BLOG 2019. Kaizen.

PROXIMA PRESENTACIÓN: libro de Kratos (Javier Otazu) 

Día 15 de abril, 19 horas, Civivox Iturrama.

¿Cómo comprender el mundo? ¿Cuáles son las reglas ocultas que mueven la economía global? ¿Qué modelos de comportamiento tendemos a tomar la mayoría de las personas? ¿Cómo aprovechar el conocimiento anterior para tomar mejores decisiones? Contestaremos a estas preguntas mediante un pequeño ensayo que nos llevará a conocer los conceptos más importantes de economía, las reglas ocultas que explican nuestro comportamiento y el de los grupos, el peso de la estupidez y el maquiavelismo en nuestro tiempo, aquello que es invisible a nuestros ojos, las tendencias que han venido para quedarse, las pautas necesarias para gobernar a los demás y sobre todo, para gobernarnos bien a nosotros mismos. Javier Otazu Ojer es doctorando en Economía. Su actividad principal es generar, adquirir y divulgar conocimiento. Los medios para ello son la docencia en la Academia Universitaria Mecarapid y la UNED de Tudela, la publicación de artículos de prensa en medios como el Diario de Navarra y el Diario de Noticias y la realización de cursos online o presenciales ("Cultura financiera para todos" o "La piedra de Rosetta").  Su especialidad es la Economía de la Conducta. Kratos (gobierno) es una asociación fundada en el año 2016 cuyo objetivo principal promover una ciudadanía crítica y responsable con el mundo que le rodea. El propósito fundamental es generar comportamientos individuales que sirvan para mejorar la sociedad en la que vivimos. Félix Zubiri (prólogo), David Thunder (artículo sobre gobernanza), Alfonso Aller (diseño de la portada), y José Félix García (cotraportada)  son miembros de la misma.
 

INDICE DE KRATOS (GOBIERNO).-

1. FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA GLOBAL (10).

1. Personas e incentivos (10), 2. Visión del mundo (12), 3. Economía (14), 4. Consumidor (19), 5. Empresas (26), 6. Mercados (31), 7. Estado (42), 8, Indicadores económicos (45), 9. Ineficacia de las políticas actuales (52), 10. Dinero y finanzas (57), 11. Medio ambiente (71).

Documento 1, Homo economicus (75).

2. FUNDAMENTOS DEL COMPORTAMIENTO HUMANO Y SOCIAL (81).

1. Leyes del comportamiento humano (81), 2. Leyes del comportamiento social (85), 3. Estupidez y maquiavelismo (105), 4. Lo esencial es invisible a los ojos (129).

Documento 2, Artículos sociales (88; inteligencia contextual, memes, efecto manada, patrones culturales, efecto Pigmalión, impacto y olvido, derechos adquiridos)

Documento 3, Consejos maquiavélicos (114).

Documento 4, Artículos esenciales (132; buenas y malas personas, Tiburón y Dumbo, efecto Hollywood y efecto Disney, espacios mentales, ilusionismo).

3. TENDENCIAS NUEVAS (142).

Economía de la información (142), Persona como centro del desarrollo económico (144), Planes de negocio o experimentación (146), Valores (148), Desempleo e instituciones (150), El fin de la clase media (152), La nueva economía (154), El mercado del cerebro humano (156), El médico y el charlatán (158), ¿Quién manda en el mundo? (160).

Documento 5: Ideas fascinantes (155; 15 + 15).

4. GOBERNAR (163).

Leyes del buen gobierno (170), Qué es gobernar (172), Qué no es gobernar (174), El trilema (176), Se venden ideas económicas (178), Skrei (180), Nuevas preguntas, viejas respuestas (182), Problemas y soluciones (184).

5. ELEGIR. DILEMAS Y CONFLICTOS (186).

La elección (186). ENEMIGOS: atención y concentración para fluir (188), el asno de Buridán (190), vencer a la facilidad (192), tengoqueísmo y hayqueísmo (194). ALIADOS: gestión del tiempo (196), creatividad (198), economía y felicidad (200).

Documento 6: Fuentes y conclusiones de los conflictos (202). La sobreestimación (202), la proyección (204), El principio de Humpty Dupty (206), Somatización (208).

LIBRO FINAL; LA RESPONSABILIDAD PERSONAL EN EL NUEVO MUNDO (211).

EPILOGO; KRATOS (223).

Sugerencia para el buen gobierno interior:

            1.- Equilibrar el tiempo y las actividades que realizamos en él dentro de cada día para desarrollar nuestro mundo espiritual, social, físico, laboral o intelectual.

            2.- Ser responsables con nuestro entorno: empezando desde el yo y la familia hasta llegar al más allá.

            3.- Señales de una larga vida: no levantarse tarde, no tener sobrepeso, vida social amplia y la más peculiar, andar con un ritmo enérgico.

            4.- Pensamos que los demás son previsibles. Olvidamos que nosotros también lo somos.

            5.- Controlar los miles de estímulos que nos invitan a maltratar a nuestro cuerpo.

            6.- El estrés genera monocitos que nos llevan a tener inflamaciones en el interior y terminan con un envejecimiento prematuro. Un buen pensamiento genera una palabra que nos lleva a un acto, el cual repetido muchas veces crea un hábito (importante: un hábito se crea en 66 días). Así, se forja un carácter. ¿Qué es mejor? ¿Un círculo vicioso o un círculo virtuoso?

            7.- Los caprichos se ganan, sean cervezas, chocolatinas o una buena siesta.

            8.- El ajuste a las normas sociales (hacer lo que hacen los demás) crea desdicha. Hacer lo que siento que debo hacer es el único camino posible hacia el bienestar eudemónico.

            9.- Los músculos son un órgano endocrino que segrega decenas de moléculas imprescindibles para el buen funcionamiento del organismo, aportándole más energía.

            10.- Ser consistentes con nuestras creencias, valores, pensamientos, actos y palabras.

            Así pues, ya estamos preparados para gobernar bien a los demás.

            En este sentido, viene bien distinguir entre ideologías, ideas e ideales.

            Para ello, viene bien leer el libro.

            La respuesta a esta pregunta, en 100.404 palabras.

 
Artículos pendientes: Historia, Reinwa.

Ideas, ideologías, ideales (marzo).

 

            En época electoral, ¿qué es lo que cuenta más? ¿Las ideas, las ideologías o los ideales? Sin duda, todos los partidos tienen los mismos ideales: menos desempleo, mejor sanidad, más educación, equilibrio social. ¿Cuál es el medio para lograr estos ideales? En teoría, la ideología. Ahora bien, ¿eso es adecuado? ¿Qué ideologías existen?

Muy simple: derecha e izquierda. En el primer caso se prioriza la eficiencia a la equidad. Lo prioritario sería producir todo lo posible aunque el reparto no sea equilibrado. A priori no está mal, pero la nueva estructura económica global está amplificando las desigualdades. Los números no engañan, aunque a los que engañan les gustan mucho los números. En el segundo caso se prioriza la equidad, aunque eso suponga menos producción. Es deseable, aunque se debe tener cuidado. La evidencia empírica (en economía se usa ese concepto cuando se valoran resultados en países o regiones que han seguido un tipo de políticas concretas) demuestra que una intervención excesiva del Estado para proporcionar una mayor igualdad puede dejar la economía muy alejada de su potencial.

¿Entonces? Es interesante la teoría de la “economía bisexual” del analista Víctor Lapuente: dar todas las facilidades a las empresas para generar riqueza y después, cobrar altos impuestos para cubrir unas necesidades sociales que son cada vez mayores. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero se supone que el modelo nórdico sigue este patrón.

Así, ¿sirven las ideologías? Depende de la definición. Para Ian Morris, uno de los historiadores más reputados a nivel mundial, una ideología es “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Aunque la definición es dudosa, el enfoque tiene sentido: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. En consecuencia y bajo la tesis de que existen patrones humanos que se repiten en el tiempo, siempre será así. Por lo tanto, ese es el reto: crear un contrato social compatible con los nuevos avances tecnológicos y digitales.

