BLOG 2016, FRIKIDEAS.

 Navarra. (FIN 2016).

            El día de Navarra siempre es buen balance para valorar el camino que lleva nuestra tierra, sus amenazas y sus oportunidades.

            Para empezar, podríamos definir qué es Navarra. Para Yuval Noah Harari, es una entidad intersubjetiva. Harari es uno de los intelectuales de referencia de nuestro tiempo, autor del superventas “De animales a dioses. Breve historia de la humanidad”. Ahora ha amplificado su teoría  con el reciente “Homo Deus”. Su tesis es asombrosa. Según él, la clave del desarrollo de nuestra especie es el uso de las entidades intersubjetivas, definidas como “red de leyes, fuerzas o lugares que sólo existen en la imaginación común”. Gracias a estas entidades o “realidades imaginadas” en las que todos creen avanzamos ya que nos ayudan a colaborar entre nosotros. Como ejemplos posibles  tenemos la ONU, los derechos humanos, las religiones o empresas como Peugeot (ejemplo de referencia del libro). La idea es sencilla: ¿cómo podrían desaparecer estas entidades? Es claro que si desaparecen todas las fábricas de  Peugeot, la marca sigue existiendo. Peugeot no es un ente sólido: está en nuestra imaginación.

            Creamos o no en esta teoría, estas entidades han moldeado la historia del ser humano. Incluso nos sentimos más unidos a una persona que pertenezca a nuestra entidad subjetiva: si es de nuestro equipo de fútbol, de nuestra religión o le gusta cierta marca de coches. Ello genera cauces de colaboración y de confianza.

            Desde este punto de vista, Navarra es también una entidad intersubjetiva, ya que en ella conviven personas que no se sienten como navarros. Por eso la legislación en el ámbito  de las entidades intersubjetivas es muy delicada: al estar en la imaginación de las personas y en lo más hondo de sus sentimientos pueden generar enfrentamientos. Así ha sido la historia de la humanidad.

            No obstante, eso no impide valorar los retos que tiene nuestra tierra. Para ello, debemos contextualizarnos en el mundo. Y eso pasa por un debate en el que recientemente entró Guy Ryder, presidente de la OIT (organización internacional del trabajo) cuando comentó el dilema existente en el organismo: ¿se debe insistir en las políticas tradicionales o el mundo ha cambiado para siempre y por lo tanto debemos buscar caminos nuevos?

            Posiblemente lo más correcto sea lo segundo por cuatro razones fundamentales. Uno, hiperconexión. Existen dos niveles: vía información (Internet) e interrelación entre agentes económicos (una empresa textil española compite con otra empresa china). En consecuencia y en términos prácticos vivimos en un único país: nuestro planeta, con lo cual muchos problemas son mundiales. Y cuando precisamente por ello son necesarias instituciones globales, los países optan por cerrarse en sí mismos. Paciencia.  Dos, los cambios en el mercado de trabajo debido a la mecanización de las fábricas y a las mejoras tecnológicas. Trump tenía razón cuando prometió que volvería a industrializar Estados Unidos. Omitió un detalle: las personas ya no iban a ser necesarias. Tres, la enorme fuerza que tienen empresas que por naturaleza son monopolio y es difícil que dejen de serlo. Es un modelo nuevo llamado GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple). Cuatro, el Estado de Bienestar ya no cubre las necesidades que demandan las clases medias y eso genera frustración, la cual desemboca en populismos.

            ¿Qué puede hacer Navarra ante estas circunstancias? Este cambio genera los siguientes retos. Primero, cómo competir dentro del mundo global. ¿Tenemos suficientemente desarrolladas las industrias 4.0? ¿Debemos profundizar por allí? Segundo, cómo afrontar los cambios demográficos que conlleva este cambio, ya que genera el llamado “voto con los pies”: las personas tienen menos hijos y muchos jóvenes emigran. Tercero, cómo mantener el equilibrio territorial. Hoy en día la mayor parte de la población y riqueza está concentrada en la cuenca de Pamplona (incluyendo los lugares con fácil conexión mediante autovía) y eso origina zonas despobladas o en decadencia, las cuales van perdiendo influencia poco a poco. Tan poco a poco que no somos conscientes de ello.

            Para afrontar estos retos, deberemos tener en cuenta las siguientes claves. Primero, profundizar y mejorar lo que ya tenemos. En este aspecto, los dos polos principales de riqueza son la Volkswagen y la Universidad de Navarra (vía enseñanza, investigación y medicina) aunque existen otros con posibilidades de mejora como el sector agroindustrial en la Ribera. Dos, evitar los enfrentamientos inútiles cuando estamos hablando de retos formidables. En este contexto, mantener ciertas reglas de convivencia es imprescindible. Tercero, en economía no se sabe lo que se debe hacer, pero sí se sabe lo que no se debe hacer. Los ajustes impositivos son necesarios ya que el Estado de Bienestar no da para más, pero con cuidado, no sea que espanten empresas. Es evidente: sin empresas no hay riqueza.

            Un mundo nuevo, que genera unos enormes retos que se deben afrontar a partir de ciertas claves para que esta entidad subjetiva, esa ficción legal a la que tanto queremos y que denominamos Navarra pueda prosperar en una época llena de incertidumbre, recordando que  siempre existirán nuevas oportunidades.

            Feliz búsqueda.

Somatización (12dic/18dic).

                La reciente muerte de Rita Barberá ha planteado un debate crucial: unos dicen que ha sido muerte natural y otros dicen que  la han matado, como se dice en el lenguaje popular, "a disgustos". ¿Quién tiene razón? Como siempre, posiblemente todos tengan una parte. Pero el asunto nos lleva  a una cuestión infravalorada en nuestra sociedad: la somatización. ¿Qué es? ¿A qué corresponde?

                Una persona sufre una somatización cuando un problema o preocupación grave se traslada a su estado de salud. Y es una cuestión muy seria. Fotos de políticos como Barack Obama o José Luis Rodríguez Zapatero fueron usadas como prueba para comprobar los estragos que hacía el ejercicio del poder en su cara. Sí, muchas personas ambicionan poder. Pero luego ese poder, las batallas internas y externas con las que se debe lidiar un día sí y otro día también pueden terminar pasando factura. Claro que es cierto aquel dicho de que “el poder desgasta, pero la oposición desgasta más”. Pero las luchas internas de partido a veces son más duras: como decía Konrad Adenhauer, "hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido".

                 La verdad es que podemos sacar conclusiones erróneas: muchas veces creemos que unas personas han terminado más desgastadas debido a que han sufrido por decisiones duras que debían tomar y otras no lo han hecho debido a que no tenían escrúpulos. Eso no es necesariamente así; es posible que esté más preparada una persona que en cierta forma sepa controlar el peligroso concepto de la somatización.

                Muchos de los problemas que podemos tener en nuestra vida, mal llevados, pueden terminar afectando a nuestra salud y a nuestros hábitos. Las personas que pese a todos sus esfuerzos no encuentran trabajo puede que se acostumbren a dormir más, lo cual les lleva a perder energía y a tener una baja motivación para realizar otras actividades que antes le entusiasmaban : pensemos en los mayores de 45 años: las estadísticas recientes de parados de larga duración son desoladoras. Personas traumatizadas por diferentes hechos como rupturas matrimoniales (suyas o de personas cercanas, no lo olvidemos: una ruptura no afecta sólo a la pareja y a sus hijos: afecta a todo el microcosmos de dicha familia), un cambio grave en el estado de salud de sus padres, una nueva situación de incertidumbre ante la situación laboral que antes no teníamos o los resultados académicos de un hijo que se puede estar estancando. Sí, muchos sucesos que nos aparecen en la vida y que la mayor parte de las veces son completamente inesperados nos pueden terminar afectando de una manera enorme. ¿Cuántas veces no hemos oído de alguien que “ha perdido la chispa” o que “después de ese disgusto ha envejecido cinco años de golpe”?

                Por supuesto, se dan casos en los que alguien ha hecho algo por lo que posteriormente se siente incómodo ya que está muy arrepentido de ello. Es la temida disonancia cognitiva, que consiste en el desequilibrio interno que tenemos con nosotros mismos cuando hacemos lo que no queremos debido a la dejadez o cuando cumplimos órdenes con las que no estamos de acuerdo ya que no tenemos otro remedio. También el disgusto se acumula.

                Todo ello son las cosas de la cabeza. Más aún, del cerebro. Pese a todos los avances que se puedan realizar en neurociencia siempre mantendrá una capacidad impresionante: es el único órgano del cuerpo humano que tiene la capacidad de autodestruirse.

                Volviendo al tema principal, ¿cómo evitar la somatización interna? ¿Cómo hacer que una preocupación o problema no termine devorándonos por dentro?

                Respecto a las preocupaciones, se trata de relativizarlas. Cuando se cumple el evento al que tanto tememos las cosas no son tan malas como creíamos a priori (por cierto, lo mismo ocurre si nos toca la lotería: pasadas las copas de champán y unos pocos días seguimos como siempre). De hecho, la mayor parte de las personas, antes de morir, se arrepienten de haberse preocupado demasiado a lo largo de su vida.

                Otro asunto son los problemas. Nos cuesta verlos como inherentes a la vida, en la misma categoría que el amanecer, la puesta del sol, la pobreza o la corrupción. Así pues, como son inevitables, mejor afrontarlos de manera directa aunque muchas veces lo más cómodo sea darles una buena patada hacia adelante.

                Lo que está claro es que sólo hay una forma de minimizar la somatización: tener la conciencia tranquila. Hacer lo que pensamos que debemos hacer con la información de la que disponemos en ese momento. Es la mejor forma de mantener una buena cara y una mejor salud. Ya lo decía George Orwell: “ a los 50 años una persona tiene la cara que merece”.

                Javier Otazu Ojer

                Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

                www.asociacionkratos.com

Sanidad (5dic/11dic).

                Los dos aspectos más importantes que afectan a los Presupuestos Generales del Estado son siempre la sanidad y la educación. En el primer caso, existe cierto consenso para llegar a un acuerdo entre los partidos políticos, pero no así en el segundo. Se repite de forma reiterada que debería alcanzarse un pacto global para la educación. Sin embargo, no creemos que se vaya a llevar a cabo por los motivos partidistas de siempre. Esta dicotomía constata una conclusión destacable: allí donde no hay divergencias políticas, las cosas funcionan mejor.

                Ahora bien, la sanidad siempre ha originado controversia en cualquier lugar donde nos encontremos. Sólo en Estados Unidos la reciente victoria de Trump ha logrado que al siguiente día, más de 100.000 personas hayan intentado acogerse al plan de Obama. Y, en este sentido, nos cuesta comprender los problemas norteamericanos debido a las diferencias culturales existentes. Como hemos nacido con una sanidad pública, pensamos que debe seguir así ya que “nos la hemos ganado”. En EE.UU, sin embargo, la idea es distinta: tu sanidad te la generas tú, con la riqueza que creas. Y en caso de extrema necesidad, existe el Medicare o Medicaid.

                Dos de los pensadores más influyentes en Estados Unidos son Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner. En una de sus conversaciones (narrada en el excelente libro “Piensa como un freak” de ambos autores) cuando David Cameron no era todavía Premier Británico, comentaron el funcionamiento del NHS (Servicio Nacional de Salud). El choque de ideas fue brutal: para los norteamericanos, es demencial este sistema ya que “cuando la gente no paga directamente, ni es consciente del coste de algo, tiende a consumirlo de manera ineficiente”. Por esa razón la palabra “copago” produce espanto en nuestro país, ya que nos han educado con el argumento de que “la sanidad es gratis”  sin que esta falacia haya sido desenmascarada.

                El debate es viejo. Y sigue abierto. Quizá la autonomía de gestión sin políticos ni sesgos hacia ideologías partidistas, sea una solución viable. Por lo menos debería servir para intentar nuevos caminos que ayudasen a conllevar el problema, bajo las directrices de unos responsables elegidos en base a igualdad, mérito y capacidad. No obstante, analicemos cuestiones fundamentales asociadas al ámbito sanitario.

                Primer debate: ¿sanidad pública o privada? Se trata de una elección con un aspecto diferenciador clave: la renta de cada persona. Pero no podemos obviar que se produce una injusticia: el que usa sanidad privada también está pagando la pública, ya que eso viene de sus impuestos. ¿Cómo gestionar este asunto? Muy sencillo: cobrar exenciones fiscales a las personas que adquieran seguros privados. Eso hará que más personas se acojan al sector privado liberando recursos para la sanidad pública.

                Segundo debate: ¿cómo afrontar las enfermedades raras o de larga evolución? La falta de presupuesto hace que esos pacientes tengan una vida más difícil. Solución: ¿no estamos en Europa? Aprovechando las diferentes economías de los países miembros se podrían crear centros especializados en cada país y en cada área. Ello reforzaría el sentimiento europeo. Eso es lo que sucede en Estados Unidos. Es dar otro sentido a la especialización.

 

                Tercer debate: pese a todo, el sistema puede quebrar. Las personas viven cada vez más tiempo. Por otra parte, el dinero escasea. Solución: supongamos que una persona ingresada en el hospital cobra un salario o subsidio público. Esta persona no va a hacer en su casa ningún gasto de energía ni de alimentación. ¿Por qué no detraer cinco euros al día por su ingreso?  Sabemos que la medida es antipopular y que va a originar muchas críticas. Pero no es un cobro: simplemente el dinero que ya no gasto en cubrir mis necesidades más básicas lo dejo en el hospital para poder ayudar a cubrir los inmensos gastos que mi ingreso ocasiona.

                Cuarto debate: con las nuevas tecnologías de hoy ya se puede lograr en algunos casos que las personas estén hospitalizadas en su casa. En San Francisco existe una farmacia gestionada por un robot. No se equivoca en las recetas. Y los farmacéuticos lo hacen muy bien: sólo se confunden el 1,7% de las veces. Por desgracia, en Estados Unidos eso supone millones de recetas confundidas. El desarrollo de asistentes virtuales podría servir para ahorrar costes y reducir ineficiencias. Aquí no hay política posible. Llegaremos a este escenario mediante una simple evolución.

                Quinto debate: enfermedades degenerativas. ¿Qué hacer con las personas que mentalmente ya no están en este mundo? Una persona afectada de ELA comentaba: “mi perro va a tener una muerte más digna que yo”. ¿Cómo solucionar la atención a estos enfermos? ¿Cuáles son los aspectos éticos, deontológicos y sociales que acarrea su cuidado? Es preciso abrir un debate relacionado con su asistencia. Si no, el problema nos sobrepasará.

 

                Sanidad pública, privada. Enfermedades raras. Sostenibilidad del sistema. Nuevas tecnologías. Enfermedades degenerativas. Problemas difíciles, soluciones complejas. Quizá por eso hay que mirarlos de frente.

Educación vial (28nov/4dic).

(A la memoria de Ana María Elizari, fallecida al cruzar un paso de cebra).

                Una y otra vez se repiten diferentes campañas de Tráfico para concienciar a las personas lo importante que es tener la mayor prudencia posible al volante. Se puede llamar la atención sobre el hecho de llevar el cinturón de seguridad, no conducir bajo los efectos de las drogas ni del alcohol o alcanzar  velocidad excesiva entre otras posibilidades. Sin embargo, los accidentes se repiten. Y de pocos de ellos no se pronuncia la siguiente frase: “fue de la forma más tonta”. ¿Qué se puede hacer para minorar el número de accidentes? ¿Quién es el máximo responsable de los mismos?

                Aunque ningún coche se libra de tener un fallo mecánico, comenzamos por una evidencia: los principales responsables somos nosotros mismos. Conducir un coche es algo muy serio. Un mínimo despiste nos puede acompañar de por vida. Sí, es un coste inmenso.

                Quizás la primera causa de accidente sea el exceso de confianza. El 90% de los conductores piensa que conduce mejor que la media (lo admito, me incluyo). Pensar que somos muy buenos nos hace bajar la guardia y de esa forma somos más vulnerables. A menudo razonamos así: “cómo ha podido ocurrirle eso, si era experto”. Y la argumentación real muchas veces es la contraria: alguien se ha accidentado precisamente por ser experto. Los conductores noveles o las personas que no se sienten seguras al volante extreman su cuidado para minorar el riesgo de accidentes.

                No se pueden minusvalorar los despistes que podemos tener debidos al teléfono móvil. ¿Quién no aprovecha un semáforo rojo para consultar el whatsapp? Y eso si no se consulta al conducir, claro está. Aunque no tenga sentido alguno buscar el móvil que se ha caído por el suelo o sacar fotos mientras conducimos, lo hacemos. Sin duda, los teléfonos móviles inteligentes han logrado que disminuya nuestra inteligencia al conducir.

                ¿Y el papel de la administración? Tiene aspectos positivos y aspectos mejorables.

                De la misma forma que nosotros somos responsables del estado mecánico de nuestro coche, la administración lo es del estado de las carreteras. Y pocas críticas se han realizado al vial por el que circulamos, con lo cual lo podemos considerar como bueno.

                También se hacen campañas a partir de los medios de comunicación que sirven para que algunas personas extremen su cuidado. Y ojo, no se trata sólo de pensar en conductores. Los peatones también tienen su responsabilidad vial. No obstante, la gran cantidad de dinero que se gasta en estas campañas genera controversias. Eso es normal. Sin embargo, existen unos mecanismos de coerción que son más que dudosos. Vamos a evaluarlos.

 

 

 

                Uno, los radares en las autovías. Se dan dos absurdos. Primero, se indican dónde están. No tiene lógica alguna: eso hace que muchos conductores (en especial los que disfrutan de detector) se dediquen a frenar cuando llegar al radar y asunto arreglado. Segundo, existen autovías en las que las velocidades no dejan de cambiar conforme conducimos en ellas. Claro que debe disminuir la velocidad en salidas o en curvas peligrosas, pero a veces da la sensación de que tanta variación se usa para “cazar” multas. La solución es muy sencilla: radares al azar, más uniformidad de velocidad en las vías.

                Dos, el tema de la zona azul. Es sangrante y deplorable. Personas que estaban viendo conciertos en sanfermines salían de los mismos a la noche y veían, para su desesperación, que no tenían coche. Y lo mismo ocurre en la zona hospitalaria. O si alguien está realizando una tarea que por diferentes imprevistos se retrasa puede ocurrir que tenga que recoger su coche en el depósito destinado a tal fin y  además le toque pagar la multa correspondiente. El castigo es desorbitado. Y tiene una solución muy sencilla: el coche se deja en su sitio y se paga una multa. Si el afectado se niega a pagarla, se añade dicha multa con un recargo al impuesto de circulación. Si sigue sin pagarla, se le retira el permiso de circulación. Y si es reincidente y ha sido multado en otra ocasión, sí, que la grúa se lleve su coche.

                Tres, existen otros castigos que son minúsculos para el riesgo que conllevan. Por ejemplo, coches que aparcan en fila doble y atascan la circulación,  saltarse un paso de cebra dejando al peatón temblando a  pie de calle o   adelantamientos arriesgados en carreteras nacionales podrían tener sanciones mucho más altas. Además, es justo que así sea ya que se ponen en riesgo otras vidas. Y existen posibilidades: cámaras ocultas en pasos de cebra al azar o uso de drones. Una premisa se debe cumplir siempre: si la probabilidad de cazar a un infractor es baja y el riesgo potencial muy alto la única forma de evitar estos hechos es con castigos severos.

                Por último, estas afirmaciones no pretenden ser verdades absolutas.

                Simplemente se trata de profundizar un poco en el debate.

                Buen viaje.

El médico y el charlatán (21nov/27nov).

                Una persona tiene una enfermedad grave y no sabe lo que es. Como siempre que un ser humano no está sano, necesita un diagnóstico y una terapia adecuada para curarse. Además, pagará generosamente a quien pueda curarle. Dos personas acuden para realizar esa labor. La primera es un médico de reputación internacional. La segunda, un charlatán. Por supuesto, el enfermo no tiene la información suficiente para distinguir uno de otro. En consecuencia, la única posibilidad que tiene es deducir, a partir del discurso de cada uno, cuál es el médico adecuado. ¿A quién elegiría?

            El médico le puede contar con exactitud a qué se deben las causas de su enfermedad, cuáles son los síntomas de la misma y las posibilidades de curación existentes, cada una de ellas de con sus correspondientes efectos secundarios. Es posible que con los tecnicismos usados el paciente no comprenda muy bien la explicación, pero desde el punto de vista del médico eso no es grave: lo importante es curarle bien. Por otro lado, el charlatán dará una explicación sencilla de la enfermedad, buscará un remedio simple y con una gran persuasión sabrá cómo convencer a nuestro enfermo para curarle. Además, tiene una ventaja: si el enfermo no se cura, no pasa nada. Va a cobrar su dinero igual y además no tiene que asumir ninguna responsabilidad por sus errores.

            En estas condiciones, la normal es que  el enfermo tome partido por el charlatán.

            Es claro que en el mundo de hoy la persona enferma son las sociedades actuales, las dos personas son los políticos. Entre los políticos, el charlatán sería el populista  y el médico, si se puede llamar así, el político tradicional. Cada uno tiene una receta diferente. El primero promete un futuro maravilloso, el segundo un futuro un poco mejor.  El pago es conceder el poder y todo lo que ello conlleva.

            Gran Bretaña eligió salir de la Unión Europea después de un referéndum creado por la irresponsabilidad histórica del ya dimitido David Cameron. ¿Qué era mejor para los ingleses y para los europeos? Según los análisis de la mayor parte de los economistas, intelectuales, expertos o políticos quedarse. Basta analizar la evidencia empírica: los países que han formado bloques comerciales con unas reglas razonables siempre han mejorado a medio y largo plazo, aunque inevitablemente haya habido perdedores entre los diferentes agentes económicos (la clave, siempre, es buscar mecanismos de compensación). ¿Qué ha ocurrido? Han ganado los charlatanes, y eso ya está teniendo unos efectos preocupantes en la arquitectura europea. Y no se trata de valorar sólo los efectos económicos, no. Se trata de pensar hacia dónde pueden ir las nuevas campañas electorales.

            Estados Unidos ha elegido a Donald Trump como nuevo presidente. Es el charlatán de la historia. ¿Hará todo lo que prometió? Claro que no. En primer lugar, los padres fundadores de la Constitución norteamericana crearon varios contrapesos para limitar el poder del presidente y evitar así caer en situaciones dictatoriales. En segundo lugar, muchas de sus promesas electorales, como tantas otras veces, son mentiras a sabiendas. Es normal mentir: el coste de hacerlo es nulo, el beneficio es enorme.  La presidencia del gobierno.

            Una de las razones por las que se dan estos resultados es simple: las políticas habituales no han cubierto las demandas de los ciudadanos. Eso es debido a dos factores.

Primero, bajada del peso de los Estados. Cuando la economía iba bien los ingresos públicos subían; en consecuencia, los gastos públicos también. Cuando la economía se enfrió los ingresos comenzaron a bajar, y como muchos gastos públicos son rígidos (es decir, una vez comprometidos son difíciles de reducir en el tiempo; por ejemplo, la contratación de funcionarios) las cuentas ya no cuadran. Además, las necesidades sociales aumentan: más esperanza de vida y más personas en paro implican más gasto. Consecuencia, existe poco presupuesto de libre disposición.

Segundo, reequilibrio de poder. ¿Quién es más fuerte, el gobierno de Portugal o Google? ¿Holanda o Amazon? ¿Polonia o Facebook? ¿Austria o Apple? Y eso por no hablar del Banco Central Europeo (BCE) o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pues bien, aquí encontramos la cuestión fundamental: como regular estas relaciones económicas para evitar desequilibrios sociales, demográficos y medioambientales.

Para acometer estos desafíos, se necesitan instituciones globales ya que vivimos un único país: nuestro planeta. Sin embargo, vamos al revés. Lo lógico sería desarrollar mecanismos que permitan acoplarnos globalmente al mundo de hoy. El mejor ejemplo es la Organización Mundial de la Salud, OMS. Nadie le tose ya que no hay ningún incentivo para ello; además, sería absurdo no coordinarse entre países para evitar una pandemia global.

Por desgracia, no vamos por ese lado. Los países se están volviendo más proteccionistas y a la vez, los populismos ganan terreno.

Todo esto no presagia nada bueno.

Javier Otazu Ojer.

Votar por nuevas economías (14nov/20nov)

    A menudo se celebran diferentes actos para concienciar a las personas acerca de otros modelos económicos, los llevan aparejados diferentes atributos como “ecológico”, “circular” o “colaborativo”. ¿En qué consisten estos modelos?

                Para contestar a esta pregunta, debemos tener clara la definición de Economía. Para ello, de entre todas las posibles, tomaremos la más aceptada: “ciencia que estudia la administración de recursos en un mundo de necesidades y deseos infinitos”. Los conceptos más delicados son los de necesidades y deseos. ¿Cómo distinguir una cosa de otra? Está claro que como seres vivos necesitamos comer, pero hoy en día, ¿quién no necesita un móvil? El peligro de los deseos es que si se cumplen a menudo terminan convirtiéndose en necesidades.

                Si aplicamos la definición a los agentes económicos, podemos separar tres tipos claramente delimitados. Primero, los consumidores. Su recurso es su presupuesto monetario. Siempre es escaso para todo lo que deseamos. Por lo tanto, necesitamos criterios para administrar bien nuestras compras. Segundo, las empresas. Entre varios objetivos, el principal es ganar dinero. Para ello, se debe administrar con eficacia las unidades de trabajo y capital que componen cada empresa. Tercero, los Estados. Necesita administrar bien sus presupuestos en términos de gastos (salud, ecuación, ayuda social o infraestructuras) y de ingresos (en la medida de lo posible, deben ser justos). La economía nos da instrumentos para tomar, en cualquiera de estos ámbitos, mejores decisiones.

                La organización de los recursos de un país sobre cómo, qué y para quién producir genera diferentes sistemas económicos. Analizando los casos más extremos, tenemos que en el marxismo todos los medios productivos los lleva el Estado (para evitar la explotación del trabajador) y en el liberalismo todos los medios productivos (incluidos el agua, la sanidad o la educación) los lleva el sector privado. El Estado sólo se queda como garante de las necesidades mínimas de las personas y de la seguridad física y jurídica del país. Hoy en día la mayor parte de los países del mundo se encuentran en el término medio aunque desde luego, se puede oscilar  hacia un lado u otro.

                Volviendo a la teoría económica que sustenta el tinglado, diremos que sólo se preocupa del proceso productivo desde los factores que lo generan (tierra, trabajo y capital) hasta que el bien o servicio se vende en el mercado. ¿Qué se le echa en falta a ésta teoría? Tres cosas. Vamos a valorarlas y a estudiar las soluciones que se plantean.

Primero, la extracción de bienes naturales como los minerales, la madera o el petróleo se considera riqueza. Está claro que si talamos todo el Amazonas el Producto Interior Bruto (PIB) de país subirá, pero a medio plazo no podemos considerar el país más rico que antes. El uso de la “economía sostenible”, cuyo objeto es que la extracción de recursos presente no minore los recursos de los que pueden disponer generaciones futuras,  sirve para que la riqueza que nos da nuestro planeta se pueda perpetuar en el tiempo. Otros paradigmas semejantes serían el de  “economía ecológica” o la “bioeconomía”. 

 

Segundo, el uso de los desechos. Un producto o servicio vendido es riqueza. Hasta ahí la teoría. Sin embargo, un residuo de un producto puede generar más riqueza o más pobreza. El uso de la “economía circular”, que busca mecanismos para  convertir los desechos en recursos que vuelvan a entrar en el círculo de la economía, arregla también este problema. Por otro lado, otra forma de evitar los desechos es compartir productos. Esa es la clave de la “economía colaborativa”, la cual ha venido para quedarse, aunque todavía debe superar problemas jurídicos de implantación.

Tercero, las desigualdades que se pueden crear a nivel económico y social. Es normal que unas personas ganen más que otras según su aportación al proceso productivo, la cual depende de sus aptitudes, experiencia, competencias y habilidades. Sin embargo, se pueden crear desigualdades. Si una gran parte de personas percibe que el sistema es injusto, que hay personas que ganan su sueldo a dedazo o de forma privilegiada (“casta”) tenemos un problema de convivencia gravísimos. La “economía social de mercado” o el “capitalismo solidario” priorizan las políticas para afrontar estos problemas.

Así todo agregado parece un poco lioso, ¿no?

Digamos que los tiempos han cambiado. Antes nuestras decisiones de compra se basaban principalmente en un precio que llevase aparejado una mínima calidad y punto. Hoy en día ya no es así.

Sin duda, cuando compramos, en cierta forma “votamos” a una empresa u otra. Y pensándolo bien, posiblemente sea más fácil cambiar el mundo con el tipo de compras que hacemos antes que con la papeleta que depositamos en la urna. Al fin y al cabo, ¿para qué han servido nuestros últimos votos?

En definitiva, la conclusión es muy sencilla. Cuando compramos, votamos. Y votamos economía social, capitalismo salvaje, economía colaborativa o sostenibilidad (en este caso también lo hacemos al reciclar).

Amigo lector, consulta tu etiqueta.

La muerte de la muerte (7nov/13nov).

            En fechas en las que tendemos a recordar a nuestros seres queridos, y a meditar sobre el significado de la muerte, toca reflexionar sobre un aspecto muy inquietante, un debate nuevo, una idea que jamás se había tenido en cuenta en la humanidad: la posibilidad de alcanzar la vida eterna…aquí, en la tierra.

            Sí, a primera vista parece una estupidez. Pero el asunto es muy serio. Google puso en el año 2013 en funcionamiento una subcompañía llamada Calico. Su misión es resolver el problema de muerte, es decir, el título que nombra el presente artículo: “la muerte de la muerte”. Para hacernos una idea de la magnitud del proyecto, digamos que Google tiene un fondo de inversión llamada “Google Ventures”, cuya cartera de valores es de 2.000 millones. De esta cantidad, el 36% se invierte en empresas biotecnológicas, las cuales se dedican a investigar, investigar e investigar las formas que tenemos de ampliar la vida.

