BLOG 2.015

 El mercado de la política.

Este año el Premio Nobel de Economía ha recaído en la figura de Angus Deaton, escocés y profesor de la Universidad de Princeton. Los méritos por los que ha logrado el preciado galardón enseñan a comprender la evolución de la economía en los últimos años y proporcionan instrumentos para interpretar mejor el mundo que nos rodea.

                La primera lección de la economía es la escasez: nunca hay bastante de algo para satisfacer a todos los que lo desean (para Thomas Sowell, la primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía). Y es verdad: se trata de usar instrumentos adecuados para administrar de la mejor forma posible recursos escasos. Relacionado con esto, aparecen conceptos fundamentales como la pobreza, renta, bienestar y consumo.

                Así, deberíamos poder comparar estos indicadores entre países para razonar las causas de esas diferencias: ¿son debidas a la geografía, al clima, al sistema político o a la fiabilidad de sus instituciones? Una vez que intuimos las causas, ¿cómo atajar la pobreza de algunos países? ¿Cómo es más eficiente la ayuda al desarrollo?

                Inicialmente, estos análisis se realizaban con métodos econométricos como las regresiones lineales. Consisten en medir matemáticamente la relación entre diferentes indicadores económicos, por ejemplo, el crecimiento económico y la tasa de paro (así se razona el crecimiento mínimo necesario para reducir el desempleo). Sin embargo, esta metodología ha generado dudas ya que pocos economistas pronosticaron la enorme crisis que se nos venía encima.

Continuando con el análisis económico se han puesto de moda las pruebas controladas aleatorizadas. Son semejantes a las pruebas médicas cuando se investigan  nuevos tratamientos para curar enfermedades. A un grupo de pacientes  se les da la nueva medicina. A otro grupo de pacientes  se les hace creer que se les da la nueva medicina, esto es, se les da un placebo. Se compara la evolución de los grupos a lo largo del tiempo y así podemos saber si el nuevo fármaco es eficaz.

                Pues bien, se hace lo mismo con las medidas económicas. Por ejemplo, en una comunidad damos micropréstamos a las familias y en otra les damos directamente dinero. Pasado un tiempo, comparamos  los indicadores económicos  de relevancia en ambos grupos y así podemos intuir la efectividad de la política realizada (por cierto, cuando se acusa a los miembros de la Troika de hacer experimentos sociales con Grecia u otros países podríamos indicar que es un ejemplo de “prueba controlada aleatorizada” a gran escala). Para Deaton, estas pruebas son útiles pero no son infalibles: algo que funciona bien hoy puede no funcionar mañana.

                Entonces, ¿qué es lo más importante de la aportación de Deaton?

 

                Primero, saber  relacionar correctamente las variables económicas. Aunque comparamos el Producto Interior Bruto (PIB) de dos países en dólares se debe hacer un ajuste adicional: no podemos comprar lo mismo con 1.000 dólares en Estados Unidos que en Indonesia. Es decir, se debe evaluar el poder adquisitivo.

                Segundo, el Sistema Casi Ideal de Demandas (AIDS, 1.973). Se usa para calcular la demanda de un bien teniendo en cuenta la interacción con la renta del consumidor y el precio de otros bienes y servicios. A partir de este modelo se trata de corregir la denominada Paradoja Deaton, según la cual no siempre la observación de datos (pueden no significar lo que creemos) arroja conclusiones válidas.

                Veamos ejemplos fascinantes de estos enfoques:

Primero, no es lo mismo más renta que más bienestar. Está demostrado que con  más dinero somos más felices hasta un límite: 75.000 dólares anuales. Es la denominada paradoja de Easterlin.

Segundo, aunque hablamos a menudo de pobreza monetaria, también existe la pobreza temporal. Según un estudio del SIIS (centro de documentación sobre estudios sociales), una gran parte de la población adulta está afectada por uno de estos tipos de pobrezas. Además, su relación es inversa: a menos riqueza monetaria más pobreza temporal.

Tercero, la relación entre renta y compras de un bien no siempre es directa. Por ejemplo, si baja la renta los restaurantes de comida rápida o los outlets ganan más dinero: en general nos gusta salir y además debemos vestirnos.

Cuarto, la relación entre algunos bienes a veces está más oculta de lo que parece. Es evidente que si sube el precio de la carne de cerdo se comprará más pollo. No lo es tanto que si la ropa sube algunas personas eligen comprar más cosméticos: deseamos ser atractivos para los demás.

Quinto, a veces bajando precios, en contra de lo que pueda parecer, se vende menos. Es lo que les pasó a empresas que vendían artículos de marca: bajaron el precio para vender más y algunos clientes dejaron de comprar ya que no se sentían diferenciados por el producto. Por otro lado, para los  clientes potenciales el precio aún estaba demasiado alto.

Sí, a veces la economía puede ser fascinante.

Javier Otazu Ojer.

 

Un análisis del drama de los refugiados (7 septiembre - 13 septiembre).

La triste historia de Aylan ha personalizado este drama, el cual merece ser explicado.

                El drama de los refugiados se ha asomado con toda su crueldad en la estación de tren de Budapest (Hungría) y se ha personalizado en la triste imagen del niño ahogado, Aylan, en una playa de Turquía.

                A partir de aquí, los líderes europeos, tan horrorizados como toda la ciudadanía, han convocado diferentes reuniones para poder buscar salidas a este problema. Al menos hay un punto de encuentro: todos están de acuerdo en que todo lo realizado hasta ahora han sido simples parches.

                Para poder buscar una solución debemos buscar las causas del problema y conocer los instrumentos de los que disponemos. Así pues, vamos a valorarlos.

                ¿Por qué estas personas deciden abandonar sus países? Un futuro refugiado debe realizar una  elección en su país de origen entre dos posibilidades. Opción A, no hacer nada. Eso lleva a una vida sin esperanza (y eso si tienen la suerte de tener las necesidades cubiertas). Opción B, intentar salir del país. Coste: el que cobre la mafia de turno. Posibilidades: cuatro. Primero, que no pueda salir de su país y vuelva a la situación anterior. Segundo, un accidente, dentro de lo cual se puede obtener diferentes lesiones e incluso su muerte o la de algún familiar. Tercero,  quedarse en un campamento de refugiados o con más suerte, en un centro de acogida. Cuarto (y menos probable), obtener un trabajo que permita llevar una vida digna y, quizás, lograr que los familiares puedan optar a algo parecido o como mal menor, poder ayudarlos económicamente. Por supuesto, los futuros refugiados eligen la opción B.

                ¿Cómo pueden llegar esos países a tener esa situación? Son los problemas de siempre: subdesarrollo, pobreza y guerras.

                En consecuencia, la solución, a nivel teórica, es muy fácil: si terminamos con la pobreza y con las guerras, no existirá el problema de los refugiados. Aunque parezca mentira, los indicadores de pobreza y subdesarrollo han mejorado a nivel mundial, sobre todo por los avances en China e India. No obstante,  la mayor parte de los refugiados vienen de países en guerra. Además, hay un indicador muy curioso que nos lo explica: el teléfono móvil. Es más difícil tenerlo si alguien es subsahariano que si viene de una de las guerras  generadas con el paso de “primavera árabe” (revoluciones)  a “otoño árabe y asiático” (guerras) para alcanzar el “invierno árabe, asiático y europeo” (interconexión global).

                Por otro lado, no podemos olvidar el papel de las mafias. Países como Alemania han endurecido las penas a los traficantes de personas y han intensificado la labor policial con unos resultados notables. Es claro que se deben suprimir la labor de todas estas mafias. Lo que no lo es tanto es que sin mafias posiblemente las personas también emigrarían ya que siempre ha sido así: ningún ser humano en su sano juicio desea una vida sin futuro.

 

                ¿Qué instrumentos tenemos para arreglar estos problemas? Pocas instituciones actúan a nivel global, y eso es grave: en un mundo en el que todos los sucesos están conectados, la mayor parte de las instituciones son nacionales. Ahí todavía falta mucho por hacer. En todo caso, la Unión Europea puede buscar mecanismos de colaboración con otros organismos como la OTAN, la UA o países soberanos. Sin embargo, hay barreras: en países como  Siria el régimen de Al Assad carece de legitimidad y en el norte de África existen países más porosos como Libia debido a la inestabilidad sufrida tras la caída de Gadafi.

                Así pues, las soluciones a adoptar tendrán que pasar por los siguientes frentes, en mayor o menor medida.

                Uno, intervención militar en los países de origen, en especial en Siria, en particular en las zonas controladas por el EI (Estado Islámico).

                Dos, una actuación más decidida contra las mafias.

                Tres, una revisión, en la medida de lo posible, de cada caso particular. Es muy complicado analizar la situación de cada una de estas personas: estudiar, por ejemplo, si tienen familiares en algún país. Pero puede ser una posibilidad.

                Cuatro, solidaridad con los refugiados. Esta solidaridad tiene, también, dos niveles: la dada por los Estados y la particular de las personas. Toda solidaridad implica, por principio, tiempo y/o dinero. Y este asunto es el más delicado de todos: es muy fácil acusar a los gobiernos de “insolidarios”, pero es que el dinero no es del gobierno, es de todos. Y estamos dispuestos a ser solidarios si la partida sacrificada “no es de lo mío”. Eso sí, como demuestra el caso de Islandia o las múltiples movilizaciones de organizaciones no gubernamentales muchas personas están dispuestas a poner su grano de arena. Además, posiblemente sea necesario.

                En todo caso, el contagio del desplome bursátil chino al resto del mundo o  el asunto que acabamos de relatar enseñan que  ya vivimos todos, para lo bueno y lo malo, en un único país.

                Nuestro planeta.

                Javier Otazu Ojer.

Awen (31 agosto - 6 septiembre).

 Una reflexión acerca de la temporada que ahora comienza.

Awen es una palabra que viene de la mitología celta cuyo significado es “espíritu inspirador, la repentina llama de lucidez que inflama los pensamientos de los hombres y les da sabiduría, facilidad de palabra y energía en medio de la batalla”. El awen es lo que permite a los bardos, poetas o músicos improvisar versos agudos en medio de una canción. Se alcanza a través de la música, la meditación, el amor y el valor, y puede ser un regalo de los dioses (fuente: www.mundo-libero.eu).

Pensándolo bien, quizás nuestra sociedad necesita un poco de awen. Inspiración. A veces da la sensación de que estamos absortos por las nuevas tecnologías y la rutina de la vida, de manera que dejamos poco tiempo para la reflexión y el espíritu crítico. Si anteriormente la gran cantidad de trabajo evitaba que las personas pensaran, hoy en día la gran cantidad de entretenimiento existente logra el mismo efecto. Así, se cumple el triste aforismo de Ken Ruth: “El hombre puede vivir sin aire unos minutos, sin agua dos semanas, sin comida dos meses y ningún pensamiento nuevo durante años y hasta el final de sus días”.

Sin embargo, no parece que eso sea equivalente a desarrollar el potencial que tenemos como seres humanos. Según Yuval Hariri existen tres definiciones dominantes de felicidad. La primera, la sensación de placer en el cuerpo y en la mente. Todo el sistema económico y social está encaminado a proporcionar este nivel de felicidad. En un segundo nivel, la felicidad es dotar a la vida de un significado. Así, nos llenaría de felicidad subir el Everest o criar un hijo, aunque el camino no esté lleno de actividades placenteras. En el primer caso, tendríamos que pasar frío y soportar riesgos evidentes. En el segundo, cambiar pañales y soportar noches sin dormir. Pero el esfuerzo merece la pena.

La vida de Carl Sagan (1.934 – 1.996) estuvo determinada por lo que su biógrafo William Poundstone denomina la “claridad de propósito”. En este caso, Sagan tuvo una determinación clara: buscar vida en otros mundos. Todo ello le permitió despedirse a su esposa Ann Druyan de la mejor forma posible: “Que vida maravillosamente vivida. Con orgullo y alegría por nuestro amor. Te dejo partir. Sin miedo. Uno de junio. Para siempre”.

