BLOG 2018. CREAR.

Luego (diciembre).              

            Cuando termina el año, se analizan cuáles son las palabras que más han estado de moda. Por ejemplo, fake news, procés, muro, Brexit…ya se sabe, las que aparecen en los medios un día sí y otro también. También se hacen estudios divertidos, por ejemplo, cuál es la palabra más agradable o la más desagradable. En el primer caso, la más común es la expresión “amor”. Existen muchas otras: vida, esperanza, alegría, solidaridad….En la segunda clasificación aparecerían palabras como genocidio, asesinato, muerte o guerra. Desde luego, esta es una clasificación subjetiva. Ahora bien, ¿por qué no jugar un poco con eso? En muchas conversaciones se debate acerca de lo que haríamos en el caso de ganar la lotería. No deja de ser una estupidez, ya que las personas cambian cuando tienen mucho dinero o mucho poder, sobre todo si dicho cambio es súbito. En el caso del dinero, un pelotazo como una primitiva o un contrato enorme para ir a un equipo de fútbol o rodar una película; en el segundo, llevar poco tiempo en política o en empresas de alto standing y por la razón que sea alcanzar con rapidez el puesto principal. Somos así.

            Más interesante, efectivo y divertido es hacer juegos de palabras. A nivel personal y por tanto, subjetivo,  la expresión más positiva sería “esperanza”. Tiene todo el sentido: nuestra felicidad depende más de nuestras expectativas de futuro que de la riqueza presente. No hay nada peor que tener una sensación de estancamiento. Eso sí, la esperanza no tiene porqué ser sólo de ganar más dinero. Cosas como hacer un trabajo que nos guste, ayudar a la comunidad, ver cómo se desarrollan nuestros hijos o como prospera nuestra región nos satisfacen. Todas ellas llevan aparejadas esperanza. Es más; las revoluciones aparecen cuando las perspectivas de la población menguan. ¿Qué venden los partidos populistas? Esperanza. Además, juegan con una ventaja que se da en pocas circunstancias de la vida: si mienten, no pasa nada. Si compramos un ordenador que no cumple las condiciones dadas, podemos denunciar a la empresa, realizar reclamaciones o incidir en la reputación del negocio. No ocurre eso en política. “Productos” como implantar un Estado bolivariano, bajar los impuestos o adelantar las elecciones han resultados falsos.

            En palabras negativas, la ganadora del concurso es la expresión “pero”. Cuando nos dan muchas alabanzas personales estamos esperando el “pero”. ¿A quién no le ha ocurrido? Tu currículum es bueno, está muy formado eres joven, válido y entonces, llega la mala noticia.

            En todo caso, vamos a centrarnos en una de las expresiones más usadas. Además, este caso cumple la siguiente propiedad: se use o no como palabra, se aplica como comportamiento. La expresión es “luego”.

           

            El gobierno acaba de aprobar diferentes reformas en un congreso de ministros que celebró en alguna ciudad del norte (creo que se llama Barcelona). La más destacada, vincular las pensiones el IPC. Claro que existe un gran desajuste y las cuentas no cuadran. Pero bueno, lo dejamos para “luego”.

            Por desgracia, eso ocurre con muchas reformas. Una importante, la del Congreso General del Poder Judicial. Después del escándalo con el pacto realizado entre los partidos y la renuncia del juez Marchena debido a la filtración (como todas, interesada y como casi todas, realizada por “fuego amigo”) sobre el ya famoso whatsapp de Cosidó indicando lo que iba a ganar el PP con esos nombramientos, la cosa está paralizada. Para la galería, todo. Para la posteridad, nada. Eso queda para luego.

            Lo malo es que nosotros nos comportamos así. Es lo que pasa: las pautas de comportamiento individual se trasladan a la gestión de la familia, relaciones humanas, empresas, diferentes instituciones y organismos públicos. De lo que se trata es de conocerlas para poder evitar desvíos que perjudiquen al bien común. Uno ya se ha comentado, mentir en política sale gratis. Opciones para arreglarlo, muchísimas. Limitación de mandatos, organismos independientes para evaluar la viabilidad de las políticas económicas o penalizaciones en caso de incumplimientos graves. Posibilidades, pocas. Aunque existen lógicas diferencias entre los políticos, también existen intereses comunes. El principal: mantener los privilegios del chiringuito.

            ¿Cuándo empezamos la dieta? ¿Cuándo madrugaremos más? ¿Cuándo haremos más deporte? ¿Cuándo haremos las reformas que necesita la empresa? ¿Cuándo ordenaremos la casa? ¿Cuándo iremos a visitar al tío enfermo? ¿Cuándo empezaremos a estudiar idiomas? ¿Cuándo dejaremos los vicios que nos enganchan?

            Luego. Pero eso son cosas nuestras, para nosotros, y nosotros acarreamos con nuestros actos.

            ¿Cuándo reformaremos las pensiones? ¿Cuándo adaptaremos la educación al sistema laboral? ¿Cuándo se arreglará la justicia? ¿Cuándo se estudiará y se tomarán medidas reales y concretas para problemas como la despoblación o la soledad?

            Luego.

            Entonces, ¿todo está perdido?

            No. El primer día del año es lo que los científicos llaman “punto de referencia temporal”. Es el momento. Pese a que pasado un mes sólo se cumplen el 64% de los propósitos, merece la pena intentarlo.

            Pero no luego.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Economía de la conducta. UNED de Tudela.

Costes hundidos(diciembre).

            Guerra del Vietnam. Estados Unidos sabe que va a perder la contienda, ya que todos los indicadores de referencia así lo demuestran. Sin embargo, se siguen gastando de la forma más estúpida posible grandes cantidades de dinero sin parar y lo que es peor, se siguen perdiendo múltiples vidas humanas. Finalmente, la situación es tan desastrosa que la guerra termina. El coste es descomunal. La pregunta es, ¿cómo pudieron los estrategas norteamericanos perseverar con una situación de la que sabían que no tenían salida? Por un concepto que en Economía de la Conducta se llama “costes hundidos”. Tenemos este problema cuando hemos realizado una gran inversión económica, emocional o temporal y vemos que las cosas no salen como queríamos, pero perseveramos. Y por no retirarnos a tiempo, la pérdida es cada vez mayor. Gigantesca. Sideral. Un caso particular se daría cuando no afrontamos un problema presente debido al esfuerzo que nos supone sin tener en cuenta que en el futuro el coste de la resolución del mismo va a ser mayor.

Vamos a ilustrarlo con ejemplos. Supongamos un empresario que hace una gran inversión para abrir una nueva línea de negocio. Observa que los resultados no son los esperados, y claro, le cuesta admitir el error. Se sigue y se sigue hasta que la pérdida es descomunal. En algunos casos, incluso ruinosa.

En este contexto merece la pena resaltar el concepto del método “Lean Startup”, creado por Eric Ries. Aunque esta idea lleva entre nosotros ya diez años, compañías de gran renombre como Amazon han comenzado a aplicarla recientemente. En esencia, es una pequeña variación de la idea de “prueba y error”. Se trata de ir realizando experimentos sencillos hasta dar con aquello que realmente desea o necesita un cliente. Posteriormente, se buscan soluciones. Estas comienzan por sencillos prototipos que van evolucionando hasta llegar al lanzamiento del producto final. Así se evitan los grandes costes de campañas agresivas de marketing de las que se desconoce el resultado.

            No obstante, volvamos a los costes sumergidos hasta llegar a nuestras vidas particulares. Puede ser que nuestra situación de pareja sea pésima. Sin embargo, la inversión temporal y emocional es tan grande que pese a los problemas que podamos tener, seguimos adelante. Lo mismo ocurre en trabajos que no nos satisfacen. Como es la empresa de siempre y nos sabemos hacer otra cosa, nos da pereza cambiar.

            Un ejemplo sencillo y trivial que ilustra esta idea es una simple película de cine. Si llevamos media hora de sesión y estamos aburridos, lo más racional sería irnos de la sala y tomar un café o el aire. No lo hacemos, ya que en nuestra contabilidad mental hemos pagado una entrada para un mínimo de hora y media. Pero eso es una forma de ver la realidad. En verdad, lo que hemos hecho es pagar por la opción de ver la película entera. Visto así, nos costaría menos irnos, ¿verdad?

            El caso del procés catalán se asocia claramente a este modelo. Indudablemente, el gobierno central jamás pensó que la cosa llegaría a estos límites y no tomó medida alguna. Pero los nacionalistas más moderados, tampoco. Para cuando sea dieron cuenta, habían ido demasiado lejos. Volver atrás era quitar el sentido a una estrategia que había durado años. En la actualidad, la solución es más compleja que nunca.

            El caso Gurtel ya está olvidado. Sin embargo, su sentencia es el germen del actual gobierno. ¿Qué le pasó al PP? Una combinación de procrastinación y costes hundidos. En lugar de afrontar el problema desde el comienzo, fue dando patadas hacia adelante hasta que cuando se dieron cuenta ya no tenían vuelta atrás. Y todavía persisten los coletazos, como hemos comprobado en el supuesto espionaje que debió tener el antiguo tesorero, Luis Cárdenas, entre los años 2013 y 2015.

            ¿Cuáles son los costes hundidos de hoy? Principalmente tres. Uno, las pensiones. El agujero es cada vez mayor. Y parece que al gobierno no le importa: ampliar el contrato de relevo que incentiva la jubilación parcial va a tener un coste estimado de 2.100 millones de euros. Migajas. Dos, la demografía. El número de nacimientos actual es equivalente a los del año 1.941. Y eso es debido a que es el primer año de la serie histórica del INE. Según Alejandro Macarrón, director de la Fundación Renacimiento Demográfico, los datos equivalen al siglo XVIII, con 10 millones de habitantes en nuestro país. Tres, la deuda. Más de 31.000 millones de euros en total. Hemos entrado en una época nueva: incluso con crecimiento económico la deuda es mayor.

Por desgracia, los políticos no tienen los incentivos adecuados para afrontar estos problemas. Estimado lector, como persona que eres, puedes ocupar diferentes roles: padre, madre, hijo, trabajador, empresario, político….sea el tuyo el que sea, te vendrá bien realizar una introspección.

            Todos tenemos algún coste sumergido en la vida.

            Javier Otazu Ojer.

            Economía de la conducta, UNED de Tudela.

 

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Un trilema, dos engaños, tres sistemas (diciembre).

El economista Dani Rodrik planteó que la globalización llevaba a los países soberanos a elegir dos de tres opciones: globalización económica, democracia política o soberanía nacional. Por ejemplo, si queremos participar del flujo de bienes, servicios o capitales mundial y de nuestra democracia interna debemos renunciar a la soberanía nacional. Un caso muy sencillo expone esta idea: el proteccionismo que está aplicando Donald Trump en Estados Unidos aumenta su soberanía nacional con el coste de disminuir el comercio internacional. ¿Hace bien? Como tantas otras veces, los economistas no se ponen de acuerdo.

Eso sí, el mundo no deja de cambiar. Teorías económicas que parecen ciertas como la anterior entran en duda: han aumentado las tensiones territoriales en algunos países como consecuencia del auge de los nacionalismos, existe una guerra comercial en la que unos días intervienen unos agentes, otros días lo hacen otros, y la democracia está en retroceso debido a que en muchos países los candidatos elegidos han tomado medidas para, precisamente, disminuir la democracia en aras (en teoría) de lograr una mayor seguridad.

Incertidumbre por aquí, incertidumbre por allá. Así está la Unión Europea, con reuniones y cumbres para ubicar su lugar en el mundo, y así están los gobiernos nacionales: como veletas. En el horizonte, se vislumbran las elecciones europeas y el nombramiento de altos cargos de sus instituciones. Bruma. Cuando se levante, lo que se pueda ver será completamente desconocido. Y de postre, una ración de Brexit.

Por nuestro país, en el momento de escribir estas líneas se plantea la posibilidad de tener un “supermartes” en el mes de mayo con elecciones municipales, autonómicas, generales y europeas. No será así por simple cálculo electoralista. Pero bueno, al menos así nos ahorraríamos costes.

Por desgracia, existen dos engaños que realizan muchos partidos y merecen ser tenidos en cuenta. El primero es el tema de las pensiones. Después de años en los que se habían racionalizado mínimamente los gastos, hemos vuelto a dispararlos. Más pronto que tarde se agotará el fondo de reserva y entonces o bien se reducen considerablemente las prestaciones o bien se suben los impuestos. En el primer caso, habrá protestas. En el segundo, las personas que están cotizando pagarán a los jubilados, además de sus cotizaciones, sus impuestos, generando menos renta a cambio de ningún servicio. Por supuesto, los partidos no van a comentar esto.

Tampoco van a comentar que el incremento de gasto está aumentando la deuda a unos niveles estratosféricos. Es el segundo engaño. Más de un billón, con b de brutalidad, de euros. Eso supone unos intereses para este año de unos 32.000 millones de euros. Por desgracia, es un juego de palabras: “recorte” queda muy mal. Pero la expresión debe matizarse: un aumento del gasto público hoy con incremento de deuda es un recorte futuro. En caso de duda, consultar los números. Al menos queda un consuelo: el gasto en infraestructuras o en educación redunda en un beneficio futuro en términos de productividad o capital humano. Ahora, consultemos hacia donde van las partidas. Al tercer tema del artículo: los sistemas económicos.

Ha quedado acreditado que ser de izquierdas o derechas es palabrería. El partido que ha bajado los impuestos ha sido el PSOE y el que los ha bajado el PP. Los números, números son. Nuestros políticos se dedican a seguir el ritmo de los tiempos. En el año 2004 el PSOE llevaba en su programa electoral medidas para pinchar la burbuja inmobiliaria. Sus ayuntamientos impidieron su cumplimiento: mejor tener ingresos hoy, así mejoro la ciudad y mañana me votan. Es evidente que esta práctica era  común a todos los partidos.

Existen tres políticas posibles. Uno, la anglosajona. Impuestos bajos, libertad personal. Cada uno es responsable de su futuro: en consecuencia, es conveniente cubrirse las espaldas mediante seguros sanitarios o planes de pensiones privados. Dos, la europea. Impuestos altos, el Estado cubre las necesidades básicas y aquellas en las que exista consenso común, principalmente la sanidad, la educación y las ayudas sociales. Ojo, hay que tener mucho cuidado con la estructura del gasto. No es lo mismo el pesebrismo (plazas públicas innecesarias, colectivos que viven del cuento o gastos en los que prima la ideología) que promover el desarrollo económico y social. Es responsabilidad de los ciudadanos y los medios analizar esta estructura para valorar la eficiencia de los Presupuestos y votar en consecuencia. Tercer sistema, nuevo. El populismo. El diagnóstico es siempre el mismo: el sistema está podrido y corrupto. La única forma de arreglar esto es con mano dura. Estamos hartos y esto no se puede permitir.

Estos tres tipos de políticas no son excluyentes entre sí. Pero como ciudadanos debemos tener en cuenta el trilema, saber cómo nos van a engañar y razonar la opción que más puede hacer por nuestra comunidad sin olvidar que la responsabilidad más importante, en la que cuenta como reciclamos, gastamos o invertimos, es la nuestra.

Javier Otazu Ojer.

Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

 

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Ideas, naturaleza, impuestos y economía (diciembre).

                El último premio Nobel de Economía ha recaído en Paul Romer y William D.Nordhaus. El primero ha estudiado la relación existente entre la innovación, las ideas y el crecimiento económico. El segundo tiene fama mundial debido a sus investigaciones relacionadas con el cambio climático. Incluso Donald Trump lo admite. Así que la cosa es grave. Esperemos que en la cumbre de Polonia de diciembre se comiencen a tomar medidas. ¿Acaso no es mejor prevenir una enfermedad que esperar a su llegada?

            Ahora bien, el asunto de fondo es muy sencillo: la economía está completamente relacionada con la naturaleza. Es lógico, ¿de dónde vienen los recursos? ¿A dónde van los residuos? El estudio de estas interacciones es fundamental, y la teoría clásica de la economía ha dejado este asunto dentro de un tema denominado “externalidades”. Se definen como tales a aquellas interacciones económicas que afectan indirectamente a otras personas. Por ejemplo, el ruido de una discoteca afecta negativamente a los vecinos que viven al lado. La contaminación de una empresa que vierte sus residuos en el río afecta a su ecosistema y a las personas que viven en la zona (cuidado, este asunto es delicado: también puede dar muchos puestos de trabajo y en el mundo de hoy ya sabemos lo que prima). Uno y otro son ejemplos de externalidades negativas.

            Un teatro instalado cerca de nuestra casa ambienta la zona y aumenta su valor. Alguien que se dedique a la apicultura puede ayudar a un agricultor vecino si sus abejas polinizan sus flores. Son ejemplos de externalidades positivas.

            Cuando se desarrolló la teoría económica clásica no había peligro de cambio climático ni se pensaba que  el aleteo de una mariposa podía generar un tifón a miles de kilómetros de distancia. En otras palabras, las cosas no estaban tan interconectadas como ahora. Hoy en día, la globalización, la innovación digital o el avance tecnológico han cambiado todo. Por eso necesitamos otras referencias, otras ideas, otros modelos. Y eso es lo que aportan Romer y Nordhaus.

             De hecho, Paul Romer desautorizó todo lo que había escrito antes  con la siguiente frase: “Ahora está claro que estos cambios de organización no pueden tratarse rigurosamente como externalidades tecnológicas. Formalmente, el aumento de la especialización abre nuevos mercados e introduce nuevos bienes. Todas las empresas de un sector pueden beneficiarse de la introducción de estos bienes, pero son bienes, no externalidades tecnológicas”. (David Warsh, “El conocimiento y la riqueza de las naciones. El enigma del crecimiento económico, su historia y su explicación moderna”).  

            Así pues, están claros los avances en la relación entre las ideas, la naturaleza y la economía. Por desgracia, no podemos decir lo mismo de la relación existente entre impuestos, deuda y crecimiento económico.

            Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firmaron un acuerdo presupuestario que supone un aumento del gasto financiado por una gran subida de impuestos. Ya dijo Robert A. Heinlein que “en política, los humanos se dividen de forma natural entre los que piensan que debe controlarse a la gente y los que no.” ¿Hay mejor forma de control que subir los impuestos (debemos verificar lo que se hace, no lo que se dice) y decidir yo, el gobierno, cómo gastar el dinero? ¿O realmente estos impuestos sirven para distribuir mejor la renta?

            Pero es que todavía es peor. Como seguramente las cuentas no van a cuadrar, aumentará la deuda. Más deuda es más gasto en intereses. Lo presupuestos de este año tienen previsto un pago de más de 31.000 millones de euros. Y eso, en un escenario de aumento de tipos. ¿Se refieren a eso como gasto social? ¿Dónde está el límite?

            Así, debemos plantear preguntas fundamentales. ¿A dónde va a ir la mayor parte del dinero recaudado? ¿A buscar incentivos para generar riqueza? ¿O a subsidios y ayudas? ¿Queremos una economía innovadora que nos permita competir en el mundo basada en un sistema educativo que permita desarrollar la creatividad y el potencial humano o es mejor un poco de pesebrismo por aquí, otro poco por allí? Se habla mucho de los países escandinavos como paradigma de economía social y bienestar común olvidando que allí primero se incentiva la creación de riqueza y después el reparto de la misma. Esa es la clave: analizar el gasto.

            La economía ha demostrado sus lagunas como ciencia, pero también su potencial a partir del análisis empírico. En el mismo, se analizan los resultados de usar diferentes políticas en muchos países a lo largo del espacio y del tiempo. De ahí es de donde se deben plantear debates que cristalicen en  políticas efectivas.

Sin embargo, nuestros políticos siguen una idea de John Hibbing: “la gente suele estar orgullosa de sus creencias políticas: tendemos a pensar que son el resultado de algún proceso racional al evaluar el mundo que nos rodea”.

En caso de duda, consultar los debates de las elecciones andaluzas (o de las que toquen).

            Javier Otazu Ojer.

            Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

            www.asociacionkratos.comsostenible. ¿Es posible? Envejecimiento, sanidad y pensiones (noviembre).     

Seguimos a vueltas con los asuntos del bienestar sostenible. A partir de la próxima semana y teniendo en cuenta que la llegada del día de Navarra es una buena referencia para valorar donde estamos y hacia donde vamos, se profundizarán otro tipo de artículos económicos.            

Un debate recurrente de los últimos tiempos es el que viene dado por la sostenibilidad del sistema de pensiones. Curiosamente, existe un consenso generalizado: a largo plazo, las prestaciones van a disminuir de forma considerable. Basta valorar un número muy sencillo: el número de pensionistas estimado que existirá en al año 2050. No es algo muy difícil. Como sabemos las personas que nacieron en el año 1980, basta estimar una proporción de fallecidos y a partir de ahí dejaríamos el total de jubilados en 15 millones de personas. Para sostenerlo, son necesarios, al menos, 35 millones de trabajadores (desde luego, eso ya es una predicción: el resultado exacto depende de muchos factores, siendo el más importante de ellos la productividad). Para eso, necesitaríamos a nivel nacional un total de 18 millones de empleos adicionales. Con los avances tecnológicos que se esperan como la robotización, la digitalización y en infraestructuras junto con otras posibilidades  como el desarrollo del blockchain, ordenadores cuánticos o un suministro energético más eficiente, lo más normal es que se necesiten menos personas para trabajar. En este sentido, mantener el sistema actual es ciencia ficción.

            Además, hay que tener en cuenta más aspectos. El bienestar de una persona no es sólo la pensión que cobra. Existen dos aristas más: las relaciones sociales y el estado de salud. Y por desgracia, son las grandes olvidadas. ¿A qué se debe? Sencillo. Simplemente, no se pueden valorar numéricamente. ¿Cómo valorar el hecho de tener relaciones humanas que nos proporcionan desarrollo personal? ¿Cuánto vale tener 80 años y estar bien de salud? Sí, podemos saber lo que cuesta un tratamiento médico en un hospital. Pero no el ahorro que supondría tomar medidas individuales como no fumar, hacer más deporte o evitar la obesidad.

            No obstante, debemos remarcar aspectos fundamentales a nivel económico. El primero es tenebroso. ¿Qué han hecho los algunos países que tenían el sistema quebrado? Bajar las pensiones en un 25%. Aunque los casos más conocidos son Grecia o Portugal, en Gran Bretaña pasó algo parecido. Jubilados con una vida desahogada en la playa mediterránea vieron como sus rentas se desplomaban. Los políticos siguen, a sabiendas o no, una idea de Maquiavelo: es mejor tomar las malas medidas de golpe. En otras palabras, entre bajar las pensiones un 25% o bajarlas 25 veces un 1%, lo que haría cualquier gobernante racional es lo primero. Como habrá protestas, mejor una bajada muy fuerte que 25 suaves. Además, si disminuimos las pensiones de forma brusca el mensaje es demoledor: “no hay”. Si lo hacemos de forma sencilla, el mensaje es “te quito un poquito”. El pensionista se queja: “lo que se da no se quita”. Y ya se ha montado el escándalo. Manifestaciones y sobre todo, votos. Muchos. Las consecuencias las sabemos hoy, pero de seguir así las de mañana están claras: una bajada sideral de prestaciones. De golpe.

            La mayor parte de los problemas sociales son transversales, y no son sólo numéricos. Por desgracia, no es ese el trato a los asuntos del día a día. Por eso, merece la pena remarcar los siguientes aspectos.

            Uno, el envejecimiento es un éxito. Además, es algo mundial. La esperanza de vida se ha disparado. Si antes hablábamos de la tercera edad (aquellos con más de 65 años) hoy en día ya se habla de la cuarta: los que tienen más de 80 años. Es necesario pues discriminar las políticas para nuestros mayores.

            Dos, debemos distinguir el envejecimiento cronológico del biológico. El pasado 9 de noviembre venía en estas páginas un reportaje de un holandés llamado Emile Ratelband que acudió a los tribunales para quitarse dos décadas. Aduce que su edad biológica es de 45 años (así se lo han dicho los médicos), y sin embargo su edad cronológica es de 69. ¿Dependerá el cobro de las pensiones futuro de nuestra edad biológica?

            Tres, nuestros comportamientos individuales influyen en la economía global. Estadísticamente el hecho de fumar disminuye 8 años la esperanza de vida. Los economistas discuten si el ahorro en pensiones compensa el mayor gasto en sanidad, ya que un fumador requiere más atención médica.

            Cuatro, medidas relacionadas con la educación (primeros auxilios, vida saludable), tecnología (asistentes virtuales, mejoras diagnósticas), logística (hospitalización domiciliaria, mejoras de eficiencia) o económica (copagos, desgravaciones fiscales por usar la sanidad privada) van a aplicarse ya.

            Cinco, existen modelos alternativos al estatal para la provisión material de bienestar a nuestros mayores. Dicho bienestar depende de la red de relaciones de cariño y amor, cosas que el Estado no puede dar. La creación de asociaciones de bienestar y salud o la descentralización fiscal para apoyar iniciativas locales que conocen mejor la situación de campo sería mucho más efectiva.

            En definitiva, ideas que nos sirven para ver el problema desde otra óptica y prepararnos mejor para el futuro.

            Hoy es el mañana de ayer.

            Conclusiones del foro realizado el pasado 8 de noviembre por la asociación Kratos con María Jesús Valdemoros (economía, pensiones), María Errea (economía de la salud) y David Thunder (filosofía social).

            Javier Otazu Ojer, moderador del debate.

 

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Sobre el bienestar de nuestros mayores (noviembre). 

Una de las cosas que más me asombra siempre es cómo asociamos el bienestar de los mayores a las pensiones. Es uno de los problemas de la sociedad economicista en la que vivimos. De hecho, las pensiones no son un fin: son un medio para alcanzar dicho bienestar, que además, tiene dos niveles más: el asociado al nivel de salud y el relacionado con la red de amigos y conocidos que todos tenemos.

Así pues, sólo podemos pensar en términos de bienestar si tenemos en cuenta estos factores. Podemos hacerlo a partir de cifras, números y percepciones. Sólo así seremos capaces de comprender la magnitud del reto que tenemos por delante.

Uno, el mundo está cada vez más envejecido. Insisto: el mundo. Si hoy en día hay 8 habitantes por cada persona mayor de 65 años, en el año 2050 seremos 3,5. Además, esto nos lleva a un matiz que no se tiene en cuenta: que cada vez se viva más es un éxito de toda la humanidad.

Dos, el tema anterior está relacionado con la sostenibilidad del sistema de pensiones. En España comenzó con el Retiro obrero (1919), se ajustó con el Seguro obligatorio de vejez e invalidez (SOVI, 1947) y después ha tenido diversas alteraciones hasta el día de hoy, destacando el Pacto de Toledo (1995), al cual se llegó mediante la colaboración de todos los actores políticos (que tiempos, ¿verdad?) con el compromiso de revisarlo cada 5 años. Lo más curioso es que en este pacto se considera que cuando la economía vaya bien la “hucha” de las pensiones crecerá y cuando vaya mal tomaremos recursos de la misma. A estos efectos, esta idea no se ha cumplido: a día de hoy, vaya bien o mal la economía, las cuentas no cuadran. Es evidente que la esperanza de vida existente cuando se inició este proceso ha cambiado.