            Y las personas que trabajan en este proyecto no se han escogido al azar, no. Una es el gerontólogo Aubrey de Grey, el cual comentaba en una reciente entrevista que nuestro límite de edad, siendo ¡¡pesimista!! era de 1.000 años. Otra persona destacable es Ray Kurzweil, un divulgador científico de prestigio mundial.

            Es posible que esta idea no sea una locura: recordemos que este año, en España, 700.000 personas han cumplido 50 años y de todas ellas se espera que la mitad llegue a los 100. Y sí, es claro que todo ello va a ser un problema para sostener las pensiones públicas. Por desgracia, eso es sólo el comienzo del principio. El problema de las pensiones es menor con todo lo que todo esto nos puede acarrear para el futuro. Sólo reflexionar acerca de ello asusta.

            Sí, claro que es difícil pensar en escenarios tan complejos. Pero todo ello es fundamental ya que no existe un camino mejor de gestionar el mundo y nuestra vida. Adelantarse a los problemas que puedan aparecer en el futuro puede lograr que alguno de estos problemas ni siquiera llegue a darse.

            Un cambio de tendencia  que ya se dio en psicología (Martin Seligman) y que se está desarrollando en la medicina es la “medicina positiva”. Hagamos la analogía: de la misma forma que una persona acude al psicólogo ya que tiene un problema, otra persona va al médico ya que está enfermo. Si un “psicólogo positivo” me hace ver la vida de una forma determinada, cuando tenga un problema dado sabré cómo afrontarlo y no necesitaré ir al “psicólogo negativo” (denominando así al que me ayuda a afrontar mis preocupaciones). De la misma forma, si un análisis genético es capaz de valorar las enfermedades que pueda tener más adelante...simplemente podré tomar las medidas necesarias para que éstas no se desarrollen. Es algo semejante a viajar en el tiempo, hacia el pasado de una enfermedad que voy a tener si sigo con mis hábitos actuales y si no tomo la pastillita adecuada.

            Volviendo a la idea inicial, ¿qué problemas podemos tener en el futuro si estos proyectos cristalizan?

            Primero, será el comienzo de la verdadera desigualdad. Es verdad que a nivel histórico la medicina se ha “democratizado” (el entrecomillado es debido a que todavía es necesario dinero para curar enfermedades raras; muchos ricos y famosos han pagado cantidades enormes de dinero por curarse en clínicas privadas norteamericanas) pero si un inversor privado se gasta miles de millones de euros en productos de este estilo cuesta creer que los vaya a regalar.

            Segundo, ¿qué ocurrirá con las religiones? ¿Qué pasará si la vida eterna que presumiblemente tenemos al morir la podemos lograr aquí en la tierra? ¿Cuál será su razón de ser?

            Tercero, alguien que tenga acceso a estos medios, ¿se atreverá a cruzar la calle tranquilamente? ¿Y si le cae un maceta a la cabeza? ¿Serán estas personas unos seres humanos tan obsesionados por su seguridad que no podrán disfrutar de nada de lo que la vida ofrece?

            Cuarto, ¿cuál será la reacción de los excluidos? Al fin y al cabo, a muchas personas  nos parece justo que exista cierta meritocracia en la sociedad y que los más válidos en sus profesiones ganen más que otros. Pero este sistema trata de no dejar a nadie fuera del mismo, para que todo el mundo pueda tener una vida digna, que merezca la pena ser vivida. Pero no parece justo que unos aspiren a una vida más larga en años y calidad y otros no.

            Quinto, ¿cómo serán las relaciones humanas? Un matrimonio para 100 años no parece muy sostenible, ¿verdad?

            En fin, reflexiones que no deben hacer olvidar que, con todos sus inconvenientes, pegas y disgustos, vida sólo hay una. Cada día que pasa no vuelve. Y que puestos a elegir, mejor tomarse la vida con una sonrisa.

Pensiones (31oct/6nov).

Uno de los debates de los últimos días viene dado por  la evolución de la población en nuestro país y por la caída del fondo de reserva de la Seguridad Social, conocido popularmente como la “hucha de las pensiones”. Ambos hechos nos llevan, como tantas otras veces, a valorar el sistema público de pensiones. ¿Es viable? Si no lo es, ¿qué medidas económicas se pueden aplicar para que lo sea?

                La primera idea que se debe comprender es que el sistema de pensiones es un fondo de reparto. Eso quiere decir que las cotizaciones de los trabajadores a la Seguridad Social, la cual son parte de su nómina bruta, son las que se usan para pagar las pensiones de las personas que están jubiladas. Por supuesto, habría que hacer algún matiz acerca de los tipos de pensiones (contributivas, no contributivas) y la posibilidad de que tengan otro tipo de financiación, pero la idea de fondo es esa. Sin embargo, aquí comienzan los problemas. Como con el conjunto de las cotizaciones no se pueden cubrir el total del gasto de pensiones debemos acudir al fondo de reserva, a la “hucha”. Aunque ahora parezca mentira, en un tiempo no tan lejano las cotizaciones sociales eran mayores que las pensiones a pagar. Eso permitió crear un fondo para cuando llegase la época de las “vacas flacas”. Este fondo alcanzó su máximo nivel en el año 2.009, con 70.000 millones de euros. Según las cuentas del Banco de España, en junio de este año ya sólo quedaban 16.289 millones de euros. Sin duda, esta diferencia de cifras ilustra la magnitud del problema.

                Como segunda idea está la evolución de la población, en la cual llaman la atención dos aspectos: el aumento de la esperanza de vida y el hecho de que las defunciones van a superar a los nacimientos. Para ilustrar estos hechos, acudimos a dos datos. Este año, en España aproximadamente 700.000 personas cumplen 50 años. De todas ellas, se estima que la mitad llegará a los 100 años. Segundo, el nivel de la tasa de dependencia, un indicador estadístico que se calcula dividiendo la población dependiente entre la población productiva. Actualmente está en el 53,3%. Se estima que en el año 2.031 será del 62,2% y en el dentro de 50 años alcanzará el 87,6%.

                Es indudable que las estimaciones, estimaciones son. Y para que se cumplan se supone que las cosas “van a seguir siendo como son”, y el mundo cambia. Pero son muy útiles ya que estas estimaciones sirven, en el caso de que sean negativas, para que se tomen las políticas y medidas adecuadas para que no se cumplan.

                No obstante, hay una estimación que no falla: la de personas que se van a jubilar un año determinado. Si nos situamos en el año 2.050 y consideramos como previsión optimista que ese año la edad de jubilación está en 70 años (lo normal es que sea mayor), con multiplicar el número de nacimientos en el año 1.980 (571.018 niños) por un porcentaje razonable de supervivencia como el 80%, tenemos un total de 456.814 personas que entrarán en el sistema de pensiones ese año. Si suponemos que tres personas pagan la pensión de una, deberían entrar 1.370.443 personas en el mercado laboral. Y así un año tras otro. ¿Es eso sostenible? Claro que no. Y es que las pensiones siguen un esquema de pirámide de Ponzi que  sólo se mantiene si la base es mayor que la altura.

                Sí, estamos ante un problema grave. Y lo primero que cabe lamentar, una vez más, es la penosa demagogia de nuestra clase política. Cuando el PSOE estaba en el gobierno, aprobó una reforma de las pensiones. El PP votó en contra. Ahora, con los papeles cambiados, el PSOE y toda la oposición piden que se suban las pensiones a lo que el PP y Ciudadanos se niegan. La misma demagogia la vivimos en Navarra con la subida pendiente de la paga extra de los funcionarios. Es muy triste, pero corrupción aparte, no se me ocurre un ejemplo que ilustre mejor el nivel que tienen nuestros gobernantes.

                ¿Cómo gestionar el problema de las pensiones? Hay muchas posibilidades. La más escuchada es complementar las cotizaciones con impuestos procedentes de los Presupuestos Generales del Estado, aunque eso nos lleva al problema más común en economía: ¿de dónde quito? Otras opciones son elevar el salario mínimo, que las personas decidan jubilarse cuando lo deseen, revisar el modelo de financiación o eliminar los topes de cotización de los salarios más elevados.

                Otra posibilidad es muy sencilla y sostenible en términos matemáticos: se suman las cotizaciones que ha ingresado la Seguridad Social y se dividen entre los pensionistas. Y si alguien quiere más, que se haga un plan privado (aunque de momento su rentabilidad es muy baja: un 1,5% los últimos 15 años, negativa este año).

                Difícil y complejo, ¿verdad?

                Javier Otazu Ojer.

                www.asociacionkratos.com

                Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

 

                

Causas y efectos. (24 oct / 30 oct).

                La frase “si llueve, me mojo” indica una obviedad a partir de una causa, la lluvia, y su efecto: nos mojamos. Existen más frases con una causalidad definida, como por ejemplo, “la deuda sube porque el gobierno ha aumentado gastos sin subir ingresos” o “si estudio más, mis notas mejoran”. Son cuestiones muy claras. Otra frase con una causalidad evidente que lleva demasiado tiempo de moda: “la corrupción hace que algunos políticos roben”.

                Sí, socialmente tendemos a buscar una causa para cada suceso. Como este verano hemos pasado mucho calor, ha sido debido al cambio climático. Si ha descarrilado un tren, ha sido por un despiste del conductor. Si vienen muchos refugiados, la culpa es de la guerra de Siria. Si existe menos trabajo, es debido a que vienen “los de fuera” a quitarlo. Todas estas frases tienen un vicio común: dar una causa sencilla a un fenómeno complejo. Eso es un diagnóstico erróneo, y como tal generará soluciones equivocadas.

 Los acontecimientos citados tienen muchas causas, las cuales operan en diferentes escalas y pueden dar resultados distintos según el ámbito en el que se desarrollen. En Túnez, un vendedor ambulante se quemó a lo bonzo y generó la revolución árabe, quebrando todo el sistema político de la zona. En China, las protestas populares fueron aplastadas a sangre y fuego y el sistema se mantuvo (recientemente ha ocurrido lo mismo en Etiopía).

                En la vida real, un efecto puede ser debido a muchas causas y una causa puede generar muchos efectos. Además, existen dos sesgos de percepción adicionales que tienden a confundirnos todavía más entre causas y  efectos. Son la causalidad inversa y la correlación.

                Se habla de causalidad inversa cuando valoramos una relación causa efecto en sentido contrario del real. El ejemplo estándar es el de los nadadores. Todos tienen unos cuerpos especiales, los cuales parecen ser efecto del duro entrenamiento al que se someten. Sin embargo, es al revés. Tener ese cuerpo les permite destacar en el medio acuático. Esa relación es evidente en el baloncesto: no por practicar ese deporte nos hacemos más altos. Al revés, entre las personas de mayor estatura se hace una selección natural. Es así; no han existido estrellas de la NBA de menos de 170 cm.

                La causalidad inversa tergiversa completamente nuestra percepción ya que incluso ocurre que a menudo una causa y un efecto se retroalimentan constantemente. Si el efecto es positivo, hablamos de “círculo virtuoso”. En caso contrario, de “círculo vicioso”. Por ejemplo, los países más pobres, ¿lo son debido a las malas instituciones? ¿O es que la pobreza genera malas instituciones? ¿La corrupción genera recesión económica o la recesión económica genera corrupción? ¿La mala gestión genera listas de espera o el hecho de que haya listas de espera genera mala gestión? ¿Alguien pierde los nervios debido a una provocación objetiva de otra persona o los pierde debido a que percibe los actos de la otra persona como provocación? En otras palabras, ¿de quién es la culpa?

 

 

Incluso podemos plantearnos otras posibilidades más divertidas; si en el gimnasio vemos personas con sobrepeso, ¿es debido a que ir al gimnasio engorda ya que nos sentimos más libres para caer en tentaciones culinarias? ¿O las personas que van al gimnasio son aquellas que desean perder peso? Si bien la respuesta en este caso es intuitiva, en los anteriores no lo es tanto.

Pasamos ahora a la correlación. Esta palabra es sinónimo de asociación. Es decir, decimos que dos variables tienen correlación si cuando sube una, otra sube o baja. Por ejemplo, el peso y la altura. A más peso, más altura. Sin embargo, correlación no es causalidad. Y ese es un error muy extendido. En un estudio famoso en Estados Unidos se comprobó que en una muestra de ciudades, conforme más policía había, más delitos se cometían. ¿Era un caso de causalidad inversa? No. Había una causa oculta: el tamaño de las ciudades. A más tamaño, es necesaria más policía pero también, al tener más habitantes, tiene lógica que se cometan más delitos. La conclusión es muy clara: correlación no implica causalidad.

Es lo que siempre nos hemos preguntado de muchos de los sucesos que vemos. ¿Por qué? La relación sencilla que pensamos suele ser falsa. Puede haber muchas causas, muchos efectos. Puede ser causalidad inversa. Puede ser correlación que no implique causalidad.

Y es que el mundo es difícil de comprender. Por eso, un truco recomendable es “la reiteración de los porqués”. Es decir, repetir la misma pregunta hasta llegar a la causa final. Hagamos una prueba.

¿Por qué una empresa va mal? No genera ingresos. ¿Por qué? Su producto no se vende. ¿Por qué? Los clientes no lo compran. ¿Por qué? Hay otro semejante mejor. ¿Por qué? Otras empresas han ajustado costes.

Ya sabemos lo que toca.

Ajustar, mejorar la calidad o cerrar.

Motivación. (17 oct/23 oct).

                ¿Qué nos motiva? ¿Por qué hacemos unos actos y no otros? ¿Qué está en el fondo de nuestras decisiones? Y lo más importante: ¿cómo se explica la falta de consistencia existente entre lo que nos motiva y lo que realmente hacemos?

                Muchos libros de autoayuda recomiendan, cuando nos planteamos nuevos proyectos, escribir los objetivos concretos que tenemos en mente. Pasado un tiempo, se comprueba el avance de nuestros planes. Si la  cosa va bien, nada que objetar. Si algo falla, se corrige y punto. En todo caso, se trata de no desfallecer y de no rendirse. Eso es al menos lo que dicen los manuales de autoayuda.

                Sin embargo, la perspectiva que da el tiempo enseña que muchas veces no cumplimos lo que teníamos establecido. ¿A qué se debe? A la diferencia entre el “yo que quiere” y el “yo que debe”. En el primero, se tiene en cuenta el corto plazo, y para ello, se usa la excusa de siempre: “total, por un poco más…”. La diferencia básica se encuentra entre la gratificación a corto plazo y el beneficio a largo plazo que sacrificamos debido a ello. Por ejemplo, “debemos” alimentarnos de comida sana. (Cuidado: no es un imperativo. Quien piensa que debe alimentarse de comida basura y decide hacerlo siendo consciente de los problemas que le va a ocasionar en el futuro está en su perfecto derecho. Eso sí, los efectos secundarios no sólo serán de salud: algunos países se están planteando cobrar más por usar la sanidad a los fumadores o a las personas obesas.) Sin embargo, compramos comida basura. Debemos hacer ejercicio. Sin embargo, vemos la televisión. Debemos ahorrar para el futuro. Sin embargo, compramos ahora. Debemos estudiar y prepararnos con el debido tiempo para el examen que tenemos dentro de unos meses. Sin embargo, nos vamos a tomar un café. Debemos levantarnos pronto para aprovechar el día. Sin embargo, dormimos un poco más: nos encontramos cansados por las razones que sean.

                Entonces, ¿cómo superar esa barrera? Rubén Turienzo, en su reciente obra “el pequeño libro de la motivación”, sugiere…¡una ecuación matemática! La argumentación es la siguiente: si sentimos un fuerte compromiso por hacer algo, lo hacemos. (Existen páginas web en la cual te puedes comprometer a realizar algo, y para dar fe de ello se paga una cantidad determinada de dinero. Si en el tiempo establecido no cumples tu propósito no te devuelven el dinero. En fin, la letra con sangre entra). ¿Cómo crear ese compromiso? Así: C = (m – i)p siendo C el compromiso, m el motivo, i las interferencias y p el potenciador, el cual está formado por técnicas y herramientas que se usan para motivarnos más, como planes de acción o ayudas emocionales que nos hacemos a nosotros mismos. Verifiquemos el cumplimiento de la ecuación con el caso más habitual: la pérdida de peso.

 

 

 

 

                Para lograr el compromiso que permita lograr ese fin tenemos varias motivaciones: sentirnos mejor con nosotros mismos, ser más atractivos, tener más energía para hacer otras cosas. Las interferencias, las de siempre: la tiranía del corto plazo y la fuerza de la costumbre. El potenciador pasa por registrar en una tabla los avances que realizamos en la pérdida de peso o darnos pequeños premios por objetivos: la recompensa de comprar algo de ropa cada vez que se pierdan dos kilogramos es más que útil (y más aún si pensamos que recuperar el peso perdido supone…no volver a usar la ropa recién comprada).

                No obstante, siempre existen pautas para mejorar nuestra motivación interior. Primero, y más aún en el caso de las dietas, se debe comprender que sólo es útil cambiar hábitos de por vida. Una dieta  no existe como tal  si la recompensa que vamos a darnos cuando terminemos es volver a  comer como antes. Eso tiene un nombre: la dieta yoyó. Segundo: aunque el resultado final es el objetivo principal, no siempre se cumple, sobre todo si depende de lo que hagan otras personas. Podemos preparar muy bien una oposición y no obtener plaza debido a que otros han sido mejores o han tenido más suerte que nosotros. Pese al disgusto, lo importante es cumplir con el deber que nos imponemos a cada uno de nosotros como personas. Tercero: no puede abandonarnos ni el entusiasmo, ni la capacidad de atención y de concentración. ¿Quién conoce alguien que haya logrado un objetivo complicado sin pasión?

                Por último, Mark Twain, en uno de sus aforismos memorables dejó escrito que “los dos días más importantes de una persona son, primero, el día en el que nace. Segundo, el día en el que sabemos para qué”.

                Si tenemos muy clara cuál es esa respuesta para nosotros mismos, no hace falta buscar la motivación necesaria para vivir la vida. Simplemente, la motivación nos encuentra a nosotros mismos.

El foco. (10 oct/16 oct).

                Estos días todo el foco informativo se ha encontrado en la batalla de poder establecida dentro del PSOE. Los periodistas han rodeado sin descanso la sede de Ferraz, los tertulianos se lo han pasado de fábula contando la visión que tienen de este asunto y el resto del país ha asistido, atónito, a este triste espectáculo. Ahora bien, ¿está justificada la cobertura mediática de las batallas políticas? ¿Es normal ver declaraciones un día sí y otro también de uno u otro político? Claro que no.

                La razón es muy sencilla: no está nada clara la diferencia entre PP y PSOE. Los partidos de derechas tienden a bajar los impuestos para así priorizar la creación de riqueza y que haya una cantidad mayor de PIB (Producto Interior Bruto) para repartir. El PP ha hecho lo contrario, subir los impuestos. Los partidos de izquierdas tienden a subir los impuestos para priorizar el reparto de riqueza, de forma que aunque el PIB pueda ser más bajo al menos esté mejor repartido y no haya grandes desigualdades. Basta recordar aquella frase del José Luis Rodríguez Zapatero: “bajar los impuestos es de izquierdas”. Se ha cumplido más de una vez, ya que medidas de este tipo han sido tomadas por gobiernos socialistas.

                Todos recordamos la victoria del Brexit en Gran Bretaña. Uno de los partidarios más firmes del Brexit era Nigel Farage, principal dirigente de la UKIP. Una vez que salió en el referéndum aquello por lo que había luchado, Farage dimitió y se fue. Desde luego, podemos achacar muchas cosas a este dirigente, sobre todo la gran  cantidad de mentiras usadas para poder ganar la votación. Pero fue consistente con su idea principal: tenía un objetivo, lo cumplió, pues adiós. Además de la  política, la vida tiene más posibilidades.

                De la misma forma que la UKIP tuvo su razón de ser, observamos que la razón de ser del PP y PSOE como partidos de derechas e izquierdas ya no sirve. Y no se trata de escuchar lo que dicen, se trata de observar lo que hacen…y lo que no hacen. 

 La célebre frase “no es no” conlleva una intransigencia devastadora. Sánchez tenía estrategias razonables. Uno, abstenerse para permitir la gobernabilidad del país un período limitado de tiempo. Dos, proponer políticas genuinas de izquierdas. Si Rajoy las acepta del todo o en parte,  abstenerse. Tres, intentar formar un gobierno. No se ha visto ninguna.

La evidencia empírica enseña que las personas hacen todo lo posible para ocupar parcelas de influencia y poder. Por lo tanto las instituciones deben tener unas reglas claras, simples y concisas que sirvan para evitar situaciones como las que hemos estado viviendo estos días. Sirve como ejemplo de reglas ineficientes la formación del Gobierno Español: se permite la inexistencia del gobierno “in eternum”.

                Así pues, el foco no tiene nada que ver con los problemas y retos más acuciantes para nuestro país. No está de más recordarlos, aunque por desgracia no parece que éste sea el asunto más importante de hoy. ¿Dónde deberían estar más enfocados los medios?

               

 

Uno, el aumento vertiginoso de la deuda pública. Pese al desgobierno, no deja de subir (las políticas monetarias del BCE tienen relación con este aumento y son peliagudas: se podría estar generando una burbuja financiera muy muy peligrosa). Y eso compromete nuestro futuro. Además, este problema es consecuencia de otro: los ingresos públicos no cubren todas las necesidades del Estado.

                Dos, las pensiones. Simplemente, no cuadran. Es primordial enfrentarnos ya a este problema, hay muchas posibilidades y merecen un amplio debate social.

                Tres, el cuello de botella en el mercado de trabajo que crea barreras para la entrada en el mismo de los jóvenes. ¿Cómo afrontar este problema?

                Cuatro y relacionado con el anterior: educación. Pero no la educación como pacto de Estado (eso es evidente), no. La educación como medio para el desarrollo personal y laboral de las personas. ¿Cómo debe hacerse?

                Cinco, el papel que debe tener nuestro país en la escena internacional para afrontar problemas globales como los refugiados, la inmigración, el cambio climático o las drogas.

                Sí, está claro. La socialdemocracia ha muerto de éxito, y necesita redefinirse, siendo los intentos más interesantes los de Valls en Francia y las dos vertientes establecidas en Gran Bretaña: más a la izquierda todavía (Jeremy Corbyn) o con una vía más hacia el centro (Tony Blair). Por esa misma razón el PP también debe redefinirse, ya que como hemos comprobado, también realiza políticas de izquierdas.

                Por último está el papel de Podemos, aparentemente enfrentado entre las corrientes de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón. Ahora bien, en política los enfrentamientos siempre han sido a puerta cerrada. ¿No será una estrategia para poder abarcar todo el voto del arco de la izquierda?

                Vaya, he vuelto a caer en la trampa.

 Termino el artículo, de nuevo, desenfocado.

                Javier Otazu Ojer.

Incentivos y fechas límite. (3oct/9oct).

                Fecha de entrega del trabajo de historia: 31 de octubre. La mayoría de los alumnos entrega su documento ese día. Fecha límite para terminar una negociación entre dos agentes económicos: 31 de octubre. Es probable que hasta ese día no se haya resuelto el asunto que llevaban entre manos. Fecha límite para que se disuelvan las Cortes y se convoquen nuevas elecciones: 31 de octubre. En este ámbito cualquiera sabe lo que ocurrirá, pero según los últimos acontecimientos lo más razonable es que se alcance un pacto de investidura. En todo caso, ¿por qué apuramos las cosas? Existen dos claves. Primero, los incentivos de los agentes económicos. Segundo, el peso de la fecha  límite.

                La economía se resume en un principio: “las personas responden a incentivos”. El resto de leyes económicas (se dice que en física tres leyes explican el 99% de la ciencia; en economía 99 leyes explican el 3% de todos los temas que se abordan) son consecuencia de este principio. Pensemos en conflictos en el ámbito de las relaciones laborales. Ni a un sindicato ni a un empresario le interesa una huelga que ponga en peligro la viabilidad de la empresa. Razón: a ninguna de las partes les interesa el cierre de la empresa por falta de actividad. Incluso muchas veces se da el absurdo de que después de una huelga las dos partes se encuentran peor que antes, ya que el empresario ha visto reducidas las ganancias y el trabajador ha visto reconocidas algunas de sus exigencias aunque se da el detalle de que lo ganado no cubre lo perdido en los días de huelga.

                Por supuesto, las huelgas son un derecho fundamental de los trabajadores. Incluso aun perdiendo en un caso particular existe una lógica oculta: en el caso de existir otro conflicto, el empresario sabe que los sindicatos están dispuestos a llegar hasta el final. En ese caso, es más fácil que ceda a las demandas exigidas por los trabajadores. Desde luego, también ocurre lo mismo en sentido contrario.  En fin, típicos juegos de relaciones humanas, en los que como casi siempre, no hay buenos ni malos. Simplemente, depende del contexto.

                ¿Por qué entonces los partidos políticos no han llegado a acuerdos? De nuevo, cuestión de incentivos. A nivel particular, puede no interesarles. Luego lo edulcorarán como sea, pero es así. Es curioso: al trabajador y al sindicato les interesa que la empresa vaya bien. Sin embargo, a un partido como tal le puede interesar que a la región en la que tenga ámbito de actuación (ciudad, comunidad y país) le vaya mal. En especial si está en la oposición. Arreglar ese esquema de incentivos debería ser unos de los debates de nuestro tiempo.

                En todo caso, lo que llama la atención es lo siguiente. Cuando tenemos una fecha límite para hacer algo, tendemos a llegar al límite. Apuramos. Y no tiene sentido: si tenemos un imprevisto al final podemos no cumplir nuestro objetivo. Al menos, tiene una explicación. Dejar las cosas para más adelante es un fenómeno común a muchos humanos llamado procrastinación. Por la razón que sea, nos cuesta cumplir el sabio consejo de Benjamin Franklin: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

 

                Lo asombroso es que si la fecha límite es una negociación del ámbito que sea….¡también apuramos hasta el final! Negociaciones en la Unión Europea entre ministros por algún asunto candente, pactos en Estados Unidos entre republicanos y demócratas para poder mantener el gasto de deuda o convenios salariales diversos tienden a terminar las negociaciones “a altas horas de la madrugada”. La cuestión es muy sencilla: ¿por qué es tantas veces así? Parece que a nivel social si apuramos el tiempo en una negociación lo hemos hecho mejor que si llegamos a un acuerdo rápido. Y no tiene ningún sentido. Sea el acuerdo rápido o lento, la conclusión de las partes es siempre la misma: “Al final todos hemos cedido un poco para que gane el bien común. Estamos muy satisfechos del acuerdo alcanzado”. Por desgracia, esta manía social supone un desgaste de tiempo, dinero y emociones (si las negociaciones son duras siempre pueden acabar somatizándose) colosal.

Y es que, aunque sea más difícil hacerlo que decirlo, se trata de buscar reglas o leyes que cumplan dos únicas condiciones. Primero, que generen incentivos en los que el bien individual y el bien común tengan cierta armonía. Segundo, que minimicen conflictos futuros. Para ello deben ser reglas sencillas con una interpretación clara y directa.

Es una ley de nuestro mundo: el conflicto y, en el mejor de los casos, la negociación que conlleva su resolución son inherentes a la vida. Por eso es mejor buscar la resolución antes de que se produzca el problema.

Basta pensar en los conflictos existentes en parejas o en la gestión de empresas. ¿Por qué no pensar a priori en lo que puede ir mal?

Javier Otazu Ojer.

Adopciones: ¿podría ser así? (26sept/2oct))

                Que un partido de fútbol entre Osasuna y Eibar se juegue un lunes a las 20.45 horas se puede catalogar, en el argot económico, como “desajuste de oferta y demanda”. ¿Cuál es la razón de ello? Simplemente se podría generar una gran cantidad de dinero y no se genera. Si ese partido se jugase, por ejemplo, un sábado a las 4 de la tarde o un domingo a las doce del mediodía produciría un gran movimiento de aficionados de un lugar a otro. Se venderían más entradas. Las ciudades tendrían más ambiente,  la hostelería expendería una gran cantidad adicional de bebidas y los restaurantes multiplicarían sus comidas. Por supuesto, todo ello repercutiría en una mayor recaudación de impuestos por el gobierno vía combustible al llenar los aficionados los depósitos de gasolina para el viaje, sumando también el IVA de aquellos productos que se consumen, o las horas extras que se pagan a los camareros.

 Así, la solución es muy sencilla: basta tener cuidado con los horarios cuando dos clubs juegan en ciudades con una distancia inferior, por ejemplo, a los 200 kilómetros. Pero no se hace.

                Existen más desajustes de oferta y demanda; por ejemplo, el tema del botellón (del que no somos partidarios por muchas razones entre ellas la salud). Suele ser molesto para los vecinos donde se realiza y no genera movimiento de dinero, salvo el de la compra de la bebida. Se podrían abrir recintos para ello, de tal forma que se cobrase una pequeña entrada. Eso es más movimiento de dinero, menos molestia para los vecinos y un incentivo mayor para que los chavales fueran a los bares y de nuevo, generasen más dinero (aunque sería aconsejable otro tipo de “diversión social”).

                Sin duda, en un período de crisis, todo lo que se pueda hacer para generar movimiento económico es positivo. Y el tema del “desajuste de oferta y demanda” da para mucho: es una incongruencia que haya personas que deseen vender un producto, otros que quieran comprarlo y que no se pueda establecer la transacción económica.

                Entre todos estos desajustes, hay uno sangrante, penoso y que compromete a la humanidad entera. Es el tema de las adopciones. Millones de niños viven huérfanos o en condiciones muy precarias. Unas condiciones que difícilmente podríamos catalogar como humanas. Millones de parejas desearían adoptar niños por razones biológicas (no pueden tener hijos) o humanitarias (nada hay más hermoso que dar futuro y amor a una persona que no lo tiene). Y sin embargo, el mercado de las adopciones está completamente paralizado. ¿Cómo puede ser? 

                Las parejas que han intentado realizar adopciones conocen los inconvenientes que ello conlleva. Los gastos son triples: emocionales, temporales y económicos. Emocionales  por la angustia, incertidumbre y preocupación que conllevan. Muchas parejas se están jugando su proyecto vital. Temporales por la gran cantidad de tiempo que pasa desde que comienzan los trámites hasta que se adopta el niño. Y si al final llega la adopción ya pueden estar bien contentos. Económicos debido a que una adopción supone unos gastos enormes. Unos son entendibles: trámites burocráticos, gestiones para encontrar al niño más adecuado junto con los viajes que se deben realizar al país de referencia. Otros son abusivos, ya que en estos mercados siempre aparecen desaprensivos que se aprovechan de la necesidad de los demás para aumentar sus ganancias.