Ahora bien, no se debe confundir ideología con identidad. Existen partidos que priorizan la identidad antes que la ideología o la economía, lo cual no deja de ser una estrategia. Otros, prefieren jugar con las etiquetas: ahí está el “trío de la plaza de Colón”, “los malvados nacionalistas” o “los podemitas”. Se trata de usar palabras despectivas una y otra vez para demonizar al adversario.

            Ideologías, identidad, etiquetas. Como medio, bien. Pero, ¿las ideas? ¿Dónde están? ¿Qué podemos hacer? Eso debería ser el medio para cumplir el ideal común. Y el que tenga la mejor idea, que gane.

            Necesitamos ser competitivos en un mundo global manteniendo un mínimo equilibrio entre la sociedad, las finanzas y nuestro planeta. Es más difícil que cuadrar un círculo, pero eso es lo que debe marcar nuestro camino. Estamos señalando la luna, si bien, como dice la sabiduría popular, el necio mira el dedo. En la realidad, los partidos políticos son los que llevan el debate al dedo. En este caso, no es una necedad, no. Es más fácil acusar al rival que buscar soluciones en un mundo en el que las baterías monetarias están agotadas (basta ver las recientes políticas del Banco Central Europeo) y existe déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado) en un contexto de crecimiento económico. ¿Qué va a ocurrir cuando lleguen las vacas flacas?

            Ideas. Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos” que descubran casos de corrupción. Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean realizar intercambios económicos y no pueden hacerlo. Tres, ley de transparencia integral indicando, además, todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica. Cuatro, potenciar en la educación, además del equilibrio con el mercado laboral, aspectos como los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Cinco, crear la figura del asistente económico (creación de empresas) como complemento del asistente social. Seis, potenciar la  figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional (los empresarios están infrarrepresentados en el parlamento). Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo (deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes; esta figura existe en Suecia o Gales).

            Ahora, toca esperar la campaña electoral.

 

            ¿Habrá más ideas? 

Del qué al cómo (marzo).

               

            Año electoral, año de promesas. Ya se sabe, a leer los programas electorales, así decido cuál es mi preferido. Supongamos que en un programa aparecen las siguientes medidas: “reducir las listas de espera en sanidad”, “educación inclusiva para todos”, “mejora de las infraestructuras”, “priorizar las ayudas sociales”, “evitar el abandono de las zonas rurales”, “eliminar el fraude fiscal”.  ¿Qué partido dice eso? Todos. ¿Quién no quiere esas medidas?  Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

            Eso es lo que no dice nadie. Eso sí, debemos discriminar entre dos tipos de políticas: las que afectan al presupuesto y las que afectan a las leyes que sirven para regular nuestra convivencia. Es una anomalía increíble: las importantes, las que se discuten, son las primeras. Sin embargo, las que tienen mayor margen de recorrido son las segundas. ¿Por qué?

Antes de contestar a la pregunta, debemos reparar en la existencia de dos sombras en el horizonte. Uno. Por primera vez, cuando hay crecimiento económico el déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado o la Comunidad Autónoma de referencia) aumenta. Bueno, en Navarra no ha ocurrido eso, si bien la explicación evidente viene dada por la subida de impuestos del Gobierno. ¿Qué va a ocurrir cuando la economía no crezca? ¿Más déficit todavía? Dos. Otro escenario preocupante, del que no somos responsables, viene dado por la política monetaria. El Banco Central Europeo ha introducido una cantidad de dinero enorme en el sistema y mantiene los tipos de interés muy bajos. Y ha anunciado que va a seguir así. Eso quiere decir que si aparece otra crisis nos quedamos sin batería monetaria. Vienen curvas.

             Volviendo a la cuestión previa, la mayor parte del presupuesto ya está dado. Un gobierno, sea el que sea, tiene poco margen para retocar la cantidad destinada a la sanidad, policía, bomberos o educación. Su fuerza proviene de la regulación. Sí, se pueden realizar obras y cambios (el plan de amabilización de Pamplona es un ejemplo claro) pero donde realmente afectan las políticas es en el tema regulatorio. Los ejemplos abundan: el programa Skolae, los requisitos para realizar oposiciones, las diferentes ordenanzas que afectan a nuestra vida diaria, la limitación de velocidad según los tramos en los que nos encontramos,  la entrada o salida de ciertas asignaturas en programas educativos básicos, los permisos para recalificar zonas o montar negocios, limitar el número de establecimientos de hostelería y hoteles…

            Entonces, ¿qué nos queda del presupuesto? Si se decide subir los impuestos, es responsabilidad del elector razonar si los servicios públicos que recibe a cambio (o las ayudas que se ofrecen a colectivos más desfavorecidos) le parece que justifican su sacrificio monetario. El gobierno intentará demostrar la efectividad de sus políticas, la oposición que las cosas se pueden hacer mejor.

            Entonces, ¿cómo se puede cumplir lo prometido en aspectos presupuestarios? A partir del siguiente trilema decisorio: o se suben los impuestos, o se quita de otro lado, o nos endeudamos. Pocas veces nos dicen de dónde va a salir la financiación para sus promesas. La solución más común es siempre reducir el fraude fiscal.

            Personalmente, todos queremos ganar más dinero, estar más guapos y ser más felices. Son propósitos humanos universales. Muchas veces sabemos cómo hacerlo, pero no estamos dispuestos a asumir el sacrificio presente a cambia de la ganancia futura. Son cosas nuestras y decidimos en consecuencia. Sin embargo, olvidamos que los gobernantes gestionan el dinero de los contribuyentes (mal llamado dinero público). Nuestro dinero. Por eso tenemos el derecho y deber de exigirles.

            Ahora bien, ¿qué va a pasar? Los partidos intentarán centrar la campaña en dos o tres asuntos centrales, indicando dónde son fuertes ellos y la razón por la cual los demás son débiles. Los buenos contra los malos (o los malos contra los peores). Además, nos prometerán un futuro lleno de luz y color. Nosotros, debemos discernir entre el qué y el cómo.  Si no hay un cómo, nos están timando. Es la vida: entre otras cosas, los humanos nos amamos, nos divertimos, nos reímos, discutimos, competimos y sí, nos timamos entre todos. Es más: incluso nos timamos a nosotros mismos. Es lo que hacemos cuando no hacemos lo que realmente deseamos hacer. Nos “inventamos” un relato mental que justifique nuestra falta de voluntad para evitar la temida disonancia cognitiva: efecto de malestar interior que tenemos al no cumplir nuestros objetivos (nombre para los amigos: entropía psíquica).

            Entonces ¿en qué debemos fijarnos?

            Para empezar, en los partidos que muestran una visión clara del mundo que nos rodea, buscando la forma de generar competitividad económica manteniendo el equilibrio social, ecológico y financiero.

            Posteriormente, debemos pensar, reflexionar, contrastar. ¿Cómo van a cumplir los partidos sus promesas? ¿Las regulaciones planteadas para orientar nuestra convivencia son correctas? ¿Hacia dónde van a ir los gastos, de dónde van a venir los ingresos? ¿Quién gana, quién pierde?

            Ahora, lector, es tu turno.

            Busca, compara, y si encuentras algo mejor, vótalo.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

El hombre en la tierra (marzo).

            

            Estos días se ha cumplido un aniversario especial: el mítico programa de televisión de los años 80, El hombre y la tierra. De hecho, el primer programa se emitió el 4 de marzo de 1974. Han pasado, por lo tanto, 45 años. La verdad, como cambian los tiempos. Ahora los programas míticos son Gran Hermano, Sálvame (pero sálvame de ver ese programa) o magazines de ese estilo. Bueno, todavía permanece Saber y ganar. No está mal, siempre hay una pequeña luz al final del túnel.

            El hombre y la tierra, dirigido por Félix Rodríguez de la Fuente, narraba la vida de la fauna de la península ibérica. En una época, como la de hoy, en la que se dice que “el hombre es un lobo para el hombre” Félix nos recordó que los lobos tenían unos valores que para sí quisieran los humanos. Por eso, quizás podíamos ajustar la frase y decir aquello de que “el hombre es un hombre para el hombre”.

