BLOG 2017. IMAGINAR.

Maldad, estupidez, locuras y realidad (25dic).

Todos conocemos el famoso dicho "de bueno se pasa a tonto". De forma extraña, pocas veces hemos nombrado el dicho "de malo se pasa a estúpido", y mucho menos, de "estúpido se pasa a loco".

 

            Si hay dos paradigmas claros del paso de maldad y estupidez serían los casos de Iñaki Urdangarín y la familia Pujol. No sólo tenían la vida resuelta ellos y sus descendientes: tenían una reputación enorme. Ser de la familia Real por un lado y la imagen "honorable" de Cataluña por otro eran podios difícilmente igualables. Pero claro, la avaricia rompe el saco y muchas más cosas.

           

            No es tan difícil pasar de malo a estúpido. Múltiples casos de corrupción nos sirven de ejemplo. Los casos de antiguos  presidentes autonómicos, altos cargos políticos, empresariales o sindicales  nos sirven de referencia obligada. ¿Cuál es la razón por la que se llega a esta situación? Ellos piensan que es difícil que les pillen, ya que es un patrón de comportamiento muy arraigado: creemos que todo va a seguir igual. Pero no es así. La idea la expresa muy bien la escritora canadiense Margaret Atwood, cuando comenta que en la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial todo el mundo era consciente de que su vida podía cambiar de un día para otro. Eso tenía dos implicaciones importantes: por un lado, se valoraba más lo que se tenía. Por otro lado, al estar más preparados para el cambio éste no era tan traumático.

           

            Desde luego, tampoco es difícil pasar de estúpido a loco. Con esta expresión me refiero a perder completamente la noción de la realidad y tomar decisiones que atentan contra el sentido común (el menos común de los sentidos). Muchas personas de las que están siendo investigadas por la justicia piensan, y lo piensan de verdad, que están sufriendo una persecución y que si bien han hecho cosas que tienen una ética discutible, la mayor parte de las veces era por mejorar la vida de los demás (y de paso, la suya propia). Es lo que tiene la racionalización interior: quien  se dedica a cobrar comisiones ilegales termina pensando que es lógico que sea así, y le parece razonable y justo ganar ese dinero, aunque sea un delito.

 

            El caso catalán, ¿es maldad, estupidez o locura? La conclusión es muy subjetiva, ya que los tres conceptos están muy entrelazados entre sí. Lo que para unos es maldad para lograr más poder sea como sea, para otros es estupidez al jugarse el patrimonio y la entrada en la cárcel. En un caso extremo se puede catalogar como locura, al ver los efectos finales del procés: empresas que se marchan de Cataluña, fractura social y caos económico. Por supuesto, hay quien piensa que todo ello es por el bien de la sociedad catalana y que se han tomado las decisiones adecuadas. Desde este punto de vista, Puigdemont y los suyos son héroes o mártires por la causa.

 

            No obstante, ¿por qué no sacar conclusiones aplicadas a la realidad?

 

 

           

            Estamos ante un caso claro de endogrupo y exogrupo. Es decir, me refugio y me relaciono tan sólo con aquellos que piensan como yo. Eso hace que me reafirme en mis posiciones y vea a los que están en el otro lado como unos seres irracionales sin sentido. Si terminamos deshumanizando a los otros, el conflicto violento está servido. En caso de duda, llamar a Ruanda y preguntar a los tutsis.

 

            Muchas personas realizan presiones para que alguien tome decisiones que les benefician a ellos sin que deban pagar sus consecuencias. La CUP presionó para que se llegase a la DUI (declaración unilateral de independencia) y de momento no han sufrido daños jurídicos o económicos. Cuando alguien nos anima a hacer algo, debemos valorar los beneficios y pérdidas para nosotros mismos…y para él.

 

            Hoy la realidad está formada por los relatos (incluidos los históricos), las estadísticas y las imágenes. Lo verdadero es lo que me cuentan, los números (lo dijo Mark Twain: “las cifras no mienten, pero a los mentirosos les gustan mucho las cifras”) y lo que veo (en muchos lugares turísticos lo que vemos no es la vida cotidiana de la zona: son simples figurantes). ¿Dónde hemos dejado el espíritu crítico y la capacidad de dudar? La cultura de la inmediatez nos impide realizar análisis sosegados que nos puedan permitir, en un momento dado, cambiar de opinión.

 

            A menudo un grupo de trabajo no está de acuerdo con la decisión del superior. Por desgracia, discrepar es el destierro. ¿Quién se atreve a lanzar la primera piedra? De esta forma parece que las cosas se toman de común acuerdo, y no es así: sólo deciden unas pocas personas.

 

            No olvidemos nunca ni los incentivos ocultos de cada agente económico ni la valoración de los escenarios futuros que comportan ciertas decisiones en los diferentes ámbitos sociales.

 

 ¿Pensó alguien, el uno de octubre, en el escenario de hoy?

 

 

El bitcoin y el blockchain (18 dic).

El reciente estreno de la famosa criptomoneda bitcoin en el mercado de futuros de Chicago (CBOE por sus iniciales en inglés) ha generado una amplia controversia acerca de la viabilidad de este medio de pago. ¿Cómo se ha formado? ¿Quién lo ha inventado? ¿Es una burbuja? ¿Qué futuro tiene?

            En el año 2.009, un grupo de desarrolladores informáticos denominado Satoshi Nakamoto, creó esta moneda virtual. Para conseguirla, se trataba de hacer una pequeña analogía con el oro. Recordemos la época del patrón oro: un billete no era más que un papel que me permitía, en el momento que nosotros lo deseásemos, ir al banco central y canjearlo por oro. La salida del presidente norteamericano Richard Nixon del patrón oro cambió el sistema de pagos internacional, pero eso es una historia que merece ser contada en otro momento.

 De la misma forma que la cantidad de oro es limitada y cada vez cuesta más extraerlo, el sistema está programado para obtener un máximo de 21 millones de bitcoins, de los cuales ya se han extraído 16,7 millones. La manera de obtenerlos es resolver diferentes problemas que combinan, sobre todo, dificultades matemáticas e informáticas. Es el “minado” del bitcoin.

            Si en un comienzo estos problemas se resolvían con procesadores CPU, posteriormente se pasaron a usar tarjetas gráficas GPU y en la actualidad se usan pequeños aparatitos llamados ASIC. Vamos, aunque cada día se obtienen 3.600 critpomonedas, parece que la cosa está difícil. Otra forma de obtener bitcoins es comprarlos o realizar una venta aceptando ese medio de pago como válido.

            La controversia actual es si existe una burbuja de bitcoins. Los números son los que son: la revalorización ha sido del 1500% en los últimos 12 meses. Algunos días el precio llega a oscilar un 40%, y el valor actual de todas las monedas existentes en el mercado es de 230.000 millones de euros. Aunque es muy aventurado dar un día el valor  exacto del bitcoin debido a su volatilidad, se encuentra alrededor de los 14.000 euros.

            Esta historia enseña que las cosas valen lo que nosotros queremos que valgan. ¿Quién iba a pensar en un precio tan alto para una simple moneda virtual? Aunque parece una burbuja de manual, la conclusión es la habitual: aquellos que vendan justo a tiempo serán los más “avispados” y los que piensen que una hipotética bajada de cotización es una flor de un día y esperen una nueva subida sin que ésta llegue a darse serán los “primos”. Siempre ha sido así, siempre será así.

           

 

No obstante, merece la pena remarcar que todo producto financiero refleja un valor de algún activo que tiene una vinculación directa con la economía real. No es el caso del bitcoin (recordar que existen más monedas virtuales). De hecho, para organismos como la comisión de comercio de materias públicas norteamericanas (CFTC) son un simple derivado financiero. Complicado, ¿verdad? Por eso Warren Buffet decía que nunca invertía en las cosas que no entendía.

Más relevante que el bitcoin es la tecnología que subyace debajo del mismo, ya que si hace falta algo cuando se manejan estas cantidades de dinero es seguridad y transparencia. Esta tecnología se llama blockchain, y las inversiones que se están realizando en torno a ella nos hacen pensar que viene una nueva revolución que va a cambiar incluso la forma…de relacionarnos por Internet.

En el mundo de la bolsa 2.0, las operaciones financieras se hacen con un intermediario de referencia que suele ser una plataforma creada para ello o una aplicación que hemos obtenido de algún banco. Parece mentira, pero hasta hace unos días una operación financiera dentro de países de la Unión Europea podía durar horas. Por fortuna, este problema se corrigió hace unas pocas semanas.

 En el mundo de la bolsa 3.0 las transacciones son horizontales y al momento. La tecnología blockchain consiste en una red que además certifica todas las transacciones evitando un pago dos veces. En otras palabras, existe un proceso de autentificación basado en la colaboración de todos los nodos de la red que a partir de una función llamada hash genera un libro de contabilidad donde todo queda registrado. Además, al no existir un servidor central los ataques informáticos no son posibles.

 Este tipo de operaciones se denominan P2P (peer to peer, “de igual a igual”). Son claves en nuevos conceptos financieros como el crowdfunding, en los cuales muchos colaboradores se animan a prestar recursos a un proyecto que les parece atractivo y potencialmente rentable.

Es el mundo del Fintech, las tecnologías aplicadas a las finanzas, y los caminos que abre son inciertos e inexplorados. Una vez recorridos, tienen sentido. Y aunque no sabemos hacia dónde nos llevan, se pueden hacer algunas apuestas.

Uno, el móvil será un medio de pago, de inversión y de control de ingresos y gastos.

            Dos, el bitcoin valdrá entre cero e infinito.

 

            Tres, el blockchain se quedará con nosotros.

La curva de Laffer (4 dic).

Arthur Laffer es un economista famoso por haber expuesto a Ronald Reagan (presidente de Estados Unidos entre 1.980 y 1.988) una curiosa teoría según la cual para aumentar la recaudación de impuestos lo que se debe hacer es…¡bajarlos!

            El razonamiento es el siguiente. Supongamos un Estado que no cobra ningún impuesto. Su recaudación sería nula. De la misma forma, si cobrase unos impuestos del 100% no podría existir actividad económica y por lo tanto la recaudación también sería nula. Supongamos un imaginario país que no cobra impuestos (¿imaginario? No tanto….por ejemplo, Qatar es  no tiene impuestos sobre la renta al generar unas rentas inmensas gracias al petróleo; otros países de su zona no se quedan tan lejos) decide subirlos a un 5%. Es claro que recaudaría más dinero. Si continúa con esa lógica, llegará un tipo impositivo óptimo con el que se genera la máxima recaudación. A partir de dicho tipo aumentos adicionales nos llevan a una recaudación de impuestos más baja. ¿Cuál es el problema? Que nadie sabe el valor del tipo impositivo “mágico”.

            Se cuenta que a Reagan le explicaron esta teoría en una servilleta mediante una curva en forma de U invertida, y en honor al economista que explicó la teoría, a ésta expresión matemática se le denominó la “curva de Laffer”.

            En economía, un concepto semejante es el de elasticidad. Se trata de medir la sensibilidad de la demanda de un bien o servicio ante subidas de su precio en un 1%. Si la elasticidad es menor que uno merece la pena subir el precio ya que la demanda disminuye en una proporción más baja. En caso contrario, si la elasticidad es mayor que uno una subida de precio del 1% genera una bajada de la demanda mayor del uno por ciento, con lo cual la operación no es rentable. Es decir, si el empresario desea maximizar sus ingresos lo adecuado no es subir el precio, es bajarlo. Estamos en el problema de siempre: ¿cuál es el precio ideal? Aquel en el que la elasticidad es menos uno, ya que maximiza el ingreso. Pero ya se sabe: en teoría, la teoría y la práctica son lo mismo. En la práctica, no.

            Por eso es tan difícil acertar en los precios. Además, existen más anomalías. Un precio muy bajo genera más compras, pero en un momento dado se puede asociar a baja calidad y puede ser que el consumidor no desee comprarlo. Se ha dado el caso de joyerías que tuvieron que subir el precio de algunos productos para vender más: las personas creían que eran baratos por tener baja calidad. De la misma forma, hace años la empresa Lacoste bajó los precios para vender más ropa. Vendió menos: muchas personas que compraban el producto como símbolo de distinción dejaron de hacerlo, y para el resto de consumidores los productos eran todavía demasiado caros. Sí: la economía es complicada, y no siempre ocurre lo que predice la teoría. Es lo que nos han enseñado estos ejemplos. En el primero, subiendo los precios se vende más y en el segundo, bajando los precios se vende menos.

            Es el momento de volver a los impuestos. En un mundo globalizado, existe una gran competencia fiscal. Tener impuestos más bajos hace una región más atractiva a las empresas. Y eso permite ingeniería fiscal. Por eso muchos ciudadanos que cumplen sus obligaciones con la hacienda pública se indignan cuando enormes conglomerados empresariales como Apple (que por cierto, tiene una cotización bursátil cercana al billón, con b de barbaridad, de dólares; muy cercana al Producto Interior Bruto español) pagan impuestos ridículos. En este contexto, se han producido avances: los reguladores intentan que las empresas paguen impuestos en el país donde se generan. No obstante, queda mucho camino por recorrer. Lo que es indudable es que las empresas se instalan en lugares con impuestos bajos, buenas infraestructuras y seguridad jurídica. En consecuencia, busquemos compensaciones a incentivos negativos. No lo olvidemos: en Cataluña muchas empresas se han ido, más que por la hipotética salida del euro, por la inseguridad jurídica que generan unos gobernantes que se saltan la ley a su antojo e interés. Además, todo está interrelacionado. En el debate generado con el cupo vasco (que ha permitido allí bajar los impuestos), comunidades limítrofes como la Rioja temen una huida de empresas.

            Unos impuestos bajos hacen también que aflore parte de la economía sumergida y genera dinamismo. La mayor parte de las personas, trabajadores y empresarios, desean contribuir al bien común. Pero puede ocurrir que si perciben los impuestos como abusivos o no están de acuerdo con las prioridades de gasto del gobierno buscan subterfugios para pagar menos. La realidad es así.

 

            No obstante, es costoso mantener el Estado de bienestar: las necesidades son enormes. Todo pasa por un sistema impositivo que además de ser justo, sea percibido como justo.

Lo urgente y lo importante (20 nov).

¿Cuál es la diferencia entre urgente e importante?

            Una de las definiciones más escuchadas de la vida es "aquello que sucede mientras hacemos otros planes", según John Lennon. La razón por la que dicha afirmación se puede considerar cierta es que pasamos mucho tiempo realizando actividades urgentes y cuando valoramos en retrospectiva nuestro pasado nos damos cuenta de que no hemos hecho nada verdaderamente importante.

            De hecho, ¿cómo podríamos resumir nuestra vida en cinco palabras? Sin duda, lo más hermoso es que salgan expresiones positivas como “entusiasmo y energía dirigida hacia un propósito”. Las hay neutras, como “hago lo que puedo” o “todo depende de la suerte”. Por último, las hay negativas: “sueños rotos”, “amores y trabajos imposibles” y la más negativa que recuerdo: “Nací. Luego no pasó nada”.

            Si hay un ejemplo claro que ilustra la diferencia entre lo urgente y lo importante nos podemos ir al mundo de la política. Hoy vivimos un único acontecimiento urgente, que tapa todo lo demás. Se trata de la posible independencia de una comunidad autónoma de cuyo nombre no quiero acordarme (sólo por una razón: el tema nos ha terminado cansando a todos). Y con eso, nos hemos olvidado de lo importante. Y asuntos de esta índole, no sobran. Los dos más importantes: el mercado laboral y el desequilibrio demográfico. Sí, está la reforma del mercado del trabajo o la instauración de distintos planes de empleo por parte del gobierno. Pero, ¿dónde está la demografía? Estamos hablando de un problema que debería ser una prioridad absoluta. Más aún, es un asunto que debería ser tratado por un conglomerado de diferentes agentes sociales para buscar recomendaciones y políticas de aplicación pública y, desde luego, privada.

            Si lo pensamos bien, la demografía no trata sólo de que la población vaya envejeciendo. Trata de zonas en las que sólo viven personas mayores, las cuales en un plazo de 30 años van a quedar abandonadas. ¿Tiene eso que ver con el debate que se ha abierto recientemente en Navarra acerca de la situación de las carreteras secundarias? Claro que  sí. De la misma forma que en España hay una gran cantidad de kilómetros de vías de tren abandonadas por la falta de uso, muchos kilómetros de carreteras corren serio peligro.

            Y no sólo las zonas territoriales. La demografía es pensiones, las cuales están quebradas a medio plazo. Las evidencias son abrumadoras. Más aún: la demografía es sanidad. El envejecimiento de las personas lleva una gran cantidad de recursos al cuidado de las mismas: el mercado de las residencias para personas de la tercera edad está en claro auge.

 

            Los políticos tienen una pequeña (muy pequeña) disculpa. Los incentivos que tienen ellos suponen arreglar las cosas urgentes, ya que las cosas importantes tardan más tiempo mostrar cambios visibles. Un tiempo que suele superar los cuatro años. Si en algo hay acuerdo es que se debe mejorar la estructura de incentivos de los políticos para que presten más atención a lo importante.

            Nosotros, las personas, también nos dedicamos a lo urgente. ¿Quién no tiene un asunto importante que va postergando, la mayor parte de las veces, con excusas y autoengaños? Comenzar a hacer deporte para sentirnos mejor al llegar a cierta edad, reducir el consumo de esa comida tan buena que tiene el pequeño inconveniente de que perjudica la salud, ordenar la casa, el trastero o nuestra cabeza (se han vendido multitud de libros con esa idea: “la magia del orden”), ir a visitar a esos amigos que viven tan lejos, un nuevo proyecto personal o profesional, mejorar alguna relación con un familiar directo (padre, hijo o hermano) que la tenemos abandonada o nos genera cierta inquietud personal por la razón que sea….hay mucho para elegir.

            Y es que eso nos permite llegar a una sugerencia de lo más interesante: ¿Por qué no hacer una pequeña lista entre retos urgentes e importantes? Veremos que algunas compras o “recados” que hacemos muchos días son banales y que con unas pequeñas mejoras organizativas nos pueden llevar a tener una vida más plena y feliz. Así, podemos entrar en lo que se denomina un círculo virtuoso. Si detectamos pequeñas mejoras personales, nos animamos más. Eso nos da energía y quienes están a nuestro alrededor lo notan. Eso permite un progreso permanente.

            No hay otra forma de avanzar. Los seres humanos tienen una característica que no tienen el resto de los animales: la mejora continua.

            Vayamos a la selva. ¿Qué hacen un león que tiene hambre, una cebra que pasta tranquilamente por el campo? Siempre, lo urgente. Está en su naturaleza, están programados así.

 

            En la selva de las relaciones humanas, muchas veces actuamos como los animales. Si hemos evolucionado algo, no ha sido precisamente por eso.

Imágenes, relatos y estadísticas (3 nov).

                ¿Cómo percibimos de la realidad? ¿Qué ha ocurrido en Cataluña? ¿Cómo son los chinos? ¿Cómo funciona un país como la India?

            Es muy complicado resumir aspectos de la realidad en pocas palabras. Ya sólo en España existen ciertos prejuicios que sirven para describir comunidades enteras como los catalanes, vascos o andaluces. Si en un caso límite, no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a conocer países o entidades que aglutinan a millones de seres humanos?

            Vamos a suponer que nos piden describir a una persona muy cercana a nosotros en diez palabras (generosa, simpática, agradable, huraña…). Incluso en dicha descripción usamos prejuicios: no vemos de la misma forma a un hijo, un hermano que a un amigo o un conocido. Basta una idea previa para para dar más importancia a los aspectos positivos o negativos. Más aún, posiblemente el estado de ánimo que tenemos un día determinado influye en la descripción que tenemos de otras personas. Nuestro cerebro, consciente de esta complejidad, graba unas características específicas de cada uno y luego está programado para reafirmarlas.

En el mundo de hoy, percibimos la realidad con tres factores principales: las imágenes, los relatos y las estadísticas. Y las ideas previas que tenemos de cada caso potencian todo lo que pueda reafirmarlas.

            Pensemos en el caso catalán. Un simpatizante del “procés” se quedará con imágenes relacionadas con las cargas policiales o la celebración de la independencia. En su relato, interpretará que es injusto no permitir a las personas votar libremente y que en esos casos extremos tiene sentido saltarse la ley. En sus estadísticas mentales, verá a millones de personas manifestándose a favor de sus ideas y sin embargo, pensará que los del otro lado son “gente de fuera” y además tampoco son tantos. Desde luego, no le parecerá grave la marcha de las empresas: sólo son cambios jurídicos. Las fábricas no vuelan.

            ¿Qué es lo que ve quién está de acuerdo con la aplicación del 155? Su imagen será la de unos delincuentes que van a la cárcel por saltarse la ley y alentar la fractura social o la de un expresidente que se escapa del país. Su relato, nadie está por encima de la ley. En los casos en que dicha ley es injusta, existen mecanismos democráticos para adaptarse a los nuevos tiempos. Por último, en sus estadísticas verá que cada vez más personas salen a la calle a reivindicar la legalidad y que muchas empresas se están marchando de Cataluña con el quebranto económico que ello supone.

 

 

            El reto es buscar formas de convivir sin que ello suponga la despersonalización del otro. El problema es que si la identidad de la nación a la que sentimos que pertenecemos está en lo más profundo de nuestros valores, en caso de conflicto se puede llegar a situaciones extremas. En este contexto, muchos grupos radicales dicen que “nosotros no somos violentos a no ser que nos obliguen a serlo”. Desde luego, no conozco una mejor definición de violencia.

            Lógicamente, un gran número de periodistas extranjeros han estado analizando el problema. Puede ser que hayan pasado unos días en Barcelona, puede ser que hayan estado atentos a las noticias, a las redes sociales o a los testimonios que les llegan desde Cataluña. Con todo este cóctel se supone que deben concluir con una opinión. Ahora bien, ¿cómo se filtra toda la información?

            Estimado lector, bienvenido a la gran batalla del mundo de hoy. Imágenes, relatos (incluidos los razonamientos históricos), estadísticas. Cada parte se dedica a bombardear con las “armas” más adecuadas en este ámbito. Y como en todas las guerras, la primera víctima es la verdad. En este sentido, el procés es un buen ejemplo.

            Entonces, ¿cómo debemos informarnos para tener una opinión más certera?

            Para empezar, podemos hablar con personas que no piensen como nosotros y leer medios de información con los que no estamos de acuerdo. Es primordial dudar de todo: puede ser que nuestro interlocutor mienta, que le hayan engañado o que haya percibido de forma confundida un hecho. El contraste es prioritario. Además, como humanos que somos, tendemos a exagerar unas cosas y a infravalorar otras según interés. Muy importante: cuando pensemos en los actores implicados, debemos pensar en sus incentivos. ¿Qué ganan? ¿Qué pierden? ¿Están pensando en el bien común o en ellos mismos? ¿Desean enfocar un tema para desenfocar otros? ¿Pueden tener alguna ganancia a medio o largo plazo que les compense de todo lo perdido hoy? Por último, ¿cuáles son los posibles escenarios de futuro?

            El tema catalán tapa otros asuntos de calado, como la corrupción, la quiebra de pensiones, la nueva estrategia china de Xi Jinping o la elección del nuevo gobernador de la Reserva Federal norteamericana.

 

            Habrá que informarse. Pero no sólo con imágenes, relatos o estadísticas. Los análisis críticos y profundos no se pueden olvidar.

El coste de oportunidad (23 oct).

 

                El primer concepto que se da en las clases de economía es el de coste de oportunidad, definido como “cantidad de un bien que sacrificamos por conseguir una unidad adicional de otro”. Para comprender la idea, supongamos una persona que tiene 30 euros para gastar el fin de semana en bebida. Sus opciones son la cerveza (a dos euros cada una) o el cubata (a 6 euros). Si se gasta todo el dinero en cervezas puede consumir un total de 15, si se lo gasta en cubatas puede consumir 5. ¿Cuál es el coste de oportunidad de un cubata? Tres cervezas, puesto que son las que se puede comprar con el precio de un cubata. En sentido contrario, ¿cuál es el coste de oportunidad de un cubata? El inverso del anterior, es decir, un tercio de cerveza.

            Los manuales de economía citan un ejemplo clásico: Robinson Crusoe. Suponen que está en la isla y puede invertir su tiempo en conseguir cocos o peces. Imaginemos que si está todo el día bajo las palmeras puede conseguir 15 cocos y si decide pescar logra 30 peces. Aquí lo curioso es que el coste de oportunidad varía: por el primer coco no se dejan de pescar muchos peces, pero por el décimo sí. Al fin y al cabo, posiblemente el primer coco esté a mano. Los posteriores son más difíciles de recoger. Y lo mismo podemos decir de los peces: el primero se pesca con facilidad, pero para el vigésimo hay que esperar más tiempo. En otras palabras, el coste de oportunidad es creciente. Es más barato en términos de cocos el primer pez que el vigésimo.

            La mayor parte de las decisiones que tomamos en la vida llevan aparejados un coste de oportunidad. Aunque los libros se centran en los recursos, más importante es el tiempo. Vamos a recordarlo: el dinero va y viene, el tiempo sólo se va.

            El coste de oportunidad de leer estas líneas es no dormir más tiempo, no consultar el móvil o no tomar café con un amigo. Pensemos en una persona que se prepara una oposición: mientras estudia, no puede trabajar. Tampoco puede hacer deporte, ver la televisión o cuidar algún familiar. Por eso debemos ser tan delicados en el manejo del tiempo: realizar una actividad determinada implica no hacer otras actividades que también podían ser opciones válidas.

            Sí, claro que hay que tener en cuenta el dinero. Puede ser que el coste de comprar un coche sea no reformar lo cocina o no ir de vacaciones. Por supuesto, no se trata de obsesionarse con la toma decisiones. Pero saber que toda decisión tiene un coste “que no se ve” es muy útil para poder elegir mejor.