                Eso sí, cuando aquí se usa la terminología “mercado” somos cautos, ya que no se puede comparar un ser humano con una bicicleta, por ejemplo. Pero en términos económicos el mercado de adopciones es legal, no como en el caso de los órganos, los traficantes de mujeres o las mafias que se dedican a trasladar personas de lugares sin esperanza a otros donde la vida, quizás, pueda ser mejor.

                Existe un tema muy delicado de difícil gestión: el de las mujeres que desean abortar al esperar un hijo no deseado. ¿No podrían tenerlo y acudir al mercado de la adopción? Sabemos que esta pregunta va a generar controversia pero en nuestra opción ganarían cuatro agentes económicos diferentes. Primero y más importante: el niño. Tenemos  una nueva vida humana. Segundo, los padres adoptivos. Tienen el niño soñado. Tercero, la mujer que deseaba adoptar. No tendrá que soportar los traumas que suponen dar fin a una vida, aporta un bien a la sociedad y  aunque sea secundario, gana dinero. Cuarto, el intermediario.

                Insistimos en ello: es un tema de gestión muy complicada. Pero de lo que se trata es de abrir nuevos debates que conduzcan a lo que todos deseamos: desarrollo socioeconómico y un mundo mejor.

                Un problema adicional sería qué tipo de organismo podría hacer todo ello, ya que por definición sería supranacional. Eso sí, su financiación debería de ser muy sencilla: con una pequeña proporción monetaria por adopción sería suficiente.

Por desgracia, tenemos el mismo problema que tenía Henry Kissinger, antiguo secretario de Estado norteamericano, cuando quería ponerse en contacto con Europa.

                ¿A qué teléfono llamo?

                Félix Zubiri Sáenz,  Médico de familia.

Javier Otazu Ojer, Profesor de Economía de la UNED.

CDS (19/25 sept).

                Las personas de cierta edad recordarán las siglas del CDS como el Centro Democrático y Social, partido que fundó Adolfo Suárez después de su dimisión para recuperar su prestigio y reputación. Por desgracia, se ha visto al rebautizar el aeropuerto de Madrid Barajas como el de Adolfo Suárez Madrid Barajas. En este país los reconocimientos acostumbran a llegar cuando ya no estamos en este mundo.

                En todo caso, las siglas CDS se conocen en el mundo de las finanzas como los temidos “Credit Default Swaps”. Warren Buffet los denominó como “armas de destrucción masiva”. ¿A qué se debe tal definición? ¿Son un peligro para el sistema financiero global? ¿Qué cantidad de riesgo soportan realmente?

                Un CDS es un seguro por el que un inversor pretende garantizarse el cobro que le genera un activo financiero en el caso de que la empresa emisora no pueda afrontar el pago que le corresponde. Un ejemplo ayudará a comprender el concepto. Si compramos un bono griego por 1.000 euros a diez años, el gobierno de ese país se compromete a pagarnos cada año los intereses acordados y a devolvernos el principal después de ese tiempo. Sin embargo, si el Estado griego quiebra el inversor pierde todo su dinero. Para evitar ese riesgo, se compra un CDS a un tercero (lo lógico es que sea una aseguradora) y en caso de impago griego, la empresa emisora del CDS será la encargada de pagar el dinero acordado a nuestro inversor.

                Para hacernos una idea sencilla, supongamos que  un CDS griego vale 650 puntos. Eso quiere decir que si nuestro inversor paga el 6,5% de su bono (65 euros adicionales) a la aseguradora, entonces  tiene cubierto su dinero. No parece mala idea, ¿verdad? Además el mercado ordenaría el precio de los CDS. Es evidente que el CDS de un bono griego es más caro que el CDS de un bono francés ya que en el primer caso la probabilidad de impago es mayor. Entonces, ¿qué falla?

                De la misma forma que en el ámbito jurídico todos hemos oído el típico “hecha la ley, hecha la trampa” en el ámbito financiero podemos decir que “hecho el instrumento financiero, hecha la especulación”.

                Para comenzar, se pueden dar dos anomalías asombrosas. Primero, una emisión de bonos de 1.000 millones de dólares puede hacer que se suscriban contratos de CDS por cifras siderales como 20.000 millones de dólares. Segundo, en muchas ocasiones (en especial antes del estallido de la crisis), las empresas aseguradoras tenían una capacidad crediticia inferior a las empresas que pretenden proteger. En otras palabras, ¡¡la empresa que ofrece el CDS es menos fiable que la empresa o país del que hemos comprado el bono!! El caso más célebre es el del hundimiento de la aseguradora AIG, conocida por patrocinar al Manchester United. Al menos, en diciembre del año 2.011 la Unión Europea prohibió la emisión de CDS públicos “desnudos” para evitar que a un bono de un Estado le corresponda más de un CDS.

 

Por desgracia, eso es sólo el comienzo. ¿Cómo funciona la especulación financiera con CDS? De nuevo, un ejemplo servirá como soporte. Supongamos que un fondo de inversión compra 100.000 bonos españoles con sus CDS, a un valor cada uno de 30 puntos, es decir, 30 euros por bono. Pasado un tiempo, el fondo decide vender los 100.000 bonos. Como es una cantidad enorme, el precio de todos los bonos baja, y el mercado piensa que “si se vende tal cantidad de bonos eso es debido a que el Estado español no es fiable”. Otros inversores que tienen bonos españoles se asustan al ver que el precio de su bono ha bajado mucho. En consecuencia, tampoco desean venderlo ya que pierden dinero. Es mejor comprar un CDS para asegurarse el cobro del bono. Pero claro, como muchos inversores piensan lo mismo el precio del CDS se dispara. Supongamos que llega a los 50 puntos. El fondo de inversión con el que empezaba el ejemplo los vende y gana la diferencia, 20 puntos (20 euros) por CDS. Cómo había comprado 100.000, la operación especulativa ha generado dos millones de euros de ganancia. No está mal.

Sí, es increíble que el sistema financiero funcione así. Pero las cosas son como son, no como deberían ser. No obstante, no se vayan todavía. Falta lo peor.

El CDS es un producto financiero correspondiente al mercado de los derivados, es decir, un producto que tiene como referencia un activo real o financiero. El PIB mundial es de unos 70 billones de dólares. El mercado de derivados oscila, según las fuentes, entre 600 y 1200 billones de dólares. Tal horquilla da a entender la transparencia existente: nula.

Unos dicen que un derivado financiero es riqueza, otros dicen que humo. Como todo producto financiero, cuando se desnaturaliza respecto de su objetivo inicial genera efectos secundarios peligrosos.

Hoy en día se critica mucho a los partidos políticos. Sin embargo, el CDS me gusta más como partido político.

Javier Otazu Ojer.

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Cuello de botella (12sept/18sept).

                Dentro de los procesos productivos, se denomina cuello de botella a una parte de dicho proceso que no funciona como es debido y que en consecuencia ralentiza toda la producción. Es evidente que el gestor de una empresa debe impedir este hecho debido al gran aumento de costes que genera.

                Pensemos en los atascos que nos han tocado vivir en las carreteras. Pueden ser debidos a las inclemencias meteorológicas, a la saturación de la vía o a la existencia de algún accidente. Es importante el lugar donde se da el accidente; si es una carretera nacional con un amplio arcén no influye mucho en la conducción, pero si es en un puente puede generar un cuello de botella. El lugar donde se ha producido el percance va a servir para definir el suceso como cuello de botella.

                Personalmente, tenemos un cuello de botella mental cuando tenemos algún problema o preocupación que nos influye en nuestras actividades cotidianas. Como personas que somos nos tomamos las cosas de forma diferente: lo que para unos es gravísimo, para otros no tiene importancia. Pero es difícil que cuestiones como un despido en el trabajo o la aparición de una enfermedad grave propia o de alguien cercano no nos afecten. Sea como fuere, la forma de ver si un problema ha supuesto un cuello de botella es pensar de adelante hacia atrás. ¿Cómo veremos lo que nos pasa hoy dentro de diez años? Si ese problema tiene influencia en nuestro posible futuro a largo plazo, la cosa es grave.

                Por desgracia, existe un cuello de botella peor. El generado en el mercado de trabajo. Múltiples instituciones o empresas siguen con las mismas personas desde hace mucho tiempo. Y los que se jubilan no son sustituidos por nuevos trabajadores: los aumentos de la productividad debidos a la mejora tecnológica hacen que no sean necesarios.

                Un caso claro es la administración. Los funcionarios que se van no son sustituidos por personas nuevas en la misma proporción: puede ser que si se van cinco venga uno. Las excepciones obvias son la sanidad (veremos que ocurre con la teleasistencia en el futuro), la educación (aunque se desarrollan cada vez más clases virtuales por Internet) o  la policía (si no se inventan robots policías que todo se andará). Pero lo mismo ocurre en las fábricas: las personas que se jubilan tampoco son sustituidas por otras en la misma proporción. Incluso profesiones muy arraigadas como la contabilidad, el secretariado o la administración se pueden ver afectadas por los enormes avances existentes en los programas informáticos. Hoy en día existen aplicaciones a partir de las cuales cada gasto e ingreso realizado queda registrado directamente en la contabilidad de una empresa determinada.

                A nivel mediático, en especial en el mundo de la radio y de la televisión, todavía se da un efecto más grave. Las personas que llevan mucho tiempo en los programas han adquirido gran relevancia y acaban pensando que son imprescindibles, de manera que cobran unas cantidades enormes, las cuales drenan ingresos a los jóvenes que desean prosperar en ese mundo. Una figura mediática de la radio y televisión puede cobrar entre dos y tres millones de euros mientras que los becarios que comienzan sueñan, simplemente, con ser mileuristas.   Este efecto se traslada al mundo artístico, en especial el cine o la música. Han pasado años desde la aparición del famoso programa “operación triunfo” y los que permanecen…son los de la primera edición. Sin quitarles ningún mérito, cuesta creer que todos los de ese grupo fuesen tan buenos como para quedarse con todo el pastel, ¿no? Eso sugiere que la fama de este tipo de personas muchas veces viene inducida por los medios.

 Un escritor lo tiene más difícil: ¿cómo publicitar un libro en la televisión? Se puede oír cantar a un artista, y es agradable. Es menos divertido oír la lectura de un libro. Hay otras vías: es inolvidable el éxito de Carlos Ruiz Zafón con “La sombra del viento”, una obra que vendió multitud de ejemplares con el fenómeno del boca a boca.

                Es difícil evaluar la existencia de cuellos de botella en política. A veces da la sensación de que vienen más generados por el equipo que le rodea al líder del partido  que por el líder en sí mismo. Por lo menos los criterios de elección han mejorado con el sistema de primarias, más justos que los anteriores procedimientos “digitales”. Pero sería deseable un límite más claro al tiempo de permanencia….en el mando del  partido. Los líderes que tanto hablan de regeneración podrían establecer un límite a su propia permanencia en la cúpula de su partido para evitar la existencia de cuellos de botella.

Curioso, esto de los cuellos de botella. Un problema de los procesos de producción que se puede trasladar a la mente de las personas, al mercado laboral o a los partidos políticos.

                Necesitamos desatascadores.

                Javier Otazu Ojer.

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TTIP (5sept/11sept).

                El TTIP, por sus siglas en inglés, es un tratado comercial llamado “Asociación transatlántica de comercio e inversión” que están negociando, desde julio del año 2.013, la Unión Europea y los  Estados Unidos. El objetivo principal del mismo es incrementar los flujos de comercio e inversión entre estos dos bloques económicos, los cuales generan el 45% del PIB global y el 60% de la inversión extranjera directa mundial formando  un mercado conjunto de  800 millones de personas.

            Para lograr dicho objetivo se pretende reducir o suprimir tarifas aduaneras, eliminar trabas burocráticas y armonizar en la medida de los posible las leyes (estándares medioambientales y laborales) e impuestos que gravan estas transacciones comerciales.

Curiosamente, la iniciativa de emprender estas negociaciones partió de las grandes multinacionales, no de los parlamentos. La idea era revertir la caída del peso del comercio de mercancías entre Estados  Unidos y Europa, que había pasado del 7,2% del total mundial en el año 1.995 al 4,3% en el año 2.013.

            La cuestión es que el asunto no es muy conocido a nivel público (aproximadamente siete de cada de 10 personas no sabe lo que es) pero ha originado fuertes movilizaciones en otros países europeos. Por ejemplo, están en contra del TTIP ideologías tan dispares como las de Donald Trump (Estados Unidos) y Marine Lepen (Francia), por un lado, y  Podemos o Izquierda Unida por otro. En España se han posicionado a favor el PP, el PSOE y Cuidadanos. A nivel europeo, Alemania y Austria ven ciertos inconvenientes. Gobiernos como el británico o el italiano están así mismo por firmar el tratado pero no lo dicen en voz muy alta.

            ¿Qué tiene este acuerdo que origina unas controversias tan extremas? Según los análisis positivos, su aplicación generaría un aumento del PIB en Europa de 119.000 millones de euros y de otros 95.000 millones en Estados Unidos además de generar dos millones de puestos de trabajo. Para ubicarnos en este contexto, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que sólo eliminar las barreras proteccionistas establecidas por el G20 después del estallido de la crisis en el año 2.008 podría generar un aumento anual del 423.000 millones de dólares al año y generar 9 millones de puestos de trabajo. Según los análisis negativos, podría ocurrir que las condiciones laborales de los trabajadores europeos en empresas norteamericanas fuesen igual que las de allí (Estados Unidos no ha firmado algunos de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo, OIT), que se impulsase la energía fósil en prejuicio de las renovables, que las normas de etiquetado de los productos estuviesen más relajadas y que en consecuencia éstos fuesen menos seguros, que no se respetasen  las denominaciones de origen o que las empresas pudiesen denunciar a los gobiernos de los países en los que operan por oponerse al “libre mercado”.

 Entonces, ¿quién tiene razón? ¿A qué podemos atenernos?

            En temas tan complejos como éste es difícil tener una opinión clara y concisa ya que el diablo está en los detalles, y muchos de ellos no los conocemos. Es decir, habría que hacer un gran estudio: hablar con agentes implicados, leer cómo estaban las leyes antes, cómo van a cambiar y conocer  las áreas económicas en riesgo dentro de  cada bloque comercial. Además, es fundamental emplear parte de las ganancias del tratado en buscar algún mecanismo de compensación para las personas que se queden sin trabajo.

            Al menos, podemos reflexionar acerca de los asuntos más peliagudos, los cuales han originado las mayores protestas en Europa.

            Uno: hay un secretismo muy alto. Las negociaciones tardaron un año en ser conocidas por la prensa. Y aunque la discreción en estos asuntos es normal  (al menos existe una web para ciudadanos interesados), tanto misterio ha generado preocupación. ¿Qué es lo que no se ve?

            Dos: tema de los transgénicos (productos modificados genéticamente) o productos químicos. En Estados Unidos, un producto es bueno para el organismo o el medio ambiente mientras no se demuestre lo contrario. En Europa, un producto es malo mientras no se demuestre lo contrario. Este asunto genera ventaja competitiva para los norteamericanos ya que terminan produciendo bienes a precios más bajos al tener menos exigencias jurídicas.

            Tres: la posibilidad de instaurar tribunales de arbitraje entre el inversor y el Estado (cláusula ISDS) para proporcionar seguridad jurídica a las empresas. Por ejemplo, un Estado no podría cambiar las reglas a posteriori. ¿Puede generar eso un gobierno mundial de multinacionales?

            Entonces, ¿con qué nos quedamos?

            La evidencia empírica demuestra que la liberalización comercial genera expansiones económicas, y para ello bien está que se establezcan negociaciones entre diferentes bloques comerciales a nivel mundial. Y desde luego, cada bloque debe extremar el cuidado para determinar las áreas económicas que puede y debe proteger.

            En todo caso, la conclusión ya se ha comentado en estas líneas pero merece ser, de nuevo, remarcada.

            El diablo está en los detalles.

 

¿Qué? ¿Cómo? ¿Para qué? (29 agosto-4 septiembre).

                Comienza la nueva temporada de septiembre. Nuevos proyectos personales se ciernen sobre nuestras vidas. Y es que el año tiene, en realidad, dos comienzos: el uno de enero y el uno de septiembre, coincidiendo con el curso escolar. Basta ver el mercado de agendas. Si alguien desea comprar una, cubren  dos espacios temporales: pueden comenzar en enero o en septiembre.

                Otras pistas nos dicen también que va a comenzar una nueva temporada. Las ofertas de gimnasios, aparición de colecciones diversas u otras actividades variadas como cursos de aprendizaje. También las competiciones deportivas como la liga de fútbol o de baloncesto, o el comienzo del curso académico son ejemplos válidos.

                Entonces, ¿cómo organizarnos? ¿Cuáles son las pautas adecuadas para estar satisfechos con nuestras vidas cuando llegue el próximo verano? Las preguntas adecuadas son las que nombran el artículo: ¿Qué hacer? ¿Cómo? ¿Para qué? El tema delicado es otro: ¿en qué orden debemos hacernos las preguntas?

                Es útil diferenciar estas preguntas en el contexto político, personal y empresarial. Pensemos en los programas de muchos partidos; todos quieren lo mismo. Disminuir el paro, mejorar sanidad o una educación adaptada a los nuevos tiempos. Sin embargo, cuando profundizamos en los análisis muchas veces falla el cómo.

Por ejemplo, ¿qué queremos? Reducir el desempleo. ¿Para qué? Para que las personas que lo deseen puedan ganar honradamente un salario que les permita tener una vida digna. ¿Cómo lo hacemos? Eso es lo que falla. Las contestaciones suelen ser “políticas activas de empleo”. Pero eso no dice nada ya que esta cuestión está en el “que”, no en el “cómo”. No suele quedar claro cómo hacer dichas políticas. Eso sí, ocurre un hecho relevante. Muchos expertos saben lo que en teoría se debe hacer: ajustar la educación a la demanda de las empresas o hacer otro tipo de contratos. Pero no siempre dicen cómo hacerlo. Y lo más importante, si el cómo es viable. Sobre todo a nivel presupuestario.  Siempre está la frase mágica: “la forma de financiar nuestros proyectos es reducir el fraude fiscal”. En ese principio están de acuerdo todos los partidos, sean de la ideología que sean. Y hasta ahora, nadie ha reducido el fraude en la medida deseada. Por algo será.

                ¿Qué desea una empresa? Ganar dinero. Pero cuidado, no es el único objetivo. Existen empresas que prefieren ganar menos y tener buena reputación social. Para ello, se dedican a la filantropía o incurren en costes adicionales para minorar los daños al medio ambiente. Desde luego, esa reputación puede hacer que más consumidores se animen a comprar bienes o servicios de dicha empresa. Pero hoy en día la mayor parte de los empresarios prefieren ganar menos y tener buena reputación antes que tener fama explotar a los trabajadores. Son las cosas de la responsabilidad social. Y como tendencia, es imparable. Muchas páginas web permiten al consumidor valorar una determinada empresa. Y si un consumidor potencial observa que las evaluaciones son muy negativas preferirá evitar una mala experiencia.

                La pregunta del millón es la misma: ¿cómo logra eso una empresa? Generando valor para la sociedad. Pero de la misma forma que en el caso del empleo, debemos tener cuidado. Generar valor no contesta al cómo. Contesta al qué. El cómo generar valor de forma sostenible es lo difícil. Hoy en día los mercados, como el mundo, son líquidos. Y lo que parece un negocio seguro puede llevarnos, si no nos adaptamos, a una ruina segura.

                ¿Y nosotros, las personas, qué queremos? Sí, la primera respuesta es dinero en tanto lo podemos intercambiar por los bienes que necesitamos para sobrevivir como alimento, bebida, ropa, hogar y hoy en día, teléfono móvil. Ahora bien, si ya tenemos estas necesidades cubiertas es cuando la cosa ya no está clara, ¿verdad?

 Esta pregunta, qué queremos, se contesta con facilidad en las instituciones públicas y en las empresas. Pero la respuesta no está clara en el caso de las personas. Vivimos en un mundo en el que la información bulle por todos lados llenándonos de ruido, ruido y más ruido de forma que no podemos entrar en el silencio donde habitamos nosotros mismos. Para saber el qué, es útil contestar a otra pregunta previa: para qué o por qué.

                Ya hemos llegado al célebre círculo de oro de Simon Sinek, el cual propone el orden adecuado: por qué, cómo, qué. Y como ejemplo modelo se usa la empresa Apple, de Steve Jobs. ¿Por qué de sus productos? Desafiar el pensamiento convencional, hacer las cosas de otra forma. ¿Cómo? Diseño y sencillez. ¿Qué hacemos? Computadores maravillosos para las personas. Este es el orden que supuestamente nos inspira y nos produce nuevas ideas.

                Si pasamos a contestarnos esas preguntas a nivel personal, yo compartiría las dos primeras respuestas de Jobs. La tercera pregunta es, precisamente,  la más personal.

                Comienzos de septiembre. Temporada 2016/2017.

Repartos (22-28 agosto).

                Fiesta de cumpleaños, aquí tenemos el pastel. ¿Cuál es la forma más justa de repartirlo? Ya se sabe: el que reparte y parte se lleva la mejor parte. Desde luego, si sólo hay dos personas es fácil llegar a un acuerdo: una parte y la otra decide que pedazo se queda. Bueno, a lo mejor no es tan fácil: seguro que ante este criterio, nadie querrá partir la tarta. Al menos, eso tiene una solución sencilla: bata echar una moneda al aire para decidirse.

                Gran parte de los problemas que tenemos como seres humanos son problemas de reparto. El primer caso que nos viene a la cabeza es el de las herencias, en el cual el proceso de repartir riqueza puede terminar de partir a una familia. Pero hay muchas posibilidades. ¿De dónde vienen muchos problemas de pareja? Más que de buscar criterios que sirvan para repartir los ingresos económicos,  los problemas vienen de repartir adecuadamente el tiempo. ¿Cómo repartir el tiempo de limpieza, de cuidado de los niños o de padres, de ocio? ¿Se puede intercambiar, por usar un estereotipo muy sencillo, dos horas de compras para la mujer con dos horas de partida de cartas del marido? 

                Los problemas de la empresa son de reparto de los recursos que genera. ¿Cuánto debe ganar el empresario como consecuencia del riesgo que asume? ¿Qué influencia debe tener en el sueldo del gestor y del trabajador la marcha de la empresa? ¿Qué parte de sueldo es fija, qué parte es variable?

                Todas estas preguntas son abiertas y no tienen solución única; pero eso no es relevante. Lo relevante es plantear estas cuestiones a priori. Aunque es complicado llegar a un acuerdo que maximice las expectativas de todas las personas, es posible llegar a un acuerdo satisfactorio para todos si se tiene muy claro desde el comienzo que lo importante es el bien común, sea el de la pareja, la familia o la empresa.

                Si nos planteamos cuál es el reparto más importante, la contestación no admite discusión: el reparto más importante es de la riqueza en el mundo. La intuición nos dice que un desequilibrio de este reparto genera unos trastornos sociales y de convivencia gravísimos. Eso nos lleva a plantear una pregunta semejante a los ejemplos anteriores: ¿qué sistema económico es el que plantea un mejor reparto de la riqueza? La contestación es muy sencilla: el comunismo. Según este modelo, todas personas deberían tener la misma riqueza. No obstante, existen dos problemas. El primero: “en teoría, la teoría y la práctica son lo mismo. En la práctica, no”. El comunismo es un ejemplo claro: históricamente, las élites que lo dirigían tenían unos recursos a los que jamás podía llegar el resto de la población. El segundo problema: no se estimula la creatividad humana. Ya la única forma de progreso ha venido dada por la creatividad en sus múltiples formas: ideas, tecnologías o formas de organización más eficientes para la sociedad.

                Existe un consenso bastante generalizado acerca  de la economía de mercado: es la que más ha contribuido al bienestar humano. La posibilidad de tener recompensas por hacer bien un trabajo y de crear un nuevo producto o servicio ha empujado a millones de seres humanos a dar lo mejor de sí mismos. No obstante una preocupación se cierne sobre estos avances: el reparto de la riqueza que genera. En otras palabras, el aumento de la desigualdad.

                La globalización nos ha llevado a formar un único mercado mundial. Además, la naturaleza de parte de este mercado genera  empresas tienen un poder impresionante ya que la competencia es imposible. Facebook es el ejemplo principal ya que presenta todas las ventajas de la economía en red: más participantes sirven para ampliar los incentivos para que entren otros nuevos. Que un hipermercado tenga más clientes no anima a otros a entrar en el mismo. Que Facebook los tenga sí: es más fácil aprovechar el potencial de la red. Lo mismo ocurre con Instagram, Twitter, Linkdln o  Whatsapp. Por otro lado, las economías de escala (la bajada de coste medio que se consigue cuando se aumenta la producción) han creado fortalezas enormes en Apple, Amazon o empresas relacionadas con la energía, los grandes hipermercados, las telecomunicaciones y las finanzas. Todo esto hace que una gran cantidad de recursos vaya a estas empresas. Además, ésta teoría se comprueba por el lado de la demanda: una familia ocupa la mayor parte de sus gastos en unas pocas empresas.

                Pero los problemas no acaban aquí. Los grandes avances tecnológicos han permitido que ya no sea necesario que trabaje tanta gente, y eso va a generar amplias cotas de paro en el futuro con la distorsión en el reparto de riqueza que conlleva.

                Entonces, ¿todo está perdido?

                No. Siempre nos quedará la creatividad humana.

 Esa que nos permite pasar del qué hay que hacer al cómo hacerlo.

El modelo Fermín Ezcurra (15-21 agosto).

                La vida deportiva continúa. Pasamos de las Olimpiadas a la Liga y tiro porque me toca. Una Liga muy especial para los aficionados osasunistas, que vuelven a disfrutar de ver a su equipo en la primera división. El reciente ascenso rojillo ha realzado con todo merecimiento a su entrenador,  Enrique Martín Monreal. Pero eso no puede hacer olvidar el enorme mérito de la persona que ha logrado que Osasuna siga siendo un club deportivo: Fermín Ezcurra, presidente del club entre los años 1.971 y 1.994. Este hecho es fundamental en el sentimiento de simpatía que genera Osasuna en gran parte de Navarra ya que hace que se perciba como “el equipo de la tierra”. Si el club fuese de un jeque árabe o de un multimillonario extranjero esa sensación de pertenencia no podría ser tan pronunciada.

                ¿Cómo se resume el modelo de Fermín Ezcurra? Muy fácil: “no se gasta más de lo que se ingresa”. Punto final. Muy sencillo, ¿no? Como tantas cosas de la vida, muy fácil de decir, muy complicado de llevar a la práctica. Para comprender este modelo, hagamos un poco de historia.

                A finales de los años 80, la deuda de los clubs de fútbol era gigantesca, de 26.000 millones de pesetas, unos 160 millones de euros de entonces  (31 de diciembre de 1.989) que serían, ajustados por inflación, unos 340 millones de euros hoy.  Tras un largo enfrentamiento entre los clubs, la federación, la Liga y la administración se llegó a un acuerdo a partir del cual se solicitó un plan de saneamiento a partir del cual los clubs recibían dinero de las quinielas a cambio de control económico. Como este plan no dio los resultados esperados, se decidió transformar los clubs en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD) para garantizar una mejor gestión de los mismos. Tan sólo 4 equipos pudieron mantener sus estatus jurídico: Real Madrid, Barcelona, Athletic de Bilbao y Osasuna (recientemente la Unión Europea ha acusado a estos clubs de tener ventajas fiscales y pretende multarles, pero eso es otra historia).

No obstante,  muchos de los equipos de entonces siguieron endeudándose. Osasuna no pudo mantener los resultados deportivos y finalmente Fermín Ezcurra dimitía en 1.994. Era acusado de “mirar sólo la peseta”. Hoy en día, pese a ser SAD, ciudades importantes como Santander o Zaragoza tienen a sus equipos al límite financiero.

¿Es útil el modelo de Fermín Ezcurra hoy?  Claro que sí. De hecho, la política actual del club pretende seguir con este modelo. Ahora bien, ¿por qué no aplicar este modelo a otros órdenes de la vida?

Los libros para perder peso se resumen así: “comer menos y hacer más deporte”. Los de autoayuda, así: “plantea un objetivo y no dejes de pelear por él. Si tienes errores o algo sale mal, aprende de ello y persevera”. Los de obtener la riqueza financiera, así: “no trabajes para el dinero de otro; haz que tu dinero trabaje para ti”. En otras palabras: “no te endeudes, invierte tu riqueza y genera recursos a partir de ella”. Aunque es difícil aplicar esta idea si deseamos comprar un piso, el fondo es muy útil: si tenemos unos ingresos determinados, no tomemos más deudas de las debidas, ya que podemos terminar ahogados.

El término técnico usado en terminología financiera para endeudarse se denomina “apalancamiento”. Muchas empresas que quebraron tenían una deuda que podía ser más de 20 veces la formada por sus recursos propios. Es como si una persona monta una empresa gastándose 10.000 euros y se endeuda por 200.000 euros ¿Es eso sostenible? Claro que no. Y cuidado, que no siempre es malo endeudarse. Si la rentabilidad de una empresa es del 5% y el tipo de interés que paga al banco es menor, tiene todo el sentido del mundo. Pero todo tiene un límite ya que a mayor apalancamiento, mayor riesgo. De hecho, los bajos tipos de interés en los que nos manejamos actualmente pueden estar generando nuevas burbujas.

Claro que a nivel público tampoco se ahorra: los Gobiernos siguen gastando más de lo que ingresan. Incluso recientemente la Unión Europea perdonó una multa a España por saltarse los límites establecidos. Tiene lógica: otros países que habían hecho lo mismo tampoco recibieron sanción. En términos económicos merece la pena endeudarse como país si el crecimiento adicional genera unos ingresos  superiores a los intereses que hay que gastar para financiar la deuda.  Sí, también tiene lógica endeudarse en situaciones de emergencia social. Pero hacerlo de manera perpetua es una ficción que termina pasando factura. El futuro siempre llega.

