, nos reímos, discutimos, competimos y sí, nos timamos entre todos. Es más: incluso nos timamos a nosotros mismos. Es lo que hacemos cuando no hacemos lo que realmente deseamos hacer. Nos “inventamos” un relato mental que justifique nuestra falta de voluntad para evitar la temida disonancia cognitiva: efecto de malestar interior que tenemos al no cumplir nuestros objetivos (nombre para los amigos: entropía psíquica).

            Entonces ¿en qué debemos fijarnos?

            Para empezar, en los partidos que muestran una visión clara del mundo que nos rodea, buscando la forma de generar competitividad económica manteniendo el equilibrio social, ecológico y financiero.

            Posteriormente, debemos pensar, reflexionar, contrastar. ¿Cómo van a cumplir los partidos sus promesas? ¿Las regulaciones planteadas para orientar nuestra convivencia son correctas? ¿Hacia dónde van a ir los gastos, de dónde van a venir los ingresos? ¿Quién gana, quién pierde?

            Ahora, lector, es tu turno.

            Busca, compara, y si encuentras algo mejor, vótalo.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

El hombre en la tierra (marzo).

            

            Estos días se ha cumplido un aniversario especial: el mítico programa de televisión de los años 80, El hombre y la tierra. De hecho, el primer programa se emitió el 4 de marzo de 1974. Han pasado, por lo tanto, 45 años. La verdad, como cambian los tiempos. Ahora los programas míticos son Gran Hermano, Sálvame (pero sálvame de ver ese programa) o magazines de ese estilo. Bueno, todavía permanece Saber y ganar. No está mal, siempre hay una pequeña luz al final del túnel.

            El hombre y la tierra, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente, narraba la vida de la fauna de la península ibérica. En una época, como la de hoy, en la que se dice que “el hombre es un lobo para el hombre” Félix nos recordó que los lobos tenían unos valores que para sí quisieran los humanos. Por eso, quizás podíamos ajustar la frase y decir aquello de que “el hombre es un hombre para el hombre”.

            Esta serie nos inspiró a los jóvenes de aquella época y nos recordó que tenemos compañía (los animales) y un hábitat (la naturaleza). Por desgracia, Félix Rodríguez de la Fuente falleció el 14 de marzo de 1980 en Alaska. Todo el país quedó conmocionado. Hoy, su legado corre el riesgo de perderse y pocos jóvenes le conocen. En unos tiempos en los que además una chica sueca de 16 años llamada Greta Thunberg se ha hecho famosa mundialmente con su valiente defensa sobre el cambio climático, merece la pena recordar nuestro papel en este planeta. No estamos en equilibrio con él.

            No se trata sólo del cambio climático, claramente contrastado por los científicos. Incluso Nicholas Stern, autor de un influyente informe hace 20 años, piensa en la actualidad que se ha quedado corto. Hay dos problemas graves más. Uno, la pérdida de biodiversidad. En otras palabras, la extinción de otras formas de vida, animales y vegetales, que nos quita una riqueza biológica que jamás volverá. Dos, la sobreexplotación de los recursos. La huella ecológica de un país indica la cantidad   de tierra que se necesita para producir todos los recursos que genera. Por ejemplo, si todos los habitantes de la tierra viviésemos al nivel de los norteamericanos, harían falta cuatro planetas. Demasiados, ¿no? Y para colmo, lugares como Marte o Plutón no están muy cerca que digamos. Y no se trata de ir a vivir allí, se trata de traer recursos de allí. Eso sí: los países más avanzados desde el punto de vista espacial ya lo han hecho, y se han ido un poco más cerca. A la luna. Pero a la cara oculta. Así no les vemos. Aunque existe una razón de fondo más importante: el helio 3. ¿Podremos replicar el funcionamiento del sol aquí? El futuro lo dirá.

            Entonces, ¿cómo se explica que no reaccionemos ante estos problemas? ¿Qué lógica tiene? ¿Cómo nuestros dirigentes y nosotros mismos somos tan dejados? Si no comprendemos las razones ocultas que explican el retraso en la búsqueda de soluciones, como punto intermedio para alcanzarlas, no vamos bien.

            Primera razón: la consecuencia de nuestros actos no es inmediata. Es parte del comportamiento humano. Es la razón por la que no ahorramos lo que debemos, no nos cuidamos o nos dejamos llevar. Olvidamos que siempre “llega Paco con las rebajas”. Y cuando llega, es tarde. Segunda razón: siempre podemos minimizar nuestra responsabilidad. Si alguien contamina (sea una persona, una fábrica, un país), ¿por qué no voy a hacerlo yo? Nadie quiere ser el “tonto del pueblo”. En términos técnicos, este problema económico se llama “tragedia de los comunes”. Tercera razón: gran confianza en la tecnología futura. Por ejemplo, están haciendo pruebas para transformar el CO2 en carbón. Pero eso no va a ser mañana. Ayer nos decían que éste iba a ser el siglo del Hidrógeno, y nada de eso ha pasado.

            Todos queremos vivir en armonía con la naturaleza, pero no deseamos pagar el precio que ello supone. Pues bien, ya vale. Se pueden tomar muchas medidas. Siempre se las pedimos al Estado, siempre nos olvidamos de nosotros mismos. Y el camino adecuado, curiosamente, es el inverso.

            Podemos reciclar en casa. Cuando hacemos la compra, podemos consultar cómo se ha fabricado un producto para ver si cumple una serie de valores. Podemos visitar la naturaleza, llevar los niños a ver plantas y  animales (así se responsabilizarán en el futuro), pasear al lado de un río o disfrutar de estar en contacto con la vida, no con la pantalla. Podemos inculcar este comportamiento a otros.

            Los poderes públicos pueden realizar múltiples regulaciones desde cualquier ámbito, sea municipal, de la comunidad, del Estado o de la Unión Europea. Se puede usar el palo y la zanahoria. Se debe recordar las posibilidades que permite la economía circular.

            Sólo así pasaremos de estar en la tierra a estar con ella.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

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Ajedrez.

 

                Si existe un juego (aunque también se puede catalogar  como ciencia, deporte o arte) que se asocie a inteligencia ese es el ajedrez. ¿A qué se debe eso? A la gran cantidad de combinaciones posibles que proporciona una partida. Se estima que son 10 elevado a 120, es decir, un uno seguido de 120 ceros. Para que nos hagamos a la idea de la magnitud de la cifra, diremos que el número de átomos estimados en el Universo es de 10 elevado a 100. Son cifras que no podemos comprender. Es más, son tan enormes que proporcionaron un debate acerca de la posibilidad de que el total de partidas sea infinito. Hoy en día, sólo se catalogan como infinitas la estupidez humana y, quizás, el Universo.