                Volviendo a Yuval Hariri, la felicidad auténtica es la libertad de saber la verdad, saber quién eres tú en el mundo. Puedes atravesar una mala situación pero eres feliz si sabes dónde estás.        

                Qué fácil decirlo, qué complicado hacerlo. Quizás por ello la pieza de música más valiosa para la cultura china se denomina “corrientes fluidas” ya que es una meditación acerca de la sensación humana de afinidad con el universo. Es una pieza que une a todos los chinos ya que nos recuerda nuestra insignificancia: un descuido de una décima de segundo nuestro o de otra persona nos puede reducir a la nada.

                Si consideramos cierta la teoría de Hariri la podemos resumir en el siguiente aforismo de Mark Twain: “los dos días más importantes de tu ida son el día en el que naces y el día en el que descubres para qué”.

                Vivimos tiempos difíciles con problemas de tres tipos. Primero, los globales: ¿Vivirán nuestros hijos peor que nosotros? ¿Habrá pensiones en el futuro? ¿Colapsará el planeta el cambio climático? ¿Veremos una revolución tecnológica que arreglará nuestras vidas? ¿Se podrá controlar de alguna forma la inmigración ilegal? ¿Qué ocurrirá con el trabajo futuro? Después, los de nuestro país: la corrupción, el desempleo, la crisis territorial, la falta de un proyecto solvente en el futuro y un régimen político inoperante (César Molinas, El País, 23/11/14). Y por último, todos aquellos relacionados con nuestras vidas como seres humanos diferenciados.

                ¿Cómo afrontarlos?

                La sociedad civil debe conocer e interpretar la realidad. Sólo así se puede presionar para lograr la reforma y regeneración de instituciones nacionales e internacionales. Pero eso no es cómodo. Por eso es útil recordar el siguiente consejo de Steve Jobs: “tu tiempo es limitado; no lo pierdas viviendo la vida de otro. No quedes atrapado en el dogma que es vivir con los resultados del pensamiento de otras personas”. Ello supone pensar más por nosotros mismos.

                No dejamos de elegir. En ese caso, no olvidemos que como nos dice Wayne Dyer “la esencia de la grandeza radica en la capacidad de optar por la propia realización en circunstancias en las que otras personas optan por la locura”. La grandeza de este aforismo es que define locura como todo aquello que no es realización personal. Ello tiene sentido en la medida en que nuestras opciones nos permitan elegir: una persona que se encuentre en un campo de refugiados, desgraciadamente, no puede hacerlo.

                Queremos que esta opción sea válida para otros. En todo caso todas elecciones se resumen en una: “Tan sólo podemos decir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado” (J.R. Tolkien, El Señor de los Anillos).

                Para poder elegir, necesitaremos awen.

                Para ello, necesitamos personas que nos permitan generar inteligencia colectiva.

                Por eso, ya hemos regresado de Siracusa y ya estamos aquí.

En awen.

Hola.

 

Javier Otazu Ojer.

La gran wombassa (24 - 30 agosto).

 Muchas veces, cuando llegamos a cierto punto las cosas no son como creíamos....

                John Brockman es el editor de Edge, considerada por The Guardian la web más inteligente del mundo (www.edge.org). John cuenta en sus libros recopilaciones de ideas y pensamientos de intelectuales o científicos muy influyentes. En uno de ellos (Las mejores decisiones) narra una conversación que tuvo con un actor que había pasado a la fama de un día para otro. Ser actor de fama es un sueño: dinero, mujeres, poder o influencia son atributos añorados por muchas personas. Sin embargo, este actor no estaba muy alegre que digamos. Cuando John le preguntó las razones, la contestación del actor fue, a mi juicio, deslumbrante; le dijo: “La gran wombassa”. Lógicamente, John no sabía el significado de esa palabra. Esto es lo que escuchó: “La gran wombassa, Johnny, lo que creemos que vamos a conseguir y lo que no conseguimos cuando conseguimos lo que queremos”.

                La respuesta da que pensar, ya que encierra un concepto psicológico llamado adaptación hedónica. Eso quiere decir que todos tenemos un nivel de felicidad establecido y salvo acontecimientos  que cambien nuestra forma de ver las cosas y la vida, pasado un tiempo volvemos a nuestro nivel de felicidad marco. Esa es una de las razones por las que es tan importante la ciencia de la felicidad, también llamada psicología positiva. Martin Seligman es una de las mayores autoridades mundiales en este tipo de estudios, y muchas de sus conclusiones deben ser tenidas en cuenta. Por ejemplo, observa que las personas que se consideran muy felices llevan una vida social rica y plena. Además, la felicidad depende de la “personalidad moral”, es decir, aquella relacionada con valores como la sabiduría, conocimiento, valentía, justicia o espiritualidad. No obstante, el descubrimiento más destacado dice que somos felices si  desarrollamos nuestras virtudes. ¿Y por qué esta idea importa? Muy sencillo: nos preocupamos más de corregir las debilidades.

                Otros aspectos de la personalidad que tienden a quedarse estabilizados son el peso y la plasticidad cerebral. Por eso existen personas delgadas que comiendo mucho no engordan y viceversa, personas con sobrepeso que deben hacer unos esfuerzos denodados para perder unos gramos. Nuestro cuerpo se ha adaptado a un peso como se adapta a una forma de ser: eso es debido a la  plasticidad cerebral. Esa es la clave biológica que explica la razón por la que nos cuesta mucho cambiar.

                En conclusión, sobreestimamos cómo nos vamos a encontrar cuando logremos un objetivo y olvidamos, como nos han contado los clásicos y hemos oído en muchos cuentos, que la felicidad está en el camino, no en la meta.

                Esta idea de la adaptación hedónica explica la razón por la que cuando tenemos una enfermedad no estamos tan hundidos como creíamos o la razón por la cual pasado un tiempo después de que nos ha caído la lotería hemos vuelto a nuestro nivel de felicidad habitual (los verdaderos afortunados son aquellos que después de ganar un premio enorme no se arruinan derrochándolo).

                Por lo tanto, ya tenemos una conclusión que nos hará ser menos envidiosos cuando veamos famosos pasear por la alfombra roja o ricos navegando con sus yates en aguas azul turquesas: no es oro todo lo que reluce.

                Sin embargo, todavía hay más. La gran wombassa tiene aplicaciones políticas. ¿Qué ocurrió cuando ganó Obama? ¿Qué pasa cuando se da un gran cambio político en un país o comunidad? Pues que muchos votantes no consiguen lo que creían que iban a conseguir. Hay dos tipos de razones. Primero, las promesas eran falsas. Eso demuestra mala fe. Segundo,   la realidad era peor de lo que se pensaba y eso ha hecho que no se puedan cumplir dichas promesas. Eso demuestra incompetencia por parte del recién llegado por no conocer la situación actual o falseamiento de las cuentas por parte del gestor anterior, lo cual debería ser denunciable. Yo pediría, en base a esta argumentación, que los nuevos gestores de mi ayuntamiento, comunidad o país explicasen claramente las razones por las cuales algunas promesas no se cumplen.

                Entonces, ¿qué fuerza tienen los gestores? A nivel monetario, no mucha ya que gran parte del presupuesto ya está comprometido de antemano: funcionarios, obras en construcción (y su mantenimiento) o prestaciones sociales tienden a variar poco sus partidas. A nivel regulatorio la fuerza es mayor, y aunque el maremágnum de instituciones internacionales, tratados entre países o normas nacionales afecta a una comunidad también existen muchas posibilidades, y más aún en Navarra con su singularidad fiscal.

                Por eso a nivel de una comunidad, las normas establecidas deben ser percibidas como justas: eso genera igualdad de oportunidades y confianza.

                A nivel personal, se trata de ajustar la moraleja del cuento de la bella y la bestia: “la belleza está en el interior”. Yo diría, más bien, que  “la felicidad está en el interior”.

El asno de Buridán (17 - 23 agosto).

 Tener muchas opciones para elegir nos lleva a poder colapsarnos...

                Había una vez un asno que cuando tenía dos opciones claramente diferenciadas para comer jamás tenía dudas para elegir. Sin embargo, en una ocasión le pusieron dos bandejas de heno de la misma calidad. Nuestro amigo no terminó de decidirse por ninguna y  como consecuencia de todo ello terminó muriendo de hambre. Esta historia tiene su origen en un relato de Aristóteles, el cual meditaba acerca de los criterios con los que un perro elegía entre dos raciones de la misma comida.

                La historia del asno fue usada como una crítica satírica al teólogo Jean Buridan, (defensor del libre albedrío que vivió desde el año 1.300 hasta el 1.358, de ahí el nombre del asno); sin embargo, su origen no es lo más importante. Se trata de valorar su aplicación actual.

                Y esta aplicación es la siguiente: si  el asno de Buridán se colapsó entre dos opciones, nosotros estamos colapsados….entre múltiples opciones.

                No hace tanto tiempo la vida era, digámoslo así, más programada. Una persona al nacer se dedicaba a las tareas domésticas, ayudaba al negocio familiar, se casaba con alguien de su entorno, tenía hijos, los criaba y finalmente éstos le cuidaban hasta el final de sus días.

                Sin duda, es mejor tener más elecciones para tener una vida más plena y valorar cuales son las áreas en las que podemos dar lo mejor de nosotros mismos para ser así más felices. Sólo hay un problema. Tenemos tanto para elegir que no sabemos qué es lo mejor. Y lo que es peor: cuando tomamos una decisión no estamos seguros de saber si fue o no la correcta. Siempre podremos pensar que otro camino era mejor.

                Para comprender mejor la idea, vayamos a un centro comercial a comprar un aparato tan “complejo” como una plancha. Simplemente, es difícil decidirse. Hay tantas especificaciones, tantos precios y tantas posibilidades que a no ser que consultemos a un experto no sabremos qué elegir. Para eso, usamos heurísticas, es decir, simplificaciones mentales. Así, suprimimos las planchas más caras y las más baratas. En el primer caso lo hacemos por el precio: demasiado gasto. En el segundo lo hacemos por la calidad: pensamos que si son tan baratas es debido a que son muy malas. Finalmente, a no ser que veamos algo maravilloso,  tendemos a decidirnos por planchas de precio medio bajo a no ser que nos guste mucho algún diseño o que nos encante planchar y en consecuencia optemos por una calidad más alta.

                El economista conductual Dan Ariely ya ha demostrado en diferentes experimentos que “menos es más”. Es decir, deseamos tener una pequeña gama de bienes o productos que nos lleven a elecciones sencillas que permitan no tener remordimientos posteriores. Aplicando esta teoría un restaurante optaría por una carta de pocos platos.

                Por desgracia, la cosa no queda ahí. Las opciones en la vida, hoy en día, son múltiples. Y en aspectos que no son precisamente nimios: ¿dónde comprar un piso? ¿Es mi pareja la adecuada? ¿Cuántos hijos quiero tener? ¿He elegido bien mi carrera profesional? Pocas preguntas son más importantes que éstas. Ahora bien, ¿sabemos responderlas con precisión? ¿Nos enseña el sistema educativo a contestar a estas preguntas?

                No creo que lo haga de la mejor manera. Hoy en día vemos muchas personas insatisfechas consigo mismas dudando acerca de la conveniencia de diferentes decisiones tomadas en el pasado. Así, alguien puede sentirse “quemado” por ello: llevar muchos años con la misma rutina nos hace dudar. ¿Va nuestra vida por el camino adecuado?

                En todos estos casos se podría hablar del síndrome del “asno de Buridán ampliado”: había tantas y tantas opciones que no estamos seguros de las tomadas.

                Y es que hay muchas posibilidades: ¿qué hacer con los beneficios de la empresa? Se puede repartir dividendo o invertir. ¿En qué proporción hacemos cada cosa? Y la parte de invertir, ¿en qué partidas se puede repartir? ¿Nos diversificamos? ¿Mejoramos lo que tenemos? ¿Investigamos para intentar generar productos nuevos? ¿Seguimos con el reparto de siempre? Pero lo mismo vale para el sueldo de una persona: ¿qué cantidad uso para consumir? ¿Es mejor disfrutar hoy o “a vivir que son dos días”? En el caso de ahorrar, ¿qué hago? ¿Un plan de pensiones? ¿Bonos? ¿Acciones? ¿Depósitos? ¿Fondos de inversión? ¿Compro mejor un apartamento? ¿O abro una cuenta de ahorro para pagar una buena carrera a los hijos cuando decidan ir a la universidad?