            Esta serie nos inspiró a los jóvenes de aquella época y nos recordó que tenemos compañía (los animales) y un hábitat (la naturaleza). Por desgracia, Félix Rodríguez de la Fuente falleció el 14 de marzo de 1980 en Alaska. Todo el país quedó conmocionado. Hoy, su legado corre el riesgo de perderse y pocos jóvenes le conocen. En unos tiempos en los que además una chica sueca de 16 años llamada Greta Thunberg se ha hecho famosa mundialmente con su valiente defensa sobre el cambio climático, merece la pena recordar nuestro papel en este planeta. No estamos en equilibrio con él.

            No se trata sólo del cambio climático, claramente contrastado por los científicos. Incluso Nicholas Stern, autor de un influyente informe hace 20 años, piensa en la actualidad que se ha quedado corto. Hay dos problemas graves más. Uno, la pérdida de biodiversidad. En otras palabras, la extinción de otras formas de vida, animales y vegetales, que nos quita una riqueza biológica que jamás volverá. Dos, la sobreexplotación de los recursos. La huella ecológica de un país indica la cantidad   de tierra que se necesita para producir todos los recursos que genera. Por ejemplo, si todos los habitantes de la tierra viviésemos al nivel de los norteamericanos, harían falta cuatro planetas. Demasiados, ¿no? Y para colmo, lugares como Marte o Plutón no están muy cerca que digamos. Y no se trata de ir a vivir allí, se trata de traer recursos de allí. Eso sí: los países más avanzados desde el punto de vista espacial ya lo han hecho, y se han ido un poco más cerca. A la luna. Pero a la cara oculta. Así no les vemos. Aunque existe una razón de fondo más importante: el helio 3. ¿Podremos replicar el funcionamiento del sol aquí? El futuro lo dirá.

            Entonces, ¿cómo se explica que no reaccionemos ante estos problemas? ¿Qué lógica tiene? ¿Cómo nuestros dirigentes y nosotros mismos somos tan dejados? Si no comprendemos las razones ocultas que explican el retraso en la búsqueda de soluciones, como punto intermedio para alcanzarlas, no vamos bien.

            Primera razón: la consecuencia de nuestros actos no es inmediata. Es parte del comportamiento humano. Es la razón por la que no ahorramos lo que debemos, no nos cuidamos o nos dejamos llevar. Olvidamos que siempre “llega Paco con las rebajas”. Y cuando llega, es tarde. Segunda razón: siempre podemos minimizar nuestra responsabilidad. Si alguien contamina (sea una persona, una fábrica, un país), ¿por qué no voy a hacerlo yo? Nadie quiere ser el “tonto del pueblo”. En términos técnicos, este problema económico se llama “tragedia de los comunes”. Tercera razón: gran confianza en la tecnología futura. Por ejemplo, están haciendo pruebas para transformar el CO2 en carbón. Pero eso no va a ser mañana. Ayer nos decían que éste iba a ser el siglo del Hidrógeno, y nada de eso ha pasado.

            Todos queremos vivir en armonía con la naturaleza, pero no deseamos pagar el precio que ello supone. Pues bien, ya vale. Se pueden tomar muchas medidas. Siempre se las pedimos al Estado, siempre nos olvidamos de nosotros mismos. Y el camino adecuado, curiosamente, es el inverso.

            Podemos reciclar en casa. Cuando hacemos la compra, podemos consultar cómo se ha fabricado un producto para ver si cumple una serie de valores. Podemos visitar la naturaleza, llevar los niños a ver plantas y  animales (así se responsabilizarán en el futuro), pasear al lado de un río o disfrutar de estar en contacto con la vida, no con la pantalla. Podemos inculcar este comportamiento a otros.

            Los poderes públicos pueden realizar múltiples regulaciones desde cualquier ámbito, sea municipal, de la comunidad, del Estado o de la Unión Europea. Se puede usar el palo y la zanahoria. Se debe recordar las posibilidades que permite la economía circular.

            Sólo así pasaremos de estar en la tierra a estar con ella.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

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Ajedrez.

 

                Si existe un juego (aunque también se puede catalogar  como ciencia, deporte o arte) que se asocie a inteligencia ese es el ajedrez. ¿A qué se debe eso? A la gran cantidad de combinaciones posibles que proporciona una partida. Se estima que son 10 elevado a 120, es decir, un uno seguido de 120 ceros. Para que nos hagamos a la idea de la magnitud de la cifra, diremos que el número de átomos estimados en el Universo es de 10 elevado a 100. Son cifras que no podemos comprender. Es más, son tan enormes que proporcionaron un debate acerca de la posibilidad de que el total de partidas sea infinito. Hoy en día, sólo se catalogan como infinitas la estupidez humana y, quizás, el Universo.

            En este hermoso juego de peones, alfiles, caballos, torres, damas y reyes las personas realizan múltiples cábalas acerca de sus mejores jugadas, teniendo en cuenta siempre las posibles respuestas del rival. Existen jugadores orientados a la estrategia: prefieren tener una posición sólida y esperar su momento. Otros prefieren la táctica, y se manejan con más facilidad en posiciones enrevesadas y caóticas. En este caso, un error nos lleva a una derrota inmediata. Los grandes maestros deben manejar con habilidad ambos enfoques.

Antiguamente los jugadores debían pasar un control de tiempo: primero había dos horas para realizar 40 jugadas, y después la “velocidad” era de 20 jugadas a la hora. Si no se cumplía este tiempo, el reloj tenía un marcador o bandera que se caía de manera que la partida estaba perdida. La otras dos formas de ganar una partida era por jaque mate o por abandono del rival, siendo ésta la más habitual. A ciertos niveles, uno comprende fácilmente cuándo ha llegado el momento en el que no tiene nada que hacer. Hoy en día, el sistema ha cambiado. En la modalidad más usada cada jugador comienza con hora y media de tiempo de manera que cada jugada adicional le proporciona 30 segundos adicionales. Es la vida: debemos saber controlar nuestro tiempo.

La partida tiene tres fases: apertura, medio juego y final. En la primera, es importante conocer un mínimo de teoría debido a que un pequeño desliz nos lleva a posiciones inferiores.  Se puede ganar una partida trabajando en el laboratorio casero: si conocemos una apertura del rival en la que divisamos alguna debilidad, podemos preparar una línea que nos de la victoria. Así, la psicología cuenta. Existen partidas en las que un jugador piensa que el otro le está llevando a su terreno, y medita: ¿se habrá preparado algo? ¿Cambio mi variante favorita de la defensa siciliana?

El medio juego requiere una comprensión muy profunda del juego, mientras que el final requiere también saber teoría. Kasparov, excampeón del mundo, conoce al menos 300 finales en los que según el caso aprovechaba una ventaja ridícula para ganar o bien sabe, a partir de una pequeña desventaja, igualar la partida y obtener un empate (tablas).

Muchas de las jugadas tienen un coste: amenazar la dama del rival supone, quizás, debilitar el flanco del rey. La enseñanza sirve para la vida: ¿compensa la ganancia posible la pérdida que asumimos? No sólo eso debemos ponernos en el lugar del rival. ¿Qué piensa? ¿Qué estrategias medita?

Existen tres enfrentamientos históricos que destacan sobre los demás. El Boris Spassky contra Bobby Fisher (año 1972). En plena guerra fría, comunismo contra capitalismo; un ciudadano soviético contra un norteamericano, con victoria del segundo. Posteriormente, ya sabemos lo que pasó: el muro de Berlín cayó y pensadores como Francis Fukuyama pronosticaron el fin de la historia. Entre los años 1985 y 1995  Anatoly Karpov y Gary Kasparov lucharon por el campeonato del mundo. El régimen comunista soviético contra “el hijo del cambio”. Después de diversos duelos memorables (está considerada la mayor rivalidad de la historia del deporte debido a la gran cantidad de horas en las que se enfrentaron) la victoria fue para Kasparov. Por cierto, también sabemos lo que pasó: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) colapsó (para Vladimir Putin es el mayor desastre geopolítico del siglo XX). Hoy Rusia lucha por recuperar su antigua influencia.