 

 

 

            No deja de ser curioso cómo valoramos más las decisiones monetarias que las referidas a nuestra salud (o lo que es lo mismo, a nuestra energía presente y futura). Los excesos tienen un coste que no sólo es monetario. El tabaco está por las nubes, pero el coste futuro en salud (para la persona que se pone enferma y para el sistema sanitario que cubre sus cuidados) está en la estratosfera. ¿Cómo podemos ser tan irracionales en aspectos relacionados con nuestra salud? El último premio Nobel de Economía, Richard Thaler, lo explica a partir de la economía del comportamiento mediante una idea muy sencilla: sobrevaloramos el corto plazo. Por la misma razón, los políticos no toman las decisiones más adecuadas a largo plazo.

            Ya que estamos en los políticos, ¿cuál es el coste de oportunidad de sus promesas electorales? Teniendo en cuenta que casi toda promesa electoral vale dinero (a excepción de cambios jurídicos), hay tres posibilidades. Uno, endeudarse. Dos, subir los impuestos. Tres, quitar de otro lado. No hay más. Por otro lado, ¿cuál es el coste de oportunidad del tiempo que dedican a la política? Unos sacrifican una carrera profesional, pero también muchos otros no tienen otra alternativa posible. En consecuencia, hacen lo imposible por permanecer en sus puestos.

            El triste asunto de los incendios de Galicia o Portugal tiene que ver con esta idea. Como es lógico y normal las críticas hacia las administraciones arrecian. ¿Valoraron el coste de oportunidad que supone reducir recursos para combatir estos problemas en términos de lo que se podía perder después? Parece que no.

            El no menos triste asunto del procés también camina por esta senda. El coste de oportunidad de todo este choque de trenes es el olvido de las problemas que tenemos y las necesarias reformas para afrontarlos: las pensiones (sólo quedan para diez años), la competitividad del país, el invierno demográfico, el desequilibrio territorial o afrontar los problemas de empleo son casos claros. Y eso sin olvidar los problemas que se han generado de convivencia.

 

            Sí. El concepto más útil para entender la economía en general y nuestras decisiones en particular es el del coste de oportunidad.

Aplicaciones de Economía del Comportamiento (16 oct).

 

                El último Premio Nobel de Economía ha recaído en Richard Thaler, investigador norteamericano especializado la economía del comportamiento. Curiosamente, cuando comenzó a investigar en este ámbito tuvo problemas en su facultad. Es lo que ocurre cuando se abren caminos nuevos.

            ¿En qué consiste la economía del comportamiento? La definición de uno de los mayores expertos mundiales, Dan Ariely, es la más acertada: “Comprender las fuerzas ocultas que determinan nuestras decisiones, en muchos contextos distintos, y encontrar soluciones a problemas comunes que afectan a nuestra vida personal, profesional y pública”. Ariely tuvo un accidente que le cambió la vida cuando tenía 18 años: la explosión de una bengala de magnesio le dejó un 70% del cuerpo cubierto de quemaduras de primer grado. En todo el proceso de recuperación observó que muchos pacientes que se encontraban con los mismos problemas que él no seguían las recomendaciones de los médicos. ¿Cómo podía ser? Así se planteó un objetivo: saber  qué hay en la vida que motiva a la gente. En este caso, observó que seguir las recomendaciones de los médicos era muy doloroso a corto plazo aunque a largo plazo el beneficio era enorme. Así, sacó una primera conclusión: sobrevaloramos el corto plazo. Por eso no ahorramos lo que debemos, no seguimos dieta o los políticos no toman las decisiones correctas a largo plazo. En este caso también es válida la explicación de Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea: “sabemos que hacer para salir de la crisis, pero no sabemos cómo salir reelegidos si lo hacemos”.

            Hay otros conceptos que ayudan a complementar los objetivos de la economía del comportamiento. Para Robert Cialdini, experto en negociación y persuasión, “quienes somos, con respecto a cualquier tipo de elección, es donde estamos, en el ámbito de nuestra atención, en el momento justo antes de tomar una decisión” (Presuasión). Para David Eagleman, divulgador del cerebro, “todas las experiencias de su vida – desde una conversación hasta su más vasta cultura- conforman los detalles microscópicos de su cerebro. Desde el punto de vista neurológico, quién es usted depende de dónde ha estado” (El cerebro. Nuestra historia).

            Bien, es el momento de buscar aplicaciones de la economía del comportamiento. Unas son realidades, otras sugerencias.

            En unos países las personas al nacer son donantes por defecto, en otros no. Eso explica diferencias que pueden ir del 80% al 20%. Eso es debido al efecto del Statu Quo: tendemos a quedarnos como estamos.

 

 

            Sólo quedan pensiones, en su sistema actual, para unos diez años. ¿Qué hará el gobierno en el futuro? Nos dirá, en la nómina, que pensión nos pertenece si seguimos trabajando igual hasta llegar a la edad de jubilación. Mediante este incentivo, muchas personas se harán otros planes privados de pensiones o de ahorro (o se los hará el gobierno por defecto).

            La sobrevaloración del presente hace que la “solución fácil” para muchos problemas públicos o privados sea endeudarse. Como no vemos hoy los intereses que vamos a pagar mañana, infravaloramos el problema. Solución: valorar lo que se podría hacer cada año con los intereses de deuda que pagaremos.

            Estamos programados para pensar que las cosas van a seguir siempre igual. Pero como decían los clásicos, lo único que no cambia es el cambio mismo. Por esa razón no tomamos las medidas adecuadas para afrontar correctamente el futuro de nuestro planeta o de nuestra salud. En el primer caso, confiamos en los avances tecnológicos. En el segundo, en los avances médicos. Solución: respecto del clima, difícil. Es un problema global. Respecto de nuestra salud: educación y concienciación.

            A menudo existe un desajuste enorme entre los incentivos de una persona, la de la institución que representa y el bien común. Ese es uno de los mayores retos de nuestro tiempo, tal y como lo hemos visto en el caso catalán. ¿Qué se puede hacer? Potenciar organismos independientes que sean observadores de la realidad. Nos dirían si es factible cumplir las promesas electorales. Actuarían en dos niveles: uno, indicando cómo se van a financiar: impuestos, deuda o reasignación de presupuestos. Dos, contrastar lo que se dice en debates o discursos con la realidad.

 Además, la economía del comportamiento investiga las razones por las que cometemos estupideces (pilotos que obedecen órdenes aunque eso suponga que un avión se estrelle) y cuándo a una persona le merece la pena ser maquiavélica (parece que muchos casos de corrupción se dan porque creen…que nos les van a pillar). Por supuesto, no se puede olvidar el funcionamiento del cerebro (neuroeconomía).

            Para terminar, no podemos olvidar el contexto en el que nos encontramos. Lo explica muy bien Ryan Avent, editor de The Economist: “la sociedad debe atravesar un período de cambio desgarrador antes de acordar un sistema social con amplia aceptación para compartir los frutos de este nuevo mundo tecnológico” (La riqueza de los humanos).

 

            Posiblemente esta idea explique mejor que ninguna otra el avance de los populismos.

El artículo 155 (9/oct).

 

                ¿Hay que aplicar el artículo 155? Claro que sí. Muchas cosas nos irían mejor si se tendría más en cuenta, ya que su no aplicación genera amplios problemas sociales. Merece la pena recordar lo que dice.

            Los hijos deben:

1.      Obedecer a los padres mientras permanezcan bajo su potestad, y respetarles siempre.

2.      Contribuir equitativamente, según sus posibilidades, al levantamiento de las cargas de la familia mientras convivan con ellos.

            Por supuesto, me refería al artículo 155 del Código Civil. A menudo se comenta que algunos jóvenes tienen derechos y no obligaciones. Es pertinente recordar los aspectos a los que les hemos acostumbrado: vivimos tan ocupados que como a veces no tenemos tiempo de estar con los hijos decidimos sustituir dicho tiempo por dinero y derechos adquiridos. Y para cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde. Eso sí, también los hijos deben conocer las obligaciones de los padres, para lo cual acudimos al artículo 154 del Código Civil, el cual dice así:

            Los hijos no emancipados están bajo la potestad de los padres. La patria potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a su integridad física y psicológica. Esta potestad comprende los siguientes deberes y facultades. Primero,  velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral. Segundo, representarlos y administrar sus bienes. Si los hijos tuvieren suficiente juicio deberán ser oídos siempre antes de adoptar decisiones que les afecten. Los padres podrán, en el ejercicio de su potestad, recabar el auxilio de la autoridad.

Si los padres y los hijos tienen muy claras estas normas y las cumplen (con los lógicos desvíos estipulados entre ellos) es razonable pensar que la convivencia sería mucho más fácil, ¿no?

En este contexto, podemos meditar acerca de las normas de convivencia efectuadas entre Cataluña y el resto de España. ¿Qué ha fallado? ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?

Antes que nada, debo expresar una gran preocupación acerca de lo visto y leído en diferentes medios de comunicación. Pocas veces he visto un tratamiento tan diferente para un mismo suceso.

 

Lo que para unos es incumplimiento de la ley, para otros es incumplimiento de un derecho fundamental (esté en el ordenamiento jurídico o no) como es el derecho a expresar libremente una opinión. Lo que para unos es una gigantesca represión policial con más de 800 heridos, para otros son sólo dos hospitalizados en un ámbito en el que las fuerzas del orden se dedicaron a hacer cumplir las leyes. ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación, la cual está dinamitando múltiples cauces de convivencia? Ya han comenzado los boicots de productos catalanes en España y de productos del resto de España en Cataluña. Hemos visto imágenes de la Guardia Civil y la Policía Nacional en algunos pueblos catalanes que recuerdan los peores años de plomo vividos en el País Vasco. Se trata de parar esta situación cuanto antes.

Así, se tornan necesarios evaluar dos aspectos básicos, los cuales se encuentran, al parecer, marginados.

Primero: en esta batalla de relatos nadie se ha preocupado de valorar las ganancias y pérdidas asociadas a la posible independencia catalana. Eso es fundamental: en caso contrario, el derecho a decidir se torna sesgado. ¿Qué beneficio fiscal tendrían los catalanes al pagar menos impuestos a Madrid? ¿Qué ocurriría con las pensiones? ¿Cómo se pagarían las infraestructuras pendientes? ¿Saldría Cataluña de la Unión Europea y del euro? ¿Cómo se gestionaría en ese caso el nuevo país? ¿Variarían los impuestos? ¿Qué derechos tendrían los españoles que están instalados en Cataluña?

Segundo: en algunos países, existen organismos independientes que valoran la veracidad de algunas promesas electores o de diferentes declaraciones realizadas por políticos. Sí, es muy cansado escuchar declaraciones altisonantes sin pararnos a pensar si son ciertas o no (en economía del comportamiento, al hecho de creernos algo sin pensar en ello se le llama Gullibility). Unos dicen que si se independiza, Cataluña perderá miles de millones de euros. Otros, que los ganará. A unos y a otros, por favor, que nos expliquen cómo va a ocurrir eso con cifras y letras.

Por último, podemos comentar el tema del artículo 155 de la Constitución, el cual otorga la potestad al Gobierno Central de suprimir una autonomía en caso de que el interés de España corra peligro. ¿Debe aplicar el gobierno este artículo?

Para unos, es lo más correcto. Al fin y al cabo, un presidente de una comunidad autónoma promete hacer cumplir la Constitución; si no lo hace, ha incumplido su mandato y en teoría no debería seguir en el cargo. Para otros, es una locura aplicarla. La gran movilización social existente lo hace inconveniente y puede profundizar los problemas de convivencia. Mejor buscar diálogo (o directo, o con mediadores).

 

De lo que se trata es de tomar una decisión. Y no es esa la mejor virtud del presidente del Gobierno.

Efectos colaterales (2/oct).

 

                Muchos y variados análisis se han hecho del referéndum ilegal del uno de octubre. Y después de la batalla, cada parte tiene un relato fijo e inmutable. Por un lado, no puede ser que un gobierno se salte la ley para promover un referéndum orientado a un resultado predeterminado. Por otro lado, no puede ser que cuando alguien vaya a un colegio electoral en plan pacífico la respuesta policial sea desproporcionada. Los de un lado piden la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la suspensión de la autonomía catalana. Tiene lógica: ¿cómo se puede permitir que un presidente de una comunidad se salte un día sí y otro también esa Constitución que se comprometió a respetar desde el momento en el que asume su cargo? ¿Cómo alguien que fomenta la división de la sociedad hasta romper familias o señalar a personas que no están de acuerdo con sus ideas puede ocupar semejante responsabilidad? Pero claro, el otro lado tiene también su lógica: es cierto que la mayor parte de la sociedad catalana admite que el referéndum no era vinculante. Sin embargo, en un mundo de imágenes en el que a menudo importa más la forma que el fondo no se puede permitir esos ataques policiales a personas que simplemente quieren ejercer de forma pacífica un derecho. Por cierto: desconcierta la cifra del total de personas que han resultado heridos. Según unas estadísticas, ha habido un total de 800. Pero otros dicen que han sido personas a las que se les ha hecho un diagnóstico médico en medio de todos los altercados, y que tan sólo ha habido dos hospitalizados. Además, uno de ellos era un anciano que sufrió un infarto. Sí, tenía razón Mark Twain. Hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas.

            No obstante, las cosas son más complicadas de lo que parecen. Estamos programados para valorar a una causa, un efecto. Y sin embargo, a menudo lo que pasa es que muchas causas llevan a muchos efectos. Además, lo hace de forma difusa. Y como no nos gustan las explicaciones complejas, nos conformamos con explicaciones sencillas. Eso es el caldo de cultivo de los populismos. El paro no es culpa de los inmigrantes, es algo más complicado.

            En consecuencia, vamos a valorar las causas, y sobre todo, la gran cantidad de efectos a lo que nos puede llevar el “procés”.

            Como causas, se puede valorar la supresión del Estatut (¡¡aunque según las encuestas en esos momentos Cataluña era la comunidad más satisfecha con su autonomía!!), la injusticia fiscal, el tema educativo, la inacción del Gobierno central, la posible manipulación informativa de los medios o un intento de desviar la atención respecto de la corrupción del gobierno catalán. Curiosidad: Puigdemont admitió que había votado en contra del derecho a la autodeterminación de los kurdos. Eso no es muy independentista, no.

            Pero lo preocupante son los efectos. Vamos a verlos.

            Uno. La lucha de los relatos es descomunal. Por primera vez, la diferencia de tratamiento de lo ocurrido en los medios de comunicación es sideral.

            Dos. El posible boicot en Cataluña a productos españoles, en España a productos catalanes. Es una situación mala para todos, y no veo como pararla. Por ejemplo, muchos viajes del Imserso ya no quieren que su destino sea Cataluña.

            Tres. Total olvido de los problemas estructurales existentes en nuestro país. Mientras discutimos si son galgos o podencos, la competitividad continúa cayendo.

            Cuatro. Familias rotas por temas políticos. Es una desgracia perpetua en la historia de la humanidad: unos tienen una vida desgraciada a causa del cuento del que viven otros.

            Cinco. La espiral del silencio. Miedo a decir una opinión que me puede llevar a enemistades. Hoy en día eso no ocurre por declararse de una religión o de un equipo de fútbol. Sí en el ámbito político, en especial en Cataluña.

            Seis. La inestabilidad política genera menos inversiones. Y no sólo eso. Algunos empresarios reconocen que han empezado a dejar mercancía en el puerto de Valencia, no en el de Barcelona.

            Siete. La inestabilidad política hace que suban los tipos de interés de la deuda, sea pública o privada. Eso supone unos costes de 2.000 millones de euros que se pueden alargar a los 7.000 millones de euros si la situación persiste. Curioso, las políticas de la CUP logran que sus “amigos” los fondos financieros ganen más dinero.

            Ocho. Cultura del enfrentamiento que se puede generalizar. Dime en que grupo estás y te diré que WhatsApp recibes.

            Nueve. Para algunos, el más grave. El Fútbol Club Barcelona podría no jugar la liga española.

            Diez. John Von Neumann fue uno de los grandes genios del siglo XX, ideando en el campo de la economía la célebre Teoría de juegos. En el juego del gallina, dos coches se acercan en frente. El primero que se desvía, es un gallina y pierde.

            En nuestro caso, los coches se han estrellado.

 

            Necesitamos mecánicos.

Contra las elecciones (25 sep).

 

                Este es el original título de un libro publicado por el historiador belga David Van Reybrouck y cuya tesis principal es que la toma de decisiones global basada en las elecciones democráticas de toda la vida o en referéndums ya no sirve. El libro se ha publicado a comienzos de este año en su edición española (editorial Taurus) pero fue escrito en el año 2.013, antes de conocerse los dos resultados más sorprendentes de los últimos tiempos: el Brexit y la victoria de Donald Trump.

             Pensemos, en primer lugar, la razón por la cual el sistema actual no es el más adecuado posible. Supongamos que se debate en un referéndum sobre la sanidad: ¿debe ser pública o privada? Es muy difícil saber la solución adecuada, ya que cada sistema tiene su inconveniente. Si es pública, los sanitarios tienen menos incentivos para hacer bien su trabajo (cuidado, se trata de un supuesto teórico: la mayor parte de los sanitarios encuentran más satisfacción intrínseca en realizar bien su labor más que en el salario que reciben) y la población tiene incentivos para acudir a urgencias a poco que sienta un mínimo malestar (dichos malestares bajan significativamente si coinciden con un acontecimiento deportivo de interés). Pero por otro lado la sanidad debe ser un derecho universal, ¿no? El tema es su coste y que no deja de crecer. Eso es debido al envejecimiento paulatino de la población y al aumento de la esperanza de vida. Entonces ya tenemos la solución: la sanidad privada. Los costes serán más razonables ya que la eficiencia de los centros aumentará. Pero eso nos lleva a que los sanitarios se encuentren en una situación de precariedad laboral. Eso, inevitablemente, afectará a su desempeño profesional. Además, si la sanidad es privada la desigualdad entre ricos y pobres aumenta. Los primeros pueden cubrir cualquier imprevisto, los segundos (aunque exista un mínimo asistencial para todos sufragado por el Estado) no. ¿Qué es mejor?

            No parece un problema de fácil solución. Yo, personalmente, no sabría qué decir. Lo lógico sería consultar a los que entienden del tema y a partir de ahí que entre todos llegasen a un acuerdo para recomendar la política adecuada al Gobierno y a la oposición, si el asunto se considera de interés nacional. Es evidente que los expertos seleccionados deben estar propuestos, con proporcionalidad electoral, por todos los partidos con representación en el Congreso.

            La propuesta de Van Reybrouck, ya ensayada en países como Irlanda, es más atrevida. Seleccionar por sorteo un grupo de personas y darles un tiempo adecuado (en el caso de la ley del aborto han seleccionado a 100 personas les han dado 8 meses) para buscar de todas las fuentes de conocimiento posibles y obtener una recomendación para el Gobierno.

 

             Quizás estas soluciones serían útiles en el caso del Brexit, pero no sirven para los resultados electorales de Estados Unidos. Al fin y al cabo, ¿cómo saber si las políticas que más me convienen como elector norteamericano son las de Hillary Clinton o las de Donald Trump? No olvidemos lo que está pasando hoy en día: el político hábil focaliza uno o dos problemas a su interés y da algún remedio sencillo para resolverlos. Problema: el paro. Solución: control de la inmigración con un muro, aumento de aranceles para defender la industria nacional. Desde luego, las cosas no son tan sencillas, pero así es el mensaje que nos venden.

            Una solución atrevida y viable tecnológicamente es que cada persona conteste una encuesta sobre diversos temas de interés. Puede responder sólo a las preguntas que más le importen. Un algoritmo le dice a quién debe votar. Punto. ¿Absurdo? Claro que no. El algoritmo más famoso del mundo es Google, y lo manejamos diariamente. Eso sí, debemos indicar que esta solución se puede ajustar. Si un ciudadano se siente muy de derechas, de izquierdas o simpatiza con un determinado líder no puede tener el voto más claro. Pero para el resto de personas sería útil.

            Existen más opciones que ayudan a delimitar el voto que se han ensayado en otros países. Por ejemplo, un consejo independiente decide hasta qué punto las promesas que hacen los partidos son creíbles. Normal, no se pueden subir las ayudas a los parados sin aumentar los impuestos o las cotizaciones, quitar de otra partida o aumentar la deuda. Otra posibilidad que mejora la democracia es el cumplimiento por objetivos y la rendición de cuentas. Es decir, si no llego a una cifra macroeconómica, a la calle. Si una política (ese rescate bancario…) lleva a la ruina a muchas personas, que quien la haya realizado pague por ellas.

            En consecuencia, según todas estas tesis ya tenemos una nueva solución. No votar. Además, esta solución es útil. Sirve para todo, evita enfrentamientos y populismos.

 

            Sí, la solución es  extrema. Pero un aspecto es indudable: la democracia de ayer no sirve para el mundo de hoy.

Derecho a la cultura financiera (18sep).

           

La mayor parte de las personas va a pedir algún préstamo en su vida, generalmente para comprar un piso, aunque hay otras posibilidades: un coche, la apertura de un pequeño negocio, o la compra a plazos de un artículo, por ejemplo. Por otro lado, hay temporadas en las que podemos ahorrar, por lo que se nos abre un abanico de posibilidades: lo dejo en la cuenta corriente, hago un plazo fijo, compro deuda pública, cancelo un préstamo, entro en bolsa, quizás un fondo de inversión….

Cuando estamos en alguno de esos momentos, por los que la práctica totalidad de la población habrá pasado o va a pasar alguna vez, aparecen términos como la TAE, el tipo de interés nominal, el Euribor, la inflación, la fiscalidad, el riesgo soberano, la prima de riesgo, el mercado primario o secundario, las agencias de Rating, o el cálculo de la cuota del préstamo, entre otros.

¿Qué es necesario para tomar la decisión más adecuada (o por lo menos para no perderse) en estos escenarios? Cultura financiera. ¿Estamos suficientemente preparados para afrontar decisiones relacionadas con nuestras necesidades financieras o nuestros ahorros? Creemos que la mayor parte de la población no lo está.

Se han hecho múltiples sondeos en los países de la OCDE en los que se demuestran unos conocimientos ridículos de cultura financiera. Pero es que todavía hay más: estos problemas no sólo afectan a la población general. Muchas personas que gestionan nuestros ahorros tampoco  están suficientemente preparadas. De hecho, deben afrontar una prueba de conocimientos a lo largo de este año 2.017 que demuestre un nivel adecuado al amparo de la directiva MiFID II, que se trata de un marco normativo que entra en vigor en el año 2.018.

Por poner algunos ejemplos, si uno de nosotros se plantea realizar una inversión, debe conocer las características de los activos, que son tres desde el punto de vista financiero: rentabilidad, riesgo y liquidez. Vamos a definirlas a partir de tres preguntas. ¿Cuánto dinero voy a recibir a lo largo del año por cada euro invertido teniendo en cuenta, por supuesto, los ajustes fiscales y la inflación? Eso es la rentabilidad. ¿Cuál es la probabilidad que tengo de recibir el dinero acordado? Eso es el riesgo. Y por último, ¿puede vender mi activo financiero con facilidad sin tener unas grandes pérdidas? Eso es la liquidez. Y existe la siguiente relación entre estos conceptos: obtendremos mayor rentabilidad con mayor riesgo y/o menor liquidez.

Por ejemplo, un bono del Estado va a tener una rentabilidad baja, ya que el riesgo de impago es bajo al estar garantizados por el Estado. En este caso, la liquidez es alta. Pero claro, si en vez de un bono del estado preferimos un plazo fijo pues la cosa cambia, como también es diferente si nos decantamos por un fondo de inversión o por invertir en bolsa.

Por otra parte, si pedimos un préstamo, lo importante no es el tipo de interés nominal que nos ofrece la entidad. Lo fundamental es el TAE, al ser un interés que tiene en cuenta otros gastos asociados al préstamo, como las comisiones, impuestos, tasaciones o primas de seguro obligatorias en la oferta que nos hace el banco. Además, tendremos que elegir el plazo a devolver el préstamo, y posiblemente nos ofrezcan contratarlo a tipo fijo o a tipo variable, en cuyo caso deberíamos saber qué es el Euribor y cómo se calcula. Y si pasado un tiempo tengo unos ahorros, ¿amortizo algo? Y si es así, ¿reduzco cuota o plazo?

Puede parecer un lío de conceptos, pero creemos que no lo es. Lo que sucede es que no hemos sido formados en esta materia, lo cual es incomprensible al ser operaciones totalmente habituales de casi toda la población.

Por otro lado, la cultura financiera es fundamental para comprender, exigir y ser más crítico con las políticas económicas del gobierno. Estos días se ha hecho público que se han perdido ¡¡40.000 millones de euros!! del rescate bancario. ¿Dónde han ido? ¿Cómo se van a pagar? Todavía hay más. Pese a que se habla de políticas restrictivas, se sigue gastando más de lo que se ingresa. Eso implica un endeudamiento por parte del Estado que ya supera el PIB (un billón de euros). Los gastos en intereses por persona en España son de unos 700 euros. ¿Es eso sostenible? ¿Qué va a ocurrir cuándo los tipos de interés comiencen a subir? Todavía hay más. El BCE (banco central europeo) está inyectando en la zona euro cada mes 60.000 millones de euros en su conocida política llamada QE. ¿Dónde va a parar ese dinero? ¿Cuánto tiempo van a durar esas políticas? Todavía hay más. Los paraísos fiscales. El BPI (banco de pagos internacionales) que tiene una gran influencia en la sombra. La creación de un sistema financiero alternativo en Asia (BAII).

 

Rotundamente sí. Necesitamos cultura financiera (y es nuestro derecho).

