BLOG 2019. Kaizen.

Percepción y realidad (febrero).

            ¿Qué está pasando en Venezuela? ¿Qué ocurre en la República Centroafricana? ¿Cómo se ve desde el exterior el problema catalán? ¿Cómo va la economía? El paro ha subido en enero; ahora bien, ¿es debido al Gobierno? ¿O es la estacionalidad?

            Sí, es muy difícil la distinción existente entre lo que percibimos y lo que es. No se trata de crear un problema filosófico a partir de estos debates; de lo que se trata es de interpretar correctamente la realidad.

            En el momento de valorar la situación en Venezuela, muchos son los factores que se deben tener en cuenta. El primero y principal, el interés propio. Un político del PP o Ciudadanos pide el reconocimiento inmediato de Juan Guaidó. Uno del PSOE será más cuidadoso; uno de Podemos pensará que es un golpe de Estado contra el presidente de un gobierno legítimo. Esta opinión no está muy lejos de la que tiene cada votante particular. Eso ya nos da una posible conclusión: según votas, piensas. Y no puede ser: la riqueza de la democracia es la transversalidad de la misma y la generación de espíritu crítico. El camino adecuado es el inverso: según piensas, votas. Eso nos llevaría a que una persona a favor del matrimonio homosexual votaría con más facilidad al PSOE que al PP, pero debería valorar más aspectos. La importancia que tenga cada uno nos indicaría su decisión final.

            Cuidado: no se trata de hipocresía. Es funcionamiento de nuestro cerebro. Tenemos un interés oculto, que puede ser consciente o inconsciente, y a partir de ahí racionalizamos nuestras decisiones. Existe una forma muy sencilla de verlo: alguien que esté trabajando en una empresa pública pensará que su labor es imprescindible para el conjunto de la sociedad; sin embargo, existen otras personas que exigen impuestos más bajos a cambio de suprimir “organismos inútiles”. En uno y otro caso el interés de fondo es la renta. En un caso directa, ya que es su sueldo; en otro indirecta, ya que menos impuestos suponen más recursos para gastar a su libre albedrío.

            Una conclusión razonable para Venezuela sería la siguiente: indudablemente, las cosas van mal. Muchas personas han abandonado el país, la inflación es enorme y la inseguridad es total. Y eso no es de hoy. En la Guerra del Golfo, Caracas era una ciudad más peligrosa que Bagdad. Los servicios que más se valoran del Estado son, precisamente, esos. Posibilidad de desarrollo laboral y personal, estabilidad de precios para tener unos ahorros razonables y seguridad (privada, jurídica y personal). Si falla todo, no existe un Estado digno de tal nombre.

            ¿Soluciones? Elecciones o cambio de Gobierno. Pero eso es fácil de teclear en el ordenador; la realidad es más compleja. Visto desde fuera, sólo se puede pedir respeto a los derechos humanos. Eso es todo. Este respeto es lo primero que desaparece cuando está en juego el bien más preciado: el poder.

            La república Centroafricana acaba de terminar una guerra civil incruenta, con enfrentamientos de índole religioso. Se han firmado los acuerdos de paz en Jartum (Sudán). Ese asunto no aparece en los medios. Es normal dar más peso a Venezuela por los lazos históricos y comerciales existentes con ese país, pero tendemos a focalizar la realidad en un aspecto. Si hace unas semanas sólo existía la historia del pobre niño que había caído al pozo, ahora el mayor peso mediático se encuentra en Venezuela.

            El problema catalán enseña lo importante que es vender un relato al exterior y la facilidad con la que “expertos” de otros países juzgan lo que ocurre en lugares lejanos. Es así: los no independentistas piensan que nunca debe saltarse la ley y que unos pocos (los catalanes) no pueden decidir el destino de los otros (los españoles). Respecto de los independentistas, unos piensan que en situaciones de clara injusticia es legítimo saltarse la ley. Otros piensan que se debe presionar como sea, con límites que a veces no quedan claros (a veces es difícil distinguir la diferencia entre manifestación y escrache) para lograr un objetivo que es un bien superior. Por supuesto, existe quien es independentista y pide no saltarse nunca la legalidad, como existen no independentistas que piensan que se debe realizar un referéndum. Es evidente que en este escenario el acuerdo es imposible. Si yo quiero vender un piso a 170.000 euros y el comprador no está dispuesto a pagar más de 160.000, ¿cómo demonios vamos a poder acordar algo? Entre dos personas se pueden buscar encuentros, pero entre políticos avalados por votos que sustentan mandatos claros, la cosa es más difícil.