Entre los años 1996 y 1997 Gary Kasparov, ya claro dominador mundial, se enfrentó al ordenador Deep Blue (azul profundo). Humano contra máquina. Si en el primer caso el ganador fue el maestro (4 – 2) en el segundo (3,5 a 2,5) ganó el ordenador. A partir de ahí, el desarrollo tecnológico ha sido imparable. Se están desarrollando ordenadores cuánticos o se estudian aplicaciones inteligencia artificial. La reunión anual del Mobile World Congress de  Barcelona muestra estos avances en telefonía móvil. ¿A dónde llegaremos? Territorio desconocido.

Mientras, se habla de las campañas electorales que nos esperan como duelos de ajedrez. ¿Seguro?

Cuando vemos los debates que nos esperan, llenos de insultos y descalificaciones, observamos con resignación que se convierten en simples lanzamientos de dardos.

El ajedrez tiene otras aplicaciones para nuestra vida.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Orden.(Febrero 2019).

 

                El orden está de moda. A todos los niveles. La autora japonesa Marie Kondo se ha hecho famosa con sus métodos para ordenar nuestras cosas en casa como medio para tener un mayor equilibrio y un mejor bienestar  emocional. La idea comienza de manera sencilla: si algo no se usa, se tira. Muchos productos que no son de usar y tirar, todos aquellos que mantenemos “por si acaso”, pasan por el trastero antes de terminar en el contenedor de la basura. ¿Para qué? Mejor tirarlo. Ahora bien, ¿qué tirar?

            Se puede aplicar una estadística a medida: lo que no se haya usado en un año, fuera (excepción: el traje de boda). Así, tenemos tres ganancias diferentes. Primero, más espacio para nosotros y quizás, para otras cosas. Segundo, más tiempo. Ahora la búsqueda de cualquier objeto o documento es más rápida. Tercero, más relajación. Ordenar acostumbra a ser una tarea pendiente que siempre ocupa nuestra mente y en consecuencia, como toda actividad que todavía no hemos realizado, nos incomoda. Maravilloso, ¿no?

            Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto ordenar? Cuando ganamos tanto a cambio de tan poco, ¿cómo no hacerlo? Una vez más, es nuestro funcionamiento humano. Ordenar da pereza. Mucha pereza. Y es más fácil tumbarse en el sofá a ver la televisión, aunque esté apagada. Cualquier pantalla vale. En fin, postergamos. Hoy en día a postergar se le llama “procrastinación”. Suena de maravilla. Pero seguimos con pereza. Entonces, ¿no hay solución? Claro que sí. Nos la proporciona el mercado: cada vez se pueden comprar y vender más y más productos. En este caso, se trata de un nuevo servicio. Ordenar. Por lo tanto, es una profesión. Ordenadores.

            No es sólo tirar, es equilibrar. Ropa de verano, ropa de invierno. Libros de narrativa, ensayos. Frigorífico, congelador. Artículos de un solo uso, de uso frecuente, de uso ocasional. ¿Quién no desea tener una casa así? Sin duda, es útil, nos reporta bienestar y al terminar, siempre nos queda la alegre sensación que proporciona el trabajo bien hecho. Aunque lo hagan otros.

            ¿Y la vida? ¿Es mejor tenerla ordenada y desordenada? ¿Nos dedicamos a vivir como autómatas o desarrollamos nuestra imaginación para cambiar planes y disfrutar más de los pequeños momentos? Aquí hay sorpresas. Por ejemplo, tendemos a considerar la vida de los demás como previsible y aburrida. En otras palabras, ordenada. Y la nuestra la vemos menos ordenada de lo que es. Como seres humanos que somos, somos previsibles. No obstante, un poco de desorden es bueno. Contestemos a la siguiente pregunta: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

           

 

            Cuidado, una actividad completamente nueva. Es decir, no vale decir una película (rara vez vamos a ver la misma sesión de cine repetidas veces, salvo que la historia nos haya dejado entusiasmados). Sirve, si no hemos ido nunca, el teatro. Un lugar nuevo. Un deporte nuevo. Algo nuevo. Nuevo. Es la palabra que más nos entusiasma cuando vemos una oferta, junto con gratis. Sí, un pelín de desorden está bien. Nos desarrollan más veinte años con experiencias nuevas que un año repetido veinte veces. Esos años que siempre empiezan con proyectos maravillosos y luego, luego….¿cómo van los propósitos de año nuevo?

            Dentro del orden, llama la atención cómo se olvida el tema monetario o financiero. Está muy bien tener la casa ordenada, limpia y pulcra. Está mejor vivir con cierto orden (entresemana) y más desorden (el fin de semana). Ahora bien, ¿las finanzas? ¿Nuestros dineros? ¿Cómo puede ser que se mantengan gastos estúpidos por simple inercia? ¿Qué pasa con esos alimentos que caducan y terminan en el contenedor de la basura? Las estadísticas dan escalofríos. Y lo que ello supone de fondo, también. En cierta forma, en el contenedor también termina el dinero que usamos para esa compra. Además, alguien que podía alimentarse no lo hace. Es posible que en nuestras sociedades prácticamente no exista hambre, pero un poco de necesidad persiste. En caso de duda, consultar en el banco de alimentos.

            Volviendo al tema monetario, merece la pena revisar nuestras finanzas. Saber cuáles son nuestros gastos concretos, distinguiendo la partida en cinco puntos: necesidades humanas (comer, ropa), bienes sociales (coche, teléfono móvil), deseos (cena en el restaurante, cine, viajes), caprichos (postre después de la cena, libro que no se termina leyendo, ropa que no usamos) y la trituradora de dinero (gastos periódicos de los que no sacamos nada a cambio, como un servicio de telefonía no usado). Se suprimen las dos últimas. Los ingresos son más fáciles, ¿verdad? Son las cosas de la vida. Con todo lo que podemos hacer con nuestros gastos, nos quejamos de lo poco que ganamos.

            En los tiempos que se avecinan llega un orden que va a acaparar los medios: el de las listas electorales. ¿Quién irá primero?

            Ahora bien, ¿por qué no ordenarnos a nosotros mismos?

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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Blas de Lezo (febrero 2019).

(En memoria de Melchor Goñi Yaben).

 

                 Vox ha generado cierta controversia al proponer el rodaje de una película relacionada con el marino vasco Blas de Lezo.  Es triste recordar que su nombre sólo había salido para nombrar a un antiguo caso de corrupción (junio del año 2017) que terminó con el antiguo presidente de la comunidad de Madrid, Ignacio González, en la cárcel. Esperanza Aguirre, que también ocupó ese cargo y llegó a ser posible candidata para la presidencia del gobierno por parte del PP, tuvo que dimitir de sus cargos. La operación sacó a la luz más vergüenzas relacionadas con financiaciones irregulares, enriquecimientos personales y cobros de jugosas comisiones. Todo ello estaba relacionado con la gestión pública del canal Isabel II.

 Los casos de corrupción (el más conocido es Gurtel ya que su sentencia precipitó la moción de censura que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa)  y las prebendas que se asignan altos cargos siguen rompiendo la necesaria confianza que debe existir entre quienes nos gobiernan y la sociedad civil. Es común decir que se va a hacer una cosa y obtenido un puesto, hacer otra. El caso más obvio es el  Pablo Iglesias, cuando hablaba de “casta” y ahora vive encastado a una mansión. Desde luego, tiene derecho a ello, pero cuando rompe su discurso central en torno a su interés personal, algo no va bien. No obstante, Iglesias propuso más ideas. La mejor: retransmitir por televisión las negociaciones de los partidos. Así no serían necesarios los “relatores”. 

            En todo caso, ¿por qué el caso del canal de Isabel II se llamaba operación Lezo? Debemos recordar la historia de uno de los grandes marinos de siempre: Blas de Lezo y Olavarrieta, nacido el 3 de febrero de 1689 en Pasajes (Guipúzcoa).

            A Blas de Lezo se le llamaba el medio hombre, ya que para los 25 años era cojo, tuerto y manco (curiosamente, perdió un brazo en el sitio de Barcelona el 11 de septiembre del año 1714). No obstante, sus hazañas le valieron rápidos ascensos en la jerarquía marina. En este contexto, los ingleses y los españoles estaban luchando por la supremacía de los mares y de los territorios de América Latina. La clave, sin duda, era la denominada “llave de América”: Cartagena de Indias (Colombia).