Un artículo publicado por Josep María Minguella en el periódico “El mundo deportivo” (09/03/15) alaba la gestión de Fernando Roig, presidente del Villarreal, como un ejemplo de eficiencia, seriedad y trabajo futbolístico.

 Lo hace con el siguiente título: “Roig, el Ezcurra del siglo XXI”.

Javier Otazu Ojer.

Ubuntu (8-14 agosto).

                Ubuntu es una palabra del lenguaje xhosa (Sudáfrica) que si bien no tiene una traducción exacta al castellano la podemos definir como “potencial del ser humano para valorar el bien de la comunidad por encima del interés propio”. Por esta razón esta palabra también se considera una regla ética sudafricana que inculca a las personas la idea de que el bien de la comunidad es más importante que el de cada individuo. Así, ideas como “una persona se hace humana a través de las otras personas” o “si todos ganan, tú ganas” son consecuencia de ésta regla ética.

                Es inmediato deducir que a nuestra clase política le falta “Ubuntu”. La dificultad de llegar a acuerdos que logren una gobernabilidad sólida comienza a pasar factura. El  crecimiento económico que se ralentiza y las inversiones se paralizan debido a la incertidumbre; incluso Bruselas puede congelar ayudas que son imprescindibles para diferentes regiones y empresas. ¿Cómo se ha podido llegar hasta aquí? ¿Qué podemos hacer ahora?

                Un chiste sirve para evaluar la diferencia existente en la fiabilidad entre la física y la economía. Mientras que en física tres leyes (las de Newton) explican el 99% de su funcionamiento, en economía son 99 leyes las que explican el 3% de su actividad. No obstante, también hay quien resume la economía en una única ley: “las personas responden a incentivos”. Y es cierto. Se pueden determinar muchos instrumentos de análisis económico como el estudio de la oferta y la demanda, la teoría de agencia, o la teoría de análisis financiero. Todos ellos son corolarios de la regla de oro.

                Entonces, ¿qué pasa? Muy sencillo. Los incentivos de los políticos pueden no encajar con el bien común. Más, aún: se necesita un triple equilibrio entre el interés del político, el del partido en el que se encuentra y el de la sociedad.  Una estrategia puede ser buena para un político (que permanece en su puesto), mala para su partido (que pierde votos en el futuro) y buena para la sociedad (si permite la gobernabilidad). De todo ello trata la teoría de agencia. Incluso para los colaboradores de Pedro Sánchez o de Mariano Rajoy el objetivo principal es que no haya cambio de líder en el partido, ya que en caso contrario lo más probable es que sean relevados de sus puestos. La situación del partido o la del país no es tan  importante.

                Cuidado, ya que  un incentivo para tener  un comportamiento dado no implica que dicho comportamiento se produzca. Es decir, existen políticos que priorizan el bienestar global.

                Conociendo la regla única de los incentivos y el problema de agencia existente en los partidos políticos, podemos introducir mecanismos que permitan aproximarnos al bien común. Vamos a proponer alguno.

 

 

                Uno: que sea imposible la repetición de elecciones. Si no hay acuerdo entre una mayoría suficiente, gobierna la lista más votada. Dos: límite de permanencia en un puesto público; por ejemplo, dos legislaturas. Tres: trabajo de diputado a media jornada. Así personas válidas tienen más incentivos para entrar en el ámbito público. Cuatro: la corrupción no prescribe. Cinco: conocimiento público de las cuentas de las diferentes instituciones públicas hasta el último euro. Seis: limitación en la aparición en los medios de comunicación. Siete: que todas las reuniones con grupos de presión sean conocidas y públicas. Ocho: premiar a los “chivatos” (la Comisión Nacional del Mercado de Competencia lo hace. Cuando varias empresas pactan precios altos la empresa chivata no recibe multa). Con la tecnología de hoy en día, es fácil ser chivato.

                Por supuesto, no hace falta Ubuntu sólo para la política. ¿Cómo evitar las huelgas salvajes? Todos los empleados pueden acceder a las cuentas bancarias de su empresa para conocer su funcionamiento real (sí, esta medida es extrema, pero no hace falta llegar a la luna; la estamos señalando). ¿Cómo evitar el cambio climático? Multas que tampoco prescriban para quien no cumpla las normas básicas de medio ambiente. ¿Cómo evitar más atentados islámicos? Premiar a las personas que vean comportamientos extraños de otras y avisen a las autoridades (algunos países usan el palo, no la zanahoria: utilizan métodos expeditivos contra los familiares de los autores de  los atentados). ¿Cómo evitar el dopaje? Premiando a los chivatos (el matrimonio ruso que ha denunciado el sistema de dopaje de su país está en un lugar secreto de Estados Unidos…pero no les han permitido participar en los juegos). ¿Cómo evitar la sobreexplotación de recursos? De nuevo, con multas enormes. Si la probabilidad de cazar a quien delinque es muy baja, el castigo debe ser muy alto. En caso contrario, la persona tendrá incentivos para delinquir.

                Por último, hay que tener cuidado con los incentivos. Una guardería de Israel introdujo multas para los padres que iban a recoger a sus hijos más tarde y….los padres aún  llegaban más tarde. La razón: no se sentían culpables ya que pagaban por su retraso.

                La multa no era lo suficientemente alta.

El mejor amigo del hombre. (1-7 agosto).

                ¿Quién es el mejor amigo del hombre? ¿El perro, el gato, el lagarto o la serpiente? Según Carlos Rodríguez Braun, un economista y comentarista de gran prestigio, sin duda el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio.

                Para comprender el origen de la expresión debemos acudir a la religión judía, en particular a la celebración de una de sus fiestas más importantes: el Día de la Expiación. En la antigüedad, los judíos sacrificaban dos machos cabríos. Uno simbolizaba la expiación de los judíos. El otro cargaba con los males del pueblo. Este segundo macho era, según la expresión del Antiguo Testamento, el chivo expiatorio. Esta expresión ha permanecido con el paso del tiempo y hoy en día corresponde a una persona, institución o comunidad a la que se otorga la responsabilidad de algo que no ha hecho.

                Existen múltiples ámbitos a los que se puede aplicar esta expresión si bien se debe resaltar que se puede aplicar de forma consciente y otras de forma inconsciente. Vamos a verlo.

                El primer chivo expiatorio de nuestra vida suele ser ese profesor caprichoso que nos suspende ya que “nos tiene manía”. Para que esta expresión sea cierta se deben dar dos condiciones. Primero, sí, que el profesor nos tenga manía. Lo cual no es muy común. Y segundo y más importante que lo primero: que el alumno no estudie. Por mucha manía que nos tenga un profesor, muy subjetiva debe ser la materia de estudio para que nos suspendan por ser muy antipáticos. Existen otras razones que justifican suspensos, por ejemplo, “quedarse en blanco”. Es otra forma de  chivo expiatorio: nadie se queda a cero en un ámbito de conocimiento que domina.

                Esas pautas de comportamiento van dejando una base que se amplifica con el paso de los años. Pensemos en la posibilidad de unas terceras elecciones. ¿De quién es la culpa? Está claro: de los demás.  La expresión “Mi partido es el único que piensa en el país, los demás sólo piensan en su interés propio” la han pronunciado todos los dirigentes políticos. Como decía Sartre, “el infierno son los otros”. Eso sí, lo que enseña esta historia aplicada a la política es que si tenemos un sistema que permite la ingobernabilidad perpetua está claro que ese sistema debe cambiarse. Si no se hace es por una razón: un grupo de privilegiados  puede vivir a costa de los demás según sus intereses espurios. En una democracia del siglo XXI es algo que no se puede permitir. Además, existe una solución ridículamente sencilla. Si después de las elecciones se forma una mayoría cualificada entre varios grupos, que gobiernen ellos. En caso contrario, que gobierne la lista más votada. Y las fechas, fijas. Así se evitan estrategias “electoralistas” por parte de quien está gobernando en un momento dado. Y punto. ¿Por qué no se hace? Muy sencillo; no les interesa el bien común. Como dice la sabiduría popular, no es lo que dices. Es lo que haces.

                Es divertido, el uso de la técnica del chivo expiatorio, cuando llega un gobierno nuevo. Si los indicadores económicos y sociales mejoran, es debido a “las valientes medidas que ha implantado el gobierno”. Si no lo hacen, es debido a “la herencia recibida”. Incluso a veces se llega a culpar a acontecimientos históricos lejanos en el tiempo  y los cuales, si bien pueden tener su peso, no explican de forma fehaciente un indicador económico de hoy.

                No existe ninguna diferencia con un nuevo entrenador de un equipo de fútbol o baloncesto. Si los resultados mejoran, es debido a “los cambios de jugadores y estrategias implantados por el entrenador”. Si no lo hacen, es debido a que el equipo estaba con muy poca confianza o a que no tenía la calidad suficiente para competir a ese nivel. Otras palabras para decir “la herencia recibida”. Este patrón también existe en ejecutivos que se proponen mejorar las cuentas de las empresas o en cualquier tipo de persona que ocupa un nuevo puesto con la responsabilidad de mejorar los resultados anteriores, sean deportivos, económicos o de captación de personas para una institución.

                Además, mentalmente usamos la técnica del chivo expiatorio en muchos indicadores emocionales de nuestra vida. “La culpa de que haya tanto paro es del gobierno”. “La ineptitud del jefe ha originado despidos y me ha tocado a mí”. “Con este calor no se puede trabajar ni estudiar”. “El carácter de mi pareja era insoportable, por eso lo dejamos”.

                En realidad, la técnica del chivo expiatorio se usa a menudo de forma consciente para buscar una solución sencilla a un problema complejo; los populismos (Donald Trump)  lo hacen muy bien. Usada de forma inconsciente, no deja de ser una defensa del cerebro para encubrir la responsabilidad que tenemos en nuestra propia vida cuando no hacemos lo que debemos o no hemos tenido el resultado esperado.

 

                Javier Otazu Ojer.

  Del Cisne Negro a la Antifragilidad (26/31 julio). Conceptos apasionantes.

Nassim Nicholas Taleb es un ensayista, investigador y financiero norteamericano nacido en 1.960 en Amiún, Líbano. No es difícil elegir, entre toda su obra, dos conceptos nuevos que destacan sobremanera en el momento que nos está tocando vivir: el Cisne Negro y la Antifragilidad.

                Un Cisne Negro es un hecho improbable, impredecible y de consecuencias imprevisibles. Taleb se centra en los Cisnes Negros globales, como los atentados del 11 S, la aparición del Estado Islámico o el estallido de la primavera árabe. Los modelos económicos que sirven para realizar predicciones presuponen que las oscilaciones que pueden ocurrir en los fenómenos económicos vienen dadas por distribuciones normales. Para entendernos, eso quiere decir que no va a existir una gran alteración en las condiciones iniciales de la economía global y que por lo tanto “todo va a seguir más o menos igual”. La crítica de Taleb es razonable: estos modelos no tienen en cuenta los Cisnes Negros.  Eso sí, empresas y en menor medida gobiernos tienen hoy en día personas e incluso departamentos  que se dedican a investigar e intuir cuáles son los Cisnes Negros que podrían aparecer en el futuro para así estar preparados en el caso de que aparezcan.

                Ahora bien, me gustaría destacar el efecto del Cisne Negro en nuestra vida cotidiana. De la misma forma que los modelos económicos plantean que “todo va a seguir más o menos igual”, nosotros pensamos lo mismo para nuestras vidas. Por eso ante cambios como una ruptura matrimonial, despedida de la empresa o enfermedad grave de alguien cercano a nosotros, podemos llegar a colapsarnos o en un caso extremo, caer en depresiones.

                Aunque cada uno de nosotros sea un mundo y las circunstancias no sean comparables, pensar en los fenómenos impredecibles que pueden aparecer en nuestra vida y razonar cómo los afrontaríamos puede servir de ayuda cuando llegue ese momento. Y cuidado, que no todos los Cisnes Negros son negativos. Un ejemplo positivo sencillo sería un premio de lotería (un aspecto curioso: los ricos no apuestan prácticamente nada a juegos de azar. Eso sí, existen muchos ricos de las apuestas de otros).

                Pasamos al segundo concepto. Podemos definir Antifragilidad como un atributo para las cosas, personas, instituciones o regiones  que se benefician y prosperan cuando hay volatilidad, azar o desorden. La región más antifrágil es Suiza: una gran cantidad de dinero se ha trasladado allí como refugio seguro.

                Se ha puesto de moda el concepto de resiliencia, denominando así una cosa, persona institución o región que resiste bien los cambios. Para Taleb, resiliencia es un concepto asociado a robustez. Sin embargo, la Antifragilidad es un paso más. Ahora bien, ¿cómo buscar algo antifrágil?

                Comencemos por una paradoja. Nosotros, como personas, somos frágiles: necesitamos un entorno tranquilo, ordenado y previsible. Es normal ya que nos han educado así. Y lo mismo ocurre con las instituciones. Por desgracia, eso no tiene sentido ya que vivimos en un mundo gobernado por la volatilidad, el azar y el desorden.  

                Volviendo a la pregunta anterior, se pueden considerar antifrágiles las empresas de seguridad: a más volatilidad, más ganancia. No es fácil buscar más profesiones antifrágiles. Sí profesiones robustas; las empresas de alimentación, las peluquerías o  farmacias se van a seguir usando cuando exista la incertidumbre, ya que son necesarias para la vida cotidiana. Podrán bajar algo las ventas, pero no cerrarán.  

                ¿Puede ser antifrágil una profesión relacionada con la psicología o el coaching? Posiblemente sí, pero el fenómeno del Cisne Negro hace difícil buscar una profesión “segura” ya que puede dejar de serlo de un día para otro. No obstante, el concepto es importante como un ideal, al estilo de la felicidad. Es difícil llegar a ella, pero bien orientados, la búsqueda de la misma nos proporciona momentos de felicidad.

                El concepto de Antifrágil ayuda a comprender que muchas de las instituciones que nos rodean son frágiles, comenzando por los partidos políticos y llevándonos a las grandes instituciones europeas, las cuales cambian mucho más despacio que los tiempos. Si se trata de buscar preguntas adecuadas, pocas son más pertinentes que ésta: ¿cómo pueden ser más antifrágiles las instituciones en un mundo gobernado por el caos? Observemos que las empresas privadas que responden a esta pregunta son las que tienen más visos de prosperar.

                Y terminamos en nosotros mismos, como personas. Somos frágiles: un pequeño cambio, un despiste, algo inesperado puede transformar una vida que deseamos tranquila y ordenada.

                Busquemos recetas. La primera nos la han dado todos los filósofos: valorar lo que tenemos cada día, no sólo cuando lo perdemos. La segunda: en la medida de lo posible, pensar qué cambios en las circunstancias que nos rodean nos pueden causar un mayor perjuicio para prevenirlas desde ahora. Y la tercera, añadir un poco de aventura, experiencias nuevas y riesgo a nuestra vida.

                ¿Qué otras cosas hacen que nuestra existencia merezca la pena?

El mercado del cerebro humano (18/25 julio). ¿Cómo nos "comen la cabeza"?

Dentro de los diferentes mercados económicos como los  coches, viajes de avión, libros, pisos, acciones o melocotones,  existe uno muy particular. Es el mercado del cerebro humano. Existen diferentes empresas y organizaciones (las cuales pueden ser legales o ilegales) que compiten por adquirir dicho producto. En este mercado tan especial suele ocurrir que la empresa que logre un cerebro lo tenga para siempre, aunque no es seguro. Depende de cada caso.

                Admito que esta introducción puede resultar extraña y cuidado, no es lo mismo cerebro humano que  cuerpo humano. En el segundo caso nos estamos refiriendo a la esclavitud. Según el Indice Global de esclavitud, existen 46 millones de personas en estas condiciones nuestro planeta. Y aunque asociamos esta lacra al Africa Subsahariana, en esta zona del mundo “sólo” hay unos seis millones de esclavos, el 14% del total.

                Aunque existen múltiples atentados en un año, es lógico que nos afecten más cuando más próximos nos resultan, como en el reciente caso de Niza. La clave para poder realizarlos es despojar del nivel de persona humana al enemigo. En el maravilloso libro “El lugar más feliz del mundo”, el exdirector de El Mundo David Jiménez narra, en un reportaje conmovedor, cómo un comando de vietnamitas observa un grupo de soldados norteamericanos reunidos en un claro de selva. Cuando están preparados para dispararles, observan que están leyendo cartas de sus madres. En ese momento, los soldados rompen a llorar. Así, los vietnamitas deducen que los norteamericanos, pese a todo, también son personas y abortan la operación. Por desgracia, el fanatismo islamista no atiende a razones.

                Hoy en día algunas empresas y organizaciones buscan también conquistar cerebros humanos. Y aunque la publicidad es legítima, existen mecanismos para generar nuevas necesidades (o despertar otras dormidas) que podrían ponernos los pelos de punto. Uno de los mayores expertos mundiales en la materia, Martin Lindstrom, lo expone magistralmente en su libro “Small Data” (¡sí!, lo contrario del famoso Big Data).

                Vamos a escarbar en estos casos. Existe un dicho por el cual “es más fácil de cambiar de mujer o de religión que de equipo de fútbol”. Y la realidad demuestra la veracidad de esta afirmación. Es normal; ser de un equipo de fútbol nos sirve para establecer relaciones sociales e incluso para identificarnos personalmente. Romper con el equipo puede equivaler a romper las relaciones sociales vinculadas a nuestro antiguo equipo. Por eso los clubs intentan captar aficionados cuanto antes con ofertas muy buenas para bebés o familiares de socios. Cosas del mercado.

                Una persona que sea fan de una marca posiblemente lo sea para siempre. Aunque la Coca Cola es el ejemplo más paradigmático, existen empresas de ropa deportiva, de moda o perfumerías que han tenido millones de clientes fieles a lo largo de toda su vida. No hace falta pensar mucho para pensar en empresas que cumplen estas características.

                Disfrutamos de una libertad religiosa que no se da en otros lugares del mundo, y eso está muy bien. Pero si pensamos en la religión en términos de mercado, pocas personas cambian de religión. Y en este caso lo más importante es que las religiones infunden unos valores de unión y comunidad muy importantes que tienden a revertir en el bien común. Como siempre, las radicalizaciones extremas no conducen a nada bueno. Y en el caso de las religiones éstas tienden a darse en el caso de las sectas, ejemplo paradigmático de conquista absoluta del cerebro humano por parte de una organización.

                Si pensamos en términos de afiliación, los partidos políticos también son un mercado de estas características. Por eso suele ser muy barato afiliarse a un partido, así se obtiene una fidelización más fuerte. Pero aquí lo relevante es que está mal visto desafiliarse de un partido y a los tres meses cambiarse a otro.  Todos sabemos lo que quiere decir la palabra “chaquetero”.

                Es curioso, ¿verdad? Equipos de fútbol, marcas de las que somos fans, religión e ideología política cumplen las características de estos mercados. Ahora bien, ¿qué tienen en común?

                Estos mercados son parte de nuestra personalidad y la moldean en una relación causa efecto que tiene dos sentidos: yo compro luego así soy; yo soy así luego así compro. No es lo mismo decir que alguien es del Real Madrid, compra en Zara, es católico y del PSOE que decir que alguien es de Osasuna, compra en Mercadona, es agnóstico y vota a Geroa Bai.

                Está muy bien ser de cualquier club, marca, religión o partido. Pero muchas veces nos volcamos en demasía con algunas de estas filiaciones cuando creemos que “lo mío es lo bueno, lo de los demás es lo malo”.

                Si algún día perdemos los nervios en alguna conversación referida a asuntos relacionados con los tratados en el presente artículo, está claro. Hemos entregado nuestro cerebro humano a una empresa o institución.

 

 

Apuestas (11 julio, 17 julio). ¿Cómo funcionan las apuestas?

Supongamos que deseamos apostar al partido de liga Málaga – Osasuna. Sea en una máquina de bar o por Internet, los premios se miden por euro apostado. Si por ejemplo nos pagan 2 euros por la victoria del Málaga, quiere decir que la casa de apuestas valora en uno dividido por dos (0,5; el 50%) la probabilidad de que gane el Málaga. Si paga 3 euros por el empate, haciendo la misma operación (uno dividido por tres da un 33,3%) tenemos la evaluación probabilística de este resultado. Por último, si paga 3 euros por la victoria de Osasuna la valoración es también del 33,3%. Como la suma es de 116,6%, es decir, superior al 100%, la casa de apuestas gana.

                ¿Cuándo se debe apostar entonces? Cuando nuestra probabilidad objetiva es mayor de la dada por la casa de apuestas. Si pensamos que la probabilidad de que Osasuna gane es del 40%, como es mayor que la probabilidad asignada por la casa de apuestas, la técnica estadística del “valor esperado” (por cierto, muy usada en póker) nos aconseja apostar.

                Es posible que mediante las apuestas se esté gestando un problema relacionado con el juego muy grave. Muchos jóvenes apuestan grandes cantidades de dinero vía Internet o máquinas instaladas preferentemente en bares (también las hay en diferentes salas de juego) y se han dado ya casos de adicción. Desde luego, el negocio es rentable. Basten para ello dos datos, uno cualitativo y otro cuantitativo. Casas de apuestas patrocinan potentes clubs deportivos, preferentemente de fútbol. Por otro lado, la facturación de empresas instaladas sólo en Navarra que se dedican a este negocio puede llegar a ser de más de 30 millones de euros. Es preocupante  la falta de responsabilidad en el hecho de apostar.

                Todo ello está relacionado con uno de los problemas más olvidados en España: la adicción al juego.  El alcoholismo, tabaquismo o las drogas tienen más peso en los medios de comunicación, lo cual no necesariamente equivale a más importancia.

                No sólo apostamos en términos deportivos. Se puede apostar por seguir unos estudios determinados, por un viaje al Caribe para pasar las vacaciones, por una determinada pareja o por seguir la dieta del doctor Lechuga. Sólo el tiempo nos dirá si hemos acertado o no. Es así: muchas de las decisiones que tomamos son apuestas. Su resultado depende de aspectos que no están determinados únicamente por nosotros mismos. Por lo tanto, influye el azar.

                Durante el último mes hemos visto dos apuestas en el juego de la geopolítica con diferentes resultados. Comenzamos con el Brexit. Ante los desacuerdos existentes entre la corriente europeísta y la corriente euroescéptica  del partido conservador, David Cameron hizo una apuesta: se jugó todo a un referéndum. Si ganaba, consolidaba completamente su liderazgo en el partido y en la nación. Si perdía, se tenía que ir. Todo o nada. Cameron calibró mal su apuesta. Perdió.

 

                Los militares que conspiraron en el reciente golpe de Estado en Turquía también hicieron una apuesta a todo o nada. Ganar les suponía alcanzar el poder y ser vistos como los salvadores de la patria ante la deriva que, según ellos, estaba tomando su país. Perder les suponía la humillación de por vida ya que serán acusados del mayor mal que puede tener un militar: alta traición. Incluso en Turquía existen voces que están pidiendo la restauración de la pena de muerte en estos casos.

                Cuando el PP perdió las elecciones del año 2.008, muchos dirigentes pensaron que Rajoy no debería volver a ser el candidato. Es otra apuesta. Los que se desmarcan primero son los que más pueden ganar ya que  llevan más camino adelantado. Sin embargo, si hay un parón en esa corriente crítica serán purgados de los puestos relevantes. Mediante una ironía del destino, a Rajoy le salvó uno de los dirigentes (por aquellos tiempos estaba en su esplendor) más vilipendiados del partido debido a la corrupción: Francisco Camps.

                La apuesta más famosa de la historia la hizo Blaise Pascal, intelectual francés del siglo XVII. El dilema es el siguiente: una persona, ¿debe portarse bien, con arreglo a unos valores determinados, o portarse mal? La clave de la solución está en la posible existencia de Dios. Si Dios existe y alguien se porta mal corre el riesgo de arder para siempre en los infiernos. Si Dios existe y alguien se porta bien tendrá el cielo eterno. Sin embargo, si Dios no existe lo mejor es portarse mal, ya que no se deben rendir cuentas a nadie y entonces es mejor sacar el mayor rendimiento posible a nuestra vida en este planeta, sea por el medio que sea.

                Pascal determinó que la probabilidad de existencia de Dios era del 50% y que en ese caso lo mejor era portarse bien ya era muy arriesgado jugarse el infierno eterno.

                Apuestas variadas, ¿verdad?.

 

                Mucha suerte.

La elección (4 julio, 10 julio). ¿Cómo tomamos decisiones?

Todos los días, desde que nos levantamos, no dejamos de hacer elecciones. Las hay muy importantes, las hay triviales. Todas ellas, de una forma u otra, nos van a llevar a configurar nuestro relato personal, ese relato que llamamos vida y que para empezar, tiene dos versiones. Una vendría dada por la vida experimentada, otra por la vida recordada. El primer caso se da en cada momento puntual, el segundo cuando nos dedicamos a pensar en todas nuestras experiencias vividas, las cuales pueden no coincidir con lo que ocurrió en realidad. De hecho, está demostrado que cuando alguien miente cuenta una historia con muchos detalles, los cuales no recordamos si estamos contando la verdad,  ya que nuestro cerebro no pueda procesar la inmensa cantidad de información que entra en el mismo en cada momento del tiempo.

                Respecto de la experiencia recordada, merece la pena indicar dos factores claves. Primero, creemos que el pasado es más feliz de lo que fue debido a que hemos olvidado la incertidumbre que teníamos en ese momento. Por eso algunos pensadores piensan que la felicidad, por definición, es retrospectiva. Segundo, la velocidad de paso del tiempo. Hoy estamos en fiestas de San Fermín, mañana es Navidad. Conforme nos hacemos mayores, tenemos la sensación de que el tiempo pasa más deprisa. Por eso queremos hacer las cosas con más rapidez: al fin y al cabo, sólo tenemos una cosa en la vida. Tiempo.

                Para aprovechar el tiempo que nos queda y del cual desconocemos su duración (Google está gastando millones de dólares en un proyecto que se llama “la muerte de la muerte”) tenemos varios enemigos. Bueno será conocerlos.

                Uno, la procrastinación. Tendemos a empezar todo mañana. Y el mañana no llega nunca. Ya se sabe, “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

                Dos y como consecuencia de lo anterior, la comodidad. Había una vez un perro que se llamaba Horacio que estaba encima de un clavo, el cual en teoría le hacía daño. No se movía del mismo, pese al dolor, por comodidad. A veces es más cómodo seguir incómodo que probar  nuevas experiencias.

                Tres, olvidar la responsabilidad que tenemos sobre nuestras propias vidas. Está muy arraigado en nuestra cultura el hecho de que “ya llegará alguien para arreglar esta situación”. Es una premisa falsa; todo se arregla desde nuestro interior y desde un proyecto común. Cuando la NASA estaba preparando el primer viaje a la Luna, a una mujer de la limpieza le preguntaron a qué se dedicaba. Su respuesta fue clara y directa: “me dedico a preparar la llegada de un ser humano a la Luna”. Eso sí es un propósito. Y existen muchos medios para alcanzarlo, desde limpiar una letrina hasta pilotar una nave espacial.

 

 

                Cuatro, asimilar que la incertidumbre es circunstancial a nuestra vida. Un detalle mínimo nos cambia la vida entera: una llamada inesperada para trabajar en una  empresa que se adapta a nuestro perfil profesional, un encuentro amoroso casual o un despiste conduciendo el coche tienen consecuencias duraderas.

                Conocidos los peligros que nos llevan a malas elecciones pensemos cómo elegir mejor. Basta  comprender el intercambio reiterado tiempo-energía- dinero desde el presente hasta el futuro. Así, cuando trabajamos intercambiamos tiempo y energía de hoy por dinero (y bienestar) futuro. Cuando hacemos deporte intercambiamos tiempo, energía y dinero (si vamos a un gimnasio) por energía futura. Cuando bebemos o comemos en exceso, intercambiamos dinero de hoy a cambio de placer presente y menos energía futura. Todo son elecciones. Todas son legítimas. Pero no dejan de ser un intercambio entre tres conceptos que tienen dos dimensiones, una presente y otra futura.

                Una forma de tener una vida más plena es buscar que estos intercambios generen desarrollo personal sostenible. Aquí cada uno de nosotros debe comprender que está determinado por dos aspectos: sus genes y  el lugar (país, región, comunidad, ciudad, familia, amigos; en otras palabras, contexto) en el que ha nacido. Así podemos reflexionar en profundidad: ¿qué es elegido por mí? ¿Qué ha venido influido por estos aspectos, incluido el momento en el que hemos nacido? ¿Qué está bien? ¿Qué está mal? ¿Me siento libre? ¿Sigo correctamente mi camino?

                Cuando elegimos, carecemos de información completa. Existen cosas que sabemos que sabemos. También hay cosas que sabemos que no sabemos. Por desgracia, sobre todo hay cosas que no sabemos que no sabemos. Además,  desconocemos el futuro. No sabemos cómo van a reaccionar los demás. Incluso no sabemos cómo vamos a reaccionar nosotros en una situación desconocida para nosotros. La vida es así. Incluso a veces, al querer optimizar todo lo que hacemos puede ocurrir que no estemos satisfechos ya que siempre pensamos que podríamos haber tomado otra opción. Es un pensamiento absurdo y peligroso que nos puede llevar al colapso y a la insatisfacción personal.

                Se puede resumir esta exposición con sencillez.

Amigo lector, elige bien. Y después, sonríe.

 

 

El médico y el charlatán (27junio, 3 julio). Brexit.

Una persona tiene una enfermedad grave y no sabe lo que es. Como siempre que un ser humano no está sano, necesita un diagnóstico y una terapia adecuada para curarse. Además, pagará generosamente a quien pueda curarle. Dos personas acuden para realizar esa labor. La primera es un médico de reputación internacional. La segunda, un charlatán. Por supuesto, el enfermo no tiene la información suficiente para distinguir uno de otro. En consecuencia, la única posibilidad que tiene es deducir, a partir del discurso de cada uno, cuál es el médico adecuado. ¿A quién elegiría?