Entidades intersubjetivas (11/sep) 

 

 Una entidad intersubjetiva, en palabras del intelectual Yuval Noah Harari, es una “red de leyes, fuerzas o lugares que sólo existen en nuestra imaginación”. Según esta tesis, un país en sí mismo no existe. Está sólo en la imaginación de las personas. Pensemos en la caída de la URSS: una persona podía pasar, de la noche a la mañana, a convertirse de soviética a ucraniana, por ejemplo. ¿Cambiaba eso los sentimientos de la identidad de dicha persona ese factor? Claro que no. La clave, como ocurre a menudo, viene dada por la educación. Y en este aspecto es más importante la familia que el colegio, aunque sin duda, todo pesa. Supongamos un niño que ha tenido una educación en casa y cuando acude a clase observa que todos los demás piensan lo contrario que él. Lo más lógico es que siga la marea de lo que le cuentan el resto de compañeros. De hecho, existe un experimento que corrobora esta idea realizado en adultos.

La idea es la siguiente. Tenemos cinco personas. Cuatro son actores, la quinta no. Se les dan dos palillos y se les pregunta cuál es más largo de los dos. Aunque tienen la misma longitud, los actores dicen que los palillos no miden lo mismo. La quinta persona, la cual es la víctima, ante el sonrojo que supone quedar mal con los demás, dice que la longitud es distinta aunque ve clarísimo que no lo es. En otras palabras, muchas veces renunciamos a lo que vemos o a nuestras ideas (a no ser que tengamos un principio muy arraigado) por simple aceptación social. Ni que decir tiene que se pueden manipular cerebros con técnicas asociadas a esta idea.

Esto nos enseña algo fundamental: es bueno replantearse ideas de manera constante. El caso más impactante lo recuerdo de un obispo alemán: cuando era sacerdote, observó que era católico debido a que esa era la educación que había recibido. Si hubiese nacido en una aldea perdida de Afganistán, pensó que sería musulmán. Eso le llevó a investigar de la forma más profunda posible todas las religiones para descubrir si existía alguna verdadera. Finalmente, sus convicciones quedaron más firmes. Por supuesto, esta historia tiene su reverso. En economía del comportamiento, se llama “efecto de San Manuel” al siguiente caso.  Una persona  tiene unas ideas muy profundas; tan profundas que las difunde con gran entusiasmo. Cuando tiene muchos convencidos, se hace una prospección interior y descubre que sus ideas son falsas. ¿Cómo debe comportarse a partir de ahora?

También son entidades intersubjetivas marcas comerciales o algunas entidades deportivas. Pensemos en Osasuna. Si se derrumba el campo de fútbol o el equipo tiene un accidente sigue existiendo: se juega en otro lado, se hacen fichajes. Eso es debido a que está en la imaginación (¡y el sentimiento!) de muchas personas.

 

El efecto más positivo de las entidades intersubjetivas es que nos permiten colaborar con desconocidos. Así se han logrado avances científicos y sociales enormes. El efecto más negativo, la gran cantidad de guerras y muertes que han generado.

En fin, ya hemos llegado al caso de moda. Hola, Cataluña. ¿Será un adiós? Todo indica que no, ya que las implicaciones jurídicas que encierra son enormes. Pero como vemos es un patrón que se ha repetido muchas veces a lo largo de la humanidad: una lucha por algo que sólo existe en la imaginación de las personas. Curioso, ¿verdad?

En el procés se pueden destacar tres cosas. Uno, el tema del incumplimiento de la ley. No parece justo que por aparcar su vehículo diez minutos adicionales en la zona azul alguien deba pagar una multa enorme, ¿verdad? ¿Por qué ellos pueden incumplir las leyes “injustas” y nosotros no? Además, ¿nos podemos fiar de un gobierno que  se salta las leyes?

Dos, el papel de la CUP. Para ellos, su objetivo final es un Estado Marxista. El medio para ello es la independencia (tiene otro objetivo: destruir Convergencia, el partido de la “burguesía catalana”; la verdad, eso lo está haciendo muy bien).

Tres, el tema del derecho a decidir. Es lógico que existan posiciones a favor y en contra, pero hay un problema. ¿En qué nivel parar? Supongamos que gana la independencia pero que en Tarragona el 70% ha votado en contra. ¿Es justo que siga dentro de Cataluña? A lo mejor Reus ha votado en un 80% a favor de la independencia. ¿Es justo que siga en España? Puede ocurrir que un barrio de Reus haya votado en un 75% a favor de seguir en España. Sucesivamente, continuando de forma indefinida con esta lógica, terminamos en cada persona particular. Y a su sentimiento de identidad. En el mismo, lo más importante es el sentido de pertenencia (incluido su club de fútbol o asociación de tiempo libre), el religioso (puede no existir), y sus valores personales.

Así, surge una pregunta.

¿Se debe imponer a alguien su identidad por ley?

El efecto Juana Rivas (4/septiembre).

 

                Sin duda, el caso de la custodia de los hijos de Juana Rivas y Francesco Arcuri ha terminado generando un fenómeno social de alta magnitud que ha proporcionado muchos y variados debates relacionados con la igualdad, los malos tratos y la efectividad de la justicia para lograr una solución lo más equitativa posible en estos casos sin olvidar lo que obviamente es más importante: los niños.

            Los debates, debates son. En ese caso, es complejo aportar ideas a quien está previamente convencido de algo. Pero se pueden ver otros enfoques relacionados con el tema de la igualdad de hombres y mujeres.

            Primero, se ha aprobado un paquete de mil millones de euros de cara a fortalecer la igualdad de género. Sin duda, es sorprendente que en este caso todos los partidos políticos se hayan puesto de acuerdo. ¿Por qué no se da eso en ámbitos tan fundamentales como la educación? Muy fácil. Estamos gobernados por modas (la violencia machista) e interés partidista (interesa más un enfrentamiento por algo que un acuerdo del que pueda apropiarse el gobierno de turno, sea el que sea). Además, ¿a dónde va a parar todo ese dinero? Por desgracia, a veces da la sensación de que existen muchos organismos públicos cuya aportación al objetivo buscado es escasa. No veo cómo a un salvaje que acaba con la vida de otra persona, sea en un arrebato o en un plan minuciosamente calculado, le puede afectar un cartel a la entrada de una ciudad.

            Segundo, cuidado con la discriminación positiva. En una encuesta reciente y sorprendente, había más hombres que se sentían discriminados por su género (vía judicial en separaciones matrimoniales o vía empresarial) que mujeres.

            Tercero, para discriminación, la de los suicidios. Por cada mujer que se quita la vida, lo hacen tres hombres. ¿Se puede trabajar en igualar esa tasa?

            Cuatro, un juego de palabras. Pensemos en lo que supone la expresión “yo soy machista” superpuesta con la expresión “soy feminista”. Es obvio el matiz negativo de una y positivo de otra.

            Quinto, aunque sea una perogrullada. De la misma forma que la mayor parte de las personas deseamos que no haya hambre o guerras en el mundo, salvo casos extremos lo mismo ocurre con la igualdad entre hombres y mujeres, ¿no?

            Es el momento de volver a Juana Rivas. Absurdo es dar la razón a uno u otro, ya que en la mayor parte de los casos el asunto termina en creer a uno o de los dos (llegarán los tiempos en los que los matrimonios se grabarán discusiones o peleas para usarlas como pruebas en caso de extrema necesidad). Se trata de otra idea.

            Juana Rivas tuvo la solidaridad de todo su pueblo, la cual queda refrendada por los famosos carteles de “Juana está en mi casa”. No obstante, Juana estaba actuando fuera de la ley. Debía entregar a sus hijos a la justicia, y no lo hizo en el momento adecuado. De acuerdo al orden jurídico que nos obliga a todos, debe pagar por ello. Y aquí es donde viene el problema. Tanta solidaridad y apoyo (incluido, por subirse a la ola de la demagogia fácil, políticos de varios partidos) le ha hecho tomar una decisión equivocada. Los que le han apoyado nada tienen que pagar. Sin embargo, ella sí. Pasado el tiempo y el chaparrón mediático, Juana se encontrará con las consecuencias de sus hechos. Pues bien, a los casos en los que tomamos decisiones que no nos convienen apoyados por una causa superior se le puede denominar el “efecto Juana Rivas”.

            Vamos a ilustrarlo con otro ejemplo. Algunos políticos en Cataluña van a impulsar el referéndum del día 1 de octubre. Por supuesto, van a encontrar un gran apoyo en la calle y en algunos medios de comunicación. Sin embargo, corren el riesgo de perder parte de su patrimonio debido a los costes de dicho referéndum. Por lo tanto, cuidado. Muchas veces tomamos decisiones en caliente espoleados por otras personas sin tener en cuenta que la mayor parte de las consecuencias puede recaer en nosotros mismos.

            Los autores de los atentados de Barcelona también han sido víctimas de este efecto. Su coste ha sido mayor: han pagado con su vida. Sí, también falleció el tristemente famoso Imán de Ripoll. Pero no es lo habitual. Además, los que ganan son los ideólogos del ISIS, que incrementan su poder e influencia a cambio de sangre. En este caso, la causa superior no es ni la igualdad, ni la independencia. Es preservar el Islam puro. No importa: el efecto es el mismo.

            De lo que se trata  es de presionar a una persona para que haga algo a cambio de un ideal o un beneficio para otros. ¿Y quién es ésta persona?

            La que pone el cascabel al gato.

Oh, tempora! Oh, mores! (28/agosto).

 

                Esta famosa afirmación es del orador romano Marco Tulio Cicerón (siglo I a.c.), y se traduciría así: Oh, tiempos! Oh, costumbres! Con ella se refiere a la ascendencia de algunas influencias que se dejan sentir sobre la conducta humana.

            Muchos comportamientos actuales se justifican debido a que estamos viviendo una época de cambios vertiginosos. Puede ser. Pero existe un ejercicio muy divertido que nos puede llevar a una reflexión: ¿qué influencias son atemporales? Es decir, independientemente del lugar y del tiempo en el que nos encontramos, ¿existen aspectos comunes que nos puedan enseñar claves de nuestra conducta para mejorarla? Esto nos permitiría lograr dos objetivos fundamentales. A nivel individual, el DPC (desarrollo personal continuo). A nivel global, adaptar reglas de convivencia para los nuevos tiempos (en el caso de la política) y razonar la provisión de bienes y servicios que mejor se adaptan a la comunidad (en el caso de las decisiones empresariales).

            No es muy conocido el hecho de que desde las épocas más antiguas se decía que los jóvenes estaban malcriados y eran unos consentidos que no sabían lo que querían.  Por supuesto, hoy en día se sigue comentando lo mismo. Lo asombroso es que la afirmación es falsa. La mayor parte de los jóvenes tienen un objetivo muy claro: crear su futuro, y buscar la manera de generar valor para el conjunto de la sociedad. Existen dos excepciones, ambas extremas. Por un lado, los jóvenes de familias sin ningún tipo de recurso que terminan en la vida callejera. En países como el nuestro eso es una excepción ya que el sistema público se dedica a paliar esa carencia, pero en las grandes urbes eso genera inestabilidad social. El otro extremo son los jóvenes que no tienen preocupación alguna debido al gran patrimonio que tienen sus padres. Aquí el riesgo es distinto: tarde o temprano, deberán gestionar ese patrimonio. Y si no se saben valorar correctamente las consecuencias de sus decisiones debido a la burbuja en la que se ha vivido pues ya se sabe lo que pasa.

            Bien, vayamos a esos comportamientos, veamos la influencia que han tenido a lo largo de los tiempos y busquemos medidas para corregirlos.

            Uno, la procrastinación. Consiste en dejar las cosas para más adelante, dejando para el olvido el célebre consejo: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. A nivel personal, esta costumbre es grave: siempre dejamos para más adelante la dieta, el ejercicio, o los arreglos pendientes en casa. A nivel público, las reformas siempre se dejan para el futuro. Hay una frase divertida que expresa esta idea: “Brasil es el país del futuro…y siempre lo será”. Los propios brasileños lo cuentan con humor. A nivel empresarial a veces se dejan las reformas para más adelante, pero no ocurre tan a menudo. Al fin y al cabo, un empresario se juega su dinero.

            A nivel personal se puede evitar la procrastinación con reglas mentales al tipo “si-entonces”. Por ejemplo, “si no ahorro hoy mañana no tendré ningún recurso”. Estas reglas se deben repetir a menudo para convertirlas en un hábito. A nivel público, sólo hay una solución: unos incentivos que generen más concordancia entre el interés del político y el bien común.

            Dos, la corrupción. Desde tiempos inmemoriales hemos estado preocupados por ella. ¿Por qué se da? Pérdida de control de la situación, ego, ansia de poder y dinero. ¿Cómo combatirla? Hay muchas posibilidades. Por ejemplo, devolución de la cantidad robada con un alto castigo impositivo o penalización en todos los ingresos futuros son medidas razonables. Eso sí, no sólo se arreglan las cosas a palos. A menudo, la zanahoria también está bien. Eso pasa por premiar a todos los denunciantes, y no sólo con dinero: con reconocimiento social. ¿Por qué no salen abriendo las noticias?

            Tres, la lucha por los recursos. Desde tiempos inmemoriales los seres humanos siempre queremos más. Pensemos en el gran avance de la economía de mercado: en teoría, quien más tiene es debido a su mérito en el desempeño de un trabajo o a la provisión de un bien. ¿Es en la práctica así? Aunque falta mucho por avanzar, se trata de buscar los mecanismos que permitan erradicar privilegios. En éste ámbito, el fraude fiscal y las ingenierías financieras que drenan el pago de una gran cantidad de impuestos crean problemas para la viabilidad de nuestro sistema social a medio plazo.

            Cuatro, la tragedia de los comunes. Se da cuando el incentivo de un agente económico va en contra del interés general. Si un país no firma el tratado contra el cambio climático, podrá producir bienes y servicios más baratos. Lo mismo ocurre si una empresa contamina y otros no lo hacen, o si un ganadero deja en el campo más vacas de las pactadas con sus compañeros de gremio.  ¿Cómo arreglar esto? Investigando y divulgando las empresas o personas que se dedican a estas actividades.

            Oh, tempora! Oh, mores!

Conectividad global (21 agosto).

 

                Una de las tendencias mundiales que no admite discusión es la hiperconexión. El mundo digital, la mejora en las infraestructuras y los avances en los diferentes medios de transporte hacen que todas las personas estemos cada vez más conectadas entre sí. Una forma de comprobar esta idea es con la teoría de los “grados de separación”. Según esta tesis, cualquier persona está conectada con otra persona de nuestro planeta mediante una cadena de intermediarios que como mucho alcanza cinco personas.

            No obstante, la conexión no se refiere sólo a personas. Se refiere también a ciudades, regiones, países o continentes. El estratega e intelecual Parag Khanna, (según la revista Squire está entre las 75 personas más influyentes del siglo XXI), expone en su atractivo libro Conectografía (Editorial Paidós) la idea de que los países ya no importan. Las referencias económicas fundamentales vienen dadas por las grandes ciudades y por los centros en los que se ubican industrias con bienes o servicios que pueden ser demandados por lugares muy alejados del centro de producción. En consecuencia, la estrategia adecuada para sobrevivir en este nuevo mundo es potenciar dichos centros para poder diferenciarse a nivel global. Y eso para por mejorar sus cadenas de suministro. Ni más ni menos.

            La forma de comprobar teorías económicas es testarlas con la realidad. Por eso, cuando recibimos informaciones que a veces parecen contradictorias,  a veces es útil acudir al célebre consejo de Groucho Marx: “¿a quién vas a creer más, a mí o a tus ojos?”. Por ejemplo, ¿qué sistema económico es mejor para generar riqueza, el comunismo o el capitalismo? Para contestar a la pregunta, basta comparar la renta por persona de Corea del Norte y Corea del Sur.

            En este contexto, ¿qué actores económicos son hoy los más influyentes? Aquellos que controlan los centros estratégicos y sus conexiones con el resto del mundo. Sí, está el aspecto energético. Pero éste es un mundo con una competencia enorme en el que un día sí y otro también se dan nuevos descubrimientos acompañados de muchos cambios jurídicos que también deben tenerse en cuenta. Por eso la influencia de la OPEP (organización de los países exportadores de petróleo) ha disminuido con los años: nuevas tecnologías como el fracking o los avances en energías alternativas se han apropiado de diferentes nichos de mercado.

            Por tanto, lo más adecuado, en este nuevo entorno, es  potenciar las industrias que realicen exportaciones mejorando sus infraestructuras, ya que ésta es clave en su competitividad. Las implicaciones que tiene esta idea para Navarra en un momento en el que existe un debate sobre el Tren de Alta Velocidad o el Canal de Navarra son más que evidentes. No existen zonas ricas que tengan una mala infraestructura. Es algo que vemos, simplemente, abriendo los ojos.

            El problema más importante que se genera es el desequilibrio territorial: ¿qué hacer fuera de los nodos generadores de riqueza? Existen amplias zonas con densidades de población ridículas. En muchos pueblos de la “España profunda” los jóvenes ya se han ido. ¿Razón? No hay industria, la minería es marginal y la agricultura o ganadería no dan más de sí. ¿Qué pueden hacer los gobiernos? Muy poco, ¿cómo generar incentivos para que los jóvenes se queden allí? Al menos, los jubilados que viven de sus pensiones se quedan allí realizando una labor poco reconocida.    

¿Y los países? A comienzos del Siglo XX se generaban fricciones debido  a que existían Imperios que buscaban su expansión entre conquistas. Era un nacionalismo inclusivo: menos países.  Hoy en día la fricción ocurre en sentido contrario; las zonas más ricas buscan independizarse para aprovecharse de sus recursos. Es un nacionalismo excluyente: más países. Por desgracia, muchas veces genera problemas de convivencia. Y eso, en términos sociales, no presagia nada bueno. Además, es inconsistente con la economía global.

            Eso es debido a que en términos económicos sólo existe un país: nuestro planeta. A lo largo de un día, consumimos productos que tienen componentes generados en los cinco continentes. Es relativamente sencillo viajar de un lugar a otro. Usando páginas web de diferentes medios de comunicación o blogs de personas relevantes podemos saber lo que ocurre en cualquier lugar del mundo casi en tiempo real. El fin de una especie animal o el cambio climático nos afectan a todos. Las mafias que se dedican a la trata de personas o al comercio de drogas tienen también una influencia global. Con el mundo financiero ocurre lo mismo. Sí. Todo está conectado.

            Los recientes atentados de Barcelona han servido para comprobarlo: los heridos y fallecidos en el mismo eran todos ellos de múltiples nacionalidades. Los autores del atentado y el armamento que usaron para realizarlo, también.

            El mundo es como es. No es como queramos que sea, ni está ajustado a una ideología o pensamiento concreto. Evoluciona, cambia. Y avanza, aunque dando más tumbos de lo que nosotros quisiéramos, hacia un paradigma inmutable.

            La conectividad global.

Terrorismo (14/agosto).

 

                ¿Qué conclusiones se pueden sacar del reciente atentado en Barcelona? En circunstancias de tanto dolor, y cuando las emociones están a flor de piel, es difícil valorar la situación como un observador externo que se limita a valorar los hechos. No obstante, ¿por qué no intentarlo?

            Se ha valorado de forma positiva la colaboración ciudadana y la espontánea ola de solidaridad que ha surgido entre todas las personas. Bueno, es algo lógico y normal. Todos somos humanos, y la mayor parte de nosotros habríamos reaccionado así. No se puede sobrevalorar un comportamiento que en el caso de no tenerlo, genera un delito. Desde luego, lo razonable es, cuando empieza el atentado, escapar y reaccionar asustados. Cuando llega la tranquilidad, todos tendemos a ayudarnos. Eso sí, puede haber una excepción: los psicópatas, definidos como las personas que no tienen empatía por los demás. Se estima que son aproximadamente el 10% de la población. En el triste suceso del tren de Angrois (Galicia), la población de la zona fue aclamada por sus labores humanitarias. No tiene lógica: no ayudar a alguien que está desangrándose es una falta gravísima a nivel jurídico moral.

            Se ha valorado de forma positiva la “unión de los políticos”. Es lógico y normal: es completamente estúpido e inmoral no estar en contra de los atentados. Lo difícil es que esta unión permanezca en el tiempo. Así, al PP se le acusará de aprovechar la situación para endurecer las libertades de todos. A Podemos, de no suscribir el pacto antiyihadista. Al PSOE, de lo que sea. A la CUP, de insolidaria por la exigencia de que el Rey o Rajoy no estén en la manifestación. Y así sucesivamente.

            Se ha comentado que “no coartarán nuestra libertad”. Muchas veces un comentario expresa lo contrario de lo que dice. Es como cuando un equipo de fútbol dice que “el entrenador no corre peligro” o cuando un presidente dice que cierto ministro “tiene toda su confianza”. Pues bien, claro que coartan nuestra libertad. Y nos da más respeto acudir a lugares transitados. Un ejemplo muy sencillo que expresa esta idea viene dado por la estampida que hubo en Turín entre aficionados que se encontraban en una plaza animando a su equipo, la Juventus. Si no existiese temor hacia un atentado,  es muy difícil que hubiese ocurrido semejante suceso.

            Las concentraciones y protestas de repulsa se han sentido a lo largo de muchas ciudades, y bien está que sea así. Pero no ejercen una labor que presione al autor del atentado, como ocurrió a lo largo de los tristes tiempos en los que ETA se dedicaba a “socializar el sufrimiento”. Al Estado Islámico o a todos que actúan inspirados por el mismo (es fundamental conocer si existía algún tipo de conexión entre la célula de Ripoll y el IS) no les importa demasiado si a las protestas van 10 personas o 10 millones. Posiblemente prefieran el segundo escenario: eso quiere decir que su influencia es mayor.

            No se puede olvidar que la probabilidad que tenemos de morir en atentado es ínfima. Lo que ocurre es que la perspectiva nos aterra ya que no tenemos ningún tipo de control sobre lo que puedan hacer los terroristas. Es mucho más fácil morir en accidente de coches o ahogados. De hecho, después de los atentados del 11S los muertos en carretera en Estados Unidos se dispararon. Eso era debido a que se usaba más el coche para realizar recorridos largos. Curiosamente, el medio de locomoción más seguro es el ascensor. Por desgracia Rocío, la chica que murió aplastada por un ascensor en un hospital de Sevilla, no puede decir lo mismo.

            Los mecanismos de seguridad son cada vez más eficientes. Por desgracia, no podemos conocer la tasa de éxitos de los atentados abortados. Dos ideas. Uno, en opinión de muchos expertos, cuando se escucha algún discurso incendiario en alguna mezquita los propios musulmanes avisan a las autoridades. Dos, hoy en día se puede controlar las páginas web que visita cada usuario de Internet. Vamos, que no es tan sencillo bajarse un tutorial para hacerse una bomba casera, a no ser que uno no sea sospechoso. Sí, eso es lo que ocurrió en el caso que nos ocupa. Pero la falta de experiencia en el manejo de artefactos caseros provocó una explosión conocida por todos. Además, cada atentado estimula la colaboración entre los diferentes cuerpos policiales, sean nacionales o extranjeros. Sí, habrá más muertes. Pero los avances tecnológicos y el uso de diferentes cortafuegos para evitar muchos tipos de ataques  nos hacen ser menos pesimistas.         

            Países como Israel, amenazado por muchos vecinos, han logrado reducir drásticamente los atentados que sufrían. ¿Por qué no aprender o conocer sus técnicas de prevención?

            Para terminar, recordemos que la mayor parte de los atentados islamistas matan a musulmanes. Eso es debido a la guerra civil existente entre suníes y chiíes.

            Ay, la guerra.

Talento (7/Agosto).

 

                ¿Qué es el talento? ¿De dónde viene? ¿Vivimos realmente en una economía del talento, de manera que aquellos que tienen más, ganan más? Este un debate que sirve para obtener conclusiones prácticas.

            Podemos definir el talento como una capacidad innata para realizar una actividad determinada como un deporte particular, el arte o algún tipo de disciplina profesional.

            ¿A qué personas asociamos la palabra talento? El compositor Wolfang Amadeus Mozart puede ser el primero de la lista. Pintores como Picasso, cantantes como Frank Sinatra, escritoras como Ana María Matute,  actores como Robert de Niro, deportistas como el recientemente retirado Usain Bolt o Michael Jordan están también asociados al talento. Sin embargo, cuanto analizamos estos casos comienzan a surgir diferentes sombras. Ya Malcolm Gladwell demostró, con su célebre “regla de las 10.000 horas” que para ser hábil en cualquier tipo de disciplina se debe trabajar durante todo ese tiempo. Es mucho, sí. Ello nos lleva a una primera conclusión: más importante que el talento es el trabajo y el esfuerzo. Esta idea debería estar implantada desde los primeros cursos escolares; muchos niños que son buenos para cierta actividad se duermen en los laureles y no terminan de desarrollar todo su potencial. Una pena enorme, ¿verdad?

            Así pues, ya sabemos que un talento específico sin un esfuerzo asociado sirve de poco. Ahora bien, ¿de dónde viene el talento de una persona? Claro que tiene componente genético, pero primero se debe detectar y después se debe  desarrollar en un entorno adecuado. Pongamos una persona con una habilidad especial para la pelota que haya nacido en Indonesia: no se podrá detectar el talento ya que esa actividad no se realiza en su país de origen y como consecuencia de ello su entorno no es el adecuado para desarrollarse. Eso nos lleva a la idea de que se deben buscar mecanismos educativos para conocer el talento de los niños que acuden a la escuela.

            Es posible que un estímulo adecuado sirva para desarrollar un talento. Un niño que tenga un talento especial para jugar al ajedrez (curiosamente, el tercer deporte en licencias mundiales después del fútbol y del atletismo) no puede profundizar en el mismo si no conoce las reglas del juego. Pero es que además se debe tener pasión, curiosidad y ganas de jugar partidas, y ahí es donde el entorno tiene una importancia enorme. Ello pasa por establecer los incentivos adecuados para los hijos y los padres: torneos atractivos para todos (muchos restaurantes tienen éxito al tener zonas especiales de juego para niños; es un ejemplo claro de entorno adecuado) en los que los padres tengan algún entretenimiento adicional además de ver las partidas y en el que los hijos aspiren no sólo al primer puesto. Disfrutar de cada partida, del viaje, de la compañía de otros niños con la misma afición o de una comida conjunta es un buen estímulo para ir a jugar torneos de ajedrez.