            Una enorme flota inglesa encabezada por el vicealmirante Edward Vernon embarcó con la misión de conquistar tan ansiada plaza. La superioridad de los ingleses era abrumadora: tan seguros estaban de la victoria que emitieron medallas y monedas conmemorativas de la victoria en la batalla antes de que terminase. Es lo que se llama, en el argot popular, vender la piel del oso antes de cazarlo. En estas monedas Blas de Lezo, arrodillado (lo cual no podía ser ya que su pata de palo lo hacía imposible) ofrece la espada de la derrota a Vernon. No obstante, en una de las grandes sorpresas navales de la historia, los ingleses fueron vencidos. Es la denominada batalla de Cartagena de Indias (abril de 1741). De ahí viene lo de operación Lezo: Ignacio González fue filmado allí llevando unas bolsas “sospechosas”.

 Las enormes pérdidas sufridas evitaron futuros intentos de  conquista de los países de América del Sur por parte de los ingleses. Por desgracia, las heridas sufridas en la batalla precipitaron la muerte de Lezo, el 7 de septiembre de 1741.

 

            Blas de Lezo sufrió una derrota reputacional, ya que había caído en desgracia por parte de la corte: a finales de octubre del año 1741, cuando ya había fallecido, llegó la orden del Rey suprimiendo su empleo y ordenándole el regreso a España. Al parecer, el virrey Sebastián de Eslava (por cierto, navarro) había conspirado contra él para adjudicarse la gloria de la victoria.

            Aunque la historia se suele estudiar en un único de texto, siempre quedan líneas abiertas que permiten diferentes juicios e interpretaciones. No se puede comprender la Guerra Civil leyendo un único libro de la misma. Necesitamos más referencias, visiones o testimonios. No deberíamos olvidarlo. Pensemos en el ejemplo anterior: ¿cuántos héroes, investigadores o  aventureros son completos desconocidos debido a  envidias, manipulaciones o simple azar?

            En nuestras conversaciones es común hablar de personas cercanas, famoseo, políticos y deportistas. Temas como la ciencia, cultura o históricos son menos comunes. Y eso no puede ser. Somos lo que somos por los avances científicos, culturales y la evolución de la historia.

            Hoy en día se desconoce el lugar exacto donde está enterrado Blas de Lezo. Para  Gonzalo M.Quintero Saravia “su tumba es toda América Española pues es obra suya que la lengua de allí siga siendo el castellano” (Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español).

            No obstante, su ejemplo de superación, determinación y entusiasmo nos recuerda que las personas que logran “lo imposible” (ciencias, artes o historia), permanecen, siempre que haya testimonio de ello,  en la memoria y el recuerdo de las siguientes generaciones.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta, UNED de Tudela.

Percepción y realidad (febrero).

            ¿Qué está pasando en Venezuela? ¿Qué ocurre en la República Centroafricana? ¿Cómo se ve desde el exterior el problema catalán? ¿Cómo va la economía? El paro ha subido en enero; ahora bien, ¿es debido al Gobierno? ¿O es la estacionalidad?

            Sí, es muy difícil la distinción existente entre lo que percibimos y lo que es. No se trata de crear un problema filosófico a partir de estos debates; de lo que se trata es de interpretar correctamente la realidad.

            En el momento de valorar la situación en Venezuela, muchos son los factores que se deben tener en cuenta. El primero y principal, el interés propio. Un político del PP o Ciudadanos pide el reconocimiento inmediato de Juan Guaidó. Uno del PSOE será más cuidadoso; uno de Podemos pensará que es un golpe de Estado contra el presidente de un gobierno legítimo. Esta opinión no está muy lejos de la que tiene cada votante particular. Eso ya nos da una posible conclusión: según votas, piensas. Y no puede ser: la riqueza de la democracia es la transversalidad de la misma y la generación de espíritu crítico. El camino adecuado es el inverso: según piensas, votas. Eso nos llevaría a que una persona a favor del matrimonio homosexual votaría con más facilidad al PSOE que al PP, pero debería valorar más aspectos. La importancia que tenga cada uno nos indicaría su decisión final.

            Cuidado: no se trata de hipocresía. Es funcionamiento de nuestro cerebro. Tenemos un interés oculto, que puede ser consciente o inconsciente, y a partir de ahí racionalizamos nuestras decisiones. Existe una forma muy sencilla de verlo: alguien que esté trabajando en una empresa pública pensará que su labor es imprescindible para el conjunto de la sociedad; sin embargo, existen otras personas que exigen impuestos más bajos a cambio de suprimir “organismos inútiles”. En uno y otro caso el interés de fondo es la renta. En un caso directa, ya que es su sueldo; en otro indirecta, ya que menos impuestos suponen más recursos para gastar a su libre albedrío.

            Una conclusión razonable para Venezuela sería la siguiente: indudablemente, las cosas van mal. Muchas personas han abandonado el país, la inflación es enorme y la inseguridad es total. Y eso no es de hoy. En la Guerra del Golfo, Caracas era una ciudad más peligrosa que Bagdad. Los servicios que más se valoran del Estado son, precisamente, esos. Posibilidad de desarrollo laboral y personal, estabilidad de precios para tener unos ahorros razonables y seguridad (privada, jurídica y personal). Si falla todo, no existe un Estado digno de tal nombre.

            ¿Soluciones? Elecciones o cambio de Gobierno. Pero eso es fácil de teclear en el ordenador; la realidad es más compleja. Visto desde fuera, sólo se puede pedir respeto a los derechos humanos. Eso es todo. Este respeto es lo primero que desaparece cuando está en juego el bien más preciado: el poder.

            La república Centroafricana acaba de terminar una guerra civil incruenta, con enfrentamientos de índole religioso. Se han firmado los acuerdos de paz en Jartum (Sudán). Ese asunto no aparece en los medios. Es normal dar más peso a Venezuela por los lazos históricos y comerciales existentes con ese país, pero tendemos a focalizar la realidad en un aspecto. Si hace unas semanas sólo existía la historia del pobre niño que había caído al pozo, ahora el mayor peso mediático se encuentra en Venezuela.

            El problema catalán enseña lo importante que es vender un relato al exterior y la facilidad con la que “expertos” de otros países juzgan lo que ocurre en lugares lejanos. Es así: los no independentistas piensan que nunca debe saltarse la ley y que unos pocos (los catalanes) no pueden decidir el destino de los otros (los españoles). Respecto de los independentistas, unos piensan que en situaciones de clara injusticia es legítimo saltarse la ley. Otros piensan que se debe presionar como sea, con límites que a veces no quedan claros (a veces es difícil distinguir la diferencia entre manifestación y escrache) para lograr un objetivo que es un bien superior. Por supuesto, existe quien es independentista y pide no saltarse nunca la legalidad, como existen no independentistas que piensan que se debe realizar un referéndum. Es evidente que en este escenario el acuerdo es imposible. Si yo quiero vender un piso a 170.000 euros y el comprador no está dispuesto a pagar más de 160.000, ¿cómo demonios vamos a poder acordar algo? Entre dos personas se pueden buscar encuentros, pero entre políticos avalados por votos que sustentan mandatos claros, la cosa es más difícil.

            ¿Y la economía? Depende de cada situación personal y del puesto que ocupemos. ¿Qué percibimos? Más desigualdad, ligero estancamiento económico, incertidumbre y más incertidumbre.

¿Qué es? “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” (Ramón de Campoamor).

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Davos, Europa, Navarra (febrero).

            Terminó la cumbre de Davos y pocas noticias han salido en los medios relacionados con la misma. Organizado por El Foro Económico Mundial (Klaus Schwab), este año llegaba ya a la edición número 49. En la misma, se trataba de buscar mecanismos para responder a los desafíos de la Economía Digital (cuarta revolución industrial). El principal: la desigualdad. Conclusiones, pocas. Una, sorprendente: “todo iría mejor si decidiesen las madres y las abuelas”.  Los retos, los habituales: cambio climático, envejecimiento de la población, enfriamiento de la economía, deuda descomunal, guerras comerciales, movimientos migratorios, robotización y precariedad laboral. Las soluciones, como siempre, quedan en buenas intenciones.