                El médico le puede contar con exactitud a qué se deben las causas de su enfermedad, cuáles son los síntomas de la misma y las posibilidades de curación existentes, cada una de ellas de con sus correspondientes efectos secundarios. Es posible que con los tecnicismos usados el paciente no comprenda muy bien la explicación, pero desde el punto de vista del médico eso no es grave: lo importante es curarle bien. Por otro lado, el charlatán dará una explicación sencilla de la enfermedad, buscará un remedio simple y con una gran persuasión sabrá cómo convencer a nuestro enfermo para curarle. Además, tiene una ventaja: si el enfermo no se cura, no pasa nada. Va a cobrar su dinero igual y además no tiene que asumir ninguna responsabilidad por sus errores.

                En estas condiciones, la normal es que  el enfermo tome partido por el charlatán.

                Es claro que en el mundo de hoy la persona enferma son las sociedades actuales, las dos personas son los políticos, el pago es conceder el poder y todo lo que ello conlleva. Entre los políticos, el charlatán sería el populista (y no sólo el populista) y los médicos, pues no sé dónde están. Basta ver muchas promesas: son, simplemente, imposibles. Eso no es hacer una buena terapia.

                Gran Bretaña ha elegido salir de la Unión Europea después de un referéndum creado por la irresponsabilidad histórica del ya dimitido David Cameron. ¿Qué era mejor para los ingleses y para los europeos? Según los análisis de la mayor parte de los economistas, intelectuales, expertos o políticos quedarse. Basta analizar la evidencia empírica: los países que han formado bloques comerciales con unas reglas razonables siempre han mejorado a medio y largo plazo, aunque inevitablemente haya habido perdedores entre los diferentes agentes económicos (la clave, siempre, es buscar mecanismos de compensación). ¿Qué ha ocurrido? Han ganado los charlatanes, y eso puede tener unos efectos preocupantes en la arquitectura europea. Y no se trata de valorar sólo los efectos económicos, no. Se trata de pensar hacia dónde pueden ir las nuevas campañas.

                El mundo se mueve por la denominada flecha del tiempo, la cual nos ha amplificado la globalización llevándola hasta la revolución digital y la economía colaborativa. Entre otros efectos, existe uno muy curioso: los gobiernos nacionales ya no son tan importantes, ya no puede hacer tanto como parece. Eso es debido a dos factores.

 

Primero, cuando la economía iba bien los ingresos públicos subían; en consecuencia, los gastos públicos también. Cuando la economía se enfrió los ingresos comenzaron a bajar, y como muchos gastos públicos son rígidos (es decir, una vez comprometidos son difíciles de reducir en el tiempo; por ejemplo, la contratación de funcionarios) las cuentas ya no cuadraban. Además, las necesidades sociales aumentan: más esperanza de vida y más personas en paro implican más gasto. Consecuencia, existe poco presupuesto de libre disposición.

Segundo, reequilibrio de poder. ¿Quién es más fuerte, el gobierno de Portugal o Google? ¿Holanda o Amazon? ¿Polonia o Facebook? ¿Austria o Apple? Y eso por no hablar del Banco Central Europeo (BCE) o el Fondo Monetario Internacional (FMI). Hoy posiblemente la persona más poderosa del mundo, aunque es desconocido para el gran público, sea Larry Fink, angelino de 64 años. Es el CEO de BlackRock, la mayor gestora del mundo (más de 4,5 billones, con b de brutalidad, de dólares; los únicos países que generan una riqueza superior a esta cantidad son Estados Unidos, China y Japón). Fink es capaz de cambiar la agenda de cualquier gobernante que se precie. Pues bien, aquí encontramos otra clave fundamental: como regular estas relaciones económicas para evitar dos cosas. Por un lado, que alguien se lleve todo, y por otro,  para evitar desequilibrios sociales, demográficos y medioambientales.

La historia del Brexit es triste y preocupante, ya que nos enseña que se puede hacer, tocando los sentimientos más profundos de las personas, votar algo que no conviene al conjunto de la sociedad. Sí, claro que la Unión Europea necesita reformas. Claro que existen burócratas que ejercen diversas parálisis y que pueden estar acomodados. Pero la solución son esas reformas. En caso contrario, los diferentes bloques comerciales mundiales pueden hacer de la Unión Europea un cementerio de elefantes.

 

En un mundo en el cual el exceso de información genera un ruido en el cual es complicado discernir los patrones ocultos, sólo tenemos una posibilidad: comprender que los médicos, también, somos nosotros.

Moneda social (20-26 junio).

                “Poderoso caballero es don dinero” es un dicho que hemos oído de forma recurrente a lo largo de diferentes generaciones y nadie puede negar su verosimilitud: los múltiples casos de corrupción conocidos en nuestro país, los papeles de Panamá, o el ansia por el dinero que observamos en algunas personas y que retrata muy bien la canción que próximamente oiremos en las fiestas de San Fermín: “todos queremos más, todos queremos más, todos queremos más y más y más  y mucho más…”. En el caso límite, puede ocurrir algo muy curioso: que el dinero posea a la gente. Son las cosas del vil metal;  el que no lo tiene, piensa en cómo conseguirlo; el que lo tiene, piensa en cómo no perderlo.

                Pero no es el objeto de estas líneas hablar de la moneda  de toda la vida, no. La idea es hablar de una moneda que es clave en muchos de nuestros comportamientos y en nuestras compras: la moneda social. Es decir, aquellas actividades que realizamos para mantener o ganar  prestigio y reputación.

                ¿Cuáles pueden ser dichas actividades?

                Para empezar, hay cosas que a veces hacemos aunque no nos apetezca, como algunos tipos de trabajos, compromisos personales o citas sociales. Eso es lógico y normal, no se puede estar todas las horas del día haciendo lo que nos gusta.

                Pero hay muchas actividades o compras que hacemos por el qué dirán; por ejemplo, se puede tener un trabajo que no nos llena debido a que ganamos bien y además nos permite cierta posición social. Es un caso claro de moneda social; no deseamos perder la reputación que nos otorga el puesto.

                Más ejemplos; parejas que no son felices prefieren mantener la relación antes que perder moneda social. Sólo en un caso extremo deciden abandonar la relación. Si en una cena estamos cansados y deseamos ir a casa nos quedamos por moneda social. Exageramos las cosas que nos van bien y minusvaloramos lo que no nos va bien para mantener nuestra moneda social. Aunque no nos guste el fútbol podemos ver un partido entero para así poder comentarlo al día siguiente con los compañeros de trabajo; más moneda social. Ya se sabe que quien no ve el fútbol es el “raro”. En tiempos pretéritos todo el mundo iba a misa ya que no hacerlo repercutía en la moneda social. Hoy se puede llegar a dar el caso contrario; personas que no van a misa o no quieren que les vean allí para no perder moneda social. Si está de moda criticar a la iglesia, a los políticos o a los empresarios seguimos la corriente general para no perder moneda social: es mejor no molestar.

                ¿Qué da mucha moneda social? Salir en la televisión,  tener una pareja o una familia feliz (o al menos aparentarlo), tener un buen coche o ir de vacaciones a un sitio “chic”. Por eso cuando una persona famosa que se ha separado inicia una relación con otra persona decimos que “ha rehecho su vida”. Por supuesto, la frase no tiene ningún sentido. Muchas mujeres maltratadas han rehecho su vida, precisamente, cuando han abandonado a su pareja.

                Desde luego, tener un puesto de relevancia (ser director o presidente de alguna institución influyente, tener poder, ser presentador de un programa de éxito en la radio o la televisión) también es germen de moneda social, aunque también puede ejercer dinámicas psicológicas peligrosas: corremos el riesgo de identificamos personalmente con el puesto de forma que nos parece parte de nosotros mismos.

                Curioso, el caso de los niños. Ellos consiguen moneda social entre los suyos jugando y logrando un alto nivel de maestría en su habilidad escogida, por eso continúan con ella hasta que la dominan. El sacrificio merece la pena ya que pueden enseñar, al final, algo tangible como una medalla, un premio o en algunos casos, algo intangible como es contar las experiencias vividas. A veces lo pasamos mejor contando las vacaciones que en las vacaciones mismas.

                Se han puesto de moda las apuestas. Y la verdad es que son un peligro. Muchos jóvenes apuestan cantidades indecentes de dinero. Personalmente, no entiendo cómo se permite hacer publicidad sin límites de apuestas y no de tragaperras, alcohol o tabaco; sólo la NBA, el baloncesto norteamericano, ha prohibido este tipo de propaganda. Aún quedan competiciones serias en el mundo.

Además de ganar dinero, apostando se puede ganar moneda social. Un acierto que proporcione un pelotazo económico permite contar aquello de “yo ya lo dije”. Y es que es muy difícil que alguien gane una apuesta y no se lo diga a nadie. Por otro lado,  apostar a que el Leicester gana la Primer League o que Osasuna va a subir a primera también genera moneda social desde el punto de vista de adhesión a unos colores.

                Monedas, billetes, moneda social.

                Son necesarias para la vida.

                Pero en su justa medida.

                Controlémoslas.

 

 

                Javier Otazu Ojer.

Nuevas preguntas, viejas respuestas (13-19 junio).

                Si comparamos los temas existentes en los debates actuales y los existentes hace 20 años posiblemente no veremos muchas diferencias. Los asuntos son los mismos, aunque hayan aparecido conceptos nuevos como el “derecho a decidir” (prolongación del tema de los nacionalismos) o la “casta” (siempre se ha hablado de los privilegios de los políticos; lo original sería haberles dado ese nombre aunque nos cuestionemos como Hanna Arendt si la política tiene otro sentido que no sea la libertad).

                En todo caso, los asuntos ya se saben. ¿Se debe profundizar en la reforma laboral?, ¿cómo realizar un pacto educativo, cómo arreglar el problema autonómico?. Más de lo mismo. Y los resultados, problemas de gobernabilidad aparte, serán los de siempre: se cambiará el sistema educativo,  se subirán o se mantendrán los impuestos, entrarán unas personas nuevas, saldrán otras, y a pasar cuatro añitos tranquilos. Y por desgracia, las medidas estarán basadas, en su mayor parte, en ideologías. No en ideas. Y todo ello si no se repiten las elecciones, claro.

                Sin embargo, queremos profundizar en un aspecto capital. Observamos que las respuestas siguen siendo las de siempre, generando la denominada “compulsión a la repetición”. Es decir, volver a  lo que ya se hizo con el peligro de que, además, todo acabe en  malos resultados.  La clave es que las preguntas han cambiado. Analizando este cambio, podemos proponer otras respuestas.

                Nuestra pertenencia a la Unión Europea quita autonomía a las políticas nacionales en dos sentidos. Desde el punto de vista monetario, todo el peso lo lleva el Banco Central Europeo. Desde el punto de vista fiscal, se nos exige cierto rigor presupuestario: de hecho, recientemente el Gobierno español se ha librado de una multa por no cumplir el objetivo del déficit. Además, asuntos poco conocidos como el TTIP (tratado para el libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos) y con gran implicación para todos los agentes económicos se están negociando en la actualidad. Aquí es donde debemos buscar nuevas preguntas: ¿se puede proponer cambios en la arquitectura europea? ¿Qué es necesario exigir a los tratados que influyen de manera real en la sociedad?

                Se denomina uberización al fenómeno de la economía colaborativa. El nombre viene de la empresa Uber, la cual tiene una aplicación que permite, para quien lo necesite, tomar un coche que le lleve a cierto destino a cambio de un precio más bajo que el taxi habitual. Gana el conductor ya que el viaje le sale más barato. Gana el consumidor, que ahorra dinero. Pierde el taxista, que tiene menos negocio. Y pierde el Estado, que recauda menos impuestos.

                Desde luego, la uberización abarca muchos aspectos como las vacaciones (personas que deciden intercambiar sus casas o sus apartamentos) o al tema de compartir posibles aparatos (una vez comprado, un taladro se usa pocas veces). La cuestión, ¿cómo regular este fenómeno imparable?

 

                De la misma forma, la tecnología está revolucionando el mercado laboral. Por ejemplo, el nuevo centro de Adidas, el Speed Factory, será una fábrica en la que brazos robóticos podrán producir zapatos moldeados y personalizados. El último matiz es impresionante, ya que asociamos robots a producción en serie, no a producción personalizada. ¿Cómo podemos hacer menos traumático el cambio tecnológico?

                El cambio demográfico va a originar la quiebra futura del sistema de pensiones. Sencillamente, los números no cuadran. Y en los debates hemos llegado a ver partidos que reprochaban al Gobierno a la vez no subir las pensiones y meter mano a la hucha de las mismas. El debate es inaplazable, el resto son patadas hacia adelante. ¿Se deben fomentar las pensiones privadas? ¿Es mejor subir otros impuestos? ¿Es razonable bajar el pago de la Seguridad Social a los empresarios cuando simplemente no llega?

                Por otro lado, tenemos problemas de gobernabilidad graves. ¿Cómo puede ser que a los partidos les merezca más la pena, a nivel de incentivos, retrasar las elecciones (y seguir sus estrategias egoístas) a ceder el gobierno a otros a cambio de sus medidas?  Existe una solución muy sencilla: si los partidos de la oposición no se ponen de acuerdo, que gobierne la lista más votada. Y más aspectos, ¿por qué no crear la figura del diputado a media jornada?  Así entraría un grupo de personas muy particular: aquellos que no desean sacrificar su carrera profesional. ¿No sería más enriquecedor?

                Más. Debate austeridad  versus gasto. ¿Para cuándo cuentas transparentes? El ciudadano debe conocer el coste futuro de gastar por encima de nuestros ingresos hoy, con el fin de saber si merece la pena hacerlo y tener así razones de juicio. ¿Cómo puede ser que se reproche al gobierno ser austero y a la vez subir la deuda pública?

                Una última pregunta. ¿Es consistente lo que piden los ciudadanos a los políticos, lo que éstos ofrecen y lo que pueden ofrecer?

                Una respuesta: no.

                El resto de respuestas las dejamos para todos.

                       Javier Otazu Ojer. Economista.

 

                      Félix Zubiri Sáenz. Médico de Familia. 

¿Plan de negocio o experimentación? (6-12 junio).

                Los planes de negocio se usan para estudiar la viabilidad de un plan de empresarial a partir de la inversión necesaria para realizarlo. La idea, en esencia, es muy sencilla: si para montar una tienda necesitamos 200.000 euros, la inversión merecerá la pena si la valoración a día de hoy de los beneficios futuros supera el capital inicial. Y punto.

                Ocurre que los planes de negocio tienen un inconveniente: cómo estimar adecuadamente los beneficios futuros. Los gastos de hoy se saben, pero mañana las cosas cambian. ¿Tendré imprevistos? ¿Gustará el producto que voy a ofrecer? ¿Corro el riesgo de que sea una moda pasajera que sólo va a lograr beneficios durante poco tiempo?

                Para evitar este riesgo, se está poniendo de moda la experimentación. Es decir, realizar pruebas con inversiones pequeñas siguiendo la siguiente secuencia: hipótesis, observación, aprendizaje y conclusiones, decisiones y acciones. Sí, es una estructura conocida ya que aparece en muchos libros de autoayuda que nos venden un camino “sencillo” para ser felices. Pero eso es otra historia. Lo que importa en este momento es que se trata de evitar la inversión inicial de 200.000 euros realizando pequeñas pruebas.

                Así, se han ideado herramientas fundamentales para poder realizar estos experimentos siendo la principal el modelo del lienzo (canvas) con su propuesta de valor. Para saber cómo generar valor, es decir, cómo introducir en el mercado un bien o servicio por el que los clientes potenciales estén dispuestos a dar dinero cambio, se usar otra herramienta fundamental: el mapa de valor. En el mismo, se estudia si lo que vamos a ofrecer es necesario para los clientes, si alivia frustraciones o si crea alegrías.

                En el fascinante libro “la propuesta de valor” de Yves Pigneur y Alexander Osterwalder se comparan las diferencias entre el plan de negocio y la experimentación en ámbitos fundamentales para crear una empresa con las máximas garantías.

                A nivel de actitud, un ejecutivo que realiza un plan de negocio tiene un axioma: “nosotros sabemos”. En la experimentación, “los clientes saben”. Continuamos con estas diferencias en otros ámbitos. Proceso: “planificación” o “desarrollo de clientes y Lean Sturp”. Dónde: “oficina” o “fuera de la oficina”. Se centra en “ejecución de un plan” o “experimentación y aprendizaje”. Base de la decisión: “historia pasada” o “hechos y resultados de los experimentos”. Fracaso: “se evita” o “modo de aprender y mejorar”. Números: “asunciones realizadas en hojas de cálculo” o “depende de la cantidad de datos de cada experimento”.

                De todos aspectos nombrados, merece la pena resaltar el tema del fracaso. No en el sentido de caer y volver a levantarse, que está muy visto, claro que no. Me refiero al sentido de pensar todo lo que puede salir mal para estar más preparados para afrontarlo. Pensemos, además de en empresas, en matrimonios. Cuando se hacen los planes, damos por supuesto que todo va a ir bien. Pero conforme pase el tiempo, surgen disputas y problemas que conviene tener en cuenta a priori. Los niños crecen, ¿a qué colegio van? Los costes de la empresa suben, hay un imprevisto grave y se debe arreglar. ¿Cómo repartir los gastos?

                Volviendo al plan de negocio, es también divertido aplicarlo a la vida. ¿Qué es la vida si no otra cosa que experimentación? Además, nos aporta un valor añadido: la posibilidad de aprender a desarrollarnos dentro de nuestro trabajo. Si nos conocemos a nosotros mismos, si sabemos cuáles son nuestras habilidades, cómo es nuestra personalidad y somos conscientes de las actividades que más nos gustan podemos tener la posibilidad de entrar en lo que los expertos de carrera llaman “zona óptima profesional”, saber el tipo de competencias que nos conviene desarrollar y, en cierta manera, no volver a trabajar. La palabra “trabajo” viene del latín trepalium (máquina de tortura). No puede tener una connotación más negativa.

 

                Pero todavía hay más. ¿Y la política? ¿Qué tienden a ofrecer nuestros dirigentes? Un plan de negocio. Los políticos piensan que saben, y saben los expertos de cada asunto general, y cada persona lo que debe hacer con su vida en particular. Las políticas se planifican, y lo razonable sería probarlas y experimentarlas. Las políticas se hacen en la oficina y lo razonable sería tener una mayor interacción con la sociedad. La política está basada en que lo que ha funcionado antes ahora también lo hará, y los tiempos cambian. En la política no se valora la posibilidad de fracaso (además el mayor pago posible es perder las elecciones; un empresario pierde su dinero), y se debería aprender y mejorar constantemente. La política está basada en asunciones, y luego comprobamos que las cuentas nunca cuadran.

                Tenemos mucho que aprender de este paradigma de la experimentación, sí. Nosotros como personas. Las empresas. Y las políticas.

                Mientras los planes de negocio son rígidos, la experimentación es flexible.

                Como la vida misma.

 

                Javier Otazu Ojer.

                www.asociacionkratos.com  Paranoia constructiva (30 mayo, 5 junio).

                Todos los días, a primera hora de la mañana, realizo el acto más peligroso del día para mantener mi integridad física. Entro en la ducha. Cuando salgo de la misma, ya estoy más tranquilo. Un día por delante, una importante dotación de tiempo que intentaré, como siempre, no desaprovechar.

                Como seres humanos, a lo largo del día realizamos diferentes actividades. Unas tienen más riesgo que otras: no es lo mismo estar conduciendo el coche que tomar un café relajante disfrutando de una buena conversación. No obstante, subestimamos los peligros de las actividades que tienen un bajo riesgo y que repetimos constantemente.

                Jared Diamond, catedrático de geografía de la Universidad de California, nos alerta en sus dos últimos libros (“El mundo hasta ayer” y “Sociedades comparadas”) de este tipo de riesgos, y está muy preocupado acerca de cómo los afronta  nuestra sociedad.  Se trata de evitar actividades que cumplen la siguiente característica: “comportan un riesgo pequeño cada vez que las hacemos pero  con el paso del tiempo si las repetimos con la frecuencia suficiente el riesgo acumulado puede llegar a ser mortal”.  Diamond comprendió esta idea  estudiando la actitud de los pueblos tradicionales en Nueva Guinea. Estas personas no se atreven a dormir debajo de grandes árboles ya que existe un pequeño riesgo: los árboles pueden caerse. La probabilidad es muy baja, aproximadamente un uno por mil. Pero si dormimos debajo de uno de estos árboles durante tres años seguidos, estadísticamente es muy difícil que podamos contarlo.

                La actitud para afrontar estos riesgos es lo que Diamond denomina la “paranoia constructiva”. Es decir, cuidar al máximo los detalles de todas las actividades de nuestra vida que tengan un mínimo peligro.

                Muy relacionada con la paranoia constructiva se encuentran los accidentes domésticos. No son noticia ya que se dan a menudo. Sin embargo, son necesarias campañas para abordar los inmensos costes que tienen para nuestra sociedad.

                Por desgracia,  existen casos de personas fallecidas debido a las secuelas que ha dejado una caída en su domicilio familiar. Son casos extremos, pero nos deben alertar para poder realizar todas las actividades de “paranoia constructiva” que pueden minorar estos riesgos. Hay muchas posibilidades: cambiar la bañera por la ducha o instalar materiales que eviten resbalones, no tomar estúpidos riesgos con electrodomésticos (sobre todo si no conocemos su funcionamiento), tener cuidado  con las reparaciones que supongan subir a sillas o mesas (no se trata de no hacerlas, es cuestión de ser consciente del riesgo), si nos gusta el campo tener en cuenta que subir a un árbol tiene también bastante peligro o si nos gusta el deporte no forzar el cuerpo más de sus límites (sea con sobreesfuerzos o con una cantidad excesiva de suplementos alimenticios). La lista es interminable.

                Además, toda esta historia nos enseña cómo funcionan nuestras preocupaciones. Y es aquí donde se debe interpretar una distinción fundamental: la que viene dada por el riesgo y el control.

                Nos preocupan el terrorismo, los accidentes de aviones, las centrales nucleares, la manipulación genética o la posible llegada de refugiados a nuestras tierras. ¿Qué tienen en común? No tenemos ningún control sobre ellas. Sin embargo, no nos preocupa tanto como debería el elevado consumo de alcohol, conducir nuestro coche, una escalera de mano  o salir de la ducha. ¿Qué tienen en común estas actividades? La sensación de control que tenemos sobre las mismas. Es más, pensemos en personas que han tenido accidentes con avionetas, espeleólogos experimentados que se han perdido en simas o aventureros que han fallecido realizando sus aficiones. De nuevo, ¿qué tienen en común? Muy sencillo: son expertos. Curiosamente, llegado a cierto nivel eso comporta un riesgo. Al tener la sensación de control, pensamos que “por un poco más” no pasa nada. Es una sensación humana.

                Para comprender la magnitud de estos efectos, pensemos en los atentados del 11S en Estados Unidos. Ante el temor que existía a volar, muchas personas tomaron la “prudente” decisión de utilizar su coche. Las personas que fallecieron en los accidentes de tráfico  generados por estos desplazamientos adicionales fueron superiores a las que murieron en los propios atentados.

                Relacionados con los pequeños riesgos cotidianos están los hábitos que nos llevan a tener una mejor o peor salud. La gran distancia temporal existente entre la causa (exceso consumo de sal y azúcar, por ejemplo) y el efecto (ataques cardiacos, ictus o diabetes) hacen que hoy no tomemos las medidas más adecuadas poder disfrutar de una mayor calidad de vida futura.

                No usar mecanismos de paranoia constructiva genera  costes enormes: la persona dañada no puede trabajar o la calidad de su vida se resiente, otras personas deben cuidarles, están los costes sanitarios, incluso pueden quedar secuelas de por vida.

                Sí. Un poco de paranoia constructiva es conveniente y saludable.

                Para nosotros y para nuestra sociedad.

 

                Javier Otazu Ojer.

Preocupaciones (16-23 mayo).

                En una reciente encuesta del CIS (centro de investigaciones sociológicas) a una muestra de 2.478 personas una de las preguntas formuladas era acerca de las cuestiones que más nos preocupan.  Desde luego ganaron,  la corrupción y el desempleo. Pero hay datos muy sorprendentes: los asuntos que no nos preocupaban. Es decir, lo que no se ve.

                Proporción de personas preocupadas por la crisis de los refugiados: 0%. Proporción de personas preocupadas por la ausencia de gobierno: 0,6%. Proporción de personas preocupadas por el secesionismo catalán: 0,8%. Proporción de personas preocupadas por la violencia contra la mujer: 1,6%.

Cuando los  diferentes líderes europeos buscan una solución más humana a la crisis de los refugiados, cuando muchos debates en los medios nos machacan con las diferentes opciones de gobierno, cuando seguimos comprobando que siguen existiendo muchos casos de violencia doméstica, ¿cómo explicamos todas estas cifras? ¿No son sorprendentes?

                Meditemos. Para empezar, la forma de hacer la pregunta es básica en las estadísticas. Si nos dicen: ¿te preocupa la crisis de los refugiados? La respuesta es afirmativa. Si nos dicen: ¿cuáles son las cosas que más te preocupan? Entonces, las cosas cambian.

                Eso sí, no hace falta pensar mucho para razonar que la distancia es fundamental. Es decir, lo primero es nuestra situación personal, y así debe ser (al fin y al cabo, el primer amor es el amor a uno mismo) pero quizás olvidamos un poco nuestra conexión con el resto de seres humanos. En todo caso se  observa una contradicción flagrante: queremos solucionar la miseria del exterior obviando la más próxima. Por supuesto que el problema de los refugiados es capital y se debe buscar un reparto más justo de las cuotas, abordar la cuestión desde el origen y todas estas historias y cantinelas que se repiten de forma reiterada. Pero cuando la pobreza y la miseria se encuentran  cerca de nosotros, miramos a otro lado. Es muy bonito hacer declaraciones institucionales pidiendo paz en el mundo. Pero cuando tenemos cierta responsabilidad en lo que ocurre y podemos hacer algo, nos volvemos perezosos.

                Este tipo de problemas son como el famoso cuento del cascabel del gato. Todos queremos saber cuándo viene el gato, pero claro, ¿quién le pone el cascabel? En este caso, el cascabel sería el pago de los costes de la ayuda. Se puede instalar a los refugiados en un piso, sí. Pero un piso ocupado por una persona no puede ser ocupado por otra. O bien el propietario del piso no recibe alquiler. O si el alquiler se lo paga el Estado ese dinero no va a otro lado, por ejemplo, a una ayuda social o a la contratación de nuevas plazas de funcionarios. Quizás la solución pasa por un apoyo a la japonesa: después del gran tsunami que dejó averiada la central nuclear de Fukushima, muchas personas mandaban ayudas a desconocidos para paliar sus necesidades básicas. Y es que sólo hay dos tipos de solidaridad: ofrecer tiempo o dinero.

 

                El tema de la ausencia de Gobierno debería hacer reflexionar….a los medios de comunicación. ¿Cómo puede ser que se dedique tanto tiempo y espacio a todos estos asuntos? ¿No se ha convertido esta política en un cotilleo más? Nuestra vida como sociedad es mucho más rica. Personas que se esfuerzan, que mejoran a los demás, aquellos que han tenido circunstancias que no han podido superar, todos los que tienen algo que contarnos….Sí. Esas son las historias que desearía escuchar más a menudo.

                Respecto del secesionismo catalán, tres cuartos de lo mismo. Es muy sencillo: no se puede instrumentalizar políticamente algo que está dentro de los valores más profundos de una persona. Y ahí entrarían aspectos como su religión o su sentido de pertenencia. En las grandes esferas, estos valores se convierten en intereses personales. Ya se sabe, París bien vale una misa.

                La violencia doméstica también tiene una tasa de preocupación muy baja. Eso genera una conclusión positiva: no afecta a tantas personas como parece. Cuidado; no trato de frivolizar los datos. Cada uno de los casos es un drama, una desgracia y algo indigno e inhumano. Pero pienso que se han realizado campañas adecuadas (que deben continuar) para que las personas que sufren este tipo de violencia se atrevan a dar un primer paso.

                Hay más problemas olvidados: los riesgos geopolíticos, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la desnutrición, el crecimiento de la desigualdad, las mafias, las drogas o las tratas de mujeres.

                Eso es debido a dos razones: nos preocupan las cosas que más nos afectan y nos olvidamos de que hoy en día, cuando vivimos en un único país (nuestro planeta), todo está interrelacionado.

                En consecuencia, cuando suenen las campanas, debemos tener cuidado.

 

                Pueden estar sonando por nosotros.

¿Qué es gobernar? (9-15 mayo).

 

                No se vayan, todavía. Una hay más. Es decir, vuelven las elecciones. Nos espera otra época de debates, comentarios, discusiones, propaganda electoral y todas esas cosas tan conocidas por todos. En fin, así es la política. La cuestión aquí es otra: ¿qué es gobernar? ¿Influyen tanto los políticos? Es muy conocido el caso de Bélgica ya que durante  el tiempo que estuvo sin gobierno disfrutó de un amplio crecimiento económico.

                Propongo definir gobernar como “establecer el marco regulatorio en el que las personas puedan desarrollar todo su potencial creando cauces que permitan una buena convivencia entre los miembros de la sociedad”.

                Esta frase tiene muchas connotaciones. Si deseamos un buen marco regulatorio es prioritario que las políticas se adapten a los nuevos tiempos y costumbres. Temas como el cambio climático, la sostenibilidad de las pensiones (debida al aumento de la esperanza de vida), las nuevas empresas tecnológicas o la aparición  de entidades de economía colaborativa (con una gran influencia en temas como adquirir un hotel para pasar las vacaciones o contratar un taxi) deben ser fundamentales en el debate. Por ejemplo, muchas ciudades europeas están pensando en maneras de aprovechar el análisis de datos o el uso de plataformas digitales para generar un mejor servicio a sus ciudadanos.