                No son dudas menores, no. Requieren un buen asesoramiento, una buena reflexión, una pizca de decisión y comprender un principio vital: estamos rodeados de incertidumbre, con lo cual jamás podemos  estar seguros de la efectividad de una decisión a priori.

                Con estos pequeños remedios podemos minorar la trampa del asno de Buridán ampliado.

                Así que, amigo lector, ya puedes elegir.

                Suerte.

                Javier Otazu Ojer.

                Profesor de Economía de la UNED de Tudela.  

¿De dónde sale el dinero? (10-16 agosto).

¿Nunca nos habíamos hecho esa pregunta?

                ¿Cómo se crea el dinero? ¿Quién sale ganando con ello? ¿Se puede arreglar la economía dándole a la máquina de hacer dinero? ¿Qué relación tiene con los bancos?

                Sin saber la respuesta de estas preguntas no se puede comprender cómo funciona la economía real. Sin comprender la economía real no podemos juzgar muchas de las políticas que hoy en día se están llevando a cabo. Así pues, vamos con ello.

                La entrada en la zona euro supuso que todos los países de la misma perdiesen toda la autonomía monetaria, es decir, reconocer como máxima autoridad monetaria al Banco Central Europeo (BCE), liderado en la actualidad por Mario Dragui. Una de las potestades del BCE es la creación de dinero, el cual puede entrar en el mercado de dos formas: o bien se presta a los bancos comerciales a un tipo de interés o bien se usa para comprar activos financieros.

                Así, ya podemos ver quién sale ganando con ello: los bancos comerciales, que posteriormente prestan el dinero a un tipo de interés mayor y así ganan la diferencia. Hoy en día el tipo al que presta el BCE es el más bajo de la historia: un 0,05%. Por otro lado,  el 9 de marzo de este año comenzó un programa de expansión cuantitativa (se denomina QE ya que son sus iniciales en inglés) que consiste en comprar deuda a razón de 60.000 millones de euros al mes y seguir así como mínimo hasta septiembre del año 2.016, momento en el que se revisará el programa. De esta forma Dragui tiene intención de introducir 1,14 billones de euros en el sistema financiero. Eso es más que el producto interior bruto español, que es aproximadamente de un billón de euros. Añadir un actor más a la compra de deuda hace que los tipos de interés bajen, con lo cual los gobiernos tienen unos gastos financieros menores y también salen (salimos) ganando.

                Entonces, ¿es la forma de mejorar la economía introducir dinero en el sistema? Aquí es donde los economistas no se ponen de acuerdo. Simplificando las opciones en dos ramas principales, diremos que para los keynesianos la idea es correcta ya que si las personas tienen más dinero en el bolsillo gastarán más y así la economía se estimula mientras que para los clásicos más dinero genera, necesariamente y aunque se note a largo plazo, precios más altos y que todo se quede peor que antes para los ahorradores, ya que su dinero pierde valor: al subir los precios se pueden adquirir menos bienes y servicios.

                Es difícil tomar partido por unos u otros, aunque existe una evidencia empírica clara: introducir una cantidad excesiva de dinero genera procesos inflacionarios muy peligrosos.

                Continuando con nuestro relato, la relación con los bancos ha quedado explicada: los bancos comerciales prestan a un diferencial superior al estándar. Una cuestión peculiar es abordar si eso es justo o no, ya que nos encontramos con que los bancos comerciales ganan dinero sin generar valor a la sociedad: son meros intermediarios virtuales que no cumplen la labor estándar de un intermediario natural, esto es, ahorrar costes en forma de traslado o en forma de información. Ejemplo del primero, cualquier compra en el supermercado. El intermediario genera valor al trasladar el bien de su lugar de producción al de  venta. Ejemplo del segundo, contratar un producto financiero, alquilar un piso o reservar un viaje en una agencia. En todos los casos el intermediario genera valor por la información que tiene.

                Sin duda, tiene sentido que un banco comercial preste dinero a sus clientes, si ese dinero está incluido en sus reservas o en su capital inicial. Sin embargo, el hecho de ganar un interés a partir de préstamos que recibe del banco central es cuestión más peliaguda. Y además, hay más peligros: prestar una cantidad mayor que los depósitos que recibe de sus clientes (el límite viene dado por el coeficiente de caja, el cual indica la proporción límite que debe guardar el banco en reservas de los depósitos recibidos; está sobre el 2% aunque en la práctica es un poco mayor) ya que en casos de pánicos bancarios es imposible devolver todo el dinero. Y más aún: que los bancos se dediquen a realizar préstamos arriesgados: vivienda (ya se sabía que los pisos “siempre suben”) o derivados financieros, los cuales no tienen ningún soporte real.               

                ¿Se puede mejorar el sistema?

                Por supuesto que sí. La primera forma, restaurar la ley Glass Steagall, la cual obligaba a separar los bancos en dos tipos: comerciales y de inversión. En los primeros, las reinversiones serán siempre respaldadas por un activo real. En los segundos, el inversor sabe que se somete a una posible quiebra aunque sus ganancias pueden ser mucho mayores.

                Además, hay otra forma más avanzada. Prestar el dinero creado a un tipo nulo o intercambiarlo por bienes y servicios reales. ¿Futurista? No. La historia del dinero, con la civilización sumeria, comenzó así.

Es hora de abrir el debate en España sobre la ley Glass-Steagall (3-9 agosto).

En Estados Unidos se ha abierto el debate acerca de la ley Glass Steagall y su posible aplicación en el sistema bancario, de manera que varios políticos han insistido en el tema.

                La Unión Europea (UE) y el Banco Central Europeo (BCE) buscan de forma reiterada diferentes métodos para mejorar el sistema financiero europeo, el cual sufre, como es conocido por todos, los típicos desencajes debidos a la realización de la política monetaria por parte del BCE y de la política fiscal por los diferentes países soberanos.

                Es cierto que se han planteado diferentes medidas y se han aplicado diversos cortafuegos para evitar supuestos contagios que puedan generar crisis como la griega. Y han quedado muchas opciones abiertas como la unión bancaria global, mejorar la supervisión por parte del BCE o la emisión de eurobonos. Sin embargo, sorprende la poca atención que ha prestado el debate a la posible aplicación de la ley Glass Steagall, por la cual se debería separar la banca en dos áreas: comercial y de inversión.

                La ley Glass Steagall fue aplicada después de la crisis del 29 para intentar evitar la especulación financiera que realizaron los bancos con los depósitos de sus clientes. Y es que en esa época muchos bancos cerraron por la siguiente razón: muchos de los depósitos que habían dejado los clientes en los bancos se invirtieron en activos financieros especulativos que generaron una burbuja, en especial en el mercado de las acciones. Era una época en la que se aplicaba la regla 3-6-3, por la cual pido un préstamo al 3%, las acciones me dan un rendimiento del 6% y a las 3 de la tarde me voy a jugar al golf. Era el mundo soñado: se podía vivir sin trabajar. Sin embargo, una economía no puede avanzar si no genera bienes y servicios, si no genera riqueza. Esa subida, o al menos la subida en los estratosféricos niveles de la época, es insostenible. Al final el mecanismo estalla (por cierto: ¿habrá pasado lo mismo en China?).

                Volviendo a nuestro relato, después de la explosión de la burbuja los depósitos de los clientes están respaldados por activos que valen muy poco, de manera que si todos van a sacar el dinero el banco no puede atender las peticiones y se origina una quiebra técnica. Personas que han dejado de buena fe su dinero ven que ya no tienen nada. Pero claro, el gestor del banco no tiene apuro: ya vendrá papá Estado para arreglar el entuerto. Es un ejemplo claro de riesgo moral: si gano, todo para mí. Si pierdo, se reparte entre la comunidad. Y en pleno siglo XXI todas las estructuras que permitan ese comportamiento humano deberían desaparecer. Y dentro de esas estructuras, las más importantes son los bancos.

                Una cosa es clara: la única área de negocio en el que existen empresas demasiado grandes para caer es el negocio bancario. Eso no se puede permitir.

                La ley Glass Steagall fue derogada en el año 1.999, en plena expansión bancaria. ¿Qué ocurrió? Lo explica muy bien el periodista Robert Kuttner ante la Cámara de Representantes: “Desde la derogación de Glass Steagall en 1.999, después de más de una década de avances de facto, los superbancos han sido capaces de recrear el miso tipo de conflictos de interés estructurales que eran endémicos en los años 20: préstamos a especuladores, empaquetamiento y titularización de créditos para su posterior venta al por mayor o al por menor y la extracción de honorarios en cada caso del proceso. Y casi todos estos papeles son aún más opacos para los examinadores de los bancos que lo que fueron para sus contrapartes en la década de 1.920. Casi todo esto ni siquiera está en papel, y todo el proceso está superalimentado por computadores y fórmulas automatizadas”.

                Además, actualmente el sistema está posado sobre millones y millones de dólares posicionados sobre derivados, los cuales, recordémoslo, son apuestas: no tienen soporte en ningún activo real. El Banco de Pagos Internacionales calcula que el monto total de los derivados ya suma más de 700 billones de dólares.

                Por lo tanto, parece necesario restaurar la ley Glass Steagall. Ya existen propuestas de ley ante las dos Cámaras del Congreso en los Estados Unidos (en el Congreso de momento hay 66 patrocinadores, en el Senado, cinco). Pero es que además este tema se ha vuelto decisivo en la contienda presidencial del Partido Demócrata: Martin O’Malley es el candidato que más ha insistido en restaurar esta ley e incluso Hillary Clinton no quiso responder a una pregunta del activista Daniel Burke relacionada con este asunto. Con las declaraciones del candidato presidencial republicano Rick Perry ante el Club Yale en Nueva York esta semana a favor de la separación de la banca comercial de la especulativa, ya entró el tema en la contienda presidencial por el lado de los republicanos también.

Ese debate también se ha abierto en otros países europeos: por ejemplo, los laboristas británicos están sumidos en el mismo, y en Italia hay seis proyectos de ley para la Glass-Steagall ante el Senado (de todos los partidos, de izquierda a derecha) y tres similares ante la Cámara de Diputados.

                Ha llegado la hora de abrir este debate en España.

                Javier Otazu Ojer.

Ilusionismo (27 julio - 2 agosto).

Un verano lleno de tantas desgracias nos hace pensar que las cosas no son lo que parecen...

                La palabra ilusionismo está completamente asociada a la magia. Esa magia con la que tantos ilusionistas nos han hecho soñar tantas veces. Esa magia que para el gran escritor Arthur C.Clarke era la tecnología avanzada. Y es que tenía razón: una persona que hubiese dado un imaginario salto en el tiempo hace 60 años se quedaría asombrado de tantos y tantos artilugios, aunque quizás lo más alucinante sería Internet que permite, entre otras posibilidades,  comunicarnos con una persona ubicada en cualquier lugar del mundo (siempre que haya una mínima cobertura).

                Curiosamente,  de la misma forma que a un futbolista excelente se le asocia a Maradona o un gran jugador de baloncesto se asocia con Michael Jordan, de un buen ilusionista decimos que es “Tamariz”, en alusión al gran mago Juan Tamariz. Y es que una buena sesión de magia nos hace pensar en que otros mundos son posibles, que las leyes de la gravedad no son del todo ciertas, que la física tal y como la conocemos es falsa. 

                ¿En qué se basa el ilusionismo? En maniobras de despiste y en conocer los puntos débiles de nuestro cerebro; es decir, tener una percepción de lo que está ocurriendo que es falsa para quedarnos completamente asombrados cuando vemos el resultado final.

                Lo que ocurre es que todo esto nos lleva a una trampa dentro de nuestra interpretación de la realidad. Como he comentado, el ilusionismo lo asociamos únicamente a la magia. Y la cuestión es que eso no es cierto. La realidad, tal y como la percibimos, es ilusionismo. Puro y simple ilusionismo. Muchas cosas no son lo que parecen, lo que ocurre es que nuestro cerebro tiende a quedarse con ideas superficiales como estrategia para filtrar la gran cantidad de información que recibimos.