            ¿Y la economía? Depende de cada situación personal y del puesto que ocupemos. ¿Qué percibimos? Más desigualdad, ligero estancamiento económico, incertidumbre y más incertidumbre.

¿Qué es? “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” (Ramón de Campoamor).

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Davos, Europa, Navarra (febrero).

            Terminó la cumbre de Davos y pocas noticias han salido en los medios relacionados con la misma. Organizado por El Foro Económico Mundial (Klaus Schwab), este año llegaba ya a la edición número 49. En la misma, se trataba de buscar mecanismos para responder a los desafíos de la Economía Digital (cuarta revolución industrial). El principal: la desigualdad. Conclusiones, pocas. Una, sorprendente: “todo iría mejor si decidiesen las madres y las abuelas”.  Los retos, los habituales: cambio climático, envejecimiento de la población, enfriamiento de la economía, deuda descomunal, guerras comerciales, movimientos migratorios, robotización y precariedad laboral. Las soluciones, como siempre, quedan en buenas intenciones.

            Lo más extraño es que dirigentes influyentes como Donald Trump, Macron o Theresa May no acudieron a la cita al tener que resolver sus problemas locales, cuando hoy en día no existen como tales: todo está interrelacionado. ¿Todo? Al menos, mucho. Eso nos lleva a bautizar de otra forma a la economía actual. ¿Qué tal Economía de Suministro? Vamos a razonarlo. Y eso pasa por analizar el mercado inmobiliario.

            ¿Han subido muchos los pisos? ¿Estamos en una burbuja? Es difícil contestar a la pregunta, ya que no somos conscientes de las burbujas hasta que estallan. Existen casos de manual, como el Bitcoin al final del año 2017 o los pisos en el año 2008. Otras veces, la cosa está más difusa. En todo caso, ahora hay una característica diferencial. ¿Cuál es? La heterogeneidad de la subida de precios. En Madrid o Barcelona, se han disparado. Eso ha hecho que el mercado del alquiler también haya subido, y esa es la razón por la que el Gobierno ha intervenido: deseaba evitar precios todavía más altos. En ciudades medias como Pamplona también ha existido subida, eso sí,  no tan alta. En ciudades más pequeñas el alza todavía es más suave, y en pueblos que van perdiendo población a marchas forzadas el precio se derrumba. En un caso extremo, pueden valer cero. ¿Tiene lógica? Basta responder a esta pregunta: ¿cuánto vale algo que nadie quiere comprar?

            ¿De qué dependen los precios de los pisos? Del grado de conectividad de la ciudad con la economía global vía producción de bienes y servicios diferenciados. Punto. Así, podemos establecer tres niveles. El grado alto, grandes ciudades con sectores industriales muy potentes. Sirven ciudades como París, Nueva York, centros como Silicon Valley,… El grado medio, ciudades medias. Sencillo, ¿verdad? Aquí está Pamplona. Claves del suministro: la Volkswagen y la Universidad de Navarra. Grado más bajo, ciudades como Tudela. Suministro: el sector agroalimentario y la pertenencia a la conexión entre el Cantábrico y el Mediterráneo. El resto, tiende de forma irreparable a la despoblación. ¿Quién va a ir a vivir a un lugar donde el desplazamiento es difícil y costoso? Claro que estaría bien tener mejores carreteras, mejores conexiones ferroviarias. Pero los presupuestos llegan a lo que llegan. Existen otras prioridades.

            Así, volvemos a Davos. Las conclusiones indican el desconcierto existente con el rumbo que puede tomar la economía global. Así de crudo.