Tres, el único dato fiable de aquí al año 2050 (se haga la predicción que se haga) es el número de jubilados existente en ese año. Basta tener en cuenta los nacidos en el año 1980 y restar la proporción de fallecidos. Para mantener a todas estas personas harán falta, aproximadamente, 20 millones más de empleados. Eso sí es una predicción.

            Cuatro, no somos responsables de nuestro cuidado personal. Problemas como el tabaco, el sobrepeso infantil, o el alcohol son de otros y los tenemos dentro de nuestro entorno. Eso conlleva costes adicionales en el sistema sanitario. Además, no sabemos atender a personas que tienen algún tipo de indisposición. Existe educación vial, no existe educación ni para cuidarnos a nosotros mismos ni en primeros auxilios. ¿Cómo puede ser?

Cinco: los retos de la sanidad son enormes. La prevención en infartos o enfermedades como el cáncer ha aumentado el total de demencias existentes. A nivel económico, eso es más gasto. ¿Cómo podemos afrontarlo? Además, hay mucho más. Van a llegar asistentes virtuales para atender a posibles enfermos. Es posible que el copago se desarrolle como consecuencia del descuadre de los números. Mejorará la hospitalización domiciliaria, debido a su eficiencia y al menor coste familiar que supone. También aumentará la colaboración entre la sanidad pública y privada. Incluso aparecerán nuevos negocios relacionados con el cuidado personal: pasaremos de tener un “coach” para nuestros problemas emocionales a un “coach” global que valorará nuestra vertiente física, espiritual, social, emocional y laboral. ¿Cuántos debates se pueden generar a partir del presente párrafo?

Seis: sólo valoramos lo medible numéricamente. ¿Dónde están imponderables como la compañía, el afecto o el amor? El Estado no puede aportar todo ello, ya que eso depende de estar integrado en una red social. Eso pasa por una estrategia de revitalización de las redes familiares y asociativas de la sociedad civil. Para ello, se pueden crear asociaciones locales de bienestar, ocio y salud para los mayores. Además, todo ello pasa por revalorizar el papel de los familiares en el cuidado de las personas de más edad. Nos quejamos cuando vemos personas que viven en soledad y en lugar de visitar a un amigo o familiar con limitaciones nos quedamos en casa sentados en el sofá conectados a alguna de las múltiples pantallas que inundan nuestra vida.       

Siete: el monopolio de recursos por parte del Estado no facilita las iniciativas locales y además asigna un control unilateral de recursos a actores alejados de las necesidades inmediatas de las personas. Se deben promover, en este sentido, instituciones fiscales de más peso que sean cercanas a los ciudadanos.

El ser humano tiende a dejar los problemas para más adelante pero como dice la sabiduría popular, “siempre llega Paco con las rebajas”.

Si no tomamos medidas hoy esas rebajas consistirán en una disminución considerable de todas las pensiones mañana.

Y no es cosa de países como Portugal o Grecia, no.

Ha pasado también en Gran Bretaña.

Análisis y conclusiones de la mesa redonda formada por María Jesús Valdemoros (economía y pensiones),  María Errea, (economía de la salud) y David Thunder, (filosofía social) del pasado 8 de noviembre realizada por Kratos en torno a este problema.

Javier Otazu Ojer, moderador del evento.

De secretos y manipulaciones (noviembre).     

            Siguen los asuntos del comisario José Manuel Villarejo tocando diferentes puertas. Ahora le ha caído la lotería a la exsecretaria del Partido Popular, María Dolores de Cospedal y a su marido, Ignacio López del Hierro a cuenta de la trama Gurtel. ¿Quién no está salpicado por todos estos líos de información oculta y privilegiada? Sin duda, da la sensación de que en las altas esferas del Estado saber de los demás, en especial si son asuntos delicados y a la vez reñidos con la legalidad, es poder.

            Una sensación que flota en el ambiente es la siguiente: para llegar a ciertos niveles de jerarquía es necesaria la mentira con algo de juego sucio más tener información de interés, la cual viene dada por personas que deben estar en diferentes áreas entrecruzadas entre sí como los medios de comunicación, las grandes empresas o las altas esferas políticas. Indudablemente tener una red fuerte de contactos ayuda mucho, pero más ayuda hacer alguna que otra trampa.

            Queremos pensar en un mundo limpio, puro y cristalino en el que las personas que llegan al poder son limpias, puras y cristalinas. Sin embargo, el mundo no es como debería ser. Es el choque con la realidad: nos gustan las personas íntegras y coherentes respecto de sus ideas, palabras, acciones y comportamientos. Pero la realidad no es así. Los sucesos cambian, las personas también, y sea de una u otra forma todos funcionamos de acuerdo al principio “mis intereses primero”.

            En este contexto, se ha anunciado la llegada de la empresa Black Cube a España. Se trata de una agencia privada israelí de inteligencia fundada en el año 2010 por Avi Yanus y Dan Zorella. No es sólo espionaje: es mucho más. Utilizan estrategias muy elaboradas para obtener información o para desenmascarar comportamientos inadecuados. Por ejemplo, pueden preparar una reunión con un empresario y después de ofrecerle un negocio suculento pedirle una “mordida” a cambio de poder acceder al mismo. Así, pueden demostrar que una persona no es honorable. Es obvio que esa información se va a volver contra ella. Esta empresa mueve unos 80.000 millones de dólares en el mundo.

            En fin, normal que vengan por aquí. El tema de Villarejo les habrá hecho suponer que aquí tienen mucho mercado.

            Esto genera una duda: ¿es el fin de los secretos? Al fin y al cabo, cualquier conversación puede ser grabada o filmada aprovechando las oportunidades que brindan las nuevas tecnologías, ¿no?

 

 

            En este sentido, la afirmación es positiva: aunque siempre que había cambios políticos se nos contaba aquello de la “regeneración” y nunca se daba, ahora no va a quedar otro remedio que ser honesto. No lo olvidemos: los seres humanos seguimos incentivos.  Supongamos que estoy planeando hacer algo ilegal. Si es fácil que me descubran y además el castigo es muy duro, no lo haré. Si es difícil que me descubran y el castigo es muy leve, lo haré. Claro que existen personas muy íntegras y jamás harán algo ilegal, de la misma forma que otras personas actúan de forma inversa. Somos así.

            Por desgracia, estos avances tecnológicos abren las puertas a otras manipulaciones. Se pueden trucar vídeos y comprobar cómo alguien acepta un soborno que no ha existido. Lo mismo ocurre con las conversaciones. Es una disputa eterna: la verdad contra la mentira.

            Existen otras manipulaciones más peligrosas: las de la realidad. ¿Cómo va la economía? ¿Mejor o peor? Va mejor, ya que el desempleo ha bajado. Va peor, ya que los salarios no llegan para cubrir las necesidades básicas. Va mejor, hay más esperanza de vida. Va peor, la soledad ha aumentado. Va mejor, ya que me informo en un medio afín al gobierno. Va peor, ya que me informo en un medio que no simpatiza con el gobierno.

            Ahí es donde vienen curvas: hoy en día, importa más la percepción de la realidad que la realidad misma. Se lleva el relato. Si un partido tiene un mal resultado, se dice que “no ha sabido vender su relato”. Eso es un problema.

            Vivimos en un campo de batalla (empresarial, geopolítica, electoral) en la cual los instrumentos usados ya no son pistolas o bombas; se trata de suministrar información seleccionada para generar una percepción determinada.  Ahí es donde entra nuestra responsabilidad personal: variar las fuentes (acudimos a medios de información o tenemos una vida social que tiende a reafirmar nuestras ideas preconcebidas), seguir aprendiendo y esforzarnos por comprender el mundo que nos rodea son atributos exigibles para cualquier ciudadano que se precie de tal nombre.

            Esta responsabilidad tiene diversas vertientes: nuestra forma de consumir, de invertir, la formación que debemos adquirir y en el ámbito político, el partido al que nos interesa votar.

            En todos los casos es conveniente filtrar la información, decidir en conciencia y pensar si con las decisiones que tomemos hoy estaremos mejor dentro de un tiempo prudencial.

            Por ejemplo, cuatro años.      

            Javier Otazu Ojer.

            Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

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De horarios y votaciones (noviembre).      

            Por fin se cambió la hora: amanece antes y en consecuencia, oscurece antes. La que se ha montado con este asunto; que si se hace este año, que lo dejamos para el 2021…¿qué es mejor? ¿Es conveniente ese debate cuando hay otros problemas más importantes?

            Vamos por partes, ya que existen diferentes asuntos que no se han tratado con la profundidad que merecen.

            Primero, se propone que todos los países decidan por sí mismos cual es el horario que más les conviene. Ahora bien, ¿no es un absurdo? Si estamos en la Unión Europea, ¿no sería mejor que todos los países tendrían el mismo horario? O que al menos, que lo tuvieran los países de la misma zona. En caso contrario, una persona que viaje en tres países con fronteras entre sí tendría un caos de horas. Si se abre el debate de la unificación de aspectos como la libre circulación de personas, mercancías o capitales, ¿qué sentido tiene ese desorden temporal?

            Segundo, el sistema de votación. Personalmente, no me gusta nada. Se supone que se ha abierto a una “consulta popular”. Estas cosas tienen dos problemas. Primero, sólo votan las personas muy interesadas en el asunto, las cuales, además, suelen tener una opinión muy sesgada en el asunto. Pensemos en el tema de la supresión de festejos populares en los que haya vacas o toros. Un referéndum en pueblos o regiones donde están muy arraigados no tiene ningún sentido; los dirigentes que lo planteasen perderían un gran respaldo popular. Pero vamos a pensar otros números. Para simplificar el análisis se tratará de que la sencillez sea máxima. Supongamos que al 10% de la población le gustan mucho los toros, el 15% son animalistas o antitaurinos, y el 25% prefiere que haya festejos (siempre dan ambiente y crean trabajo) aunque no estén interesados en ir y el resto es indiferente. Si se plantea una votación, la participación es muy baja: sólo acuden aquellos que están muy interesados en el tema. En ese caso, ganan los antitaurinos: el festejo se suspende. Por cierto, es lo que ha pasado ya en algunos pueblos. Una curiosidad: si el voto fuese obligatorio, la fiesta continuaría. Votan a favor el 10% de los aficionados, el 25% de los que prefiere que se mantenga el festejo y el 25% de los indiferentes.

            Es evidente que los dirigentes políticos conocen, o al menos intuyen estas preferencias, y en consecuencia deciden cuáles son las consultas populares que les interesan. En una reciente entrevista a Victorino Martín, un ganadero, éste proponía un referéndum popular para proponer la prohibición de Podemos. Por supuesto, es una barbaridad en términos democráticos, pero el ejemplo sirve para exponer la idea anterior. Si el 20% de la población es votante de Podemos y el 25% está totalmente en contra de su ideario y piensa que es un peligro para el sistema sólo este tipo de personas acudirían a votar y en consecuencia, ya sabemos cuál sería el resultado.

Desde luego, quien dice Podemos dice Vox o cualquier partido considerado más a la izquierda o derecha.

Hay más ejemplos que sirven de soporte a esta idea. El día 29 de octubre se realizó una consulta en México para abordar la ampliación del aeropuerto (NAIM, nuevo Aeropuerto Internacional de México). El proyecto tenía un coste de 13.000 millones de dólares. Con una participación muy baja, se ha cancelado. Grandes empresas españolas como FCC, Acciona o Sacyr han perdido contratos importantes. Cosas de las consultas populares.

Cuando votamos diferentes gobiernos, lo que hacemos es dejar la soberanía popular en los diferentes Parlamentos. Cuando aparece un asunto complicado en el cual entran tantas variables importantes en juego, la responsabilidad debe ser para los expertos consultados por los representantes del pueblo que finalmente, deben tomar una decisión. ¿Tan difícil es? Las votaciones deben ser en dos casos: elecciones estándar (los partidos deben ser claros en sus programas, pero eso es otra historia) o asuntos de interés nacional (por ejemplo, la aprobación de una Constitución en cuanto va a ser la fuente de la que emanan el resto de leyes o temas que afecten a la cesión).

En tercer lugar, entrarían otros aspectos más particulares. Así, la mayoría de los móviles o aparatos de última generación ya cambian de forma autónoma la hora. Habría que reprogramarlos, y esas cosas no son nada fáciles. Está el tema del cambio de costumbres, pero luego cuando llega el momento no cuesta tanto como pensábamos antes.

En conclusión, es divertido opinar de cosas menos importantes. Incluso es sano que de vez en cuando entren en el debate. Pero también estaría bien abordar otros asuntos: las pensiones, la educación y su enganche con el mundo digital en el que ya nos encontramos son temas de libro.

Ahora bien, ¿por qué no hacer una consulta?

La pregunta sería: ¿quiere mejores pensiones, más educación y más trabajo?

Mi respuesta: ¿cómo lo hago?

Javier Otazu Ojer.           

Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

 

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Ideas, naturaleza, impuestos y economía (octubre).

 El último premio Nobel de Economía ha recaído en Paul Romer y William D.Nordhaus. El primero ha estudiado la relación existente entre la innovación, las ideas y el crecimiento económico. El segundo tiene fama mundial debido a sus investigaciones relacionadas con el cambio climático. Incluso Donald Trump lo admite. Así que la cosa es grave. Esperemos que en la próxima cumbre de Polonia en diciembre se comiencen a tomar medidas. ¿Acaso no es mejor prevenir una enfermedad que esperar a su llegada?

            Ahora bien, el asunto de fondo es muy sencillo: la economía está completamente relacionada con la naturaleza. Es lógico, ¿de dónde vienen los recursos? ¿A dónde van los residuos? El estudio de estas interacciones es fundamental, y la teoría clásica de la economía ha dejado este asunto dentro de un tema denominado “externalidades”. Se definen como tales a aquellas interacciones económicas que afectan indirectamente a otras personas. Por ejemplo, el ruido de una discoteca afecta negativamente a los vecinos que viven al lado. La contaminación de una empresa que vierte sus residuos en el río afecta a su ecosistema y a las personas que viven en la zona (cuidado, este asunto es delicado: también puede dar muchos puestos de trabajo y en el mundo de hoy ya sabemos lo que prima). Uno y otro son ejemplos de externalidades negativas.

            Un teatro instalado cerca de nuestra casa ambienta la zona y aumenta su valor. Alguien que se dedique a la apicultura puede ayudar a un agricultor vecino si sus abejas polinizan sus flores. Son ejemplos de externalidades positivas.

            Cuando se desarrolló la teoría económica clásica no había peligro de cambio climático ni se pensaba que  el aleteo de una mariposa podía generar un tifón a miles de kilómetros de distancia. En otras palabras, las cosas no estaban tan interconectadas como ahora. Hoy en día, la globalización, la innovación digital o el avance tecnológico han cambiado todo. Por eso necesitamos otras referencias, otras ideas, otros modelos. Y eso es lo que aportan Romer y Nordhaus.

             De hecho, Paul Romer desautorizó todo lo que había escrito antes  con la siguiente frase: “Ahora está claro que estos cambios de organización no pueden tratarse rigurosamente como externalidades tecnológicas. Formalmente, el aumento de la especialización abre nuevos mercados e introduce nuevos bienes. Todas las empresas de un sector pueden beneficiarse de la introducción de estos bienes, pero son bienes, no externalidades tecnológicas”. (David Warsh, “El conocimiento y la riqueza de las naciones. El enigma del crecimiento económico, su historia y su explicación moderna. Antoni Bosch, 2008).

            Así pues, están claros los avances en la relación entre las ideas, la naturaleza y la economía. Por desgracia, no podemos decir lo mismo de la relación existente entre impuestos, deuda y crecimiento económico.

            Pedro y Pablo, Sánchez e Iglesias, han firmado un acuerdo presupuestario que supone un aumento del gasto financiado por una gran subida de impuestos. Ya dijo Robert A. Heinlein que “en política, los humanos se dividen de forma natural entre los que piensan que debe controlarse a la gente y los que no.” ¿Hay mejor forma de control que subir los impuestos a las clases medias (debemos verificar lo que se hace, no lo que se dice) y decidir yo, el gobierno, cómo gastar el dinero? Más claro, agua.

            Pero es que todavía es peor. Como seguramente las cuentas no van a cuadrar, aumentará la deuda. Más deuda es más gasto en intereses. Lo presupuestos de este año tienen previsto un pago de más de 31.000 millones de euros. Y eso, en un escenario de aumento de tipos. ¿Se refieren a eso como gasto social? ¿Dónde está el límite?

            No se vayan, todavía hay más. ¿A dónde va a ir la mayor parte del gasto? ¿A buscar incentivos para generar riqueza? ¿O a subsidios y ayudas? ¿Queremos una economía innovadora que nos permita competir en el mundo basada en un sistema educativo que permita desarrollar la creatividad y el potencial humano o es mejor un poco de pesebrismo por aquí, otro poco por allí? Se habla mucho de los países escandinavos como paradigma de economía social y bienestar común olvidando que allí primero se incentiva la creación de riqueza y después el reparto de la misma. No parece que ese vaya a ser el orden de las políticas que se están planteando en estas tierras.

            La economía ha demostrado sus lagunas como ciencia, pero también su potencial a partir del análisis empírico. En el mismo, se analizan los resultados de usar diferentes políticas en muchos países a lo largo del espacio y del tiempo. De ahí es de donde se deben sacar conclusiones.

Sin embargo, nuestros gobernantes siguen una idea de John Hibbing: “la gente suele estar orgullosa de sus creencias políticas: tendemos a pensar que son el resultado de algún proceso racional al evaluar el mundo que nos rodea”.

Algunas creencias vienen del mundo de los Picapiedra.

Información vaginal (octubre).

                Vaya con el comisario Villarejo. Uno grabación por aquí, una confesión por allí y ya eres el dueño de las cloacas del Estado. Algo que podría haber generado una comedia televisiva de lo más divertido, resulta ser real. Por un lado es algo gracioso, pero por desgracia es sobre todo escandaloso y deplorable. Y el asunto nos lleva a muchas y variadas conclusiones.

            Primera conclusión, el tema de los puestos y las jerarquías. ¿Cuándo comprenderán las personas que ocupan puestos de alta responsabilidad que son antes un ser humano que un presidente, un alto ejecutivo o un director general? No hay forma. Entiendo que debe ser difícil, con tantas cámaras detrás y con un grupo de “amigos” que espera sacar tajada de una u otra forma. Y que conste, en este sentido, que no me refiero sólo a puestos políticos. Deportistas o artistas famosos también están en esta tesitura: muchos de ellos tienen un séquito que les escolta siempre de un lado para otro. Y el fin de la historia, que sólo sale en los medios cuando alguien se arruina, tiene una separación traumática o una desgracia. Es el mundo mediático que nos ha tocado vivir. Eso sí, cuando alguien se decide a contribuir a la comunidad después de una catástrofe como las recientes inundaciones de Mallorca (Rafael Nadal), todavía recibe palos de algunos medios. Han sido minoritarios, pero son cosas de la hipocresía de nuestro mundo. Si el personaje público no ayuda, “está en una burbuja y no tiene corazón”. Si ayuda, “sólo quiere salir en la foto”. ¿En qué quedamos? ¿Cómo no recordar los palos que recibió Amancio Ortega cuando donó aparatos a hospitales para ayudar a la lucha contra el cáncer? Es fácil decirlo, difícil cumplirlo. Lo mejor es ser uno mismo: así desaparecen muchas preocupaciones.

            Un último matiz respecto de las personas famosas, en especial los ídolos o referencias de un país. En una reciente entrevista a José María García (los más jóvenes no lo recordarán: un periodista deportivo que en los años 80 y 90 ejerció una influencia impresionante; su programa nocturno tenía un título humilde: “Supergarcía”), éste recordaba que las dos principales exclusivas que tuvo no se atrevió a publicarlas. La razón, eran deportistas muy queridos y conocer sus miserias hubiera roto muchos corazones. Sí. Todas las personas somos más parecidos de lo que creemos.

            Segunda conclusión, el tema de las grabaciones. Ahora que se ha reformado la ley de protección de datos (aunque pese a todo seguimos firmando autorizaciones sin leer la letra pequeña, lo cual tiene lógica: menudos rollos nos meten…), ¿cómo puede ser que grabaciones realizadas hace años en conversaciones informales pongan en juego la carrera de un político? Por supuesto, más grave es que dicho político mienta después. Pero una persona puede ser un capo de la droga y muchas veces pruebas grabadas,  claras y precisas, no se tienen en cuenta ya que el método de obtención de las mismas no ha sido autorizado. Menudo cambio de rasero, ¿no?

            Tercera y principal conclusión, el tema de la “información vaginal”. Era la tesis que Villarejo explicó a la ministra Dolores Delgado. Muy, muy fuerte. Chicas que se acostaban con altos cargos y sonsacaban información que podía llegar a ser incluso un secreto de Estado. ¿Cómo puede ser? Desde luego, el error viene determinado por la conclusión número uno: como tengo un puesto alto, sé cosas. Si me parece, te las cuento. ¿A que soy un chico interesante? Pues lo que es interesante, no lo sé. Pero que te falta autoestima y te dedicas a fardar del puesto, está claro. Otra cosa es que un trabajo nos fascine (sea política, medicina, jardinería o limpieza, no importa) y en consecuencia nos encante contar detalles del mismo.

            Por fortuna, en la vida cotidiana no es común esta historia. Pero sí llegamos a decir cosas en momentos poco adecuados que luego se pueden volver en nuestra contra. Estos aspectos tienen el mismo efecto que la información vaginal. Una crítica muy dura contra alguien de nuestra familia, un amigo íntimo o un compañero de trabajo siempre se corre de una persona a otra. Ya se sabe que un secreto sólo es tal si lo conoce una persona. Si alguien recibe una información delicada cuesta mucho no contarla. Además, tiende a llegar tergiversada. Delicado, ¿verdad? No encanta el chismorreo.

Por eso, es muy recomendable aplicar la siguiente idea: criticar a los comportamientos, no a las personas. Así logramos disociar una cosa de la otra.

            Todos tenemos información, cosas de nosotros mismos o de los demás que están mejor bajo llave. Por eso, debemos cuidar lo que decimos e incluso lo que enviamos en la red (que además, deja huella).

            Lo dice la sabiduría popular: “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras" o “es mejor pensar lo que se dice que decir lo que se piensa”.

 

            Javier Otazu Ojer.

La paloma (octubre).

                El ayuntamiento de Pamplona aprobó recientemente la suelta de halcones para controlar la sobrepoblación de palomas existente en la ciudad. Desconozco si el resultado ha sido positivo o no, el tiempo lo dirá. Es difícil controlar la naturaleza, y en muchas de las ocasiones en las que se ha introducido una especie para influir en la población de otras siempre han aparecido efectos secundarios.

            En la naturaleza de la política se utiliza mucho la distinción entre “halcones” y “palomas”. Los primeros usan estrategias más directas y agresivas, los segundos las usan de manera más defensiva y apaciguadora. En el conflicto catalán, el papel de su gobierno lo podíamos denominar como “halcón”: amplias movilizaciones callejeras, aplicación de la ley bajo interés particular y diferentes estrategias de presión están llevando la situación social a unos límites que han dificultado la convivencia a unos niveles que hace poco tiempo parecían insospechados. En oposición a la misma, el gobierno central está usando una estrategia “paloma”: llamada al diálogo, liberación de recursos económicos para Cataluña o ligeras presiones para reconducir la situación de los políticos presos.

            ¿A dónde nos llevará todo esto? Bueno, el objetivo de los halcones es ahuyentar a las palomas, ¿no? Eso es lo que ha pasado hasta ahora: si de algo se ha acusado el anterior ejecutivo de Rajoy y al presente de Sánchez es de estar ausentes en Cataluña. La situación es clara: el partido de Puigdemont (uso esa expresión ya que lo mismo ha cambiado de nombre al publicarse estas líneas) ha emprendido una carrera que le deja sin salida. Si continúa hacia delante, el orden jurídico lo detendrá: la Constitución y la Unión Europea. Si decide volver hacia atrás, los CDR (semejantes a los Comités de Defensa de la Revolución cubanos) le azuzará por traidor a la patria. Es una situación que se define como estar entre la espada y la pared. El mayor peligro es la ruptura total de la convivencia, pero por muchas situaciones de tensión que se vivan, no parece que la cosa vaya a ir a mayores. Claro que no nos podemos fiar, Albert Einstein ya nos recuerda que la estupidez humana es infinita.

            Esta disyuntiva entre halcones y palomas aparece siempre. En una situación catalogada como límite, ¿es mejor tomar medidas agresivas? O mejor buscamos el diálogo hasta el final? Aunque el segundo caso es lo más recomendable, a veces no hay más remedio que aplicar el primero. El ejemplo de manual viene dado por el Pacto de Munich, previo a la Segunda Guerra Mundial: el primer ministro británico, Neville Chamberlain, firmó un acuerdo con Hitler a partir del cual éste se anexionaba la región de los Sudetes (antigua Checoslovaquia) a cambio de una paz futura. El resto es historia.

            Cuando vamos a votar, estamos acostumbrados a elegir entre izquierda y derecha. No obstante, los resultados electorales en muchos países nos están llevando hacia la distinción entre populismos (cuyos casos más extremos son los de Hungría, Polonia y ahora el más reciente de Italia) y políticas tradicionales  (abogan por mantener el orden tradicional, el libre comercio y la participación en compromisos internacionales). Si en algunos países como en Francia no han ganado es debido a su sistema electoral a doble vuelta: aunque pase el partido de extrema derecha a la misma, no tiene nada que hacer ya que de momento la mayoría de la población está en su contra. Podríamos definir unos como halcones, otros como palomas. ¿Quién ganará? Si las políticas no son claras, transparentes y sobre todo, no mienten (es lo que están haciendo en asuntos tan sensibles como las pensiones) hay esperanza. Pero por desgracia, esas estrategias no suelen dar votos.

            Los problemas globales que tenemos obligan a muchos acuerdos internacionales, pero cuesta decir al electorado que vamos a acoger cierto número de inmigrantes cuando otros racanean plazas.

            Es muy dura, la vida de estas personas. Serigne Mbaye, cooperativista de Senegal, cuenta su historia en la revista Mundo Negro. Indica que los grandes barcos pesqueros industriales han roto el equilibrio marino y le han dejado sin su medio de subsistencia: la pesca. En consecuencia y ante la falta de esperanza, decide embarcar hacia Europa. Pasan siete días a la deriva en los que llegan a sufrir el mal del mar: vómitos o alucinaciones. Cuando ven todo perdido aparece una paloma que les proporciona un rayo de esperanza. Van siguiendo su vuelo hasta llegar a las islas Canarias.

            En la isla de Okinawa (Japón) tenemos una de las mayores esperanzas de vida del mundo. El ikigai o  propósito que cada persona encuentra en su vida explica, en gran parte, esa gran longevidad. También comen poco y tienen mucha actividad social.

            Como personas, regiones o países debemos definir este propósito. Y si no lo encontramos, sólo nos queda una solución.

            Buscar una paloma que nos guíe.