                Comenzamos por los ejemplos más simples: las personas y las empresas. Muchas veces, en el momento de ver que una pareja se separa, pensamos: “no puede ser, si estaban muy unidos; siempre riéndose juntos, con un montón de proyectos, parecían uña y carne, estaban hechos el uno para el otro”. Eso sí, en el momento de separarse los argumentos cambian y ya se sabe, se repite el típico “no, si ya se veía venir”.

                Y la idea no sirve sólo para situaciones sociales, sirve también en situaciones emocionales; el caso típico vendría dado por  una persona viviendo feliz, con viajes lejanos, compras exclusivas y un vacío existencial desolador.

                Lo mismo ocurre con muchas empresas, aunque también hay que admitir que hoy en día los mercados son más volátiles que antes y un tipo de negocio que parece va a dar réditos sin fin en poco tiempo se hunde. Que se lo digan a empresas como Nokia o Terra. Además, en el mundo de la empresa a menudo se usa el ilusionismo contable, mediante el cual los libros están inflados, las acciones se sobrevaloran y pensamos que la empresa va mucho mejor de lo que realmente va.

                La televisión es otra forma de ilusionismo. Lo es a nivel técnico, ya que la información se procesa de manera que el cerebro puede ver la realidad como si estuviese asomado a una ventana. Pero más que a nivel técnico lo es a nivel emocional: sobreestimamos las personas que salen en televisión, de manera que pensamos que son mejores de lo que son. Nada más lejos de la realidad.

                La labor de los grandes ejecutivos puede ser, algunas veces, una forma de ilusionismo ya que también se sobrevaloran. Por supuesto, lo mismo ocurre en el mundo de la política: nadie llega a una nación o comunidad y la cambia por arte de magia. Es más útil no tomar decisiones equivocadas e inspirar a las personas que cualquier otra cosa. Para ello, un gobierno debe dar confianza. No podemos olvidar el famoso discurso de Kennedy: “no pienses en lo que América puede hacer por ti y piensa en lo que tú puedes hacer por América”. Ese es el camino ya que si la sociedad percibe que unas medidas económicas, por correctas que sean según los manuales de macroeconomía, es injusta, difícilmente podrá avanzar hacia un futuro mejor, ya que es más importante creer en lo que se hace que hacerlo por imperativo legal.

                Podemos comprender la idea mediante el siguiente ejemplo: supongamos una persona que elige una determinada carrera profesional. En retrospectiva, es fácil decir si hemos acertado o no: si tengo buen puesto de trabajo, he acertado. Si no, no. Y eso es un análisis muy simplista de la realidad ya que olvidamos nuestra responsabilidad personal, la capacidad que tenemos de hacer que una decisión individual, sea del tipo que sea, podamos hacerla buena. Y eso pasa por creer en ella.

                Cuando descubrimos que la persona menos esperada maltrata a su pareja, está realizando actividades ilegales o tiene un ataque de ira inesperado tendemos a sorprendernos.

                Y no debería ser así, ya que nada es lo que parece.

                Vivimos dentro del ilusionismo.

 

                Javier Otazu Ojer.

De las emociones a la política (20-26 julio).

 Una aplicación, en el caso griego, de las relaciones existentes entre emociones y política.

                En Grecia, como es sabido, ganó el no en el referéndum propuesto por el Gobierno, cuya pregunta era: ¿debería Grecia aceptar las condiciones económicas exigidas por las instituciones europeas para tener un nuevo rescate?

                Sin embargo, la forma de plantear el referéndum está trampeada y plantea muchas dudas acerca de cómo la manera de hacer las preguntas influye en las respuestas.

                Así, hay dos cuestiones a tener en cuenta. Primero, la pregunta induce a contestar “no”. Pero lo induce de forma emocional: el 28 de octubre es en Grecia fiesta nacional, ya que se celebra el “día del no”. Ello es debido a que en el año 1.940, en plena Segunda Guerra Mundial, el gobierno griego prohibió la entrada de las tropas del Duce italiano Mussolini en el país. Así, dentro del relato de las hazañas que siempre se aplican a países, pueblos o clubes deportivos, se adoptó ese día como uno de los más importantes del año.

                La segunda cuestión es la forma de plantear la pregunta. Pensemos en esta opción: ¿quiere que Grecia siga en Europa y en el Euro? Parece más fácil contestar que sí, ¿verdad? La opción “no” implica, emocionalmente, sensación de abandono y de obligación de emprender un camino nuevo.

                Para comprender la fuerza de las preguntas y en cómo tocan lo más sensible de nuestro interior, vamos a un aspecto más delicado: los violadores. Supongamos que tenemos 100 personas que han sido encarceladas por violencia sexual y después de seguir una rehabilitación se les pregunta por su supuesta puesta en libertad, hagamos la pregunta de dos formas.

                Uno: la posibilidad de que una de estas personas reincida es el 10%. Dos: de estas 100 personas, van a reincidir 10. ¿Qué haríamos? En general, con la primera opción dejamos a las personas en libertad y en la segunda, en la cárcel.

                La conclusión de esta historia es tenebrosa: la forma de realizar la pregunta es decisiva en la respuesta final. Es responsabilidad de cada persona calibrar de forma correcta las posibles respuestas y de los medios de comunicación dar la información de la forma más clara posible para que la decisión de la sociedad sea más eficiente.

                Así, para poder tomar una buena decisión y volviendo a Grecia,  hay que valorar bien la situación. Y ésta es la siguiente: la situación económica a la que ha llegado Grecia ha dependido de muchos factores, pero hay dos responsables principales. Uno, los gobiernos anteriores, que con ayuda de actores privados (como el banco de inversión Goldman Sachs) falsearon las cuentas para poder entrar en el euro. Dos, las medidas posteriores, realizadas por la Troika: Banco Central Europeo (BCE), Unión Europea (UE) y Fondo Monetario Internacional (FMI). Como recordaba recientemente el Premio Nobel Paul Krugman, la combinación de austeridad y préstamos con altos intereses lleva a los países a la ruina ya que se da un círculo vicioso: más austeridad hace que los prestamistas no se fíen cuando prestan, exijan intereses más altos y pidiendo más austeridad se repita la historia.

                Las enseñanzas de esta historia son sencillas: podíamos aprender del ayuntamiento de Rubí (Cataluña) que es transparente en tiempo real. Los ciudadanos deberían conocer los extractos bancarios exactos de su Ayuntamiento, Comunidad Autónoma y Estado Central. Espero y deseo que con el tiempo esto sea una exigencia por parte de todos a nuestros gobernantes. Mientras no lo sea, todo seguirá igual. Además, otra reflexión triste: los errores de los Gobiernos y de las Instituciones son achacables a personas que nunca pagan por ellos, tan sólo lo hacen los individuos de a pie, en especial las clases medias ya que las altas pueden jugar con la ingeniería fiscal llevando además sus ahorros fuera del país (precisamente eso es lo que ha ocurrido en Grecia). ¿Es eso justo? Es responsabilidad de todos buscar mecanismos que nos lleven a lograr estos objetivos. Las resistencias, como siempre, vendrán dadas por todos aquellos que tienen algo que perder.

                En consecuencia, las autoridades griegas deben decir la verdad. Deben decir que hay dos opciones: no cumplir las condiciones y salirse del euro (devaluación de la moneda, empobrecimiento relativo) o cumplir las condiciones (cesión de soberanía, privatizaciones, retraso en la edad de jubilación, liberalización o memorándum de cumplimiento) con idea de sacrificarse hoy para tener una recompensa mañana. Pero que sea un mañana que llegue, claro está. Para ello, las autoridades europeas deben ser más comprensivas. Deben aprender de sus errores y buscar una salida digna, posible y ordenada para los griegos.

                No hay otra forma de llegar a una Unión Europea más fuerte, que permita generar, como está previsto, una unión económica monetaria en el año 2.025 (EMU) con más capacidades estructurales, unión fiscal, bancaria y monetaria (quizás, social), donde exista una clara legitimación de los derechos democráticos de los ciudadanos.

                En caso contrario, la decadencia del continente será imparable.

 

                Javier Otazu Ojer.

Desequilibrios económicos, financieros y emocionales (13-19 julio).

 Cómo comprender, de forma global, el funcionamiento de la sociedad....

                ¿Cuándo funciona correctamente una sociedad? Es muy difícil ponerse de acuerdo para contestar a esta pregunta, pero una contestación pertinente sería decir “cuando está en equilibrio económico, financiero y emocional”. ¿En qué consiste cada cosa?

Podemos definir equilibrio económico como aquella situación en la que todos los agentes de la sociedad tienen una retribución razonablemente justa con cargo a su situación personal. Sí, está claro en que no nos vamos a poner de acuerdo en la definición de “razonablemente justa” pero al menos podemos aproximarnos: consiste en que los jubilados puedan tener una pensión digna o que las personas ganen sus salarios con cargo a su productividad.

Una sociedad está en equilibrio financiero cuando las inversiones y la cantidad de dinero en la misma reflejan la realidad económica de manera que no se dan ni burbujas, ni corralitos ni altas inflaciones.

Por último, una sociedad está en equilibrio emocional cuando las personas que la componen tienen unas expectativas de acuerdo a sus capacidades que puede darse en el futuro. Por supuesto, eso no siempre ocurre ya que no todo el mundo puede triunfar en la música, el deporte o como ejecutivo de empresa. Pero al menos existen esperanzas razonables de que eso pueda ser así. En este sentido, la comparación importa mucho. Por ejemplo, en países donde existen altas tasas de crecimiento existen problemas si algunas clases sociales se enriquecen más que otras de forma dudosa, generando problemas de convivencia.

Vamos a analizar con este triple enfoque la situación en Grecia y en España.

El tema del equilibrio económico es más peliagudo de lo que parece ya que es difícil llegar al mismo. Para ilustrar la idea, un ejemplo. En la reciente ley de transparencia del Gobierno del PP los políticos no tienen obligación de informar de todas sus reuniones. Eso es muy grave, ya que eso puede generar ventajas jurídicas para ciertos lobbies económicos, y sabido es que en el mundo actual nadie da nada a cambio de nada. Una forma de evitar este tipo de problemas es buscar la existencia de la competencia en los mercados, y en España, la CNMC (comisión nacional de competencia), dirigida por José María Marín, ha hecho ciertos avances. Pero todavía queda mucho por hacer.

Respecto del tema de las pensiones, falta mucho para llegar al equilibrio. El ejemplo de los peluqueros de Grecia, que se jubilaban antes debido a que su profesión se consideraba de “alto riesgo”, es el más ilustrativo. Pero no olvidemos una idea: es inevitable cotizar durante más tiempo por una razón muy sencilla; el aumento de la esperanza de vida. Así, no parece injusto el aumento de la edad de jubilación, eso sí, equilibrándolo con el riesgo de cada una de las profesiones o con la posibilidad de realizar durante más tiempo la misma si existe algo de vocación por parte del trabajador, lo cual se da en profesiones como la medicina o la enseñanza.

Así, este es a mi juicio el mayor problema en el conjunto de las sociedades: buscar el equilibrio económico. En términos técnicos, que el salario de cada persona sea igual a su producto marginal. Desde este enfoque, no veo muchas diferencias entre los dos países.

Respecto del equilibrio financiero, aquí es donde las posturas están totalmente alejadas. Vamos a valorar bien la situación. En Grecia se ha dado el temido corralito financiero, lo cual a estas alturas es impensable en España. Pero ha habido dos cuestiones que han hecho todavía mayor este desequilibrio y que tiene dos responsables claros. La primera, muy conocida: el falseamiento de las cuentas por parte del Gobierno para poder entrar en la Unión Europea. La segunda, recordada con acierto por el Nobel Krugman: las políticas que combinan austeridad y préstamos caros lleva a los países a la ruina. Y aquí la responsabilidad es de los componentes de la Troika: Banco Central Europeo (BCE), Fondo Monetario Internacional (FMI) y Unión Europea (UE). Por lo tanto, tiene sentido que se repartan las responsabilidades entre estas instituciones, ¿no? Por desgracia, ya se sabe que a nivel personal los componentes de los Gobiernos y de estas instituciones raras veces pagan por sus errores. Ese es uno de los grandes retos de nuestro tiempo, ya que generan las situaciones llamadas en economía de riesgo moral.