            En este hermoso juego de peones, alfiles, caballos, torres, damas y reyes las personas realizan múltiples cábalas acerca de sus mejores jugadas, teniendo en cuenta siempre las posibles respuestas del rival. Existen jugadores orientados a la estrategia: prefieren tener una posición sólida y esperar su momento. Otros prefieren la táctica, y se manejan con más facilidad en posiciones enrevesadas y caóticas. En este caso, un error nos lleva a una derrota inmediata. Los grandes maestros deben manejar con habilidad ambos enfoques.

Antiguamente los jugadores debían pasar un control de tiempo: primero había dos horas para realizar 40 jugadas, y después la “velocidad” era de 20 jugadas a la hora. Si no se cumplía este tiempo, el reloj tenía un marcador o bandera que se caía de manera que la partida estaba perdida. La otras dos formas de ganar una partida era por jaque mate o por abandono del rival, siendo ésta la más habitual. A ciertos niveles, uno comprende fácilmente cuándo ha llegado el momento en el que no tiene nada que hacer. Hoy en día, el sistema ha cambiado. En la modalidad más usada cada jugador comienza con hora y media de tiempo de manera que cada jugada adicional le proporciona 30 segundos adicionales. Es la vida: debemos saber controlar nuestro tiempo.

La partida tiene tres fases: apertura, medio juego y final. En la primera, es importante conocer un mínimo de teoría debido a que un pequeño desliz nos lleva a posiciones inferiores.  Se puede ganar una partida trabajando en el laboratorio casero: si conocemos una apertura del rival en la que divisamos alguna debilidad, podemos preparar una línea que nos de la victoria. Así, la psicología cuenta. Existen partidas en las que un jugador piensa que el otro le está llevando a su terreno, y medita: ¿se habrá preparado algo? ¿Cambio mi variante favorita de la defensa siciliana?

El medio juego requiere una comprensión muy profunda del juego, mientras que el final requiere también saber teoría. Kasparov, excampeón del mundo, conoce al menos 300 finales en los que según el caso aprovechaba una ventaja ridícula para ganar o bien sabe, a partir de una pequeña desventaja, igualar la partida y obtener un empate (tablas).

Muchas de las jugadas tienen un coste: amenazar la dama del rival supone, quizás, debilitar el flanco del rey. La enseñanza sirve para la vida: ¿compensa la ganancia posible la pérdida que asumimos? No sólo eso debemos ponernos en el lugar del rival. ¿Qué piensa? ¿Qué estrategias medita?

Existen tres enfrentamientos históricos que destacan sobre los demás. El Boris Spassky contra Bobby Fisher (año 1972). En plena guerra fría, comunismo contra capitalismo; un ciudadano soviético contra un norteamericano, con victoria del segundo. Posteriormente, ya sabemos lo que pasó: el muro de Berlín cayó y pensadores como Francis Fukuyama pronosticaron el fin de la historia. Entre los años 1985 y 1995  Anatoly Karpov y Gary Kasparov lucharon por el campeonato del mundo. El régimen comunista soviético contra “el hijo del cambio”. Después de diversos duelos memorables (está considerada la mayor rivalidad de la historia del deporte debido a la gran cantidad de horas en las que se enfrentaron) la victoria fue para Kasparov. Por cierto, también sabemos lo que pasó: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) colapsó (para Vladimir Putin es el mayor desastre geopolítico del siglo XX). Hoy Rusia lucha por recuperar su antigua influencia.

Entre los años 1996 y 1997 Gary Kasparov, ya claro dominador mundial, se enfrentó al ordenador Deep Blue (azul profundo). Humano contra máquina. Si en el primer caso el ganador fue el maestro (4 – 2) en el segundo (3,5 a 2,5) ganó el ordenador. A partir de ahí, el desarrollo tecnológico ha sido imparable. Se están desarrollando ordenadores cuánticos o se estudian aplicaciones inteligencia artificial. La reunión anual del Mobile World Congress de  Barcelona muestra estos avances en telefonía móvil. ¿A dónde llegaremos? Territorio desconocido.

Mientras, se habla de las campañas electorales que nos esperan como duelos de ajedrez. ¿Seguro?

Cuando vemos los debates que nos esperan, llenos de insultos y descalificaciones, observamos con resignación que se convierten en simples lanzamientos de dardos.

El ajedrez tiene otras aplicaciones para nuestra vida.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Orden.(Febrero 2019).

 

                El orden está de moda. A todos los niveles. La autora japonesa Marie Kondo se ha hecho famosa con sus métodos para ordenar nuestras cosas en casa como medio para tener un mayor equilibrio y un mejor bienestar  emocional. La idea comienza de manera sencilla: si algo no se usa, se tira. Muchos productos que no son de usar y tirar, todos aquellos que mantenemos “por si acaso”, pasan por el trastero antes de terminar en el contenedor de la basura. ¿Para qué? Mejor tirarlo. Ahora bien, ¿qué tirar?

            Se puede aplicar una estadística a medida: lo que no se haya usado en un año, fuera (excepción: el traje de boda). Así, tenemos tres ganancias diferentes. Primero, más espacio para nosotros y quizás, para otras cosas. Segundo, más tiempo. Ahora la búsqueda de cualquier objeto o documento es más rápida. Tercero, más relajación. Ordenar acostumbra a ser una tarea pendiente que siempre ocupa nuestra mente y en consecuencia, como toda actividad que todavía no hemos realizado, nos incomoda. Maravilloso, ¿no?

            Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto ordenar? Cuando ganamos tanto a cambio de tan poco, ¿cómo no hacerlo? Una vez más, es nuestro funcionamiento humano. Ordenar da pereza. Mucha pereza. Y es más fácil tumbarse en el sofá a ver la televisión, aunque esté apagada. Cualquier pantalla vale. En fin, postergamos. Hoy en día a postergar se le llama “procrastinación”. Suena de maravilla. Pero seguimos con pereza. Entonces, ¿no hay solución? Claro que sí. Nos la proporciona el mercado: cada vez se pueden comprar y vender más y más productos. En este caso, se trata de un nuevo servicio. Ordenar. Por lo tanto, es una profesión. Ordenadores.