                Respecto a desarrollar el potencial de las personas, ¿qué se puede hacer? Hay también muchas posibilidades. La primera y obvia comienza por el sistema educativo, pero cuidado, un sistema que tenga un objetivo primordial: conocernos a nosotros mismos. Un niño que conforme va creciendo conoce sus puntos fuertes, sus puntos débiles, su personalidad y sus habilidades innatas es más consciente de los caminos que le pueden llevar a generar valor para toda la sociedad. Y eso pasa por adquirir las competencias adecuadas: estudiar una ingeniería, medicina o una formación profesional concreta que le permita desarrollarse. Se comenta que debe haber una mayor integración entre la empresa y la universidad. Sí. Se comenta que la educación debe venir de un pacto de Estado. También. Pero se olvida que la clave más profunda es, precisamente, el autoconocimiento de cada ser humano.

                Convivencia. Parece obvio, pero no lo es. Existen aspectos personales como la religión o el sentido de pertenencia a una comunidad (navarro, vasco o español) que son muy delicados. Ahí se debe extremar la precaución en la regulación jurídica, ya que estos aspectos pertenecen a los valores más profundos de cada persona. La historia está llena de enfrentamientos entre diferentes comunidades por estas razones. Pues eso, mucho cuidado.

                Pero la convivencia genera más cuestiones. Por ejemplo, las desigualdades. Se dice que las comparaciones son odiosas. Falso. Lo que ocurre es que las comparaciones son inevitables. No sé si es bueno o es malo, simplemente es así. Está demostrado que una persona prefiere ganar 1.500 euros al mes si su entorno más cercano gana 1.300 euros a ganar 2.000 euros al mes si su entorno gana 2.200 euros. Se supone, claro está, que con ese salario se tienen las necesidades básicas cubiertas. Esto nos lleva a una conclusión muy poderosa: no puede existir un conjunto de personas que se sienta discriminada. En otras palabras, no puede haber un grupo de privilegiados con derechos particulares. Aquí entra el asunto de los papeles de Panamá. No entro en la legalidad de los mismos, el escándalo está por otro lado. Simplemente, los que tienen un salario mínimo (mejor expresado, a partir de un salario “máximo”) pueden llevarse el dinero fuera. Es inadmisible. Cuando oímos que en un país se ha dado una fuga de capitales, no tenemos en cuenta de quién era ese dinero. Sí, de los más ricos.

                Por otro lado, vivimos un único planeta: la tierra. Si lo pensamos fríamente, las decisiones que más nos afectan vienen  de dos sitios. Uno, las grandes organizaciones mundiales como el Banco Central Europeo con su “expansión cuantitativa” o la Unión Europea  estableciendo límites para el déficit público.  Basta recordar el margen de actuación que tenía el gobierno griego que ganó las elecciones: muy limitado. En este caso no hemos ejercido el derecho al voto. Dos, las políticas locales. Basta recordar la controversia que han generado en Navarra aspectos como el PAI, la convocatoria de oposiciones o el pago de la paga extra pendiente a los funcionarios. Aquí, al menos, podemos votar.

                Así, ya podemos contextualizar la campaña que nos espera hasta las elecciones de junio. El interés mediático será muy alto y nos volverán a inundar con debates y ocurrencias. Por desgracia, el interés práctico es muy bajo.

                Y es que cuando volvamos a leer, las pocas personas que lo hacen, los programas electorales, verán lo que prometen: más empleo, sanidad y educación. Difícil, con las limitaciones presupuestarias actuales.

                Sin embargo, es más que eso.

                Es gobernar.

 

                Javier Otazu Ojer. 

TTIP (2-8 mayo).

            El TTIP, por sus siglas en inglés, es un tratado comercial llamado “Asociación transatlántica de comercio e inversión” que están negociando, desde julio del año 2.013, la Unión Europea y los  Estados Unidos. El objetivo principal del mismo es incrementar los flujos de comercio e inversión entre estos dos bloques económicos, los cuales generan el 45% del PIB global y el 60% de la inversión extranjera directa en un mercado formado por 800 millones de personas.

            Para lograr dicho objetivo se pretende reducir o suprimir tarifas aduaneras, eliminar trabas burocráticas y armonizar en la medida de los posible las leyes (estándares medioambientales y laborales) e impuestos que gravan estas transacciones.

 De hecho, en la reciente visita de Obama a Europa, muchos analistas reprocharon al presidente norteamericano estar más preocupado por la negociación del TTIP que otros asuntos como la crisis de los refugiados, los problemas con el IS o los desequilibrios financieros en la Eurozona.

            La cuestión es que el asunto no es muy conocido a nivel público (aproximadamente siete de cada de 10 personas no sabe lo que es) pero ha originado fuertes movilizaciones en otros países europeos. Curiosamente, están en contra del TTIP ideologías tan dispares como las de Donald Trump (Estados Unidos) y Marine Lepen (Francia), por un lado, y  Podemos o Izquierda Unida por otro lado. En España se han posicionado a favor el PP, el PSOE y Cuidadanos. A nivel europeo, Alemania y Austria ven ciertos inconvenientes. Gobiernos como el británico o el italiano están así mismo por firmar el tratado pero no lo dicen en voz muy alta.

            ¿Qué tiene este acuerdo que origina unas controversias tan extremas? Según los análisis positivos, su aplicación generaría un aumento del PIB en Europa de 119.000 millones de euros y de otros 95.000 millones en Estados Unidos además de generar dos millones de puestos de trabajo. Para ubicarnos en este contexto, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que sólo eliminar las barreras proteccionistas establecidas por el G20 después del estallido de la crisis en el año 2.008 podría generar un aumento anual del 423.000 millones de dólares al año y generar 9 millones de empleo. Según los análisis negativos, podría ocurrir que las condiciones laborales de los trabajadores europeos en empresas norteamericanas fuesen igual que las de allí (Estados Unidos no ha firmado algunos de los convenios de la Organización Internacional del Trabajo, OIT), que se impulsase la energía fósil en prejuicio de las renovables, que las normas de etiquetado de los productos estuviesen más relajadas y que en consecuencia éstos fuesen menos seguros, que no se respetasen  las denominaciones de origen o que las empresas pudiesen denunciar a los gobiernos de los países en los que operan por oponerse al “libre mercado”.

            Entonces, ¿quién tiene razón? ¿A qué podemos atenernos?

            En temas tan complejos como éste es difícil tener una opinión clara y concisa ya que el diablo está en los detalles, y muchos de ellos no los conocemos. Es decir, habría que hacer un gran estudio, hablar con agentes implicados, leer cómo estaban las leyes antes, cómo están ahora, los puestos de trabajo en riesgo de cada bloque comercial (más importante todavía es analizar la posibilidad de recuperar a estos trabajadores dentro del mercado laboral) junto con la valoración de las ganancias del tratado para ver si existe algún mecanismo de compensación para los perdedores.

            Al menos, podemos reflexionar acerca de los asuntos más peliagudos, los cuales han originado las mayores protestas en Europa.

            Uno: el secretismo es absoluto. Las negociaciones tardaron un año en ser conocidas por la prensa. Y aunque la discreción en estos asuntos es normal (eso sí, existe una web para ciudadanos interesados), tanto misterio ha generado preocupación. ¿Qué es lo que no se ve?

            Dos: tema de los transgénicos (productos modificados genéticamente) o productos químicos. En Estados Unidos, un producto es bueno para el organismo o el medio ambiente mientras no se demuestre lo contrario. En Europa, un producto es malo mientras no se demuestre lo contrario. Este asunto genera ventaja competitiva para los norteamericanos ya que terminan produciendo bienes a precios más bajos al tener menos exigencias jurídicas..

            Tres: la posibilidad de instaurar tribunales de arbitraje entre el inversor y el Estado (cláusula ISDS) para proporcionar seguridad jurídica a las empresas (por ejemplo, el Estado no podría cambiar las reglas a posteriori). ¿Puede generar eso un gobierno mundial de multinacionales?

            Entonces, ¿con qué nos quedamos?

            La evidencia empírica demuestra que la liberalización comercial genera expansiones económicas, y para ello bien está que se establezcan negociaciones entre diferentes bloques comerciales a nivel mundial. Desde luego,  cada bloque debe extremar el cuidado para determinar las áreas económicas que puede y debe proteger.

            En todo caso, la conclusión ya se ha comentado en estas líneas pero merece ser, de nuevo, remarcada.

            El diablo está en los detalles.

            Javier Otazu Ojer.

            Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

 

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Valores. (25 abril, 1 de mayo).

                Todos los seres humanos tenemos unos valores comunes: salvo casos excepcionales, deseamos un mundo más justo, donde no haya hambre, guerras o esas desgracias que tan a menudo aparecen en los medios.

                Estos valores, ¿nacen o se hacen? En otras palabras, ¿dependen de nuestros genes o de la sociedad que tenemos a nuestro alrededor? ¿Por qué existen personas como estos terroristas del IS a los que no les importa matar a los demás o más aún, morir en el intento?

                Un estudio reciente publicado por la revista Nature valora cuándo los niños comienzan a adquirir sentido de la justicia. El análisis estudia dos escenarios. El primero es el denominado “sentido de la justicia en desventaja”. En el mismo, a cada niño se le ofrecen dos opciones para repartir manzanas con otro compañero. La primera consiste en aceptar una manzana para él y cuatro para su compañero. La segunda, ninguna manzana para los dos. Sin duda, es mejor tener una manzana a no tener ninguna, pero en vista de que esa situación es percibida como injusta prefieren quedarse a cero. Está demostrado que este sentimiento aparece a partir de los cuatro años y que además es independiente del tipo de sociedad en el que nos hayamos criado. Por lo tanto, es innato.

                El segundo escenario se denomina “sentido de la justicia en ventaja”. En el mismo, a cada niño se le vuelven a ofrecer dos opciones. La primera, cuatro manzanas para él y una para su compañero. La segunda, ninguna manzana para los dos. Aquí comienzan las sorpresas. Los niños de las sociedades occidentales (y curiosamente de Uganda) prefieren no quedarse ninguna manzana ya que el reparto les parece injusto. Los niños de otras sociedades eligen quedarse sus cuatro manzanas y dar a su compañero la manzana restante. Además, parece que el sentido de la justicia en ventaja se desarrolla a partir de los ocho años.

                Desde luego, no se trata de juzgar las razones de los resultados obtenidos. Son los que son. Lo importante es comprender que unos valores son innatos al ser humano y otros se educan. La cuestión es distinguirlos.

                Así pues, lo más razonable es educar a los niños en valores que les ayuden a desarrollarse a sí mismo como personas y que contribuyan, a su vez, al desarrollo de la comunidad en la que viven. Sin embargo, hay un problema.

¿Cuál es el deporte rey por excelencia?

                El fútbol. Tiene lógica: incertidumbre, a veces el débil puede ganar el fuerte, emoción, grandes movimientos de masas que generan en la victoria una explosión de júbilo sin igual (basta recordar el mundial de fútbol del 2.010 o algún ascenso del Osasuna). Tiene valores positivos: trabajo en equipo, sacrificio de unos jugadores para que destaquen otros, nobleza o deportividad. Pero por desgracia, tiene dos valores muy negativos: se permite la trampa y la injusticia.

                Un jugador que meta un gol con la mano es un héroe si eso sirve para ganar el partido. Provocar al rival si eso supone que tenga un arrebato para lograr su expulsión no está mal visto. Hacer teatro después de recibir una entrada para lograr una tarjeta en el rival o provocar un penalti a favor también es común. Incluso se pueden ganar torneos de forma injusta: con un gol fantasma o en claro fuera de juego.

                Y eso es lo primero que ven los niños. Verdaderamente, es desolador. Y lo peor: muy negativo para nuestra sociedad. Javier Aguirre, antiguo entrenador de Osasuna, no entendía como en Japón los jugadores lanzaban la falta desde donde lo ordenaba el árbitro en lugar de empujar el balón hacia adelante. Sin duda, cuestión cultural. En unas sociedades está mal vista la trampa, en otras no. Y luego nos quejamos.

                Otros valores son adquiridos por nuestro entorno más cercano: la familia. Un niño educado en una familia de terroristas tendrá unos valores claramente delimitados de por vida a no ser que posteriormente reciba una educación que le haga replantearse incluso su propia identidad. ¿Por qué? Los valores adquiridos en lo más profundo de nosotros son parte de nuestro yo. Por esa razón las terapias para recuperar a los niños soldados de Sierra Leona o de otros países africanos son durísimas.

                Por otro lado, un valor es percibido como tal si no se puede comprar con dinero. Un ejemplo claro: un país tan purista como Suecia ha sido acusado de retirar el apoyo a la independencia del Sahara para que Ikea pueda abrir tiendas en Marruecos. Sí, es difícil buscar cosas que no tengan precio. Poderoso caballero es don dinero.

                Cuando vemos personas influyentes o ricas que han logrado su poder a partir de valores dudosos y además son admiradas, me viene a la cabeza una duda que me plantearon recientemente: “no sé cómo educar a mis hijos. Si les doy buenos valores, el mundo se los comerá. En caso contrario, será más fácil que triunfen. Pero mi conciencia no estará tranquila”.

                Javier Otazu Ojer.

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Libros. (19-24 abril).

                El 23 de abril es el día del libro. La razón por la que se escogió este día es que supuestamente (no existe acuerdo común entre los historiadores) coincide con la fecha de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, en  el año 1.616. Como este año el aniversario es un número redondo (año 2.016),  la celebración es todavía más especial.       

                Un viaje en tren o autobús nos sirve para ver que quizás el libro está en decadencia. La mayor parte de las personas aprovechan estos ratos para consultar sus dispositivos móviles (sí, algunos son libros electrónicos) y el número de lectores es cada vez más escaso. Así pues, ¿por qué no aprovechar este aniversario para revindicar el libro?

                En primer lugar, los libros nos aportan capacidad de reflexión y crítica. Muchos regímenes políticos siempre han tenido la tentación de suprimir todos los libros incómodos para instaurar ideas que persiguen un único objetivo: legitimarse intelectualmente. Muchas bibliotecas han desaparecido entre cenizas, siendo el caso más sangrante  el de la Biblioteca de Alejandría. El 10 de mayo de 1.933 los nazis realizaron una “acción contra el espíritu anti- alemán” mediante la quema pública de libros. Por algo será.

                Sí, es verdad que Internet nos puede proporcionar muchísima información, y en ese sentido el papel de Wikipedia es impresionante. Pero no es lo mismo información que capacidad de reflexión y crítica. Eso lo proporciona un libro, no Internet. Además, no podemos obviar una diferencia fundamental: la mayor parte de las veces, una persona que deja información en Internet no asume ninguna responsabilidad. Sin embargo, quien aporta información en un libro indica sus fuentes para que así el lector tenga confianza en la veracidad de lo que está leyendo. Además, un escritor no puede plagiar obras de otros ya que se expone a problemas legales relacionados con los derechos de autor. En Internet la copia tiene una regulación más laxa.

                En segundo lugar, los libros estimulan nuestra imaginación. Una película como “El libro de la selva” nos aporta la visión del director de la misma. Un libro como “El libro de la selva” nos aporta una visión personal, la nuestra propia. Cada lector se sumerge en su propia aventura. Y es que, ¿acaso no hemos comenzado la mayor parte de nosotros a desarrollar nuestra imaginación con historias como “Caperucita Roja”, “El gato con botas” o “Pulgarcito”? Al fin y al cabo, un cuento no deja de ser el primer libro para los más pequeños, aunque sigan conservando su encanto para personas de todas las edades.

                En tercer lugar, un libro nos aporta una historia. Nos encantan las historias. De hecho, existe una técnica basada en la transmisión de historias  llamada “Storytelling” que la expone  y que, como denuncia el escritor francés Christian Salmon, se puede llegar a usar para manipularnos. Muchos partidos políticos venden storytelling, venden relatos. No hace falta comentar de donde vienen estas historias: “cuando llegamos al poder, la situación económica era peor de lo que pensábamos. No pudimos hacer lo prometido. Tuvimos que tomar medidas dolorosas y aunque las cosas han mejorado, falta mucho por hacer”. “Vivimos en un mundo en el que un grupo de privilegiados lleva años aprovechándose del sistema para vivir del cuento y a costa de los demás. Esa historia va a terminar”.

                Para Ad Week(seminario estadounidense de publicidad) sólo hay siete tipos de historias en publicidad y arte que son: peleas contra monstruos (el débil bueno gana al fuerte malo), renacimiento (se supera una dificultad), búsqueda (un tesoro, un sentido), viaje y regreso (muchas odiseas son así), el pobre se convierte en millonario o se casa con la persona que parecía inaccesible (final feliz), tragedias y comedias. Sin embargo, la imaginación del escritor es rica y todos los años aparecen obras que todavía siguen enamorando a millones de lectores.

                En cuarto lugar, aprendizaje. Leyendo se aprende. Y aunque el escenario más habitual es el ensayo, en una novela nos puede inspirar la fuerza de voluntad o la determinación de los protagonistas. Mediante libros podemos aprender a cocinar, a relajarnos, a meditar o  a invertir en bolsa. Campos tan dispares como la  magia, alimentación, geografía, astronomía, historia, filosofía o la  psicología están en los libros. Las posibilidades son enormes. Además, tenemos la ventaja de que el autor de un libro se ha dedicado a investigar, ordenar, reciclar y dejar lo más importante de su conocimiento en para que el lector pueda sacar el máximo provecho del mismo.

                Por último, los libros proporcionan desarrollo personal. Muchas personas se arrepienten, con el paso de los años, de no hacer más deporte, de no haber estudiado una carrera determinada o de haber estado demasiadas horas viendo la televisión. Desde luego, también existen personas que se arrepienten de no haber leído más.

                Sin embargo, pocas personas se arrepienten de haber leído demasiado.

                Amigo lector, pon un libro en tu vida.

 

 

Cultura del enfrentamiento (11-17 abril).

 Historia de la humanidad en general, de España en particular.

            ¿De qué eres? ¿De izquierdas o de derechas? ¿Del Real Madrid o del Barcelona? ¿Creyente o no creyente? ¿Taurino o antitaurino? ¿Del PP o del PSOE? Si estás en contra de la vieja política, ¿con quién comulgas más? ¿Podemos o Ciudadanos?

          Sin duda, la mayor parte de los lectores se habrán apuntado a alguno de estos dos grupos. Recuerda a la célebre cita de Antonio Machado acerca de las dos Españas, ¿verdad? Además, dentro de estos grupos, a menudo se cumple un principio: los míos son los “buenos” y los otros, los “malos”.

            Todo esto nos lleva a formular una pregunta que me parece muy pertinente: ¿no existe una cultura del enfrentamiento demasiado arraigada en nuestro país? Es evidente que eso no es bueno, ya que fomenta división, sectarismo y hace más difícil la creación de un proyecto social conjunto dentro de las diferencias, las cuales siempre son necesarias y fundamentales.

            Comencemos por un aspecto social, las discusiones. No es lo mismo un debate que una discusión, ya que hay una diferencia fundamental. En un debate las personas intercambian ideas y conocimientos de manera que la visión de una puede modular y mejorar la visión del otro lado, incluso puede hacerle cambiar de opinión (personalmente, no me gusta la expresión “cambiar”; prefiero indicar “modular”  la opinión). ¿Quién no ha cambiado de opinión por desconocer algún detalle relevante del asunto debatido?

            En otras palabras, en un debate las personas pretenden aprender. En una discusión, imponer. Es esa la razón por la cual es imposible ganar una discusión, incluso teniendo razón. La idea es simple. Una argumentación puede ser irrebatible para la otra persona, la cual llegado un momento dado puede verse sin salida. Pero admitir su derrota es también una humillación personal (en especial si la discusión ha estado “adornada” por descalificaciones hacia la otra parte) y en consecuencia la relación entre las personas puede verse deteriorada. Desde este enfoque, lo que vamos a ver en la campaña electoral que se avecina está claro: discusiones, no debates para buscar consensos comunes.

            Esta cultura del enfrentamiento hace que muchas veces estemos más en contra de un lado que a favor de otro, lo cual tampoco es bueno, ya que nos habituamos a alegrarnos del mal ajeno. Desde el punto de vista del apartado futbolístico una anécdota ilustra esta idea. Hace años, cuando el Barcelona o el Real Madrid jugaban en Europa la mayor parte de los aficionados de un equipo preferían que el otro ganase, al ser un equipo del mismo país. Hoy en día, las cosas han cambiado. La mayor parte de los aficionados del Barcelona quieren que el Real Madrid pierda en Europa y viceversa.

            Esto nos lleva a otra idea, ¿quién gana con éstos enfrentamientos?

            Sin duda, las partes implicadas en los mismos. Al fin y al cabo, una parte no es nada sin la otra. Esa es la razón por la que en España se venden tantos periódicos deportivos. Pero el deporte, deporte es. Más importantes son nuestras normas de convivencia, las cuales vienen marcadas por los partidos políticos mediante leyes y la sociedad civil mediante costumbres.

          El enfrentamiento secular entre partidos alimenta muchos negocios: debates en los medios de comunicación (muchos tertulianos viven así) o  colocación de asesores afines en cargos influyentes en la vida de la comunidad son los más claros, sin olvidar otros aspectos como prebendas o influencia social

            Así, hemos establecido un nuevo tipo de mercado económico: aquel en el que una parte necesita a la otra para sobrevivir. Y eso que puede ser bueno al estimular la competencia (mercado de la aviación, Boeing y Airbus) origina incentivos perversos en otros mercados, en especial en el de la política (¿cuántas ideas innovadoras hemos escuchado?)

            ¿Cómo podríamos arreglar eso? Buscando aproximaciones a las soluciones de los problemas ya que no se puede contentar a la vez a todo el mundo. Valorando aspectos nuevos como la tecnología aplicada a la medicina, el auge de la economía colaborativa o la sostenibilidad a medio plazo de las pensiones en el marco de la sociedad civil y de la política. Comprendiendo que una opinión modulada es una opinión mejorada. Y desde luego, teniendo claro que nadie posee la razón absoluta.  

            Terminaremos en el principio. ¿Izquierdas o derechas? Depende del tipo de problema y del enfoque aplicado. ¿Real Madrid o Barcelona? A gusto, o disgusto, del consumidor. ¿Creyente o no creyente? Eso depende, principalmente, de la educación. Podemos repensarlo. ¿Taurino o antitaurino? Con imaginación, existen opciones comunes. Y por supuesto, no pasa nada por cambiar de lado. Es parte de la evolución humana.

            Estamos acostumbrados a ver enfrentamientos y más enfrentamientos de manera que aquellos que los fomentan salen ganando. ¿Por qué no premiar a los que buscan entendimientos y caminos comunes?

            No existe otro camino para avanzar.

 

            Javier Otazu Ojer.

Atención y concentración para fluir. (4-10 abril).

Pues eso, qué debemos hacer para fluir. 

                Según un informe del Foro Económico Mundial, ya pasamos más tiempo en Internet que durmiendo. Sí, indudablemente estamos viviendo un cambio de paradigma que nos va a trasladar a la denominada “economía dela información” ya que además de intercambiar bienes y servicios por dinero también entran en el mercado aspectos nuevos como las redes sociales, el tiempo en la red, el consumo colaborativo o la transacción de diferentes tipos de archivos de un usuario a otro de manera gratuita. Todo ello nos lleva a usar Internet durante más tiempo.

                Parte del tiempo invertido en la red está bien usado: puede ser una actividad laboral, entretenimiento o una manera conocer las noticias más importantes del día. Por supuesto, también se pierde tiempo, pero eso no tiene por qué ser malo: como seres humanos que somos no podemos tener una eficiencia temporal del cien por cien.

                Lo negativo es que si al peso de Internet le añadimos los diferentes avisos recibidos en el móvil como whatsapps, correos o llamadas (menos común) se está generando un problema: falta de atención y de concentración en otras actividades. Y eso es muy grave. Nos quita felicidad, nos hace ser menos efectivos y nos genera dependencia tecnológica. Incluso un estudio reciente vinculaba manejo de redes sociales (donde la gente parece más feliz de lo que es) con depresiones. Más aún: el excesivo manejo de dispositivos móviles ha hecho que los niños tengan los dedos pulgares más desarrollados que las personas mayores. Cosas de la evolución.

                Muchos accidentes de tráfico son debidos a las drogas, el alcohol, el exceso de velocidad, otro tipo de imprudencias humanas o a otros aspectos exógenos a la persona como el estado de las carreteras, una mala señalización o un problema mecánico. De un tiempo a esta parte podríamos añadir una causa más: accidentes debidos a la falta de atención generada por el teléfono móvil. Existen casos de personas que han tenido accidentes por ir a mirar un mensaje o por ir a recoger el móvil que, después de una maniobra brusca, había caído al suelo.

                Mihaly Csikszentmihalyi es posiblemente la persona más influyente dentro del ámbito de la psicología positiva. Su obra más famosa, “Fluir”, es un clásico. Después de muchos años de investigaciones para comprobar las razones por las que unas personas son más felices que otras encontró un patrón común: la actitud consistente en  prestar atención y estar concentrados en la actividad que estamos realizando en ese momento (que Csikszentmihalyi denominó como “fluir”) se repetía una y otra vez. Y ese patrón era independiente del tipo de actividad: podía encontrarse en el trabajo, realizando deporte, de vacaciones o leyendo un libro. Así, se dedicó a investigar el contexto que permite a una persona fluir en todo su esplendor y para eso descubrió que era necesaria una consistencia entre nuestras habilidades y nuestros desafíos. Por ejemplo, si el desafío es bajo y nuestra habilidad alta, nos aburrimos y nos relajamos. En caso contrario, si el desafío es alto y nuestra habilidad baja, tenemos ansiedad y preocupaciones. Un desafío bajo y una habilidad baja generan apatía.  Cuando el desafío y la habilidad tienen un nivel alto, entonces sí, fluimos.

 

                La evidencia empírica demuestra que la teoría es cierta. Y para muestra, nosotros mismos. Si pensamos en momentos o épocas de nuestra vida en las que éramos más felices el patrón es evidente. Incluso se comprueba fácilmente por el método  de “reducción al absurdo”: es difícil ser feliz en un concierto de música si estamos pensando en algún problema familiar o laboral mientras estamos allí. En consecuencia, sólo podemos ser  felices  si estamos concentrados en el  concierto.

                Continuando con esta lógica, estar pendientes de los aparatos inteligentes que llevamos en el bolsillo disminuye nuestra felicidad. Incluso parte de las capacidades de nuestro cerebro como el cálculo o la memoria las “trasladamos” al móvil ya que “para eso está”. Corremos el riesgo de que al final, el teléfono móvil sea más inteligente que el órgano que tenemos dentro del cráneo.

                Así,  comienzan a existir restaurantes donde está prohibido usar el móvil. En algunos trabajos también se prohíbe su uso. En cada vez más centros educativos sólo está permitido usar el móvil como soporte para un posible aprendizaje; por ejemplo, el manejo de alguna aplicación informática que nos pueda ser útil.

                Sin embargo, otras veces la responsabilidad es nuestra. Por eso sería útil desconectarnos cada cierto tiempo, usar unos momentos muy puntuales para contestar correos y emails o no salir del trabajo mirando el móvil para evitar caernos por las escaleras. En definitiva, deberíamos  tomar actitudes que permitan aumentar nuestra atención y concentración.

                Y es que Charles Dickens tenía razón: “nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema a la vez”.

                Javier Otazu Ojer.

 

                www.asociacionkratos.com

¿Cómo se "come el cerebro" a las personas para que puedan hacer ciertas salvajadas?

La radio de las mil colinas (28 de marzo, 3 de abril).

                Ruanda, año 1.994. La radio de las mil colinas se dedica a incitar  a sus oyentes contra los tutsis y los hutus moderados. El resultado es tristemente conocido: murieron cientos de miles de personas a machetazos. Ni siquiera hicieron falta artilugios más sofisticados. Así fue la historia. Y ya se sabe: aunque la historia no se repite, rima.

                Es posible que esta radio de no fuese la única culpable del genocidio ruandés, pero hoy en día sus líderes (Juvenal Habyarimana y  Jean Bosco Barayagwiza) están condenados a cadena perpetua. Y desde entonces, cuando un medio de comunicación realiza una campaña muy radical contra un grupo de personas o instituciones se le dice aquello de que “parece la radio de las mil colinas”.

                ¿Qué existe en la cabeza de personas que se dedican a realizar actos tan salvajes como los recientemente vividos en Ankara o de manera cotidiana en muchos países musulmanes? Existen dos fases.

 Primero, debe darse el contexto que sirva para poder captar a una persona en el ámbito territorial (por ejemplo, el barrio de Molenbeek en Bruselas o la escuela de Al Mukmin en Indonesia) y en el ámbito emocional (perspectivas vitales con una gran incertidumbre, escala de valores difusa y fácilmente permeable).

Segundo, el trabajo mental sobre cada persona. Las características principales pasan por la despersonalización de la víctima potencial. En Ruanda se denominaba a los tutsis como cucarachas. Cuando se identifica al otro como un animal despreciable matar no cuesta tanto. Y tan importante como lo anterior es la sensación de pertenencia. Un ejemplo de ello es muy curioso: la existencia de novatadas en los colegios. Cuando alguien ha superado esas “pruebas” ya es del grupo y entonces el coste de salirse del mismo es mucho mayor. Lo mismo ocurre en el ámbito de la violencia, como demuestra un célebre estudio que buscaba comprender la razón por la que en la Segunda Guerra Mundial padres de familia que llevaban una vida aparentemente normal se dedicaban a fusilar y gasear judíos en los campos de concentración con toda la tranquilidad del mundo. Todos daban la misma razón: “no podía fallar a mis compañeros”.  Así, todos los que tienen dudas acerca de si lo que hacen es correcto se escudan en su pertenencia al grupo.

Eso sí, esto no explica las causas por las que personas europeas deciden enrolarse en el IS (Estado islámico). Para ello, podemos analizar las razones  que nos explica el danés Morten Storm, un antiguo yihadista: “en el norte de Europa, la red social y familiar no es muy fuerte y el Islam atrae a la gente porque les da estabilidad social y la oportunidad de ser parte de una gran familia. En Europa hemos perdido nuestra identidad: nos hemos convertido en americanos, en capitalistas, superficiales….falta una cultura propia y eso conduce a la gente al Islam”. Así, Morten se enroló en el islamismo radical: “Éramos los únicos seguidores del único camino. Los demás se habían extraviado. Esa visión te hacía sentir muy poderoso”. Posteriormente, esta persona comenzó a dudar: “Sentí que mis 10 años como salafista habían sido una pérdida terrible, que había sido engañado, y que otros seguirían mi destino a menos que se detuviera a esta gente”. A partir de aquí, Storm comenzó a colaborar con la inteligencia occidental.