Llegamos al desequilibrio emocional. En España hemos pasado de las expectativas negativas a otras intermedias, pero las personas de alrededor de 30 años “entrampadas” en las hipotecas que compraron en lo alto de la burbuja inmobiliaria cuando los pisos “siempre subían” tienen expectativas más bajas que las que están en los 50, con pisos pagados y situación laboral más estable. En Grecia, por desgracia, la esperanza en un futuro mejor se ha derrumbado.

En todo caso, autoridades, gobiernos, instituciones y personas con poder ejecutivo: ¿cómo alcanzar estos equilibrios?

 

Javier Otazu Ojer.

Gestión del tiempo (6 - 12 julio).

Como siempre que llega el verano o el nuevo año, es útil plantearse otras formas de ver la vida...

                Ya llegó el verano, ya llegó la fiesta. Es el momento de disfrutar, ya han llegado las ansiadas vacaciones. ¿Qué podemos hacer? ¿Playa o monte? ¿Fiesta o descanso? ¿Aprender algo nuevo o relajarse? ¿Vida social o vida familiar? ¿Deporte o cerveza fresca?

                Todos estos dilemas corresponden a un aspecto que muchas veces queda subestimado en nuestra sociedad: la gestión del tiempo. Pensamos muy bien la gestión del dinero: si alguien tiene un presupuesto para ir de vacaciones o para ocio valora, de la mejor forma posible, las posibles formas de gastarlo. Pero no ocurre lo mismo con el tiempo, ya que, como nos advierte el escritor Robert Greene, “la estupidez suprema consiste en perder tiempo. El tiempo perdido jamás se recupera”.

                Sí, es una advertencia muy repetida: “el dinero va y viene. El tiempo sólo se va”. Y es que a largo plazo las personas nos arrepentimos más del tiempo mal usado que del dinero mal invertido, a no ser que hayamos entrado en un negocio ruinoso o hayamos sufrido una estafa.

                Así pues, merece la pena valorar diferentes ideas para mejorar nuestra gestión del tiempo.

                1.- A largo plazo nos arrepentimos más de lo que no hacemos que de lo que hacemos. A corto plazo ocurre lo contrario. No hacer algo es una decisión.

                2.- Nadie se arrepiente, en el momento de morir, de no haber visto más horas la televisión.

                3.- Nuestro uso del tiempo deber ser coherente con nuestras habilidades (aquello que tenemos), competencias (aquello que adquirimos), personalidad (genes) y gustos.

                4.- Gran parte del uso del tiempo depende de nuestros genes (ser como somos), de nuestra cultura (fútbol o cricket), nuestro contexto (amigos, familia, ciudad donde residimos) o de nuestras creencias. Eso nos obliga a reevaluarnos constantemente.

                5.- Es útil analizar y valorar el nivel de felicidad alcanzado al final del día  y planificar, de forma meridiana, el día siguiente. Obviamente y según nuestras actividades cotidianas hay veces que tenemos todo más programado y veces que podemos jugar un poco más con el caos.

                6.- Llegados a un punto tendemos a quedarnos siempre igual y a repetirnos como si fuésemos autómatas. Es el principio físico de la inercia. Siempre, cada año o cada nueva temporada suele ser gratificante buscar experiencias nuevas, ya que no es lo mismo tener una experiencia de 20 años que una experiencia repetida 20 años.

                7.- La inteligencia contextual es aquella que nos enseña a adaptarnos y a mejorar el mundo que nos rodea. La inteligencia emocional, que todavía está de moda, es parte de la contextual, ya que ésta nos enseña a desarrollar nuestro potencial interior.

 

                8.- Nunca es tarde para cambiar aquello que no nos gusta de nosotros. Se ha demostrado que tenemos una gran plasticidad cerebral, la cual nos lleva a readaptarnos y a cambiar hábitos siempre que tomemos estrategias adecuadas.

                9.- Todas las decisiones temporales que tomamos tienen un coste en términos de “coste de oportunidad”, ya que si hacemos una cosa, por definición, no podemos hacer otra. Así, el rato en el que estamos viendo una serie no estamos cenando en un restaurante, ni navegando en Internet, ni charlando con la familia, ni haciendo deporte, ni leyendo el periódico, ni tomando un café, ni durmiendo, ni paseando bajo la luz de la luna.

                10.- Además, las decisiones temporales tienen otros dos costes a valorar. El primero, en términos monetarios. Obviamente, unas actividades son más baratas que otras. El segundo, en términos de salud, es decir, de nivel de energía a medio y largo plazo. Una cerveza nos da una satisfacción de relax y compañía (se suele tomar con otras personas), pero abusar todos los días de vacaciones no parece lo mejor. El deporte supone un sacrificio que nos puede llevar a una satisfacción futura posterior. Se trata de buscar un equilibrio.

                11.- Evitar la disonancia cognitiva, es decir, la inconsistencia entre lo que hacemos (tomar cervezas) y lo que queremos hacer (más deporte) ya que origina malestares mentales.

                12.- Tener claras nuestras preferencias temporales ya que siempre estamos eligiendo. El presupuesto temporal es el único que nos iguala a todos los seres humanos: tenemos 24 horas al día. Ni más (la excepción es el pasado 30 de junio que tuvo un segundo adicional) ni menos. Por lo tanto, el dicho “no me da la vida” suena a excusa. El tiempo que tenemos es el que es, aunque claro, queda feo decirle a alguien que desea tomar un café contigo: “no estás en mis preferencias temporales”. Es mejor decir “no tengo tiempo”.

                13.- No podemos olvidar la responsabilidad que tenemos con nuestro planeta (cuidándolo) y nuestra sociedad (informándonos, exigiendo a los poderes públicos).

                14.- Evitar por todos los medios la sensación que recita William Shakespeare en Ricardo II: “he malgastado el tiempo y ahora el tiempo me desgasta a mí”.

                Estimado lector, espero y deseo que saques el máximo provecho de tu dotación temporal diaria.

 

El referéndum griego (29 junio, 5 de julio).

¿Qué eligen realmente los griegos en el referéndum del 5 de julio?

                El domingo 4 de julio se celebra en Grecia un referéndum acerca de la aceptación o no de las condiciones de la Unión Europea. En el momento de escribir estas líneas, el Gobierno de Tsipras es partidario de no aceptar dichas condiciones, lo cual le supone, de ganar esa opción, un aumento del margen negociador con la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional   (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE). Por el contrario, si gana el sí  posiblemente tendremos la dimisión del Gobierno, unas nuevas elecciones y un posible retraso en los acuerdos finales. ¿Qué debería hacer la población griega?

                Para responder a esta pregunta, vamos a evaluar la situación económica del país. El pasado 30 de junio venció una deuda de 1.600 millones de euros con el FMI que no se pagó. El próximo 20 de julio vence otra deuda de 3.500 millones de euros con el BCE, de aquí a septiembre se acumulan unos vencimientos de 10.000 millones de euros siendo el total de la deuda de unos 240.000 millones de euros, el 172% del PIB. Unas cantidades siderales.

                Por lo tanto, una primera cuestión está clara. El gobierno griego necesita dinero y en ese caso existen 4 opciones teóricas. Primero, subir los impuestos. Cuando la población está completamente ahogada no parece lo mejor. Además, una subida de impuestos puede ralentizar todavía más la débil recuperación económica. Relacionada con esta medida, se puede gastar menos (por ejemplo, en pensiones o en el ejército) y usar esos recursos para pagar las deudas. Eso es todo lo contrario de lo que se prometió en la campaña electoral.

                Segunda opción, pedir prestado. Como existe una posibilidad real de que Grecia no pueda devolver el dinero los inversores  van a pedir unos intereses prohibitivos, con lo cual esta opción queda descartada. Eso sí,  el BCE puede actuar  como último prestamista. Tercera opción, vender activos públicos. Por ejemplo, islas o empresas públicas. En el caso de las islas parece una opción disparatada pero también se había propuesto. Cuarta opción, darle a la máquina de hacer dinero. Esa opción también está descartada ya que la política monetaria corresponde al BCE.

                ¿Entonces? Existen tres posibles escenarios, que son las que realmente se plantean en la pregunta que se va a realizar a la población. Si Grecia vota “sí”, lo que se ocurrirá es que existirá lo que se denomina una “devaluación interna”. En cierta forma, esa situación ya la hemos vivido en España. Consiste en que los salarios de los trabajadores bajan y a cambio el país es más competitivo, con lo cual sus exportaciones aumentan. Además, los presupuestos públicos se ajustan con todo lo que ello supone: más impuestos, menos prestaciones. Hasta ahora, eso es lo que ha ocurrido. Sin embargo, esa devaluación interna ha generado una bajada del PIB del 25% y un paro del 27%. Una población puede aguantar este tipo de políticas durante cierto período de tiempo, pasado el cual la inestabilidad social puede llegar a alcanzar niveles preocupantes. En estos momentos nos encontramos en este punto. Incluso Olivier Blanchard, número dos del FMI, ha admitido que esas políticas han sido “excesivamente austeras”.

               

 

Si Grecia vota “no” se abren dos opciones. La primera es una salida del euro, lo cual originaría una “devaluación monetaria”. En ese caso, puede que exista una moneda interna dentro del país (pagarés, “geuros” o dracmas, al estilo de los pesos cubanos: unos son convertibles en dólares y otros no). Sea lo que sea, habrá una devaluación de la moneda, con lo cual las exportaciones aumentarán (por ejemplo, irán más turistas a Grecia al ser los bienes y servicios más baratos; eso también es exportación). Sin embargo, para un griego será mucho más caro comprar productos extranjeros o hacer turismo fuera de su país. Si además el país vuelve su anterior moneda, el dracma, recuperaría su autonomía en política monetaria.

La segunda opción en el caso del “no” es seguir negociando. En este caso, no parece razonable repetir otro rescate de las características anteriores ya que continuaríamos con la estrategia de la “patada hacia adelante”. Parece más viable una estrategia como la recomendada por Dominique Strauss-Khan, exdirector gerente del FMI. Propone una moratoria de dos años con quitas y reestructuración de deuda a cambio de que Grecia no pida más dinero. Punto positivo: los griegos eligen su política fiscal. Punto negativo: falta de acceso a los mercados financieros.

Recopilando, la verdadera pregunta del referéndum es: ¿qué prefiere, una devaluación interna o que continúen las negociaciones con la Unión Europea? Eso sí, debe saber que en el caso de continuar las negociaciones hay dos opciones: devaluación monetaria o nueva reestructuración de la deuda.

¿Qué se puede contestar?

Martin Wolf, uno de los analistas más influyentes del mundo (Financial Times), piensa que los griegos eligen entre “el diablo o el mar azul profundo”.

Es decir, entre lo malo conocido o lo bueno por conocer.

Pánicos bancarios (22 junio, 28 junio).

La llegada del corralito a Grecia. ¿Cómo se forman los pánicos bancarios?

                Turbulencias monetarias se ciernen sobre Grecia. El temido corralito financiero, por el cual sólo se puede sacar una cantidad de dinero puntual desde el cajero automático, ha llegado. ¿A qué se debe? ¿Por qué se dan estas situaciones de pánico bancario? ¿Es posible evitarlas de alguna forma?

                Para comprender este mecanismo, debemos conocer dos conceptos monetarios fundamentales: la oferta monetaria y el coeficiente de caja.

                La oferta monetaria del conjunto de una economía está formada por dos tipos de medios de pago: el efectivo en manos del público, formado por las monedas y billetes de todos los agentes económicos, y los depósitos. La clasificación tiene sentido, ya que así es como hacemos nuestras transacciones económicas: o bien pagamos con efectivo, o bien pagamos con tarjeta con cargo a nuestros depósitos.