Campeones  del mundo (octubre)

                Menuda racha de campeones del mundo: Alejandro Valverde ha ganado el campeonato del mundo de ciclismo, Ana Carrasco ha hecho lo mismo en  motociclismo, otros deportistas españoles también lo han hecho recientemente. Las historias son familiares: se comienza muy joven, se pelea, hay muchos altibajos, y al final, el sueño se cumple. Por supuesto, ¡enhorabuena a los campeones! Ahora bien, ¿merece la pena?

            Para los que han ganado, claro que sí. Pero a cambio de uno, hay miles y miles de personas que se quedan en el camino. Los que nadie ve. Aquellos a los que les ha faltado talento, esfuerzo o suerte no llegan. El deporte es así, el mundo también.

            Vamos por orden. Esas declaraciones de que “los sueños se cumplen” son falsas. La inmensa mayoría de las personas que se esfuerzan a tope en el mundo del deporte se van a quedar dentro de la mediocridad. Es una simple estadística. Además, hay que hacer varios ajustes. En el deporte, sólo gana uno. Y eso supone que los demás, empezando por el segundo (el primero de los perdedores) no lo hacen. No ocurre eso en otros mundos profesionales: si dentro de la universidad sale un conjunto de ingenieros excepcionales, todos ganan. Si en el Real Madrid o el Barcelona salen 5 porteros muy buenos, sólo puede jugar uno. Así que una evidencia para los padres: que se tomen el deporte de los hijos como una forma de desarrollarse, aprender a compartir y a competir. Eso es la vida. Claro que todos los padres dicen eso. Pero cuando se ve lo que sufren, la argumentación cae por los hechos. Sólo puede haber un momento malo para un padre que ve a su hijo hacer deporte: una lesión. Punto.

            Además, el deporte se ha globalizado. Los que ganan tienen unos salarios brutales. El resto, más normalillos. Sí, un futbolista que juegue la Champions League o un jugador de baloncesto que esté en la NBA tiene la vida resuelta (bueno, no tanto: pese a los cursos de administración financiera que deben superar, el 50% no está muy sobrado después de diez años retirado….al menos es una estadística mejor que la de la lotería: el 90% de los que tienen un premio de millones de euros suele arruinarse). Pero en el resto, no. El caso estándar es el atletismo: cuando Usain Bolt era el rey, se llevaba lo mismo, prácticamente, que todos los demás. En el ciclismo no estamos tan alejados: los ganadores de grandes vueltas están en cifras muy altas, pero un “gregario”, a no ser que sea de un equipo VIP, debe buscarse la vida cuando se retira. Y estamos hablando de un deporte con tirón: ¿cómo serán las cifras en el balonmano o el rugby?

            Por otro lado, ¿es tan bueno para la salud el deporte de élite? Cuando menos es dudoso, y no se trata sólo de dopaje (el cual está cada vez más controlado). El tema es exprimir el cuerpo hasta el límite. El caso más extremo es el de futbolistas italianos que jugaron en la década de los 60 y fallecieron de forma prematura. Al menos, las mejoras tecnológicas han logrado controlar la salud de los deportistas y en ese sentido podemos ser optimistas. No obstante, lo más recomendable es un deporte que nos permita sentirnos sanos, con energía, y todo ello equilibrado con una buena alimentación. Es incomprensible la gran cantidad de libros de dietas que se venden. Sabemos que lo mejor para estar en forma es la bollería industrial, el cordero asado, el whisky y el tabaco. En fin, uno no puede entenderlo. Paciencia.

            Vivimos en un mundo complicado, cada vez más competitivo en el cual no tenemos claro cuál es la salida más fácil ni para nosotros ni para nuestros hijos. Al menos, está demostrado que existen 24 cualidades que podemos tener los seres humanos, independientemente de la cultura de la que procedamos. ¿Por qué no conocer las nuestras? ¿Cómo demonios no nos dejamos de tonterías y enfocamos el sistema educativo a que cada persona se conozca mejor a sí misma? No hay nada más descorazonador que no hacer aquello para lo que nos sentimos preparados. Y aunque las cosas han mejorado por este lado, todavía se puede hacer mucho más. Es fundamental la especialización: es mejor ser muy bueno en una o dos cosas aunque tengamos otro tipo de debilidades. A nivel profesional, es mejor ser erizo (saber una cosa, pero muy importante) que ser zorro (saber algo de mucho).

            Es la paradoja de nuestro tiempo: sabemos hacer menos cosas que un hombre primitivo (curiosamente, las evidencias antropológicas sugieren que no somos mucho más felices que ellos). Ellos eran capaces de cazar, montar su choza,  preparar la ropa, curar o construir diferentes artilugios para la vida cotidiana.

            Cada uno de nosotros sabe hacer pocas cosas.

            Procuremos, al menos, que sean importantes.

 

            Javier Otazu Ojer.

Plagios (septiembre).

                La acusación del plagio respecto de la tesis de Pedro Sánchez ha sido uno de los asuntos centrales de los últimos días. A partir de ese tema se aborda la situación de la Universidad, la composición de los tribunales para evaluar los doctorados y tantos otros temas relacionados. Es un síntoma de la vieja y de la nueva política (bueno, en realidad ésta sigue siendo vieja…los tiempos no han cambiado mucho, no). Usar todo lo que se pueda para erosionar el rival.

Una forma de minimizar este problema es generar temas de moda que si bien tienen un interés genuino sirven para desviar la atención de problemas más importantes. En caso de duda, se puede analizar la reforma de la Constitución para evitar el aforamiento de los políticos.

            Volviendo a la investigación académica es famoso el dicho de que “copiar un artículo es plagio, copiar muchos artículos es hacer una tesis”. Además, existe un truco muy sencillo para evitar las máquinas que sirven para detectar plagios: cambiar alguna de las palabras de cada frase. En fin, todo ello nos lleva a diversas conclusiones. Uno, esta tesis se inspiró en otros muchos artículos. Dos, Sánchez no hizo la tesis solo. Tres, el nivel académico del trabajo es flojo (son cosas que pasan y tienen toda la lógica del mundo: un libro puede estar bien, regular o mal; a partir de ahí, se pueden indicar los niveles categóricos que deseemos). Cuatro, no había facilidades para poder leer el trabajo. Cinco, los casos de trabajos académicos de Cifuentes, Montón, Casado y Sánchez sugieren que los altos cargos públicos no tienen el mismo nivel de exigencia que el resto de estudiantes. ¿Las razones? Una mente perversa pensaría que es un intercambio de favor presente por un posible favor futuro, pero a saber. Ya se sabe, piensa mal y te quedarás corto.

            De lo que se trata en estas líneas es de exponer que sí, Pedro Sánchez ha realizado un plagio. Pero lo ha hecho a una persona a la que considera indecente: el presidente anterior, Mariano Rajoy. El plagio consiste en insistir en una idea principal para adquirir el poder y una vez llegado allí, incumplirla. ¿Cuál era la promesa central de Rajoy? Sin duda, la bajada de impuestos. ¿Qué hizo? Subirlos. Por supuesto que como la mayor parte de gobernantes que tocan poder, se espera que no  cumplan todas las promesas. Es triste, pero nos hemos acostumbrado a vivir a sí. Lo penoso es que no se cumpla la promesa principal de un programa electoral. En el caso de Sánchez, esta promesa era “elecciones generales cuanto antes” para “regenerar el sistema democrático”. Lo que ha pasado después, además de los múltiples vaivenes protagonizados por el Gobierno (los cuales evidencian una falta de visión acerca del propósito del mismo) es preocupante.

            Cabe recordar que Ciudadanos tenía como mensaje central la marcha de Rajoy. Una vez más, no cumplió. Cuando le interceden a Rivera por esa idea, contesta que “nosotros no tenemos los mismos valores que ellos”. Es otro asunto triste de la política de hoy: los míos son los buenos, los otros son los malos. Es fácil ver que esta dicotomía enturbia el debate a unos niveles agigantados, ya que lo que se debería plantear es que “mis ideas, medidas o sugerencias para mejorar el bienestar social son las adecuadas, las tuyas no lo son”. A partir de ahí, se explican las razones de unos y otros y ya está. ¿No sería más fácil?

            En todo caso, se trata de hablar de plagio. Continuemos. Se ha copiado la reforma laboral del PP, ya que no ha tenido cambios sustantivos. Otro plagio, la politización de la TVE es fundamental, así que se hace una pequeña purga de los profesionales que no me gustan y asunto arreglado. Un plagio más: el uso de los decretos leyes. Su uso indiscriminado es debido a  una falta de consenso en el congreso, pero no pasa nada por hacerlos: mis medidas son más urgentes. Las anteriores no lo eran. Más plagios: no hacer nada para mejorar el sistema educativo, alargar el problema de las pensiones con un sobrecoste estimado en 400 millones de euros (a los pensionistas de hoy les preocupan más sus pensiones que las de sus hijos), no hacer cambios en el sistema judicial…

            Sí, es verdad que 100 días no dan para tanto. Pero las señales no son halagüeñas. Simplemente, se trataba de comprobar que la estructura de incentivos existente en el mundo de la política hace que unos se copien a otros, independientemente del partido en el que se encuentren o de la ideología que tengan.

            Ahora bien, ¿hacen eso todos?

            No. Donald Trump ha sido tachado de racista, proteccionista o demagogo. Pero ha sido acusado de plagio: sus medidas económicas y jurídicas han sido originales.

            Incluso han generado un nombre: la Trumpeconomía.

 

            Eso sí es una tesis.

15S: La gran recesión (evidentemente, septiembre).

                El 15 de septiembre del año 2.008 comenzó la denominada “Gran Recesión”. ¿Cuál fue la causa principal? La caída de Lehman Brothers, una compañía norteamericana que realizaba múltiples servicios financieros, destancando la banca de inversión. En el momento de su desplome tenía un balance con 680.000 millones de dólares en deudas junto con unos fondos propios de 22.500 millones de dólares. Para hacernos una idea, el PIB español actual es de algo más de un billón de euros. Teniendo en cuenta el tipo de cambio entre el euro y el dólar, podríamos decir que esta deuda es ¡¡la mitad del PIB de nuestro país!!

            Vamos a verlo de otra forma, simplificando los números. Es como si montamos una empresa con 22.500 euros y para generar recursos nos endeudamos con 680.000 euros. En términos de jerga financiera, es útil comprender el concepto de apalancamiento. Simplemente, consiste en dividir la deuda entre los recursos propios. En el caso anterior, el resultado es 30,22. Un apalancamiento alto implica un alto riesgo (siguiendo con los términos financieros, una gran volatilidad). En el mundo de la inversión, riesgo y rentabilidad van siempre de la mano. Si deseamos una alta rentabilidad, siempre asumiremos más riesgos. Si la cosa va bien, con poco dinero podemos obtener un gran rendimiento. Pero si va mal, la deuda se dispara.

            Lo fundamental es saber cómo se depuran responsabilidades si el negocio no funciona. Si sé que el Estado me va a pagar, me arriesgaré más. Si sé que puedo quedarme hipotecado de por vida, tendré más cuidado. Los incentivos son así.

            Lo que ocurrió en esa época es que Lehman Brothers invirtió gran parte de su dinero en unos productos financieros (CDO, “Collateralized Debt Obligation) cuya viabilidad dependía de las deudas de personas que tenían hipotecas de alto riesgo. Al estallar la burbuja inmobiliaria los ingresos de estas personas no podrían cubrir sus pagos, y en consecuencia los CDO no valían nada.

            Los efectos posteriores hicieron peligrar la viabilidad del sistema financiero mundial. Había más entidades financieras que tenían CDO, y la cascada que se generó hizo temer lo peor. El Estado tuvo que intervenir con una inyección de 700.000 millones de dólares. Son cifras tan enormes que nos cuesta comprender su magnitud. Ahí empezó todo. 

Aunque el mundo global en el que nos movemos hace que todo se contagie con rapidez, en España hubo tres características destacables. Primero, la burbuja inmobiliaria fue inmensa. Si en el año 2.008 se construyeron 850.000 viviendas, en el año 2.015 no llegaban a 50.000. Segundo, la crisis, más que bancaria, fue “cajaria”. Prácticamente cerraron todas las cajas de ahorro, los bancos, con una excepción (Bankia) aguantaron bien (la caída posterior del Popular no se puede considerar un efecto directo de la crisis del 2.008). Tercero, el gobierno adoptó políticas fiscales expansivas que no tuvieron los efectos esperados y dispararon la deuda pública. Entre los años 2.009 y 2.012 el déficit público, es decir, la diferencia entre gastos e ingresos fue aproximadamente del 10% cada año, unos 100.000 millones de euros. Es una brutalidad y completamente inviable, y cuando el PP lo rebaja poco a poco hasta llegar al 3% en el año 2.017, se habla de “austeridad”. ¡¡Pero si los gastos siguen siendo superiores a los ingresos!! La deuda global ha pasado del 36% del PIB en el año 2.007 al actual 101%, casi 25.000 euros por habitante. En un escenario donde están previstas subidas de los tipos de interés, la situación no puede ser más inquietante.

¿Puede repetirse la situación anterior? ¿Hemos aprendido algo?

Es positivo el cambio de paradigma: ahora se lleva el Bail In (el accionista paga) y antes se llevaba el Bail Out (el contribuyente paga). Basta ver lo que ha ocurrido con el Banco Popular y  recordar que, según Eurostat, la cantidad de dinero perdida con el saneamiento del sistema financiero para España ha sido de 48.000 millones de euros.

Hay más aspectos esperanzadores instaurados en el ámbito de la Unión Europea: el MEDE (mecanismo europeo de estabilidad, octubre del 2012, para salvaguardar la situación financiera de la zona euro), el MUS (mecanismo único de supervisión), el  MUR (mecanismo único de resolución) o el MiFIDII (nuevo marco normativo sobre mercados e instrumentos financieros, de enero de este año). No obstante, las incertidumbres también pesan: ¿está originando la política del BCE (Banco Central Europeo) una burbuja de deuda? ¿Seguirá el atasco en la toma de decisiones en el ámbito de la Unión Europea (más aún cuando llega una época en la que se van a renovar cargos importantes)? ¿Se profundizarán los aspectos de la política fiscal común?

Con ser estas preguntas importantes, lo fundamental es interpretar correctamente el mundo de hoy. ¿Cómo afrontar el desequilibrio del Estado de bienestar, el desempleo, la regulación de las nuevas tecnologías y los problemas globales como el cambio climático y la inmigración?

 

En las respuestas está nuestro futuro.

Historia (septiembre).

                Si hay un concepto proclive a la manipulación y al manejo interesado, ese no es otro que la historia. Y el debate acerca de la exhumación de los huesos de Franco es un claro ejemplo de ello. ¿Se debe crear una comisión para analizar el pasado? ¿Qué es lo más justo para las víctimas? Con el tiempo que ha pasado, ¿no es mejor dejar las cosas como están y pensar en los problemas del presente, que no son pocos?

            Para focalizar bien el asunto, se debe dejar claro el concepto de “historia”, ya que hay muchos y variados. Cada uno de nosotros tiene ya de por sí tres tipos de historias. Primero, la experimentada. Es aquella que vivimos en el momento actual. Ahora. Segundo, la recordada. Muchos sucesos de nuestras vidas han quedado olvidados. En este sentido, en nuestra memoria siempre se encuentran marcados los asuntos cargados de emociones. Todos recordamos lo que hacíamos el 11 de septiembre del 2.001, por ejemplo. La recordada es la historia que asociamos a nosotros mismos.

            Falta el tercer tipo de historia: la contada. Esa es diferente para todos; nosotros tenemos un relato personal de nuestra vida y experiencias, los demás tienen otro. Depende de lo que les hemos contado, lo que les han contado, de lo que han visto y de la huella digital que hemos dejado en Internet. El mercado llama a nuestra historia Currículum Vitae.

            Pasemos ahora a la Historia así, con mayúsculas. Existe un consenso general acerca de la evolución humana hasta el nacimiento de las civilizaciones. Pero a partir de ahí, la cosa cambia. Y cuando el concepto es de la historia de una nación, todavía más. ¿Estamos en Navarra, el País Vasco, España o la Unión Europea? Siempre existirá un relato histórico que sirva de soporte para una cosa u otra. El organismo educativo de turno decide cuál es y ya está. A partir de ahí, se remarca lo que importa, se “olvidan” detalles que puedan originar controversias y a vivir.

            ¿Quién descubrió América? Aunque la respuesta obvia es Cristóbal Colón, existe constancia de que otras civilizaciones como los vikingos ya habían estado allí. Colón fue el que lo contó.

            ¿Fue tan malo el Imperio Español? Depende. Aunque existe la Leyenda Negra, muchos historiadores argumentan que los habitantes de los territorios conquistados recibían unos derechos que no tenían comparación con otros casos de la época. El debate es apasionante, pero no debe olvidar un principio básico: no se deben comparar los valores existentes en diferentes momentos del tiempo. Aspectos cotidianos a día de hoy como la abolición de la esclavitud o el derecho a tener una infancia digna no lo eran tanto en tiempos pretéritos.

 

            Con todo el “Procés” encima, con una campaña que va a durar desde el 11 de septiembre hasta el 5 de octubre, merece la pena remarcar un aspecto capital. En esos tiempos las personas no tenían el sentimiento de identidad de hoy. Más que pelear entre franceses o españoles, la lucha era de clases. De hecho, la Primera Guerra Mundial (1.914 – 1.918) tiene como novedad que los enfrentamientos pasan a ser directamente entre países. Un campesino catalán del siglo XVIII es más campesino que catalán, y va a pelear a favor del que le otorgue más derechos. Hoy en día, una persona de esas características se consideraría más catalán que campesino.

            Es muy difícil comprender la Historia. Sólo de la Segunda Guerra Mundial existe bibliografía que no podríamos leer en toda nuestra vida. Existen héroes olvidados. Unos serán desconocidos para siempre, otros como Blas de Lezo, el gran marino de Pasajes, serían instituciones en países como Gran Bretaña o Francia. Aquí, se van conociendo poco a poco. Existen tiranos que se consideran héroes. Aunque el “demonio” por excelencia es Hitler, Stalin no le va a la zaga. Leamos los libros de Historia de unos y otros países, y comparemos conclusiones. De vuelta a la llegada de los españoles a América, podemos contrastar la Historia que se enseña en Perú o la que se imparte en España. Unos son los buenos, otros son los malos. Y el mundo es más poliédrico que todo eso. Los periodistas que se dedican o cubrir conflictos olvidados (Yemen, Birmania o República Centroafricana) siempre indican que no hay buenos y malos salvo casos que terminan siendo más reglas que excepciones: el dictador que en un momento dado debe elegir entre disparar a su gente o dejar en el poder.

            Sólo nos queda leer, contrastar, dudar de lo que nos han enseñado, confiar en los historiadores, buscar crónicas variadas y sacar conclusiones. Eso sí, con cuidado. Vamos a otro 11 de septiembre: el de 1.973. Ese día, Pinochet dio un golpe de estado en Chile que le llevó al poder.

            En su reciente viaje a ese país, Pedro Sánchez dijo que cuando murió el  presidente Salvador Allende se hizo socialista.

            Tiene mérito: tenía año y medio.

 

            Javier Otazu Ojer.

El mago de Oz (septiembre).

Se han encontrado recientemente las zapatillas rojas de Dorothy que  se habían perdido en el rodaje de la película de “El Mago de Oz” (1939). Hubo un fan que llegó a ofrecer un millón de dólares por estas zapatillas (aunque ya estaban aseguradas por ese precio).

Dicha película está basada en un cuento escrito en el año 1.900 por L. Frank Baum, y la protagonista principal es una niña de Kansas llamada Dorothy a la que un tifón lleva al maravilloso mundo de Oz. Sin darse cuenta, al llegar allí un accidente hace que se muera la malvada bruja del Este, y nuestra chica debe afrontar un reto nuevo para volver a su tierra: encontrar al mago para que le ayude, y para ello la bruja buena del Norte le da unas zapatillas que le ayudarán a sortear todas los retos que deberá afrontar. Aunque no es lo mismo, en cierta forma la historia recuerda las recientes películas relacionadas con los reinos de Narnia.

            En medio de la aventura conocerá tres personajes inolvidables: un espantapájaros que desea un cerebro para pensar, un hombre de hojalata que no tiene corazón y un león cobarde.

            Si bien para algunos la película tiene más profundidad de la que se observa a primera vista (de forma que narra la lucha política entre los partidarios del patrón oro y la posibilidad de usar más metales como referencias monetarias) podemos quedarnos con ideas más sencillas de este hermoso cuento.

            ¿Acaso no nos falta muchas veces cerebro para pensar, sensibilidad ante las injusticias o desgracias que vemos a nuestro alrededor o coraje para afrontar la vida real? Sin duda, vemos como las personas que nos gobiernan o nuestros amigos carecen de estas virtudes sin darnos cuenta de que a nosotros nos ocurre lo mismo.

            Criticamos a los políticos ya que sólo van a pensar en las próximas elecciones y en los votos que van a obtener de cada una de sus declaraciones o actos. Pensamos que tienen la mente plana, ya que no se abordan soluciones concretas para los temas actuales, sean la inmigración, la educación o el paro (ahora que las estadísticas de agosto han sido más decepcionantes de lo esperado). Volvemos a nuestro trabajo, y vemos que todo sigue igual. Y pensamos lo de siempre: el jefe está anclado en el pasado, la empresa no va bien, necesitamos reflotarnos. Ya lo decía el canciller alemán Willy Brandt: “el futuro no pertenece a aquellos que están anclados en el pasado”. Eso sí, tiene otras dos frases memorables más que merece la pena recordar ahora que llega una temporada electoral. Uno, “existen enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido”. Dos, “la mejor forma de calmar a un tigre es dejar que te devore”.

            Volviendo a la idea principal: vemos que los demás repiten sus actividades sin profundizar en lo que es su vida, y nosotros hacemos, como autómatas, lo mismo. ¿No nos falta el cerebro del espantapájaros?

            Por otro lado, acusamos a los altos cargos de falta de corazón. Los inmigrantes, personas abandonadas o sin trabajo….¿no es triste? Pedimos que les ayuden olvidando nuestra responsabilidad personal. Se debe recordar que  las carreteras, hospitales o colegios no los construye el gobierno. Lo hacemos nosotros con nuestros impuestos, aunque pretendan hacernos creer lo contrario. Eso sí, no es lo mismo un recorte del ministerio de Defensa que una rebaja de mi sueldo de un 10%. A nivel individual, lo que podemos hacer es simple: una contribución en tiempo, dinero o energía, dentro de nuestras posibilidades, a los que menos tienen. El resto son cuentos chinos.

            ¿Y el coraje? ¿Cómo está nuestro atrevimiento para hacer cosas? Un poco pasivo, ¿no? Al no desear que nos tilden de exagerados en unos u otros temas preferimos quedarnos en el pensamiento “políticamente correcto”. Así, evitamos mojarnos en temas tan candentes como el feminismo, los toros o la iglesia, ya que discrepar nos lleva a tener enfrentamientos sociales. Es una de las penas del mundo de hoy: no sabemos separar la opinión de una persona de la persona misma. Se puede estar de acuerdo en no estar de acuerdo. Sea de una u otra forma, en general no nos gusta el enfrentamiento. Eso conlleva un problema: muchas veces el caradura gana. Aunque sea más fácil escribirlo que hacerlo, no se puede olvidar que una de las actitudes más valoradas como seres humanos es el coraje. Visto de otra forma, pocas de las personas que triunfan son cobardes.

            El Mago de Oz data del año 1.900. Su autor lo escribió para “complacer a los niños de hoy. Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, en el que se mantienen la alegría y la fantasía y se suprimen las penas y las pesadillas”.

 

            Por fortuna, ha logrado complacer a los niños de siempre y de todas las edades.

Neolengua (agosto).

                El concepto de Neolengua consiste en sustituir el lenguaje antiguo por otro que esté adaptado a la doctrina de un partido que ocupa el poder para evitar así formas de pensamiento que estén en contra de la doctrina que se desea imponer. Esta idea aparece en el célebre libro de 1.984, escrito por George Orwell después de la Segunda Guerra Mundial. El objeto de dicho libro es denunciar los totalitarismos mediante una distopía en la que se valora cuáles son los límites a los que podría llegar un dictador que esté gobernando un país concreto.

            El título del célebre programa de televisión “Gran hermano” está basado en este libro, ya que existe un “gran ojo” (el gran hermano) que siempre está vigilando los movimientos de cada persona. En un artículo anterior (Numerati) ya valoré hasta qué punto se podían evaluar las pautas de comportamiento de una persona para poder predecir aspectos relevantes de su futuro; en especial, su voto. Ahora bien, ¿se pueden llegar a controlar los pensamientos de alguna forma? Aquí es donde aparece la neolengua. Supongamos que en los diccionarios desaparece la palabra “libertad”. Más aún: pronunciarla es delito. Pasado un tiempo, el concepto desaparece. Si la población no conoce lo que es la libertad, no va a reclamarla. Así pues, ¿cuál es la mejor forma de controlar a la población? Con un diccionario a medida. Se suprimen las palabras que no interesan, se añaden las que interesan. Fin de la historia.

            ¿Existe hoy en día la neolengua?

            Rotundamente, sí. Ya se usa para describir conceptos dramáticos de forma más suave. Pensemos en la expresión “daño colateral”. Se da cuando en una guerra se destruyen objetivos o se matan personas por equivocación. Una guerra es siempre mala por definición, y lo que hacemos es desdramatizar el conflicto con esa expresión. En el reciente asalto a una comisaría en Cornellá por parte de Abdelouahab Taib la historia termina con el “terrorista abatido”. Es una expresión más suave que “asesinado” o “la policía lo mató”.

            Aunque tiene sentido desdramatizar algunas noticias como la anterior, el problema es cuando se usa la neolengua con objetivos menos loables, como ganar influencia. Pensemos en dos palabras: machismo y feminismo. La primera está considerada un insulto, la segunda, una virtud. ¿Tiene sentido? Ninguno. Es triste pero hay que indicarlo: estar en contra del feminismo no es estar en contra de las mujeres. Es estar a favor de la igualdad, ni más ni menos. Una igualdad cuyos mayores problemas son dos. Primero, mujeres viudas con pensiones tan ridículas que necesitan ayudas de sus hijos y segundo, la dificultad de ascender en organigramas empresariales. Y es que esto del feminismo es como la solidaridad: es fácil reclamarla mientras no tenga que hacer ningún sacrificio por ella. El Presidente del Gobierno es feminista para todos los puestos menos para uno: el de Presidente del Gobierno.

            El peor uso de la neolengua es el del engaño político. Los ejemplos abundan. “Vamos a subir los impuestos a los que más ganan”. Falso. Afecta a los trabajadores de altas nóminas, no a los que ganan mucho. Un empresario puede usar la ingeniería fiscal de muchas formas para evitar impuestos que considere abusivos. Un trabajador, no. Además, desincentiva el afán de mejorar a nivel laboral. Si yo gano 2000 euros en Navarra y por ir a Valencia me ofrecen 3000 es posible que el hachazo fiscal me deje tranquilito en mi casa ya que al hacer el balance ingresos/gastos (incluido el inconveniente del traslado) sale negativo.