            ¿Y Europa? En un año en el que llegan las elecciones al Parlamento, existen retos que se deben destacar. El principal, la pugna entre grupos de países con diferentes visiones globales. Está la liga Hanseática (Holanda, países bálticos, países nórdicos e Irlanda), el grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), los países mediterráneos (España, Portugal, las particularidades especiales de Italia y Grecia) o el eje central formado por Alemania y Francia. Está también el asunto del Brexit. El gobernador del Banco Central Europeo, Mario Dragui, abandona la nave en octubre. Otros puestos de relumbrón también están en juego. En estas circunstancias, la armonía es imposible. Se trata de buscar mecanismos para conllevar la situación. Todo ello es un caldo de cultivo ideal para populismos,  aunque el caso del Brexit ha mostrado sus carencias y falsedades. Demuestra, también, que pese a los problemas de la Unión Europea se está mejor dentro que fuera. Y sí, podemos ser optimistas a medio plazo. La razón: la alternativa es mucho peor. Un ejemplo sencillo: tener un ejército común. El ahorro respecto de ir por libre es enorme. Más posibilidades: los mecanismos de supervisión bancaria logran que un rescate sea, en términos relativos, más barato. Además, ¿quién no desea menos burocracia entre países?

            ¿Y Navarra? Si nos abonamos a la teoría de la “Economía de Suministro”, es evidente que las discusiones identitarias no deberían centrar los debates. Como la religión, son aspectos que pertenecen a nuestros valores más profundos, aquellos con los que nos educaron de niños.  Debemos ser cuidadosos, ya que son a la vez una fuente de riqueza y de confrontación.

Como Comunidad debemos  potenciar aquello que funciona y buscar nuevos caminos (políticas económicas y educativas), combinándolo con un sistema impositivo equilibrado (políticas fiscales) que nos permita desarrollarnos sin que nadie quede abandonado a su suerte (políticas sociales).

            Davos, Europa, España, Navarra, nosotros, tú, yo.

            Todo está interrelacionado.

            Javier Otazu Ojer.                             

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

 

            www.asociacionkratos.com

El mercado del desplazamiento (enero).

               

            Esta vez toca marejada en el mercado de los desplazamientos dentro de ciudades. Un mercado en el que se pueden demandar, si nos encontramos en una gran ciudad, más de un millón de servicios en un día es algo apetitoso. Bien, vamos a usar nombres menos técnicos. Menuda movida han montado los taxistas en Madrid y Barcelona. Y eso es algo común, por supuesto, a las grandes ciudades. ¿Por qué se dan estos movimientos? ¿Qué solución existe? ¿Es justo que se permita paralizar así una gran ciudad por parte de unos pocos?

            No todos los mercados son iguales. Existen diferentes posibilidades, que pasamos a definir. Así, un mercado es de competencia perfecta si existen muchos consumidores y muchos productores (así nadie tiene poder de precios), hay información perfecta (los agentes económicos pueden consultar el precio de cada uno de los bienes al momento, y eso es algo que Internet permite hacer en muchas ocasiones), no existen costes de transacción (se supone que nos da igual comprar algo en la tienda de abajo que irnos en coche al hipermercado más cercano; la llegada de los gigantes que permitan comprar a golpe de clic y nos lleven el producto a casa permite el cumplimiento de este principio) y el bien es homogéneo (por ejemplo, se supone que dos hoteles de tres estrellas, el tipo de gasolina que echamos al coche o un desplazamiento en autobús tienen la misma calidad). Se supone que este tipo de mercado es el mejor para el consumidor, y de hecho, los poderes públicos velan para que los mercados sean de competencia perfecta. En la Unión Europea, la danesa Margrethe Vestarger es la comisaria de la competencia y en España, José María Marín Quemada ocupa la presidencia de la comisión nacional de los mercados y la competencia (CNMC).

            El caso extremo es el monopolio, en el cual una empresa es la única vendedora. En teoría, están prohibidos. En un oligopolio tendríamos unas pocas empresas. Se supone que deben competir entre ellas, pero a veces crean alianzas (de forma implícita o explícita) imponiendo precios altos que les permiten aumentar sus beneficios. Estas alianzas reciben el nombre de cártel o colusión, y están terminantemente prohibidas. Es más, las instituciones anteriores están legitimadas para sancionar duramente a empresas que se saltan los principios de la libre competencia.

            Entonces, ¿en qué mercado podemos ubicar a los taxistas? Ya se ha comentado que pertenecen a los desplazamientos por carretera. En las grandes ciudades, su principal competencia es el metro. En todas, el servicio público de transporte. Bueno, en todas no. Existen casos (ciudades turísticas de México, por ejemplo) en los que existe un pacto implícito entre agentes económicos y hay zonas a las que no llega el servicio público para que así el taxi tenga su mercado. Con la normativa europea, eso no sería posible.