            No es sólo tirar, es equilibrar. Ropa de verano, ropa de invierno. Libros de narrativa, ensayos. Frigorífico, congelador. Artículos de un solo uso, de uso frecuente, de uso ocasional. ¿Quién no desea tener una casa así? Sin duda, es útil, nos reporta bienestar y al terminar, siempre nos queda la alegre sensación que proporciona el trabajo bien hecho. Aunque lo hagan otros.

            ¿Y la vida? ¿Es mejor tenerla ordenada y desordenada? ¿Nos dedicamos a vivir como autómatas o desarrollamos nuestra imaginación para cambiar planes y disfrutar más de los pequeños momentos? Aquí hay sorpresas. Por ejemplo, tendemos a considerar la vida de los demás como previsible y aburrida. En otras palabras, ordenada. Y la nuestra la vemos menos ordenada de lo que es. Como seres humanos que somos, somos previsibles. No obstante, un poco de desorden es bueno. Contestemos a la siguiente pregunta: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

           

 

            Cuidado, una actividad completamente nueva. Es decir, no vale decir una película (rara vez vamos a ver la misma sesión de cine repetidas veces, salvo que la historia nos haya dejado entusiasmados). Sirve, si no hemos ido nunca, el teatro. Un lugar nuevo. Un deporte nuevo. Algo nuevo. Nuevo. Es la palabra que más nos entusiasma cuando vemos una oferta, junto con gratis. Sí, un pelín de desorden está bien. Nos desarrollan más veinte años con experiencias nuevas que un año repetido veinte veces. Esos años que siempre empiezan con proyectos maravillosos y luego, luego….¿cómo van los propósitos de año nuevo?

            Dentro del orden, llama la atención cómo se olvida el tema monetario o financiero. Está muy bien tener la casa ordenada, limpia y pulcra. Está mejor vivir con cierto orden (entresemana) y más desorden (el fin de semana). Ahora bien, ¿las finanzas? ¿Nuestros dineros? ¿Cómo puede ser que se mantengan gastos estúpidos por simple inercia? ¿Qué pasa con esos alimentos que caducan y terminan en el contenedor de la basura? Las estadísticas dan escalofríos. Y lo que ello supone de fondo, también. En cierta forma, en el contenedor también termina el dinero que usamos para esa compra. Además, alguien que podía alimentarse no lo hace. Es posible que en nuestras sociedades prácticamente no exista hambre, pero un poco de necesidad persiste. En caso de duda, consultar en el banco de alimentos.

            Volviendo al tema monetario, merece la pena revisar nuestras finanzas. Saber cuáles son nuestros gastos concretos, distinguiendo la partida en cinco puntos: necesidades humanas (comer, ropa), bienes sociales (coche, teléfono móvil), deseos (cena en el restaurante, cine, viajes), caprichos (postre después de la cena, libro que no se termina leyendo, ropa que no usamos) y la trituradora de dinero (gastos periódicos de los que no sacamos nada a cambio, como un servicio de telefonía no usado). Se suprimen las dos últimas. Los ingresos son más fáciles, ¿verdad? Son las cosas de la vida. Con todo lo que podemos hacer con nuestros gastos, nos quejamos de lo poco que ganamos.

            En los tiempos que se avecinan llega un orden que va a acaparar los medios: el de las listas electorales. ¿Quién irá primero?

            Ahora bien, ¿por qué no ordenarnos a nosotros mismos?

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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Blas de Lezo (febrero 2019).

(En memoria de Melchor Goñi Yaben).

 

                 Vox ha generado cierta controversia al proponer el rodaje de una película relacionada con el marino vasco Blas de Lezo.  Es triste recordar que su nombre sólo había salido para nombrar a un antiguo caso de corrupción (junio del año 2017) que terminó con el antiguo presidente de la comunidad de Madrid, Ignacio González, en la cárcel. Esperanza Aguirre, que también ocupó ese cargo y llegó a ser posible candidata para la presidencia del gobierno por parte del PP, tuvo que dimitir de sus cargos. La operación sacó a la luz más vergüenzas relacionadas con financiaciones irregulares, enriquecimientos personales y cobros de jugosas comisiones. Todo ello estaba relacionado con la gestión pública del canal Isabel II.

 Los casos de corrupción (el más conocido es Gurtel ya que su sentencia precipitó la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa)  y las prebendas que se asignan altos cargos siguen rompiendo la necesaria confianza que debe existir entre quienes nos gobiernan y la sociedad civil. Es común decir que se va a hacer una cosa y obtenido un puesto, hacer otra. El caso más obvio es el  Pablo Iglesias, cuando hablaba de “casta” y ahora vive encastado a una mansión. Desde luego, tiene derecho a ello, pero cuando rompe su discurso central en torno a su interés personal, algo no va bien. No obstante, Iglesias propuso más ideas. La mejor: retransmitir por televisión las negociaciones de los partidos. Así no serían necesarios los “relatores”. 

            En todo caso, ¿por qué el caso del canal de Isabel II se llamaba operación Lezo? Debemos recordar la historia de uno de los grandes marinos de siempre: Blas de Lezo y Olavarrieta, nacido el 3 de febrero de 1689 en Pasajes (Guipúzcoa).

            A Blas de Lezo se le llamaba el medio hombre, ya que para los 25 años era cojo, tuerto y manco (curiosamente, perdió un brazo en el sitio de Barcelona el 11 de septiembre del año 1714). No obstante, sus hazañas le valieron rápidos ascensos en la jerarquía marina. En este contexto, los ingleses y los españoles estaban luchando por la supremacía de los mares y de los territorios de América Latina. La clave, sin duda, era la denominada “llave de América”: Cartagena de Indias (Colombia).

            Una enorme flota inglesa encabezada por el vicealmirante Edward Vernon embarcó con la misión de conquistar tan ansiada plaza. La superioridad de los ingleses era abrumadora: tan seguros estaban de la victoria que emitieron medallas y monedas conmemorativas de la victoria en la batalla antes de que terminase. Es lo que se llama, en el argot popular, vender la piel del oso antes de cazarlo. En estas monedas Blas de Lezo, arrodillado (lo cual no podía ser ya que su pata de palo lo hacía imposible) ofrece la espada de la derrota a Vernon. No obstante, en una de las grandes sorpresas navales de la historia, los ingleses fueron vencidos. Es la denominada batalla de Cartagena de Indias (abril de 1741). De ahí viene lo de operación Lezo: Ignacio González fue filmado allí llevando unas bolsas “sospechosas”.