            Así, se sustituye la palabra “robo” por “okupación”. En caso de duda, consultar en el Palacio del Marqués de Rozalejo. ¿O se llamaba Gaztetxe Maravillas? ¿Qué suena mejor?

            Los “parados” son ahora “desempleados”. Los “agrios debates” se convierten en “pequeños desencuentros”. Los “políticos presos” son “presos políticos”. Las personas de raza “negra” se denominan “de color” (no lo comprendo; ¿entonces las personas de raza blanca no tienen color?). Dejo a la imaginación del lector la búsqueda de expresiones usadas con el fin de manipularnos o de hacernos llevar a una conclusión predeterminada, como tema de conversación para una cena. Es más fascinante que el fútbol, la política o el corazón.

            Uno de los usos más perversos de la neolengua es la mentira y falsedad económica. El tema más triste es el de las pensiones. Todos saben que están quebradas, pero no quieren decirlo. Prefieren hacer sucios pactos para mantener sus puestos. En el que firmaron el PP y el PNV sobre las pensiones (basado en postergar la aplicación del factor de sostenibilidad y de revalorización de las mismas, los cuales reducían la asignación económica) se estima, por parte de la AIReF (autoridad independiente de responsabilidad fiscal española) un coste de ¡¡400 millones de euros!! Pero como no es dinero de ellos, no les importa.

            ¿Decir la verdad? ¿Para qué?

            Mejor usar la neolengua.

Oportunidades (agosto).

El verano va terminando, y es inevitable preguntar si realmente lo hemos aprovechado o no. Es algo consustancial al ser humano: ¿hemos dejado perder alguna oportunidad? Un antiguo ministro de israelí de exteriores argumentaba que “estos palestinos no pierden la oportunidad de dejar pasar una oportunidad”. Se trata de abandonar el contexto histórico de la frase y valorar su significado. ¿Nos pasa eso muchas veces?

Sí. Lo que ocurre es que no somos conscientes de ello al estar completamente ensimismados en nuestro mundo; aquel que construimos de acuerdo a nuestros prejuicios para usarlo como un modelo que usaremos para ajustarlo a la realidad. Los humanos somos así: en lugar adecuar la realidad a nuestra persona hacemos lo contrario.

Esta idea se entiende fácilmente en retrospectiva. Una de las críticas más acertadas que ha recibido el gobierno del PP presidido por Rajoy que disfrutó de mayoría absoluta ha sido no tomar medidas que hoy en día nos habrían venido muy bien. Opciones a nivel jurídico, sanitario, educativo, cultural o administrativas hay innumerables. ¿Qué se hizo? La reforma laboral. Siempre se mantendrá el eterno debate acerca de si se creó más empleo a cambio de una mayor precariedad para el trabajador. Son debates que no tienen fin, como el relacionado entre la seguridad y la libertad. Pero la realidad es la que es, y para el actual gobierno del PSOE ha sido, por ejemplo, más prioritario el asunto del traslado de la tumba de Franco que derogar esta reforma (cosa que había prometido por activa y pasiva). ¿Ha sido debido a que, pese a todo, la situación de los trabajadores ha mejorado? ¿O una vez que se plantea subir el techo de gasto se piensa que no podemos contrariar más a Bruselas? No lo sé; simplemente ha sido así.

¿Qué oportunidades puede perder el gobierno de Sánchez? No muchas. El problema de aritmética parlamentaria y de estrategia electoralista por parte de los partidos que apoyaron la moción de censura le han dejado sin margen de maniobra. Por lo tanto, ¿cuál es la solución? Tomar medidas que contenten a la mayor parte de los partidos, aunque no sea lo prioritario a corto plazo. Lo importante es hacer algo.

Una de las oportunidades más importantes que estamos perdiendo es el arreglo del sistema educativo, pero eso no tiene solución posible. Nunca se hará. El partido que está en el gobierno dirá que ellos han sido los únicos en crear consenso en años gracias a su “capacidad de diálogo”. La oposición no va a permitir semejante rédito electoral al gobernante. No nos gustan las personas cerradas, y la palabra “diálogo” está de moda. Por desgracia, no se comprende que hay cuestiones que no se pueden arreglar con diálogo. Si dentro de una pareja un lado desea la separación y el otro seguir juntos, no existe arreglo posible.

Dice el proverbio chino que no vuelven ni la palabra dada, ni la flecha lanzada ni la oportunidad perdida. En el primer caso, los riesgos han aumentado: con la tecnología de hoy nos pueden grabar desde cualquier cámara oculta. Eso sí, tenemos la costumbre de grabarnos a nosotros mismos en las redes sociales. La huella digital hace que eso sea semejante a un tatuaje: una vez hecho cualquiera lo borra, ¿no? En el segundo caso, debemos tener en cuenta que hoy en día no se lanzan muchas flechas. Las técnicas armamentísticas han mejorado una barbaridad: nada como matar al mínimo coste. Faltan avances como asesinar por raza o dejar los edificios en pie (el triste intento de la bomba de neutrones) pero todo se andará. Pero se puede hacer una analogía en asuntos delicados como descuidos en trabajos de riesgo o al volante. En acciones banales como cruzar un paso de cebra con el coche llegamos a poner en riesgo nuestra vida y la de los demás.

Por último, volvamos a la oportunidad perdida. Nada hay peor que el desconsuelo producido por haber elegido una carrera profesional equivocada (sin meditarlo suficientemente), una vida matrimonial desdichada (por inercia) o un vicio que nos ha arrastrado de continuo (aunque la lista es muy larga podría empezar desde las típicas drogas hasta cualquier tipo de adicción negativa). Por eso, bueno es saber las cosas de las que se arrepienten más a menudo. La lista, no necesariamente en este orden, sería aproximadamente la siguiente.

Uno, no arriesgarse. Dos, no haber visto crecer a los hijos (la sensación de haberlos educado mal es algo que perdura para siempre). Tres, estar preocupados de tonterías sin fijarnos en lo importante.

¿Lo importante? ¿Qué es?

Sé lo que no es: ver la televisión muchas horas, comprar el Ferrari más caro o ganar más dinero que las personas que están en nuestro entorno.

Si buscamos lo que es, debemos ir a un sitio lejano y desconocido.

 

Nuestro interior.

Buen viaje.

Responsabilidad (agosto).

 El pasado 6 de agosto aparecía en la sección “La frase” de este periódico la siguiente idea de Stanley Milgram: “La desaparición del sentido de responsabilidad es la mayor consecuencia de la sumisión a la autoridad”. Pensando en asuntos tan candentes del verano como la inmigración, las políticas del nuevo gobierno de Sánchez o incluso la polémica relacionada con el máster de Pablo Casado, llegué a la conclusión de que, en efecto, vivimos con una sumisión total a la autoridad.

            Antes de desarrollar esa idea, merece la pena resaltar la figura de Stanley Milgram. Fue un reputado científico social de la segunda mitad del siglo XX, que entre otras cosas se dedicaba a realizar experimentos sorprendentes que permitían comprender lo más profundo del comportamiento humano. El ejemplo más famoso es el de la obediencia a la autoridad. Entre otros objetivos, se trataba de comprender la razón por la que seguimos directrices que entran en colisión con nuestra conciencia.

            En dicho experimento, existe un único participante, siendo el resto de las personas simples actores. A unos alumnos se les hacen preguntas sencillas de manera que si no saben la respuesta una autoridad ordena al “conejillo de indias” que aplique una pequeña descarga eléctrica para que en otra ocasión estén más espabilados. Por lo tanto, más preguntas sin respuesta implican más descargas eléctricas (en un sentido figurado: por mucho que grite el alumno es simple teatro ya que las descargas son falsas) las cuales podrían atentar muy gravemente a la salud de los alumnos incultos.

            Supongamos que preguntan la capital de Francia y se contesta Moscú. Descarga eléctrica. Preguntan cuestiones como “en una playa hay 25 cocos y un mono se lleva todos menos 7. ¿Cuántos quedan?”. Si se contesta 18, nueva descarga (obviamente, se quedan 7 cocos). Y así sucesivamente.

            Los resultados del experimento fueron desalentadores. El 65% de los participantes aplicaba descargas que en teoría podían incluso dejar sin vida a los alumnos. Además, replicaciones del experimento realizados en otros momentos del tiempo y en lugares diferentes proporcionan porcentajes muy semejantes.

            La idea original era comprender la razón por la que tantas personas participaron de forma activa en el holocausto nazi. En general, se trataba de una simple sumisión a la autoridad. ¿Razones? Aunque dejamos eso para los expertos, hay dos principales. Primero, la responsabilidad es de la autoridad, “yo me limito a seguir órdenes”. La segunda, cuando todos están haciendo lo mismo, “no puedo fallar a mis compañeros”. Bonito panorama, ¿no?

            Milgram realizó tantos experimentos de este estilo que un 22 de noviembre del año 1.963 comentó a sus alumnos que habían asesinado a Kennedy. No le tomaron en serio; pensaron que era un invento más.

            ¿Podemos afirmar que hemos abandonado responsabilidades como ciudadanos debido a la sumisión a la autoridad? Rotundamente, sí. Otorgamos una fuerza inusitada al Estado en todos aspectos de la vida. Sobre todo para lo malo, muy poco para lo bueno. Así, no interiorizamos que podemos mejorar nuestra comunidad con pequeñas acciones. Existe un mar de ejemplos que sirve para simbolizar esta idea.

            Pensiones: deben aumentar. Falso. No hay dinero, lo que deben hacer los gobiernos es decir que el sistema está quebrado para buscar mejoras soluciones en el ámbito público y por supuesto, privado.

            Trabajo: deberían ofrecer más puestos. Falso. La responsabilidad del gobierno es equilibrar el sistema educativo con el mercado laboral y dotar a las empresas y trabajadores de un marco regulatorio que genere los incentivos adecuados. La responsabilidad de la persona es realizar una formación que le otorgue competencias en equilibrio con su personalidad, habilidades y deseos para generar valor a la sociedad.

            Inmigración: es fácil decir que debemos ayudarlos. Pero que sea con el dinero del gobierno, ¿no? Eso está muy bien siempre y cuando el recorte no me afecte a mí. No puede ser. No obstante, se debe valorar la gran cantidad de voluntarios que ofrecen tiempo, dinero y hogares para ayudar a las personas que vienen aquí en busca de un futuro (no de un futuro mejor; ese concepto no existe en su tierra).

            Incendios: la culpa es del gobierno, ya que no hay bomberos donde comienzan los focos. Por desgracia, los recursos son limitados. Y sí, es cierto que en este ámbito han existido recortes. Pero hay opciones jurídicas: la mejor, una multa sideral. Sin olvidar nuestro papel individual: debemos ser muy cuidadosos con nuestros actos.

            Nuevas políticas, Máster de Casado: el gobierno de Sánchez ha batido el récord de nuevas colocaciones en personas sin capacitación para diversos puestos públicos aumentando, además, los gastos administrativos. Por otro lado, la universidad del famoso Máster daba facilidades a “personas públicas” (es una forma, triste, de vender un centro educativo: “aquí estudió Fulanito”). ¿Qué es más grave?

            Lo más grave es que echamos las culpas a los gobiernos de lo que pasa y con eso nos abandonamos llegando a permitir privilegios inadmisibles a la “casta”.

            Tampoco puede ser.

 

            Es nuestra responsabilidad.

Mente (agosto).     

            Entre consulta y consulta a las pantallas que son prolongaciones de nuestro cuerpo merece la pena realizar alguna pequeña reflexión, ya que el verano es la mejor época del año para tal fin. Ya se sabe, las vacaciones. Esa época playera, de monte y sofá en la que “siempre se está bien” aunque falla un pequeño detalle: la cuarta parte de las separaciones se dan cuando termina el período de descanso. Tiene cierta lógica: todo día en común hace que aproximadamente el 80% de las decisiones deban ser consensuadas (las parejas que viven en casas separadas acuerdan el 20% de sus decisiones personales).

            La reflexión trata de la mente. ¿Qué nos queda de ella? ¿Cómo podemos usarla? ¿Merece la pena externalizar capacidades de nuestro cerebro en el teléfono móvil?

            Para empezar, quizás sería más adecuado decir que el teléfono móvil es una prolongación de la mente, ¿no? Al menos, evita memorizar fechas de cumpleaños, números de teléfono, el río que pasa por Sevilla o los goles que marcó Cristiano Ronaldo cuando jugaba en el Manchester United.

            Podemos continuar con la definición de John Milton, según la cual “una mente es su propio lugar, y por sí sola puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo”. Cuando pensamos en usar el cerebro queremos adquirir conocimientos que nos permitan adaptarnos correctamente al mundo en el que vivimos con idea (en general) de buscar un puesto de trabajo acorde a nuestras habilidades, competencias y personalidad. Pero eso, con ser importante, es algo secundario. Lo principal es adaptarnos al medio y en ese sentido el aforismo de Milton es pertinente. Existen problemas como el paro juvenil, la inmigración o el cambio climático. Ocupan, con todo merecimiento, las portadas de los medios. Sin embargo, comenzamos por un aspecto positivo que sólo recordamos cuando nos falla la salud: estamos aquí ahora. Parece poco. Es mucho.

            Sí, esa idea es muy simple. Aparece en todos los libros de autoayuda. Pero para comprender su fuerza podemos usar un ejemplo revelador. Tenemos dos grupos de personas. A uno le ha tocado la lotería. Otro está formado por personas que han tenido un accidente grave y están parapléjicos. Pasado un tiempo prudencial, ¿cuál de los dos grupos es más feliz?

Parece la típica pregunta estúpida que debe tener truco, ¿no? La contestación es evidente: aquellos a los que les ha tocado la lotería. Pues no. La felicidad es la misma: cada individuo, pasado un tiempo, se adapta a lo que tiene y vuelve al nivel que en Economía de la Conducta se llama de “adaptación hedónica” (uno de los mayores expertos mundiales en este campo es Dan Ariely; a partir de sus estudios se pueden encontrar diferentes referencias para confirmar esta hipótesis y otras igual de sorprendentes). En definitiva, el principal uso de la mente es adaptarnos de la forma más adecuada a nuestros intereses. Es así: “según pienses, así serás”.     

            ¿Cómo adaptarnos bien al mundo? Recibimos noticias y más noticias sin parar. ¿Son verdaderas o falsas? Los políticos dan mensajes, desde luego, con una orientación acusada hacia sus intereses. Lo mismo hacen los empresarios, sindicatos, grupos sociales y nosotros mismos. Así, ¿qué? Dos sugerencias. Uno, pensar en interés que tiene cada individuo. No hace falta ir muy lejos: suele estar en el bolsillo. “Es muy difícil que alguien entienda algo si su sueldo depende de que no lo entienda” (Upton Sinclair). Dos, ser observador. Está el lenguaje corporal, aspectos en los que deliberadamente no se entra, posibles incoherencias….

            Un ejemplo. Muchas veces se comenta que “no se debe hablar de política”. Eso es falso, es una trampa del lenguaje. Usemos la mente: está bien debatir si es conveniente subir o bajar impuestos. Es difícil perder amistades por ello. Otra cosa es el tema de la identidad, tan emocional. Un sentimiento vasco, navarro o español no se puede cambiar de golpe. Ser de izquierdas o derechas tampoco. ¿Cómo nos comen la cabeza los políticos o las sectas? A partir de un relato entre buenos y malos. No hay más.

            El móvil debe ser un complemento de la mente y un instrumento de consulta (nos ayuda a orientarnos en la carretera, a saber el tiempo, a seguir las noticias o incluso a ayudarnos en el trabajo). También es útil su aspecto lúdico: nos permite múltiples opciones de entretenimiento. Pero ahí es donde debe quedar; en caso contrario, terminaremos al revés: la prolongación del móvil seremos nosotros.

            De ahí se deduce que las capacidades de nuestro cerebro a externalizar son las referidas en el párrafo anterior. Y punto. Como todo órgano o máquina, lo que no se usa tiende a oxidarse o romperse. Y no podemos permitirnos perder capacidades como la imaginación, creatividad, trabajo en grupo, vida social, sentido del humor o nivel espiritual.

            Aprovechemos el verano para trabajarlas. En todas ellas es donde están incluidos los trabajos del futuro.

 

            Javier Otazu Ojer.

Confianza (julio).     

            Uno de los ingredientes más importantes para que funcione de forma adecuada la convivencia entre los individuos de una sociedad es la confianza. De hecho, un estudio famoso para comprender las razones por las cuales el norte de Italia es mucho más rico que el sur dio a entender que la característica fundamental era la confianza entre las personas. Y es cierto: una pareja, el consejo de administración de una empresa o una cuadrilla de amigos funcionan mejor con el pegamento que nos proporciona saber que podemos confiar en el otro.

            ¿Cómo generar pues, esa confianza? ¿Cuándo es necesaria? ¿Cuándo no?

            En las operaciones de compra venta de bienes en los que se observan claramente las características del producto que adquirimos no hay problema alguno. Sí, puede que una manzana tenga algún gusano dentro, pero eso no es habitual. Lo único, se debe tener cuidado con el intercambio monetario. No es grave que nos devuelvan de más, pero si nos devuelven de menos nos enfadamos. Si bien estos desajustes se deben a errores, sea en uno u otro sentido, una operación económica en la que los números no son acordes a lo pactado (y a sabiendas) se convierte en un simple robo.

            Existen bienes que vamos a usar durante un largo período de tiempo que pueden no cumplir las características pactadas, como por ejemplo un coche (en especial de segunda mano). Ese problema se arregla con el uso de garantías. En este sentido, mucho cuidado con los seguros que nos venden en los teléfonos móviles; cubren pocas cosas, y muchas de ellas ya están dentro de la garantía. Los contratos de telefonía móvil se pueden considerar de “suministro” ya que pagamos una cantidad fija o variable, según nos parezca más conveniente, al mes. Cabe reprochar el funcionamiento de algunos servicios de atención al cliente, los cuales parecen tener la intención de hacernos desistir a no ser que estemos muy molestos por algo que no funciona.

            En el ámbito de los servicios un tema delicado son los viajes: ¿y si el hotel de destino está más lejos de lo que pensábamos de la playa? Aquí Internet es una ayuda fundamental: podemos comprobar la ubicación exacta, incluso se pueden estudiar las valoraciones de los diferentes clientes que hayan tenido una experiencia semejante a la que deseamos vivir.

            Las operaciones empresariales con otros países son más delicadas. El papel de organismos públicos o privados como papel de intermediarios se antoja fundamental para evitar estafas o desajustes debidos a diferencias culturales.

            ¿Cómo está la confianza entre la sociedad y los partidos políticos? No existe. Pedro Sánchez prometió elecciones inmediatas y lo que ha hecho es montar en un mes el mayor aparato de altos cargos en la historia de la Moncloa (“El Mundo”, 8 de julio). Eso sí que ha sido inmediato.

 Este es un tema que a nivel social genera hartazgo y peor todavía, impotencia y resignación. ¿Para cuándo medidas que penalicen este tipo de promesas?

            Para confianza nula, la que tienen los partidos entre sí. Que se lo pregunten al PP con el PNV, que nada más aprobar los presupuestos del Estado decide dar la “patada” al gobierno de Rajoy con la famosa moción de censura. Lo que enseña esta historia que incluso la “noble palabra vasca” tiene su precio. Y que todo son estrategias. No hace falta irse muy lejos: basta analizar el último ajuste del ayuntamiento de Pamplona. Es lo que hay: cuando falta un año para las elecciones municipales y autonómicas, lo que se hace es campaña electoral. La gestión, que es lo importante para los ciudadanos, pasa a un segundo plano.

            A nivel internacional, la última cumbre de Trump y Putin en Helsinki ha dado mucho que hablar. Lo que son las palabras: para el presidente norteamericano Europa pasa a ser el “enemigo” (comercial, menos mal) y Rusia “un buen competidor”. En este contexto, Angela Merkel piensa que “ya no se puede confiar en Estados Unidos”. Sí, vienen nuevos tiempos para la diplomacia. Pero en este ámbito, nada ha cambiado. La única ley que funciona es la de la selva: el más fuerte es el que gana. Si algún contrato no me gusta, como el de Irán, lo tiro al vertedero. Viva el libre comercio siempre que cumpla una condición: que sea en mi beneficio. En fin, el mundo es así. Las personas somos así. Nos importan nuestros intereses.

            En términos europeos y con un Brexit que conlleva una dificultad extrema, la única solución es crear mecanismos institucionales más fuertes que permitan una Unión más sólida. Pero aquí aparecen los intereses particulares de los gobernantes europeos, interesados en buscar relatos que culpen a otros de las dificultades económicas que tienen.

            La realidad es que la única forma de funcionar es buscar incentivos que fomenten la confianza cuándo ésta no sale por sí sola. Así podemos evitar una característica muy curiosa de la confianza.

Sólo se pierde una vez.

 

            Javier Otazu Ojer.

Fantasía está en peligro (julio).

            En el inolvidable libro de “La historia interminable” (Michael Ende) se entremezclan a la vez el mundo de la imaginación de Atreyu y el mundo de la realidad de Bastián. Como argumento central, la Emperatriz Infantil tiene un problema: Fantasía está en peligro. La Nada está conquistando el país, y por lo tanto se ve obligada a formar un gabinete de urgencia en su residencia, el Palacio de Marfil (hoy se usa esa expresión para indicar que un gobernante está ajeno a la realidad, escuchando tan sólo a sus asesores y palmeros). El objetivo es evitar que Fantasía desaparezca.

            Verano del año 2.018. Como siempre, la sociedad tiene muchos retos. Desde profundizar en la imagen de nuestras fiestas de San Fermín (con la reputación tocada  por alguna manada) hasta cuestiones globales como la gestión de la llegada de inmigrantes a las costas europeas. Cuando observamos las soluciones que se proponen para algunos de los problemas no puedo dejar de pensar que, efectivamente, Fantasía está en peligro. ¿Dónde tenemos la imaginación?

 La mayor parte de la información que necesitamos ha quedado recluida en pantallas, ideologías, algoritmos y teléfonos móviles. Las pantallas nos atontan. Las ideologías generan soluciones rígidas (subir impuestos a los que más ganan, bajar impuestos para que así los empresarios puedan crear más riqueza para todos). ¿Dónde están las ideas aplicadas a nuestros ideales? Los algoritmos están en muchas aplicaciones de nuestro móvil, y los usamos para todo. Desde las búsquedas de Google hasta la orientación por una carretera, la inversión en bolsa o el tiempo de espera de autobuses. Los teléfonos móviles los usamos como prolongación del cerebro, dejándolo dormido. Hoy no recordamos ni fechas de cumpleaños, ni números de teléfono, ni citas de trabajo ni la capital de Burkina Faso. Todo está en el móvil.

Cuando buscamos soluciones para los problemas de hoy, la mayor parte de los políticos dicen lo que hay que hacer: mejorar la sanidad y la educación, contener la inmigración o subir las pensiones. Por desgracia, nadie dice cómo hacerlo. ¿Por qué? Necesitamos dinero. Aparece el trilema.

Todo recurso económico (esto vale para cualquier institución pública, privada, una familia o una persona individual) que necesitemos se puede obtener de tres formas. Uno, aumentado ingresos (más impuestos, ganar más salario). Dos, quitando de otro lado. Tres, endeudándose (lo que supondrá un coste en intereses, y por cierto, más pronto que tarde los tipos van a empezar a subir). No hay más posibilidades. Son tres. Un trilema. Por lo tanto, cuando se vaya a tomar una medida económica, que digan por favor cómo se va a financiar.

 

Existe la posibilidad de implantar medidas jurídicas, y así se puede cambiar la reforma laboral, la situación de los presos o la ley mordaza. Pero la mayor parte de los problemas se solucionan con cargo a presupuestos. El mundo sigue este patrón; “si tienes dinero, tienes dinero. Si no tienes dinero, tienes un problema”. Y el Estado de bienestar de hoy tiene un problema: está muy lejos de cubrir todas las demandas sociales, aunque nos quieran decir lo contrario.

Por lo tanto, vamos al mundo de Fantasía.

Respecto de nuestras fiestas, debemos tener en cuenta que la mente humana funciona por heurísticas. Es decir, asocia San Fermín a unas pocas palabras que son toros, juerga y últimamente (aunque las estadísticas comparadas con otras fiestas digan lo contrario)  violencia sexual. Desde luego, no ayuda que en las entradas de Pamplona haya carteles diciendo que “estamos contra las agresiones sexistas” (¿qué ciudad está a favor?). La difusión de historias positivas de personas que hayan disfrutado de la fiesta es fundamental para revertir la situación.

Respecto de las pensiones, se podría decir la verdad. El experto José Antonio Herce ha demostrado que las personas que se jubilan ahora han cotizado para 12 años y se les va a regalar 10 años más. ¿Es eso justo? ¿Es sostenible? Se puede indicar a cada persona su pensión si sigue cobrando lo mismo (para que sea más consciente de su futuro). Serán necesarios reajustes de impuestos para cubrir el déficit de la seguridad social (el IVA es muy aprovechable). Se deben estudiar casos en los que se cobran cantidades enormes y minúsculas (en pensiones de viudedad se dan las dos posibilidades).

Respecto de la inmigración: recursos para los países de origen. Penas durísimas para las mafias. Campañas de adopción (existe mucha demanda) para niños que se encuentren sin recursos. Búsqueda de familias que deseen acoger inmigrantes durante cierto tiempo. Ampliación de la coordinación entre policías y gobiernos europeos.

Respecto del paro: contrato único y sencillo. Ventanilla directa de creación de empresas. Planes de colaboración público privada. Ministerio del futuro para adelantarnos a tendencias sociales y económicas.

Respecto de nosotros mismos: volar, imaginar, volver a ser niños, leer y soñar recordando que “detrás de la actitud de cada uno está el destino de todos” (Alejandro Magno).

 

Javier Otazu Ojer.

Tonterías (julio).

            “Tonto es el que hace tonterías”. ¿Quién no recuerda esa famosa frase de la película Forrest Gump (1994)? Entonces y para aprovechar la suavidad de la expresión, ¿cuáles son las tonterías más comunes hoy? Bueno será valorarlas ya que si hay una época proclive para realizarlas esa es, precisamente, el verano.

            Una de las tonterías más sorprendentes es la de una “Influencer” que estuvo 8 meses seguidos dejándose crecer el pelo sin que se lo cortasen. Fascinante, ¿no? Claro que sí. Pocas cosas más apasionantes se me ocurren que ver cómo le crece a alguien su cabellera.

            Entonces, ¿podemos considerar a la persona que se deja crecer el pelo como tonta? No. En realidad, lo que ha hecho es una apuesta. Una apuesta temporal. De ocho meses, exactamente. Se ha dejado crecer el pelo para adquirir fama (y lo ha logrado, ya que en caso contrario no estaría escribiendo acerca de ella). Es evidente que por cada tontería que se publicita un mínimo de cien no lo hacen. Pero así es el mundo de las redes sociales. La mayor parte de las tonterías se hacen para dar que hablar, sea en la familia, amigos o Internet. En conclusión, la frase de Forrest Gump ha dejado de ser cierta en el mundo de las redes sociales. Ya se sabe, son los tiempos, cada vez cambian de forma más rápida.