                Pensemos en los depósitos bancarios. Cuando nos ingresan la nómina mensual en el banco, nuestro depósito aumenta. A lo largo del mes nos van haciendo diversos descuentos, conocidos por todos: luz, agua, gas, teléfono, hipoteca o comunidad de vecinos son los gastos más comunes. Por otro lado, gastamos, según nuestros gustos y necesidades, en otros bienes y servicios como alimentación, ocio o vestido. A gusto del consumidor. Y el resto (si es que sobra algo) se va acumulando, lo vamos ahorrando.

                Ahora, supongamos que vamos a realizar un reintegro de 200 euros. No hay ningún problema. Eso sí, otra cosa es si todos los clientes de un banco desean hacer el reintegro a la vez, que es lo que ocurre en los pánicos bancarios. El sistema colapsa, ya que no hay dinero para todos. ¿Cómo es posible, si ese dinero ya lo habíamos dejado en el banco?

                Aquí es donde aparece el coeficiente de caja, formado por la proporción de depósitos que los bancos están obligados a dejar en reservas, es decir, en efectivo. Si es del 10% quiere decir que por cada 1.000 euros que dejamos el banco mantiene un efectivo de 100 euros. El resto, lo dedica al núcleo de su negocio, que es prestar a un tipo de interés mayor que el que ofrece a sus depositantes.

                ¿Qué ha pasado en Grecia? Los ahorradores, preocupados por la inestabilidad de su sistema financiero, prefieren sacarlo de sus bancos para dejarlos “debajo del colchón” o llevarlos a un banco más seguro (en general, internacional, aunque para eso es necesario una cantidad mínima de dinero que es considerable; sólo se la pueden permitir las personas con más recursos). Es lo que se denomina una fuga de depósitos. Hasta ahora, dicha fuga se había compensado por un mecanismo de transmisión del Banco Central Europeo (BCE) llamado ELA (línea de liquidez de urgencia). Sin embargo, la paralización de las negociaciones acerca de los pagos de Grecia ha paralizado también dicho ELA. Así, para evitar que el sistema se quede seco las autoridades griegas han creado el corralito.

A partir de aquí, las consecuencias futuras son impredecibles, ya que nos hemos adentrado a un terreno desconocido. Y si bien en los últimos años el BCE ha modernizado su “arsenal financiero” (MUS, MUR, Mede…) lo que puede ocurrir a partir de ahora es un completo misterio, y más aún después de la convocatoria de un referéndum por parte de Tsripas. Lo lógico sigue siendo un acuerdo de última hora, pero cuando, como parece que es el caso, existe una gran desconfianza entre quienes están negociando cualquier escenario es posible.

Un matiz en todo este asunto que no merece ser desdeñado es el carácter de “deuda odiosa” que puede tener cierta parte de la misma. Expertos como Eric Toussaint explican cómo parte de la deuda no debería ser pagada debido a que no ha sido elegida por el conjunto de la sociedad y se ha usado para fines más dudosos, pero eso es un debate muy complejo, que, junto con la manera de reestructurar la deuda, debería ser evaluado con sensibilidad y profundidad.

Entonces, ¿qué hacer?

La situación actual es muy compleja y se supone que entre personas inteligentes siempre se va a llegar a un acuerdo que impida un caos financiero aunque cuidado: las emociones y los calentones acostumbran a ser malos consejeros.

Ya existe cierta seguridad con los depósitos bancarios. De cara al futuro, una posibilidad es subir el coeficiente de caja. Así mismo, se podrían afinar más los cortafuegos existentes para evitar contagios bancarios.

                Se está creando un plan nuevo denominado “plan Albania” (posiblemente debido a que el último pánico bancario importante fue en ese país, sin olvidar los problemas acaecidos hace dos años en Chipre) para intentar arreglar este desaguisado.

                Nadie pensaba que un escenario así se iba a vivir en la Europa del euro. Esto nos lleva a una conclusión.

                A menudo, ocurren cosas improbables.

 

Pánicos bancarios.

 

                Turbulencias monetarias se ciernen sobre Grecia. El temido corralito financiero, por el cual sólo se puede sacar una cantidad de dinero puntual desde el cajero automático, ha llegado. ¿A qué se debe? ¿Por qué se dan estas situaciones de pánico bancario? ¿Es posible evitarlas de alguna forma?

                Para comprender este mecanismo, debemos conocer dos conceptos monetarios fundamentales: la oferta monetaria y el coeficiente de caja.

                La oferta monetaria del conjunto de una economía está formada por dos tipos de medios de pago: el efectivo en manos del público, formado por las monedas y billetes de todos los agentes económicos, y los depósitos. La clasificación tiene sentido, ya que así es como hacemos nuestras transacciones económicas: o bien pagamos con efectivo, o bien pagamos con tarjeta con cargo a nuestros depósitos.

                Pensemos en los depósitos bancarios. Cuando nos ingresan la nómina mensual en el banco, nuestro depósito aumenta. A lo largo del mes nos van haciendo diversos descuentos, conocidos por todos: luz, agua, gas, teléfono, hipoteca o comunidad de vecinos son los gastos más comunes. Por otro lado, gastamos, según nuestros gustos y necesidades, en otros bienes y servicios como alimentación, ocio o vestido. A gusto del consumidor. Y el resto (si es que sobra algo) se va acumulando, lo vamos ahorrando.

                Ahora, supongamos que vamos a realizar un reintegro de 200 euros. No hay ningún problema. Eso sí, otra cosa es si todos los clientes de un banco desean hacer el reintegro a la vez, que es lo que ocurre en los pánicos bancarios. El sistema colapsa, ya que no hay dinero para todos. ¿Cómo es posible, si ese dinero ya lo habíamos dejado en el banco?

                Aquí es donde aparece el coeficiente de caja, formado por la proporción de depósitos que los bancos están obligados a dejar en reservas, es decir, en efectivo. Si es del 10% quiere decir que por cada 1.000 euros que dejamos el banco mantiene un efectivo de 100 euros. El resto, lo dedica al núcleo de su negocio, que es prestar a un tipo de interés mayor que el que ofrece a sus depositantes.

                ¿Qué ha pasado en Grecia? Los ahorradores, preocupados por la inestabilidad de su sistema financiero, prefieren sacarlo de sus bancos para dejarlos “debajo del colchón” o llevarlos a un banco más seguro (en general, internacional, aunque para eso es necesario una cantidad mínima de dinero que es considerable; sólo se la pueden permitir las personas con más recursos). Es lo que se denomina una fuga de depósitos. Hasta ahora, dicha fuga se había compensado por un mecanismo de transmisión del Banco Central Europeo (BCE) llamado ELA (línea de liquidez de urgencia). Sin embargo, la paralización de las negociaciones acerca de los pagos de Grecia ha paralizado también dicho ELA. Así, para evitar que el sistema se quede seco las autoridades griegas han creado el corralito.

A partir de aquí, las consecuencias futuras son impredecibles, ya que nos hemos adentrado a un terreno desconocido. Y si bien en los últimos años el BCE ha modernizado su “arsenal financiero” (MUS, MUR, Mede…) lo que puede ocurrir a partir de ahora es un completo misterio, y más aún después de la convocatoria de un referéndum por parte de Tsripas. Lo lógico sigue siendo un acuerdo de última hora, pero cuando, como parece que es el caso, existe una gran desconfianza entre quienes están negociando cualquier escenario es posible.

Un matiz en todo este asunto que no merece ser desdeñado es el carácter de “deuda odiosa” que puede tener cierta parte de la misma. Expertos como Eric Toussaint explican cómo parte de la deuda no debería ser pagada debido a que no ha sido elegida por el conjunto de la sociedad y se ha usado para fines más dudosos, pero eso es un debate muy complejo, que, junto con la manera de reestructurar la deuda, debería ser evaluado con sensibilidad y profundidad.

Entonces, ¿qué hacer?

La situación actual es muy compleja y se supone que entre personas inteligentes siempre se va a llegar a un acuerdo que impida un caos financiero aunque cuidado: las emociones y los calentones acostumbran a ser malos consejeros.

Ya existe cierta seguridad con los depósitos bancarios. De cara al futuro, una posibilidad es subir el coeficiente de caja. Así mismo, se podrían afinar más los cortafuegos existentes para evitar contagios bancarios.

                Se está creando un plan nuevo denominado “plan Albania” (posiblemente debido a que el último pánico bancario importante fue en ese país, sin olvidar los problemas acaecidos hace dos años en Chipre) para intentar arreglar este desaguisado.

                Nadie pensaba que un escenario así se iba a vivir en la Europa del euro. Esto nos lleva a una conclusión.

                A menudo, ocurren cosas improbables.

Casta (15 junio, 21 junio).

¿Qué es, en realidad, la casta? Este artículo responde a esa pregunta.

                Casta. Aquí tenemos una de las palabras que últimamente se ha puesto de moda, de manera que de forma simplista a los políticos de toda la vida se les considera con ese nombre. Ahora bien, ¿es ese nombre adecuado? ¿Describe correctamente la realidad? ¿De qué depende que un cargo público recién elegido se catalogue como casta?

                Para contestar a esta pregunta, pensemos en la definición de casta. Se supone que son personas que tienen unos privilegios que no son acordes con el cargo que ocupan. Eso sí, ¿cuándo surge esta definición? Siempre ha habido castas. Pero de cara al tema que nos ocupa, todo cambió con la publicación de un  libro: “La casta. Así se han convertido en intocables los políticos italianos”, de Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, publicado en el año 2.007 y que vendió un millón de ejemplares. Posteriormente y como si de un “remake” de cine se tratara, se realizaron ediciones semejantes en España.

                Sin duda, fue un paso nuevo en la dirección correcta. La cuestión es si después de ver los privilegios de los que disfrutan algunas personas podemos decir si seguimos transitando el camino adecuado.

                Para ello, merece la pena mejorar la definición de casta. Así, parece más exacto decir que la casta, además de ser personas que tienen unos privilegios que no son acordes con el cargo que ocupan, son también personas que  no deben esforzarse para mantener su puesto actual.

                Mucho cuidado, ya que no se trata de los funcionarios. Me refiero a algunos funcionarios. Me explico. Es completamente legítimo dedicar años de nuestra vida a estudiar para una oposición (con el riesgo que eso supone) y una vez que se ha obtenido la plaza esforzarse menos que en otro puesto de trabajo. Además de legítimo, es justo. Al fin y al cabo, quien se prepara para una oposición compra billetes de lotería temporales. A más estudio, más boletos y más probabilidad de que caiga el premio. Lo positivo, un puesto de trabajo para toda la vida. Lo negativo, posibles bajadas de sueldo en caso de apuros presupuestarios y una única posibilidad de promoción personal: el ascenso de grado dentro del funcionariado.

                Eso es justo. Lo que es injusto, y es para pensarlo mucho, es el caso de personas, en especial muchos jóvenes, que deciden estudiar Grados como Derecho, Magisterio o Enfermería con la expectativa de realizar oposiciones al final de sus estudios y en ese momento comprueban que la oferta pública de empleo se ha derrumbado.

                Así,  los funcionarios que se pueden considerar casta son aquellos que no se esfuerzan en su puesto de trabajo por dar un mejor servicio. Como son una minoría y además la administración va a ganar eficiencia con las mejoras tecnológicas, este problema se irá reduciendo con el tiempo.

 

                Existen castas en el sector privado, en especial en las grandes empresas. Aquellos empleados que están de baja a menudo, que no son puntuales o que se consideran tóxicos. Su salario lo pagan entre el resto de los trabajadores, de la misma forma que cuando realizamos una compra en un supermercado pagamos al ladrón ya que los productos robados repercuten en un precio mayor para el resto de los consumidores.

                Otra casta especial está formada por las personas que no pagan los impuestos o logran evadirlos a paraísos fiscales, ya que disfrutan de bienes públicos (carreteras, hospitales, educación, playas o parques) sin pagar lo que deberían para poder mantenerlos. Como el caso anterior, son casta por un sentido doble: se aprovechan del bien público y obligan al resto de contribuyentes a pagar más impuestos.