           

En teoría, este sería un mercado ideal para la competencia perfecta: muchas personas desean desplazarse, muchas personas están dispuestas a desplazar a otras, las aplicaciones de los teléfonos permiten la llegada de un vehículo (sea un taxi, un VTC o una carreta a caballo) en el menor tiempo posible y al precio más bajo. Un economista liberal diría que este mercado debería dejarse libre: la competencia siempre beneficia al consumidor. Precio de la licencia, cero. Pero eso no es lo mejor: una oferta excesiva podría tirar los precios. Precio del viaje, cero. No sirve.

 Entonces, ¿cómo gestionar el asunto?

Hay dos problemas. Uno, la regulación del mercado. Los taxistas han pagado unas cantidades desorbitantes para tener una licencia. Esas cantidades llegan a ser enormes: se llegan a intercambiar por pisos. ¿Cómo compensar eso? No lo olvidemos: cuando una persona compra una licencia, también compra tranquilidad. Por eso cuestan tanto dinero. Se debe evitar esa injusticia. ¿Entonces? Se trata de permitir la entrada escalonada del VTC en aras a mejorar la competencia sin bajar de un precio mínimo por viaje y con impuestos semejantes (teniendo en cuenta los pagos pasados de los taxistas) para unos y otros.

Segundo problema. Si de lo que se trata es de evitar injusticias, ¿qué podemos decir de las agresiones que han recibido conductores de VTC, del miedo que han pasado personas que simplemente habían tomado un vehículo por comodidad, precio o rapidez? En una democracia digna de tal nombre, eso no se puede permitir. Que aparezcan asociaciones de taxistas que digan “no nos hacemos responsables de lo que pueda pasar” es una amenaza, se mire como se mire. Por desgracia, existen colectivos que pueden paralizar la actividad económica y social a cambio de su interés particular. ¿Cómo no recordar el conflicto de los estibadores?

Es labor de los poderes públicos establecer leyes que establezcan límites al legítimo derecho de huelga y defensa de los derechos de cualquier tipo de colectivo. Y es responsabilidad de los mismos la búsqueda de mecanismos que permitan la convivencia de todos.

Para eso les votamos.

Javier Otazu Ojer.

 

Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

Del qué al cómo (enero).

            Año electoral, año de promesas. Ya se sabe, a leer los programas electorales, así decido cuál es mi preferido. Supongamos que en un programa aparecen las siguientes medidas: “reducir las listas de espera en sanidad”, “educación inclusiva para todos”, “mejora de las infraestructuras”, “priorizar las ayudas sociales”, “evitar el abandono de las zonas rurales”, “eliminar el fraude fiscal”. Está muy bien, ya sé a quién votar. ¿Qué partido dice eso? Todos. ¿Quién no quiere esas medidas? Es muy bonito, ¿verdad? Ahora bien, ¿cómo lo hacemos?

            Eso es lo que no dice nadie Eso sí, debemos discriminar entre dos tipos de políticas: las que afectan al presupuesto y las que afectan a las leyes que sirven para regular nuestra convivencia. Es una anomalía increíble: las importantes, las que se discuten, son las primeras. Sin embargo, las que tienen mayor margen de recorrido son las segundas. ¿Por qué?

Previamente, debemos reparar en la existencia de dos sombras en el horizonte. Uno. Por primera vez, cuando hay crecimiento económico el déficit público (la diferencia entre lo que gasta y lo que ingresa el Estado o la Comunidad Autónoma de referencia) aumenta. Bueno, en Navarra no ha ocurrido eso, si bien la explicación evidente viene dada por la subida de impuestos del Gobierno. ¿Qué va a ocurrir cuando la economía no crezca? ¿Más déficit todavía? Dos. Otro escenario preocupante, del que no somos responsables, viene dado por la política monetaria. El Banco Central Europeo ha introducido una cantidad de dinero enorme en el sistema y mantiene los tipos de interés muy bajos. Eso quiere decir que si aparece otra crisis nos quedamos sin batería monetaria. Vienen curvas.