            Otro tema de actualidad es el de las pseudociencias. Se está realizando una nueva campaña para otorgar más valor a la medicina tradicional en lugar de otras como la homeopatía o acupuntura. ¿Podemos considerar que es una tontería acudir a uno de estos medios para curar una enfermedad? ¿Tiene sentido ir a un vidente para poder predecir nuestro futuro?

            Antes de contestar a estas preguntas, deberíamos valorar dos aspectos fundamentales para cada una. En el caso de la enfermedad, está el tema de los placebos. Un placebo es una supuesta medicina para el enfermo que no es tal. Lógicamente, cuando se conoce el tratamiento concreto para una determinada dolencia no se usan los placebos por razones éticas. Sin embargo, su uso es muy útil en investigaciones médicas para probar diferentes tratamientos que permitan curar una enfermedad concreta. Así se compara el  resultado del placebo y el tratamiento, para valorar si el nuevo método es adecuado. En término estadísticos, si las diferencias son significativas se considera el nuevo medicamento como válido. Eso sí, son necesarias diferentes pruebas adicionales para salir al mercado.

            Respecto a la pregunta del futuro, lo relevante es el denominado “efecto Pigmalión” debido al cual cuando nos dicen lo que nos va a ocurrir comenzamos a pensar en ello y tomamos las medidas (consciente o inconscientemente) que nos permitan llegar a lo que ha dicho el vidente. No siempre ocurre, pero cuando aciertan es por eso. Está testada la imposibilidad de hacer predicciones. En caso de duda, consultar cómo estaba hace dos años el mercado de futuros del petróleo (y aquí hay millones de supuestos videntes) y el precio del barril a día de hoy.

            Sea en el tema de la enfermedad o el del futuro, la evidencia empírica demuestra que el primer caso suele ser un placebo y el segundo una serie de pautas de comportamiento adquiridas de forma inconsciente que nos llevan a que se cumpla la predicción. Un ejemplo. Supongamos que un vidente nos dice que nos van a despedir. En ese caso estaremos menos motivados en el trabajo, más desganados y realizaremos peor nuestro desempeño. Es muy posible que, precisamente, ¡nos despidan por eso!.

            En cualquier caso, no estamos haciendo tonterías. Lo que ocurre es que nos cuesta admitir la realidad y es mejor la fantasía. Deseamos creer en posibles curas milagrosas o en que el destino está escrito (bueno, quizás esté escrito, pero ¡depende de nuestros actos!). Y por eso acudimos a esos lugares. En caso de duda, consultar las promesas electorales de los partidos populistas.

            ¿Es una tontería hacernos un selfie a 200 kilómetros por hora? No. Así fardamos con los amigos. ¿Es una tontería insultar y faltar a los familiares o adversarios políticos y empresariales? No. Es una estrategia basada en un principio: “cuando el río suena, agua lleva”. Nos sirve para alimentar a nuestro ego. ¿Es una tontería decir “Europa es mi enemigo” (Trump)? No. Es un juego de sumas y restas que nos permite llegar a un nuevo aliado. ¿Es una tontería comer y beber en exceso durante el verano? No. Después de un año de duro trabajo, nos lo hemos ganado.

            Entonces, ¿nunca hacemos tonterías?

            En términos de la economía tradicional, no. Todo lo que hacemos tiene un porqué y una razón lógica, aunque sean apuestas de riesgo a corto plazo (el selfie) o a largo plazo (tomar actitudes que atenten contra nuestra salud).

 

            Sin embargo, en términos de economía de la conducta y sentido común, este artículo está lleno de tonterías.

Autoridad (julio).   

            ¿Qué personas tienen autoridad sobre otras? ¿Cómo podemos evaluar de forma correcta la autoridad que debe tener un juez, policía, profesor, padre, madre sobre otras personas? Además, existe un problema en doble sentido. ¿Cómo evitar abusos? ¿Cómo hacer que se cumplan las normas?

Es muy difícil que el lector no haya tenido ningún debate personal acerca de los dos asuntos judiciales más polémicos a día de hoy: el juicio de la manada y el asunto de Alsasua. En ambos casos la autoridad judicial ha quedado en entredicho. ¿Cómo nace la misma? ¿Podemos dudar de los jueces? Y las actitudes y quejas de representantes del Gobierno, ¿tienen su razón de ser debido a la supuesta injusticia que perciben? ¿O deberían haberse aguantado y respetar la separación de poderes?

            El conflicto es inevitable al ser humano. Por lo tanto, es necesario un sistema efectivo para dirimir los desencuentros existentes entre personas, instituciones, colectivos sociales o empresas. Para que ese sistema cumpla su cometido debemos dotar de autoridad a los que deben decidir: los jueces. No obstante, una resolución judicial siempre deja alguna parte descontenta. En un caso extremo, estas resoluciones generan nuevos conflictos. Por ejemplo, cuando se dan recusaciones o se acuden a otras instancias. Entramos así en un círculo vicioso que evita la resolución del  problema inicial  dejando otros en la “bandeja de salida”. Así es como nos encontramos ahora, con un sistema judicial saturado que pide (menuda sorpresa) más recursos económicos. Tiene compañía: lo mismo ocurre en educación, defensa, sanidad, dependencia….resumiendo, en todas las partidas dotadas de presupuesto gubernamental. Es un tema cultural sujeto a la siguiente frase: “el no ya lo tengo”.

            Si dudamos de los jueces, dudamos de todo el sistema. Por eso el castigo que tienen cuando no actúan de acuerdo a la ley es enorme: se juegan su carrera profesional de por vida. Así que un poco de cuidado se supone que tendrán, ¿no?

            En el caso de la manada, el problema es la presunción de inocencia. Se supone que alguien es inocente mientras no se demuestre lo contrario, y por lo tanto ante la más mínima duda, no se condena a la persona. ¿Qué nuestro sistema es demasiado garantista? Posiblemente. ¿Qué en casos de violación un sospechoso debería ir a la cárcel debido a la durísima experiencia que sufre una persona violada y que además le puede crear traumas de por vida? Se debate. Que los partidos acuerden la solución y se cambia la ley. Punto. Pero lo fácil es hacer electoralismo barato y salir a la calle. El papel del juez es hacer cumplir la ley. El del político: redactar, discutir y consensuar la ley en su ámbito de actuación: el Parlamento. No hay otro sitio.

 

            Respecto del tema del juicio de Alsasua, la idea anterior se repite. Si la ley es muy dura, se cambia. Si el juez se ha extralimitado en la condena debido a prejuicios o ideologías, instancias superiores se encargarán de castigarlo. Que nadie lo hace, dos posibilidades. Puede ser que, pese a todo, la interpretación del caso respecto de la ley no sea incorrecta. Otra opción: el sistema es un completo estercolero y el corporativismo cumple otra ley, “hoy por ti, mañana por mí”. Pero ahí radica una de las ventajas de pertenecer a la Unión Europea: muchas veces existen instancias superiores a las que se puede acudir en busca de justicia.

            Necesitamos reglas. Reglas sencillas, claras y que se puedan interpretar con facilidad. Es difícil determinar aquí la palabra “reglas justas”, ya que este concepto es subjetivo. Lo que para unos está bien, para otros no lo está. Solo los debates que han generado asuntos como la presión permanente revisable sirven para dar cuenta de ello.

            Las otras autoridades están más especificadas, y cada una tiene sus problemas. A nivel policial las dificultades son el abuso (ya se sabe, el Estado tiene el monopolio de la fuerza). En el caso de los profesores, el respeto y la permisividad de los padres respecto de los hijos. Es curioso: hace años, en caso de conflicto entre el alumno y el profesor la presunción de inocencia era para el profesor. Ahora, es para el alumno. Cosas de los nuevos tiempos. En la relación entre padres e hijos, tres cuartos de lo mismo. Existe una regla sin la cual nada tiene valor: el respeto. Cuando no existe, todo ha terminado.

            ¿Y los políticos? ¿Se les respeta?

            Aquí la situación es todavía más extraña. Cuando se habla de ellos, los comentarios son negativos: “sólo piensan en sí mismos y en coger todo lo que puedan”. Cuando se les ve, la cosa cambia “tengo un amigo parlamentario”, “he estado con el presidente del partido X, cuánto gana en las distancias cortas”.

            Eso sí, en un mundo en el que la sobreinformación nos genera dudas e incertidumbres, una autoridad es imprescindible.

 

            La de los medios de comunicación.   

Otras economías para vivir mejor (junio).

Este fin de semana se celebra la sexta feria de economía solidaria. Organizada por la Red de Economía Alternativa y Solidaria de Navarra (REAS), busca proponer ideas de consumo y economía basadas en principios éticos. ¿Es eso posible? ¿O bien vivimos en un único país que es nuestro planeta, en el que no tenemos ningún margen para hacer un mundo mejor? ¿Existen otras economías posibles?  

            Para responder a estas preguntas, comenzamos recordando los principios en los que se basa la teoría económica actual. Es conocido que la economía trata del “uso de recursos escasos en un mundo de múltiples necesidades e infinitos deseos”. Para ello, nos proporciona instrumentos como la teoría del consumidor, del productor o los mercados para aprender a tomar mejores decisiones. No se puede negar la utilidad de muchos de los conceptos que se enseñan en los colegios o facultades, pero todos ellos están basados en la racionalidad de las personas (lo cual, según demuestra la evidencia empírica, es más que dudoso) o en la consecución objetivos claros y determinados. Por ejemplo, las empresas sólo buscan maximizar beneficios o los individuos quieren la mayor felicidad posible, lo cual se logra, obviamente, consumiendo cada vez más. De premisas dudosas no pueden salir conclusiones fiables.   

En todo caso, ¿qué ven nuestros ojos? Algo muy sencillo: el sistema económico genera tres grandes desequilibrios. El primero, con nuestro planeta. El cambio climático, la contaminación de los mares o la pérdida de biodiversidad son ejemplos claros. El segundo, con la sociedad. Aunque los indicadores económicos no son malos, la realidad de cada persona es un concepto diferente. Por primera vez, se puede ser trabajador y pobre a la vez. Muchas personas (parados de larga duración, jóvenes con escasa formación) no tienen ningún tipo de expectativas. Ojo, que no todo es negativo. Pero estos dos aspectos son muy preocupantes. Falta el tercer desequilibrio, y viene dado por el enorme peso que tiene el sistema financiero. ¿Cómo puede ser que el peso de los derivados financieros sea al menos diez veces superior al del Producto Interior Bruto mundial? ¿Cómo puede ser que un banco mal gestionado pueda hundir toda la economía?

            Por todas estas razones, algo se mueve. Aparecen otras formas de ver la realidad que merecen ser destacadas. Vamos con ellas.

            La Bioeconomía (su autor de referencia es René Passet) busca integrar la naturaleza con la actividad humana guardando un necesario equilibrio entre ellas. Se puede considerar un caso particular de la misma la Economía Azul, la cual busca generar de forma sostenible negocios a partir de ecosistemas. Uno de sus apóstoles, Gunter Pauli, estima que se pueden generar a partir de la misma 300 millones de empleos

La economía del bien común, de Christian Falber, lleva años entre nosotros. Se trata de que orientar las actividades no sólo a la consecución de beneficios: bajo ningún concepto se debe olvidar que lo más importante es la mejora de todos los seres humanos. Así, se trata de buscar lo más positivo para todos. Los partidarios de la economía circular (una idea semejante la da la “economía de la rosquilla o del donuts”)  por otro lado, piensan en un ciclo de producción que de una mayor importancia al uso de los recursos y los deshechos. Los primeros se deben extraer de forma sostenible, los segundos se deben reciclar de forma ordenada. Ya no es sólo la contaminación, es el sentido común. Pensemos en las bolsas de plástico. La cantidad de dinero que se gasta una pequeña tienda de ultramarinos supera de largo los mil euros.

            Para responder a todas estas tendencias, un economista tradicional nos diría que el mercado las arregla por sí mismas. Por ejemplo, la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), evalúa la relación de una empresa con sus trabajadores, la sociedad y el medio natural. Además, los retos son otros. Vivimos en una economía digital en el que la información no deja de fluir. Eso otorga un poder descomunal a los que controlan y saben manejar datos (dataísmo) y genera un gran desarrollo de algoritmos. Si a eso le añadimos cuestiones como la economía colaborativa o el desarrollo tecnológico, que no nos vengan con milongas. Es prioritario gestionar todos estos  retos.

            Sea de una u otra forma, siempre es bueno conocer alternativas económicas. Nos ayudan a comprender mejor el mundo y a tomar mejores decisiones. Nos recuerdan que a veces una compra influye más que un voto. También nos dicen que nuestros actos son fundamentales. ¿Reciclamos? ¿Cómo nos trasladamos, en bici, andando o transporte público? ¿Qué tipo de entretenimiento es el que más nos gusta? ¿Cine, teatro, bar o peli de vídeo? ¿Dónde y cómo nos vamos de vacaciones? ¿Usamos bolsas de plástico?

            Sí, es cierto. Todo lo que hacemos influye en el mundo. ¿Todo? Todo.

            Desde una simple compra hasta una amplia sonrisa. 

Del discurso al hecho (junio).

            “Yes, we can”, “América primero”, “fuera la casta” son eslóganes que hemos oído muchas veces en recientes procesos electorales. Es más: todos sabemos a quién pertenecen, ¿verdad?

            Sí, un mensaje corto y directo puede ser un instrumento poderoso para ganar votos, y los hechos así lo demuestran. Ahora bien, ¿qué podemos decir de los discursos? Nadie puede discutir el nivel retórico de Barack Obama. Ahora bien, ¿es compatible con sus hechos posteriores? Sin desmerecer su legado, es indudable que sus discursos están por encima de sus hechos. Es más, recibió el Premio Nobel de la Paz más por intenciones que por resultados.  Siempre ha sido así, hablar muy bien no es equivalente a gestionar al mismo nivel.

            Si un político actual es capaz de realizar discursos memorables este es Emmanuel Macron. Su antítesis vive en una casa blanca, y su nombre es Donald. Sin embargo, podemos indicar un contraste enorme; de momento, el primero ha cumplido  menos promesas que el segundo. Aunque no nos gusten las cosas que dice, las hace.

            Muchas de las promesas electorales que escuchamos no cristalizan. Ahora bien, ¿a qué es debido? Hay tres posibilidades. Uno, son simples trolas. Dos, el candidato tiene un desconocimiento enorme de la realidad e ignora que muchas de las cosas que dice no se pueden cumplir. Tres, existen unas barreras más fuertes de lo que se pensaba a priori que impiden la realización de la promesa. Las barreras, además de las presupuestarias, son de dos tipos. En primer lugar, las  jurídicas. Pueden ser debidas a los contrapesos del sistema o a que simplemente existe algún organismo superior, como puede ser la Unión Europea, que tiene la potestad sobre el asunto tratado. No obstante, existen obstáculos superiores. Están formados por los grupos de interés que salen perdiendo, aunque sea a costa de que gane el resto de la sociedad. Conforme más organizados estén y mejor sepan vender su relato, más fuerza tienen. Pensemos en asuntos como los estibadores en España o los trenes en Francia. Medidas razonables para reducir unos privilegios que el resto de trabajadores no pueden lograr ni en sueños han originado unos niveles de resistencia descomunales. Sí, la realidad es compleja. Pero se entiende mejor si conocemos las razones por las que nos movemos los seres humanos: simples incentivos. Los más importantes, los que afectan a la parte más sensible del cuerpo humano, que es el bolsillo.

            Estos incentivos hacen que sea complicado mejorar la gobernanza de la Unión Europea. Hay consenso en tres ideas. Uno, excesiva burocracia. Dos, necesidad de profundizar en las reformas. Tres, explicar a la población para qué sirve la Unión y las ventajas que genera a todos los ciudadanos.

            ¿Cuáles son las barreras? En el primer caso, los grupos de personas que viven de la burocracia (es difícil que alguien entienda algo si su sueldo depende de que no lo entienda) desean seguir en sus puestos. Ejemplo, el Parlamento Europeo.  Dos, los intereses espurios de los gobernantes y la ventaja que supone poder echar la culpa a alguien si algo va mal. En este sentido, la Unión Europea es el chivo expiatorio ideal Tres, dejadez de las instituciones para explicar las ventajas de la Unión. Aspectos como la PAC (política agraria común), las políticas de cohesión para mantener el equilibrio territorial y económico, el programa Erasmus de intercambio de estudiantes o la facilidad para movernos entre los países de la Unión son muy positivos y no hace tanto tiempo eran inimaginables.         

Por otro lado, las personas también tenemos el mismo problema, aunque las razones de las divergencias entre discurso y hecho son distintas. Tenemos nuestros “discursos internos” (tienes que perder peso) y los “hechos externos” (nos cuesta aguantarnos al ver un delicioso pastel). Los discursos para los demás (quiero cambiarme de trabajo) y el hecho real (¿dónde puedo buscar uno?). Y la inconsistencia entre lo que pedimos a los demás y lo que hacemos nosotros, que se traduce, principalmente, en sobrevalorar los errores de los demás (“este persona es una dejada”) y en infravalorar los nuestros (“tampoco tenía tanta importancia”).

Si tenemos todos estos condicionantes presentes podemos ser más comprensivos y exigentes con las promesas de otros (sean de un político, un empresario o un presidente de una sociedad) y con nuestras promesas personales, esas que al no cumplirlas impiden nuestro desarrollo humano generándonos inquietud y malestar interno.

Pocas cosas dan más satisfacción personal que ser consecuentes entre nuestros pensamientos, palabras y hechos. ¿Por qué no intentarlo?

Para hacerlo, podemos usar recomendaciones extraídas de discursos memorables. Un buen comienzo es probar la siguiente, de Macron, cuando argumentaba la necesidad de cumplir sus reformas: “No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que ocurre es que hemos vivido al margen de nuestra realidad”.

¿Por qué no crear la nuestra propia?

Costes sumergidos (junio).

            Guerra del Vietnam. Estados Unidos sabe que va a perder la contienda, ya que todos los indicadores de referencia así lo demuestran. Sin embargo, se siguen gastando de la forma más estúpida posible grandes cantidades de dinero sin parar y lo que es peor, se siguen perdiendo múltiples vidas humanas. Finalmente, la situación es tan desastrosa que la guerra termina. El coste es descomunal. La pregunta es, ¿cómo pudieron los estrategas norteamericanos perseverar con una situación de la que sabían que no tenían salida? Por un concepto que en Economía de la Conducta que se llama “costes sumergidos”. Tenemos este problema cuando hemos realizado una gran inversión económica, emocional o temporal y vemos que las cosas no salen como queríamos, pero perseveramos. Y por no retirarnos a tiempo, la pérdida es cada vez mayor. Gigantesca. Sideral. Un caso particular se daría cuando el hecho de no afrontar un problema presente debido al coste que tiene hace que lo posterguemos.

Vamos a ilustrarlo con ejemplos. Supongamos un empresario que hace una gran inversión para abrir una nueva línea de negocio. Observa que los resultados no son los esperados, y claro, le cuesta admitir el error. Se sigue y se sigue hasta que la pérdida es descomunal. En algunos casos, incluso ruinosa.

En este contexto merece la pena resaltar el concepto del método “Lean Startup”, creado por Eric Ries. Aunque esta idea lleva entre nosotros ya diez años, compañías de gran renombre como Amazon han comenzado a aplicarla recientemente. En esencia, es una pequeña variación de la idea de “prueba y error”. Se trata de ir realizando experimentos sencillos hasta dar con aquello que realmente desea o necesita un cliente. Posteriormente, se buscan soluciones. Estas comienzan por sencillos prototipos que van evolucionando hasta llegar al lanzamiento del producto final. Así se evitan los grandes costes de campañas agresivas de marketing de las que se desconoce el resultado.

            No obstante, volvamos a los costes sumergidos hasta llegar a nuestras vidas particulares. Puede ser que nuestra situación de pareja no nos guste, sin embargo, la inversión temporal y emocional es tan grande que pese a los problemas que podamos tener, seguimos adelante. Lo mismo ocurre en trabajos que no nos satisfacen. Como es la empresa de siempre y nos sabemos hacer otra cosa, nos da pereza cambiar.

            Un ejemplo sencillo y trivial que ilustra esta idea es una simple película de cine. Si llevamos media hora de sesión y estamos aburridos, lo más racional sería irnos de la sala y tomar un café o el aire. No lo hacemos, ya que en nuestra contabilidad mental hemos pagado una entrada para un mínimo de hora y media. Pero eso es una forma de ver la realidad. En verdad, lo que hemos hecho es pagar por la opción de ver la película entera. Visto así, nos costaría menos irnos, ¿verdad?

            El caso del procés catalán se asocia claramente a este modelo. Indudablemente, el gobierno central jamás pensó que la cosa llegaría a estos límites. Pero los nacionalistas más moderados, tampoco. Para cuando sea dieron cuenta, habían ido demasiado lejos. Volver atrás era quitar el sentido a una estrategia que había durado muchos años. Ahora Cataluña se encuentra en una situación política estancada.

            Estos días se habla de la posible moción de censura al gobierno de Rajoy o de la necesidad de realizar elecciones anticipadas. Está claro: cuando un político está amortizado para la opinión pública y para los principales medios de comunicación, lo que debe hacer es una evidencia. Les criticamos con razón por que no se van, pero existe una componente humana: muchos puestos de personas de confianza dependen de ellos. Y en su mayoría, irían a la calle. Así está montado el tinglado.

            ¿Qué ha pasado? El PP ha tenido un problema asociado a los costes sumergidos. En lugar de combatir una estructura que fomentaba casos de corrupción, se han dedicado a dar patadas y más patadas hacia delante. Lo más sencillo era haber realizado una limpia y lavar la cara del partido, y no se hizo. Pasado el tiempo, el coste de afrontar la realidad es mayor. Cuando el presidente del Gobierno habla de “unos pocos casos aislados” o recordamos expresiones de políticos como Javier Arenas de que  “el PP y la corrupción son palabras incompatibles” nos reímos por no llorar. La imagen percibida por la sociedad es la de un partido que no está limpio en la que sus integrantes se dedican a mantener sus puestos y al sálvese quien pueda. Por supuesto, es injusto generalizar esta idea a todos los integrantes del PP, pero somos así.

            La sentencia del caso Gurtel enseña lo que ocurre cuando no afrontamos los costes sumergidos. Y es que ya lo decía la sabiduría popular: “llega Paco con las rebajas”.

            Estimado lector, como persona que eres, puedes ocupar diferentes roles: padre, madre, hijo, trabajador, empresario, político….sea el tuyo el que sea, te vendrá bien realizar una introspección.

            Todos tenemos algún coste sumergido en la vida.

            Javier Otazu Ojer.

            www.asociacionkratos.com

El fin (junio).

Como han venido los periódicos, estos días. Tres son los temas principales de conversación: el fin de Julen Lopetegui como entrenador de la selección española, el fin de Maxim Huerta como ministro, el fin de Iñaki Urdangarín como persona libre. Es evidente que eso no lleva aparejado su fin como personas, pero de una forma u otra, la reputación de las mismas ha quedado dañada. Y eso lleva aparejado un aspecto interesante: ¿podrán volver a tener una vida normal?

            Muchos jóvenes no recordarán a Gabriel Urralburu, antiguo presidente del Gobierno de Navarra allí por los años 90. Condenado, como tantos otros, por corrupción (ya en esa época se decía aquello de que “esto no va a volver a suceder” y sigue, sigue, sigue y sigue pasando; ello es debido a dos aspectos, los incentivos de los seres humanos –pese a todo, el castigo aplicado no disuade a los corruptos a dejar de serlo- y a la sensación de impunidad que poseen muchas personas que ocupan altos cargos, sean los que sean) ha pasado al olvido. Hoy en día, sea justo o injusto, su nombre evoca una época que no deseamos repetir.

            Volviendo a la pregunta anterior, ¿qué situación va a tener cada una de las tres personas citadas inicialmente en el artículo? Económicamente y salvo catástrofe, todos tienen la vida resuelta. Lopetegui será considerado un traidor para unos (“abandonó a su selección y a su país en el momento menos adecuado”) y tendrá comprensión para otros (“el tren del Real Madrid sólo pasa una vez en la vida, y aunque las formas no han sido las mejores, tiene lógica deportiva y económica lo que ha hecho”), pero tiene recorrido dentro de su ámbito profesional. Los otros dos lo tienen más complicado, y es muy difícil saberlo. Suficientes tertulias habrá que sirvan para sacar unas u otras conclusiones.

            La reflexión a la que nos lleva esta historia es la siguiente:¿en qué momento llega nuestro fin? Por supuesto, no se trata de nuestro fallecimiento. Se trata de fin como imposibilidad de seguir nuestro desarrollo personal y/o profesional. La pregunta es pertinente, ¿no?

 Existen muchas estadísticas sobre la felicidad en el mundo, pero hay una que llama sorprendentemente la atención: la edad a la que somos más infelices no depende ni de la situación económica ni geográfica (es decir, es común en muchos países). De hecho, está alrededor de los 45 años. La expresión matemática es una forma de U que alcanza su mínimo en ese punto y a partir del mismo, vuelve a subir.¿Cómo se explica? Por las expectativas. Todos tenemos sueños, pero llegado un momento vemos que algunos ya no se van a poder cumplir: ya no tendremos una bonita casa en la orilla de la playa, vemos que a nivel laboral las opciones de prosperar se van marchitando, nos vemos sin margen de acción en nuestra vida. Que triste, ¿verdad?

            No obstante, hay esperanza. La teoría de la felicidad también enseña que  cuando se cumple alguna de las preocupaciones que tanto tememos no lo pasamos tan mal (de la misma forma, cuando nos cae la lotería no todo es jauja: pasado un tiempo, volvemos a nuestro nivel de felicidad “natural”) y nos adaptamos mejor de lo que creíamos. En ese momento, redefinimos nuestras prioridades y conforme vuelve a avanzar la vida nos encontramos cada vez mejor. Además, nos damos cuenta del famoso dicho: “la vejez está muy bien si se tiene en cuenta la alternativa”.

            Sea de una u otra forma, las personas que alcanzan puestos tan altos tienen un fin más complicado, ya que se terminan identificando con su situación social (es difícil no hacerlo cuando todo el mundo te trata diferente) y por esa razón la caída es tan dura y difícil. En ese sentido, ¿por qué no volver a los griegos clásicos? Definían la ataraxia como la dicha asociada a la calma, esa sensación de equilibrio interno que nos hace inmunes a cualquier tontería pasajera recordándonos, como se hacía a los generales romanos después de las grandes victorias, que “sólo somos seres humanos”. Ahora que está de moda realizar diferentes recomendaciones en el ámbito educativo, propongo una asignatura llamada Ataraxia. Nos iría mejor a todos.