Este párrafo es una selección de entrevistas realizadas a Storm para promocionar un libro (Mi vida en Al Qaeda) y encierra tres lecciones fundamentales. Primero, las estructuras familiares y sociales importan. Segundo, cómo nos ven y cómo se ven. Nosotros somos unos “depravados” que dedicamos la vida a la comida y a la bebida sin pensar en ninguna otra trascendencia ni propósito. Ellos se ven como los elegidos. Tercero, la única forma de salir de éste ámbito es pensar por uno mismo dudando de todo lo que vemos aunque para eso es obligatorio perder el miedo: tus compañeros del alma van a pasar a ser enemigos acérrimos.

Es vital comprender la fuerza del contexto y el trabajo mental sobre cada persona, basado en despersonalizar al enemigo y a cada militante, puesto que no les importa perder lo único que tenemos: la vida. Son tan sólo partes del grupo y fuera de él no valen nada. Escuchan la “radio de las mil colinas” todas las horas, en todos los sitios.

Así podemos aproximarnos a buscar formas para encauzar este problema, y estas pasan por crear estructuras sociales y familiares sólidas, enseñar a las personas a dudar, dudar y seguir dudando y  trabajar sobre los centros educativos en los que se puedan introducir ideas más radicales. Las soluciones militares se las dejamos a los entendidos.

 En definitiva, nos toca aprender a sobrellevar una incertidumbre adicional a todas las que ya teníamos. Nuestros vecinos pueden ser oyentes de alguna frecuencia de la radio de las mil colinas.

 

Javier Otazu Ojer.

Este artículo fue escrito la víspera de los atentados de Bruselas...no fue publicado debido a que en un sólo día no era válido: el Estado Islámico volvía a preocuparnos...

Preocupaciones (21-27 marzo).

                Encuesta del CIS (centro de investigaciones sociológicas) a una muestra de 2.478 personas. ¿Qué es lo que más nos preocupa? Desde luego,  la corrupción y el desempleo. Pero hay datos muy sorprendentes: los asuntos que no nos preocupan.

                Proporción de personas preocupadas por la crisis de los refugiados: 0%. Proporción de personas preocupadas por la ausencia de gobierno: 0,6%. Proporción de personas preocupadas por el secesionismo catalán: 0,8%. Proporción de personas preocupadas por la violencia contra la mujer: 1,6%.

                En unos días en los que se han reunido los diferentes líderes europeos para buscar una solución más humana a la crisis de los refugiados, cuando muchos debates en los medios nos machacan con las diferentes opciones de gobierno, cuando la Generalitat catalana aprueba diferentes leyes de conexión, cuando seguimos comprobando que siguen existiendo muchos casos de violencia machista (no podemos olvidar, aunque la proporción sea menor, la violencia en sentido contrario)….¿cómo explicamos todas estas cifras? ¿No son sorprendentes?

                Meditemos. Para empezar, la forma de hacer la pregunta es básica en las estadísticas. Si nos dicen: ¿te preocupa la crisis de los refugiados? La respuesta es afirmativa. Si nos dicen: ¿cuáles son las cosas que más te preocupan? Entonces, las cosas cambian.

                Eso sí, no hace falta pensar mucho para razonar que la distancia es fundamental. Es decir, lo primero es nuestra situación personal, y así debe ser (al fin y al cabo, el primer amor es el amor a uno mismo) pero quizás olvidamos un poco nuestra conexión con el resto de seres humanos. En unos días en los que algunos ayuntamientos deciden eliminar como protesta las banderas de la Unión Europea, observamos una contradicción flagrante: queremos solucionar la miseria del exterior obviando la más próxima. Por supuesto que el problema de los refugiados es capital y se debe buscar un reparto más justo de las cuotas, abordar la cuestión desde el origen y todas estas historias y cantinelas que se repiten de forma reiterada. Pero cuando la pobreza y la miseria se encuentran  cerca de nosotros, miramos a otro lado.

                Es muy bonito hacer declaraciones institucionales pidiendo paz en el mundo. Pero no deja de ser la ayuda del tío Gilito: “apoyo, todo. Dinero, nada”.

                Este tipo de problemas son como el famoso cuento del cascabel del gato. Todos queremos saber cuándo viene el gato, pero claro, ¿quién le pone el cascabel? En este caso, el cascabel sería el pago de los costes de la ayuda. Se puede instalar a los refugiados en un piso, sí. Pero un piso ocupado por una persona no puede ser ocupado por otra. O bien el propietario del piso no recibe alquiler. O si el alquiler se lo paga el Estado ese dinero no va a otro lado, por ejemplo, a una ayuda social o a la contratación de nuevas plazas de funcionarios. Quizás la solución pasa por un apoyo a la japonesa: después del gran tsunami que dejó averiada la central nuclear de Fukushima, muchas personas mandaban ayudas a desconocidos para paliar sus necesidades básicas. Y es que sólo hay dos tipos de solidaridad: ofrecer tiempo o dinero.

                El tema de la ausencia de Gobierno debería hacer reflexionar….a los medios de comunicación. ¿Cómo puede ser que se dedique tanto tiempo y espacio a todos estos asuntos? ¿No se ha convertido esta política en un cotilleo más? Nuestra vida como sociedad es mucho más rica. Personas que se esfuerzan, que mejoran a los demás, aquellos que han tenido circunstancias que no han podido superar, todos los que tienen algo que contarnos….Sí. Esas son las historias que desearía escuchar más a menudo.

                Respecto del secesionismo catalán, tres cuartos de lo mismo. Es muy sencillo: no se puede instrumentalizar políticamente algo que está dentro de los valores más profundos de una persona. Y ahí entrarían aspectos como su religión o su sentido de pertenencia. En las grandes esferas, estos valores se convierten en intereses personales. Ya se sabe, París bien vale una misa.

                La violencia doméstica también tiene una tasa de preocupación muy baja. Eso genera una conclusión positiva: no afecta a tantas personas como parece. Cuidado; no trato de frivolizar los datos. Cada uno de los casos es un drama, una desgracia y algo indigno e inhumano. Pero pienso que se han realizado campañas adecuadas (que deben continuar) para que las personas que sufren este tipo de violencia se atrevan a dar un primer paso.

                Hay más problemas olvidados: el Estado Islámico, los riesgos geopolíticos, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la desnutrición, el crecimiento de la desigualdad, las mafias, las drogas o las tratas de mujeres.

                Eso es debido a dos razones: nos preocupan las cosas que más nos afectan y nos olvidamos de que hoy en día, cuando vivimos en un único país (nuestro planeta), todo está interrelacionado.

                En consecuencia, cuando suenen las campanas, debemos tener cuidado.

 

                Pueden estar sonando por nosotros.

¿Cómo afrontar la realidad de nuestra vida?

Problemas y soluciones (14-20 marzo).

            Recuerdo unos alumnos que se quejaban de un ejercicio de un examen que no se podía resolveré con los datos dados. Es decir, la solución del problema planteado era que no tenía solución. La protesta era razonable: ¿cómo nos pueden plantear un problema así?

            Desde los tiempos de la escuela, la mayoría de los problemas que nos plantean tienen una única solución. Es como si un enunciado A nos llevase a una respuesta directa B. Sin embargo, eso no siempre es así. En la vida real, muchos problemas no tienen solución. Nos lo recuerda aquel sabio al cual cuando le pedimos que nos aconseje sobre los problemas existentes en nuestra vida nos contesta así: “si tu problema tiene solución, ¿de qué te quejas?. Si tu problema no tiene solución, ¿de qué te quejas?”. Eso sí, a nuestro querido sabio le pediríamos una última ayuda: distinguir los problemas que tienen solución de los que no la tienen.

            Sin embargo, no es suficiente con todo ello. Existen cuestiones que tienen más de una solución. Además, según se apliquen una serie de personas van a salir más favorecidas que otras. Podemos afirmar que aquí es donde está la clave de toda esta historia. Y en ello radican los problemas de los que tanto se habla ahora: los problemas económicos. ¿Cómo solucionar el paro, la educación, las listas de espera, y tantas otras cosas que tanto nos preocupan?

            Por desgracia, muchas de las promesas electorales que escuchamos son totalmente falsas. No existe una solución para todos estos problemas, y eso es debido al concepto económico del coste de oportunidad: los recursos son escasos. Arreglar el problema de las listas de espera contratando más especialistas sanitarios supone no mejorar la educación ya que necesitaríamos más contrataciones de profesores y no queda dinero para ello. Por eso los programas son meras declaraciones de intenciones.

            Lo mismo ocurre en nuestra vida personal. Abordar una separación, en especial con hijos de por medio, no tiene una solución única. Se trata de buscar aquella en la que todas las partes pierdan el mínimo posible. Sí, es muy fácil escribirlo. Pero comprender que los problemas tienen muchas soluciones y que lo importante es llegar a aquella que permita una mejor convivencia posterior de las partes implicadas es básico para encontrar una mejor salida. Por desgracia, en estos casos se trata de “coger el máximo posible; total, el no ya lo tengo”.

            Por otro lado, hay muchas cuestiones adicionales que debemos tener en cuenta cuando nos enfrentamos a un problema. Primero, puede que nos falten datos. Segundo, la incertidumbre importa: desconocemos las pautas en las que se va a mover el futuro, sean las personas o sean las instituciones. Eso es debido a que los niveles de interdependencia entre todos los agentes económicos son enormes. Esto nos lleva a una sugerencia académica: plantear en los exámenes preguntas abiertas, problemas a los que les faltan datos, problemas sin solución y problemas con muchas soluciones.

Sí, es una propuesta atrevida. Ahora bien, ¿no nos debe preparar la educación para la vida profesional y personal posterior? Pues bien, la vida es así.

            En estos días en los que escuchamos diferentes discursos políticos en los que se nos promete “un nuevo mundo, una gran cambio, una gran limpieza, una gran regeneración y un nuevo impulso” (siempre ha sido así) merece la pena recordar que pocas veces esos cambios “fabulosos” nos han llevado a un paraíso feliz. ¿Habría cambiado mucho nuestra vida en los últimos años si los Gobiernos hubiesen sido diferentes? Salvo los hipotéticos casos de políticas extremas (y en ese caso el cambio habría sido para mal), claramente no.

            La mejor forma de abordar la solución de nuestros problemas de convivencia nos la proporciona el catedrático de Economía Aplicada Cándido Muñoz Cidad: “la economía no es un vademécum de soluciones como la entienden algunos profesionales y profanos sino un método de reflexión, de organización de ideas y de aproximación a los problemas considerando alternativas posibles”.

            Es por eso que los discursos de convivencia creíbles serían de este estilo:

            “Estimados ciudadanos: quería compartir con vosotros una nueva época. Una época cuyo aspecto principal pasa por el paso del gobierno a la gobernanza. El gobierno viene dado por las instituciones del Estado, la gobernanza viene dada por la multitud de organizaciones e instituciones que participan en la dirección de la sociedad. Un gobernante es tan sólo un Kyberbes (timonel): alguien que sabe a dónde va pero debe adaptarse a los cambios de la naturaleza y a las peticiones de sus compañeros de viaje para poder tomar las mejores decisiones posibles. Por eso deseo compartir con vosotros la responsabilidad de nuestro camino y llevaros a un futuro en el que exista la correspondencia necesaria entre las aspiraciones de hoy y vuestras experiencias futuras. Gracias por la confianza”.  

 

            La vida es sueño y los sueños, sueños son.

Los riesgos más importantes de nuestra vida cotidiana...

Paranoia constructiva (7-13 marzo).

                Todos los días, a primera hora de la mañana, realizo el acto más peligroso del día para mantener mi integridad física. Entro en la ducha. Cuando salgo de la misma, ya estoy más tranquilo. Un día por delante, una importante dotación de tiempo que intentaré, como siempre, no desaprovechar.

                Como seres humanos, a lo largo del día realizamos diferentes actividades. Unas tienen más riesgo que otras: no es lo mismo estar conduciendo el coche que tomar un café relajante disfrutando de una buena conversación. No obstante, subestimamos los peligros de las actividades que tienen un bajo riesgo y que repetimos constantemente.

                Jared Diamond, catedrático de geografía de la Universidad de California, nos alerta en sus dos últimos libros (“El mundo hasta ayer” y “Sociedades comparadas”) de estos riesgos, y está muy preocupado acerca de cómo nuestra sociedad afronta este tipo de peligro, definido así: “el riesgo acumulado de hacer algo que comporta un riesgo pequeño cada vez que lo hacemos pero que con el tiempo nos mata si lo hacemos con la frecuencia suficiente”.  Diamond comprendió esta idea  estudiando la actitud de los pueblos tradicionales en Nueva Guinea. Estas personas no se atreven a dormir debajo de grandes árboles ya que existe un pequeño riesgo: los árboles pueden caerse. La probabilidad es muy baja, aproximadamente un uno por mil. Pero si dormimos debajo de uno de estos árboles durante tres años seguidos, estadísticamente es muy difícil que podamos contarlo.

                La actitud para afrontar estos riesgos es lo que Diamond denomina la “paranoia constructiva”. Es decir, cuidar al máximo los detalles de todas las actividades de nuestra vida que tengan un mínimo peligro.

                Muy relacionada con la paranoia constructiva se encuentran los accidentes domésticos. No son noticia ya que se dan a menudo. Sin embargo, son necesarias campañas para abordar los inmensos costes que tienen para nuestra sociedad.

                En los últimos días una persona anciana ha aparecido muerta en su casa en Pamplona después de varios días. Por otro lado, un conocido periodista deportivo ha fallecido debido a las secuelas que le ha dejado una caída. Son casos extremos, pero nos deben alertar para poder realizar todas las actividades de “paranoia constructiva” que pueden minorar estos riesgos. Hay muchas posibilidades: cambiar la bañera por la ducha o instalar materiales que eviten resbalones, no tomar estúpidos riesgos con electrodomésticos (sobre todo si no conocemos su funcionamiento), tener cuidado  con las reparaciones que supongan subir a sillas o mesas (no se trata de no hacerlas, es cuestión de ser consciente del riesgo), si nos gusta el campo tener en cuenta que subir a un árbol tiene también bastante peligro o si nos gusta el deporte no forzar el cuerpo más de sus límites (sea con sobreesfuerzos o con una cantidad excesiva de suplementos alimenticios). La lista es interminable.

                Además, toda esta historia nos enseña cómo funcionan nuestras preocupaciones. Y es aquí donde se debe interpretar una distinción fundamental: la que viene dada por el riesgo y el control.

                Nos preocupan el terrorismo, los accidentes de aviones, las centrales nucleares, la manipulación genética o la posible llegada de refugiados a nuestras tierras. ¿Qué tienen en común? No tenemos ningún control sobre ellas. Sin embargo, no nos preocupa tanto como debería el elevado consumo de alcohol, conducir nuestro coche, una escalera de mano  o salir de la ducha. ¿Qué tienen en común estas actividades? La sensación de control que tenemos sobre las mismas. Es más, pensemos en personas que han tenido accidentes con avionetas, espeleólogos experimentados que se han perdido en simas o aventureros que han fallecido realizando sus aficiones. De nuevo, ¿qué tienen en común? Muy sencillo: son expertos. Curiosamente, llegado a cierto nivel eso comporta un riesgo. Al tener la sensación de control, pensamos que “por un poco más” no pasa nada. Es una sensación humana.

                Para comprender la magnitud de estos efectos, pensemos en los atentados del 11S en Estados Unidos. Ante el temor que existía a volar, muchas personas tomaron la “prudente” decisión de utilizar su coche. Las personas que fallecieron en los accidentes de tráfico  generados por estos desplazamientos adicionales fueron superiores a las que murieron en los propios atentados.

                Relacionados con los pequeños riesgos cotidianos están los hábitos que nos llevan a tener una mejor o peor salud. La gran distancia temporal existente entre la causa (exceso consumo de sal y azúcar, por ejemplo) y el efecto (ataques cardiacos, ictus o diabetes) hacen que hoy no tomemos las medidas más adecuadas poder disfrutar de una mayor calidad de vida futura.

                No usar mecanismos de paranoia constructiva genera  costes enormes: la persona dañada no puede trabajar o la calidad de su vida se resiente, otras personas deben cuidarles, están los costes sanitarios, incluso pueden quedar secuelas de por vida.

                Sí. Un poco de paranoia constructiva es conveniente y saludable.

                Para nosotros y para nuestra sociedad.

 

                Javier Otazu Ojer.

Siempre tema de debate, pero sin embargo poco conocidos...

Paraísos fiscales (29 febrero- 6 marzo).

       Bienvenidos al mundo de los paraísos fiscales, es decir, lugares donde se pueden invertir capitales con bajo nivel impositivo y donde la exigencia de información es baja. ¿Cuántos existen? Unos 73, depende de la definición. ¿Qué efectos tienen en la economía global? ¿Se puede hacer algo para poder evitar el dinero que suprimen del bien común?

            Valoremos cifras. En España,  la cantidad de bienes y servicios producidos al año (PIB) es aproximadamente un billón de euros. Para tener la perspectiva clara, observar cómo un déficit del 4% indica que las diferencias entre los gastos y los ingresos del Estado es de 40.000 millones de euros. El PIB de Estados Unidos es de unos 15 billones de Euros y el PIB mundial es de unos 60 billones de euros.

Pasamos a conocer las definiciones básicas. No es lo mismo renta de una persona que patrimonio. La renta está formada, de manera simplista, por la cantidad de dinero que percibe una persona a lo largo de un período de tiempo, por  ejemplo un año (es lo que en economía se denomina variable flujo, ya que necesita evaluarse desde un período inicial hasta un período final). Por otro lado, el patrimonio está formado por la riqueza de una persona: casas, empresas, acciones, depósitos u obligaciones (sería una variable stock ya que la podemos saber en el momento actual). Aunque tendemos a pensar que las dos magnitudes van relacionadas y que a más patrimonio más renta, no siempre es así. Una persona con un palacio que le exija un gran mantenimiento o con un holding empresarial en pérdidas tiene mucho patrimonio pero sin embargo su renta puede ser negativa.

Así, ya podemos evaluar el peso de los paraísos fiscales en el mundo. Un estudio de Gabriel Zucman expresado en su libro “La riqueza oculta de las naciones” indica que de todo el patrimonio financiero mundial, 73 billones de euros, el 8%  está en paraísos fiscales (el reciente informe de Oxfam da cifras semejantes). Es decir, 67,2 billones están onshore (dentro del sistema) y 5,8 billones, offshore (fuera del sistema). Estos 5,8 billones se pueden estructurar en dos clasificaciones diferentes: según el lugar (1,8 billones en Suiza, 4 billones en el resto del mundo) y según el activo financiero que lo respalda (un billón en depósitos, 4,8 billones en acciones, obligaciones o instrumentos financieros como los SICAVS).

De estos 5,8 billones de euros, están declarados 1,1 billones de euros y no lo están 4,8 billones de euros; así, la pérdida fiscal se estimaría en 130.000 millones de euros (80.000 millones del impuesto de la renta, 45.000 del impuesto de sucesiones y donaciones y 5.000 millones del impuesto de sociedades). Por ejemplo, sin el efecto de los paraísos fiscales se estima la deuda pública francesa sería del 70% en lugar del 94% actual.

Conocidas las cifras, pasamos a valorar dos cuestiones. Primero, ¿cómo funciona un paraíso fiscal? Segundo, ¿qué podemos hacer para lograr una distribución más justa para el conjunto de la sociedad?

Supongamos que una empresa ha ganado 100 millones de euros. Crea una falsa sociedad en un paraíso fiscal (por ejemplo, las islas Caimán) y registra una cuenta en Ginebra a su nombre. La falsa sociedad compra informes a la empresa matriz e ingresa esa cantidad de dinero en la cuenta suiza. Si por ejemplo son 50 millones de euros, la empresa matriz ya se ha ahorrado la cantidad del impuesto de sociedades correspondientes a esos 50 millones de euros.

Si la empresa matriz desea disfrutar del importe le basta retirar poco a poco el dinero de la filial española del banco suizo. Para cantidades mayores, existe la opción de usar estrategias como el “crédito lombardo”: pide un préstamo garantizado por el fondo de 50 millones. Además, la sociedad fantasma puede aprovechar esa situación para, mediante el secreto bancario, no declarar los intereses y dividendos que le pueden reportar los ingresos financieros originados por los 50 millones de euros que ha ingresado.

No es muy alentador, no. Además, en contra de lo que pueda parecer cada país tiene “su” paraíso fiscal. Se considera que el de España es Andorra. Más aún, cada paraíso fiscal está especializado en ámbitos diferentes. Bonita forma de favorecer a las clases altas, sí señor.

En definitiva, ¿qué podemos hacer?

Para empezar, conocer la situación. Para seguir, exigir un registro o catastro global en el que se tenga constancia de la ubicación de todas las obligaciones y acciones que existan en el mundo. Para eso es imprescindible un amplio intercambio de información entre las diferentes entidades financieras. 

Difícil, sí. Pero si se está hablando de eliminar los billetes de 500 euros o de suprimir el dinero como medio de pago (en Dinamarca no se puede pagar con dinero en algunos negocios específicos), ¿por qué no soñar un poco?

 

 

EL NUEVO PARADIGMA.

Economía de la información (22-28 febrero).

       Es un debate recurrente el asociado al tema de la educación: “hay que cambiar la educación”, “los partidos políticos deben pactar un modelo independientemente de estar o no en gobierno”. Por desgracia, de ese asunto no se trata estos días. En este contexto, es útil recordar cómo nació el sistema educativo actual: simplemente, era el que demandaba la economía del momento, basada en la revolución industrial. Es decir, en el trabajo mecánico de las fábricas. Según este criterio, deberíamos preparar a los jóvenes de hoy para los trabajos de mañana, los cuales exigirán, sin duda, una buena dosis de creatividad. Es por ello que la definición de Ken Robinson es de gran utilidad y es un buen modelo de inicio: “la finalidad de la educación es capacitar a los alumnos para que comprendan el mundo que les rodea y conozcan sus talentos naturales con objeto de que puedan realizarse como individuos y convertirse en ciudadanos activos y compasivos”.

            De la misma forma que se debe ajustar la educación a los cambios tecnológicos y sociales que estamos viviendo de manera que interaccionen unos con otros creando un círculo virtuoso, ¿no han quedado las políticas habituales y las teorías económicas tradicionales obsoletas?

            La teoría económica estándar fue creada en una época en la cual primaban la producción de bienes y servicios. A partir de ahí, se sugieren diferentes “soluciones” para arreglar nuestros problemas basadas en enfoques denominados clásicos o keynesianos. Sin duda, no nos han llevado a mejoras sociales significativas.

            ¿Dónde está el problema? Muy sencillo. La economía ya no es lo que era. Hemos pasado de una economía basada en los bienes y servicios a otra basada en la información.

            Sí, claro que necesitamos bienes y servicios para nuestra supervivencia y tener un nivel de vida digno. Pero en Estados Unidos el 1% de la fuerza laboral es suficiente para producir todos los alimentos que se necesitan para vivir. El otro 1% se dedica a distribuirlos. ¿Qué hace el resto? Desde luego, se pueden intercambiar servicios (tú me paseas el perro, yo te doy clases de danza; tú me vendes un viaje al Caribe, yo te corto el pelo) pero hay muchas novedades que no se han tenido en cuenta. Y todas ellas tienen que ver con la información.

            La digitalización consiste, simplemente, en tener un acceso más rápido a la información que necesito y en intercambiar información con otras personas de manera más rápida y barata.

 

            El rápido acceso a esta información crea un riesgo real para muchos puestos de trabajo: ahora conozco el hotel o el seguro más barato; también sé como arreglar una pequeña avería en el coche sin necesidad de acudir a intermediarios.

        

Se han creado empresas que son monopolios con un poder enorme: Facebook, Twitter, Linkedln, Instagram o Whatsapp por su naturaleza no pueden competir con ninguna otra empresa. Cada una está especializada en un tipo de información. ¿Cómo regular eso?

 

            Otros aspectos que han cambiado abruptamente son:

 

            El desarrollo de grandes áreas de interacción económica como la Unión Europea ha hecho que muchas políticas comerciales que aparecen en los manuales teóricos como la imposición de  aranceles, las subvenciones, la devaluación de la moneda, el dumping o las cuotas a la importación hayan perdido influencia.

            Muchas empresas tienen competencia en todo el mundo ya que ahora la especialización no es por comunidades autónomas (cerámica en Valencia, altos hornos en el País Vasco); es por grandes áreas económicas (China, la fábrica; India, los servicios; Africa, las materias primas). Ya se sabe, es la globalización.

            Los cambios a nivel de política monetaria son enormes: aparecen criptomonedas (el bitcoin), las monedas sociales (70 en España) o el fintech (que relaciona las finanzas y las nuevas tecnologías; por ejemplo, los pagos con el móvil). Además, por primera vez hemos conocido la existencia de tipos de interés nominales negativos.

            Por último, los grandes avances tecnológicos hacen que algunas empresas puedan aumentar su producción con menos trabajadores.

            Entonces, ¿qué deben tener en cuenta nuestros políticos?

            1.- Las ideologías de hoy se crearon en el mundo de ayer. Ya no son válidas.

            2.- Regular de manera que se pueda desarrollar el potencial existente en el conjunto de nuestra sociedad. Es una evidencia, sí. Como lo es que todo empieza y termina por la educación. Ante la duda, aplicar la definición de Ken Robinson.

            3.- Realizar una política fiscal justa, suficiente, equitativa y eficiente en la que ni paguen jóvenes por mayores; ni lo hagan outsiders (personas fuera del sistema con grandes dificultades para acceder al mismo) por insiders (personas dentro del sistema) y en el que tampoco pague la clase media por las grandes fortunas.

 

            Por último, pueden recordar un principio trivial del empresario Juan Roig: “Si hay empresas, hay empleo. Si hay empleo, hay riqueza. Si hay riqueza y somos honrados, hay bienestar para la comunidad”.

            Javier Otazu Ojer.

 

            Profesor de economía de la UNED de Tudela.

 LA MEJORA CONTINUA ES EL ÚNICO CAMINO PARA LOGRAR EL DESARROLLO PERSONAL.

Kaizen (16-22 febrero).

                Kaizen es un concepto japonés llamado “mejora continua” aplicado, en un principio, a la gestión empresarial. Sin embargo, la idea fue cogiendo fuerza hasta desarrollarse en diferentes ámbitos, en particular, en el personal. Es decir, en la mejora continua de las personas. Eso nos permite contestar a la típica pregunta de cortesía “¿cómo estás?” con “peor que mañana” en lugar de con la respuesta habitual: “bien sin entrar en detalles”.

            ¿Qué conceptos de kaizen podemos aplicar a nuestra vida cotidiana? Una respuesta divertida puede ser resumir este tipo de sabiduría en aforismos de manera que cada cual pueda elegir el que más le guste. Además, no olvidemos otra cosa: la mejora personal continua revierte en todo nuestro microcosmos: la familia, los amigos, la empresa donde trabajamos u otro tipo de relaciones sociales.

            Comenzamos por John Milton: “el que domina sus pasiones, sus deseos y sus temores es más que un rey”. En sí mismo, el autocontrol parece fundamental ya que nos predispone a no dar lo peor de nosotros mismos. Buen comienzo.

            Para poder progresar, debemos conocer la influencia de nuestras costumbres: “primero hacemos nuestros hábitos y después nuestros hábitos nos hacen a nosotros mismos” (Jhon Dryden). Así, es muy útil aplicar el gran consejo del reputado científico, ya fallecido, Stephen Jay Gould: “cambiar imperceptiblemente los acontecimientos iniciales, tan imperceptiblemente que pueda parecer de momento que no tiene la mínima importancia y la evolución se desarrollará en una dirección totalmente diferente”. La idea es válida para personas, empresas y todo lo relacionado con el cambio climático.

            Si bien los hábitos tienen un toque de elección personal, los de Charles Dickens son muy valiosos: “nunca hubiera podido hacer lo que hice sin los hábitos de la puntualidad, el orden y la diligencia o sin la determinación de concentrarme en un solo tema a la vez”.

            No obstante, también es útil cambiar la perspectiva de las cosas: “el verdadero viaje del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes si no en mirarlo todo con ojos nuevos (Marcel Proust). Además, no es lo mismo la realidad exterior que nuestra percepción de la misma: no es lo que pasa. Es lo que hacemos con lo que nos pasa. Refinando estas palabras, “según pienses, así serás” (Wayne Dyer).

            La imaginación es algo circunstancial al ser humano. En un mundo cada vez más enlatado por nuevas tecnologías hemos olvidado los sueños, los cuentos y las historias. Y es que nos lo recordaba el gran astrónomo Carl Sagan: “con imaginación podemos llegar a mundos que nunca existieron pero sin imaginación no podemos llegar a ninguna parte”. Sólo así se desarrollan ideas creativas que permiten avanzar en términos tecnológicos, humanos y sociales. Siempre me llama la atención el asunto de las ruedas de las maletas. Ahora es normal verlas en los aeropuertos, sin embargo hace años no era así. Costó tiempo generar la idea. Hacía falta imaginación, ver las cosas de otra forma, salir de nuestra zona de confort.

            En el camino que nos lleva a desarrollar todo nuestro potencial, es necesario dar lo mejor de nosotros mismos ya que “dar algo menos de ti es sacrificar el don”. No obstante, los resultados no son siempre los esperados. La sociedad no nos ha preparado para ello, ya que sólo vemos entrevistas en diferentes medios de comunicación a personas que han triunfado y siempre dan las mismas recetas: “trabaja, pelea, levántate cuando te caigas y seguro que se cumplirán tus sueños”. Sin duda, los de ellos se han cumplido. Otras personas que han trabajado como ellos quizás no han tenido esa suerte. Por eso, Martín Caparrós nos recomienda que “sería bueno separar la acción de los resultados de la acción. No hacer lo que quiero por la posibilidad del resultado; hacerlo por la necesidad de la acción, porque no me soporto si no lo hago”.