            Volviendo al “por qué”, la mayor parte del presupuesto ya está dado. Un gobierno, sea el que sea, poco margen tiene para retocar la cantidad destinada a la sanidad, policía, bomberos o educación. Su fuerza proviene de la regulación. Sí, se pueden realizar obras y cambios (el plan de amabilización de Pamplona es un claro ejemplo) pero donde realmente afectan las políticas es en el tema regulatorio. Los ejemplos abundan: el programa Skolae, los requisitos para realizar oposiciones, las diferentes ordenanzas que afectan a nuestra vida diaria, la limitación de velocidad según los tramos en los que nos encontramos,  la entrada o salida de ciertas asignaturas en programas educativos básicos, los permisos para recalificar zonas o montar negocios, limitar el número de establecimientos de hostelería y hoteles…

            Entonces, ¿qué nos queda del presupuesto? Si se decide subir los impuestos, es responsabilidad del elector razonar si los servicios públicos que recibe a cambio (o las ayudas que se ofrecen a colectivos más desfavorecidos) le parece que justifican su sacrificio monetario. Poco más hay que indicar en ello. El gobierno deberá demostrar la efectividad de sus políticas, la oposición que las cosas se pueden hacer mejor.

            Entonces, ¿cómo se puede cumplir lo prometido en aspectos presupuestarios? A partir del famoso trilema: o se suben los impuestos, o se quita de otro lado, o nos endeudamos (este aspecto está controlado en primera instancia por el Gobierno Central y posteriormente por Bruselas). Y nunca nos dicen cómo van a hacer las cosas.

            Personalmente, todos queremos ganar más dinero, estar más guapos y ser más felices. Son propósitos humanos universales. Muchas veces sabemos cómo hacerlo, pero no estamos dispuestos a asumir el sacrificio presente a cambia de la ganancia futura (olvidando que hoy es el mañana de ayer). Son cosas nuestras. Sin embargo, los gobernantes gestionan cosas nuestras.

            Entonces, ¿en qué debemos fijarnos? Los partidos intentarán centrar la campaña en dos o tres asuntos centrales, indicando dónde son fuertes ellos y la razón por la cual los demás son débiles. Nosotros, debemos ver cómo lo van a hacer. Si no hay un cómo, nos están timando. Es la vida: entre otras cosas, los humanos nos amamos, nos divertimos, nos reímos, discutimos, competimos y sí, nos timamos entre nosotros. Es más: nos timamos a nosotros mismos. Es lo que hacemos cuando como no hacemos lo que realmente deseamos hacer. Nos “inventamos” un relato mental que justifique nuestra falta de voluntad para evitar la temida disonancia cognitiva: efecto de malestar interior que tenemos al no cumplir nuestros objetivos (nombre para los amigos: entropía psíquica).

            Sí, lo admito. No he contestado a la pregunta central. ¿En qué debemos fijarnos?

            Debemos pensar, reflexionar, contrastar. ¿Están los impuestos demasiado altos? ¿Las regulaciones planteadas para orientar nuestra convivencia nos han hecho bien o mal? Además, en cualquier medida política que vayamos a aplicar es muy difícil que gane todo el mundo, o al menos que nadie pierda (nombre para los amigos: eficiencia en el sentido de Pareto). Muy bien, ya tenemos la respuesta. ¿Quién gana, quién pierde? En el caso de perder yo, estaré dispuesto a ello si los recursos que cedo se compensan con algo en lo que creo.

            Ahora, lector, es tu turno.

 

            Busca, compara, y si encuentras algo mejor, vótalo.

Pedir y se os dará (enero). 

            Vaya con las peticiones de Vox para terminar pactando la investidura de Juan Manuel Moreno en Andalucía. La más contradictoria, la devolución de competencias autonómicas. ¿No sería más razonable pedirla en el ámbito de la política nacional? La más “divertida”, la solicitud de cambiar la fiesta de Andalucía al día 2 de enero para celebrar el fin de la Reconquista, en el año 1492. Sea de una u otra forma, cuando hay un pastel para repartir y la alternativa es cero o alcanza un alto grado de incertidumbre, es muy difícil no llegar a un acuerdo. El resto no deja de ser teatro. Eso sí, la estrategia ha logrado su efecto: estar en la boca de todos. Son los nuevos tiempos. Se trata de estar en los medios acaparando la mayor parte de los titulares y dejar dos o tres ideas muy muy arraigadas (a ser posible, pegadizas) que estén en la mente de las personas. El ejemplo más conocido es el de las elecciones que ganó Bill Clinton en el lejano 1996: “es la economía, estúpido”. El resto de eslóganes, más que conocidos. Barack Obama: “sí, podemos”. O recientemente, Donald Trump: “América para los americanos”. Sin duda, el primer premio es para el presidente norteamericano, ya que ha logrado que todos le copien. El lema es muy sencillo: “primero, los de aquí”. Pensemos en el tipo de formaciones que de una u otra forma predican esa idea.