            Lo más extraño es que dirigentes influyentes como Donald Trump, Macron o Theresa May no acudieron a la cita al tener que resolver sus problemas locales, cuando hoy en día no existen como tales: todo está interrelacionado. ¿Todo? Al menos, mucho. Eso nos lleva a bautizar de otra forma a la economía actual. ¿Qué tal Economía de Suministro? Vamos a razonarlo. Y eso pasa por analizar el mercado inmobiliario.

            ¿Han subido muchos los pisos? ¿Estamos en una burbuja? Es difícil contestar a la pregunta, ya que no somos conscientes de las burbujas hasta que estallan. Existen casos de manual, como el Bitcoin al final del año 2017 o los pisos en el año 2008. Otras veces, la cosa está más difusa. En todo caso, ahora hay una característica diferencial. ¿Cuál es? La heterogeneidad de la subida de precios. En Madrid o Barcelona, se han disparado. Eso ha hecho que el mercado del alquiler también haya subido, y esa es la razón por la que el Gobierno ha intervenido: deseaba evitar precios todavía más altos. En ciudades medias como Pamplona también ha existido subida, eso sí,  no tan alta. En ciudades más pequeñas el alza todavía es más suave, y en pueblos que van perdiendo población a marchas forzadas el precio se derrumba. En un caso extremo, pueden valer cero. ¿Tiene lógica? Basta responder a esta pregunta: ¿cuánto vale algo que nadie quiere comprar?

            ¿De qué dependen los precios de los pisos? Del grado de conectividad de la ciudad con la economía global vía producción de bienes y servicios diferenciados. Punto. Así, podemos establecer tres niveles. El grado alto, grandes ciudades con sectores industriales muy potentes. Sirven ciudades como París, Nueva York, centros como Silicon Valley,… El grado medio, ciudades medias. Sencillo, ¿verdad? Aquí está Pamplona. Claves del suministro: la Volkswagen y la Universidad de Navarra. Grado más bajo, ciudades como Tudela. Suministro: el sector agroalimentario y la pertenencia a la conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo. El resto, tiende de forma irreparable a la despoblación. ¿Quién va a ir a vivir a un lugar donde el desplazamiento es difícil y costoso? Claro que estaría bien tener mejores carreteras, mejores conexiones ferroviarias. Pero los presupuestos llegan a lo que llegan. Existen otras prioridades.

            Así, volvemos a Davos. Las conclusiones indican el desconcierto existente con el rumbo que puede tomar la economía global. Así de crudo.

            ¿Y Europa? En un año en el que llegan las elecciones al Parlamento, existen retos que se deben destacar. El principal, la pugna entre grupos de países con diferentes visiones globales. Está la liga Hanseática (Holanda, países bálticos, países nórdicos e Irlanda), el grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), los países mediterráneos (España, Portugal, las particularidades especiales de Italia y Grecia) o el eje central formado por Alemania y Francia. Está también el asunto del Brexit. El gobernador del Banco Central Europeo, Mario Dragui, abandona la nave en octubre. Otros puestos de relumbrón también están en juego. En estas circunstancias, la armonía es imposible. Se trata de buscar mecanismos para conllevar la situación. Todo ello es un caldo de cultivo ideal para populismos,  aunque el caso del Brexit ha mostrado sus carencias y falsedades. Demuestra, también, que pese a los problemas de la Unión Europea se está mejor dentro que fuera. Y sí, podemos ser optimistas a medio plazo. La razón: la alternativa es mucho peor. Un ejemplo sencillo: tener un ejército común. El ahorro respecto de ir por libre es enorme. Más posibilidades: los mecanismos de supervisión bancaria logran que un rescate sea, en términos relativos, más barato. Además, ¿quién no desea menos burocracia entre países?

            ¿Y Navarra? Si nos abonamos a la teoría de la “Economía de Suministro”, es evidente que las discusiones identitarias no deberían centrar los debates. Como la religión, son aspectos que pertenecen a nuestros valores más profundos, aquellos con los que nos educaron de niños.  Debemos ser cuidadosos, ya que son a la vez una fuente de riqueza y de confrontación.

Como Comunidad debemos  potenciar aquello que funciona y buscar nuevos caminos (políticas económicas y educativas), combinándolo con un sistema impositivo equilibrado (políticas fiscales) que nos permita desarrollarnos sin que nadie quede abandonado a su suerte (políticas sociales).

            Davos, Europa, España, Navarra, nosotros, tú, yo.

            Todo está interrelacionado.

            Javier Otazu Ojer.                             

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

            www.asociacionkratos.com

El mercado del desplazamiento (enero).

               

            Esta vez toca marejada en el mercado de los desplazamientos dentro de ciudades. Un mercado en el que se pueden demandar, si nos encontramos en una gran ciudad, más de un millón de servicios en un día es algo apetitoso. Bien, vamos a usar nombres menos técnicos. Menuda movida han montado los taxistas en Madrid y Barcelona. Y eso es algo común, por supuesto, a las grandes ciudades. ¿Por qué se dan estos movimientos? ¿Qué solución existe? ¿Es justo que se permita paralizar así una gran ciudad por parte de unos pocos?

            No todos los mercados son iguales. Existen diferentes posibilidades, que pasamos a definir. Así, un mercado es de competencia perfecta si existen muchos consumidores y muchos productores (así nadie tiene poder de precios), hay información perfecta (los agentes económicos pueden consultar el precio de cada uno de los bienes al momento, y eso es algo que Internet permite hacer en muchas ocasiones), no existen costes de transacción (se supone que nos da igual comprar algo en la tienda de abajo que irnos en coche al hipermercado más cercano; la llegada de los gigantes que permitan comprar a golpe de clic y nos lleven el producto a casa permite el cumplimiento de este principio) y el bien es homogéneo (por ejemplo, se supone que dos hoteles de tres estrellas, el tipo de gasolina que echamos al coche o un desplazamiento en autobús tienen la misma calidad). Se supone que este tipo de mercado es el mejor para el consumidor, y de hecho, los poderes públicos velan para que los mercados sean de competencia perfecta. En la Unión Europea, la danesa Margrethe Vestarger es la comisaria de la competencia y en España, José María Marín Quemada ocupa la presidencia de la comisión nacional de los mercados y la competencia (CNMC).

            El caso extremo es el monopolio, en el cual una empresa es la única vendedora. En teoría, están prohibidos. En un oligopolio tendríamos unas pocas empresas. Se supone que deben competir entre ellas, pero a veces crean alianzas (de forma implícita o explícita) imponiendo precios altos que les permiten aumentar sus beneficios. Estas alianzas reciben el nombre de cártel o colusión, y están terminantemente prohibidas. Es más, las instituciones anteriores están legitimadas para sancionar duramente a empresas que se saltan los principios de la libre competencia.

            Entonces, ¿en qué mercado podemos ubicar a los taxistas? Ya se ha comentado que pertenecen a los desplazamientos por carretera. En las grandes ciudades, su principal competencia es el metro. En todas, el servicio público de transporte. Bueno, en todas no. Existen casos (ciudades turísticas de México, por ejemplo) en los que existe un pacto implícito entre agentes económicos y hay zonas a las que no llega el servicio público para que así el taxi tenga su mercado. Con la normativa europea, eso no sería posible.

           

En teoría, este sería un mercado ideal para la competencia perfecta: muchas personas desean desplazarse, muchas personas están dispuestas a desplazar a otras, las aplicaciones de los teléfonos permiten la llegada de un vehículo (sea un taxi, un VTC o una carreta a caballo) en el menor tiempo posible y al precio más bajo. Un economista liberal diría que este mercado debería dejarse libre: la competencia siempre beneficia al consumidor. Precio de la licencia, cero. Pero eso no es lo mejor: una oferta excesiva podría tirar los precios. Precio del viaje, cero. No sirve.

 Entonces, ¿cómo gestionar el asunto?