 Las enormes pérdidas sufridas evitaron futuros intentos de  conquista de los países de América del Sur por parte de los ingleses. Por desgracia, las heridas sufridas en la batalla precipitaron la muerte de Lezo, el 7 de septiembre de 1741.

 

            Blas de Lezo sufrió una derrota reputacional, ya que había caído en desgracia por parte de la corte: a finales de octubre del año 1741, cuando ya había fallecido, llegó la orden del Rey suprimiendo su empleo y ordenándole el regreso a España. Al parecer, el virrey Sebastián de Eslava (por cierto, navarro) había conspirado contra él para adjudicarse la gloria de la victoria.

            Aunque la historia se suele estudiar en un único de texto, siempre quedan líneas abiertas que permiten diferentes juicios e interpretaciones. No se puede comprender la Guerra Civil leyendo un único libro de la misma. Necesitamos más referencias, visiones o testimonios. No deberíamos olvidarlo. Pensemos en el ejemplo anterior: ¿cuántos héroes, investigadores o  aventureros son completos desconocidos debido a  envidias, manipulaciones o simple azar?

            En nuestras conversaciones es común hablar de personas cercanas, famoseo, políticos y deportistas. Temas como la ciencia, cultura o históricos son menos comunes. Y eso no puede ser. Somos lo que somos por los avances científicos, culturales y la evolución de la historia.

            Hoy en día se desconoce el lugar exacto donde está enterrado Blas de Lezo. Para  Gonzalo M.Quintero Saravia “su tumba es toda América Española pues es obra suya que la lengua de allí siga siendo el castellano” (Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español).

            No obstante, su ejemplo de superación, determinación y entusiasmo nos recuerda que las personas que logran “lo imposible” (ciencias, artes o historia), permanecen, siempre que haya testimonio de ello,  en la memoria y el recuerdo de las siguientes generaciones.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta, UNED de Tudela.

Percepción y realidad (febrero).

            ¿Qué está pasando en Venezuela? ¿Qué ocurre en la República Centroafricana? ¿Cómo se ve desde el exterior el problema catalán? ¿Cómo va la economía? El paro ha subido en enero; ahora bien, ¿es debido al Gobierno? ¿O es la estacionalidad?

            Sí, es muy difícil la distinción existente entre lo que percibimos y lo que es. No se trata de crear un problema filosófico a partir de estos debates; de lo que se trata es de interpretar correctamente la realidad.

            En el momento de valorar la situación en Venezuela, muchos son los factores que se deben tener en cuenta. El primero y principal, el interés propio. Un político del PP o Ciudadanos pide el reconocimiento inmediato de Juan Guaidó. Uno del PSOE será más cuidadoso; uno de Podemos pensará que es un golpe de Estado contra el presidente de un gobierno legítimo. Esta opinión no está muy lejos de la que tiene cada votante particular. Eso ya nos da una posible conclusión: según votas, piensas. Y no puede ser: la riqueza de la democracia es la transversalidad de la misma y la generación de espíritu crítico. El camino adecuado es el inverso: según piensas, votas. Eso nos llevaría a que una persona a favor del matrimonio homosexual votaría con más facilidad al PSOE que al PP, pero debería valorar más aspectos. La importancia que tenga cada uno nos indicaría su decisión final.

            Cuidado: no se trata de hipocresía. Es funcionamiento de nuestro cerebro. Tenemos un interés oculto, que puede ser consciente o inconsciente, y a partir de ahí racionalizamos nuestras decisiones. Existe una forma muy sencilla de verlo: alguien que esté trabajando en una empresa pública pensará que su labor es imprescindible para el conjunto de la sociedad; sin embargo, existen otras personas que exigen impuestos más bajos a cambio de suprimir “organismos inútiles”. En uno y otro caso el interés de fondo es la renta. En un caso directa, ya que es su sueldo; en otro indirecta, ya que menos impuestos suponen más recursos para gastar a su libre albedrío.

            Una conclusión razonable para Venezuela sería la siguiente: indudablemente, las cosas van mal. Muchas personas han abandonado el país, la inflación es enorme y la inseguridad es total. Y eso no es de hoy. En la Guerra del Golfo, Caracas era una ciudad más peligrosa que Bagdad. Los servicios que más se valoran del Estado son, precisamente, esos. Posibilidad de desarrollo laboral y personal, estabilidad de precios para tener unos ahorros razonables y seguridad (privada, jurídica y personal). Si falla todo, no existe un Estado digno de tal nombre.

            ¿Soluciones? Elecciones o cambio de Gobierno. Pero eso es fácil de teclear en el ordenador; la realidad es más compleja. Visto desde fuera, sólo se puede pedir respeto a los derechos humanos. Eso es todo. Este respeto es lo primero que desaparece cuando está en juego el bien más preciado: el poder.

            La república Centroafricana acaba de terminar una guerra civil incruenta, con enfrentamientos de índole religioso. Se han firmado los acuerdos de paz en Jartum (Sudán). Ese asunto no aparece en los medios. Es normal dar más peso a Venezuela por los lazos históricos y comerciales existentes con ese país, pero tendemos a focalizar la realidad en un aspecto. Si hace unas semanas sólo existía la historia del pobre niño que había caído al pozo, ahora el mayor peso mediático se encuentra en Venezuela.

            El problema catalán enseña lo importante que es vender un relato al exterior y la facilidad con la que “expertos” de otros países juzgan lo que ocurre en lugares lejanos. Es así: los no independentistas piensan que nunca debe saltarse la ley y que unos pocos (los catalanes) no pueden decidir el destino de los otros (los españoles). Respecto de los independentistas, unos piensan que en situaciones de clara injusticia es legítimo saltarse la ley. Otros piensan que se debe presionar como sea, con límites que a veces no quedan claros (a veces es difícil distinguir la diferencia entre manifestación y escrache) para lograr un objetivo que es un bien superior. Por supuesto, existe quien es independentista y pide no saltarse nunca la legalidad, como existen no independentistas que piensan que se debe realizar un referéndum. Es evidente que en este escenario el acuerdo es imposible. Si yo quiero vender un piso a 170.000 euros y el comprador no está dispuesto a pagar más de 160.000, ¿cómo demonios vamos a poder acordar algo? Entre dos personas se pueden buscar encuentros, pero entre políticos avalados por votos que sustentan mandatos claros, la cosa es más difícil.