            Existe un fin más interesante, el asociado a la palabra finalidad: la razón por la que estamos aquí, nuestro propósito personal. Por desgracia, muchas veces aplicamos este concepto de forma desordenada. No es lo mismo buscar poder o dinero a cualquier precio como fin en sí mismo que desarrollar nuestras competencias personales para ser buenos profesionales, buenos políticos o buenos empresarios pensando que la consecuencia de todo ello puede ser, y es legítimo y bueno que sea así, poder o dinero. Al fin y al cabo, comprender esta diferencia es la finalidad principal del artículo.

            Fin.

El gobierno verdadero (junio).

 

                   ¡Por fin hay nuevo gobierno! ¡Un nuevo cambio se nos viene encima, por fin va a ser todo precioso y maravilloso! Para ver que todo va a ser diferente, comencemos por las pensiones. Se igualan a la inflación y ya está (aunque según el Tribunal de Cuentas las cuentas de la Seguridad Social estén quebradas pero bueno, eso son detalles sin importancia).

                   ¿Es para tanto? No, claro que no. Un indicador que evalúa la tendencia por adelantado de una economía es la prima de riesgo, es decir, la diferencia existente entre el tipo de interés de un país y el alemán, ya que está considerado el más seguro. Y en España, ha cambiado muy poco. En otras palabras, según los mercados financieros todo va a seguir igual. Simplemente hemos visto un pequeño cambio de cara, nada más que eso. Sí, claro que habrá alguna pequeña reforma, pero será cosmética. Al fin y al cabo, no hay dinero para más. Además, las paradojas son múltiples: el PSOE defendiendo el presupuesto de Montoro es la más curiosa. Cuando gobernaba el PP,  el adelanto de las elecciones era algo urgente. Para lo que mandan, resulta que ahora ya no lo es. Aspectos que desde la oposición de ven de una forma, se ven de otra al llegar al poder. Es muy triste, ya que debido a eso la confianza en las palabras de los políticos es cero. En este contexto,  es pertinente recordar un artículo de Ignacio Marco Gardoqui (Diario de Navarra del 28 de marzo): “el discurso de Pedro Sánchez es increíble. Asegura que cumplirá con Bruselas, eliminará recortes, atenderá todas las demandas sociales y promoverá la actividad económica. Si no le dan el Premio Nobel de Economía y el Oscar a la Magia es que no hay justicia”. El texto se comenta por sí solo.

                   Además, el margen de acción desde el Gobierno Central es muy bajo: la mayor parte de los gastos están comprometidos. Lo más influyente es el Gobierno regional (en Navarra tenemos un buen ejemplo de ello: la subida de impuestos, el plan de “amabilización”, los criterios para superar oposiciones o las obras de Pïo XII afectan a muchas personas) y Bruselas. Ahí donde se encuentran esos “hombres de negro” que vigilan de forma inmisericorde el cumplimiento de las cuentas. 

                   En el mundo empresarial, es habitual endeudarse al comienzo de la actividad económica o cuando se va a realizar una inversión. Se espera que los retornos futuros compensen el gasto adicional actual. En este sentido, el papel de las finanzas en el mundo ha sido fundamental: esa es una de las claves del gran desarrollo del capitalismo, tener la posibilidad de comprar algo sin tener recursos económicos presentes para ello.

                   Según la teoría económica, los gobiernos deben gastan más de lo que ingresan cuando la economía va mal. Así se impulsa actividad y dinamismo a la economía compensando el gasto público realizado y además se suavizan los efectos de una hipotética recesión. Es el llamado “efecto multiplicador” Por otro lado, cuando la economía va bien lo adecuado es gastar menos de lo que se ingresa. Así ahorramos para cuando lleguen tiempos peores. Las vacas flacas y las vacas gordas.

                   Pero eso es la teoría. Hoy en día, las necesidades sociales son tan enormes que si la economía va bien los gobiernos gastan mucho, y si va mal gustan muchísimo. No es una perspectiva sostenible en el tiempo, pero claro, ¿quién va a ser el gobernante que vaya a contar la verdad si su puesto depende de la percepción que tenga el votante de la economía?

                   Antes de entrar en el euro, España también tenía desequilibrios presupuestarios. Pero siempre se arreglaban devaluando la peseta. Hay una forma muy sencilla de hacerlo: aumentando el gasto público o la cantidad de dinero en circulación. Así logramos introducir inflación en el sistema (explicaba recientemente en otro artículo mi compañero Carlos Medrano como eso reduce la deuda), lo cual nos lleva a una devaluación inmediata. En esa época había ministros navarros en el Gobierno: recordemos las célebres devaluaciones de Carlos Solchaga (1.992).

                    En esos tiempos éramos muy pobres en términos relativos: no se podía salir de vacaciones fuera (hoy nos podemos ir tranquilamente un fin de semana a Berlín) y los productos importados eran mucho más caros (con lo cual la alta tecnología o los bienes de grandes prestaciones no eran accesibles para la clase media; hoy todos tenemos teléfonos móviles alucinantes).

                   Como bien lo saben en Grecia, se trata de una elección. Primera posibilidad, salirnos del euro. Consecuencia inmediata, devaluación de la moneda, y ya hemos analizado lo que pasa. Segunda posibilidad, cumplir unos mínimos rigores presupuestarios, aunque eso suponga dar una patada constante hacia adelante al entrar en una dinámica de déficit perpetuo y obedecer a quien realmente manda, al gobierno verdadero.

                   Es una simple moneda.

                   Es el gobierno del Euro.

 

La estadística de los juicios (17/5/18)

 

            Si un asunto ha generado una polémica especial en los últimos tiempos ha sido el famoso juicio de la manada. Poco se puede aportar a la gran cantidad de información e indignación existente a lo largo de los últimos días. Como siempre, cada partido político busca la estrategia más adecuada para poder obtener más votos, o al menos no perderlos, y las conclusiones que sacan (tampoco es que sean muy profundas) son dos. Uno, “debemos reformar el código penal”. Dos, “hay que respetar las decisiones judiciales, pero la sentencia no nos parece adecuada”.

            En este contexto, uno de los mantras más extendidos es el de que “no hay que legislar en caliente”. Ahora bien, ¿por qué no? Si ocurre un hecho que genera alarma social y se puede mejorar la ley, ¿por qué no hacerlo ya? Ya se sabe, cuando un principio se repite y se repite nadie lo pone en duda. No es muy racional. Los tiempos cambian, y aspectos que ayer eran ciertos hoy no lo son. Además, en lugar de esperar a que ocurran los hechos es mejor adelantarse a ellos. Hoy en día existen debates relacionados con la legislación de  aspectos relacionados con la economía colaborativa o con la implantación de impuestos a las grandes empresas digitales (para financiar la reciente subida de pensiones). Es una pena, pero siempre vamos por detrás. En California, por ejemplo, existe legislación sobre los coches autónomos…¡antes de que generen su propio mercado!

            En fin, vamos al asunto que nos ocupa. ¿Cuál es el dilema al que se enfrentan los juicios? Declarar inocente o culpable a la persona acusada. En términos estadísticos, se llama hipótesis nula a lo que consideramos cierto mientras no se demuestre lo contrario. La hipótesis alternativa sería lo que pretendemos demostrar. La idea es sencilla. Supongamos una empresa que realiza una prueba con un fármaco para ver si es efectivo. La hipótesis nula presume que dicho fármaco no es efectivo. La alternativa, que lo es.

            Vamos a analizar un ejemplo concreto. Un conjunto de personas tiene un nivel de colesterol de 200. Después de seguir el tratamiento, su colesterol pasa a ser de 180 unidades. ¿Es efectivo el medicamento? Puede que no, ya que la bajada puede ser debida al azar. El test de hipótesis contrasta esa posibilidad. Si se rechaza la hipótesis nula, el medicamento baja de forma significativa el nivel de colesterol y se puede comercializar el fármaco. Sencillo, ¿no?

            No obstante, la empresa asume dos riesgos. Primero, se puede equivocar al pensar que el medicamento es bueno (el colesterol ha bajado de casualidad). Es el error de tipo alfa, y es muy grave, ya que la empresa pierde una reputación enorme. Segundo, se puede equivocar al pensar que el medicamento no es bueno cuando realmente es efectivo. Es el error tipo beta, y es menos importante, ya que simplemente la empresa deja de ganar dinero. Además, nadie va a ser consciente del error.

            En términos jurídicos, una persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Por lo tanto, eso sería la hipótesis nula. La alternativa sería que una persona es culpable. En este caso, un error tipo alfa sería condenar a una persona inocente mientras que un error tipo beta sería absolver a una persona culpable. ¿Qué es más grave? Como en el caso anterior, el primer caso. Aunque no nos gusta que haya personas culpables en libertad, estamos dispuestos a pagar ese precio para evitar que los inocentes entren en prisión.

            ¿Por qué se ha montado entonces todo este tinglado? En el caso de la manada, la acusación no es de un robo de 100.000 euros. Es de violación. Y eso son palabras mayores. En este caso, muchas personas estiman más grave un error tipo beta (que un violador esté libre) a un error tipo alfa (que un inocente esté en la cárcel). Entonces, ¿cómo resolver el problema? ¿Qué hacer? Por desgracia, en términos jurídicos, la única forma de disminuir el riesgo tipo beta es aumentar el tipo alfa (en estadística no, pero eso ya es otra historia).

            Por ahí es donde se debería enfocar el debate acerca de la reforma del código penal. Y no me refiero a subir o bajar las penas, que de eso entienden los juristas (en un futuro no muy lejano se debatirán las castraciones químicas). Me refiero al riesgo de que muchos inocentes acusados de violación terminen en la cárcel aunque a cambio pocos culpables queden libres.

            Además, eso nos lleva a otro problema adicional. Muchas leyes en España están sometidas a la interpretación de los jueces, y eso sí que es preocupante. Según los expertos, así los políticos evitan quemarse con leyes polémicas.

            Eso es lo que se debe dirimir: una evaluación clara del riesgo alfa y beta, y una ley que deje poco margen a la interpretación subjetiva de una persona.

 

ARBOLES, BOSQUES (mayo).

 

                Dice el dicho popular aquello de que "no dejes que los árboles te impidan ver el bosque". Esta frase tiene muchas interpretaciones; por ejemplo, podemos estar pasando un momento difícil y estar tan preocupados por un hecho concreto que no vemos los aspectos positivos en nuestra vida. De hecho, existe un método muy sencillo para aliviar preocupaciones. Basta ir hacia atrás y realizar al siguiente reflexión: ¿qué nos preocupaba hace diez años? A no ser que hayamos tenido un problema muy grave, ni lo recordamos. Es la vida: cuando recordamos nuestro pasado, creemos ser más felices de lo que realmente éramos ya que no tenemos en cuenta la incertidumbre de esos momentos.

            En la vida real, existen muchos árboles que nos impiden tener una percepción más correcta de la realidad, que sería el bosque en el que vivimos. A nivel informativo, siempre hay algún tema central y todos los debates o comentarios de los medios de comunicación y de las personas más próximas a nosotros pivotan alrededor de dicho tema. Los ejemplos abundan: puede ser la final de Champions, la moción de censura, la posibilidad de adelantar las elecciones, la hipotética reunión de Donald Trump con su "amigo" coreano o la igualdad de género. Y cuando no se sabe de lo que hablar, siempre está el procés. ¿Es eso lo más importante? Pues seguramente no. ¿Por qué no lanzar un debate sobre los problemas más preocupantes a los que nos enfrentamos como sociedad a medio o largo plazo?

            Las posibilidades serían las siguientes: a medio plazo, la sostenibilidad demográfica ( en tres ámbitos fundamentales: las pensiones, la sanidad y la despoblación del medio rural) y el desempleo (muy relacionado con el sistema educativo y las estrategias público-privados que nos permitan competir en el mundo global del que formamos parte). A largo plazo, el cambio climático y cómo afrontar una situación en la que ya no hará falta que todo el mundo trabaje. ¿Cuál será el nuevo contrato social que necesitaremos? Lógicamente, no es esto lo que esperamos de nuestros representantes políticos. La mayor parte de las estrategias buscan traducirse en votos. No hay más.

            Ahora bien, ¿por qué no volver a los bosques y a los árboles, pero a los de verdad? Podríamos comenzar por una paradoja: se están repoblando. Claro que en el Amazonas, que es lo primero que nos aparece en el imaginario colectivo, persisten los problemas de siempre. Pero según las últimas estadísticas, las cosas están mejorando. Sorprendente, ¿no?

            Hoy en día, nos hemos acostumbrado a estar conectados todas las horas del día. Y no me refiero sólo al móvil: en la vida familiar no es anómalo que cada uno esté "enganchado" a su pantalla particular: tablet, ordenador o televisión están siempre delante de nosotros. Lo decía el escritor recientemente fallecido Philip Roth: "las pantallas han ganado". Tiene razón: vayamos a una sala de espera y comparemos el número de personas pendientes del teléfono móvil con aquellos que están leyendo un libro, una revista o un periódico. Preocupante, ¿verdad?

           

 

            Y sin embargo, nos alertan de que el estrés o las enfermedades mentales van a ser cada vez más comunes en nuestras vidas. Algo estamos haciendo mal. Y podemos aplicar los remedios habituales para estar bien: comer sano, hacer deporte, no fumar....ya se sabe, esas cosas que se repiten un día sí y otro también. Es uno de los mayores absurdos: ¿cómo puede existir un mercado tan gigante asociado al bienestar cuando todos sabemos lo se debe hacer y no lo hacemos? Buda tenía razón: peor que no tener conocimiento es tener conocimiento y no aplicarlo.

            En todo caso, ha aparecido una nueva solución para el estrés. Y algo tendrá, ya que las empresas están financiando estas terapias para sus trabajadores. Para comprender esta técnica, pensemos en un lugar donde se trabaje mucho. Un sitio donde incluso existe un nombre para las muertes por exceso de trabajo: Karoshi. Sí. Es el país del sol naciente.

            El Shinrin-Yoku es una técnica japonesa para poder estar mejor con nosotros mismos. Literalmente significa "baños de bosque". No es muy difícil adivinar en qué consiste. Se trata de perderse entre los árboles, dejar flotar la mente, volar y por supuesto, desconectar el móvil Se han comprobado estadísticamente aspectos que nos parecen intuitivos, por ejemplo, las personas que son tratadas en los hospitales se curan mucho mejor si tienen vistas a los árboles en lugar de un bonito hormigón exterior.

            Cuando paseamos y dejamos volar la mente, surgen pensamientos. Se nos ocurren ideas nuevas. Sonreímos. Nos recargamos de energía. Fluimos con lo que somos: naturaleza. Cambiamos de un mundo de pantallas otro de colores, verde y azul.

            Bosques y árboles.

            Cuidarlos es cuidarnos a nosotros mismos.

Copiar (abril).

 

            Vaya con el famoso Máster, la que se ha montado…que si trato de favor, que si una firma por aquí, una presentación por allá, no pasa nada por no ir a clase ya que se debe tener en cuenta la situación personal de cada uno, una simpática filtración y una carrera política que se tambalea. Son las trampas que tan se hacen a menudo en el mundo de la educación. Ahora bien, ¿son comunes? ¿Sólo hacen trampas los alumnos? ¿Las hacen también los profesores? Un debate, sin duda, muy sabroso.

            La trampa por excelencia del alumno es copiar. La de un profesor, exagerar su currículum (bueno, de cualquier particular). ¿Cómo se puede controlar eso?

            La respuesta desde el ámbito de la economía es trivial: con incentivos adecuados. En algunas universidades, en especial en el ámbito anglosajón, los alumnos hacen exámenes sin vigilante alguno. Nadie se atreve a copiar. ¿Cuál es la razón? Si por lo que sea le descubren a alguien, expulsado de la carrera y el castigo es semejante a un delito: puede ser que no pueda estudiar en ningún otro centro un grado. Cualquiera se atreve, ¿no?

            Desde el ámbito docente ocurre lo mismo. Volvemos al mundo anglosajón. Si un profesor acude a un congreso, no es necesario ningún justificante. Basta añadir el congreso a su currículum. ¿Por qué no engordan sin parar sus títulos? La razón es igual que la anterior: si algún dato es falso, su carrera profesional ha terminado.

            Eso no es lo que ocurre por estas tierras. Es famoso el caso de un alto cargo de un partido al que se le comenzó a investigar la veracidad de sus méritos. Parece ser que sólo era cierto un curso de guitarra. ¿Exagerado? Quizás. Pero ilustra el ejemplo.

            ¿Quién no ha copiado nunca en un examen? ¿Se siguen llevando “chuletas” a los exámenes? Algo siempre se lleva, pero está más de moda lo que se denomina el “dopaje tecnológico”. Hay calculadoras que tienen posibilidades asombrosas, por ejemplo, llevar un pequeño resumen de lo que cae en el examen integrado. Normal, muchos de estos artilugios son ordenadores en miniatura. Existen más posibilidades, y en este caso no me refiero al célebre “pinganillo”. Si además de pagar con el teléfono móvil ya se puede pagar con el reloj, ¿por qué no usarlo como apoyo logístico para el examen? Incluso existen empresas que ofrecen soluciones tecnológicas para poder copiar.

            Es difícil solucionar eso, sí. Una posibilidad es que los alumnos pasen unos controles semejantes a los de los aeropuertos. Más extremo sería que vayan en bañador a los exámenes. Como opciones, es más útil dejar el tiempo justo, hacer preguntas abiertas o responder a cuestiones para las que sea indispensable haber acudido con regularidad a clase o tener algún trabajo terminado.

 

            Pero claro, el trabajo también puede haber sido copiado. Es increíble cómo se crean diferentes mercados. Por ejemplo, un trabajo de fin de grado puede costar unos 600 euros, y una tesis doctoral 3.000. Existen personas especializadas en ello. Parece algo muy complicado ya que Google permite, entres sus opciones, analizar trabajos académicos relacionados con un tema determinado.            Pero así son las cosas.

            Y los profesores, ¿copian? No tanto. Es famoso un dicho por el cual copiar a una persona es plagio, y copiar a muchos autores es una tesis doctoral. Tiene también su razón de ser: en el primer caso te aprovechas sólo de un trabajo, en el segundo se recopila material. No obstante, no vale con la capacidad de síntesis. La creatividad y el nivel de la investigación deben valorarse también.

            En el ámbito científico y tecnológico, la copia está penalizada y la originalidad se protege mediante derechos de autor o patentes. Pero es curioso cómo la cultura afecta al hecho de copiar: para los chinos, un descubrimiento debe ser compartido por la comunidad para beneficiarse del mismo. Nuestra sociedad, más individualista, no lo ve así. Esto nos lleva a un problema global: en un mundo completamente interconectado, son necesarias reglas de propiedad intelectual, digitales o financieras comunes para todos. ¿Cómo se podría hacer eso? Es uno de los mayores retos de nuestro tiempo.

            Volviendo al asunto inicial, ¿cómo evitar lo que ha ocurrido? ¿Son las universidades de fiar? En general, sí. Además tal y como ha quedado demostrado en el asunto del Máster siempre se puede filtrar alguna mala práctica. En este aspecto, podemos ser optimistas. Una de las ventajas de las nuevas tecnologías es que van a permitir, con el tiempo, una transparencia cada vez mayor.

            Pero uno de sus aparentes desventajas es que permiten copiar con más facilidad: libros, apuntes, temas musicales o películas se piratean a menudo. No obstante, no todo es tan oscuro. Las copias comienzan a remitir. ¿No es acaso Uber una copia de un taxi? Pues los precios ya se están igualando. Son las cosas del mercado y de la regulación. 

            Javier Otazu Ojer.

Reputación (abril).

 

            Dos de las personas de las que más se ha hablado durante las últimas semanas han sido Cristina Cifuentes y la reina Letizia. En el primer caso, se ha hecho famoso el máster. Y dentro de lo malo, ha generado un efecto colateral positivo: muchos políticos se han dedicado a “ajustar” sus currículums. Por desgracia, el uso de la mentira para lograr diferentes objetivos está muy extendido en nuestra sociedad, ya que “todo el mundo lo hace”. Existen culturas que no soportan la mentira bajo ningún concepto, pero eso es una historia que merece ser contada en otro momento. Volviendo a Letizia, en el segundo caso estaba el tema de las relaciones “reales” que existen dentro de la familia Real.

            ¿Por qué estos aspectos son tan graves? Muy sencillo. Dañan la reputación de las dos personas. Y nada hay más difícil de recuperar que la reputación perdida. Un ejemplo sencillo lo proporciona la antigua presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando después de una infracción de tráfico dejó a la autoridad con un palmo de narices y se escapó como si fuese una simple delincuente. Sí, después se puede decir lo que se quiera a la prensa. Lo visto, visto está. Y eso no tiene vuelta atrás. Además, Aguirre está también marcada por las graves acusaciones de corrupción a las que se ha visto sometido el PP de Madrid. Su reputación no está muy alta, no. (Una curiosidad. En los tiempos de gloria de la comunidad, había un programa de televisión llamado “espejo de lo que somos”; si jugamos con las palabras queda espe j… lo que somos. Por supuesto, el programa cambió su nombre).

            El rey emérito perdió gran parte de su reputación después de la caída que tuvo cuando estaba de cacería por Africa. Las personas tendemos a tener reducida la información relacionada con las personas que conocemos, de forma que los podemos resumir en unas pocas palabras: “simpático, agradable, buena o mala persona, etc”. ¿Qué ocurre aquí? Antes se veía al rey como la persona que evitó el golpe de Estado del 23f. Con esa referencia, las cosas buenas se exageran, las negativas se minimizan. No obstante, si el hecho principal es negativo, ocurre lo contrario. Las cosas positivas se minimizan, las negativas se exageran. Así, la imagen del rey emérito es la de un vividor que le ha hecho pasar a su esposa Sofía una vida que no es precisamente de cuento de hadas.

            Obviamente, no es intención de estas líneas difundir uno u otro relato sobre las personas que aparecen en el mismo, no. Las ideas principales son dos. Primero, la reputación perdida tiene una reparación muy difícil y compleja. Dos, personas con problemas de reputación tienen una visión por parte de los demás extremadamente negativa, ya que asociamos la persona al hecho. Así, Cristina es “la del máster” y Letizia es tan antipática que “no deja ni que la abuela se saque una foto con sus nietas”.

 

            Esto nos enseña que a nivel de comportamiento humano debemos ser muy cuidadosos con aspectos que pongan en riesgo nuestra reputación. Se puede fracasar en un negocio, en una relación de pareja o en una competición. Es lógico y normal. Pero ir bebido con el coche y atropellar a alguien, por, ejemplo, tiene un difícil arreglo posible. Es así. Por lo tanto, cuidado. Nos podremos dejar llevar en muchos aspectos de la vida cotidiana, pero existe una regla sagrada. No hacer nada que manche nuestra reputación.

            ¿Y las instituciones? ¿Cómo está la reputación de las mismas? Es claro que confiamos más en los servicios sanitarios que en los políticos, ¿no? ¿A qué se debe? ¿Qué organismos tienen una mejor o peor reputación?

            Por desgracia, los incentivos de la política muchas veces no son los más adecuados para generar bienestar social, como han mostrado múltiples estudios. Uno de esos incentivos es influir en diferentes organismos, públicos o privados. Y mientras que todos tenemos la imagen de la justicia politizada, no ocurre eso con la sanidad. A nivel universitario, se han generado dudas, ya que en Madrid existen centros que están asociados a diferentes opciones políticas, y eso no es precisamente ejemplar. El tiempo dará y quitará razones, pero es seguro que todas las mejoras tecnológicas que llevan aparejadas transparencia se usarán para evitar más falsedades en el futuro.

            En este escenario, la batalla por el relato importa. Pensemos en la Iglesia. ¿Cuál es su reputación? Para unos, se aprovechan de las ayudas del Estado y de leyes que les benefician para mantener sus privilegios y prebendas. Para otros, hacen una labor social y religiosa inigualable: las valoraciones de términos del PIB acerca de actividades de ayuda a los necesitados son enormes.

            Esto nos enseña que en términos de reputación, como tantas otras cosas en la vida, es fundamental explicar bien lo que hacemos.

De la pena al compromiso (abril).

 

Sin duda, en el mundo existen muchas cosas que funcionan mal. La justicia es una de ellas: casos de corrupción como los de la Gurtel o los ERE de Andalucía nos recuerdan su lentitud, y lo que es más preocupante, la sensación de que si eres rico y tienes influencias las cosas cambian. Nadie como Jordi Pujol representa mejor este patrón. Y es que es muy duro asumir que el mundo es injusto de la misma forma que la tierra es redonda. Por esa razón pocas de las películas que vemos terminan mal: ¿quién recuerda algún caso en el que el malo gana un juicio?

            Por desgracia, una cosa es la realidad y otra la ficción. En la primera suelen ganar los malos, en la segunda los buenos. ¿Por qué? Muy sencillo. El malo está dispuesto a jugar sucio o a hacer trampas, y eso supone jugar con ventaja. Son las cosas de la vida: es como es, no como nos gustaría que fuera.

            Así, podemos sentir pena por muchas cosas. Por el hambre en el mundo, por las guerras, los refugiados (que parecen olvidados), por la derrota de nuestro equipo, por el cambio climático o porque nos hemos ido de vacaciones y ha hecho mal tiempo. En unos casos poco podemos hacer: nuestro equipo intenta ganar pero su rival también. Unas veces se gana, otras se pierde. Respecto del clima, lo mismo. Aunque ya existen empresas que garantizan buen tiempo el día de tu boda por el módico precio de 100.000 dólares, la seguridad completa no existe.

            Sin embargo, es posible que podamos hacer más ante cosas que nos dan pena o nos preocupan. Pero tenemos un enemigo: la comodidad. Y muchas veces, el compromiso termina cuando afecta a nuestro bienestar, sea en tiempo o en dinero. Sí, no podemos acabar con los problemas del mundo. Pero podemos hacer pequeñas cosas. Por ejemplo, pequeñas aportaciones a ONGs. Por desgracia, el escándalo de Oxfam en Haití, donde se ha demostrado que se usó parte del dinero para obtener favores sexuales, nos puede hacer dudar de su efectividad.

            No obstante, lo más preocupante de este asunto es que nadie dijo nada. Es difícil de creer que sucesos de esta categoría no sean advertidos por personas de buena fe. Lo mismo se puede decir de los casos de acoso sexual que comenzaron con el productor norteamericano Harvey Weinstein, que se ha llevado por delante a muchas personas más, como Kevin Spacey, o han hecho dudar de la honorabilidad de artistas como Woody Allen. Ahora bien, ¿cómo es posible? Está claro; de nuevo, el compromiso termina cuando afecta a la comodidad. Es mejor mirar hacia otro lado si todos lo hacen. Así nos ahorramos problemas. Y lo peor: el sistema en el que vivimos nos anima a actuar así. Denunciantes de casos de corrupción en nuestro país han terminado acosados por los medios o incluso despedidos de su trabajo. Primera y última regla del comportamiento humano: las personas respondemos a incentivos.

            Por esta regla de la comodidad se ha puesto de moda el “activismo de ratón de ordenador” o el “activismo de lazo”. Artistas o millonarios se vuelcan con una causa noble. Se van a la Antártida o a un poblado del Africa Tropical, se sacan una foto y vuelta para casa. Es muy bonito defender así una causa que nos parece justa. Pero como dice Naomí Klein en su último best seller, “Decir No ya no es suficiente”. Entonces, ¿qué hacer? Pequeños cambios de comportamiento en forma de compras, inversiones y uso del tiempo.