Hay dos problemas. Uno, la regulación del mercado. Los taxistas han pagado unas cantidades desorbitantes para tener una licencia. Esas cantidades llegan a ser enormes: se llegan a intercambiar por pisos. ¿Cómo compensar eso? No lo olvidemos: cuando una persona compra una licencia, también compra tranquilidad. Por eso cuestan tanto dinero. Se debe evitar esa injusticia. ¿Entonces? Se trata de permitir la entrada escalonada del VTC en aras a mejorar la competencia sin bajar de un precio mínimo por viaje y con impuestos semejantes (teniendo en cuenta los pagos pasados de los taxistas) para unos y otros.

Segundo problema. Si de lo que se trata es de evitar injusticias, ¿qué podemos decir de las agresiones que han recibido conductores de VTC, del miedo que han pasado personas que simplemente habían tomado un vehículo por comodidad, precio o rapidez? En una democracia digna de tal nombre, eso no se puede permitir. Que aparezcan asociaciones de taxistas que digan “no nos hacemos responsables de lo que pueda pasar” es una amenaza, se mire como se mire. Por desgracia, existen colectivos que pueden paralizar la actividad económica y social a cambio de su interés particular. ¿Cómo no recordar el conflicto de los estibadores?

Es labor de los poderes públicos establecer leyes que establezcan límites al legítimo derecho de huelga y defensa de los derechos de cualquier tipo de colectivo. Y es responsabilidad de los mismos la búsqueda de mecanismos que permitan la convivencia de todos.

Para eso les votamos.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Del qué al cómo (enero).

            Año electoral, año de promesas. Ya se sabe, a leer los programas electorales, así decido cuál es mi preferido. Supongamos que en un programa aparecen las siguientes medidas: “reducir las listas de espera en sanidad”, “educación inclusiva para todos”, “mejora de las infraestructuras”, “priorizar las ayudas sociales”, “evitar el abandono de las zonas rurales”, “eliminar el fraude fiscal”. Está muy bien, ya sé a quién votar. ¿Qué partido dice eso? Todos. ¿Quién no quiere esas medidas? Es muy bonito, ¿verdad? Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

            Eso es lo que no dice nadie Eso sí, debemos discriminar entre dos tipos de políticas: las que afectan al presupuesto y las que afectan a las leyes que sirven para regular nuestra convivencia. Es una anomalía increíble: las importantes, las que se discuten, son las primeras. Sin embargo, las que tienen mayor margen de recorrido son las segundas. ¿Por qué?

Previamente, debemos reparar en la existencia de dos sombras en el horizonte. Uno. Por primera vez, cuando hay crecimiento económico el déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado o la Comunidad Autónoma de referencia) aumenta. Bueno, en Navarra no ha ocurrido eso, si bien la explicación evidente viene dada por la subida de impuestos del Gobierno. ¿Qué va a ocurrir cuando la economía no crezca? ¿Más déficit todavía? Dos. Otro escenario preocupante, del que no somos responsables, viene dado por la política monetaria. El Banco Central Europeo ha introducido una cantidad de dinero enorme en el sistema y mantiene los tipos de interés muy bajos. Eso quiere decir que si aparece otra crisis nos quedamos sin batería monetaria. Vienen curvas.

            Volviendo al “por qué”, la mayor parte del presupuesto ya está dado. Un gobierno, sea el que sea, poco margen tiene para retocar la cantidad destinada a la sanidad, policía, bomberos o educación. Su fuerza proviene de la regulación. Sí, se pueden realizar obras y cambios (el plan de amabilización de Pamplona es un claro ejemplo) pero donde realmente afectan las políticas es en el tema regulatorio. Los ejemplos abundan: el programa Skolae, los requisitos para realizar oposiciones, las diferentes ordenanzas que afectan a nuestra vida diaria, la limitación de velocidad según los tramos en los que nos encontramos,  la entrada o salida de ciertas asignaturas en programas educativos básicos, los permisos para recalificar zonas o montar negocios, limitar el número de establecimientos de hostelería y hoteles…

            Entonces, ¿qué nos queda del presupuesto? Si se decide subir los impuestos, es responsabilidad del elector razonar si los servicios públicos que recibe a cambio (o las ayudas que se ofrecen a colectivos más desfavorecidos) le parece que justifican su sacrificio monetario. Poco más hay que indicar en ello. El gobierno deberá demostrar la efectividad de sus políticas, la oposición que las cosas se pueden hacer mejor.

            Entonces, ¿cómo se puede cumplir lo prometido en aspectos presupuestarios? A partir del famoso trilema: o se suben los impuestos, o se quita de otro lado, o nos endeudamos (este aspecto está controlado en primera instancia por el Gobierno Central y posteriormente por Bruselas). Y nunca nos dicen cómo van a hacer las cosas.

            Personalmente, todos queremos ganar más dinero, estar más guapos y ser más felices. Son propósitos humanos universales. Muchas veces sabemos cómo hacerlo, pero no estamos dispuestos a asumir el sacrificio presente a cambia de la ganancia futura (olvidando que hoy es el mañana de ayer). Son cosas nuestras. Sin embargo, los gobernantes gestionan cosas nuestras.

            Entonces, ¿en qué debemos fijarnos? Los partidos intentarán centrar la campaña en dos o tres asuntos centrales, indicando dónde son fuertes ellos y la razón por la cual los demás son débiles. Nosotros, debemos ver cómo lo van a hacer. Si no hay un cómo, nos están timando. Es la vida: entre otras cosas, los humanos nos amamos, nos divertimos, nos reímos, discutimos, competimos y sí, nos timamos entre nosotros. Es más: nos timamos a nosotros mismos. Es lo que hacemos cuando como no hacemos lo que realmente deseamos hacer. Nos “inventamos” un relato mental que justifique nuestra falta de voluntad para evitar la temida disonancia cognitiva: efecto de malestar interior que tenemos al no cumplir nuestros objetivos (nombre para los amigos: entropía psíquica).

            Sí, lo admito. No he contestado a la pregunta central. ¿En qué debemos fijarnos?

            Debemos pensar, reflexionar, contrastar. ¿Están los impuestos demasiado altos? ¿Las regulaciones planteadas para orientar nuestra convivencia nos han hecho bien o mal? Además, en cualquier medida política que vayamos a aplicar es muy difícil que gane todo el mundo, o al menos que nadie pierda (nombre para los amigos: eficiencia en el sentido de Pareto). Muy bien, ya tenemos la respuesta. ¿Quién gana, quién pierde? En el caso de perder yo, estaré dispuesto a ello si los recursos que cedo se compensan con algo en lo que creo.

            Ahora, lector, es tu turno.

 

            Busca, compara, y si encuentras algo mejor, vótalo.

Pedir y se os dará (enero). 

            Vaya con las peticiones de Vox para terminar pactando la investidura de Juan Manuel Moreno en Andalucía. La más contradictoria, la devolución de competencias autonómicas. ¿No sería más razonable pedirla en el ámbito de la política nacional? La más “divertida”, la solicitud de cambiar la fiesta de Andalucía al día 2 de enero para celebrar el fin de la Reconquista, en el año 1492. Sea de una u otra forma, cuando hay un pastel para repartir y la alternativa es cero o alcanza un alto grado de incertidumbre, es muy difícil no llegar a un acuerdo. El resto no deja de ser teatro. Eso sí, la estrategia ha logrado su efecto: estar en la boca de todos. Son los nuevos tiempos. Se trata de estar en los medios acaparando la mayor parte de los titulares y dejar dos o tres ideas muy muy arraigadas (a ser posible, pegadizas) que estén en la mente de las personas. El ejemplo más conocido es el de las elecciones que ganó Bill Clinton en el lejano 1996: “es la economía, estúpido”. El resto de eslóganes, más que conocidos. Barack Obama: “sí, podemos”. O recientemente, Donald Trump: “América para los americanos”. Sin duda, el primer premio es para el presidente norteamericano, ya que ha logrado que todos le copien. El lema es muy sencillo: “primero, los de aquí”. Pensemos en el tipo de formaciones que de una u otra forma predican esa idea.