                Sí, ya estamos en el capítulo principal: la casta política. Por comenzar con una obviedad, el alcalde o concejal de un pequeño municipio que ofrece su tiempo para mejorar a su comunidad a cambio de su satisfacción personal no puede ser considerado como un privilegiado. A más alto nivel, sin embargo, aparecen muchos casos. El caso paradigmático es el senado, que hoy en día parece una institución pensada para “premiar” a las personas que han sido “fieles al partido”. Algo parecido ocurre con el Parlamento Europeo. Sí, es verdad. En este mundo hay mucho por hacer; revisar temas de pensiones, puertas giratorias, dietas o semejantes. Pero se debe hacer con cuidado, ya que no es bueno que al final las personas más preparadas no deseen entrar en política debido a que la remuneración es justa. Como siempre, depende del puesto y de la responsabilidad del mismo. Eso es lo que se debe equilibrar.

                El punto final deseo dejarlo para la realeza. Sin entrar en el debate Monarquía o República, una cosa es clara. El rey emérito Juan Carlos no tuvo que esforzarse demasiado para mantenerse en su puesto. Su hijo, Felipe, deberá tener más cuidado. Pese al apoyo mediático que tiene, sabe que un error puede suponer el fin de su institución.

 Y eso es bueno.

                Ese es el camino.

Economía y medicina (8 de junio, 14 de junio).

Las reiteradas medidas del FMI para hacer siempre lo mismo.

                Recientemente el Fondo Monetario Internacional ha realizado la típica “receta” para la economía española: más moderación salarial, menos regulación, un ajuste mayor de la deuda o una profundización de la reforma laboral son medidas más que conocidas. No es el momento de discutir la validez de las mismas, ya que como es conocido, “si tienes dos economistas tendrás tres opiniones”. Lo curioso es que siempre son las mismas. Eso, en sí mismo, encierra un misterio que sólo tiene dos posibilidades: o España siempre debe hacer lo mismo para recuperarse o bien es que no lo ha hecho en la debida profundidad. Pero da igual; al fin y al cabo, el Fondo Monetario Internacional siempre pide las mismas reformas a todos los países. Es como los discursos de muchos políticos: uno ya sabe lo que van a decir antes de oírlos.

                Ahora bien, ¿cómo se explica esa reiteración en aplicar siempre más de lo mismo, cuando vemos que no termina de dar resultados? No deja de ser cierta la afirmación de Einstein según la cual “es de estúpidos hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. En todo caso, uno encuentra cierta analogía entre los médicos que oyen a los enfermos y siempre les recetan el conocido paracetamol. Y es que, sí, la medicina tiene más relación con la economía de lo que parece.

                Una persona tiene una serie de indicadores que sirven para evaluar su nivel de salud: el nivel de colesterol, el ácido úrico, el índice de masa corporal o la tensión son algunos de los más conocidos. Cuando algún indicador está fuera de los límites razonables, los médicos nos dan sus recetas y a partir de las mismas, pasados unos días, esperamos encontrarnos mejor. Eso sí y es inevitable, la mayor parte de los fármacos tienen sus efectos secundarios. Pero muchas veces no hay otro remedio que tomarlos: la enfermedad es peor que el remedio. Curiosamente, existen personas que detestan los medicamentos debido a los desórdenes orgánicos futuros que pueden generar: es un fenómeno llamado iatrogenia.

                De la misma forma, un país tiene una serie de indicadores que sirven para evaluar su nivel de salud: los más importantes son el producto interior bruto (PIB, formado por la cantidad de bienes y servicios que se producen dentro de su territorio), la inflación (subida de precios) y el nivel de desempleo. Siguiendo con la analogía, cuando algún indicador no funciona los médicos dan sus recetas y, pasados unos días, pues podemos encontrarnos igual, mejor o peor. Es decir, aquí termina la comparativa. ¿Dónde está, pues el problema?

                Se trata de una cuestión doctrinal. La economía tiene cierta consideración de ciencia “mecánica”, según la cual, las curas siguen recetas de manual. Es decir, si tenemos un país al que le falla algún indicador siempre se hace lo mismo. Y aquí es dónde está el error: la economía, como la medicina, es una ciencia “orgánica”. Eso quiere decir que aunque cada país tiene una serie de indicadores económicos, sus recursos humanos, de capital, tecnológicos, el clima o la situación geográfica hacen que lo que puede ser válido para unos quizás no lo sea para otros. Sin embargo, ahí tenemos a los expertos del Fondo, recomendando siempre lo mismo para todos los países. Y es que, como decía Keynes (uno de los economistas más influyentes del siglo XX), “cuando cambian las circunstancias mis opiniones también pueden hacerlo”.

                Por desgracia, no es eso lo que vemos. ¿Cómo se explica?

                La cuestión es compleja. A comienzos del siglo XX se desarrolló una corriente económica llamada marginalismo que permitía modelizar matemáticamente la realidad. Era una época en la que así se desarrollaba el saber: con ecuaciones y más ecuaciones. Por supuesto, la economía se subió al mismo tren. Hoy en día, cuando cada vez el avance del enfoque multidisciplinar es mayor, parte del saber económico permanece anclado en el mismo sistema matemático.

                Está claro que no toda la economía es así: aparecen nuevas áreas de investigación y se realizan notables avances en las mismas. Ejemplos claros son los análisis teóricos que mezclan estadísticas y datos históricos (Thomas Piketty) o los estudios de campo de economistas tan reputados como Uri Gneezy, John List o Esther Duflo, el análisis de Steven Levitt y Stephen Dubner (freakeconomía), la economía del bien común de Cristian Falber o el análisis de la irracionalidad de Dan Ariely. Todos ellos están realizando investigaciones prometedoras que de una forma u otra van a terminar revertiendo en el bien común.

                Por desgracia, las grandes instituciones internacionales, es decir, aquellas que deberían darse por enteradas, siguen con sus medidas de siempre.

                 Y eso nos termina llevando  una duda final.

                ¿Han comprendido que la economía es, como la medicina, una ciencia orgánica?

                ¿Les interesa comprenderlo?

 

                Javier Otazu Ojer.

Se venden ideas económicas (1 de junio, 7 de junio).

¿Existe alguna forma posible de política económica?

                Si algo ha faltado en el reciente proceso electoral que hemos vivido son propuestas económicas nuevas. Es verdad que muchas son familiares: “hay que fomentar el emprendimiento”, “se debe reducir la burocracia para poder crear una empresa” o “tenemos un plan de choque para el desempleo juvenil”. Todo eso es muy bonito, pero a la hora de la verdad no es muy concreto. Todos sabemos lo que queremos, pero no sabemos cómo lograrlo. ¿Qué podemos sugerir que pueda inspirar a los nuevos dirigentes? Si John Micklethwait, editor de The Economist, tiene razón cuando dice que “los ciudadanos de las grandes democracias se sentirán abandonados por sus dirigentes” la pregunta es muy pertinente.

                Una primera idea interesante la comenta Víctor Lapuente (El País, 30/04/12) cuando sugiere que los gobiernos deben orientarse a la “política bisexual”. ¿En qué consiste? Se supone que la economía tiene dos patas: la elaboración y el reparto del pastel. No existe dirigente político que no esté a favor de ayudar a los más necesitados o de realizar políticas sociales más activas, pero ya se sabe que de donde no hay no se puede sacar. Por eso el primer paso es elaborar el pastel, y para ello se necesita ir más a la derecha de las políticas del Gobierno: es decir, que exista una mayor libertad de empresa. Hoy en día no existe la mano invisible de los mercados pregonada por Adam Smith; lo que existe es la mano visible de los representantes sociales con más capacidad de presión política. Ello genera grandes trabas en los mercados, que terminan sujetos a intereses corporativos. Y eso no puede ser.

                Llega ahora el papel del Estado y la provisión de bienestar social, es decir, el reparto del pastel. Se trata de ir más a la izquierda que las sugerencias tradicionales de los partidos socialdemócratas extendiendo áreas de cohesión social y justicia. Y es que ese es el Santo Grial de la economía: si los ciudadanos perciben cierta justicia en el sistema económico y social se genera confianza y eso nos lleva a un uso eficiente de todos nuestros recursos, sean humanos o de capital.

                Una segunda idea que tiene mucho potencial consiste en desarrollar plataformas de inversión público privadas para generar más financiación que se use en  diferentes proyectos empresariales. En estas plataformas existirían fondos de capital riesgo que podrían abarcar diversas áreas como las energías renovables o las nuevas tecnologías. En un mundo de tipos interés muy bajos muchas personas están dispuestas a invertir una parte de su cartera en proyectos que puedan revertir en beneficio de su comunidad, aunque tengan más riesgo.

                Una tercera idea sería repensar la política de subvenciones sustituyéndola por préstamos. No se trata de suprimir todas las subvenciones existentes, ya que existen empresas en las que son necesarias. De lo que se trata es de usar mecanismos de rendición de cuentas que eviten los incentivos perversos. En muchos casos un préstamo es útil para comenzar un negocio, de forma que cuando éste  es viable se puede suprimir. Las subvenciones generan derechos adquiridos, y esos son los más difíciles de eliminar.

 

                Una cuarta idea tiene que ver con la política industrial, definida como el conjunto de actuaciones públicas específicamente dirigidas a fortalecer la competitividad de las empresas. Esta política debe crear un marco de incentivos e instituciones que favorezca la innovación tecnológica y se guíe por criterios de excelencia horizontal, sin beneficiar a sectores particulares.

                La quinta idea consiste en generar un entorno competitivo vibrante, ya que la economía no puede funcionar bien si hay un mal funcionamiento del mercado laboral, si fallan las infraestructuras, si no existe confianza entre la ciudadanía y quienes la rigen, si la justicia es lenta, si existe una mala regulación de las telecomunicaciones y la energía, si se tarda mucho en crear una empresa o si el nivel educativo es muy bajo. En definitiva, medidas para generar un pastel mayor.

                La sexta idea tiene que ver con la propuesta de valor, sea de una persona, de una empresa, de una región o de un país. ¿Cuál es la estrategia que tenemos para generar valor? ¿En qué se basa? ¿Dónde falla? ¿Existen potencial de desarrollo en algún área?

                La séptima idea, relacionada con la anterior, tiene que ver con la elaboración de un plan estratégico global en el que estén involucrados el mayor número posible de agentes económicos. ¿Difícil? En el plan estratégico Sakana 2.020 están colaborando todos los partidos políticos.

                La octava idea tiene que ver con los incentivos para los autónomos. Si vamos a un mundo en el que el trabajo por cuenta propia se va a incrementar, se trata de buscar incentivos para apoyarlos, sean del tipo que sea.

                Política bisexual, plataformas de inversión público privadas, política de subvenciones y préstamos, política industrial, entorno competitivo vibrante, propuesta de valor, plan estratégico global, autónomos.

                Ideas económicas.

 

                Javier Otazu Ojer.

La flecha del tiempo (25 mayo, 31 de mayo).

Una conclusión muy personal delas elecciones.

                Han pasado las elecciones autonómicas y municipales, las personas de las instituciones se renuevan, se negocian diferentes pactos en aras de la gobernabilidad, los pájaros cantan, las nubes se levantan y en definitiva, la vida sigue igual.

                ¿Son tan importantes las elecciones para nuestra vida particular? Para contestar a esta pregunta, vamos a echar una mirada hacia atrás. Y lo haremos de forma muy sencilla: analizando los diferentes Gobiernos en las Comunidades Autónomas. La pregunta es muy sencilla: ¿habría sido muy diferente la vida en cada comunidad si en lugar de un Gobierno hubiese habido otro? Pues posiblemente no. Es más, lo que más influye no es hacerlo bien: es no hacerlo mal. Y en algunas comunidades el Gobierno lo ha hecho realmente mal. El termómetro es muy sencillo: viene dado por el nivel de deuda, las tramas corruptas y las inversiones de ingentes cantidades de dinero que no se han dedicado a actividades productivas. Así es como tenemos el cóctel de comunidad mal gestionada. En ese sentido, se puede considerar a Navarra, posiblemente, en la clase media.