Existen futbolistas como Juan Mata hacen una campaña para que compañeros de profesión donen el 1% de su salario para causas nobles le apoyan cuatro gatos. ¿Cómo se explica? ¿Es tan sólo comodidad? No. La distancia importa. Y muchos multimillonarios no ven la miseria de nuestro mundo. Si vemos un ejemplo concreto de un niño que tiene una enfermedad rara muchas personas están dispuestas a ayudarla. Algunos empresarios han perdido mucho dinero por mantener a trabajadores que no generaban su salario. Tenían relación personal con ellos. En sentido contrario, ejecutivos de grandes empresas echan a trabajadores como si fueran números pero son más remisos a hacer lo mismo con personas que conocen.

            Para comprender esta idea, basta un ejemplo. Si vamos a trabajar y encontramos una persona que se está ahogando y hacemos lo posible por salvarla, nadie nos va a echar la culpa por llegar tarde. Por otro lado, recientemente se han ahogado decenas de personas que no estaban intentando llegar a España y la incidencia en los medios ha sido mínima.

            Es así. Hay dos razones por las que no tomamos decisiones que puedan mejorar a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea. Una, que dicha decisión afecte a nuestra comodidad económica o temporal. Dos, que no veamos el efecto que genera. Es decir, la distancia.

 

   Numerati. 29 de marzo.  

“Nos están vigilando. Una llamada en el móvil, un pago con tarjeta de crédito, un clic en Internet…..Toda esta información resulta insignificante por separado, pero agrupada revela incluso nuestros secretos más inconfesables”. Es lo que se lee en el libro de Stephen Baker “Numerati”, cuya tesis principal es que existe una élite de matemáticos que manipula nuestra información. Lo curioso es que no es un libro reciente: la edición es del año 2.009. Y desde luego, toda esta historia está relacionada con el escándalo que ha protagonizado Facebook, al descubrirse que datos de 50 millones de personas se filtraron a una empresa llamada Cambridge Analytics, la cual ha sido una de las principales proveedoras de datos para las campañas a favor del Brexit y de Donald Trump.

            Alexander Kogan es el creador de la empresa GRS con idea de realizar un estudio psicológico para 270.000 personas con idea de trasladarlo a la Cambridge Analytics. Hasta ahí, todo normal. Pero cuando se el resto de datos se traspasan sin tener el consentimiento de esas personas, tenemos problemas. Cuando Facebook no hace nada para corregir el problema, la cosa se agiganta. Y cuando se pueden aprovechar esos datos para influir en las campañas electorales, tenemos ya un problema de magnitudes estratosféricas.

            Si bien este último matiz es el que se va a investigar ahora, podemos pensar en cómo se puede aprovechar esta información para ganar votos. Parece difícil, ¿no? Pues no.

            La mayor parte de las campañas electorales giran alrededor de unos pocos asuntos. Los retos que debe superar un Estado son enormes, y la información para tomar una decisión de voto adecuada es gigantesca (por esa razón existen algoritmos que realizan cuestionarios a personas a partir de los cuales se puede elegir el voto en términos “racionales”). Por lo tanto, está claro. Vamos a focalizar la campaña en un asunto sensible y a partir de ahí dejemos un mensaje claro, sencillo y conciso que sea lo que la mayor parte de la gente desee. Divertido, ¿no?

            El caso extremo es el “procés” catalán. ¿Se votan políticas? No. Sólo hay un asunto: derecho a decidir. Punto. El resto del programa electoral es simple papel mojado. Se acabó. Recientemente se ha abierto el debate de la prisión permanente revisable. ¿Es tan importante para la sociedad? Claro que no. Sin embargo, lograr una politización perfecta de un asunto es decir: “votar a este partido es decir sí o no, según el caso, a la prisión permanente revisable”. Famosa es la estrategia de Felipe González en el año 1.993, cuando asoció que votar el PP podía suponer el fin de las pensiones. Cuando ese mensaje cala, se ganan muchos votos.

            En el caso del Brexit, tenemos un ejemplo claro: el sistema sanitario. Las encuestas demuestran que es un tema sensible, debido al aumento de las listas de espera y el colapso de los hospitales. Mensaje sencillo: “como pagamos de más si nos vamos de la Unión Europea ganaremos millones de libras que ayudarán a mejorar nuestro sistema”. Asunto solucionado. Estados Unidos, Donald Trump. El peculiar sistema electoral norteamericano (cada Estado se lleva todos los delegados del partido que gana, aunque sea por un único voto) hace que las elecciones se decidan en unos pocos Estados. ¿Cuáles son los temas más sensibles allí? Se trabajan y punto. Uno de esos casos es Florida. Obama realizó cambios en la política de inmigración que enfurecieron a la comunidad cubana de la zona. Ya tenemos tema sensible. Se machaca a tope y asunto arreglado. Trump gana un Estado decisivo.

            Veamos un caso acerca del efecto de este tipo de mensajes que afecta a España. Se trata de analizar el fenómeno de forma objetiva, sin valorar quién puede tener razón. Cuando el PP comenta que las pensiones van a subir un 0,25%, millones de personas salen a la calle. Cuando el PSOE de Zapatero anuncia el retraso de la edad de jubilación a los 67 años (lo cual supone quitar el ¡¡100%!! de las pensiones durante dos años seguidos) no pasa nada. ¿Cómo puede ser? Dejando un mensaje claro y divulgándolo por todas las formas posibles.

            Entonces, ¿tanta importancia tiene el manejo de los datos? Sí. Somos muy predecibles: con un 90% de probabilidad se puede saber lo que va a hacer una persona dentro de un año. Y es que la mejor forma de predecir el futuro es ver el pasado: tendemos a quedarnos más o menos igual, aunque en cenas con unas copitas tengamos planes maravillosos de futuro. De hecho, uno de los mejores inversores españoles (Cabiedes) dice que no se preocupa de ver las prospectivas futuras; le basta ver los números pasados.

 

            Sí. Estas empresas tienen un poder semejante al de la NSA, la agencia de seguridad nacional norteamericana. Su lema es el siguiente: “confiamos en Dios. De las personas nos ocupamos nosotros”.

El jardín secreto (15 marzo).

          Una vez le preguntaron al antiguo rey de Marruecos, Hassan II (padre del actual, Mohamed VI) por la situación de los derechos humanos relacionados con los prisioneros que hizo en la anexión del Sahara, en la denominada “Marcha Verde” del año 1975. Su contestación fue semejante a una frase como ésta: “todos tenemos jardines secretos. Son cosas de las que no hablamos, o no nos gusta recordar. O bien pasado el tiempo nos parece algo malo, o bien no tuvimos otro remedio que hacerlo aunque siempre queda un sabor amargo”.

            He recordado la teoría de los “jardines secretos” después de los tristes sucesos de Almería que terminaron con la muerte del pequeño Gabriel. ¿Cómo podía saber su padre con quién estaba conviviendo? ¿Conocemos bien a las personas con las que nos relacionamos? Al fin y al cabo, todos tenemos secretos que ocultar. Lo malo, desde luego, es si esos secretos son delitos. Es complicado, sí. Muchas veces ni siquiera nos conocemos bien a nosotros mismos y realizamos actos con los que terminamos arrepentidos.

            A menudo se comenta que la política produce “extraños compañeros de cama”, y es cierto. Lo que se ve de una forma antes de las elecciones siempre se puede ajustar como interés general a cambio del interés particular: el poder. Por eso no nos podemos fiar cuando alguien dice que “jamás va a realizar un pacto”. Basta observar el gobierno actual: Rivera juró y perjuró que Rajoy nunca sería presidente, y parece que las cosas no son así, ¿verdad? Curiosamente, el único político fiable en ese sentido ha sido Artur Mas, cuando firmó ante notario que jamás pactaría con el PP después de las elecciones. No sería mala idea que todos harían lo mismo con algunas promesas electorales, ¿verdad?

            De la política, a los matrimonios. También producen “extraños compañeros de cama”, ya que las personas evolucionamos y pasado un tiempo ya no somos como éramos en el momento del enamoramiento. Por eso es primordial realizar proyectos conjuntos para evolucionar juntos. Proyectos que no pasen únicamente por la educación y desarrollo de los hijos, para evitar aquella otra frase no tan célebre de Groucho Marx: “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, y detrás de ella siempre está su mujer” (ruego al lector que se tome esta frase con humor; estadísticamente habrá personas que verán aquí una idea machista). Estadísticamente también estudios originales de Richard Wiseman demuestran que así se puede predecir la evolución del matrimonio: a más objetos, experiencias y amigos comunes, mayor probabilidad de que la pareja sea estable.

            Entonces, ¿cómo conocer a los demás? ¿Qué hacer ante el comienzo de una nueva relación de pareja, una amistad o un proyecto empresarial? Las palabras no bastan, ya que todos somos muy amables y simpáticos en las distancias cortas. Pero es algo complejo: nuestra historia personal pesa, más que nuestros genes. Las recomendaciones son las de siempre, diálogo sincero y transparente y muy importante: reglas claras. Para todos los casos.

En una relación de pareja, además del respeto y la educación, mínimo exigible a las relaciones humanas, se le debería pedir algo más. ¿Hacia dónde queremos ir? Respecto de una relación de amistad, los límites deben estar claros. ¿Cuántos amigos se han roto por asuntos de dinero o  aspectos relacionados con la identidad más profunda como la religión o las ideas políticas? Nada como la diversidad para desarrollarnos, crecer y madurar. Aunque todas las personas merecen la pena (cada una a su manera), relacionarnos con los que no piensan como nosotros es muy útil para aprender y evolucionar en aspectos relacionados con nuestro enfoque vital. Por último, en las relaciones empresariales lo primordial es establecer reglas en el caso de que la cosa vaya mal. Es fácil llevarse bien cuando las cosas van sobre ruedas, pero cuando llegan las curvas, las cosas cambian. Ocurre en cualquier equipo que practica deporte: la clave de sus triunfos no es la unión; se trata de una relación inversa. Son los triunfos los que generan la unión y el compañerismo.

En todos los casos de corrupción conocidos altos cargos se han lamentado de colocar algún que otro “garbanzo negro”. ¿Tampoco los conocían? ¿O todos los que están allí tienen un “jardín secreto” o genético en el que son ladrones? Seguramente no. Unos políticos son honrados, otros no, y otros se limitan a seguir incentivos. Si todos lo hacen, no pueden resistirse.

 

Estimado lector, un jardín secreto genera disonancia, ya que suele tratarse de algún hecho o pensamiento que no nos gusta comentar y nos incomoda. Eso permite tres posibilidades. Una, seguir con esa carga en la cabeza. Dos, cambiar el relato mental. Ya se sabe, “tenía que hacerlo”. Tres, asumirlo y comentarlo si toca y es necesario.

 

Es una forma hermosa de admitir nuestra humanidad. Lo dice la sabiduría popular: el errar es cosa humana.

 

De la pena al compromiso. (1 marzo).

Sin duda, en el mundo existen muchas cosas que funcionan mal. La justicia es una de ellas: casos de corrupción como los de la Gurtel o los ERE de Andalucía nos recuerdan su lentitud, y lo que es más preocupante, la sensación de que si eres rico y tienes influencias las cosas cambian. Nadie como Jordi Pujol representa mejor este patrón. Y es que es muy duro asumir que el mundo es injusto de la misma forma que la tierra es redonda. Por esa razón pocas de las películas que vemos terminan mal: ¿quién recuerda algún caso en el que el malo gana un juicio?

            Por desgracia, una cosa es la realidad y otra la ficción. En la primera suelen ganar los malos, en la segunda los buenos. ¿Por qué? Muy sencillo. El malo está dispuesto a jugar sucio o a hacer trampas, y eso supone jugar con ventaja. Son las cosas de la vida: es como es, no como nos gustaría que fuera.

            Así, podemos sentir pena por muchas cosas. Por el hambre en el mundo, por las guerras, los refugiados (que parecen olvidados), por la derrota de nuestro equipo, por el cambio climático o porque nos hemos ido de vacaciones y ha hecho mal tiempo. En unos casos poco podemos hacer: nuestro equipo intenta ganar pero su rival también. Unas veces se gana, otras se pierde. Respecto del clima, lo mismo. Aunque ya existen empresas que garantizan buen tiempo el día de tu boda por el módico precio de 100.000 dólares, la seguridad completa no existe.

            Sin embargo, es posible que podamos hacer más ante cosas que nos dan pena o nos preocupan. Pero tenemos un enemigo: la comodidad. Y muchas veces, el compromiso termina cuando afecta a nuestro bienestar, sea en tiempo o en dinero. Sí, no podemos acabar con los problemas del mundo. Pero podemos hacer pequeñas cosas. Por ejemplo, pequeñas aportaciones a ONGs. Por desgracia, el escándalo de Oxfam en Haití, donde se ha demostrado que se usó parte del dinero para obtener favores sexuales, nos puede hacer dudar de su efectividad.

            No obstante, lo más preocupante de este asunto es que nadie dijo nada. Es difícil de creer que sucesos de esta categoría no sean advertidos por personas de buena fe. Lo mismo se puede decir de los casos de acoso sexual que comenzaron con el productor norteamericano Harvey Weinstein, que se ha llevado por delante a muchas personas más, como Kevin Spacey, o han hecho dudar de la honorabilidad de artistas como Woody Allen. Ahora bien, ¿cómo es posible? Está claro; de nuevo, el compromiso termina cuando afecta a la comodidad. Es mejor mirar hacia otro lado si todos lo hacen. Así nos ahorramos problemas. Y lo peor: el sistema en el que vivimos nos anima a actuar así. Denunciantes de casos de corrupción en nuestro país han terminado acosados por los medios o incluso despedidos de su trabajo. Primera y última regla del comportamiento humano: las personas respondemos a incentivos.

            Por esta regla de la comodidad se ha puesto de moda el “activismo de ratón de ordenador” o el “activismo de lazo”. Artistas o millonarios se vuelcan con una causa noble. Se van a la Antártida o a un poblado del Africa Tropical, se sacan una foto y vuelta para casa. Es muy bonito defender así una causa que nos parece justa. Pero como dice Naomí Klein en su último best seller, “Decir No ya no es suficiente”. Entonces, ¿qué hacer? Pequeños cambios de comportamiento en forma de compras, inversiones y uso del tiempo.

Existen futbolistas como Juan Mata hacen una campaña para que compañeros de profesión donen el 1% de su salario para causas nobles le apoyan cuatro gatos. ¿Cómo se explica? ¿Es tan sólo comodidad? No. La distancia importa. Y muchos multimillonarios no ven la miseria de nuestro mundo. Si vemos un ejemplo concreto de un niño que tiene una enfermedad rara muchas personas están dispuestas a ayudarla. Algunos empresarios han perdido mucho dinero por mantener a trabajadores que no generaban su salario. Tenían relación personal con ellos. En sentido contrario, ejecutivos de grandes empresas echan a trabajadores como si fueran números pero son más remisos a hacer lo mismo con personas que conocen.

            Para comprender esta idea, basta un ejemplo. Si vamos a trabajar y encontramos una persona que se está ahogando y hacemos lo posible por salvarla, nadie nos va a echar la culpa por llegar tarde. Por otro lado, recientemente se han ahogado decenas de personas que no estaban intentando llegar a España y la incidencia en los medios ha sido mínima.

            Es así. Hay dos razones por las que no tomamos decisiones que puedan mejorar a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea. Una, que dicha decisión afecte a nuestra comodidad económica o temporal. Dos, que no veamos el efecto que genera. Es decir, la distancia.

Información (24 de febrero).

            Información, información. Estamos abrumados de información. El debate más influyente relacionado con la misma es su posible veracidad. Sí, indudablemente es malo tener una opinión de la realidad basada en falsedades. No obstante, existe un método muy sencillo para solucionar este problema. Simplemente, consultar una web de un medio de información acreditado. Punto.

            Claro que se podrá argumentar aquello de que “los medios están manipulados”. Eso se arregla consultando aquellos que tengan diferentes sensibilidades acerca de la realidad que nos rodea.  Si las personas ya tenemos sesgos para identificar la realidad, los medios también los tienen. Y uno de los sesgos más comunes es que todos seres humanos tendemos a representar el mundo de acuerdo a nuestras ideas y valores. Por esa razón somos más tolerantes con los errores que cometen personas que se nos asemejan. Además, es indudable que los medios tienen intereses económicos. Es famoso el caso de un medio nacional que tras lanzar críticas a instituciones estatales estratégicas recibió como “premio” una menor publicidad gubernamental. En este contexto, pensemos en las empresas que más a menudo se anuncian. Por supuesto, son poderosas. Eso influye en las críticas que puedan recibir: siempre serán más suaves.

            Existen más aspectos de interés relacionados con la información. El principal, el interés. Vender. Y venden más las noticias malas que las buenas. Es el dicho aquel de que “la noticia no es que el perro muerda al hombre, es que el hombre muerda al perro” o ese otro de “no dejes que la realidad estropee un buen titular”. ¿Qué es lo más importante? La pregunta es muy compleja. ¿La política, los sucesos o el deporte? ¿Están representados de forma ecuánime en los medios? Vamos a ser claros: no. En la política las noticias a menudo son más amarillistas que efectivas. Lo importante no son los puestos, la posible crisis de gobierno o la sustitución del ministro de economía por Fulanito o Menganito. Debemos centrarnos en las políticas. Pensemos en las pensiones. Unos dicen que “el gobierno no quiere subirlas más” y otros dicen que “no llega para más”. ¿Quién tiene razón? No importa. Lo relevante es, ¿qué podemos hacer?

            Aquí vuelve a entrar la información. Para comprender problemas como las pensiones, el rescate bancario, el cambio climático o la guerra de Siria sería más útil la información explicativa que la descriptiva. Sí, vemos lo que pasa. La duda es: ¿por qué pasa lo que pasa? Los medios y las personas nos quedamos con lo que ha ocurrido, pero como decía Ortega y Gasset, “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”. Es una buena lectura de la realidad.

            Respecto de los sucesos, las malas noticias abundan. Algunas ONGs han recibido justas críticas. Ahora bien, ¿dónde están las felicitaciones a las miles de personas que se están jugando la vida un día sí y otro también por crear un mundo mejor? ¿Por qué no nos enseñan más ejemplos de esos? Nos inspirarían y nos harían, seguro, mejorar como personas.

            Por último, los deportes. ¿Por qué no la cultura? ¿Por qué no comentar con más profundidad la publicación de nuevos libros, el estreno de películas, alguna obra de teatro o un musical que está causando furor? Eso aumentaría la curiosidad de muchas personas. Y es que la cultura importa. Tener ese tipo de sensibilidad nos integra en la sociedad y nos genera ratos de felicidad inolvidables. Existen tantas posibilidades: cuadros, música, arte, esculturas. Y sí: deporte. También nos permite conmovernos.

            Merece la pena destacar aspectos que no son información. Por ejemplo, el entretenimiento. Muchos programas de televisión se venden como “informativos” cuando se dedican, simplemente, a entretener. El caso estándar: tertulianos que juegan al tenis mandándose palabras y frases hechas. El caso de moda: “vais contra la legalidad”. “No entendéis nuestro sentimiento”. No hay más argumentación.

            Entonces,¿cómo tener una visión clara de la realidad que nos ayude a tomar mejores decisiones? ¿Qué podemos hacer?

            Ser críticos. Dudar de todo lo que nos cuentan: puede que sea un engaño, un error, un malentendido o un aspecto de la realidad que ha cambiado. Viajar. Conocer a personas de diferentes ámbitos económicos, sociales y culturales. Leer. Ver películas. Aprender. Adquirir conocimiento e información por diferentes medios, sean audiovisuales, redes sociales o prensa escrita. Conocer e intuir los incentivos e intereses ocultos de las personas, instituciones o empresas con las que tratamos. Salir de nuestra zona de confort. Vernos a nosotros mismos como si fuésemos una persona diferente. Discutir y debatir con los demás siendo conscientes de que una buena argumentación puede ser suficiente para cambiarnos de opinión. Eliminar prejuicios. Ser conscientes de que el mundo no para de cambiar. Recordar que usar la imaginación, como decía Einstein, es más importante que usar la inteligencia.

            ¿Y la televisión?

            Se puede ver, sí.

            Pero no hace falta encenderla.

VIX (17 febrero).

          No, no es un nombre de detergente. El VIX es un índice que mide la volatilidad de la bolsa norteamericana, y se denomina también “índice del miedo o del pánico”. Y el pasado 5 de febrero subió el 115%. Eso quiere decir que el mercado espera grandes altibajos en el precio de las acciones. Obviamente eso puede suponer beneficios o pérdidas, pero la aversión humana al riesgo hace que la mayor parte de los inversores apuesten por vender sus valores, con lo cual ya se sabe: batacazo. Así, el índice Dow Jones sufrió ese día la mayor caída de su historia en términos absolutos: 1175 puntos (al menos, en términos relativos la bajada fue del 4,6%). Y a partir de ahí, el efecto dominó.

            Está claro que la pregunta pertinente es: ¿a qué se deben los vaivenes del VIX? Hay dos explicaciones. La primera es que la Reserva Federal de los Estados Unidos (el Banco Central de allí) ha estrenado nuevo presidente (Jerome Powell, en sustitución de Janet Yellen), y se espera que suba los tipos de interés. Eso implica que los bonos van a ser más atractivos. Es lógico: si nos dan un 0,5% de interés seguro prefiero arriesgar e invertir el dinero en la renta variable, pero si tenemos un 2% de interés garantizado tenemos más incentivos para pasarnos a la renta fija. La razón es sencilla: en teoría, la ganancia está asegurada. Así, los inversores  venden acciones y los precios bajan.

            La segunda explicación es que la bolsa está muy cara y simplemente las ventas sirven para recoger beneficios. Hay una lógica sencilla para comprender esa idea. Si el mercado espera que las empresas aumenten su beneficio un 1%, lo razonable es que la bolsa suba en la misma proporción. Sin embargo, no ocurre así. El alza de la bolsa ha sido mucho mayor. Ahora bien, ¿se puede saber la magnitud de la subida? Sí. Para ello, nos vamos a otro indicador financiero: el PER (Price Earning Ratio). Se trata de evaluar el número de veces que está contenido el beneficio de una empresa en el precio de una acción. Si la cotización de dicha acción es de 40 euros y el beneficio por acción es de 2 euros, el PER sería 20. Si la media histórica del PER de la bolsa en Estados Unidos es de 15, basta dividir 20 entre 15 para comprobar que da 1,33 y deducir así que la bolsa está sobrevalorada en un 33%. Pues bien, eso es lo que también ha podido pasar.

            ¿Hay más formas de conocer el valor de una acción para intuir si su precio de cotización encaja con el precio al que debería estar en términos objetivos? Hay muchas. Por ejemplo, el análisis fundamental calcula el valor real de las acciones a partir de los balances contables aunque tiene en cuenta, desde luego, más factores. El análisis técnico estudia el valor de la acción a partir de gráficos con la idea de predecir tendencias futuras. Es razonable pensar que si algo sube, seguirá subiendo y si baja, seguirá bajando. Estos dos análisis son los más usados.

Hay otras posibilidades. Podemos intentar predecir los beneficios futuros de la empresa por acción cada año, y suponiendo que no van a existir grandes oscilaciones, descontar esos flujos monetarios a día de hoy. Ya tenemos el precio objetivo de la acción. También se puede usar un análisis econométrico mediante el análisis CAPM relacionando el índice de referencia (en España, el IBEX 35) con un valor particular. A partir del mismo, se puede razonar de nuevo si la acción está cara o barata. Una moda relativamente nueva es el calcular el “valor lógico” (logic value) de la acción. A partir de unos pocos indicadores de referencia acerca de la situación económica de una empresa como el endeudamiento o el crecimiento a largo plazo podemos predecir aplicando análisis de datos el precio al que debería estar la acción.

            Ahora bien, ¿quién tiene razón? Como en tantos otros aspectos de la vida, damos la razón al que gana. Ya tenemos a quién pedir consejo. Maravilloso, ¿no? No tanto. Según Warren Buffet, el inversor más famoso (y rico) del mundo, invertimos como tontos. Según un informe de la escuela IESE, sólo el 3% de los 632 fondos que cumplieron 15 años rentaron más que un bono del tesoro a 15 años. En otro experimento realizado a 248 escolares entre 5 y 17 años que eligieron una cartera de valores, la rentabilidad que consiguieron fue superior a la media de todos los profesionales. La diferencia está en las comisiones que cobran los profesionales.

            Falta apelar a los espíritus humanos: las emociones. Y eso nos lo explica la anécdota de Rockefeller, denominada “la sabiduría del limpiabotas.” Cuando éste le aconsejaba comprar acciones, ya que no dejaban de subir, el magnate comenzaba a vender.

            ¿Y si quedan muchos limpiabotas sueltos?

            Javier Otazu Ojer.   

SOLEDAD (7 febrero). 

            Una estadística asombrosa realizada recientemente en Reino Unido (lo que desconozco es cómo se realizan este tipo de estadísticas) indicaba que hasta 200.000 personas mayores no habían tenido una conversación con un amigo o familiar en más de un mes. Y eso sin tener en cuenta personas cuya conversación es únicamente por telefóno. ¿Quién no recuerda historias de un cadáver que aparece en alguna casa después de muchos días allí sin que nadie se haya preocupado por esa persona?

            En un mundo hiperconectado, ¿puede ser la soledad un problema de Estado? Claro que sí. Se estima que el efecto de no relacionarse con los demás es equivalente a fumar 15 cigarrillos diarios. Por lo tanto, personas en esta situación son más proclives a tener las típicas enfermedades cardiovasculares o incluso demencias. Es así: análisis estadísticos asociados a la epidemiología son múltiples. Conocerlos y aplicarlos nos lleva a tomar mejores decisiones. Y desde luego, no se trata de los típicos estudios que recomiendan comer saludable, no fumar, no beber, hacer un poco de deporte y no tomar un vaso de lejía al día (lo sé, esto es absurdo, pero lo mismo ocurre cuando nos machacan con todas estas ideas de vida saludable; ¡las conoce todo el mundo! ¿Por qué no nos dan métodos para aplicarlas?).

            Malcolm Gladwell investigó las razones por las que unas personas vivían más que otras en diferentes regiones de Estados Unidos. Se extrañó al comparar ciudades en las que los hábitos tradicionales de la población eran idénticos y sin embargo había grandes diferencias en la esperanza de vida. ¿Qué sentido tenía eso? ¿Cómo podía ser?

            La explicación era asombrosa: la vida social. En los lugares en los que las personas tenían más actividades comunes como salir a pasear, jugar a cartas o bailar se vivía más tiempo. Curioso, ¿no? Sin embargo, está aceptado que relacionarse con los demás alarga la vida y mejora la calidad de la misma. Según este enfoque, una persona que deja de tener ganas de salir a la calle y comienza a quedarse cada vez más tiempo en casa “disfrutando” de las múltiples ofertas de pantallas a los que estamos sometidos (teléfono móvil, televisión, ordenador o tablet) comienza a apagarse. Cuidado: hay excepciones. Alguien que esté entusiasmado por este tipo de actividades puede vivir muy bien durante mucho tiempo, pero no cabe duda que este entretenimiento está asociado al concepto de “matar la tarde”.