            Vivimos en un mundo cambiante al que cuesta adaptarse. El futuro no es el que era. Aparecen nuevas amenazas, nuevas oportunidades, nuevas posibilidades, nuevos retos. Comprender cómo funciona todo a nuestro alrededor es básico ya que como dijo Einstein, “primero debes aprender las reglas. Y después, jugar mejor que nadie”. Muchos consejos nos daba este gran científico, al cual podemos homenajear después del descubrimiento de las ondas gravitacionales: “la vida es como andar en bicicleta, si no pedaleas te caes”, “es de locos pensar que van a cambiar los resultados si seguimos haciendo lo mismo”  o “no podemos resolver los problemas existentes con el mismo enfoque mental que teníamos cuando los creamos”.

            Pero sea de una u otra forma, podemos resumir estas ideas, este libro – curso, con una cita de una de las personas que más ha hecho por nuestra imaginación: J.R.Tolkien: “Sólo podemos decidir una cosa: qué hacer con el tiempo que se nos ha dado” (El Señor de los Anillos).

 

No podemos olvidar nunca que la economía, por definición, debe ser una ciencia humana.

La persona como solución para el desarrollo económico y social (8-15 febrero). 

En unos días en los cuales los debates postelectorales lo dominan todo, merece la pena planearse estas preguntas: ¿dónde están las políticas? Más aún, ¿dónde están las personas?

 

                La mayoría de las políticas  hablan de qué hacer, no del cómo hacerlo. Si observamos lo que ofrece cada partido y damos la vuelta a su argumentación es fácil comprobar que en la práctica son palabras vacías. Vamos a valorarlo: “no queremos una sanidad gratuita, ni una buena educación, las pensiones y los salarios son cosas del mercado; como tenemos claro lo que hay que hacer no vamos a dialogar con nadie salvo lo necesario para la investidura. Por último, cuando hayamos alcanzado unos objetivos razonables descansaremos”. Desde luego, nadie es tan inconsciente como para dar ese argumento. Pero observamos que al dar el contrario, que es lo que ocurre, no se aporta nada nuevo.

               

                Se trata de ir a lo importante, es decir, a las personas. ¿Puede ser la persona la solución para el desarrollo social y económico? No veo otro debate más importante junto con el estándar: buscar el equilibrio entre la naturaleza, la economía y las altas finanzas. Vamos a ver las cosas con perspectiva.

 

                Por primera vez en muchos años en Estados Unidos la clase media es ya inferior al 50% de la población (Instituto Pew). Es una prueba objetiva que demuestra el incremento de la desigualdad. Y es que la flecha del tiempo nos lleva a una economía formada por los siguientes clases sociales: los muy ricos (aquellos que poseen los principales  medios de producción), los tecnócratas (todos los que son  muy buenos en lo suyo), los precarios (fácilmente sustituibles) y los excluidos (fuera del mercado laboral). Es muy difícil revertir esa tendencia, ya que según la tesis de Paul Mason (exeditor económico de la BBC) ya hemos llegado al postcapitalismo: por primera vez el sistema es incapaz de crear nuevas necesidades que permitan la inserción laboral de aquellos que se encuentran en desempleo. Nuestra sociedad se encuentra estructurada en función del conocimiento. Sí, posiblemente Benjamín Franklin tenía razón: “la inversión en conocimiento es la que da mayor interés”.

               

                Así, las empresas observan preocupadas esta evolución. Algunas van a lo fácil: reducir costes. Este discurso justifica una gran cantidad de recortes realizados para “seguir siendo competitivos” y elimina del debate la posibilidad de hacer lo contrario: potenciar sus puntos fuertes ganando productividad. Y eso, en el caso particular de España (sol, turismo, bares, pequeño comercio) es grave. En un mundo global donde todos los actores económicos compiten entre sí es primordial saber hacia dónde queremos ir. ¿Cómo aumentar la innovación? ¿En qué áreas se debe aumentar la misma? ¿Dónde tenemos posibilidades de  generar valor en el mercado mundial?

 

                Por desgracia, estos aspectos no han sido tratados en los debates de estos días. Eso nos lleva a generar uno nuevo: ¿tienen los políticos los incentivos adecuados para que su labor se adapte correctamente al bien común? La respuesta es clara: no.

Existen muchas posibilidades: como cualquier trabajador, se les podría exigir ciertos objetivos (en Nueva Zelanda el Gobernador del Banco Central puede ser despedido si no alcanza los niveles de inflación predeterminados; en Corea del Norte son más expeditivos), llegar al poder con una edad que no permita la denostada política de puertas giratorias, informar de todas las reuniones realizadas con grupos de interés, listas abiertas, transparencia obligatoria en todas las cuentas públicas hasta el último euro, reducción obligatoria del tiempo dedicado a los medios de comunicación, límite de mandatos, posibilidad de que el puesto sea de media jornada para no perder ni contacto con la realidad ni perder desarrollo profesional….en fin, se puede hacer un concurso. ¿No es una buena idea? Sólo tiene un problema: los debates los hacen políticos o personas con una ideología muy clarificada, y claro, nadie se presta a un debate en el cual de lo que se habla es de perder sus propios privilegios.

 

                Así pues, ha llegado el momento de volver a las personas. De comprender nuestra responsabilidad en el mundo en el que vivimos; muchos estamos contra el cambio climático pero vamos en coche a todos lados y no nos apuntamos a reciclar la materia orgánica. Y lo peor: tendemos a ceder nuestra propia responsabilidad a otros para así culparles de nuestra situación personal. Y así nos va.

 

                Cuando tanteamos las expectativas acerca de nuestro futuro, pensamos aquello de que “a ver cómo va la cosa, a ver si sale algo”. Desde que comenzó la crisis, aquel lejano 15 de septiembre del año 2.008, sólo una vez he oído esta respuesta: “mi futuro depende totalmente de mis actos. Por lo tanto, no me preocupa la situación económica”.

               

                Sí. Colocar a la persona como solución para el desarrollo económico y social  empieza por nosotros mismos.

                Javier Otazu Ojer.

 ¿Qué hay de verdadero y falso en las representaciones humanas?

Ciudad Potemkin (1-7 febrero).

                La definición de Pueblo de Potiomkin se usa cuando se quiere describir una cosa muy bien presentada para disimular su desastroso estado real. Según una leyenda moderna, en 1787, antes de una visita de su soberana la zarina Catalina de Rusia (la grande) el mariscal Grigori Potiomkin  hizo edificar fachadas pintadas a lo largo de la ruta de visita. Así presentaba pueblos idílicos en la recién conquistada Crimea, encubriendo la pobreza y miseria que existía en la zona.

                ¿Se puede decir que hoy en día vivimos en la Ciudad Potemkin? ¿En qué tipo de escenarios es válida la comparativa? Si tenemos en cuenta que los patrones de comportamiento humano han sido siempre los mismos y que sólo cambian las formas, tenemos multitud de ejemplos que muestran, en efecto, la persistencia de este modelo en el tiempo.

                El caso del Instituto Nóos (en griego, “mente”; en la práctica, “cartera”)  es un ejemplo claro de Ciudad Potemkin. Se trataba de pagar enormes cantidades de dinero a cambio de charlas y conferencias (en teoría) aunque sin embargo las instituciones públicas pagaban esas cantidades de dinero para ver lucir a personas relacionadas con la Familia Real (en la práctica). Está bien pagar por discursos que aporten ideas, dudas y conocimiento a sus asistentes. No tiene sentido hacerlo en casos de figurantes.

                Una contabilidad usada para enmascarar las cuentas reales de una empresa o institución es también un caso claro de Ciudad Potemkin. Cuando empresas que aparentemente van bien vemos que están en quiebra, algo no cuadra. El dicho popular argumenta que el contable contratado es aquel que a la pregunta: ¿cuánto es uno más uno? Responde: ¿cuánto quieres que sea? Nunca he podido comprender como una empresa que un día cotiza en bolsa a un nivel razonable aparece hundida al día siguiente: el caso reciente más claro es el de Abengoa (ahora bien, parece que el plan de reflotamiento que se acaba de proponer está mejorando las perspectivas de su futuro).

                No sé si la discordia existente por el hecho de formar el Gobierno y las negociaciones existentes se puede asociar a una Ciudad Potemkin; ahora bien, se puede percibir que todas las negociaciones son sólo simples fachadas. Y es que existe una solución muy sencilla: aquellos que desean el bien común, que ofrezcan sus políticas a cambio del voto a favor de una determinada investidura. Y en el caso de ver que no se realizan sus políticas, que tumben el Gobierno. Es muy fácil. Por supuesto, nadie lo hace ni lo reclama. Eso es debido a dos posibles razones. Primero, no quieren el bien común si no el puesto. Segundo, no creen en sus políticas. Sin ninguna duda, las dos razones son terroríficas.

                Y es que relacionado con todo ello están todos los casos de corrupción, que demuestran muchas veces que algunas licitaciones públicas siguen, en efecto, el modelo de Ciudad Potemkin. Aparentemente todo se hace muy bien y se cumplen los requerimientos teóricos. En la práctica, todo es una simple careta. Unos sobres por aquí, otros sobres por allá.

 

                Siempre me ha preocupado el hecho de que mi vida pudiese ser una Ciudad Potemkin: una fachada. Cuando alguien vive por encima de sus posibilidades (esta frase es familiar, ¿no?), aparenta una vida muy feliz o un gran equilibrio personal puede estar ocultando miserias humanas. En fin, esto es uno de los equilibrios más difíciles de nuestra vida: mantener la consistencia entre lo que decimos, lo que pensamos, lo que hacemos y  lo que somos. Y es que cuando dos personas están hablando en realidad es como si hubiese seis: como nos vemos a nosotros mismos, como somos en realidad y como nos ve la otra parte multiplicado por dos. Mantener este equilibrio es un reto persistente, que nunca termina, y además es apasionante.

                En fin, al final va a resultar que esta gran cantidad de ejemplos nos van a hacer pensar que vivimos en una Ciudad Potemkin, ¿verdad? Y puede que un poco sí. Pero en el fondo, el mensaje es esperanzador. Sólo si sabemos dónde estamos y cómo son los retos a los que nos enfrentamos podemos tomar las mejores soluciones, para nosotros mismos y para nuestros problemas de convivencia.

                Así pues, necesitamos personas que se dediquen a limpiar todas estas fachadas de cartón piedra. Hacer actividades concretas  por su fondo, no por su forma. Comprar, ver y valorar las cosas por su contenido, no por su continente. No dejarnos llevar por el exterior y aprender a intuir el interior. Pues sólo limpiando la suciedad, quitando las máscaras y comprendiendo lo que ocurre (ya lo dijo Ortega: lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa) podremos construir la base que permita generar un desarrollo humano sostenible.

                Javier Otazu Ojer.

                Profesor de Economía de la UNED de Tudela.

 Presentación de Kratos en la prensa (la inaguración fue el jueves 28 de enero a las 19 horas en el Hotel Blanca de Navarra).

Kratos. (25 - 31 enero).

                Un curioso estudio económico evaluó la incidencia de la confianza en la economía en Italia. ¿Cómo puede ser que el norte sea tan rico y el sur tan pobre?

                Hubo una conclusión muy curiosa: la confianza. Eso es, la confianza. Una pregunta que se le hacía a la gente era: ¿cree usted que se puede confiar en la gente o cree, por el contrario, que se debe tener cuidado en el trato con los demás?

                Confianza. Necesitamos confianza. En un mundo en constante transformación en el cual nos vamos a acostumbrar a convivir con ideas nuevas como la economía circular, el big data, las nuevas tecnologías o la economía colaborativa. En un mundo con nuevos retos: el cambio climático, la inestabilidad geopolítica o la gestión de las nuevas energías. En un mundo que no sabemos hacia dónde va, ¿cuál es el papel de cada persona particular, de la sociedad en general?

                Sin embargo, la confianza pasa por momentos difíciles. La sociedad no se fía de las grandes empresas debido al uso de la ingeniería fiscal para maximizar sus beneficios hasta límites insospechados o incluso de ciertas trampas para aumentar su riqueza, como nos recuerda el triste caso de la Volkswagen. La sociedad no se fía de los políticos, y no se trata sólo de gestión de dinero, que también. Casos como Wikileaks o la NSA muestran que cada vez estamos todos más investigados.

                Estos hechos rompen el equilibrio deseable que debe existir entre el sector público, el sector privado y la sociedad civil. Desde este punto de vista, quizás ha llegado el momento de dar un paso al frente. No se puede olvidar que es difícil ceder privilegios a cambio de nada. El caso paradigmático se ha dado en un país tan liberal como Gran Bretaña: la presión de los electores está logrando que las grandes empresas tributen los beneficios allí donde se generan. Sin duda, es algo deseable para el bien común….

¿Cuándo se dan grandes reacciones sociales? Hay dos posibilidades: un hecho global (por ejemplo, la guerra de Sierra Leona impulsó el proceso de Kimberly, cuyo objeto es evitar el comercio de diamantes provenientes de guerras) o un hecho particular suficientemente publicitado por los medios (el ejemplo típico es el niño sirio Aylán, que fue recogido en una playa turca).

Sin duda, una mayor información por parte de todos nos conduciría hacia un mundo mejor, ya que una sociedad que no está informada pierde capacidad crítica. Y el fácil acceso a tanta información hace que se pierda dicha capacidad. Un estudio asombroso demostró que cuando las personas van a los museos y sacan muchas fotos de todo lo que ven, se olvidan de los detalles de los cuadros. Se activa una pereza mental que nos lleva a no pensar, total, “tengo la información que necesito en mi querido teléfono móvil”.

 

Y sin embargo, sólo podemos tomar mejores decisiones si comprendemos mejor el mundo. Para ello, hace falta un mejor gobierno. Un mejor gobierno en dos sentidos: de nosotros mismos como personas y de la sociedad. Pues bien, eso es Kratos. Gobierno. Y ese es nuestro principio básico, el cual proviene de Y’, una asociación africana. “Deseamos promover una ciudadanía proactiva y ejemplar. Llevar a la gente a tomar conciencia de que el cambio llegará por ella misma y no por las instituciones. Ha llegado el momento de pasar de las cosas de la política a la política de las cosas.”

 Ahora bien, ¿qué nos diferencia de una plataforma o de un centro de pensamiento típico? Este tipo de instituciones se pueden asociar al famoso concepto de “coaching”. De la misma forma que un “coach” o entrenador da a su paciente los consejos necesarios para cumplir sus objetivos vitales, los think tanks dan consejos a los países para mejorar sus políticas económicas. Sin embargo, existe una actividad que complementa al coaching: el “counselling”. La misión del “counsellor” no es dar respuestas, sino ayudar a que cada persona las encuentre por sí misma. Y es que, como nos recuerda Cándido Muñoz Cidad, “la economía no es un vademácum de soluciones, como la entienden algunos profesionales y profanos, sino un método de reflexión, de organización de las ideas y de aproximación a los problemas considerando alternativas posibles”. Eso es lo que deseamos no sólo para la economía: es necesario para muchos aspectos más como el medio ambiente o la convivencia social.

Por lo tanto, a partir de ahora vamos a realizar las actividades necesarias para cumplir estos propósitos. Pensamos que cada uno de nosotros es responsable de sí mismo y de su comunidad.

Solo así podemos construir parte de nuestro destino. Como nos recuerda Stephen Jay Gould, “somos hijos de la historia y tenemos que trazar nuestras propias vías en el más rico e interesante de los universos, indiferentes hacia nuestro propio sufrimiento y ofreciendo así el máximo de libertad para florecer o fracasar con toda nuestra responsabilidad”.

Os esperamos.

Amaya Erro, Félix Zubiri, Alfonso Aller, Javier Otazu.

Una forma divertida de explicar la empatía entre las personas....

Proyección (18 - 24 enero).

                Muchos de los malentendidos que se dan en la vida en las relaciones entre personas o entre grupos se explica a partir de un fenómeno llamado “proyección” que consiste, simplemente, en proyectar nuestra forma de pensar y hacer las cosas sobre los demás. En otras palabras, creemos que lo que hacemos nosotros, como persona y sociedad, es lo que deberían hacer los demás. Eso nos lleva muchas veces a clasificar los hechos como buenos o malos según nuestra clasificación personal.

                Los ejemplos abundan. Existen culturas en las que la mujer queda relegada a lo que le pueda ordenar el marido. Por cierto, ¡también existen culturas en sentido inverso! En la sociedad matriarcal de los khasi, en la India, son las mujeres las que gestionan los recursos económicos; los hombres más aptos y válidos son relegados a ciudadanos de segunda clase. Lo sé, es algo excepcional. Pero la idea que intento transmitir es otra: muchas formas de relacionarnos vienen dadas por la cultura en la que vivimos y pocas veces nos preguntamos a nosotros mismos si algunas de las cosas que hacemos es absurda ya que siempre necesitamos una base conceptual. Esa base viene determinada por nuestra cultura, transmitida de generación en generación. Como diría Einstein, eso también es relatividad.

                Volviendo al asunto inicial, el tema es que a nosotros nos parece completamente ilógico que una mujer vaya totalmente cubierta con un velo. Sin embargo, si fuésemos mujeres nacidas en un pueblo perdido de Afganistán nos parecería muy extraña la forma de vestir occidental. Pensemos en el tema de las creencias. ¿De qué depende la religión de una persona? En un 90% del espacio y del tiempo. Es decir, del lugar y momento en el que haya nacido. Una persona nacida en un pueblo perdido de España en los años 50, ¿qué religión tenía? Por eso, a día de hoy, me parece absurdo criticar a una persona por sus creencias religiosas. Es un caso claro de proyección.

                Sin duda, la llegada de personas de otras culturas origina de una u otra forma problemas de convivencia. Pensemos en un reciente debate en Gran Bretaña referido a las fechas de exámenes. En el caso de muchos alumnos musulmanes, han coincidido con el mes del Ramadán. ¿Se debe cambiar la fecha de sus exámenes para que compitan en igualdad de condiciones? ¿O es una forma de ceder a las costumbres del exterior? Sin duda, el debate está servido. Y por supuesto, no se trata sólo de exámenes. Si las sociedades occidentales respetan la libertad de culto y en las mismas se permite construir sinagogas o mezquitas, ¿es justo que en los otros países de origen haya tantos problemas para edificar iglesias? De nuevo, el debate está servido. No existe una solución plenamente satisfactoria para todos. Sin embargo, la cuestión es muy importante, ya que sabido es que si no nos hacemos las preguntas adecuadas seguro que las respuestas son equivocadas. Y si enfocamos estos problemas de convivencia como de “proyección” cultural es más fácil buscar soluciones que se puedan conllevar.

 

                Pasamos a las relaciones interpersonales. Pensemos en el chismorreo. Estudios científicos demuestran que es muy bueno para la salud. Pues bien, la mayor parte del cotilleo que tanto nos gusta viene dada por la proyección y la asimetría de información (no conocemos asuntos personales relevantes o visiones particulares que tienden a explicar decisiones de terceros).

 Veamos casos divertidos de crítica fácil:

                Un futbolista se cambia de equipo ya que va a pasar a cobrar de dos millones de euros a tres millones de euros. Se supone que no siente los colores. Lo criticamos. Nuestro enfoque: ganando tanto, no es necesario más. Su enfoque: mi sueldo va a subir un 50%.

                Un matrimonio aparentemente feliz se separa. Nuestro enfoque: cómo puede ser, si se les ve de maravilla. Su enfoque: la convivencia es imposible, ya basta de hacer teatro.

                Un mendigo nos pide dinero en la puerta de una iglesia. Nuestro enfoque: es un vago, que se busque trabajo. Su enfoque: problemas familiares graves, abandono en el alcohol, búsqueda de una recuperación personal.

                Un independentista catalán pide continuar con el “procés”. Nuestro enfoque: es un fanático al que le han comido la cabeza. Su enfoque: ya basta de subvencionar otras regiones.

                Un nacionalista español pide paralizar el “procés”. Nuestro enfoque: tiene una mentalidad rígida y no respeta el derecho a decidir de las minorías. Su enfoque: si se rompe España que sea por decisión de todos, no de unos pocos.

                La empatía consiste en ponerse en el lugar de los demás. Es algo que cuesta mucho ya que estamos predeterminados por nuestros genes e influidos por nuestra cultura. Y aunque nuestra sociedad es acusada de tener poca empatía, existe una manera divertida de recordarla. Es un aforismo de Bernard Shaw: “No desees para los demás lo que deseas para ti. Pueden tener gustos distintos”.

                Javier Otazu Ojer.

¿Está el mercado financiero en equilibrio? Merece la pena valorar sus peligros latentes....

Alarma financiera (11-17 enero).

                El sistema financiero está en alerta roja: la bolsa de China no deja de bajar y debe acudir a argucias como cerrar el mercado en el caso de que la bajada sea superior al 7%. Esto arrastra al conjunto de los mercados mundiales generando un efecto dominó. Normal, China está pasando de una economía basada en la inversión y la exportación a otra basada en el consumo interno y en los servicios internos. Una bonita forma de explicar la crisis, sí señor. Sólo tiene un problema: no es completa.

                Si nos cuentan así la historia nuestra conclusión en sencilla: simplemente debe haber un reajuste. Y la realidad es la siguiente: el sistema financiero se asienta sobre un castillo de papel. Pero la cosa es muy seria ya que su derrumbe puede arrastrar a muchas, muchas personas. Ya hay señales que lo sugieren. Para eso, debemos viajar a Italia y Portugal.

                En el primer caso, la quiebra de diversos bancos ha hecho que miles de  personas hayan perdido sus ahorros en unos bonos que daban más interés del normal pero que estaban sometidas al resultado de la entidad. Familiar, ¿verdad?  En Portugal recientemente se rescató el banco Banif. Y eso es sólo el comienzo: existen datos preocupantes.

                Se estima que la burbuja de la deuda chatarra vinculada a las materias primas es un 150% mayor que la burbuja de las hipotecas de alto riesgo. De hecho, sólo en diciembre del pasado año subió un 25%. Las empresas de fracking también están en paro ya que el hundimiento del precio del petróleo está haciendo que no sean rentables. El estallido de esta burbuja en Canadá ha llevado a 100.000 personas al paro. Los bancos demasiado grandes para caer ya son un 80% mayores que antes del comienzo de la crisis. Puerto Rico se ha declarado el uno de enero en impago; poca cosa. “Sólo” 72.000 millones de dólares. El pago de la deuda de Ucrania a Rusia es más que dudoso: 3.000 millones de dólares. De aquí y hasta el año 2.020 se espera un vencimiento de bonos corporativos por un total de 10 billones de dólares.

                Esta situación tiene toda la lógica del mundo si tenemos en cuenta las medidas estándar de los bancos centrales desde el comienzo de la crisis (2.008). Por un lado, han bajado tipos 606 veces. Por eso tiene sentido tanta emisión de bonos corporativos: es más barato financiarse. Por otro lado, se han introducido 19 billones de dólares en estímulos monetarios. Por eso tiene sentido que se generen las burbujas: tanto dinero en el sistema desequilibra la valoración de muchos activos. Daniel Lacalle, uno de los analistas españoles más conocidos, llama a esta política “gas de la risa” monetaria.

                El riesgo claro de estas medidas económicas es la subida de precios, y en su límite, la hiperinflación. Para eso, recordemos la ecuación del dinero: el precio de los bienes y servicios de un país multiplicado por la producción total debe ser igual a la velocidad del dinero (número de veces que se mueve un medio de pago de un agente económico a otro a lo largo de un año; está entre 2 y 5) por la oferta monetaria (formada por los principales medios de pago: monedas, billetes y depósitos bancarios). Es decir, P * Y = v * OM. Es decir, si sube OM, o baja v (de momento, es lo que ha ocurrido) o sube P. No hay otra.

Para profundizar la alarma financiera, debemos comentar el efecto de los derivados financieros, denominados por Warren Buffet “armas de destrucción masiva”. Son productos financieros que están referenciados respecto de un “activo subyacente” pero que no tienen un soporte de riqueza real. Alcanzan, según EIR (Executive Intelligente Review), la estratosférica cifra de 1.400 billones de euros. El BIS de Basilea, banco de pagos internacional, más conservador, estima que el valor de los mismos es de 700 billones de euros. Bloomberg, sin embargo, estima 1.100 billones de euros. Algo falla cuando la estimación de las cifras es tan volátil. Una vez más la explicación es muy sencilla: existe un desequilibrio claro entre la economía física (lo que realmente se produce), los medios de pago habituales (monedas, billetes y depósitos) y los agregados financieros (unos están basado en activos reales o financieros, otros no). Y es que merece la pena recordarlo: los derivados en el año 1.999 eran de unos 200 billones de dólares.

¿Qué podemos hacer?

Una posibilidad es pedir la restauración de la ley Glass Steagall, lo que supone separar la banca de inversión de la banca comercial para que los ahorradores no vean peligrar sus depósitos. También debemos comprender las medidas financieras (MUS, MUR) que se están negociando en la UE para que no paguen justos por pecadores. Es decir, el que la hace, la debe pagar. No podemos olvidar que parte del rescate financiero se ha pagado vía impuestos.

Javier Otazu Ojer.

 

 

 Siempre merece la pena comenzar el año reflexionando algo...

Una mirada al exterior, otra a nuestro interior. (4-10 enero).

                La mayor parte de las noticias giran alrededor de la política, siendo los asuntos principales la próxima composición del gobierno nacional y la situación en Cataluña. Y sí, tiene cierta lógica que estos sean los hechos más destacados, pero no la tiene tanto que olvidemos todo lo demás.

                Y es que existe una cuestión inmutable: España pertenece a un mundo en el cual todos los problemas están interconectados. Y de forma sorprendente se continúan valorando las cosas en clave nacional, lo cual no deja de ser absurdo. Si pensamos en los asuntos que no han estado en el centro de la campaña electoral podemos comprender esta idea.

                Primero, la cuestión del desempleo preocupa a todos los partidos. Pero de la misma forma que ahora se ha puesto de moda el “pacto global por la educación” para que ésta no dependa del partido en el poder, no ha ocurrido lo mismo con el desempleo. Y es que para abordar este asunto debemos plantearnos cómo deseamos competir en el mundo global. Sí, se habla de “cambiar el modelo productivo” sin especificar cómo. Eso sí, abundan las soluciones populistas que prometen crear un Silicon Valley para cada comunidad. Pero no existe concreción, y corremos un grave peligro: quedarnos estancados. Ha existido una bajada del desempleo debida a factores internos y sobre todo externos: bajada de costes (petróleo), políticas monetarias agresivas con una devaluación del euro que ha beneficiado a las empresas exportadoras y repunte del turismo debido a que muchos de los conflictos existentes en el norte de África han hecho que mucho turista del Mediterráneo se haya decidido por España. Además, el problema del desempleo se acentúa en los jóvenes y parados de larga duración creando desajustes intergeneracionales.

                Segundo, la energía. Tenemos unos costes mayores que lastran la competencia de nuestras empresas aunque se compensan con unos salarios más bajos que otros países europeos. ¿Qué modelo deseamos? ¿Impulsamos las energías alternativas? ¿Cómo?

                Tercero, el sistema financiero. ¿Qué ha ocurrido con el rescate de Bankia? ¿Dónde ha ido a parar gran parte de ese dinero? ¿Nos hemos olvidado de ese asunto de repente? ¿Cómo enfocar este asunto en las nuevas directivas europeas que se están negociando que buscan generar un nuevo modelo bancario? ¿Cuál es el más justo y adecuado para nosotros? Y el asunto de Grecia, ¿ya no existe?

                Cuarto, el tema de las mafias globales, el cual afecta a nuestra vida cotidiana de muchas formas: prostitución, drogas, pateras o crisis de los refugiados son asuntos archiconocidos. ¿Cuál es nuestra visión como país en todos estos asuntos?

                Sí, claro que es importante la composición del Congreso y es deseable un Gobierno estable, pero para nosotros, como personas y ciudadanos, ¿no ha llegado el momento de comenzar a exigirnos y a exigir más? Sólo así podremos comprender trampas del lenguaje existentes en la campaña electoral, de las que quiero destacar dos ejemplos.

                En el debate entre Sánchez y Rajoy, el momento más destacado (bueno, el segundo momento más destacado) se dio cuando el candidato socialista le afeó al popular  la escasa subida de las pensiones indicando que con él las cantidades pagadas iban a mejorar. Posteriormente, acusó a Rajoy de coger dinero de la hucha de las pensiones (el fondo de reserva) para poder cubrir los pagos. Por supuesto, esto es inconsistente. No se puede subir las pensiones sin subir las cotizaciones o sin usar el fondo de reserva. Rajoy no contestó nada.

                En Navarra, la oposición criticó a UPN por su política de recortes y por aumentar la deuda pública de forma considerable. Es una incongruencia enorme ya que si bajan los ingresos es imposible mantener la deuda igual sin bajar el gasto. Aunque suene duro, es así: los recortes han existido, la austeridad, no. Ha bajado el gasto, pero ha seguido siendo mayor que el ingreso. Y cuidado, no se trata de comentar si esta política es buena o es mala: eso es un hecho subjetivo. Lo que comento es un hecho real: la deuda ha subido.

                Sí, las políticas importan. Pero también importa la exigencia, la voluntad y la responsabilidad de las personas para construir un mundo mejor. Estas son claves en el avance económico de muchas sociedades. Por eso, me gustaría reclamar un viaje a nuestro interior. Pensar cómo podemos actuar. Y aplicar alguna idea nueva para el año 2.016, como por ejemplo “cambiar imperceptiblemente los acontecimientos iniciales, tan imperceptiblemente que pueda parecer de momento que no tiene la más mínima importancia, y la evolución se desarrollará en una dirección totalmente diferente”. Al fin y al cabo, “somos hijos de la historia y tenemos que trazar nuestras propias vías en el más rico e interesante de los universos, indiferentes hacia nuestro propio sufrimiento y ofreciendo así el máximo de libertad para florecer o fracasar con toda nuestra responsabilidad” (Stephen Jay Gould).

                Javier Otazu Ojer.

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