            La intuición nos dice que es más fácil desarrollar un talento especial con dos aspectos que nos ayudan a llevar una vida más serena y feliz: la pasión y la curiosidad. ¿Quién conoce alguna persona feliz que no haga las cosas con entusiasmo o que no tenga interés por conocer más del mundo que le rodea?

            Una forma útil de desarrollar el talento es no focalizarse en un único tema: en un mundo que avanza dentro de un marco global en el que las diferentes disciplinas del saber se integran entre sí, la capacidad de detectar patrones ocultos es fundamental. En otras palabras, si una persona se dedica a la astronomía no le va mal aprender algo de música o de baile. ¿Acaso no podemos considerar el Universo como algo armónico lleno de constelaciones que “bailan” en esas noches de verano estrelladas que tanto nos gustan? Es posible que saber algo de un tema sirva para explicar algo de otros. Por ejemplo, en un reciente artículo de prensa un doctor en física aplicaba sus conocimientos para explicar la situación del mercado laboral en España. Sorprendente, ¿verdad?

            Por último, ¿premia la economía al talento? ¿O se necesita padrino?

            Primero, si alguien tiene un talento especial que no está valorado en el mercado, claro que no. Por ejemplo, el campeón mundial de lanzamiento de azadas no aspira a obtener una gran cantidad de dinero. Se debe conformar con un trofeo y un jamón.

            Segundo, un padrino ayuda muchísimo. En caso contrario, se trata de abrirse un pequeño hueco y saber abrirlo poco a poco. En el mundo de hoy, existen muchas personas con un talento especial que no lo han explotado por no haber sabido venderse. Y es que la palabra vendedor (que asociamos a las viejas enciclopedias) no está bien valorada en la sociedad. Sin embargo, todos estamos vendiéndonos constantemente.

            En fin, conviene aprovechar la época veraniega para reflexionar, pensar en nuestros talentos, desarrollarlos y aprovecharlos.

Subastas diabólicas (31/7)

 

                Compro por 10, yo por 12, yo por 13, 14, 18….alguien da más, alguien da más….¡adjudicado! Son las subastas de toda la vida, ¿verdad? El que más ofrece se lleva el bien que se ha ofrecido dentro de la puja y todos tan contentos. Sí, las subastas parecen un método adecuado para lograr una gran cantidad de dinero por algún bien. Los dos casos más comunes de subasta son dentro del mercado del arte (un mercado difícil de entender, ya que se pagan cantidades de dinero estratosféricas por cosas que parecen “cacharros” pero bueno, los entendidos, entendidos son) y aquellas en las que se ofrece un bien que ha pertenecido a alguien famoso y que se suelen usar, aunque no es así siempre, para casos benéficos. Por ejemplo, las zapatillas que llevaba Maradona en el mundial 86, el casco de un astronauta que haya estado en la luna o el primer maillot amarillo de Miguel Induráin se podrían vender  por un alto precio de dinero.

            No obstante, no todas las subastas son así. Dentro de la economía la teoría de juegos estudia un caso particular de subasta: el segundo que más ha pujado también debe pagar por el bien aunque no se lleve ni las migas. Curioso, ¿no? Vamos a comprenderlo con un ejemplo con el que se ha experimentado muchas veces. Un profesor vende un billete de 20 dólares por un dólar, ya a partir de ahí comienza la puja. Así, el primer alumno ofrece dos dólares. Si nadie más se anima a ofertar un precio, compra por dos dólares un billete de 20. En total, 18 dólares gratis. Un buen negocio.

            Es evidente que rápidamente otra persona ofrecerá 3 dólares por el billete. Si acaba la historia allí, el alumno que ha ofrecido 2 dólares los pierde. Por lo tanto, ofrecerá 4. Comienza así una carrera diabólica que no tiene fin (no tiene fin en términos teóricos; en la vida real se han llegado a pagar 200 dólares por billetes de 20 dólares).

            Por supuesto, aparentemente nadie es tan estúpido de entrar en una subasta diabólica así. ¿Nadie? Nada más lejos de la realidad. De una forma u otra, todos hemos participado en subastas de este estilo. Un caso muy sencillo se da en los conflictos laborales, cuando se convocan huelgas. Al final las dos partes siempre dicen que han llegado a un acuerdo “altamente satisfactorio” para ellos. Lo que no dicen es que si hubiesen alcanzado ese acuerdo sin huelga ambos lados habrían ganado más. La cosa tiene sentido: por ejemplo, un sindicato que propone una subida del 3% puede observar que pasado un mes, ya se ha perdido una gran cantidad de dinero. El acuerdo que le ofrece la empresa no está mal, pero para justificar su puesto sigue negociando. Lo mismo ocurre en sentido contrario. Y todos pierden.

 

 

 

A menudo también subastamos nuestro tiempo pensando que las cosas ya irán mejorando por sí solas. Es otro tipo de subasta diabólica. Por ejemplo, una película que nos aburre. ¿Por qué no marcharnos del cine? La misma idea se da en matrimonios que permanecen unidos para dotar de sentido al tiempo que llevan casados. Pensamos que el tiempo invertido en el pasado sirve para seguir ocupando el mismo lugar en el futuro, aunque nuestra situación, en términos emocionales, sea desdichada. Más tiempo de convivencia es peor a largo plazo, pero el coste inicial de hacerlo es tan grande que no deseamos incurrir en ese gasto.

En el mercado del deporte, cada vez más irracional, se dan subastas diabólicas en el sentido de pagar cantidades enormes de dinero por los jugadores de más alto nivel. Cuidado, hay excepciones. La NBA (baloncesto estadounidense) se permite hacerlo ya que el nuevo contrato televisivo ha sido enorme, y los jugadores, por convenio, cobran un porcentaje estipulado del mismo. Por cierto, podríamos aprender algo de eso, ¿no?. Primero es el ingreso, después el gasto. Si no hay ingreso, no hay gasto. No es una regla muy compleja, no. Desde niños, cuando nos dan la paga, se aprende. Con el tiempo, como tantas cosas útiles aprendidas en la infancia, se olvida.

Sin embargo se barajan unos pagos de 222 millones de euros por Neymar o de 180 millones de euros por Mbappé. Ya uno no se fía, lo mismo aparece algún club que se anima a pagar más dinero. En este caso muchas veces pierde el que gana la subasta, ya que no amortiza el pago. Puede haber excepciones: un club que sea un juguete de un jeque multimillonario. En ese caso, se supone que el organismo regulador de la competición (sea la FIFA o la UEFA) debería intervenir. Pero ya sabemos cómo se las gastan estos organismos futbolísticos, ¿verdad?

La conclusión, muy sencilla. Cuidado con las subastas diabólicas. Es fácil de entrar, difícil de salir.

Entretenimiento (24/7).

                Si hay una época del año que nos permite tiempo de ocio es la veraniega. ¿Cómo aprovecharlo? ¿Qué influencia tiene el entretenimiento en el conjunto de la economía y en nuestro desarrollo personal?

            Para comenzar, podemos hablar de la diferencia existente entre “veranear” y “estar de vacaciones”. En el primer caso, nos dedicamos a dormir más, a descansar, a estar tumbados y a actividades lúdicas entre las que destacan ver el mar desde una hamaca, comer y beber. En el segundo, realizamos actividades que no podemos hacer durante la temporada de trabajo: pasar más tiempo con los hijos, leer los libros más influyentes del año, hacer deporte o pintar un cuadro. Desde luego, no se trata de tener una disciplina espartana también en verano. Posiblemente lo más adecuado sea repartir nuestro tiempo entre el “veraneo” y las “vacaciones” en la proporción que consideremos adecuada. Ahora bien, no podemos olvidar una cuestión estadística asombrosa. Nadie ha admitido, cuando hace una recopilación de las cosas que ha hecho en su vida, que debería haber invertido más tiempo durmiendo o viendo la televisión. Es decir, no hay quien diga “debería haber visto la televisión 10 horas al día, no 6”. De la misma forma, tampoco quien diga “debería haber dormido al día 14 horas en lugar de 12”. Si le damos la vuelta a la argumentación en un sentido positivo, pocas personas salen de mal humor del gimnasio o de realizar alguna actividad deportiva (a no ser que esa actividad deportiva sea una competición y no se hayan alcanzado los resultados previstos).

            En un mundo en el que cada vez se necesitan menos personas para recoger o fabricar todo lo  que necesitamos para vivir debido a la mejora tecnológica, es evidente que la industria del entretenimiento cada vez va a tener un peso más importante en la generación de puestos de trabajo futuro. Además, es una cuestión de oferta y demanda, ya que supuestamente el tiempo de trabajo se va a reducir y en consecuencia, de alguna forma nos tendremos que entretener.

            Sin duda, el entretenimiento global más extendido es el fútbol. Durante el verano siempre se realizan fichajes de jugadores por unos u otros equipos, y las cifras son mareantes. Se rumorea un pago de 222 millones de euros por el jugador del Barcelona Neymar, o un pago de 180 millones de euros por el jugador del Mónaco Mbappé. ¿Cómo se pueden alcanzar esas cifras? Muy sencillo. Como el mercado del fútbol es mundial, en teoría los ingresos que puede generar son siderales. Otra cosa es que las cifras cuadren. En este sentido, cabría indicar un matiz: grandes empresarios o jeques árabes propietarios de equipos de fútbol están dispuestos a pagar de más a cambio de reconocimiento y reputación. Y la estrategia les sale muy bien: se hacen famosos.

 

 Los organismos futbolísticos deberían regular mejor esos movimientos financieros, pero como el negocio del balón es un monopolio es sí mismo, la corrupción aparece con más facilidad. En caso de duda, preguntar a la FIFA, la UEFA o a la FEF (federación española de fútbol).

Otro entretenimiento que genera controversia es el de las corridas de toros. En Baleares se ha prohibido la muerte del animal después de la lidia. ¿Qué podemos decir de ello? Vamos a valorarlo. Siempre se comenta que el toro existe por y para la fiesta, y sí, eso es una evidencia. Ahora, cambiemos de enfoque. En nuestro planeta, los animales salvajes pesan aproximadamente 100 millones de toneladas. Los animales dedicados a consumo humano (vacas, cerdos, ovejas o gallinas), 700 millones de toneladas. Todos ellos viven fuera de su entorno natural, y muchos sufren durante toda su vida. La ternera, por ejemplo, vive en un espacio muy reducido para que su carne sea más sabrosa. ¿Por qué no defender todos estos animales? ¿Por qué unos sí y otros no? En mi opinión, sólo tiene sentido ser antitaurino siendo coherente, y eso supone no alimentarse de animales que sufren;  prácticamente todos.  Sí, se puede decir que no está bien que la muerte de un toro sea un espectáculo. Pues en ese caso no se va a la plaza y ya está. Por cierto, para hacer números, los seres humanos (incluidos los salvajes) pesamos, en total, unos 300 millones de toneladas.

Existen muchas opciones de entretenimiento adicional. Podemos pasar de extremos como ayudar a personas necesitadas o estar unos días en un monasterio orando y meditando hasta drogarnos o terminar alcoholizados. No obstante, es una elección. Dentro de la misma se deben considerar muchas variables, las cuales dependen de nuestra personalidad, cultura y valores. Lo que voy a hacer, ¿me genera desarrollo personal? ¿Genera adicción? ¿Mejora a los demás? ¿Sirve para olvidarme de mis problemas dándoles una patada hacia adelante y nada más? ¿Tiene efectos secundarios? ¿Qué sensación tendré una vez terminado mi tiempo de ocio? ¿Tendré más energía?

Feliz entretenimiento.

Algoritmos (3jl).

                Parece útil, cuando vivimos en un mundo basado en algoritmos, conocer la definición de los mismos y saber cómo nos afectan. Un algoritmo (web “definiciones de”), en términos matemáticos, “un grupo finito de operaciones organizadas de manera lógica y ordenada que permite solucionar un determinado problema”. Desde niños la educación está basada en algoritmos. El más conocido es la resolución una ecuación de grado 2 (3x2 + 5x = 7), en cuyo caso los pasos serían los siguientes. Uno, ordenar los términos e igualar a cero. Dos, aplicar la fórmula que tiene en cuenta el coeficiente que multiplica a x cuadrado, el que multiplica a x y el independiente. Fin del problema.

                Sin embargo, los algoritmos no sólo resuelven problemas. También nos ayudan a tomar decisiones o percibir la realidad. La vida es muy compleja, recibimos mucha información y nuestro cerebro la filtra para ayudarnos a buscar la solución más sencilla posible.

                Pensemos en las elecciones. ¿A quién votar? En términos racionales, deberíamos estudiar todos los programas electorales y decidirnos por la opción más cercana a nuestras ideas, valores y creencias. Eso es muy complicado, además en muchos asuntos no tenemos la formación suficiente para tener una opinión. Por ejemplo, ¿cómo se debe gestionar la sanidad o el cambio climático?

                Es cierto que se han ensayado algoritmos muy útiles mediante programas informáticos. Funcionan así: a cada elector se le hacen una serie de preguntas sobre diferentes asuntos. Pueden entrar el aborto, la inmigración ilegal o el nivel de impuestos que considera adecuado. La cuestión es que terminado el cuestionario,  el algoritmo nos dice el programa electoral que más se ajusta a nuestras preferencias.

                Como estos programas no se han generalizado todavía usamos nuestro algoritmo personal. Un ejemplo posible sería éste. Uno: “descartar nacionalismo”. Dos, “priorizar reparto de riqueza”. Tres, “líder de confianza”. Cuatro: “intolerancia frente a la corrupción”. Así, decidimos el partido que más se ajusta a nuestras preferencias. Eso sí, en caso de fallar alguna de estas características se podría decidir una opción cercana o la abstención.

                Vamos a una empresa cualquiera, aunque el caso más sencillo es una fábrica. ¿Cómo funciona? Muy fácil. A partir de sus instalaciones, la energía que pueda captar, su tecnología y sus trabajadores, junto con el material que necesita para realizar su proceso productivo, sigue algoritmos para fabricar su producto. La empresa que logre un algoritmo que le proporcione un coste menor (o equivalentemente una mejor productividad) tendrá mucho ganado. Desde luego, también influyen otros factores como la calidad del producto, el poder de la marca o el servicio postventa.

 

 

                Muchas de las aplicaciones informáticas que usamos hoy en día son simples algoritmos. Nos permiten ordenar la información de una forma más práctica y nos dan pautas para tomar decisiones con más facilidad. De hecho, una de las empresas más famosas del mundo es Google. ¿Qué vende? En sí mismo, un algoritmo. Cuando tecleamos una palabra como “gato” aparece la información requerida al concepto buscado. Además, podemos afinarla mucho: podemos pedir “imágenes de gatos persas” o “vídeos de gatos bailando”. Además de entretenernos,  Google es útil para buscar información de algún concepto que nos fascine como “astronomía” o “genética”, pero su gran aplicación económica se da cuando alguien desea buscar algún bien o servicio. Si queremos contratar un fontanero para arreglar una avería en casa, teclearemos “fontanero” con una referencia a la zona donde vivimos (ciudad, barrio). Ahí es dónde está la oportunidad de negocio, donde las empresas pelean por posicionarse y donde Google tiene una gran ventaja competitiva.

                De momento hemos comentado los algoritmos de silicio. Pensemos en un animal, por ejemplo una cebra. Cuando oye un ruido raro, aplica una única regla, muy sencilla: “correr”. Un depredador puede estar cerca, amenazando la vida de la cebra. De la misma forma, podemos razonar, a partir de la observación de los animales, cómo reaccionan a los estímulos que reciben: mediante algoritmos. Son algoritmos de carbono.

                Sí, ya tocan los seres humanos. ¿Somos algoritmos? De una u otra forma, sí. Usamos reglas, unas veces conscientes y otras inconscientes, para arreglar nuestros problemas y tomar diferentes decisiones. Eso sí, la grandeza del ser humano es que puede decidir, si lo desea, las reglas que va a aplicar para una situación determinada. Por ejemplo, ante una situación de ansiedad, en lugar de elegir “gritar” podemos elegir “calma y mesura”. Al llegar a casa a la noche, en lugar de “cenar pizza, televisión y ordenador” podemos elegir “fruta, lectura y conversación familiar”. Nuestra fuerza es la consciencia y la imaginación.

                Sin embargo, hoy en día dejamos ya muchas decisiones en manos de algoritmos. Viajes, rutas de coche, restaurante…en un caso más extremo incluso los podemos usar para buscar pareja o un  lugar para vivir.

                En un mundo gobernado por algoritmos en el cual se vislumbra una convergencia futura entre el silicio y el carbono, no podemos perder nuestra esencia.

 

                En caso contrario, dejaremos de ser humanos.

El principio Humpty Dupty (26jn).

 

                “Las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen…ni más ni menos” es una de las frases más famosas del celebérrimo libro “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll. Quien pronuncia esta frase es un huevo (llamado Humpty Dupty)  con piernas y brazos en el cuento, aunque hoy en día la puede pronunciar cualquier ser humano: cuando intercambiamos información con otras personas, muchas veces se usan mensajes ambiguos para poder dejar interpretaciones abiertas respecto de una circunstancia cualesquiera que pueda ocurrir  en el futuro.

            Casos de políticos imputados (o investigados) que se niegan a dimitir cuando lo habían prometido son ejemplos claros del principio que denominaremos, desde ahora, de Humpty Dupty. Se hace un pacto por el cual un alto cargo debe dimitir si está imputado. Pero siempre existe algún subterfugio para salir libre del paso. Un poco de teatro por aquí, una queja por allá, y a no ser que el caso sea flagrante ya escampará: siempre aparece algún asunto de interés que hace olvidar al anterior.

            El principio Humpty Dupty se usa muchas veces cuando falta cierta información. El caso estándar es el de la llegada del PP al poder, cuando prometió bajar los impuestos y lo que hizo fue subirlos. Es una fórmula muy vieja, y se llama la “herencia recibida”. La realizan todos los gobiernos. Por supuesto, también el de Navarra (no hay duda: cuando en nuestra comunidad llegue la alternancia, los nuevos mandatarios harán lo mismo). Eso nos lleva a una conclusión desesperante y preocupante: tenemos un problema muy grave de contabilidad. La otra posibilidad es que simplemente se trate de un pacto implícito de partidos a partir del cual nadie destapa los trapos sucios de otro y todos seguimos alimentándonos del mismo pesebre.

            Otra fórmula que sirve para honrar este principio es la de cambiar de opinión para evitar un mal mayor. Por supuesto, siempre existirá una causa de orden superior que justifique una mentira. Para ser claros, que justifique cualquier tipo de mentira. Los ejemplos abundan. Rajoy subió los impuestos debido a que en caso contrario el país iba a ser rescatado. En este caso, y es una excepción, la causa es justificada. El problema es que su promesa electoral no se ajusta a la realidad o bien por mentira descarada o bien por desconocimiento de la realidad o bien como se ha comentado anteriormente por ser falsos los datos contables. Las tres posibilidades son muy graves. Después de rechazarlo por activa y pasiva,  Rivera pactó con Rajoy por “la estabilidad de España”. Sánchez pactó en muchos ayuntamientos con Podemos, pese a haber dicho que no iba a hacerlo, para “evitar un Gobierno del PP”. La conclusión es descorazonadora: nada de lo que nos cuentan es fiable.

 

            ¿Cómo evitar eso? Se pueden plantear varias posibilidades. Uno, crear un organismo público independiente o una asociación cuyo objetivo sea evaluar el número de mentiras proclamadas por nuestros dirigentes políticos. También vale para los grandes ejecutivos. Al menos existirá una lista pública de Pinochos. Dos, penalizar las mentiras. Pero eso es muy difícil: ¿cómo saber si la mentira es o no a sabiendas? En este contexto, podemos afirmar que el principio “el fin justifica los medios” se pronuncia pocas veces, pero se realiza muchas.

            Hay una tercera vía. También es complicada. Es un tema educativo. Pero es viable. Todos conocemos lo que es la empatía: se trata de ponernos en el lugar del otro para comprender su punto de vista. Eso está muy bien. Pero existe un atributo olvidado: la asertividad. ¿En qué consiste? En la capacidad de decir lo que pensamos a otra persona de forma clara y respetuosa.

            Si lo pensamos bien, en nuestra sociedad la asertividad no está muy desarrollada. Y es un problema causado debido a nuestro  deseo de  evitar  el conflicto. De esta forma, las personas “caraduras” o con mal carácter pueden ganar terreno imponiendo su ley. Por otro lado, si no nos atrevemos a denunciar una situación injusta estamos perdiendo derechos propios o los están perdiendo unos terceros. Pero claro, es un peligro. Corremos un riesgo denominado “el dilema de Cordelia” (de una obra de Shakespeare). La hija del rey Lear le comenta a su padre una situación que percibe como injusta. El rey puede tomar dos decisiones: agradecer un punto de vista contrario que le ha ayudado a mejorar o coger un enfado monumental con su hija de consecuencias imprevisibles. Por desgracia para ella, toma la segunda. Por eso hay que ser cuidadosos cuando decimos a alguien algo que no desea escuchar.

            Está claro que  nos iría mejor si valorásemos la asertividad como una cualidad necesaria y deseable para todas las personas, en especial para los líderes. Una asertividad en dos direcciones: para aprender de manera constructiva  de los errores cometidos y para decir a la sociedad aquellas cosas que no quiere escuchar pero que debe conocer.

 

                        

Identidad (19jn).

 

            Es muy sencillo clasificar a las personas entre “buenas” y “malas”. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Una misma persona puede ser buena en un contexto y mala en otro. Por ejemplo, un compañero de trabajo puede tener un carácter que nos desespera en el mismo y una vez fuera se pueden compartir unas buenas vacaciones con él. Para aquellos que trabajan con él, será “una mala persona” y al revés, para los que se van de vacaciones con él (en caso contrario no serían personas razonables, ¿no?) será una “buena persona”.

            Hijos, parejas, padres, amigos, familiares, nosotros mismos: todos actuamos de forma diferente según el contexto en el que nos encontremos. Si nos sentimos disgustados por algo, estamos susceptibles. Si un amigo nos dice algo que no nos gusta, nos aguantamos: perder los estribos puede quebrar una parte de la amistad. Si llegamos a casa y nos dicen algo que no nos gusta, es más fácil saltar: se considera  la familia más segura (quizás no sea así y por eso cada vez haya una desestructuración mayor pero eso es materia para otro debate).

            Todos estos aspectos forman parte de nuestra identidad, y bueno es mirarlos y reformularlos al estilo de la sabiduría antigua: “conócete a ti mismo”.

            No obstante, ha nacido una identidad nueva. Una identidad que además se puede desdoblar de varias formas distintas. Bienvenidos a la época de la identidad digital.

            Hay muchas posibilidades: un encantador padre de familia puede tener múltiples identidades, ya que los escenarios son múltiples. Desde  webs de citas, chats sociales y  páginas poco adecuadas hasta webs de espiritualidad o de apoyo a personas que se encuentran o se sienten solas (o ambas a la vez). Tenemos mundos virtuales para dar y regalar. Por supuesto, se puede dar el escenario contrario: una persona sin escrúpulos en el mundo laboral puede buscar mejorar el mundo por otras vías. Un matrimonio aburrido puede buscar opciones en el océano cósmico formado por la red. Hay más de lo que nos imaginamos.

            Incluso existen muchos nombres que son perfiles falsos; hombres que se hacen pasar por mujeres y viceversa. Incluso muchas personas muestran aspectos que dejarían alucinados a sus allegados (pero no sorprenderían de ninguna forma a los algoritmos que nos “ayudan” por la web: las pruebas de que nos conocen a nosotros mejor que nosotros mismos son abrumadoras).

            Además, la identidad digital no sólo se circunscribe a la red. También existe en aspectos tan sencillos como los grupos de whatsapp. Un adorable niño puede sufrir un acoso horroroso en su grupo de amigos o dedicarse a maltratar a otras personas. Incluso se dan aspectos que son completamente novedosos, una persona tenía en su estado escrito “Fulanito es un estafador”. Con nombre y apellidos. ¿Cómo debe actuar un juez ante un caso así? En lo que nos ocupa, se trata de un ataque al honor.  Como tal, tiene su castigo. Más: hoy en día es arriesgado mandar fotos delicadas o verter opiniones delicadas al comunicarnos vía mensaje. La razón es muy sencilla: quedan pruebas. Por esa razón, las personas mentimos más hablando que escribiendo. En el primer caso siempre podemos argumentar que el interlocutor nos entendió mal o aquello tan usado de que “me has malinterpretado”. En el segundo, digamos que lo escrito, escrito está. Así que cuidado: hoy en día, un mensaje enviado en confianza se puede volver en nuestra contra.

            ¿Cómo saber el tipo de identidad que tiene una persona? Es algo difícil y complejo. La conclusión es muy sencilla, todos tenemos varias. Además, el mundo digital complica todavía más el asunto. Se pueden hacer cosas ilegales, dejar pistas que se pueden volver en nuestra contra, no saber dónde nos encontramos. Eso puede generar, desde luego, problemas de socialización. Y peor aún: vivir en un mundo digital nos hace estar menos concentrados en la vida real y conlleva un desarrollo personal más bajo. Más: vivir en estos mundos crea adicción. En este caso, una adicción muy fuerte.

            Hay más identidades, en especial aquellas asociadas a aspectos intersubjetivos (esto es: aquellos que están en las mentes de las personas). Por ejemplo, la identidad “ser navarro, vasco o español”, “ser cristiano o musulmán”, “ser de izquierdas o de derechas”. ¿En qué consiste?

            Si le preguntamos a un japonés por estas identidades, nos verá en el mismo saco: somos, simplemente, europeos. La identidad religiosa también tiene su aquel: nos es lo mismo un católico, un protestante o un ortodoxo; no es el mismo un suní que un chií, no es lo mismo ser de Podemos que ser del PSOE. Estas identidades van creando cada vez áreas más pequeñas, más pequeñas hasta llegar a lo más importante: nosotros mismos.

 

            Tenía razón el filósofo que cuando la paró la policía y le preguntó quién era dijo: “eso quisiera yo saber”.