            No es Vox el único agente económico que, teniendo una posición de fuerza, se dedica a pedir. Lo hacemos todos. Y tiene sentido que desde cierta jerarquía empresarial, familiar o de un grupo organizativo al que libremente deseamos afiliarnos como una religión, club deportivo o cualquier tipo de organización social se pida. El jefe pide resultados a todas las personas que se encuentran bajo su mando. Los padres piden a los hijos desarrollo personal. Todos aquellos que ocupan un puesto ejecutivo están capacitados para pedir y solicitar un esfuerzo. Es justo y equilibrado; son las reglas del juego. No podemos funcionar de otra manera como sociedad.

            Sin embargo, existen aspectos que llaman la atención. Siendo evidente que no se puede pedir sacrificios sólo en un sentido (por supuesto, los empleados, los hijos o las personas que pertenecen a una institución tienen sus derechos, siendo el principal, pedir ejemplaridad al jefe, padres o presidente), es sorprendente como muchas veces parece tener más fuerza, si se permite la expresión, el lado más débil. ¿Cómo puede ser?

            A nivel paradigmático, llama la atención el caso de María Antonia Munar. Antigua presidenta de Unió Mallorquina, su partido siempre sacaba un número minúsculo de escaños. Sin embargo, era suficiente para poder decidir quién gobernaba la comunidad autónoma de Baleares. Eso sí, tanto pedir, tanto pedir llevó a mucho recibir. Y mucho recibir mucho recibir lleva, en ocasiones, o atribuirse el derecho de coger, coger. Y el que se pasa cogiendo termina cogido. ¿Cómo no se conforman con menos? En caso de dudas, consultar a Oriol Pujol.

            Primera conclusión, que merece ser remarcada: por poder se da lo que sea. El que está en posición inferior lo sabe y en consecuencia, a pedir.

            Es fácil, pedir. Se hace debido a otra razón, ésta de índole cultural. Nos decimos, y decimos a los demás, para remarcarnos en nuestra posición inicial y sentirnos así más confortados, “el no ya lo tengo”. En fin, que algo esté instaurado en nuestras mentes no significa que sea lo mejor. No es agradable ser tachado de “pedigüeño” (uno de los “simpáticos” adjetivos con los que José María Aznar obsequiaba a Felipe González cuando solicitaba fondos en la Unión Europea). Pero hay un escenario en el que no importa: la petición de ayudas sociales. En ese caso, debemos informarnos bien. Seguro que en Internet se pueden dejar más claras las ayudas a las que aspiran las personas que cumplan los requisitos pertinentes, pero muchas veces tanta petición lleva a un gasto oculto que no vemos. Pero no nos importa. Total, “el no ya lo tengo”. Esa sería la segunda conclusión que tendríamos.

            La tercera, si quiero 50, pido 200. Claro que se corre el riesgo de que el otro se levante de la mesa y no haya acuerdo, pero existen circunstancias especiales. Dentro del juego de poder, cuando influyen las emociones o cuando hay información oculta (consultar a la empresa “Producciones Villarejo”) se puede lograr todo lo que pidamos, siempre y cuando no conculque los valores más profundos del otro lado. El caso más extremo de peticiones se da en el caso de mafias que extorsionan a empresarios para que puedan mantener su negocio.

            Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Incluso una evidencia empírica nos recuerda que no está mal empezar de otra forma. Así lo dice la sabiduría popular: “manos que no dais, ¿qué esperáis?”.

 

            Javier Otazu Ojer.                                                                                     

Doctrinas (enero).

            ¿Quién no ha seguido una doctrina? ¿Cuántas veces pensamos que los demás están “adoctrinados”? ¿Cómo se logra eso? ¿En qué consiste?

            Los cambios de año, que son los momentos en los que se hacen los nuevos propósitos, son ideales para pensar en ello. Consultando diccionarios en la red (pese a la aparición de Wikipedia, siguen existiendo), la doctrina se define como “conjunto de ideas, enseñanzas o principios básicos defendidos por un movimiento religioso, ideológico, político, etc…” o también como “materia o ciencia que se enseña”. Entonces, ¿por qué no reevaluar las doctrinas que nos han enseñado? Si tomamos como cierta la idea del filósofo Herbert Gerjuoy, según la cual “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, serán aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”, investigar acerca de las doctrinas se hace todavía más necesario.