            ¿Y la economía? Depende de cada situación personal y del puesto que ocupemos. ¿Qué percibimos? Más desigualdad, ligero estancamiento económico, incertidumbre y más incertidumbre.

¿Qué es? “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” (Ramón de Campoamor).

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Davos, Europa, Navarra (febrero).

            Terminó la cumbre de Davos y pocas noticias han salido en los medios relacionados con la misma. Organizado por El Foro Económico Mundial (Klaus Schwab), este año llegaba ya a la edición número 49. En la misma, se trataba de buscar mecanismos para responder a los desafíos de la Economía Digital (cuarta revolución industrial). El principal: la desigualdad. Conclusiones, pocas. Una, sorprendente: “todo iría mejor si decidiesen las madres y las abuelas”.  Los retos, los habituales: cambio climático, envejecimiento de la población, enfriamiento de la economía, deuda descomunal, guerras comerciales, movimientos migratorios, robotización y precariedad laboral. Las soluciones, como siempre, quedan en buenas intenciones.

            Lo más extraño es que dirigentes influyentes como Donald Trump, Macron o Theresa May no acudieron a la cita al tener que resolver sus problemas locales, cuando hoy en día no existen como tales: todo está interrelacionado. ¿Todo? Al menos, mucho. Eso nos lleva a bautizar de otra forma a la economía actual. ¿Qué tal Economía de Suministro? Vamos a razonarlo. Y eso pasa por analizar el mercado inmobiliario.

            ¿Han subido muchos los pisos? ¿Estamos en una burbuja? Es difícil contestar a la pregunta, ya que no somos conscientes de las burbujas hasta que estallan. Existen casos de manual, como el Bitcoin al final del año 2017 o los pisos en el año 2008. Otras veces, la cosa está más difusa. En todo caso, ahora hay una característica diferencial. ¿Cuál es? La heterogeneidad de la subida de precios. En Madrid o Barcelona, se han disparado. Eso ha hecho que el mercado del alquiler también haya subido, y esa es la razón por la que el Gobierno ha intervenido: deseaba evitar precios todavía más altos. En ciudades medias como Pamplona también ha existido subida, eso sí,  no tan alta. En ciudades más pequeñas el alza todavía es más suave, y en pueblos que van perdiendo población a marchas forzadas el precio se derrumba. En un caso extremo, pueden valer cero. ¿Tiene lógica? Basta responder a esta pregunta: ¿cuánto vale algo que nadie quiere comprar?

            ¿De qué dependen los precios de los pisos? Del grado de conectividad de la ciudad con la economía global vía producción de bienes y servicios diferenciados. Punto. Así, podemos establecer tres niveles. El grado alto, grandes ciudades con sectores industriales muy potentes. Sirven ciudades como París, Nueva York, centros como Silicon Valley,… El grado medio, ciudades medias. Sencillo, ¿verdad? Aquí está Pamplona. Claves del suministro: la Volkswagen y la Universidad de Navarra. Grado más bajo, ciudades como Tudela. Suministro: el sector agroalimentario y la pertenencia a la conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo. El resto, tiende de forma irreparable a la despoblación. ¿Quién va a ir a vivir a un lugar donde el desplazamiento es difícil y costoso? Claro que estaría bien tener mejores carreteras, mejores conexiones ferroviarias. Pero los presupuestos llegan a lo que llegan. Existen otras prioridades.

            Así, volvemos a Davos. Las conclusiones indican el desconcierto existente con el rumbo que puede tomar la economía global. Así de crudo.

            ¿Y Europa? En un año en el que llegan las elecciones al Parlamento, existen retos que se deben destacar. El principal, la pugna entre grupos de países con diferentes visiones globales. Está la liga Hanseática (Holanda, países bálticos, países nórdicos e Irlanda), el grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), los países mediterráneos (España, Portugal, las particularidades especiales de Italia y Grecia) o el eje central formado por Alemania y Francia. Está también el asunto del Brexit. El gobernador del Banco Central Europeo, Mario Dragui, abandona la nave en octubre. Otros puestos de relumbrón también están en juego. En estas circunstancias, la armonía es imposible. Se trata de buscar mecanismos para conllevar la situación. Todo ello es un caldo de cultivo ideal para populismos,  aunque el caso del Brexit ha mostrado sus carencias y falsedades. Demuestra, también, que pese a los problemas de la Unión Europea se está mejor dentro que fuera. Y sí, podemos ser optimistas a medio plazo. La razón: la alternativa es mucho peor. Un ejemplo sencillo: tener un ejército común. El ahorro respecto de ir por libre es enorme. Más posibilidades: los mecanismos de supervisión bancaria logran que un rescate sea, en términos relativos, más barato. Además, ¿quién no desea menos burocracia entre países?

            ¿Y Navarra? Si nos abonamos a la teoría de la “Economía de Suministro”, es evidente que las discusiones identitarias no deberían centrar los debates. Como la religión, son aspectos que pertenecen a nuestros valores más profundos, aquellos con los que nos educaron de niños.  Debemos ser cuidadosos, ya que son a la vez una fuente de riqueza y de confrontación.

Como Comunidad debemos  potenciar aquello que funciona y buscar nuevos caminos (políticas económicas y educativas), combinándolo con un sistema impositivo equilibrado (políticas fiscales) que nos permita desarrollarnos sin que nadie quede abandonado a su suerte (políticas sociales).

            Davos, Europa, España, Navarra, nosotros, tú, yo.

            Todo está interrelacionado.

            Javier Otazu Ojer.                             

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

            www.asociacionkratos.com

El mercado del desplazamiento (enero).

               

            Esta vez toca marejada en el mercado de los desplazamientos dentro de ciudades. Un mercado en el que se pueden demandar, si nos encontramos en una gran ciudad, más de un millón de servicios en un día es algo apetitoso. Bien, vamos a usar nombres menos técnicos. Menuda movida han montado los taxistas en Madrid y Barcelona. Y eso es algo común, por supuesto, a las grandes ciudades. ¿Por qué se dan estos movimientos? ¿Qué solución existe? ¿Es justo que se permita paralizar así una gran ciudad por parte de unos pocos?