Gobernar (12jn).

 

                Hemos acudido a una reciente moción de censura por parte de Podemos en contra del Gobierno de Mariano Rajoy. Se pueden sacar las conclusiones que se deseen: es razonable criticar a Iglesias ya que estaba cantado el resultado, y es razonable criticar a Rajoy en tanto no parece dar la sensación de hacer todo lo que puede contra la lacra de la corrupción. De lo que se trata es de valorar la estrategia de la moción en sí misma: ¿a quién beneficia?

            Habrá que esperar hasta que pase un tiempo suficiente, aunque ya se sabe: si Podemos sube en las encuestas, la estrategia ha sido un éxito. En caso contrario, no. Sea como fuere, se han ganado unas páginas de periódico. Y es que quizás hacer oposición sea esto: lograr salir en los medios.

 La alta política ha pasado de ser un medio para lograr un fin (gobernar a los miembros de una comunidad buscando el mayor beneficio conjunto) a ser un fin en sí mismo (tener el poder por el hecho de tenerlo). No es difícil observar muchos gobiernos en los que las políticas que se llevan nos dejan completamente sorprendidos ya que no son coherentes con las ideologías teóricas que dábamos como seguras. Por tener el poder, cualquier promesa se convierte en agua de borrajas en aras de un bien superior que siempre comprende tener cierto puesto.

            Los puestos, los cargos. A menudo escuchamos en casos en los que existe sospecha fundada de corrupción la frase “pongo la mano en el fuego por Fulanito”. Propongo cambiar la frase por “pongo mi puesto en el aire por  Fulanito”. ¿Quién lo hace? Nadie. El coste de abandonar un puesto a nivel de reputación y de pérdida de influencia es tan grande que sólo se hace por razones de fuerza mayor.

            Hoy en día, vemos una competencia feroz entre los partidos, de manera que cada uno vende su relato, y mientras las ideas brillan por su ausencia. Un desastre. Y es que en el mercado de la política ocurre algo que no es válido en ningún otro: se puede mentir impunemente y se puede soltar cualquier tipo de insulto hacia otra persona u organización política (si una empresa miente acerca de las características del producto que vende o insulta a otra tiene los días contados; existe un respeto que debería ser llevado a todos los órdenes de la vida). Eso sólo tiene una explicación: la política es un mercado podrido que no cumple las condiciones teóricas de eficiencia. ¿Cómo sería la calidad de los productos que consumimos si fuese legítimo mentir acerca de los mismos? Simplemente las empresas compiten, intentan sacar bienes de más calidad a menor precio, y las que lo hacen mejor y saben adaptarse a los tiempos sobreviven, de forma que con ello logran crear un mundo que progresa. No ocurre eso con los gobiernos, ¿verdad?

Sí: gobernar es vender un relato puede ser real o ser una ficción. Pero no importa mientras suene bien. Así, “los otros” son unos corruptos, unos populistas, una izquierda o derecha rancia y trasnochada, unos nacionalistas o unos inútiles. No importa. Al final,   el menos malo gana.

Esta estructura de incentivos existentes en los partidos no presagia nada positivo para el bien común, pues no es eso lo que piensan los buscadores de rentas que suelen ocupar los puestos más altos. Saben que si su jefe se va, ellos están en el mismo carro. Y los que pueden cambiar esa estructura de incentivos no lo van a hacer debido a una razón obvia y sencilla: no les interesa.

Hasta ahora se ha valorado qué es gobernar. ¿Por qué no valorar lo que debería ser gobernar?

La definición más sencilla es la siguiente: crear reglas de convivencia en las que prime la meritocracia a partir de una igualdad de oportunidades real (tristemente, el factor que mejor explica la riqueza futura de los jóvenes es la riqueza presente de los padres) de manera que nadie se quede atrás: todas las personas de la comunidad debe tener un mínimo bienestar.

Sí, lo más difícil es el cómo. ¿Por qué no intentar unas reglas?

Uno.- Respetar los aspectos más personales de cada sujeto, los cuales suelen ser la religión y la identidad. Salvo circunstancias inevitables, no se debe legislar acerca de las mismas ya que pertenecen a la esfera individual de cada individuo.

Dos.- No mentir. No es lo mismo que decir siempre la verdad.

Tres.- Ser transparente: cuentas claras. Indicar de dónde se van a obtener recursos para cumplir promesas. De hecho, en algunos países existen organismos independientes que verifican el cumplimiento de promesas a priori. Basta hacer números.

Cuatro.- Afrontar los problemas que llegarán a medio plazo sin rodeos, indicando los posibles sacrificios que se deberán afrontar para hacerlos más llevaderos.

 

Cinco.- No confundir el Congreso, el Parlamento o el Consistorio con un Teatro.

 

 

Dataísmo (5jn).

 

                Hasta hace poco, los países más influyentes eran los que tenían más recursos energéticos, en especial gas y petróleo. Sin embargo, estamos asistiendo a un cambio que está revolucionando las relaciones entre las personas y por extensión, entre los países. Hoy en día, el principal activo de la economía digital son los datos. El volumen de información en circulación aumenta a un ritmo del 40% anual. Eso quiere decir que en tan sólo 20 años dicho volumen se habría multiplicado por 836,68 (matemáticamente, 1,4 elevado a 20). Otras estimaciones nos llevan a decir que en año 2020 el almacenamiento de datos será equivalente a 10 veces el número de estrellas observables en el Universo. Son cifras tan excesivas que escapan a nuestra comprensión. ¿Qué implicaciones tiene todo ello?

            A nivel de relaciones internacionales, la información es poder. Y cuidado, hay muchos posibles tipos de información, no sólo la relacionada con asuntos de corrupción o interferencias externas que se hayan realizado en diferentes campañas electorales. Por ejemplo, saber cómo se produce un medicamento, tener la música de un disco que va a salir próximamente a la venta, una película que va a estrenarse (recientemente han robado una película a Disney), la fabricación de un aparato electrónico, o incluso la composición de un algoritmo.

            Toda esta información está conectada en la nube, y eso nos genera una duda razonable: ¿es posible que algún malévolo terrorista pueda crear un caos en asuntos tan sensibles como las centrales nucleares, la gestión de hospitales o las cuentas bancarias? Es muy complicado, ya que existen muchos cortafuegos que avisan los centros de procesamiento para que en el caso de tener algún imprevisto se corte el flujo de información. Después de los ciberataques recibidos en muchas empresas de diferentes países, surgen dudas. Por este lado, poco más que confiar en los gestores de estos centros tan delicados para nuestros equilibrios sociales es lo que podemos hacer.

            A nivel de personas, también el manejo de datos (recordemos el concepto de Big Data, el cual expresa la capacidad de procesar y manejar ingentes cantidades de datos sabiendo obtener de ellos la información más relevante) tiene un peso gigantesco. El aspecto publicitario va a cambiar cada vez más, y la evolución del marketing es un claro ejemplo de ello. Inicialmente la publicidad era genérica: “busque, compare y si encuentra algo mejor cómprelo”. Después pasó a denominarse por “targets” o segmentos de mercado  particulares; por ejemplo, solteros entre 40 y 50 años con poder adquisitivo medio que vivan en ciudades. Hoy estamos en una transición a una publicidad que será completamente personalizada: según las páginas webs en las que navegamos, los “me gusta” que pinchamos en las redes sociales, los lugares a los que solemos ir y las cosas que compramos a menudo se puede predecir lo que vamos a desear en el futuro. Por esa razón muchas veces nos sorprende recibir ofertas de bienes o servicios que nos atraen sobremanera.

             Por supuesto, hay más posibilidades. La salud es muy importante, cada vez existe más conciencia acerca de ella, y el manejo de datos relacionados con nosotros mismos (lo que comemos, lo que bebemos, nuestro tipo de trabajo, el tipo de deporte y el tiempo que realizamos haciéndolo, nuestros genes y otros indicadores relacionados con nuestro cuerpo) sirve para predecir la posibilidad de desarrollar una determinada enfermedad. Así, la prevención irá ganando cada vez más terreno.

            Los datos relacionados con nuestras finanzas, en particular con el manejo del teléfono móvil, el coche, o los aparatos electrónicos de casa nos harán ser  cada vez más eficientes en su manejo. Sabremos si por una carretera hay un atasco, o la hora a la que nos merece la pena poner en marcha la lavadora. Incluso existen aplicaciones que enseñan a ahorrar una cantidad determinada de dinero al mes, de manera que nos pueden echar la “bronca” por tomar un café de más.

            No se vayan todavía, falta lo mejor. El imprescindible libro de Homo Deus (Yuval Noah Harari; Editorial Debate) nos lleva a un futuro en el que todas las ciencias se funden en una: el dataísmo. Y es que en todas las ciencias se procesa información. Se trata de unificarla. Incluso cada vez se relacionan más aspectos tan separados como la biología y la tecnología. Si se desarrollan los ordenadores cuánticos, el flujo de información alcanzará magnitudes exponenciales. Por otro lado, aparatos como el marcapasos son comunes para las personas. Los humanos podemos funcionar mejor con silicio, el silicio puede funcionar mejor con carbono.

 

            Hoy en día, es capital seleccionar correctamente la información que recibimos. Aprender es ya más importante que el conocimiento, ya que éste lo llevamos en el móvil. Y gestionar el futuro al que nos llevan estas tendencias, comenzando por la gestión de las personas que no encontrarán su sitio en este nuevo mundo, el mayor reto al que nos enfrentamos.

El Ministerio del Futuro (29my).

 

                Existen ministerios para todos los gustos, algunos de toda la vida, como el de Defensa o el de Sanidad. Otros han ido variando con los tiempos: ¿quién no recuerda el ministerio de Igualdad, en la época de Zapatero? Por último, otros se pueden integrar (Medio Ambiente y Agricultura, por ejemplo). En fin, son diferentes estrategias de los gobernantes y cada uno de nosotros tendrá una opinión formada acerca de las posibilidades existentes en cada caso.

            Lo que se propone en estas líneas es un ministerio consultivo, que sirva para adelantarse a los retos del futuro. Si los políticos toman las decisiones siempre pensando en las siguientes elecciones, ¿por qué no crear un Ministerio del Futuro que sirva para adelantarse a las nuevas tendencias sin incentivos partidistas? ¿No sería eso de gran utilidad? ¿Qué temas serían los más interesantes?

            Podemos establecer 5 niveles para plantearnos el futuro que viene. El matiz es importante, ya que cada una de estas categorías contiene competencias particulares.

            El nivel uno somos nosotros mismos como personas. ¿Qué retos vamos a afrontar para el futuro? En un mundo cambiante, ¿es mi puesto de trabajo seguro? ¿Cómo poder mantener un desarrollo personal (con todo lo que ello implica a nivel social y profesional) sostenible? ¿Tengo hábitos que me puedan crear malestar futuro?

            El nivel dos estaría formado por las instituciones asociadas a la Comunidad Autónoma, las más renombradas, el Gobierno y los Ayuntamientos. ¿Están fomentando la convivencia social? ¿Está la formación educativa ofertada en consonancia con nuestro tejido industrial? ¿Qué empresas compiten a nivel mundial, cuáles sólo a nivel comarcal? ¿Qué sectores estratégicos existen? ¿Cómo lograr que se invierta en ellos?

            El nivel tres es el de las instituciones asociadas al Gobierno Central. Existen muchos retos. Uno: pensiones. Simplemente, están quebradas. ¿Cómo afrontar ese problema? Dos: sanidad. ¿Cómo encajar el tema de que las personas viven cada vez más años aunque eso les suponga, lo cual es pura biología, más dependencia? Relacionados con los dos ejemplos anteriores estaría el tema de la demografía. Tres: energía. ¿Qué podemos hacer? A medio plazo es posible que alguna energía renovable sea la más eficiente. ¿Cuál será? ¿Qué estrategia se debe plantear? Cuatro: educación. Aquí, el equilibrio político y competencial  es prioritario. Cinco: trabajo. ¿Qué se va a demandar en el futuro? Está de moda el STEM (acrónimo inglés que acoge las palabras ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas como las ramas con más posibilidades en el futuro). Seis: sostenibilidad territorial y medioambiental. Se analizan dos aspectos: evitar zonas despobladas de gran extensión, buscar equilibrio ecológico. Y no se trata sólo del cambio climático: asuntos como la biodiversidad deben ser también tenidos en cuenta.

            El nivel cuatro llegaría a la Unión Europea. Aquí existen muchos aspectos a trabajar: el tema de los refugiados, regulación de la economía digital, la posibilidad de tener una política fiscal común, la creación de un superministerio de finanzas, cómo llevar la defensa conjunta de todos los países, la gestión del Brexit y las relaciones con la nueva administración norteamericana…todo se resume en un único objetivo: cerrar las competencias de la Unión Europea. ¿Por qué no hacer un gran congreso entre los países de la unión para lograrlo? Es necesario saber lo que se puede hacer y lo que no dejando claro cuándo el fracaso de una política es debido al Gobierno de turno o a Bruselas.

            El nivel cinco sería global. Aquí nos encontramos con instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la ONU, el Banco Mundial (BM) la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por cierto, las enfermedades que más matan en el mundo son la tuberculosis, el SIDA y la malaria. Pues bien, la OMS ha gastado más dinero en viajes antes que en erradicarlas. Estos organismos tienen un gran poder, y cada uno tiene su forma de gestión particular. Deberían redefinirse de cuando en cuando. Y la transparencia en su financiación y en su toma de decisiones es primordial.

            ¿Qué abarcaría un Ministerio del Futuro en Navarra?

            Valoraría cuáles van a ser las infraestructuras que más nos van a interesar en el futuro. Tendría en cuenta el coste de oportunidad de las mismas (mejorar una vía de tren supone un dinero que se deja de gastar por otro lado). Pensaría en los estudios que se pueden implantar que generen empleabilidad. Buscaría la presión fiscal asociada al gasto público más eficiente para toda la comunidad. Llegaría a acuerdos con empresas estratégicas. Se implicaría en la vertebración territorial. Estudiaría la necesidad de  potenciar las medianas empresas para no quedarnos dependiendo de unos pocos clusters.

Este Ministerio podría ser consultivo, con coste cero. Simplemente emitiría las recomendaciones que considerase pertinentes. Personas de todo tipo, destacando las de alto nivel cultural, empresarial o intelectual participarían en este órgano obteniendo a cambio una gran reputación. 

            Algunos países, como Suecia, ya tienen este Ministerio.

 

            Y nosotros, ¿por qué no?

Cadenas mentales (22my).

 

                Como decía el famoso poeta Khalil Gibran, “el hombre quiere la libertad pero está enamorado de sus cadenas”. Mientras que cuando vemos a los demás pensamos que son seres programados que se dedican a hacer siempre lo mismo siguiendo el rebaño, nos vemos a nosotros mismos más abiertos a experiencias nuevas, tenemos más autonomía propia y además no estamos manipulados por la prensa ni por los demás. Y sin embargo, tenemos los mismos prejuicios y pensamientos que los demás. Tenemos nuestras cadenas mentales, esas que nos llevan a pensar y a hacer siempre lo mismo. Esas cadenas que nos hacen pasar 20 años repetidos en lugar de tener una experiencia de 20 años. Esas cadenas que aplicadas a la gestión de las empresas, de la política o de las instituciones nos hacen aplicar soluciones antiguas a problemas que hoy ya no existen.

            En todas las épocas de las que se tiene constancia se ha dicho que el hombre debe adaptarse a los tiempos. El aforismo que mejor explica esta idea es un proverbio chino: “cuando soplan vientos nuevos unos ponen muros, otros molinos de viento”. Sin embargo, no lo hacemos. Y eso tiene una primera causa funcional: la educación, ya que nos deja conceptos anclados en nuestro cerebro.

            En matemáticas o física los problemas tienen una solución única, aunque existan muchos procedimientos para llegar a la misma. Eso es lógico, ya que son ciencias deterministas. Otras áreas del conocimiento, como la economía, la psicología, la historia o la sociología están en continua evolución. Muy importante: la historia también está en evolución. Una nueva documentación, un yacimiento arqueológico o cualquier reliquia sorprendente pueden hacer cambiar las cosas. Más aún, incluso ciencias como la física siguen en evolución. Lo que no se discute son sus fundamentos, por algo están demostrados.

            Esta idea se expresa muy bien en el ámbito de la economía: las recetas macroeconómicas tradicionales están basadas en un mundo que ya no existe, en tanto no se tenía en cuenta la robotización, la economía digital o la pérdida de la capacidad de negociación de los trabajadores en algunos mercados (lo cual nos ha llevado a una situación insólita que no viene en ningún manual de economía: la clase social de los trabajadores pobres).

            Veamos cómo la ruptura de una cadena mental genera beneficios insólitos.  En el ámbito de la medicina todavía estamos acostumbrados a usarla para curarnos. ¿Qué hacer? Incidir en la prevención. Pero sería bueno comenzar desde etapas más jóvenes: los niños deben tener muy claro sus elecciones, y es que un exceso de dulces hoy (repito, un exceso, que las chuches están muy buenas) es un riesgo para mañana en términos adictivos y en consecuencia, sanitarios.

            En psicología debemos agradecer a Martin Seligman el impulso realizado dentro de la denominada “psicología positiva”. La idea es semejante a la medicina: es mejor prevenir las depresiones que afrontarlas cuando llegan. Y aunque sea una evidencia, se debe incidir en ello: es difícil que una persona feliz se deprima. Por lo tanto, estudiemos la felicidad.

            Pasamos a la tecnología. ¿Quién iba a pensar las inmensas posibilidades de nuestro teléfono móvil (eso sí que es romper una cadena mental, teléfono era igual a hablar) y que incluso iba a ser parte de nuestro cuerpo humano? Puede parecer que exagero, ¿verdad? Si pensamos en la gran cantidad de actividades de nuestro cerebro que hemos pasado al teléfono nos asustaríamos. Antes memorizábamos fechas de cumpleaños, capitales de países o números de teléfono. Ahora no es necesario, basta un click. Antes nos esforzábamos por orientarnos. Ahora nos lleva el teléfono. Antes usábamos más medios para informarnos. Ahora basta consultar cuatro titulares en la pantalla.

            Está claro: nuestra mente está conectada, en cierta forma, al teléfono. Es una cadena mental. Pero de lo que se trata es de conocer las otras, aquellas que han anclado una forma de hacer las cosas que ya no es válida hoy.

            ¿Cómo educar a unos hijos que pueden tener más de una identidad digital en la red si no conocemos con exactitud su funcionamiento? ¿Cómo tomar políticas económicas que puedan llevar el bienestar a la mayor parte de la población posible? ¿Cómo competir en unos mercados en los que no dejan de aparecer productos disruptivos que pueden cargarse mi empresa de golpe? ¿Qué estudiar para preparar el mundo de mañana si a lo mejor cuando termino ya no existe trabajo relacionado con mi aprendizaje? ¿Cómo dejar las costumbres que nos permiten desarrollarnos como personas?

            Cortando todas las cadenas mentales que tenemos. Viendo el mundo con otros ojos. Pero existe una barrera formidable: nuestros prejuicios.

            En un estudio asombroso, las personas debían elegir entre dos líderes. El primero había tenido siempre convicciones fijas. El segundo cambiaba según los tiempos. Aunque le iba mejor al segundo, la gente elige al primero.

            Preferimos a las personas con ideas fijas, aunque estén equivocadas.

 

            Una cadena mental más.

La nueva ruta de la seda (15 my).

 

            La ruta de la seda nos evoca a los viajes de Marco Polo y al comienzo del comercio entre Oriente y Occidente. Nos recuerda viejas historias en las que los seres humanos no dejaban de disfrutar de nuevos descubrimientos, aventuras y experiencias. Hoy, en un mundo hiperconectado y con una tecnología que nos rodea allí donde vamos, poco parece que queda por descubrir. Y sin embargo, aunque parezca mentira, se está creando el germen de otra ruta de la seda. Y esta ruta puede alterar diversos aspectos relacionados con la economía mundial. Por lo tanto, debemos conocerla.

            El presidente chino Xi Jinping está promocionando desde el año 2.013 la denominada “nueva ruta de la seda”. Con un fondo inicial de 40.000 millones de dólares, la idea es impulsar las infraestructuras en primera instancia de su país y posteriormente ramificarlas hacia Europa (como muestra el ejemplo de la posible conexión en tren entre Madrid y Yiwu) o a otros países asiáticos. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del proyecto, participan 68 países, los cuales suman más de 4.000 millones de personas y acumulan el 40% del PIB mundial. Pekín espera realizar una inversión de 120.000 millones de euros por año durante el próximo lustro. El Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), con un capital fundacional de 100.000 millones de dólares, también influye de forma decisiva en este proyecto. Incluso dicho banco se plantea como futura competencia para dos de las entidades internacionales que más influyen en la economía mundial: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).            

                El fin de semana del 13 y 14 de mayo se reunieron en Pekín los países más involucrados en el proyecto. No faltó Vladimir Putin, y a nivel europeo, por diferentes razones, sólo estuvieron como mandatarios influyentes Mariano Rajoy por España, Alexis Tsripas por Grecia y Paolo Gentiloni por Italia. Desde luego, la potencia de algunas empresas españolas especializadas en infraestructuras les genera oportunidades de negocio: se necesitan carreteras, puertos, autovías, puentes, túneles, aeropuertos o conexiones de alta velocidad.

            Si bien este proyecto es conocido desde hace años, sorprende la escasa relevancia con la que ha aparecido en los medios de comunicación. Y la gran implicación china nos lleva a posibles cambios influyentes en la arquitectura económica internacional. Vamos a valorarlos.

            Primero, hoy en día el país que pregona el libre comercio es China. Es el mundo al revés. Países en teoría más abiertos como Gran Bretaña buscan apoyar leyes que penalicen a las empresas por contratar trabajadores extranjeros. Sólo pensar algo así hace poco nos habría parecido una discriminación insoportable. Ya no es así.

            Segundo, la influencia del FMI y de BM va a disminuir. Los países que forman los BRICs (Brasil, Rusia, India y China) buscan no depender de entidades que perciben gobernadas por los “intereses occidentales”. En caso de apuro financiero es mejor depender de una entidad en la que tengo una participación activa.

            Tercero, las infraestructuras favorecen la competitividad de las economías. Llevar un producto en un tiempo razonable de un lugar a otro hace que una empresa tenga más rivales en el mercado y que sólo sobrevivan las mejores. Los consumidores ganan, ya que compran más calidad a menos precio. Eso sí, se corre el riesgo de invertir más de lo debido. ¿Merece la pena un tren de alta velocidad si tiene una ocupación del 30%? Claro que no. Los estudios previos que analicen en profundidad la viabilidad de estos proyectos son imprescindibles y deben realizarse con el máximo rigor.

            Cuarto, una apertura global siempre genera empresas o personas que se salen del mercado. Buscar mecanismos compensatorios para evitar desequilibrios sociales futuros es delicado y fundamental. En este contexto, no olvidemos un aspecto delicado: personas con unos privilegios enormes (estibadores) se unen con facilidad para defender sus intereses; personas en riesgo de exclusión (parados de larga duración) no tienen un foro o ámbito que les sirva para poder exigir sus demandas.

            Todo esto nos está llevando el centro del mundo hacia Asia. Al paso que vamos, nosotros vamos a ser el “extremo occidente”. Esto genera unos retos enormes para la Unión Europea en general y cada país particular.

            Primero y prioritario: se deben cerrar cuanto antes las competencias de las instituciones con más poder dentro de la Unión Europea. El recientemente elegido presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha pedido la creación de un superministro de finanzas europeo, a lo que Alemania ya ha dado su respuesta: no. Como sigamos así continuaremos de foro en foro hasta la irrelevancia total.

            Segundo y como país, ¿nos interesa entrar en este proyecto? (Por cierto,  España está entre los países fundadores del BAII). En caso afirmativo, ¿qué amenazas y oportunidades se deben tener en cuenta?

 

            En un mundo que avanza a velocidad de vértigo, necesitamos más acciones y menos palabras. Marco Polo está al caer.

Intercambios (8my).

 

                Todos los días tomamos múltiples decisiones, desde que abrimos los ojos. La primera suele ser si podemos apurar el rato en la cama y dormir, aunque sea, “cinco minutos más”. Posteriormente, cuando nos levantamos, elegimos un lado (que suele ser el mismo, somos animales de costumbres) y así comienza la rutina diaria. Sí: muchas decisiones son repetidas un día sí y otro también, en especial todas aquellas que tienen que ver con nuestras necesidades fisiológicas. Pero también es cierto que si nos levantamos con más energía debido a que hemos descansado muy bien o tenemos un acontecimiento especial lo natural es esmerarnos más en el momento del aseo. Lo contrario ocurre en el caso de tener una mala noche.

            En todo caso, el buen descanso se torna cada vez más importante. Estudios realizados en Estados Unidos relacionan la calidad del sueño con los salarios de las personas en sentido creciente, e incluso puede ocurrir que la calidad del descanso sea más importante que el nivel educativo para explicar la renta de una persona. En resumidas cuentas: una buena noche es una base de un buen día.

            La teoría económica tradicional se limita a explicar nuestras decisiones económicas. Cuando decidimos comprar un bien o servicio, tenemos dos cosas en cuenta: nuestro presupuesto y nuestros gustos. Si no tenemos dinero para hacer la transacción económica o el producto no es de nuestro agrado no hay nada que hacer. Si se dan las dos condiciones previas se debe dar otra adicional: que el precio del producto sea inferior a lo que estamos dispuestos a pagar por él (es lo que en economía se denomina precio de reserva). Un buen vendedor o un buen entorno de venta logran que dicho precio de reserva aumente. Y desde luego, está bien que así sea: no estamos hablando de ninguna estafa. Hubo un tiempo en el que la profesión de vendedor se llegaba a relacionar con personas que eran unos “liantes”. Y esa idea está muy alejada de la realidad: si lo pensamos un poco, todos somos, en cierta manera, vendedores. ¿Acaso un trabajador no está vendiendo su tiempo y su esfuerzo a cambio de su salario?