¿Cómo es la vida social en la pantalla? Cada vez aparecen más críticos. Entre todos ellos, merece la pena destacar a Chamath Palihapitiya, exvicepresidente de Facebook: “los ciclos de retroalimentación a corto plazo impulsados por la dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de la sociedad. Sin discursos civiles, sin cooperación, con desinformación, con falsedad”. Muy claro, ¿no? Es así. En cuanto tenemos un mínimo respiro, todos a los móviles. La meditación, para el Dalai Lama.

Esta pasión por el móvil nos lleva a efectos adversos. Por ejemplo, disfrutamos menos de las experiencias: a veces estamos más pendientes de que los demás vean que lo pasamos bien que de pasarlo bien por nosotros mismos. ¿No es absurdo? Supongamos que cuando alguien se hace un selfie se le prohíbe que lo enseñe a los demás. Lo más lógico sería que no haría ninguno. En fin, nada como aplicar a la sabiduría popular: dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.

Relacionando el uso del móvil con la soledad, ¿no nos sentimos abandonados cuando estamos en una conversación y nuestro compañero está pendiente del móvil? Para evitar la situación de desamparo que eso genera sólo veo una solución: decir a nuestro interlocutor la razón por la que estamos pendientes del móvil.

¿Qué puede hacer un gobierno para resolver el problema de la soledad? Poco o nada. Simplemente, los recursos no llegan para todo. Esta historia enseña lo importante que es la educación y las reglas de convivencia para que una sociedad funcione mejor. Si alguien tiene integrado el valor “no debemos dejar a los mayores abandonados” se sentirá más comprometido con sus padres, sus familias o incluso podría hacerse voluntario.

Hay más opciones. Llama la atención el caso de una mujer de Sevilla. Dejó un cartel en el que decía “se vende piso”. Lo curioso es que esa no era su intención. Simplemente, no se le ocurrió otra forma hablar con otras personas.

Sí, además de las recomendaciones habituales para gozar de una buena salud debemos destacar tener vida social. Pero hay otra destacable: tener y apreciar la cultura. Comprenderla, conmovernos y disfrutarla es fundamental. No deberíamos olvidarlo.

 

Por último, aunque no tiene sentido la soledad y sentirse acompañado (a no ser que seamos ascetas), alguien con muchas personas alrededor puede sentirse abandonado. Los ejemplos abundan. Aquí, en Flandes, en Washington y en todo el mundo.

INSULTOS (31 enero).

                La penúltima polémica en el mundo del fútbol vienen dada por un supuesto insulto racista ya que un jugador denominó a otro “negro de m…”. Vamos a valorar esta cuestión mediante tres preguntas.

            1.- ¿Es racismo esa expresión?  El hecho de que sea racismo depende de la interpretación del emisor y de la percepción del receptor. En general esa expresión se hace para provocar y desestabilizar al rival. Por lo tanto, no es racismo. Hay una excepción: que el emisor realmente no pueda ver a las personas de esa raza y lo haya sentido así. No es algo habitual, pero podría darse. Si el receptor percibe la expresión  como parte del juego no hay ningún problema. Pero si le parece racismo está en su derecho; es más, está en la obligación  de denunciarlo para evitar que ese tipo de sucesos se repita en el futuro.

            2.- ¿Está justificado ese lenguaje entre deportistas? Es inadmisible, de manera que también es deplorable que esté justificado el engaño al árbitro por parte de los jugadores más “listos”. Con las tecnologías existentes a día de hoy la comprobación de un tipo de insulto o engaño debería estar penalizada de la forma más severa posible. En un deporte que es un ejemplo para millones de niños en todo el mundo, no puede ser que salga gratis provocar a un rival con la intención de desestabilizarlo. La NBA castiga de forma severa el insulto al rival y el engaño al árbitro. Eso sí, en esta competición se lleva mucho el denominado “trashtalcking” por el cual los jugadores se pican entre ellos de forma  más sana con expresiones como “la voy a meter en tu cara” o “qué bien, hoy me marcas tú, menudo chollo”.Eso sí es parte del juego.

            3.-¿Hay insultos peores que otros?Afirmativo.  Si alguien usa una expresión racista o se mete con una mujer mediante una expresión machista, lo lleva claro. En cambio insultos más hirientes se pueden dar tranquilamente. Curioso, sí.  

            La peor expresión que he escuchado jamás en el mundo del deporte fue en un partido de baloncesto. Cuando el jugador del Real Madrid Antonio Martín iba a lanzar tiros libres, la afición del equipo rival le soltó la lindeza de “M30, M30”. ¿Por qué? Su hermano Fernando (estrella del baloncesto) había fallecido en accidente de tráfico en esa autopista. Ese partido debería haber sido suspendido de inmediato.

Hay más ejemplos. Hace años, había fallecido la madre de un jugador y antes de comenzar el partido de fútbol se guardó un emotivo minuto de silencio. Dicho jugador se abrazó con el capitán del otro equipo, y ocurrió algo extraño. De repente, le soltó un puñetazo descomunal y lo tiró al suelo. ¿Qué había ocurrido? Por lo visto, el jugador rival le dijo “que pena lo de tu madre. Era la mejor del prostíbulo”.

Por supuesto, está muy bien la originalidad. No es lo mismo decir a Ronaldo “hijo de…” que decirle “balón de playa” o “Messi”. Un árbitro comentaba que lo peor que había oído  en un campo de fútbol era…¡que tenía las orejas grandes! Es decir, una persona que ha estado en un montón de sitios, que ha oído de todo, ha quedado afectado por una expresión banal. ¿Cómo se explica? Pues…a lo mejor el que lo ha dicho tiene razón y es un pobre orejudo, ¿no?

Es decir, como seres humanos el único insulto que nos podría herir es el de una expresión veraz. Si me dicen “eres un cabr..” es lo mismo que si me dicen “eres una lavadora”. ¿Qué más da? No soy ni lo uno ni lo otro. Además, si me enfado le estoy dando al emisor del insulto un gran poder, el de alterar mi estado de ánimo. Es muy sencillo, no se lo merece. Al fin y al cabo, ya va siendo hora de que el insulto falte el que lo dice, no al que lo recibe. Bien, ¿qué ocurre si realmente tengo las orejas grandes? Pues nada. Que tengo las orejas grandes. ¿Para algo por eso? Es la primera regla de la autoestima. Aceptarnos como somos.

Otro ámbito donde se desarrollan los insultos es el de la política. Y por esos lares la originalidad brilla por su ausencia. Lo mejor es la expresión chistosa. En eso, Churchill era el mejor. En una discusión con una diputada de la oposición, la cosa iba subiendo de tono hasta que le dijeron: “si fueses mi marido, llenaría tu copa de café de veneno”. Churchill contestó: “si fueses mi mujer, me lo bebería”.

Insultos, insultos. Todo está basado en un error doctrinal. Decimos “Fulano es un tirano”. Es muy difícil encontrar alguien que sea un tirano siempre, con todo el mundo. Lo que deberíamos decir es que “Fulano se ha comportado como un tirano con Pepito”.

Si nos acostumbramos a juzgar comportamientos y no a personas interpretamos mejor la realidad e insultaremos menos.

Javier OtazuOjer.

Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

www.asociacionkratos.com

World Economic Forum (22 enero).

Todos los años se celebra a finales de enero en Davos (Suiza) la reunión del Foro Económico Mundial, donde se tratan los temas que más afectan a la economía y la sociedad a nivel global, como si nuestro planeta fuese un único país. Esta vez el tema principal será “Crear un futuro compartido en un mundo fracturado”. Y es que según su fundador, Klaus Schwab, cada vez son más necesarias las acciones consensuadas, integrales y comunes. Es algo lógico en un mundo interconectado por la red y las nuevas tecnologías, que tiene las barreras de la nueva geopolítica (“mi país es lo primero”) y el desequilibrio existente en el reparto de  la riqueza.

            Si hacemos una radiografía de cómo están las cosas los asuntos principales son los habituales. Está el cambio climático, que no se aborda con el rigor suficiente. Cuestiones: excesiva confianza en las tecnologías futuras, interés individual de cada país, dificultad de tener un criterio unificador para que se repartan las cargas de manera justa. Está el problema del trabajo, que existe, pero con unos sueldos que se están estancando (de hecho, el peso de los salarios en la proporción de riqueza no deja de disminuir). Desde luego, se deben plantear políticas económicas equilibradas con el cambio tecnológico y la sociedad de manera que el deterioro medioambiental sea mínimo. Y lo más importante: ¿cómo abordar el descontento generalizado ante la incertidumbre del futuro?

            Para afrontar estos problemas debemos comenzar por una pregunta muy sencilla: ¿quién manda? Parece lógico, ¿no? Sí, es cierto que pensamos siempre que el poder lo tienen los grandes conglomerados financieros. Entonces, merece la pena tener en cuenta la opinión del principal inversor del planeta: Larry Fink. Consejero delegado y presidente de BlackRock, maneja activos valorados en más de 5 billones de dólares. Para que nos hagamos una idea, ¡más de cinco veces la economía española!. En una misiva enviada a grandes empresas, recuerda que los más ricos han tenido unos beneficios inmensos, y que los salarios han subido de forma ridícula. Eso nos está llevando a un desequilibrio que se debe frenar ya. Por eso aboga por la responsabilidad social de las empresas. En otras palabras: el único objetivo no puede ser sólo que los accionistas sean cada vez más ricos. Los trabajadores deben tener mejores salarios, y el conjunto de actores económicos relacionados con la empresa (proveedores, clientes, administración pública o sociedad general) un trato que no esté basado únicamente en la obtención de la mayor rentabilidad posible.

            Por supuesto, no sólo mandan las altas finanzas. Produce estupor comprobar como grandes empresas  pueden llevar el dinero con total libertad de un lugar para otro con objeto de reducir el pago de impuestos. Eso genera una competencia fiscal entre países que perjudica las capacidades de los Estados para cubrir las principales necesidades sociales, las cuales no dejan de aumentar: sanidad, pensiones dignas, educación, infraestructuras aceptables. La única solución, que está en el mundo de fantasía, vendría dada por una unificación fiscal global. Otra vía más razonable sería pagar los impuestos allí donde se genera la riqueza. Cuesta creer que con las tecnologías existentes no se aborde con más profundidad este camino.

            No podemos olvidar la enorme fuerza de los grupos de presión (lobbys). Una noticia que asombra es lo que ha logrado la industria del azúcar en Estados Unidos. Allí, se considera que si una pizza tiene tomate, ya es un vegetal. En consecuencia, se puede introducir en los comedores escolares. Impresionante. Esto demuestra que la única forma de combatir estas cosas es con una ciudadanía informada y crítica. No es suficiente con el denominado “activismo del ratón de ordenador”, que consiste en pinchar, desde un cómodo sofá, un “me gusta”, un “no me gusta” o “estoy indignado”.

            Es de agradecer que se hayan introducido indicadores económicos que tengan en cuenta no sólo la riqueza que se produce. El más atractivo es el índice mundial de crecimiento inclusivo. Tiene en cuenta el PIB y la esperanza de vida (el más usado hasta ahora, IDH, índice de desarrollo humano, tenía en cuenta además el nivel de educación) pero además valora criterios como la pobreza, el paro, el endeudamiento, el uso energías contaminantes o el desequilibrio entre generaciones. De las 29 economías más desarrolladas, España ocupa el puesto 26, y peor aún, este índice está empeorando. Si tenemos en cuenta además la gran desconfianza que la clase política genera en nuestro país, podemos concluir que aunque existe crecimiento económico, hay razones para estar preocupados. Un crecimiento con falta de cohesión social no es sostenible.

            Las conclusiones de estos foros siempre nos dicen lo que debemos hacer, pero tienden a olvidarse del cómo hacerlo. Y las barreras para ello son las de siempre: todos (personas, empresas e instituciones) queremos un mundo mejor, pero si tengo que hacer un sacrificio, espero a que comiencen los demás.

 

            ¿Quién es el primero?

Aplicaciones economía comportamiento (15 enero).

El último Premio Nobel de Economía ha recaído en Richard Thaler, investigador norteamericano especializado la economía del comportamiento. Curiosamente, cuando comenzó a investigar en este ámbito tuvo problemas en su facultad. Es lo que ocurre cuando se abren caminos nuevos.

            ¿En qué consiste la economía del comportamiento? La definición de uno de los mayores expertos mundiales, Dan Ariely, es la más acertada: “Comprender las fuerzas ocultas que determinan nuestras decisiones, en muchos contextos distintos, y encontrar soluciones a problemas comunes que afectan a nuestra vida personal, profesional y pública”. Ariely tuvo un accidente que le cambió la vida cuando tenía 18 años: la explosión de una bengala de magnesio le dejó un 70% del cuerpo cubierto de quemaduras de primer grado. En todo el proceso de recuperación observó que muchos pacientes que se encontraban con los mismos problemas que él no seguían las recomendaciones de los médicos. ¿Cómo podía ser? Para explicarlo, se planteó un objetivo: saber  qué hay en la vida que motiva a la gente. En este caso, observó que seguir los consejos  médicos era muy doloroso a corto plazo aunque a largo plazo el beneficio era enorme. Así, sacó una primera conclusión: sobrevaloramos el presente. Por eso no ahorramos lo que debemos, no seguimos dieta o los políticos no toman las decisiones correctas a largo plazo. Por eso merece la pena recordar la reflexión de Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea: “sabemos que hacer para salir de la crisis, pero no sabemos cómo salir reelegidos si lo hacemos”.

            Hay otros conceptos que ayudan a complementar los objetivos de la economía del comportamiento. Para Robert Cialdini, experto en negociación y persuasión, “quienes somos, con respecto a cualquier tipo de elección, es donde estamos, en el ámbito de nuestra atención, en el momento justo antes de tomar una decisión” (Presuasión). Para David Eagleman, divulgador del cerebro, “todas las experiencias de su vida – desde una conversación hasta su más vasta cultura- conforman los detalles microscópicos de su cerebro. Desde el punto de vista neurológico, quién es usted depende de dónde ha estado” (El cerebro. Nuestra historia).

            Bien, es el momento de buscar aplicaciones de la economía del comportamiento. Unas son realidades, otras sugerencias.

            En unos países las personas al nacer son donantes por defecto, en otros no. Eso explica diferencias que pueden ir del 80% al 20%. Eso es debido al efecto del Statu Quo: tendemos a quedarnos como estamos.

 

 

            Sólo quedan pensiones, en su sistema actual, para unos diez años. ¿Qué hará el gobierno en el futuro? Nos dirá, en la nómina, que pensión nos pertenece si seguimos trabajando igual hasta llegar a la edad de jubilación. Mediante este incentivo, muchas personas se harán otros planes privados de pensiones o de ahorro (o se los hará el gobierno por defecto).

            La sobrevaloración del presente hace que la “solución fácil” para muchos problemas públicos o privados sea endeudarse. Como no vemos hoy los intereses que vamos a pagar mañana, infravaloramos el problema. Solución: valorar lo que se podría hacer cada año con los intereses de deuda que pagaremos.

            Estamos programados para pensar que las cosas van a seguir siempre igual. Pero como decían los clásicos, lo único que no cambia es el cambio mismo. Por esa razón no tomamos las medidas adecuadas para afrontar correctamente el futuro de nuestro planeta o de nuestra salud. En el primer caso, confiamos en los avances tecnológicos. En el segundo, en los avances médicos. Solución: respecto del clima, difícil. Es un problema global. Respecto de nuestra salud: educación y concienciación.

            A menudo existe un desajuste enorme entre los incentivos de una persona, la de la institución pública que representa y el bien común. ¿Qué se puede hacer? Potenciar organismos independientes que sean observadores de la realidad. Actuarían en dos niveles. Uno, indicando cómo se van a financiar las nuevas políticas que conlleven gasto: impuestos, deuda o reasignación de presupuestos. Dos, contrastar lo que se dice en debates o discursos con lo que se hace.

 Además, la economía del comportamiento investiga las razones por las que cometemos estupideces (pilotos que obedecen órdenes aunque eso suponga que un avión se estrelle) y cuándo a una persona le merece la pena ser maquiavélica (parece que muchos casos de corrupción se dan porque creen…que nos les van a pillar). Por supuesto, no se puede olvidar el funcionamiento del cerebro (neuroeconomía).

            Para terminar, no podemos olvidar el contexto en el que nos encontramos. Lo explica muy bien Ryan Avent, editor de The Economist: “la sociedad debe atravesar un período de cambio desgarrador antes de acordar un sistema social con amplia aceptación para compartir los frutos de este nuevo mundo tecnológico” (La riqueza de los humanos). Posiblemente esta idea explique mejor que ninguna otra el avance de los populismos.

 

            En estas fechas tan dadas a la reflexión, ¿cómo no hacerlo acerca de nuestro comportamiento y de cómo afecta a la sociedad?

Futuro (1), Emprender (8 enero).

 La bajada de los indicadores del desempleo es una preocupación persistente para todos los gobiernos, en cualquier ámbito. ¿Cómo va a ser el futuro del trabajo? ¿Va a ser la única salida emprender? Merece la pena valorar esta idea, ya que el enfoque político “hay que recuperar los puestos de trabajo perdidos” (Barack Obama) se contrapone a la realidad “los puestos de trabajo no regresan; evolucionan” (Ricardo Hausman).

            Para valorar este problema es necesaria una visión clara del mundo que nos rodea. Así, se destacarían las siguientes características. Primero, la hiperconectividad digital y flujo continuo de información (si en el año 2017 el conocimiento se duplica cada 17 meses, se estima que en el año 2020 se va a duplicar cada 72 días). Segundo, monopolios de red. Por naturaleza, Facebook, Linkedin o WhatsApp no tienen competencia posible. Sí la pueden tener empresas como Amazon, Apple o Google, pero su fuerte posicionamiento de mercado las hace difícilmente vulnerables. Tercero, oligopolios de escala. Existen unas pocas empresas que nos proveen de lo que más demandamos: alimentación (grandes superficies), ropa, energía, telecomunicaciones y servicios financieros. Cuarto, avance tecnológico y robotización. Todos estos factores nos llevan a pensar que el trabajo va a ser un bien cada vez más escaso en el futuro y que emprender sea una de las únicas salidas posibles. ¿Sí? ¿No?

            A nivel cultural, existen barreras enormes. Venimos de un mundo industrial y la educación familiar no invita a arriesgarse a montar una empresa. La proporción de universitarios que desea ser emprendedora es ínfima. Así, muchos de ellos no encuentran trabajo y se van cada año (unos 25.000). En países como Alemania la cultura es diferente, y por ejemplo se dan casos de personas que han sabido renovar sus trabajos tradicionales (carpintería o albañilería) sin desaparecer del mercado.

            La cultura está enlazada con la educación. Sea el nivel que sea, se consideraría adecuado llegar a al nivel educativo número tres. El primero, está basado en aprender la teoría y luego hacer práctica. El segundo, de moda ahora, es aprender haciendo. Primero la práctica, después la teoría. El tercero es rompedor: búscate la vida. Y si tienes dudas, pregunta. Además, no toda la educación debe técnica. Si olvidamos la educación humana, estamos desorientados. Pues ésta es la que nos enseña a detectar oportunidades y a buscar un propósito. Desde este enfoque, educación es saber qué hacer cuando no sabes qué hacer.

A nivel particular, respecto de la FP dual los expertos critican que en España hay tantas modalidades como comunidades autónomas. En la Universidad, pese a sus carencias,  se valora positivamente y se debe profundizar  en la internacionalización de sus miembros.

 

            Respecto de la financiación, está más asequible debido a que los tipos de interés están bajos. Y existen muchas plataformas digitales que nos permiten encontrar más  opciones. No obstante, ¿qué proyectos son más atractivos? Desde luego, es clave el riesgo. Generar caja también. Y conocer dónde estamos metidos, desde el punto de vista de nuestra situación vital o la experiencia en el mercado en el que deseamos entrar, capital.

No podemos olvidar que vivimos en una pequeña comunidad: Navarra. ¿Qué estrategia es más adecuada? ¿Dejar a las personas a su libre albedrío o ayudar algún sector? Aunque resulte indignante para los economistas neoliberales, cada vez más, los territorios se especializan en algún mercado. Por poner un ejemplo curioso, en Turquía se está desarrollando el turismo sanitario dedicado a los trasplantes capilares. ¿Navarra? Está el plan de especialización inteligente (heredero del antiguo Moderna) y sí, siempre es triste que todos los partidos (ni antes ni ahora) no se hayan puesto de acuerdo por el bien común. En fin, son los incentivos de la política. Por otro lado, empresarios de la Ribera demandan más ayudas al sector agroalimentario. Como inconveniente, el gran peso industrial de nuestra región hace que no se planteen proyectos nuevos.

            En todo caso, ¿qué puede hacer la administración? Algunas medidas son las conocidas por todos: menos papeleos, más transparencia (en especial en concursos públicos), flexibilidad laboral (muy importante: que tenga en cuenta el tamaño de cada empresa). Desde este punto de vista, no se entiende la supresión de la ventanilla  única, la cual tuvo un gran éxito. Otras opciones son menos conocidas: por ejemplo,  mientras que en caso de fracaso empresarial los “malvados” bancos hacen quitas, la administración las niega. Además, la legislación de hoy genera incentivos perversos que fomentan la creación de la figura de falsos autónomos, olvidando otras que podían ser útiles en los tiempos actuales como el contrato de formación y aprendizaje.

            Por último, hay sorpresas. Por ejemplo, sólo uno de cada cuatro casos de emprendimiento es por necesidad. La facturación de las empresas de base tecnológica ha bajado.

            En fin, ideas que nos deben llevar, individual y colectivamente, a lograr que el mercado de trabajo no sea un mercado de lujo.

            Javier Otazu Ojer.

            Conclusiones de la mesa redonda de la Asociación Kratos: “El futuro del trabajo, dónde emprender” formada por Amaya Erro, Gonzalo Soto, José Félix García y Leyre Ancín.

                

Alegría (1 enero).

Cuando llegan épocas de crisis o de incertidumbre relacionada con el futuro, es fácil notar a las personas más ansiosas. Hace varios años, en la época de inestabilidad cambiaria en Argentina, muchos de sus  habitantes estaban de acuerdo en una idea: se estaba perdiendo alegría. ¿Está ocurriendo eso ahora? Los indicadores económicos dicen que la cosa está repuntando, pero, ¿ocurre lo mismo con la felicidad?

            La alegría interna depende de muchos factores. Podemos distinguir las condiciones necesarias de las condiciones suficientes. Si no se cumplen las primeras, no hay felicidad posible. Si se cumplen las segundas, el camino principal está hecho, ya que nos llevan a las condiciones necesarias. Sin duda, hacer este tipo de valoraciones es atrevido, ya que de forma inevitable terminan siendo subjetivas.

            Vamos a comenzar por la célebre trilogía formada por la salud, el dinero y el amor. ¿Es la salud necesaria para tener alegría? Viene muy bien, pero no siempre es necesaria. Todos conocemos personas enfermas, incluso con discapacidades altas, alegres y otras que “lo tienen todo” y están tristes. Aunque salud es lo primero, las personas tenemos una gran capacidad de adaptación a circunstancias adversas.

 Para contestar a la cuestión relacionada con el dinero, debemos hacer un esfuerzo que está olvidado: ¿qué es el dinero? ¿Son monedas, billetes, anotaciones contables en una cuenta bancaria o bitcoins?  Definimos el dinero como cualquier unidad de intercambio (real o virtual) que permite a su propietario la capacidad de lograr un bien o servicio concreto en un momento determinado según sus deseos. Estas unidades de intercambios son múltiples; conforme más personas las acepten, más opciones para su dueño. Por ejemplo, si alguien tiene una cantidad enorme de una moneda social admitida únicamente en Bristol, sólo allí podrá hacer sus transacciones económicas deseadas. Para estar alegre, la única condición  necesaria es tener una cantidad de dinero mínimo que permita cubrir nuestras necesidades básicas.

            Respecto del amor, su definición es muy compleja. Todos lo vemos distinto. ¿Qué derechos y obligaciones genera? Sin duda, aquellas personas que disfrutan de su amor verdadero ya tienen una condición suficiente para ser felices. Sin embargo, en términos genéricos, existen personas sin compromiso muy felices, existen personas en pareja muy desgraciadas. Una cosa es lo que vemos en las parejas, otra cosa es la convivencia interna de puertas a dentro. Desde luego, no es cuestión de minimizar el impacto del amor. Las personas casadas tienen una esperanza de vida mayor, y en este sentido las estadísticas son irrefutables. Pero continuando con las estadísticas, pesa más tener una vida social rica que tener amor. Es difícil encontrar una persona alegre que se relacione con muy pocas personas. Lógico y normal: la alegría se comparte con los demás, y dentro de cada uno sirve para aportar entusiasmo y energía a las actividades que se realicen a lo largo del día.

            La condición suficiente más importante para estar alegre y feliz es tener la sensación de hacer “lo que debemos hacer”. Cuando tomamos de forma continuada decisiones basándonos en el consenso social (“esto es lo que hace todo el mundo”) o nos encontramos en un círculo del que es complicado salir, la alegría disminuye y se difumina.

            ¿Existe posibilidad más para estar alegre?

            Hay dos opciones. Primera, las personas que están encantadas con su rutina diaria, sea la que sea. Segunda y más importante: tener una esperanza fundada de que el futuro va a ser mejor. La palabra clave es esperanza. No ver perspectivas positivas hacia delante nos desanima y hace encallar. Tenerlas nos empuja y nos hace sacar energía de donde no la hay. Y nos alegra la vida. ¿Hay algo más hermoso que pensar en un futuro mejor para nosotros y todos los que nos rodean?

            Esa es la razón por la cual muchos políticos populistas nos prometen un futuro mejor gobernando ellos, claro está. Pero luego ya sabemos lo que ocurre. Lo que pasa es que necesitamos creer. Vemos nuestra vida como ese cuento en el que después de muchas peripecias siempre llega el ansiado final feliz.

            Martin Wolf, uno de los analistas más influyentes del mundo, está extrañado por una razón: las personas se rebelan contra los políticos, no contra el sistema económico. Bien mirado, tiene lógica. Antes, la política era un medio para buscar un mundo mejor. Ahora, parece un fin en sí mismo: un alto cargo garantiza influencia, prestigio y dinero independientemente de cómo sea el desempeño en el mismo. Y es fácil rebelarse contra personas que ocupan puestos concretos. ¿Cómo vamos a rebelarnos contra un sistema? ¿Dónde hacemos la manifestación?

            En conclusión, es posible que la nueva economía digital y colaborativa nos esté haciendo perder algo de alegría. Pero al menos conocemos las fuentes de la misma. No es poco. Y respecto del sistema, necesitamos conocerlo para transformarlo.

 

            Así, podremos vivir para cambiar el mundo. Aunque sepamos que no podemos hacerlo.

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