            No todos los mercados son iguales. Existen diferentes posibilidades, que pasamos a definir. Así, un mercado es de competencia perfecta si existen muchos consumidores y muchos productores (así nadie tiene poder de precios), hay información perfecta (los agentes económicos pueden consultar el precio de cada uno de los bienes al momento, y eso es algo que Internet permite hacer en muchas ocasiones), no existen costes de transacción (se supone que nos da igual comprar algo en la tienda de abajo que irnos en coche al hipermercado más cercano; la llegada de los gigantes que permitan comprar a golpe de clic y nos lleven el producto a casa permite el cumplimiento de este principio) y el bien es homogéneo (por ejemplo, se supone que dos hoteles de tres estrellas, el tipo de gasolina que echamos al coche o un desplazamiento en autobús tienen la misma calidad). Se supone que este tipo de mercado es el mejor para el consumidor, y de hecho, los poderes públicos velan para que los mercados sean de competencia perfecta. En la Unión Europea, la danesa Margrethe Vestarger es la comisaria de la competencia y en España, José María Marín Quemada ocupa la presidencia de la comisión nacional de los mercados y la competencia (CNMC).

            El caso extremo es el monopolio, en el cual una empresa es la única vendedora. En teoría, están prohibidos. En un oligopolio tendríamos unas pocas empresas. Se supone que deben competir entre ellas, pero a veces crean alianzas (de forma implícita o explícita) imponiendo precios altos que les permiten aumentar sus beneficios. Estas alianzas reciben el nombre de cártel o colusión, y están terminantemente prohibidas. Es más, las instituciones anteriores están legitimadas para sancionar duramente a empresas que se saltan los principios de la libre competencia.

            Entonces, ¿en qué mercado podemos ubicar a los taxistas? Ya se ha comentado que pertenecen a los desplazamientos por carretera. En las grandes ciudades, su principal competencia es el metro. En todas, el servicio público de transporte. Bueno, en todas no. Existen casos (ciudades turísticas de México, por ejemplo) en los que existe un pacto implícito entre agentes económicos y hay zonas a las que no llega el servicio público para que así el taxi tenga su mercado. Con la normativa europea, eso no sería posible.

           

En teoría, este sería un mercado ideal para la competencia perfecta: muchas personas desean desplazarse, muchas personas están dispuestas a desplazar a otras, las aplicaciones de los teléfonos permiten la llegada de un vehículo (sea un taxi, un VTC o una carreta a caballo) en el menor tiempo posible y al precio más bajo. Un economista liberal diría que este mercado debería dejarse libre: la competencia siempre beneficia al consumidor. Precio de la licencia, cero. Pero eso no es lo mejor: una oferta excesiva podría tirar los precios. Precio del viaje, cero. No sirve.

 Entonces, ¿cómo gestionar el asunto?

Hay dos problemas. Uno, la regulación del mercado. Los taxistas han pagado unas cantidades desorbitantes para tener una licencia. Esas cantidades llegan a ser enormes: se llegan a intercambiar por pisos. ¿Cómo compensar eso? No lo olvidemos: cuando una persona compra una licencia, también compra tranquilidad. Por eso cuestan tanto dinero. Se debe evitar esa injusticia. ¿Entonces? Se trata de permitir la entrada escalonada del VTC en aras a mejorar la competencia sin bajar de un precio mínimo por viaje y con impuestos semejantes (teniendo en cuenta los pagos pasados de los taxistas) para unos y otros.

Segundo problema. Si de lo que se trata es de evitar injusticias, ¿qué podemos decir de las agresiones que han recibido conductores de VTC, del miedo que han pasado personas que simplemente habían tomado un vehículo por comodidad, precio o rapidez? En una democracia digna de tal nombre, eso no se puede permitir. Que aparezcan asociaciones de taxistas que digan “no nos hacemos responsables de lo que pueda pasar” es una amenaza, se mire como se mire. Por desgracia, existen colectivos que pueden paralizar la actividad económica y social a cambio de su interés particular. ¿Cómo no recordar el conflicto de los estibadores?

Es labor de los poderes públicos establecer leyes que establezcan límites al legítimo derecho de huelga y defensa de los derechos de cualquier tipo de colectivo. Y es responsabilidad de los mismos la búsqueda de mecanismos que permitan la convivencia de todos.

Para eso les votamos.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Del qué al cómo (enero).

            Año electoral, año de promesas. Ya se sabe, a leer los programas electorales, así decido cuál es mi preferido. Supongamos que en un programa aparecen las siguientes medidas: “reducir las listas de espera en sanidad”, “educación inclusiva para todos”, “mejora de las infraestructuras”, “priorizar las ayudas sociales”, “evitar el abandono de las zonas rurales”, “eliminar el fraude fiscal”. Está muy bien, ya sé a quién votar. ¿Qué partido dice eso? Todos. ¿Quién no quiere esas medidas? Es muy bonito, ¿verdad? Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

            Eso es lo que no dice nadie Eso sí, debemos discriminar entre dos tipos de políticas: las que afectan al presupuesto y las que afectan a las leyes que sirven para regular nuestra convivencia. Es una anomalía increíble: las importantes, las que se discuten, son las primeras. Sin embargo, las que tienen mayor margen de recorrido son las segundas. ¿Por qué?

Previamente, debemos reparar en la existencia de dos sombras en el horizonte. Uno. Por primera vez, cuando hay crecimiento económico el déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado o la Comunidad Autónoma de referencia) aumenta. Bueno, en Navarra no ha ocurrido eso, si bien la explicación evidente viene dada por la subida de impuestos del Gobierno. ¿Qué va a ocurrir cuando la economía no crezca? ¿Más déficit todavía? Dos. Otro escenario preocupante, del que no somos responsables, viene dado por la política monetaria. El Banco Central Europeo ha introducido una cantidad de dinero enorme en el sistema y mantiene los tipos de interés muy bajos. Eso quiere decir que si aparece otra crisis nos quedamos sin batería monetaria. Vienen curvas.