            Existen dos doctrinas de la actual vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, que  han llamado la atención. La primera es antigua: “el dinero público no es de nadie”. La segunda, es una frase un poco más difusa: “hay que distinguir las opiniones de Pedro Sánchez cuando estaba en la oposición de las opiniones que tenga como Presidente del Gobierno”.

            Bien, las críticas que han recibido estas dos afirmaciones son justas y merecidas. En el primer caso, sirve para eludir responsabilidades al asignar recursos. De todas formas, se deben analizar con más profundidad. Por ejemplo, el tema de las palabras. ¿Por qué no cambiar la definición? Está demostrado que las expresiones de la lengua cotidiana varían la percepción que tenemos de la realidad. Aunque el suceso sea el mismo, las expresiones “dos coches se golpearon” y “dos coches se estrellaron” describen el fenómeno de forma diferente. Lo mismo pasa con el dinero público. Es más exacto decir “dinero de los contribuyentes”, ya que se supone que eso estimularía a los gobernantes a ser más responsables con el gasto público.

            Todavía hay más. Es fácil recriminar a Carmen Calvo la expresión de que “el dinero público no es de nadie”. Pero nosotros muchas veces actuamos así. Cuando no reciclamos la basura, intentamos evadir impuestos o usamos servicios públicos de forma indiscriminada sin tener verdadera necesidad de los mismos, estamos actuando de acuerdo a ese principio.

            Respecto del Sánchez líder de la oposición y presidente del Gobierno, la frase es debida al cambio de doctrina efectuado respecto del problema catalán. La valoración de los acontecimientos del 1/10/17 era, en la oposición, de rebelión. Posteriormente, pasó a ser  de sedición y malversación de fondos públicos. Bien, este asunto lo dejamos para los juristas. Lo relevante es el cambio de opinión. ¿Es real? Puede que sí. ¿Seguro? Ya dijo Upton Sinclair que “es muy difícil entender algo si tu sueldo depende de que no lo entiendas”. De la misma forma, “es muy difícil entender algo si mantenerse en el poder depende de que no lo entiendas”. En resumen: primero va el interés personal (que los independentistas catalanes aprueben los presupuestos), y a partir del mismo emitimos una opinión.

            Una doctrina asombrosa relacionada con el gasto militar es de la ministra de Defensa, Margarita Robles, cuando afirmó el pasado 14 de diciembre que “es un gasto social”. La lógica es simple: “se generan puestos de trabajo”. Bien, usando la misma argumentación todo gasto es social. Todo. Vamos, no existe ningún gasto que no sea social. Es sencillo: a nivel contable podemos tener gastos en personal, suministros, materias primas, electricidad, asesoría jurídica….no importa. Es muy claro que todos los gastos van a algún bolsillo y en consecuencia generan empleo. Es impresionante como toda argumentación vale, aunque sea una burla. En este sentido, se aplica a la sociedad el concepto de “gullibility”: tendencia a creer proposiciones poco probables que, en consecuencia, no se ajustan a la evidencia empírica. Ejemplo: “si bajamos el impuesto de sociedades a un tipo único del 10% habrá más actividad económica y en consecuencia la recaudación tributaria aumentará”. Se puede plantear la idea como camino generar más riqueza, pero hacerlo como medio para recaudar más dinero es un caso claro de gullibility.

            Entonces, cuando nos asedian la sobreinformación y las noticias falsas, cuando dudamos de todo y la distinción entre izquierdas y derechas se torna tenue, cuando nos decepcionan las políticas que se aplican, ¿qué doctrina podemos seguir?

            Hay temas como la religión o la identidad (ser vasco, catalán, navarro o español) que no se pueden imponer a nadie. Conocer de forma profunda el pensamiento, la historia y los ritos asociados a la religión que practicamos es útil. Conocer lo mismo del resto de religiones, también. Lo mismo podemos decir acerca del sentimiento nacional. Profundicemos en la historia, leamos medios que no piensan como nosotros para evitar el sesgo de confirmación (siempre estamos buscando reafirmar nuestras ideas), estemos con grupos de otras ideologías, valoremos cómo les va a las personas, empresas, instituciones, regiones y países según las decisiones que toman.

            Sólo así evitaremos ser analfabetos en el siglo XXI.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la Conducta. UNED de Tudela.

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