            Así, aquí es a donde deseaba llegar. Los intercambios no son sólo de una cantidad de dinero por un producto, no. Estamos constantemente intercambiando tiempo, dinero, energía, bienes y servicios (los cuales, cada vez más, consisten en experiencias). Y tener esa valoración clara es prioritario para tomar decisiones que contribuyan a aumentar nuestra felicidad.

 

 

 

            El salario recibido por una hora de trabajo depende, en teoría, del valor mercado. Una modelo que pasea durante una hora por la pasarela cobra más que un agricultor  que está recogiendo espárragos. Antes de trabajar, el salario de ambos está prefijado de antemano. Sin embargo, una persona que se dedica al autoempleo no sabe lo que va a ganar a la hora.  Si el agricultor es propietario del campo, lo que gane dependerá del precio de venta, del número de espárragos vendidos y de los costes que haya tenido que afrontar para realizar su trabajo. En este caso hay incertidumbre, pero hay situaciones más extremas. Por ejemplo, artistas o algunos tipos de investigación. Un escritor que prepare una obra con esmero puede pasar del cero al infinito si gana un premio de prestigio. Se supone que estas personas disfrutan de otros ingresos, ya que en caso contrario asumen un riesgo enorme.

            Estos ejemplos enseñan que estos intercambios de tiempo por dinero, como tantas cosas en la vida, tienen cierta incertidumbre. No obstante, hay más. Cuando comemos un alimento poco recomendado, estamos intercambiando un goce actual por dinero presente y energía futura. Cuando hacemos deporte, estamos intercambiando tiempo y energía presente (y dinero en algunos casos) por bienestar presente y energía futura. Cuando vemos al cine, intercambiamos tiempo y dinero por entretenimiento. Cuando estudiamos, intercambiamos tiempo y esfuerzo por conocimiento y mejores perspectivas futuras. Es obvio que en todos los casos la clave es el tiempo, y que una buena estrategia es plantearnos, en la medida de lo posible, intercambios positivos. Es mejor disfrutar del trabajo, del estudio o del deporte que sufrir por realizar esas actividades.

            No obstante, existen dos tipos de intercambios más, los cuales nos llevan a dos escenarios. Uno es muy malo, otro es muy bueno. El primero, el intercambio de favores. Lo vemos en las altas esferas, en las puertas giratorias, en la alta política. Es muy triste y preocupante para nuestra convivencia. Salvo casos extremos, todos los partidos prefieren votar en contra del bien común (caso de la reforma de las pensiones o recientemente de la situación de los estibadores) si no reciben favores a cambio. Nos queda el escenario bueno: el de las relaciones humanas o con nuestro entorno.

 

            Una buena relación de amistad o un paseo al amanecer al lado del mar no piden nada a cambio.

Geoeconomía (2my).

 

                ¿Cómo podemos explicar la situación del mundo? ¿Se puede encajar de alguna forma la visión económica, política y social que nos rodea? Sí, se puede encajar mediante la denominada geoeconomía, “la cual aporta una visión global de las relaciones políticas internacionales, con especial énfasis en los factores económicos sin descuidar los actores no estatales” (de la introducción del libro “Los ejes del poder económico, de Eduardo Olier).

            El análisis de las matemáticas enseña a desarrollar teorías a partir de unos axiomas determinados. Por ejemplo, los números naturales se definen a partir de unas reglas fijas, a partir de las cuales se generan propiedades y teoremas. Aunque parezca mentira, cada año aparecen más de 100.000 teoremas nuevos en diferentes áreas del conocimiento.

            ¿Por qué no intentar desarrollar unos axiomas en el área de la geoeconomía? Podrían ser los siguientes:

            1.- “Los amigos y los enemigos varían, los intereses no” (palabras de un diplomático inglés a finales del siglo XIX).

            2.- Vivimos en un único país: nuestro planeta. Sí, hay Estados con muchos años de antigüedad, pero otros llevan muy poco tiempo con nosotros. Hoy en día, existen entidades supranacionales que están encima: basta pensar en la Unión Europea. Muchas de las leyes a las que estamos sometidos emanan de Bruselas. A eso debemos añadir organismos como el FMI (Fondo Monetario Internacional) o los diferentes Bancos Centrales que tienen un poder enorme. Se podrá argumentar que somos un único país debido a la globalización, la cual ha generado, entre otras cosas, la denominada hiperconectividad. Pero nada más lejos de la realidad: independientemente de vivir en uno u otro país las personas siempre han podido relacionarse entre sí desde hace muchos años. Claro que hace 100 años los transportes no eran los de hoy, pero se podía viajar y comerciar con  cualquier parte del mundo con la excepción lógica de las guerras o de los países con  fronteras cerradas.

            3.- La humanidad ha avanzado a partir de las ideas de las personas que la componen. En unos entornos es más fácil generar ideas que en otros. Desde luego, la clave consiste en traducir la idea a una tecnología, una forma de hacer las cosas, un producto o un servicio concreto.

            4.- No existe ningún imperio eterno (aunque existe una gran bibliografía explicando el auge y la caída de los imperios).

            5.- La duda no es una condición agradable, pero la certidumbre es un absurdo (Voltaire). En otras palabras: los tiempos cambian.

            6.- Las personas responden a incentivos (esta regla explica el 90% de nuestras decisiones, según el escritor Rolf Dobelli). Parece una perogrullada, pero merece la pena tener esta regla enmarcada: el principal incentivo de un político, por ejemplo, es mantener su influencia y poder.

            A partir de estos axiomas, podemos exponer las características especiales de los tiempos de hoy.

            1.- Por primera vez, los imperios en forma de países se ven sustituidos por imperios en forma de empresas. No pueden pervivir durante mucho tiempo, pero sí a lo largo de varias generaciones humanas. Empresas como Google o Facebook tienen más poder que muchos países.

            2.- El Estado del Bienestar ha llegado a su límite. La mayor esperanza de vida conlleva unos gastos en sanidad y en pensiones que son insostenibles a medio plazo. De manera asombrosa, la mayor parte de los Estados tienen unos desajustes en sus presupuestos públicos que están disparando la deuda llevando el sistema al colapso. Las otras posibilidades son que el crecimiento económico aumente o que el Estado de Bienestar baje sus prestaciones. No hay más.

            3.- El cambio climático es una realidad demostrada a la que no le estamos aplicando las soluciones adecuadas por simple dejadez. El que venga detrás ya arreará.

            4.- La mayor parte de los retos (desigualdad, mafias, terrorismo internacional, refugiados o desempleo estructural) son globales. También de manera asombrosa, muchos países se encierran en sí mismos para resolverlos.

            5.- La economía digital y los avances tecnológicos nos llevan a escenarios para los que no estamos preparados debido a que las personas y a las instituciones nos cuesta adaptarnos a los cambios. Esto conlleva gran riesgo para los países que se quedan atrás.

            6.- Ya no es necesario declarar una guerra para estar en guerra.

            7.- Ya no sólo se lucha por territorios o recursos: la información es cada vez más valiosa.

            Por último, podemos valorar cómo se están afrontando estos problemas.

            1.- Búsqueda de chivos expiatorios como Bruselas, Madrid o Donald Trump.

            2.- Discusiones estúpidas basadas en nacionalismos o cotilleos políticos.

            3.- Aplicar teorías macroeconómicas adaptadas a un pasado que ya no existe.

            4.- Populismo, autoritarismo, radicalismo.

            5.- Científicos o investigadores que dedican su tiempo a buscar mejorar la vida de los demás (¿ya tienen las facilidades necesarias para ello?). También deberíamos incluir o trabajadores, funcionarios, empresarios o voluntarios sociales motivados con sus actividades.

            Todos estos escenarios nos llevan a un escenario completamente impredecible.

 

Nada nuevo bajo el sol.

Falsos positivos (24a).

 

                El falso positivo es un concepto médico. Cuando se realizan pruebas diagnósticas a personas para saber si tienen una enfermedad, existen dos tipos de errores. Uno es pensar que alguien está enfermo cuando realmente no lo está (que es el falso positivo) y otro pensar que alguien está sano cuando realmente está enfermo (que es el falso negativo).

            Además, muchas veces se cometen errores al hacer estos diagnósticos: puede ocurrir que dando positivo sea muy difícil tener la enfermedad. Extraño, ¿verdad? Vamos a verlo con un ejemplo. Supongamos que a una embarazada le hacemos una prueba para diagnosticar un posible Síndrome de Down en su hijo. Si de cada 1000 embarazos en 5 hay enfermedad y la prueba diagnóstica acierta en el 95% de los casos el total de verdaderos positivos será 0,95 por 5 igual a 4.75 personas. De los 995 embarazos que faltan la prueba falla el 5% de las veces, luego el total de falsos positivos será 995 por 0,05 igual a 49,75 personas. En consecuencia, si alguien ha dado positivo la probabilidad de que su hijo tenga Síndrome de Down será de verdaderos positivos (4,75) entre total de positivos (4,75 + 49,75) igual a un 8,71%. Sorprendente, sí. Son las cosas de la estadística.

El tema es que recientemente se ha celebrado un juicio en Colombia que me ha dejado asombrado y del cual sólo han aparecido pequeños recuadros en los periódicos: el juicio de los falsos positivos. En el mismo, un total de 21 militares han sido condenados a penas entre 37 y 52 años de cárcel por matar a jóvenes civiles y hacerlos pasar por guerrilleros. ¿Por qué lo hacían? Recibían beneficios económicos por cada persona que mataban. Por ejemplo, se llegaban a pagar 2 millones de pesos (650 euros) por dos víctimas. Espeluznante.

            Cuando buscamos explicación a las oleadas de atentados de radicales islamistas que estamos padeciendo en Europa (sin olvidar que el IS sobre todo mata a musulmanes, y sin olvidar tampoco los recientes atentados en Egipto contra la iglesia copta) existe una que es la más aceptada por aquellos que conocen lo más profundo nosotros mismos: el proceso de deshumanización del “otro”. Primero, dejo de verlo como persona. Después se le añade algún nombre o historia despectiva acerca de los daños infringidos por “los otros” al grupo al que pertenecemos y la conciencia ya está preparada para asumir asesinatos. Los casos que ejemplifican mejor esta idea son los del holocausto judío por parte de la Alemania Nazi o los asesinatos a machetazos en Ruanda de las “cucarachas” (deshumanización) tutsis por parte de los hutus. Hoy, es el radical islamista contra el “infiel” que no lleva una vida de acuerdo a los preceptos a los que ellos están sometidos.

            Sin embargo, no puedo encontrar una explicación razonable al caso de los falsos positivos. Puede ser el incentivo económico, lograr beneficios no pecuniarios o la reputación personal que se logra. Desde luego, para poder realizar esos actos aquellos que lo realizan se deben sentir impunes ante la ley. Pero aunque sea así, este caso enseña que el ser humano es capaz de lo mejor, de lo peor, y de cosas tan horribles que ni siquiera pueden a pasar por nuestra imaginación.

 

            Uno puede entender en términos de coste beneficio la estrategia del dictador sirio, Al Asad. Basta valorar la situación geopolítica de la zona. Tiene unos aliados fuertes (en especial Rusia, en este sentido la base marítima que tienen instalada en Siria es fundamental para Putin), la oposición está fragmentada y se empieza a ver internacionalmente su continuidad como mal menor.  El coste humano es altísimo, pero él va a mantener no sólo el poder sino toda la riqueza que ha acumulado a lo largo de los años en su país. Está dispuesto a pagar ese precio ya que la alternativa es un juicio contra su persona de consecuencias  impredecibles o el exilio.

            Uno puede entender en términos de coste beneficio la estrategia de los Pujol. Con la reputación perdida, lo que más importa es mantener la mayor parte de riqueza posible. En el caso de pasar una temporada en la cárcel, al menos se intenta sacar una cantidad apreciable de dinero, se usa la ingeniería financiera, y como ya se sabe que en este país una vez pagada la pena temporal pocas veces se devuelve la cantidad monetaria robada, ya llegarán tiempos mejores.

            Uno puede entender la estrategia de políticos a los que no les importa arriesgarse a romper su partido a cambio de tener la posibilidad de tener el poder, de la misma forma que se puede entender que no se tomen las estrategias económicas adecuadas para España debido a interés partidista.

            Estos problemas se arreglarían con una mejor estructura de incentivos, no hay otra solución.

            Sin embargo, el tema de los falsos positivos escapa a mi conocimiento humano.

 

            Necesito un experto.

Cuentos (10a).

 

                Había una vez un partido político que prometió regeneración y un nuevo futuro para todos. Con un discurso lleno de emociones y un relato fascinante, el candidato, lleno de carisma, se ganó a la población de su región y así pudo alcanzar el poder. Pasado un tiempo, el nuevo presidente pareció perder contacto con la realidad. No es algo difícil, ya que en ese tipo de puestos las personas tratan a los gobernantes de otra forma. Finalmente, aparecieron asuntos de corrupción. El partido tuvo problemas y la gente, desencantada, terminó votando por otro candidato. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 La neurociencia enseña que el cerebro de los gobernantes cambia, que muchas veces se toman decisiones sin meditarlas de forma profunda y que uno puede terminar creyéndose imprescindible. Además, hay un problema añadido: los colaboradores más cercanos siempre van a persuadir a su jefe para permanecer más tiempo en el poder. Es la forma de mantener su puesto y su influencia.

Había una vez una persona que tenía un sueño: quería ser actor. Así, desde muy joven hizo lo posible para lograrlo. Sin embargo, la profesión es muy difícil. El 75% de los actores en España cobra unos sueldos ridículos, incluso existen personas dispuestas a realizarlo gratis (¿quién tiene más mérito, éstos actores o los que pasean por alfombras rojas?). No obstante, nuestro amigo perseveró. Un día, un ojeador que estaba viendo la función decidió contratarle ya que le gustó mucho su actuación. Y finalmente logró entrar en la rueda del cine y hacer películas hasta ganar un premio Goya. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Este tipo de cuentos sólo los escuchamos en boca de los ganadores. Y lo mismo vale para empresarios o personas que han salido del país en busca de un futuro mejor. Ocultan la realidad: la mayor parte de las personas no alcanzan esos sueños, ya que las barreras no son fáciles de superar. Es un problema educativo: nos preparan para triunfar y sólo vale el resultado, obviando que lo mejor está en el proceso, en saber que estamos haciendo lo que pensamos que tenemos que hacer.

Había una vez un oso que vivía en las zonas polares de Estados Unidos. Su vida es la típica de estos animales; en el verano se trata de buscar alimento, en el invierno toca hibernar a la espera de tiempo mejores. Es el ciclo de la vida que tan bien narró la estupenda película de Disney “El rey León”. No obstante, el verano parecía adelantarse. La temperatura y el medio ambiente no se adaptaban a sus hábitos naturales. El oso tuvo, pues, que cambiar su hábitat natural. Tuvo problemas de convivencia con otros animales, pero finalmente logró adaptarse y pese a todos estos avatares, hoy es un oso feliz. Colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El cambio climático está generando cambios de hábitos en numerosos animales. Es preocupante que el nuevo presidente norteamericano (adicto a la televisión, alérgico a los libros) reitere la inexistencia del cambio climático. No hay mejor prueba para ello: muchos animales están cambiando sus hábitos de vida después de siglos repitiendo sus costumbres de siempre.

Había una vez una pareja que se enamoró cuando eran muy jóvenes. Sin embargo, la vida les dio caminos distintos. Sus ámbitos profesionales eran muy diferentes, él ingeniero, ella profesora. Además, la precaria situación laboral de su país hizo que él tuviese que emigrar. Pese a todo, el amor perduró. Por fortuna, encontraron una posibilidad de vivir juntos. Parecía, muy difícil, pero fructificó. Finalmente se casaron, fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Los cuentos de amor han idealizado la vida de pareja y han creado un triste patrón: inconscientemente, creemos que cuando llega el momento de la boda está todo hecho. Sin embargo, no es así. Es el comienzo. El amor se debe cuidar todos los días ya que cumple una curiosa propiedad: si no crece, decrece. Además, esta idealización nos hace pensar que todo amor debe ser correspondido. Y no es así. Cuando se da esa situación, simplemente podemos pensar que ese no es el amor que nos conviene. Sencillo pero muy complejo a la vez.

 

Había un niño que perdió sus padres en la guerra. No sabe si están muertos o se encuentran en los campamentos de refugiados en los que tantas personas que antes tenían una vida digna tristemente deambulan como zombis sin esperanza alguna. Al menos, unos tíos se hicieron cargo del pequeño. Pensaron que había una posibilidad: Europa. Era la mejor opción al precio que fuese. Así, los tíos embarcaron con el niño en una patera. Por desgracia, no pudieron llegar. Un temporal hizo volcar la embarcación y todos sus sueños yacen, desgraciadamente, en el fondo del mar. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Expectativas (3a).

 

                ¿Qué es más importante, lo que tenemos o lo que esperamos que podemos tener? Sin nos dan a elegir, ¿qué  sensaciones tenemos? ¿Estamos buscando mantenernos o deseamos mejorar?

                De todo ello tratan de las expectativas. Y sí, las expectativas importan mucho. Son de varios tipos y tal y como demostró el premio Nobel de Economía Robert Lucas, influyen de una forma fundamental incluso en el progreso de un país. Por eso existen índices basados en expectativas, como por ejemplo el índice de confianza de los consumidores o de los empresarios. Un buen indicador implica, para los primeros, que las personas están más dispuestas a ir de viaje o a cenar en un restaurante antes que disfrutar tranquilamente de la vida hogareña. Es decir, más movimiento económico. Para los empresarios eso supone una mayor inversión futura. Sea como fuere, nuestras creencias acerca del futuro influyen en el mismo de forma decisiva. Ya lo decía un asesor norteamericano del presidente George Bush: “a nosotros no nos preocupa el futuro. Lo creamos.” Eso sí, no crearon el mejor futuro posible para la zona de Irak tal y como era su pretensión.

                Hay muchos tipos de expectativas. Las más simples son las que tenemos cuando vamos al cine o leemos un libro. Si nos dicen que “La la Land está genial y va a arrasar en la entrega de los Oscar” vamos a ver la película pensando que va a ser una maravilla y puede que salgamos decepcionados. Por otro lado, si nos dicen que un libro es malo pero tenemos curiosidad por el autor puede ser que al final nos parezca una delicia. Sí, es difícil abstraernos pero es aconsejable: cuando tenemos una recomendación de ese estilo lo mejor es  ir con la intención de disfrutar de la experiencia. Lo mismo ocurre cuando vamos a comer a algún restaurante o a conocer un determinado país.

                Más importantes son las expectativas acerca de nuestra vida futura. Son fundamentales en nuestro ánimo y espíritu. ¿Qué perspectivas tenemos? ¿Qué rango de población lo tiene peor? Por primera vez se comenta que los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Tiene lógica: la tasa de desempleo es preocupante.  Los datos son irrefutables, y las estadísticas de los jóvenes sin estudios son desoladoras. El papel fundamental del Estado es  garantizar una buena convivencia entre todas las personas que viven en el mismo. En este contexto es primordial preparar, mediante la educación, a la población para afrontar la vida futura creando valor que repercuta en el conjunto de toda la sociedad. Pero eso es un asunto que merece un análisis aparte.

                Pensemos en movimientos como los del 15M. ¿Cuándo se generan? Se trata de una cuestión de expectativas: eran negativas. Pensemos en la corrupción. Se puede (no se debe) conllevar  si el conjunto de la población tiene perspectivas positivas acerca de lo que les pueda venir. Pero en una situación como la actual ese no es el caso. Por esa razón es difícil aguantar tanto juicio.

 

                Eso sí, merece la pena resaltar un aspecto curioso. Cada vez que aparece un nuevo caso de corrupción se tiene la sensación de que “ese es un asunto del pasado”, “que haya aflorado implica que los controles funcionan” y profundizando en esta argumentación, “es claro que ya no va a volver a pasar”. Sin embargo, no deja de surgir. Una y otra vez. Da que pensar acerca de la condición humana y de los incentivos que hacen que tantas personas caigan en el mismo saco. ¿Tan difícil es crear una estructura en la que sea humillante ser un corrupto?

                Para comprender esta idea, pensemos en la educación y en el modelo anglosajón. En esos países los profesores se ausentan de los exámenes dejando a los alumnos solos. No copia nadie. ¿Cómo se explica? Muy fácil: si te cazan, has cometido un delito y posiblemente no puedan volver a estudiar en ninguna universidad. Por otro lado, los profesores indican en el currículum los congresos a los que han acudido sin justificante alguno. ¿Y si mienten? Su carrera académica ha terminado. Es una evidencia: las personas respondemos a incentivos.

                Volviendo al 15M, estos movimientos se han generado por la sensación de que existe una clase “privilegiada” (no formada únicamente por políticos) que se está aprovechando de la situación. Hoy observamos, con preocupación, cómo muchas de las personas que iban a cambiarlo todo tenían el mismo objetivo: ingresar en esa clase privilegiada. ¿Y eso es debido a que en política sólo entra lo peor? No. Una vez más, es cuestión de incentivos. Unos hacen que salga siempre lo mejor del ser humano, otras que eso no ocurra.

                Sea como fuere, las expectativas influyen en nuestra vida. Y sí, el Estado debe realizar políticas para mejorarlas. Pero también debe decir la verdad, para que así podamos crear, para nosotros mismos, nuestras mejores expectativas.

                Feliz viaje hacia el futuro.

                Javier Otazu Ojer.olíticas macroeconómicas, opciones electorales.

 

                Una de las labores principales de un gobierno consiste en elegir las políticas macroeconómicas necesarias para mejorar los indicadores de “salud” de un país. En estos tiempos de alto desempleo e incierto porvenir, ¿cuáles son las políticas más adecuadas? ¿Qué instrumentos tiene un gobierno para lograr este objetivo?

            Hasta hace poco, había dos posibilidades. Por un lado las políticas denominadas clásicas, las cuales consisten en estimular la oferta de bienes y servicios que se producen dentro de un país. Para ello se buscan medidas que beneficien la innovación o que reduzcan el coste de producción de las empresas (impuestos más bajos o facilidades regulatorias) ya que si todo lo que consumimos es más barato, todos ganamos. El caso estándar es el teléfono móvil: han mejorado muchísimo las prestaciones con precios semejantes a los de hace años e incluso  más bajos. El problema de este tipo de políticas es que sus efectos tardan en ser visibles. Además, se busca equilibrar las cuentas del Estado para no gastar recursos adicionales en pagos de intereses debidos a la deuda.

            Por otro lado están las políticas keynesianas, las cuales consisten en estimular la demanda de bienes y servicios dentro de un país. Para ello, el gobierno suele gastar dinero y endeudarse. A corto plazo son efectivas, ya que la economía se activa. A medio o largo plazo depende: puede ocurrir que el crecimiento sea suficiente para pagar los intereses de la deuda generada y en ese caso estas políticas han cumplido su cometido. Pero también puede ocurrir que después del estímulo las cosas queden como estaban…¡con una deuda superior!

            No se puede olvidar que las políticas clásicas están más relacionadas con gobiernos de derechas (la prioridad es generar riqueza) y que en el segundo están más relacionadas con gobiernos de izquierdas (la prioridad es repartir la riqueza).

            Por desgracia, la aplicación de estas políticas en Europa nos ha generado la peor consecuencia posible en cada caso. Las recetas clásicas (Alemania) han generado más desigualdad y las recetas keynesianas (casi todos los países han gastado más de lo que ingresaban) más deuda.

            ¿Qué se puede hacer, entonces? ¿Existe alguna combinación de estas políticas que pueda ser efectiva? Diferentes gobiernos han probado combinaciones de estas políticas (incluyendo aspectos comerciales).Vamos a ver varios casos.

            Uno, Japón. La política ha sido expansiva a nivel monetario (el BoJ, Banco de Japón, ha introducido mucho dinero en el sistema), a nivel fiscal (más gasto público) y liberalizadora (reducción de trabas para la actividad económica). El nombre de esta política es “Abenomics” ya que la ha realizado el gobierno del primer ministro japonés, Shinzo Abe. Los resultados han sido positivos, aunque no podemos olvidar el problema demográfico del país. Y está el largo plazo, que siempre llega.

            Dos, Estados Unidos. La política que va a impulsar el nuevo gobierno tiene tres ejes: un gran plan de infraestructuras, bajada generalizada de impuestos y proteccionismo económico. El nombre de esta política es “Trumpnomics”, ya que la va a realizar el gobierno de Donald Trump. Los resultados están por determinar, aunque la bolsa ha saludado estas medidas con amplias subidas (¿será una burbuja?).

            Tres, países escandinavos. Se combinan las facilidades para crear riqueza por parte de las empresas con altos impuestos una vez que se ha generado dicha riqueza. Es la denominada por el analista Víctor Lapuente de forma original como “Política Bisexual”, ya que aplica fundamentos clásicos y keynesianos. Los resultados han sido muy positivos, aunque en economía siempre existen  matices. Sin duda, recuerdan a la célebre “Tercera Vía” de Tony Blair en Gran Bretaña.

            Cuatro, populismos de izquierdas que ofrecen limpiar la corrupción de la política de “toda la vida” y más intervencionismo por parte del Estado para evitar los desmanes que se generan en empresas de interés general (en especial en áreas relacionadas con la sanidad, la educación, la energía o la banca) debido que sólo tiene un objetivo: ganar dinero al coste que sea.

            Ninguno de los dos candidatos franceses que ha pasado a la segunda vuelta está en el modelo tradicional: Fillon (derecha) y Hamon (izquierda) no superaron el corte. Marine Lepen encaja en el modelo de Estados Unidos y Emmanuel Macron encaja en el de los países escandinavos. ¿Será una tendencia global?

Se puede observar que la derecha de siempre sigue manteniendo amplia influencia general. Sin embargo, la izquierda de toda la vida, ¿dónde está? El descalabro en Francia ha sido impresionante. Su debilidad en Gran Bretaña ha generado el sorprendente adelanto electoral de Theresa May. En España, Podemos discute la hegemonía del PSOE. La izquierda necesita un nuevo relato, y lo necesita ya.