            Volviendo al “por qué”, la mayor parte del presupuesto ya está dado. Un gobierno, sea el que sea, poco margen tiene para retocar la cantidad destinada a la sanidad, policía, bomberos o educación. Su fuerza proviene de la regulación. Sí, se pueden realizar obras y cambios (el plan de amabilización de Pamplona es un claro ejemplo) pero donde realmente afectan las políticas es en el tema regulatorio. Los ejemplos abundan: el programa Skolae, los requisitos para realizar oposiciones, las diferentes ordenanzas que afectan a nuestra vida diaria, la limitación de velocidad según los tramos en los que nos encontramos,  la entrada o salida de ciertas asignaturas en programas educativos básicos, los permisos para recalificar zonas o montar negocios, limitar el número de establecimientos de hostelería y hoteles…

            Entonces, ¿qué nos queda del presupuesto? Si se decide subir los impuestos, es responsabilidad del elector razonar si los servicios públicos que recibe a cambio (o las ayudas que se ofrecen a colectivos más desfavorecidos) le parece que justifican su sacrificio monetario. Poco más hay que indicar en ello. El gobierno deberá demostrar la efectividad de sus políticas, la oposición que las cosas se pueden hacer mejor.

            Entonces, ¿cómo se puede cumplir lo prometido en aspectos presupuestarios? A partir del famoso trilema: o se suben los impuestos, o se quita de otro lado, o nos endeudamos (este aspecto está controlado en primera instancia por el Gobierno Central y posteriormente por Bruselas). Y nunca nos dicen cómo van a hacer las cosas.

            Personalmente, todos queremos ganar más dinero, estar más guapos y ser más felices. Son propósitos humanos universales. Muchas veces sabemos cómo hacerlo, pero no estamos dispuestos a asumir el sacrificio presente a cambia de la ganancia futura (olvidando que hoy es el mañana de ayer). Son cosas nuestras. Sin embargo, los gobernantes gestionan cosas nuestras.

            Entonces, ¿en qué debemos fijarnos? Los partidos intentarán centrar la campaña en dos o tres asuntos centrales, indicando dónde son fuertes ellos y la razón por la cual los demás son débiles. Nosotros, debemos ver cómo lo van a hacer. Si no hay un cómo, nos están timando. Es la vida: entre otras cosas, los humanos nos amamos, nos divertimos, nos reímos, discutimos, competimos y sí, nos timamos entre nosotros. Es más: nos timamos a nosotros mismos. Es lo que hacemos cuando como no hacemos lo que realmente deseamos hacer. Nos “inventamos” un relato mental que justifique nuestra falta de voluntad para evitar la temida disonancia cognitiva: efecto de malestar interior que tenemos al no cumplir nuestros objetivos (nombre para los amigos: entropía psíquica).

            Sí, lo admito. No he contestado a la pregunta central. ¿En qué debemos fijarnos?

            Debemos pensar, reflexionar, contrastar. ¿Están los impuestos demasiado altos? ¿Las regulaciones planteadas para orientar nuestra convivencia nos han hecho bien o mal? Además, en cualquier medida política que vayamos a aplicar es muy difícil que gane todo el mundo, o al menos que nadie pierda (nombre para los amigos: eficiencia en el sentido de Pareto). Muy bien, ya tenemos la respuesta. ¿Quién gana, quién pierde? En el caso de perder yo, estaré dispuesto a ello si los recursos que cedo se compensan con algo en lo que creo.

            Ahora, lector, es tu turno.

 

            Busca, compara, y si encuentras algo mejor, vótalo.

Pedir y se os dará (enero). 

            Vaya con las peticiones de Vox para terminar pactando la investidura de Juan Manuel Moreno en Andalucía. La más contradictoria, la devolución de competencias autonómicas. ¿No sería más razonable pedirla en el ámbito de la política nacional? La más “divertida”, la solicitud de cambiar la fiesta de Andalucía al día 2 de enero para celebrar el fin de la Reconquista, en el año 1492. Sea de una u otra forma, cuando hay un pastel para repartir y la alternativa es cero o alcanza un alto grado de incertidumbre, es muy difícil no llegar a un acuerdo. El resto no deja de ser teatro. Eso sí, la estrategia ha logrado su efecto: estar en la boca de todos. Son los nuevos tiempos. Se trata de estar en los medios acaparando la mayor parte de los titulares y dejar dos o tres ideas muy muy arraigadas (a ser posible, pegadizas) que estén en la mente de las personas. El ejemplo más conocido es el de las elecciones que ganó Bill Clinton en el lejano 1996: “es la economía, estúpido”. El resto de eslóganes, más que conocidos. Barack Obama: “sí, podemos”. O recientemente, Donald Trump: “América para los americanos”. Sin duda, el primer premio es para el presidente norteamericano, ya que ha logrado que todos le copien. El lema es muy sencillo: “primero, los de aquí”. Pensemos en el tipo de formaciones que de una u otra forma predican esa idea.

            No es Vox el único agente económico que, teniendo una posición de fuerza, se dedica a pedir. Lo hacemos todos. Y tiene sentido que desde cierta jerarquía empresarial, familiar o de un grupo organizativo al que libremente deseamos afiliarnos como una religión, club deportivo o cualquier tipo de organización social se pida. El jefe pide resultados a todas las personas que se encuentran bajo su mando. Los padres piden a los hijos desarrollo personal. Todos aquellos que ocupan un puesto ejecutivo están capacitados para pedir y solicitar un esfuerzo. Es justo y equilibrado; son las reglas del juego. No podemos funcionar de otra manera como sociedad.

            Sin embargo, existen aspectos que llaman la atención. Siendo evidente que no se puede pedir sacrificios sólo en un sentido (por supuesto, los empleados, los hijos o las personas que pertenecen a una institución tienen sus derechos, siendo el principal, pedir ejemplaridad al jefe, padres o presidente), es sorprendente como muchas veces parece tener más fuerza, si se permite la expresión, el lado más débil. ¿Cómo puede ser?

            A nivel paradigmático, llama la atención el caso de María Antonia Munar. Antigua presidenta de Unió Mallorquina, su partido siempre sacaba un número minúsculo de escaños. Sin embargo, era suficiente para poder decidir quién gobernaba la comunidad autónoma de Baleares. Eso sí, tanto pedir, tanto pedir llevó a mucho recibir. Y mucho recibir mucho recibir lleva, en ocasiones, o atribuirse el derecho de coger, coger. Y el que se pasa cogiendo termina cogido. ¿Cómo no se conforman con menos? En caso de dudas, consultar a Oriol Pujol.

            Primera conclusión, que merece ser remarcada: por poder se da lo que sea. El que está en posición inferior lo sabe y en consecuencia, a pedir.