            No es Vox el único agente económico que, teniendo una posición de fuerza, se dedica a pedir. Lo hacemos todos. Y tiene sentido que desde cierta jerarquía empresarial, familiar o de un grupo organizativo al que libremente deseamos afiliarnos como una religión, club deportivo o cualquier tipo de organización social se pida. El jefe pide resultados a todas las personas que se encuentran bajo su mando. Los padres piden a los hijos desarrollo personal. Todos aquellos que ocupan un puesto ejecutivo están capacitados para pedir y solicitar un esfuerzo. Es justo y equilibrado; son las reglas del juego. No podemos funcionar de otra manera como sociedad.

            Sin embargo, existen aspectos que llaman la atención. Siendo evidente que no se puede pedir sacrificios sólo en un sentido (por supuesto, los empleados, los hijos o las personas que pertenecen a una institución tienen sus derechos, siendo el principal, pedir ejemplaridad al jefe, padres o presidente), es sorprendente como muchas veces parece tener más fuerza, si se permite la expresión, el lado más débil. ¿Cómo puede ser?

            A nivel paradigmático, llama la atención el caso de María Antonia Munar. Antigua presidenta de Unió Mallorquina, su partido siempre sacaba un número minúsculo de escaños. Sin embargo, era suficiente para poder decidir quién gobernaba la comunidad autónoma de Baleares. Eso sí, tanto pedir, tanto pedir llevó a mucho recibir. Y mucho recibir mucho recibir lleva, en ocasiones, o atribuirse el derecho de coger, coger. Y el que se pasa cogiendo termina cogido. ¿Cómo no se conforman con menos? En caso de dudas, consultar a Oriol Pujol.

            Primera conclusión, que merece ser remarcada: por poder se da lo que sea. El que está en posición inferior lo sabe y en consecuencia, a pedir.

            Es fácil, pedir. Se hace debido a otra razón, ésta de índole cultural. Nos decimos, y decimos a los demás, para remarcarnos en nuestra posición inicial y sentirnos así más confortados, “el no ya lo tengo”. En fin, que algo esté instaurado en nuestras mentes no significa que sea lo mejor. No es agradable ser tachado de “pedigüeño” (uno de los “simpáticos” adjetivos con los que José María Aznar obsequiaba a Felipe González cuando solicitaba fondos en la Unión Europea). Pero hay un escenario en el que no importa: la petición de ayudas sociales. En ese caso, debemos informarnos bien. Seguro que en Internet se pueden dejar más claras las ayudas a las que aspiran las personas que cumplan los requisitos pertinentes, pero muchas veces tanta petición lleva a un gasto oculto que no vemos. Pero no nos importa. Total, “el no ya lo tengo”. Esa sería la segunda conclusión que tendríamos.

            La tercera, si quiero 50, pido 200. Claro que se corre el riesgo de que el otro se levante de la mesa y no haya acuerdo, pero existen circunstancias especiales. Dentro del juego de poder, cuando influyen las emociones o cuando hay información oculta (consultar a la empresa “Producciones Villarejo”) se puede lograr todo lo que pidamos, siempre y cuando no conculque los valores más profundos del otro lado. El caso más extremo de peticiones se da en el caso de mafias que extorsionan a empresarios para que puedan mantener su negocio.

            Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Incluso una evidencia empírica nos recuerda que no está mal empezar de otra forma. Así lo dice la sabiduría popular: “manos que no dais, ¿qué esperáis?”.

 

            Javier Otazu Ojer.                                                                                     

Doctrinas (enero).

            ¿Quién no ha seguido una doctrina? ¿Cuántas veces pensamos que los demás están “adoctrinados”? ¿Cómo se logra eso? ¿En qué consiste?

            Los cambios de año, que son los momentos en los que se hacen los nuevos propósitos, son ideales para pensar en ello. Consultando diccionarios en la red (pese a la aparición de Wikipedia, siguen existiendo), la doctrina se define como “conjunto de ideas, enseñanzas o principios básicos defendidos por un movimiento religioso, ideológico, político, etc…” o también como “materia o ciencia que se enseña”. Entonces, ¿por qué no reevaluar las doctrinas que nos han enseñado? Si tomamos como cierta la idea del filósofo Herbert Gerjuoy, según la cual “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, serán aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”, investigar acerca de las doctrinas se hace todavía más necesario.

            Existen dos doctrinas de la actual vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que  han llamado la atención. La primera es antigua: “el dinero público no es de nadie”. La segunda, es una frase un poco más difusa: “hay que distinguir las opiniones de Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición de las opiniones que tenga como Presidente del Gobierno”.

            Bien, las críticas que han recibido estas dos afirmaciones son justas y merecidas. En el primer caso, sirve para eludir responsabilidades al asignar recursos. De todas formas, se deben analizar con más profundidad. Por ejemplo, el tema de las palabras. ¿Por qué no cambiar la definición? Está demostrado que las expresiones de la lengua cotidiana varían la percepción que tenemos de la realidad. Aunque el suceso sea el mismo, las expresiones “dos coches se golpearon” y “dos coches se estrellaron” describen el fenómeno de forma diferente. Lo mismo pasa con el dinero público. Es más exacto decir “dinero de los contribuyentes”, ya que se supone que eso estimularía a los gobernantes a ser más responsables con el gasto público.

            Todavía hay más. Es fácil recriminar a Carmen Calvo la expresión de que “el dinero público no es de nadie”. Pero nosotros muchas veces actuamos así. Cuando no reciclamos la basura, intentamos evadir impuestos o usamos servicios públicos de forma indiscriminada sin tener verdadera necesidad de los mismos, estamos actuando de acuerdo a ese principio.

            Respecto del Sánchez líder de la oposición y presidente del Gobierno, la frase es debida al cambio de doctrina efectuado respecto del problema catalán. La valoración de los acontecimientos del 1/10/17 era, en la oposición, de rebelión. Posteriormente, pasó a ser  de sedición y malversación de fondos públicos. Bien, este asunto lo dejamos para los juristas. Lo relevante es el cambio de opinión. ¿Es real? Puede que sí. ¿Seguro? Ya dijo Upton Sinclair que “es muy difícil entender algo si tu sueldo depende de que no lo entiendas”. De la misma forma, “es muy difícil entender algo si mantenerse en el poder depende de que no lo entiendas”. En resumen: primero va el interés personal (que los independentistas catalanes aprueben los presupuestos), y a partir del mismo emitimos una opinión.

            Una doctrina asombrosa relacionada con el gasto militar es de la ministra de Defensa, Margarita Robles, cuando afirmó el pasado 14 de diciembre que “es un gasto social”. La lógica es simple: “se generan puestos de trabajo”. Bien, usando la misma argumentación todo gasto es social. Todo. Vamos, no existe ningún gasto que no sea social. Es sencillo: a nivel contable podemos tener gastos en personal, suministros, materias primas, electricidad, asesoría jurídica….no importa. Es muy claro que todos los gastos van a algún bolsillo y en consecuencia generan empleo. Es impresionante como toda argumentación vale, aunque sea una burla. En este sentido, se aplica a la sociedad el concepto de “gullibility”: tendencia a creer proposiciones poco probables que, en consecuencia, no se ajustan a la evidencia empírica. Ejemplo: “si bajamos el impuesto de sociedades a un tipo único del 10% habrá más actividad económica y en consecuencia la recaudación tributaria aumentará”. Se puede plantear la idea como camino generar más riqueza, pero hacerlo como medio para recaudar más dinero es un caso claro de gullibility.

            Entonces, cuando nos asedian la sobreinformación y las noticias falsas, cuando dudamos de todo y la distinción entre izquierdas y derechas se torna tenue, cuando nos decepcionan las políticas que se aplican, ¿qué doctrina podemos seguir?

            Hay temas como la religión o la identidad (ser vasco, catalán, navarro o español) que no se pueden imponer a nadie. Conocer de forma profunda el pensamiento, la historia y los ritos asociados a la religión que practicamos es útil. Conocer lo mismo del resto de religiones, también. Lo mismo podemos decir acerca del sentimiento nacional. Profundicemos en la historia, leamos medios que no piensan como nosotros para evitar el sesgo de confirmación (siempre estamos buscando reafirmar nuestras ideas), estemos con grupos de otras ideologías, valoremos cómo les va a las personas, empresas, instituciones, regiones y países según las decisiones que toman.

            Sólo así evitaremos ser analfabetos en el siglo XXI.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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