Eso sí, es posible que no sea suficiente con un nuevo relato. La ciudadanía debería percibir que el objetivo de la política es el bien común, y lo que se percibe es la búsqueda del poder y de la influencia personal.

 

Mal asunto.

Posesión (20/3).

 

                ¿Qué poseemos? ¿Qué es lo que realmente tenemos? Hay cosas, personas, o lugares que poseemos o que nos poseen. Bueno es ajustar el enfoque para saber el grado de dependencia que tenemos de algo; ¿lo consideramos nuestro? ¿O es al revés?

            Si bien en la vida actual tendemos a valorar la posesión en términos de riqueza o dinero (conocido es el dicho, no por ello real, “tanto tienes tanto vales”) la realidad es más bien la contraria.

            Dado un nivel aceptable de ingresos lo único que tenemos es tiempo y dinero. La paradoja de Easterlin enseña que con las necesidades cubiertas la renta adicional no aumenta la felicidad de manera significativa. Incluso los estudios demuestran, de manera asombrosa, que preferimos ganar 2500 euros si las personas que nos rodean ganan 2000 a ganar 3500 euros si las personas más cercanas a nosotros ganan 4000 euros. Tiene lógica: entre humanos las comparaciones son inevitables.

            Se habla mucho de la pobreza energética, y bien está que se tomen medidas en colaboración entre las empresas privadas y las administraciones públicas para evitar casos extremos. Al menos en ese camino se ha avanzado aunque por desgracia y como tantas otras veces haya sido debido a sucesos que han generado incluso la pérdida de vidas humanas.

            Sin embargo, hay otra pobreza que tenemos olvidada: la temporal. Podemos tener mucho dinero pero si no tenemos tiempo para nosotros mismos, ¿qué tenemos? Existen ejecutivos de empresas que al final dedican tantas horas a la empresa que al final se olvidan de su familia y de sí mismos. ¿Es eso riqueza? Y mucho cuidado, que en la dedicación al trabajo no sólo hablamos de las horas en la empresa y los traslados a la misma, no. Muchas veces nos llevamos los problemas, en la mente o en papel,  a casa. Y eso si no nos toca consultar correos electrónicos o material de trabajo fuera de horas; al menos ese asunto ha comenzado a tratarse con la importancia que merece. Por todo ello nuestro tiempo libre todavía tiene menos calidad. ¿No es una maravilla disfrutar del momento sin ningún coste mental adicional?

            Tenía razón el Dalai Lama cuando decía que “no entiendo a los occidentales. Primero intercambian salud por dinero, y cuando pasan los años intercambian dinero por salud”. Esto nos lleva al siguiente aspecto importante: la energía.

            En una primera escala, la energía es salud. Y cuando tenemos alguna enfermedad, sobre todo si es grave, todo lo demás es accesorio. Pero hay una escala superior: el entusiasmo. Si nos gusta lo que hacemos, si tenemos un propósito, si tenemos un plan, si cada día es un reto, hemos alcanzado el nivel adecuado. Nos lo recuerda John Milton: “nada hay más contagioso que el entusiasmo”.

            Vamos al poder. No es lo mismo decir “poseo el cargo de presidente del consejo” que decir “soy el presidente del consejo”. En el segundo caso, peligro. Persona igual a cargo. Este lenguaje alcanza un grado de despersonalización enorme: todos estos puestos los ocupan seres humanos. Y el problema no es que lo olviden ellos: lo olvidan los que les rodean. Por eso le recordaban siempre a Julio César que era humano.

            Respecto del dinero, no está mal poseer un poco más. Pero no olvidemos lo que les ocurre a los que les toca la lotería (y no me refiero al Gordo de Navidad, ya que sólo sirve para pagar la hipoteca; me refiero a aquellos a los que les caen millones de euros) ya que  se arruinan en un 80%. Así, podemos determinar un criterio para valorar la felicidad de una persona a partir de una pregunta que siempre hemos propuesto en alguna cena: “si te toca la lotería, ¿qué harías?”.

            Los que seguirían con su vida habitual tomándose algún capricho particular o  comprando y disfrutando de bienes y servicios de más calidad,  son aquellos que son felices de verdad. Los que preferirían comprar productos muy caros o se dan a la buena vida terminan más pronto que tarde en la mala vida, debido a una palabra clave: el mantenimiento. Las grandes inversiones (casas o coches, por ejemplo) necesitan altos gastos de por vida.

            Por último, no podemos dejar de olvidar los casos de corrupción que aparecen hoy, mañana pasado y al otro. Todas estas personas pierden algo que jamás se recupera: la reputación. Cuando alguien dice “les dará igual, con todo lo que tienen” sólo acierta en aquellos a los que no les importa intercambiar prestigio social por dinero.

 Oscar Wilde decía: “Cuando era joven me dijeron que el dinero no era importante. Cuando me hice mayor comprendí que era lo único importante”. Es el momento de desmontar tal falsedad. Lo único que tenemos es tiempo, energía y la riqueza que dan las relaciones humanas y el desarrollo personal.

 

En caso de duda, pregunten a algún millonario.

 Odebrecht, Banco de España  y justicia (13/3).

 

                Odebrecht es un conglomerado de empresas de ingeniería, construcción y energía. Esta empresa brasileña ha saltado recientemente a la fama por protagonizar el mayor escándalo de sobornos de la historia: ha admitido pagos de 788 millones de dólares a los partidos entre los años 2.001 y 2.016. La cifra es sobrecogedora. Asusta. Antiguos dirigentes como el expresidente de Perú, Alejandro Toledo, están acusados de cobrar cifras de unos 20 millones de dólares. Al parecer, existen muchos países implicados, en especial en América Latina. Mientras, son conocidos por todos los múltiples casos de corrupción existentes en España. Mientras tanto, recordemos que  asuntos como los “papeles de Panamá” o las plataformas de ingeniería fiscal creados por los asesores financieros de las máximas estrellas del deporte siguen estando ahí.  Por desgracia, han pasado al olvido.

            ¿En qué mundo vivimos? Cuesta comprender cómo unas personas que ya tienen todo el reconocimiento social se arriesgan a perder toda su reputación de por vida a cambio de muchos platos de lentejas.

            Esto nos lleva a conclusiones importantes. Primero, todas las investigaciones en neurociencia han demostrado que el poder cambia la forma del cerebro de las personas, con lo cual la percepción que tienen del mundo que les rodea es diferente a la real. En muchos casos, se sienten autorizados para cobrar  mordidas (que suelen ser para el partido) que se usan para legitimar diferentes obras públicas. Después de abandonar el cargo, cobran pastizales por conferencias donde cuentan evidencias. Segundo, de la misma forma que existe la ONU, la OMC o el FMI ya va siendo hora de crear una gran institución internacional que vele por la seguridad financiera mundial para controlar la gran cantidad de dinero que se mueve en la sombra. Y no se trata sólo de sobornos, ya que hay dos puntos más fundamentales. Uno, la regulación financiera. Si se cumplen los peores presagios Estados Unidos (ya ha dimitido el miembro del Consejo de la Reserva Federal dedicado a la regulación financiera, Daniel Tarullo) puede volver a tener una legislación semejante a la existente antes de la crisis financiera del año 2.008. No lo olvidemos: los incentivos, incentivos son. Dos, los paraísos fiscales son problemas de magnitud mundial. De la misma forma que existen guerras de divisas, pueden existir guerras fiscales para lograr que en un territorio determinado se creen empresas. Si todos los países hacen lo mismo, el Estado del bienestar se derrumbará.

            ¿Podemos confiar en que se va a crear una institución de este estilo? La respuesta nos la ha dado Transparencia Internacional: el 30% de los eurodiputados, al dejar el cargo, trabajan en grupos de presión (lobbies) de empresas que buscan lograr regulaciones favorables para sus intereses. Está claro, ¿no?

 

 

            En nuestro país se supone que el Banco de España era la institución que se dedicaba a supervisar las diferentes actividades financieras que se realizan en la economía. Sin embargo, como es conocido, parte de la anterior ejecutiva ya está siendo investigada para saber si cumplió correctamente su papel en el caso de Bankia. Además, la unión entre los trabajadores es admirable: una recogida de firmas a favor de los altos cargos imputados, según el organismo, es algo que merece “comprensión”. ¿Para cuándo una recogida de firmas apoyando a Jordi Pujol o a Iñaki Urdangarín?

            Al menos, cuando ocurren cosas de estas siempre está la justicia. Que se lo digan a Pedro Antonio Sánchez, presidente de Murcia. La fiscalía debía debatir si se le imputaba por su participación en la operación Púnica. La cuestión es que Sánchez conoció la decisión de no investigarle por parte de la Fiscalía General ¡antes! de que se haría pública. De hecho, lo adelantó él mismo en una cadena de radio. ¿Cómo puede ser? Es algo inadmisible y deplorable.

            Tenemos tres problemas de arquitectura institucional gravísimos. El primero es mundial: se trata de un desequilibrio financiero (si caen los grandes bancos pagamos todos) y fiscal (las rentas medias pagan sus impuestos, las grandes fortunas declaran sus ganancias en otros lugares) enorme. Para arreglarlo, es necesaria una gran institución financiera global con más poder que el BPI (Banco de Pagos Internacional).  Por desgracia, la élite que nos gobierna no parece estar interesada en solucionarlo. No podemos olvidarlo: históricamente los grandes cambios han venido dados por grandes descubrimientos científicos o por exigencias sociales (voto de las mujeres o derechos laborales). Segundo y relacionado con el asunto del Banco de España: el gran corporativismo existente en instituciones nacionales e internacionales. Eso crea ineficiencias enormes: si alguien actúa de forma inadecuada, sus compañeros le defienden rápidamente. Tercero, el tema judicial. Sí, claro que Montesquieu, en palabras de Alfonso Guerra, está muerto. Pero a veces ya da la sensación de que no se preocupan ni de disimular. Que un posible imputado adelante él mismo la decisión de la fiscalía es el colmo de los colmos.

 

 

El tren (6/3).

 

                No, no me refiero al tren de alta velocidad que tanta controversia ha generado en nuestra comunidad. Ese es un debate muy difícil en el cual es complicado eliminar la carga ideológica que tan a menudo, para nuestra desgracia, impregna tantas cosas. A veces da la sensación de que en asuntos como este un punto de vista determinado te lleva o a un lado o al otro. Y más aún cuando tener juicio propio es complejo: si nos preguntan cómo se debe gestionar la sanidad o el canal de Navarra lo más lógico es dejar el asunto a los entendidos. Posiblemente sería útil la creación de comisiones de expertos con un nivel de transversalidad que permitiese generar una opinión vinculante, pero eso es otra historia y otro debate.

                Uno de los aspectos más destacables acerca de Tony Judt, uno de los intelectuales más lúcidos de los últimos años (por desgracia, murió debido a una esclerosis lateral amiotrófica en el año 2.010 a la edad de 62 años), era la fascinación que tenía por los trenes, ya que le parecían que servían para indicar muchas metáforas asociadas a la vida real. Sin duda, la más sencilla es la que asocia  la vida a un tren en el que estamos viajando, observando nuevos paisajes, realizando paradas en lugares que nos invitan a tener otras experiencias o a detenernos para poder conocerlos, incluso dialogando con los distintos pasajeros que nos encontramos en el tren o en aquellos sitios que deseamos conocer con más profundidad. Siguiendo la metáfora, se trataría de evitar el peligro que supone tener un tren girando de forma reiterada en un círculo vicioso para volver siempre al mismo lugar como forma de indicar que estamos dejando de progresar.

                Se habla de que perdemos el tren del progreso cuando una comunidad (región, provincia, país) parece no seguir el ritmo de avance técnico, económico o social de comunidades cercanas a la dada. ¿Está perdiendo España en general y Navarra en particular el este tren? Ese sí es un debate válido para el día de hoy. ¿Qué tipo de empresas o regiones podrán mantener su nivel de vida de aquí a 50 años por ejemplo? Las empresas turísticas o las dedicadas al sector agroalimentario posiblemente sí.  El resto, depende de cómo se reinventen y se adapten a los tiempos. Para ello se torna inexcusable un contraste de ideas entre las instituciones públicas y las empresas (y no sólo las grandes, las cuales son las que de forma reiterada acuden a esas reuniones para buscar la “competitividad” de un país: todas) para valorar las políticas educativas y los incentivos fiscales o jurídicos que permitan un desarrollo más amplio, profundo y perdurable en el tiempo.

                Cuando perdemos una oportunidad la vemos alejarse como si fuese un tren. Un ministro israelí decía que los palestinos “no perdían la oportunidad de perder una oportunidad”. Desde luego, lo que nos importa aquí es la idea, no su aplicación al enquistado problema entre los israelíes y los palestinos. ¿Cuántas veces nos arrepentimos de haber perdido una oportunidad? Los proverbios chinos, con sabiduría, nos recuerdan que “hay tres cosas que nunca vuelven: la palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”.

 

                Por otro lado, de muchas personas decimos que llevan un “tren de vida” muy alto. Eso se asocia a un alto consumo, el cual puede estar por encima de sus posibilidades (en cuyo caso en un futuro va a pagar por ello) o acorde con las mismas (en cuyo caso se deberá valorar si podrá mantener los recursos que le permiten mantener su actual ritmo de gasto). No obstante, es una trampa del lenguaje, ya que sólo se habla de mantenimiento económico, no energético (valorada así la salud de una persona) o familiar. Un ritmo de vida muy alto nos puede generar problemas de salud futuros y de convivencia presentes: es difícil que todas las personas más cercanas a nosotros estén de acuerdo con lo que hacemos y de cómo vivimos.

                Continuando con la metáfora de Judt, deseamos la mejor compañía posible para todo nuestro viaje. El 14 de febrero es un día en el que recordamos, a nuestra compañía más cercana, todo nuestro amor y afecto. Sin embargo John Gottman no recomienda eso. Este experto ha estudiado el modo de vida de muchas parejas y es capaz de predecir, con una fiabilidad del 93%, si van a seguir juntas en los próximos diez años. La clave no está en las grandes celebraciones, son los pequeños detalles. Por ejemplo, dejar el móvil cuando nuestra pareja llega a casa y preguntarle por las experiencias que ha tenido a lo largo del día.

                Esas pequeñas experiencias son las que hacen que nuestro viaje merezca la pena.

                Suena la campana. Fin de la parada y del artículo.

 

                De nuevo, partimos.

Carl Sagan y las estrellas (27/2).

 

                Pocas veces la ciencia ocupa las portadas de los periódicos. Sin embargo, el descubrimiento en la constelación Acuario  de una estrella enana llamada Trappist – 1, del tamaño de Júpiter, con siete planetas orbitando frente a ella  semejantes al nuestro  y de los cuales tres son especialmente prometedores para albergar vida ha merecido la atención mundial.

            Antes que nada, una pequeña apreciación. Este descubrimiento ha sido realizado por un equipo internacional de astrónomos. Eso nos recuerda una evidencia: si colaboramos, podemos ser capaces de lo mejor. Si no lo hacemos y nos enfrentamos, ya se sabe lo que pasa. En una época en la que florecen populismos poco integradores que se dedican a demonizar algún grupo humano, merece la pena recordarlo.

            Carl Sagan (Estados Unidos, 1934-1996) está considerado el astrónomo más famoso de la historia. Su serie de televisión “Cosmos” fue un fenómeno mundial y generó múltiples halagos. Por primera vez logró que la ciencia fuese popular; y es que  durante los años 80 muchas personas quedaron embrujadas con los misterios que encerraba el Universo. Por desgracia, cada nueva certeza científica generaba incertidumbres adicionales. Pero es la única forma que tenemos de avanzar.

            Existe una cautivadora biografía de Sagan realizada por William Poundstone (Editorial Akal) donde se exponen los aspectos más humanos de su vida. Entre ellos, se pueden destacar varios. El primero y principal: Sagan tenía muy claro su propósito vital. Se trataba, simplemente, de buscar vida en otros mundos.

            ¿Era una locura? ¿Cómo una persona tan inteligente (el célebre escritor de ciencia ficción Isaac Asimov afirmó que sólo encontró dos personas más inteligentes que él; Carl Sagan y Marvin Minsky, investigador de inteligencia artificial fallecido en enero del año 2016)  podía volcar todo su tiempo y aptitudes a semejante idea?

            La clave estaba en la ecuación de Drake, que tiene en cuenta, a partir de todas las estrellas y galaxias (la Vía Láctea es una de los dos billones, con b de barbaridad,  de galaxias estimadas en el Universo), cuántas podrían ser las civilizaciones existentes. Si bien estas estimaciones son muy complejas, científicos como Michael Shermer piensan que podrían existir 5000. Por desgracia, existen muchas dificultades para establecer contacto con extraterrestres. El primero y principal, la distancia. Trappist – 1 se encuentra a 40 años luz, aunque si la teoría de los agujeros de gusano es cierta se podría acortar el tiempo del viaje. Además, recordemos que en un viaje de este estilo el tiempo del astronauta transcurre con más lentitud de manera que a su regreso a la tierra sus familiares podrían haber fallecido. Por otro lado, puede ocurrir que otras civilizaciones estén tratando de contactar con nosotros mediante frecuencias de onda indetectables.

            Cuando a Sagan le decían que  fuera de nosotros no existía vida respondía con su célebre frase, “ausencia de prueba no es prueba de ausencia”. Es decir, que no hayamos encontrado pruebas de vida extraterrestre no quiere decir que no existan. Por cierto, las dos hipótesis producen desconcierto. Si estamos solos en el Universo, ¿a qué viene tanto desperdicio? Si no estamos solos, ¿cómo son nuestros “compañeros”?

            Por otro lado, en el ámbito de la investigación y en tantos otros existe un riesgo claro: se puede fracasar. ¿No es descorazonador dedicar la vida a algo que resulta no ser cierto? Pues no, ya que la recomendación de Sagan sería semejante a ésta: “si se comprueba que una teoría no sirve, cosa que ocurre a menudo, una persona se puede venir abajo. Eso es un suicidio científico: persona y teoría no son lo mismo”. De la misma forma, muchas veces confundimos un presidente de un gobierno o de una corporación con la persona. Y no, no son lo mismo. No lo olvidemos: una persona ocupa un puesto. No es el puesto. Una persona no es su dinero, ni sus posesiones, ni sus proyectos. Son cosas que cuesta disociar.

            Para desarrollar ciencia e ideas la creatividad es fundamental: “con imaginación podemos llegar a sitios que no existen, sin imaginación no podemos llegar a ningún lado”. Respecto de lo que decían los líderes, lo tenía claro: “debemos cuestionar todo”. No se trata de desconfiar, se trata de tener espíritu crítico y constructivo.

            Una nave espacial sacó una foto, a miles de kilómetros, de nuestro querido planeta. Sagan la valoró así. “Tal vez no haya mayor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido”.

            En un mundo en el que vivimos hiperconectados y acelerados, sería conveniente, de vez en cuando, parar y escuchar señales.

 

            En especial, aquellas que vienen de los mundos más lejanos y de nuestro ser más profundo.

Continente, contenido; endogrupo, exogrupo.

 

                Dos de los temas de debate en los últimos tiempos son la sentencia del caso Nóos y el auge de los populismos, lo cual incluye opciones más extremas dentro de los partidos políticos. ¿Cómo se explican estos asuntos? Muy sencillo. El primero, por la diferencia entre el continente y el contenido. El segundo, por la diferencia entre el endogrupo (dentro) y el exogrupo (fuera).

                Vivimos en un mundo de apariencias. Y es que somos como la luna: todos tenemos un lado oscuro (no necesariamente negativo, es algo que no se ve). Por eso se dice que cuando se reúnen dos personas en realidad hay 6, ya que cada ser humano contiene tres percepciones diferentes: como cree que es, como piensa la otra persona que es, como es en realidad.

                Desde este enfoque, como es difícil conocer el contenido además de  las personas, de los bienes y servicios que consumimos, usamos como señal válida para realizar una transacción económica el continente. Y es que es innegable: la presentación importa. ¿Acaso cuando nos vamos a comer a un restaurante no afectan al sabor la música de fondo, la decoración o el ambiente? Pues claro que sí. Cuando nos dan un regalo, el envoltorio del mismo ya es una primera pista. Cuando quitamos el papel, aparece el paquete de lo que nos han dado. De nuevo, también influye. En muchos perfumes influye la forma del recipiente o el color de la caja que lo contiene. Y cuando por fin llegamos al bien concreto, todo lo anterior pesa.

                Si vamos a una conferencia, ya puede ser el asunto fascinante que necesitamos un buen continente. El ponente cuenta. Llena más una charla de una persona de “renombre” que una conferencia dada por su propia calidad. Así pues, montamos un Instituto llamado Nóos (mente o intelecto en griego) y le damos el mejor continente posible: un miembro de la Casa Real. Negocio redondo. Subvenciones y público sin parar.

                Y eso por no hablar de las apariencias de las personas. Supongamos que vamos a contratar a dos personas para un puesto de trabajo y sus características son semejantes. ¿Cuál es la elegida? Está claro. La más atractiva (lo mismo vale para hombres y para mujeres). Además, está demostrado en contra de la sabiduría popular que los guapos ganan más dinero que los feos. Curiosamente, no es sólo continente. Ser guapo aumenta la confianza en uno mismo, y eso, a la hora de trabajar, importa: mejora nuestras destrezas.

                Pasamos a la teoría del endogrupo y del exogrupo. Está demostrado que cuando un grupo de personas con un rasgo en común (ideología, aficiones, religión, o equipo de fútbol) comienzan a discutir sobre algún asunto, la solución es más extremista que si lo hacen por separado. ¿Qué significa eso?

                En las actuales primarias del PSOE Pedro Sánchez marcha como favorito para los militantes. Y su programa es el que se encuentra más a la izquierda de todos. Como resultado, se da una paradoja: los militantes del PSOE están más a la izquierda que los votantes del PSOE, con lo cual es posible que los candidatos de unos y de otros no concuerden.

                Más casos. En las elecciones primarias del partido demócrata (Estados Unidos) se presentaron a la votación final Hillary Clinton contra Bernie Sanders. El segundo había sido votado por las bases, pero su programa era tan radical para el norteamericano medio que al final Hillary le venció. Como demostraron los resultados en las presidenciales, muchos norteamericanos no querían a Clinton, y es seguro que si en las primarias su rival no hubiese sido tan extremista ése hubiese sido el presidente norteamericano.

                Lo mismo ha ocurrido en Francia o en Gran Bretaña. En el primer caso, Benoit Hamon, con un programa impensable hace años, venció a Manuel Valls. Por otro lado y pese a sus problemas actuales por el lado conservador también ganó la opción más a la derecha: Francois Filllon. En Gran Bretaña, el líder del partido laborista, Jeremy Corbyn, tiene ideas semejantes a las de Hamon.

                Un endogrupo con muchas personas puede no tomar la mejor decisión. Por eso es bueno, cuando tenemos algún tipo de problema, salir mentalmente de nuestro grupo y pensar las cosas desde otro punto de vista. Esa es la razón por la cual cuando se toman decisiones es adecuado tener en un grupo personas que no sean expertas del asunto. Por supuesto, esto no tiene sentido si estamos realizando un estudio científico. Pero  en el ámbito económico o político se recomienda tener personas que no sepan nada de lo que estamos tratando, ya que tienen otra forma de ver las cosas, y eso siempre suma.

                En definitiva, por precioso que sea un continente, pensemos si el contenido merece la pena. Si estamos muy metidos en un grupo, pensemos si eso no nos está radicalizando.

                Nóos o los populismos son buenos ejemplos de ello.

                Javier Otazu Ojer. 

Educación (13/2).

 

                La educación es un concepto que está en permanente debate, desde la época de la antigua Grecia, en la que se pensaba que “los jóvenes son unos maleducados y como sigan así no tienen ningún tipo de futuro”. En todo caso, el patrón no es del todo cierto. Como observó el escritor japonés Yukio Mishima, al menos los jóvenes deben preocuparse por tener un futuro. El problema, para él, eran los mayores: alcanzada una edad y cierta comodidad social, ya no tenían nada por lo que luchar. Boris Berezovsky, una de las personas más poderosas de la Rusia de Boris Yeltsin y multimillonaria, lo recordaba meses antes de su muerte: “mi vida ya  no tiene sentido, no me falta nada por hacer”.

Eso sí, actualmente se detectan tres cuestiones muy importantes, consecuencia de los nuevos tiempos, para las que debemos tomar medidas adicionales. Primero, los cambios sociales han hecho que ahora los chavales pueden venir de familias más desestructuradas. Eso dificulta la educación, ¿quién y cómo responde por el niño? Como decía un profesor italiano, ¿son los padres los nuevos sindicalistas? Segundo, los casos  de acoso escolar se han amplificado. ¿Asumen los centros educativos y los compañeros de los acosados la actitud adecuada? Tercero, las nuevas tecnologías y en particular el uso del teléfono móvil hacen que capacidades que deberíamos adquirir como consecuencia de la educación se las delegamos a nuestro aparato. ¿Para qué recordar una fecha de cumpleaños o un número de teléfono? Está en el móvil. ¿Para qué conocer el nombre de la capital de Mongolia? Está en el móvil. Concedemos al teléfono móvil capacidades de nuestro cerebro; por ejemplo, la memoria o el cálculo básico.

Es evidente que debería existir un Pacto Educativo. Por desgracia las estrategias electorales han demostrado ser, hasta ahora, un obstáculo insalvable. No obstante, hay más caminos. Algunos países tienen organismos en los cuales empresarios, técnicos y educadores se plantean cuáles pueden ser las profesiones del futuro para comenzar a formar a los jóvenes para ello lo antes posible. Eso implica adecuaciones constantes de la formación profesional  o los centros universitarios. Incluso en Estados Unidos cada universidad indica el total de personas que ha logrado colocar en el mercado laboral. Se trata de elegir, si los recursos y posibilidades lo permiten, el centro con mayor empleabilidad en la carrera de interés.