            Es fácil, pedir. Se hace debido a otra razón, ésta de índole cultural. Nos decimos, y decimos a los demás, para remarcarnos en nuestra posición inicial y sentirnos así más confortados, “el no ya lo tengo”. En fin, que algo esté instaurado en nuestras mentes no significa que sea lo mejor. No es agradable ser tachado de “pedigüeño” (uno de los “simpáticos” adjetivos con los que José María Aznar obsequiaba a Felipe González cuando solicitaba fondos en la Unión Europea). Pero hay un escenario en el que no importa: la petición de ayudas sociales. En ese caso, debemos informarnos bien. Seguro que en Internet se pueden dejar más claras las ayudas a las que aspiran las personas que cumplan los requisitos pertinentes, pero muchas veces tanta petición lleva a un gasto oculto que no vemos. Pero no nos importa. Total, “el no ya lo tengo”. Esa sería la segunda conclusión que tendríamos.

            La tercera, si quiero 50, pido 200. Claro que se corre el riesgo de que el otro se levante de la mesa y no haya acuerdo, pero existen circunstancias especiales. Dentro del juego de poder, cuando influyen las emociones o cuando hay información oculta (consultar a la empresa “Producciones Villarejo”) se puede lograr todo lo que pidamos, siempre y cuando no conculque los valores más profundos del otro lado. El caso más extremo de peticiones se da en el caso de mafias que extorsionan a empresarios para que puedan mantener su negocio.

            Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Incluso una evidencia empírica nos recuerda que no está mal empezar de otra forma. Así lo dice la sabiduría popular: “manos que no dais, ¿qué esperáis?”.

 

            Javier Otazu Ojer.                                                                                     

Doctrinas (enero).

            ¿Quién no ha seguido una doctrina? ¿Cuántas veces pensamos que los demás están “adoctrinados”? ¿Cómo se logra eso? ¿En qué consiste?

            Los cambios de año, que son los momentos en los que se hacen los nuevos propósitos, son ideales para pensar en ello. Consultando diccionarios en la red (pese a la aparición de Wikipedia, siguen existiendo), la doctrina se define como “conjunto de ideas, enseñanzas o principios básicos defendidos por un movimiento religioso, ideológico, político, etc…” o también como “materia o ciencia que se enseña”. Entonces, ¿por qué no reevaluar las doctrinas que nos han enseñado? Si tomamos como cierta la idea del filósofo Herbert Gerjuoy, según la cual “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, serán aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”, investigar acerca de las doctrinas se hace todavía más necesario.

            Existen dos doctrinas de la actual vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que  han llamado la atención. La primera es antigua: “el dinero público no es de nadie”. La segunda, es una frase un poco más difusa: “hay que distinguir las opiniones de Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición de las opiniones que tenga como Presidente del Gobierno”.

            Bien, las críticas que han recibido estas dos afirmaciones son justas y merecidas. En el primer caso, sirve para eludir responsabilidades al asignar recursos. De todas formas, se deben analizar con más profundidad. Por ejemplo, el tema de las palabras. ¿Por qué no cambiar la definición? Está demostrado que las expresiones de la lengua cotidiana varían la percepción que tenemos de la realidad. Aunque el suceso sea el mismo, las expresiones “dos coches se golpearon” y “dos coches se estrellaron” describen el fenómeno de forma diferente. Lo mismo pasa con el dinero público. Es más exacto decir “dinero de los contribuyentes”, ya que se supone que eso estimularía a los gobernantes a ser más responsables con el gasto público.

            Todavía hay más. Es fácil recriminar a Carmen Calvo la expresión de que “el dinero público no es de nadie”. Pero nosotros muchas veces actuamos así. Cuando no reciclamos la basura, intentamos evadir impuestos o usamos servicios públicos de forma indiscriminada sin tener verdadera necesidad de los mismos, estamos actuando de acuerdo a ese principio.

            Respecto del Sánchez líder de la oposición y presidente del Gobierno, la frase es debida al cambio de doctrina efectuado respecto del problema catalán. La valoración de los acontecimientos del 1/10/17 era, en la oposición, de rebelión. Posteriormente, pasó a ser  de sedición y malversación de fondos públicos. Bien, este asunto lo dejamos para los juristas. Lo relevante es el cambio de opinión. ¿Es real? Puede que sí. ¿Seguro? Ya dijo Upton Sinclair que “es muy difícil entender algo si tu sueldo depende de que no lo entiendas”. De la misma forma, “es muy difícil entender algo si mantenerse en el poder depende de que no lo entiendas”. En resumen: primero va el interés personal (que los independentistas catalanes aprueben los presupuestos), y a partir del mismo emitimos una opinión.

            Una doctrina asombrosa relacionada con el gasto militar es de la ministra de Defensa, Margarita Robles, cuando afirmó el pasado 14 de diciembre que “es un gasto social”. La lógica es simple: “se generan puestos de trabajo”. Bien, usando la misma argumentación todo gasto es social. Todo. Vamos, no existe ningún gasto que no sea social. Es sencillo: a nivel contable podemos tener gastos en personal, suministros, materias primas, electricidad, asesoría jurídica….no importa. Es muy claro que todos los gastos van a algún bolsillo y en consecuencia generan empleo. Es impresionante como toda argumentación vale, aunque sea una burla. En este sentido, se aplica a la sociedad el concepto de “gullibility”: tendencia a creer proposiciones poco probables que, en consecuencia, no se ajustan a la evidencia empírica. Ejemplo: “si bajamos el impuesto de sociedades a un tipo único del 10% habrá más actividad económica y en consecuencia la recaudación tributaria aumentará”. Se puede plantear la idea como camino generar más riqueza, pero hacerlo como medio para recaudar más dinero es un caso claro de gullibility.

            Entonces, cuando nos asedian la sobreinformación y las noticias falsas, cuando dudamos de todo y la distinción entre izquierdas y derechas se torna tenue, cuando nos decepcionan las políticas que se aplican, ¿qué doctrina podemos seguir?

            Hay temas como la religión o la identidad (ser vasco, catalán, navarro o español) que no se pueden imponer a nadie. Conocer de forma profunda el pensamiento, la historia y los ritos asociados a la religión que practicamos es útil. Conocer lo mismo del resto de religiones, también. Lo mismo podemos decir acerca del sentimiento nacional. Profundicemos en la historia, leamos medios que no piensan como nosotros para evitar el sesgo de confirmación (siempre estamos buscando reafirmar nuestras ideas), estemos con grupos de otras ideologías, valoremos cómo les va a las personas, empresas, instituciones, regiones y países según las decisiones que toman.

            Sólo así evitaremos ser analfabetos en el siglo XXI.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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