Hoy en día cada experto tiene “su” método y   existe competencia para vender el propio producto educativo. Se puede defender el modelo tradicional. Se puede “aprender haciendo”. Se puede mandar la teoría para casa y la práctica para clase. Se puede jugar con la transversalidad del conocimiento y mezclar asignaturas. Por haber, existen muchas opciones y la mayor parte de las veces no son excluyentes entre sí. Eso se lo podemos dejar a la libre elección de cada centro.

 

 

Otra cosa es elegir el centro. Ahí los poderes públicos no deberían influir: para unos padres pocas decisiones son más importantes que elegir la educación de sus hijos. Tienen incentivos suficientes para obtener la información más adecuada que les permita decantarse por una opción determinada. Lo ideal sería elegir el centro según su metodología educativa. Pero las ideologías pesan demasiado. Pensemos por ejemplo en los colegios concertados, la enseñanza pública, las ikastolas o el modelo D. No es difícil asociar un partido político concreto a cada una de estas posibilidades.

A menudo se olvida que la mayor parte de la educación no es del colegio: es del entorno familiar. En un estudio asombroso realizado en Estados Unidos entre niños inmigrantes en California, se comprobó que los hijos de asiáticos obtenían resultados académicos mucho mejores que los hijos de inmigrantes latinos estudiando en la misma clase. Sí, la responsabilidad de los padres es capital.

¿Existe algún principio con el que podamos educar a los niños siempre?

Aunque esta respuesta es subjetiva, se pueden tomar tres.

Primero, aprender durante toda la vida. La inversión en conocimiento es la que da mayor interés. Pero cada vez nos despistamos más: según el Centro Nacional de Información Biotecnológica norteamericano, en el año 2.013 el período medio de atención de la raza humana pasó a ser de sólo 8 segundos (en el año 2.000 era de 12). El período medio de atención de un pez es de 9 segundos.

Segundo, comprender que no se puede recibir sin dar. Es una regla de convivencia humana y se llama reciprocidad. Conforme los niños van creciendo deben ir aportando más a la unidad familiar con pequeñas tareas como barrer, recoger la mesa o sacar a pasear el perro.

Tercero, en la vida se pierde más de lo que se gana. En otras palabras, la vida es injusta y además trae más desgracias de las que esperamos. Pensar cuáles pueden ser nos prepara para afrontar mejor todas las circunstancias adversas.

Por último, aprender que hay dos muertes. Una es la física, y la otra se da cuando perdemos pasión por las cosas que hacemos.

Sólo una es inevitable.                

 

 Sociedad líquida, dinero gaseoso. (6 febrero).

La reciente muerte de Zygmunt Bauman, uno de los filósofos más influyentes de nuestro tiempo, ha servido para recordar algunos de sus conceptos más famosos, los cuales nos ayudan a comprender mejor el mundo en el que vivimos.

                La idea principal es la “modernidad líquida”, una expresión que nos dice que todo lo que nos sujetaba (en especial Estado, trabajo, familia y religión) ya no es seguro. El Estado ya no cubre todas las necesidades sociales y debe priorizar. El trabajo, si tenemos la suerte de tenerlo, cambia de un día para otro. Las familias desestructuradas están a la orden del día y la religión ya no es el centro del debate ni de la vida de muchas personas. Así, nos encontramos llenos de incertidumbre.

                Aportó otras ideas como el interregno: lo viejo no acaba de desaparecer, lo nuevo no acaba de llegar. También es interesante el concepto de la adiaforización: la indiferencia ante lo éticamente incorrecto. Criticó el excesivo consumismo al vivir en un sistema que identifica felicidad con dinero: lo que tienes es lo que eres.

                Si pensamos conceptos para explicar la situación actual de nuestro mundo los vencedores son tres: la sociedad líquida de Bauman, el mundo plano (todo está interrelacionado)  de Thomas Friedman y nuestro planeta patria (en el fondo, todos los seres humanos viajamos en el mismo barco y debemos cuidarlo) de Edgar Morin.

                Asumiendo por lo tanto que la sociedad líquida, ¿existe algún concepto importante que esté en estado gaseoso? Sí. El dinero.

                Es tan gaseoso que ante sucesos escandalosos relacionados con el mismo nos quedamos relativamente indiferentes. Los dos principales son el reciente rescate de los bancos, que de momento ha costado a las arcas públicas 41.487 millones de euros, y el rescate de las autopistas, con un desembolso estimado entre 4.000 y 5.000 millones de euros. En el caso de los bancos algunas personas si están siendo juzgadas, pero en el de las autopistas todavía la cosa está en trámites de solucionarse.

                Todo ello es debido a dos problemas que son vergonzosos en los tiempos en los que nos toca vivir. Primero, es incomprensible que exista un negocio como el bancario en el cual si una empresa es “demasiado grande para caer” es rescatada por los gobiernos. ¿Cómo se puede permitir eso? Segundo, la posibilidad existente, en el caso de las autopistas, de existir negocios en los que la ganancia es privada y la pérdida pública. ¿Cómo puede ser? ¿Por qué no aparecen los responsables de todo ese desaguisado y pagan con su patrimonio por ello? Es un principio muy simple, y es que no tomamos las mismas decisiones si nos jugamos nuestro dinero. Como tantas cosas en la vida, una cosa es lo que debería ser, otra lo que es. Deberíamos tener un sistema económico más justo, y sin embargo parece que las reglas benefician más a unos que a otros.

                Existen más argumentaciones a favor del dinero gaseoso. Es una tendencia indiscutible el hecho de que cada vez se paga menos con monedas y billetes y más con dinero electrónico. Pagamos con un simple bit, y muy pronto sólo con el móvil (la parte más importante de nuestro cuerpo junto con el bolsillo). Así, se convierte en una posibilidad razonable la inexistencia de dinero en el futuro.

                Estos avances tecnológicos permiten que cada vez sea más fácil tributar en otros lugares para las personas que ganan mucho dinero, y los casos de famosos abundan. Incluso se agradece la claridad de Alex Crivillé, piloto retirado de motociclismo: “el deportista español que no tributa fuera es un burro”. Sí: teniendo en cuenta que vivimos en el mundo plano de Friedman, solucionar el problema de la tributación global será uno de los mayores retos del futuro. En caso contrario, las desigualdades serán cada vez mayores.

                Todavía hay más: el Banco Central Europeo está inyectando cada mes una cantidad sideral de dinero en la compra de diversos activos financieros destacando entre ellos la deuda pública. Dejando de lado la burbuja monetaria (alta inflación futura) y de deuda (los países no tienen incentivos para hacer las reformas estructurales pendientes), cada mes se introduce de la nada en el sistema la cantidad de 80.000 millones de euros. Con lo que cuesta ganar mil euros al mes, la magnitud de estas cifras da vértigo.

                Y dejamos lo mejor para el final. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? Aplicado a nuestro caso, ¿qué es antes, la riqueza o el dinero? En las civilizaciones antiguas, primero se creaba la riqueza en forma de cosechas del campo y usando como referencia el grano de trigo después se generaba el dinero. Hoy en día es al revés: se crea dinero a partir de un bit, y posteriormente el valor de la riqueza global depende de la cantidad de dinero existente en el sistema.

 

                Un dinero gaseoso.

 Desigualdades (30 enero).

 La palabra desigualdad está tristemente de moda. Muchos índices económicos nos alertan: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. ¿Es así? ¿Debemos preocuparnos? ¿La desigualdad es buena o es mala?

                Para poder comprender a esta pregunta, debemos conocer los tipos de desigualdad. Delimitar un concepto con claridad permite afrontar con más exactitud un problema determinado.

                La desigualdad de la riqueza o renta se calcula con el denominado “índice de Gini”, indicador que se encuentra entre 0 y 1. Un valor igual a cero indicaría un reparto perfecto: todas las personas tendrían la misma renta. Un valor igual a uno indicaría la situación más injusta posible: una persona sería propietaria de toda la renta.

                En general, este indicador ha empeorado dentro de cada país, con lo cual sí, la desigualdad ha aumentado. No obstante, si comparamos países hay cierta convergencia. Eso quiere decir que en las economías emergentes las desigualdades se están acercando a los índices de otros países. Es algo lógico y empíricamente probado: en una economía abierta (habrá que estar atentos a la evolución de la fiebre proteccionista impulsada en Estados Unidos) los indicadores de los países tienden a parecerse. La idea es sencilla, los países ricos crecen, y los no ricos también lo hacen con una tasa de crecimiento mayor.

                Así pues, hay una noticia buena y otra mala. Si comparamos países, la situación está mejorando. Si nos vamos dentro de cada país particular, la situación está empeorando. El Banco de España aportó unas cifras desoladoras. Entre el año 2.008 y el año 2.014, la riqueza de las familias ha pasado de 190.400 euros a 119.400 euros. Los menores de 35 años se han desplomado, pasando de 117.800 euros a 59.800 mientras que las personas entre 65 y 74 años han pasado de 517.200 euros a 439.600 euros. Sí, su riqueza ha disminuido, pero hay una diferencia fundamental: para los menores de 35 años la riqueza no deja de bajar mientras que para los mayores la bajada ya ha tocado fondo (en el año 2.011 estaba en 421.600 euros y a partir de ahí subió). ¿Cómo se explica? A partir de diferentes razones.

Primero, los mayores cobran más que los jóvenes debido a la antigüedad y a sus mejores condiciones en el trabajo. Eso ya genera una pequeña asimetría.

 Segundo, muchos jóvenes están alquilados en casas de mayores (para vivir) o en bajeras (para desarrollar su propio negocio). Eso es una transferencia de riqueza de un lugar a otro. Y es que, ¿cuál es la clave de la competitividad en muchos de estos locales? El hecho de pagar el alquiler. En este caso, se trabaja primero para otro, después para uno mismo. En el caso de ser propietario,  lo que se trabaja es para uno mismo. Todo ello es consecuencia de la burbuja inmobiliaria, la cual ha creado una asimetría escandalosa en términos temporales. Los mayores necesitaron entre 10 y 15 años de tiempo para pagar la hipoteca. Los jóvenes, al menos 30.

Tercero, los mayores tienen inversiones en diferentes activos financieros, sobre todo bolsa y bonos del tesoro (o los tienen de forma directa o en fondos de inversión referenciados a los mismos). Estos activos generan renta adicional para los mayores. Los jóvenes no pueden permitirse este tipo de inversiones (bastante tienen con cubrir sus gastos) y además en cierta forma los financian (aunque hay otras posibilidades, el caso principal es la parte de impuestos que sirve para pagar intereses; es un dinero que no se les devuelve en forma de contraprestaciones públicas ya que va a parar a los poseedores de bonos del Estado).

Además, el caso de los paraísos fiscales es gravísimo. Dinero que podría mejorar las cada vez más escasas (respecto a las necesidades) prestaciones sociales se difumina.

Y eso sin olvidar que los jóvenes van a cobrar unas pensiones, en proporción al esfuerzo realizado, muy inferiores a la de los mayores. Así que tenemos un problema grave: mitigar en la medida de lo posible, esta injusticia entre generaciones. Las posibilidades son complejas y posiblemente deberían generar un debate más profundo.

Por otro lado, además de la desigualdad en renta o riqueza entre países y a la vez dentro de cada país hay otra fundamental, se debe valorar un derecho básico en cualquier sociedad de nuestro tiempo: la igualdad de oportunidades. ¿Todas las personas tienen la misma posibilidad de desarrollar sus talentos para que así el sistema de mercado les recompense en relación al valor que  pueden generar? ¿O influye más un amigo o un “enchufe” adecuado?

Aunque en teoría todos tenemos las mismas opciones, hay mucho camino por recorrer. Basta ver cómo funciona el “ascensor social”: cada vez es más difícil pasar de una clase social a otra.

La desigualdad en renta es buena para incentivarnos a sacarnos lo mejor de nosotros mismos. Pero cuando se percibe desigualdad de oportunidades o se observan situaciones injustas, el equilibrio social puede tambalearse.

Inconsistencia temporal (23 enero).

                Año nuevo, costumbres viejas.

                En una época de nuevos proyectos y expectativas, un peligro acecha sobre el cumplimiento de nuestros objetivos: es la denominada inconsistencia temporal. Este concepto se da cuando existen desajustes entre nuestros objetivos y las actitudes o actividades que nos conducen a ellas a lo largo del tiempo.

                Dice la sabiduría popular que el hombre es un animal de costumbres, y pocos dichos son tan acertados. La mejor forma de predecir cómo le va a ir a una persona es observar cómo le ha ido en el pasado. Claro que no es un método infalible, pero es el más adecuado. Ya se sabe: una cosa es lo que decimos, otra lo que hacemos. Y lo peor de todo es que muchas veces no somos conscientes de esa inconsistencia. Por ejemplo, pensamos que comemos mejor de lo que realmente comemos, ya que las pocas (o muchas) veces que caemos en alguna tentación no nos parece algo digno de ser tenido en cuenta. Y no se trata de una falsedad a sabiendas: lo que ocurre es que lo olvidamos. El cerebro es selectivo, y eso no es culpa nuestra, aunque es algo que se puede modular. Simplemente, es biología.

                Todo esto nos lleva a predecir mal nuestro futuro. Las empresas lo saben, y aquellas que se dedican a la salud (dietas, gimnasios o semejantes) ofrecen atractivas ofertas para disfrutar de sus servicios durante largo tiempo. Hacen bien. Los que nos confundimos somos nosotros, que posteriormente no cumplimos lo que teníamos previsto.

                Esta es la idea de la inconsistencia temporal aplicada a nosotros mismos. Bueno es conocerla para ser conscientes de las dificultades que van a acompañar a nuestros retos. En todo caso, también existe la inconsistencia temporal aplicada a la economía. Se da cuando dos agentes acuerdan un trato pero uno de los dos puede incumplir el acuerdo sin que ello le reporte una gran penalización. Para comprender la idea valoremos tres niveles diferentes.

                El primer nivel es teórico. Supongamos que una persona secuestra a otra y ambas intentan acordar un trato. La persona secuestrada le dice a su captor que si le libera no dirá su nombre y le pagará cierta cantidad de dinero. Una vez la persona capturada retorne a la libertad, puede no cumplir lo acordado. Sí, se arriesga a una represalia. Pero está mejor que antes, y además, a nivel jurídico el secuestrador no tiene mucho que exigir. Esa es la clave por la que se realizan los contratos de compra y venta: el ticket de compra suele ser  la garantía que tenemos para saber que el vendedor cumplirá su trato.

                Pasamos a otro nivel, hasta alcanzar el mercado del amor. Desde el punto de vista económico, este mercado tiene su oferta y su demanda. Las personas guapas o bien situadas socialmente tienden a juntarse entre sí (por cierto, con la crisis esta tendencia se ha acentuado). Por acudir a un estereotipo habitual, si vemos un hombre de 60 años desarrapado con una chica de 40 años muy atractiva, es difícil que el primero esté en ruinas y  sin trabajo y por otro lado la mujer sea una empresaria de élite con millones en su cuenta bancaria. El amor es ciego, pero alguna miradita al bolsillo siempre echa.

                En el mercado del amor  la inconsistencia temporal campa a sus anchas. Por seguir con estereotipos, el hombre puede prometer “salir menos” y la mujer “comprar con cabeza” cuanto estén casados que firmado el contrato matrimonial, no es tan difícil incumplir lo prometido. Las excusas sobran.

                El mercado del trabajo también tiene inconsistencia temporal. Está más regulado a nivel jurídico que el mercado del amor, pero las dos partes pueden fallar. El empresario puede solicitar horas extras por “imprevistos” y el trabajador puede estar enganchado al móvil y no esforzarse lo acordado. Desde el punto de vista económico el mercado del amor y el del trabajo son muy parecidos (de hecho, las webs que se usan para buscar parejas o trabajo utilizan algoritmos muy semejantes).

Ahora toca llegar al tercer nivel. ¿Qué será, será?

 Bienvenidos al mercado de la política. Un mercado donde la inconsistencia temporal es gigantesca. El único mercado en el que se puede incumplir ¡¡¡todo lo prometido!!! Basta una frase: “es la herencia recibida, yo no lo sabía”.

                Pues bien, esto genera unos problemas sociales gravísimos. Debido a eso, la mentira es válida. El insulto es atractivo. Se puede tergiversar la realidad como se desee, ya que el relato y la apariencia es lo que cuenta, no los problemas reales que tenemos y cómo afrontarlos.

                ¿Existen opciones para arreglar este problema? Claro que sí: orientar salarios a resultados económicos penalizando los  fracasos o testar mediante organismos independientes el número de mentiras realizados en conferencias de prensa serían posibilidades atractivas.

                Y es que es inconsistente que en uno de los mercados que más nos afecta haya tanta inconsistencia temporal.

                Javier Otazu Ojer.

Ideologías, ideas. (16 enero).

                Es curioso: en los últimos tiempos, medios de derechas están preocupados ya que a su juicio, la derecha está girando a la izquierda. A su vez, medios de izquierdas están preocupados por la misma razón: a su juicio, la izquierda está girando hacia la derecha.

                ¿Quién tiene razón? Los dos. Hoy en día, las diferencias entre uno y otro bloque son minúsculas. Es más; el voto cada vez viene menos significado por la ideología. Existen otras controversias, de las cuales la más relevante es la siguiente: ¿queremos el país más proteccionista o más abierto? En el primer caso, protegeremos la industria del país y se crean barreras al intercambio de bienes y servicios. Estas barreras se acentúan en el caso de las personas: aumentan las trabas legales para conseguir un contrato de trabajo o se añaden más requisitos para lograr ayudas del Estado (en Francia, por ejemplo, Marine Le Pen desea que algunos inmigrantes paguen por acudir a la escuela pública).

                En la batalla electoral entre apertura o proteccionismo, los segundos van ganando. La mejor prueba de ello viene dada por el referéndum del Brexit o por la reciente victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos con el lema “América para los americanos”.

                Entonces, ¿han quedado atrás las ideologías anteriores? Para contestar a esta pregunta debemos definir qué es ideología. Ian Morris, unos de los historiadoress más reputados a nivel mundial, define la ideología como “un montón de mentiras de las que alguien se beneficia” aunque matiza, “eso no sucede demasiado tiempo, porque el sentido común es una herramienta muy potente para revelar lo que será más útil en las condiciones materiales en las que nos encontramos” (de su libro “Cazadores, incentivos y carbón”). Podemos adoptar su enfoque como correcto debido a una razón: no ha existido una ideología que se haya demostrado válida a lo largo de toda la historia. ¿Por qué? Muy sencillo: la evolución. En cada época las relaciones sociales, los pensamientos o los valores se han ido adaptando a los avances culturales y tecnológicos. Y siempre será así. Es decir, necesitamos ideas, no ideologías. Sólo así logramos salir del marco mental que impide una visión más abierta y amplificada del mundo que nos rodea. No obstante, podemos estar seguros de que vamos a seguir oyendo el siguiente mensaje desde cada lado: para la izquierda, “la derecha protege las élites creando un capitalismo de amiguetes” y para la derecha, “la izquierda ofrece soluciones imposibles o populistas ya que los recursos son los que son, están muy limitados”. Normal: precisamente, viven de ese enfrentamiento.

                Cuando se habla de ideas se debe predicar con el ejemplo, con lo cual se plantea un reto interesante: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los partidos políticos? Más aún y para hacer la pregunta todavía más adecuada: ¿en qué ideas estarían de acuerdo todos los votantes de todos los partidos políticos?

                Vamos con ello.

                Uno, proponer una ley en la cual se proteja a los “chivatos” que descubran casos de corrupción. Esta ley ya existe para evitar abusos en empresas que tienen la fuerza necesaria para pactar precios altos: la empresa “chivata” no recibe sanción económica.

                Dos, estudiar los desajustes existentes entre oferta y demanda que impiden el desarrollo de mercados en los que existen agentes que desean comprar y agentes que desean vender. Por ejemplo, las adopciones.

                Tres, ley de transparencia integral. Todos los contribuyentes de un ayuntamiento, comunidad o país tendrán derecho a ver las cuentas públicas hasta el último euro. Además, se debería informar de todas las reuniones que tengan las autoridades con grupos de interés que puedan condicionar una decisión jurídica.

                Cuatro, potenciar en la educación aspectos olvidados como por ejemplo los primeros auxilios, la nutrición o el equilibrio mental y emocional. Además es bueno que, desde niños, seamos conscientes de las consecuencias que tiene el consumo de las drogas, el tabaco o el alcohol.

                Cinco, crear la figura del asistente económico (se pueden realizar muchas actividades) como complemento del asistente social. Pueden ser voluntarios o empresarios que por una mínima compensación monetaria deseen ayudar así a su comunidad.

                Seis, crear la figura del diputado a media jornada de forma que la entrada en la política no rompa una carrera profesional. En el Congreso de los Diputados los funcionarios o abogados tienen una representación excesiva; lo contrario ocurre con los empresarios. Además, en los puestos de responsabilidad parte del salario debería estar ligado a la consecución de objetivos (Singapur).

                Siete, crear un ministerio del futuro que se dedique a gestionar problemas que puedan surgir a medio y largo plazo. Deben ser personas independientes que realicen informes públicos no vinculantes (esta figura existe en Suecia o Gales).

                Ocho, crear un organismo público-privado que se preocupe por velar por las veracidad de las noticias. En la era de la postverdad es algo fundamental (este organismo existe en….sí, en Suecia).

                Ideas, ideas, ideas.

                No existe otra forma de evolucionar.

                Javier Otazu Ojer.

 

Fiscalidad y fama. (9 enero).

            Todos los partidos políticos, sin excepción de su ideología, tienen como objetivo primordial antes de las elecciones reducir el fraude fiscal. Sin embargo, nadie lo hace. ¿Cómo se explica? La intuición es muy sencilla: aquellos que tienen mucho dinero tienen los contactos necesarios para poder defraudar las cantidades que deseen. Así, no importan los esfuerzos de los gobiernos. Siempre habrá algún “agujero” por el que podremos evitar el pago de impuestos con lo que se podrá desviar el dinero a lugares en los que la imposición sea más baja. Desde este enfoque, la única solución a este problema es suprimir los paraísos fiscales.

Además las palabras son muy delicadas, ya que debemos tener mucho cuidado con una doble clasificación. Una operación financiera puede ser legal o ilegal. La idea es obvia, en el primer caso dicha operación está amparada por la ley, en el segundo no. Por otro lado, una operación financiera puede ser moral o inmoral. Ni todas las operaciones legales son morales, ni todas las ilegales son inmorales, aunque en general lo sean. Además, mientras que la ley está clara (aunque existen márgenes en los que está sujeta a interpretaciones de los jueces) lo que es moral o inmoral no es evidente. Existen personas que deciden desviar su dinero a paraísos fiscales ya que su lugar de residencia lo consideran un “infierno fiscal”. Por lo tanto, desde su punto de vista su operación es moral. También existen casos en los que se intenta pagar la menor cantidad de impuestos posibles, aunque se pueda considerar inmoral no aportar riqueza a la sociedad en la que vives. Es una definición curiosa de comunismo: “lo mío para mí, lo de los demás a repartir”. Al fin y al cabo, estas personas disfrutan de servicios públicos sufragados por toda la sociedad con un principio inexcusable: contribuir según la renta personal.0

En definitiva, tenemos un primer problema: no es fácil cohesionar las palabras y los hechos.

Sin embargo, hay un problema más grave. El trato de la sociedad y de los jueces al presunto defraudador. Sin duda, ha existido una mayor indulgencia con Messi o Ronaldo antes que con Urdangarín o Imanol Arias. ¿Cómo se explica?

Los primeros (que han demostrado una falta de ejemplaridad preocupante) son depositarios de los sueños y alegrías de millones de personas. Ya no creemos en los Reyes Magos: creemos en los futbolistas, aunque sepamos que el fútbol es un negocio del que unos pocos se aprovechan a costa de los sentimientos de los demás. Para comprender esa idea, bastan dos ejemplos. Primer ejemplo, la barbaridad que supone hacer un mundial de fútbol en Qatar. Además, igual de demencial es jugar en el invierno suspendiendo los campeonatos nacionales que hacerlo en verano a una temperatura asfixiante. Pero todavía hay algo peor: la gran cantidad de personas que han muerto (muchos son inmigrantes sin derechos) montando los campos de fútbol en unas condiciones laborales calamitosas. Segundo ejemplo: que juegue en la Champions League un equipo de Kazajistán, país incrustado en el centro de Asia. ¿Tendrá que ver algo que el país (una dictadura liderada por Nursultán Nazarbayev) nade en gas y petróleo?

Respecto a Urdangarín o Imanol Arias, diremos que en el primer caso la indignación puede ser razonable: parece que se aprovechó de su puesto para hacer negocios. En el segundo, sin embargo, las críticas han sido enormes. Posiblemente sean justas, pero la diferencia de trato mediático es preocupante. Tiene sentido que los periodistas deportivos sean más indulgentes con los futbolistas de élite: en cierta forma viven de ellos, y son difícilmente sustituibles. Sin embargo, si cambiamos de actor y una película o serie televisiva es muy buena el espectáculo no se resiente tanto. Por eso las críticas en unos y otros casos tienen una magnitud diferente, aunque el hecho sea el mismo.

Por último, está el trato judicial. Causa especial estupor el caso de la familia Pujol: incluso noticias recientes comentaban que sus “negocios” seguían funcionando viento en popa. ¿Cómo se puede permitir eso? ¿Cómo se explica esa indolencia judicial? Sí, la justicia es igual para todos, pero debe cumplirse una condición especial: ser de la misma familia.

En definitiva, podemos concluir así:

Primero, no tiene sentido admirar a una persona como tal por jugar bien a fútbol o ser buen actor. Se puede admirar su juego o su interpretación, pero de ahí a generalizar, pues como que no. No es bueno ni para ellos ni para la sociedad.

Segundo, el trato mediático de unos casos y otros es diferente. ¿Son fácilmente sustituibles? Palos y más palos.¿No lo son? Indulgencia y comprensión.

Tercero; una cosa es lo que es, otra lo que debe ser. Y no, la justicia no es igual para todos.

Javier Otazu Ojer.

 

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