                Así, ya tenemos una primera clave: se trata de no hacerlo mal. Ahora viene la segunda: las circunstancias históricas y económicas que nos están tocando vivir. Eso es lo que llamo la flecha del tiempo, y ese es el aspecto fundamental.

                El problema principal de nuestro país es sin duda el desempleo. Y en la reciente campaña electoral pocos debates se han abierto para aportar mejoras en el mismo, ya que las soluciones que se ofrecen  están en el siguiente paquete: fomentar el emprendimiento, hacer un plan de empleo para los más jóvenes (¿cómo se hace eso?) y desarrollar parques tecnológicos ya que nos encontramos en la “economía del conocimiento”. Así nos olvidamos del tema. Y no puede ser.

                El desempleo crea exclusión social: de hecho, la tasa de cobertura de nuestro país (proporción de personas en desempleo que cobran algún tipo de subsidio) se ha hundido: es tan sólo del 55,7%. Además, los jóvenes españoles son los que ven su futuro de forma más negativa dentro de la Unión Europea. Todo esto generará en el futuro pobreza y desigualdades. ¿Qué planes se han preparado para combatir eso?

                Sin planes para combatir el desempleo y la exclusión social no tenemos ningún futuro como sociedad. Pero es que además hay más problemas: ¿quién puede hacer esos planes?

                Los ayuntamientos y comunidades autónomas: está claro que no. La capacidad del Gobierno es más escasa de lo que parece por una razón muy simple; gran parte de su presupuesto ya está ejecutado antes de que comience el año. Es normal, ya que hay que pagar las nóminas de los funcionarios. Cuando debido a la crisis los ingresos se reducen hay que recortar. ¿De dónde? De aquellos lugares en los que antes se disponía de dinero y éste era de libre disposición. Eso, hoy en día, ya no es posible.

 

                El Gobierno Central: pues según se mire. Hoy en día, en plena globalización, los Gobiernos se están convirtiendo en meros testaferros de la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo. Sí, exacto. De la Troika. Los últimos cambios de Gobierno no han venido dados por las elecciones: fueron en mayo del año 2.010, cuando un cariacontecido Zapatero tuvo que realizar diversos recortes, y en junio del año 2.012 en el que España estuvo a punto de ser rescatada. Además, el caso evidente de Grecia sirve de claro ejemplo para esta teoría: Syriza no ha podido cumplir su programa por una razón muy simple. No puede hacerlo.

                Así pues, volvemos a la flecha del tiempo, la cual nos lleva a unas condiciones que son completamente nuevas y que se resumen en dos.

                Primero, ya no hace falta que trabaje tanta gente como antes para que haya crecimiento económico. Sólo en Alemania se teme que en unos pocos años los robots quiten millones de puestos de trabajo.

                Segundo, los Gobiernos ya no pintan tanto como antes. Las grandes instituciones internacionales y las grandes empresas tienen una fuerza enorme. Y si el tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea sigue adelante (TTIP, Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión) mediante el cual las empresas tienen incluso la posibilidad de denunciar a los Gobiernos entre otras posibilidades inquietantes (por eso se está llevando con estricto secreto), pues apaga y vámonos.

                Entonces, ¿qué decimos del resultado electoral?

                Muy sencillo. Tampoco va a ser para tanto. Los cambios futuros son exagerados. Para comprobarlo, vayamos poco tiempo hacia atrás, año 2.008. Elecciones en Estados Unidos. Un afroamericano ha ganado las elecciones. Sí, el famoso “yes we can”. La gente se emociona. Los pájaros cantan. Las nubes se levantan.

                Pero la vida sigue igual. Seguimos viviendo dentro de la flecha del tiempo.

 

                Javier Otazu Ojer. 

Volviendo de Siracusa (javier otazu y félix zubiri).

                Cuentan que el filósofo griego Platón, viendo cómo se gestionaban los problemas de su comunidad, decidió entrar en política. Pensaba que desde dentro se podrían arreglar las cosas y encontrar mejores soluciones para su pueblo. Pero volvió rápidamente a su puesto de trabajo, escarmentado y defraudado. Desde entonces, cada vez que alguien entra en política y vuelve desencantado, se le pregunta: ¿qué tal tu viaje por Siracusa?

                Este es el viaje que suelen vivir muchas personas. ¿Merece la pena? Todo lo que se hace de acuerdo a nuestros valores y propósitos la merece; todo lo que se intenta bajo el halo de la coherencia es legítimo. Aunque el desenlace no sea el esperado. No podemos olvidar que vivimos en una sociedad donde mandan los resultados, bien sea en términos de puestos de trabajo, salarios o reputación social. Aunque esta máxima se ha convertido en algo común (haciendo ley), somos partidarios de modificar el escenario, intentando que el discurso honesto lleve a la acción, y no al contrario. Socialmente admiramos a las personas que tienen una posición de prestigio. Sin embargo, en muchos casos, desconocemos los medios y el esfuerzo que han empleado para llegar a cumplir sus objetivos. ¿Qué es más admirable? ¿Alguien que renuncia a un puesto muy goloso debido a su ética personal o alguien que lo consigue y lo acepta por cualquier medio sin merecerlo?. Un buen principio para poder ser fieles a nuestros valores sería el suscrito por el primer ministro ruso Yegor Gaidar: “Haz lo que tengas que hacer y lo que tenga que ser será”.

                ¿Cuáles son los incentivos que hacen que una persona se dedique a la política?

                La respuesta está en el pensamiento de cada ciudadano y puede ser variada. Pero, desafortunadamente, la corrupción que hemos visto en algunos políticos recientemente nos ha llevado a pensar que todo se resume finalmente a posibles favores futuros. Es una actuación lógica para la mente de muchas personas. A pesar de todo, hay quienes siguen entrando en política por razones más altruistas, más coherentes, más honestas. Por eso nos preguntamos con ingenuidad: ¿qué es la política para muchos, un fin o un medio?

                Algunos piensan que la política es un fin en sí mismo. Un fin buscado bajo premisas utilitaristas en una sociedad donde las normas morales vigentes no son más que formalismos de la cultura dominante. Una cultura que no les permite un nivel razonable de ingresos y reputación personal.  A partir de ahí, los que así piensan tratarán de dar algunas ideas en los medios repitiendo los mensajes ya conocidos por todos: “la sanidad debe ser universal”, “las tasas de desempleo son impresentables”, “educación de calidad para todos” y buscarán inmediatamente servirse de su puesto político. Ahora bien, ¿quién no quiere estas mejoras? No obstante,  eso supone subir impuestos, endeudarse o quitar presupuesto de otro lado. Las cosas que queremos son muy nítidas. Pero, ¿cómo las llevamos a la práctica?

                Otros, por el contrario, piensan que la política puede ser un medio para poder lograr un mundo mejor, un buen altavoz para aportar ideas donde, además, participen personas con vocación de trabajo por la comunidad, aspecto ya gratificante de por sí. Por desgracia, es difícil lograr ese objetivo en muchas ocasiones. Se impone pues, en aras de la autenticidad, la reconsideración de la política, la revisión radical que permita distinguir las incongruencias que los desfiguran y la vuelta a un orden jerárquico de valores por el que tradicionalmente se ha regido la sociedad, tal como lo hemos observado en el reciente caso de Nepal, donde el mundo se ha unido para ayudar a los necesitados. Sin embargo, no siempre ocurre así. En numerosas ocasiones el mundo de los políticos da la espalda a numerosos conflictos ¿Tiene esto solución?

                 La evidencia ha demostrado que los mensajes actuales y los que se están aportando en la presente campaña electoral no sirven. Se necesita algo nuevo y rompedor. Cuando le preguntaron a Henry Ford qué demandaba el pueblo, su respuesta fue: “un caballo más rápido”. Por fortuna, Ford tomó una solución disruptiva: el coche.

                ¿Qué necesita, pues, nuestra sociedad? Necesita esperanza. Necesita pasión. Necesita creer que un mundo mejor es posible. Un propósito de mejora continua, denominado en japonés “Kaizen”. Necesitamos que esa mejora llegue a cada persona para que cuando le preguntemos ¿qué tal estás? su respuesta no sea: “bien, sin entrar en detalles”.

                Queremos poder decir a cada ser humano, como expresa Carlo Fabretti, “Estás en el mejor momento de tu vida porque es el resultado de todos los anteriores. Estás mejor cada día, porque cada día eres mejor”. No queremos ser más que los demás. Queremos ser más con los demás. Y lograr una sociedad más humana. Quizá ha llegado el momento de ponernos a ello.

                1.- En cuanto volvamos de Siracusa. Que será muy pronto.

                2.- Por eso ya estamos volviendo de Siracusa.

                                        Javier Otazu. Profesor de la UNED de Tudela.

                                         Félix Zubiri. Médico de Familia

Skrei (13 al 19 de abril).

                Recientemente me asombró un reportaje leído en una revista acerca del Skrei, el rey de los bacalaos. Incluso se le denomina “bacalao de pata negra”. Se trata de una historia en la que diferentes pescadores noruegos narran sus peripecias para cazar este tipo de pescado. Son conocidas las  enormes reservas de petróleo en Noruega,  las cuales le permiten tener uno de los mayores fondos soberanos del mundo; gestiona 790.000 millones de euros (para que nos hagamos una idea de su dimensión, podemos pensar que el Producto Interior Bruto español es de un billón de euros) aunque como bien dicen estos pescadores el petróleo tiene un problema: se acaba.

                Sin embargo, el Skrei, que en noruego significa nómada, no. Después de recorrer más de 1.000 kilómetros desde el mar de Barents, desarrolla unos músculos que le hacen tener un sabor jugoso y finísimo. Y la historia de este pez encierra dos enseñanzas económicas asombrosas.

                La primera tiene que ver con la capacidad de reproducción del Skrei. Es claro que este tipo de bacalao se renueva año a año, y si el cambio climático no lo impide, así seguirá siendo. Es decir, es un bien económico reproducible. Además, posee alta calidad y no admite copia alguna. El petróleo no es reproducible, se agotará. Sin duda, la calidad no es clave en su consumo: pocos conductores van a echar gasolina fijándose en si es  de mejor o peor calidad. Lo importante es el precio, cosa que no sucede, por ejemplo, en el mercado del vino. Por último, el petróleo admite copias de dos niveles: se produce en muchas partes del mundo y admite ciertas copias: por ejemplo, los coches eléctricos o los desarrollos de las nuevas energías.

                ¿Cómo lograr producir bienes o servicios económicos de la calidad del Skrei? Es decir, que sean reproducibles, únicos y  no admitan ningún tipo de copia. Ese es el mayor drama de la economía actual. ¿Cómo generar eso en Navarra?

                Los centros fundamentales de riqueza de nuestra comunidad son la Volkswagen y la Universidad de Navarra. Los coches son a la vez alta tecnología y extracción ya que requieren de materia prima para ser producidos. No es eso un gran problema ya que los nuevos métodos de reciclaje han logrado grandes avances. Esto nos enseña una fortaleza y una debilidad: las empresas de coches están tan instaladas en el mercado que no dejan de innovar y de producir nuevos modelos. Además la gran cantidad de industria auxiliar que necesitan hace que sea muy difícil la posibilidad de que se marchen de nuestra región. Eso es muy positivo. Pero precisamente por eso tiene una gran debilidad: es muy difícil que otra empresa de esas características se instale aquí.

                Respecto de la Universidad de Navarra, cumple las condiciones del Skrei. Es reproducible, ya que la enseñanza y la investigación se renuevan año a año y no se gastan nunca. Tiene una alta calidad y los avances en investigación hacen que la copia, vía patente, sea complicada. Además, su estructura hace también muy difícil su traslado y la entrada de competidores.

                El tema radica en la dificultad que tenemos para generar nuevos centros de este estilo. En contra de lo que parece, en general si se hacen mediante iniciativa pública suelen generar grandes fiascos, como enseña la evidencia empírica. ¿Cómo lograr clusters con un potencial reproducible? Esa debería ser la clave de las diferentes políticas económicas. Y la respuesta es la siguiente: la política industrial, definida como el conjunto de actuaciones públicas específicamente dirigidas a fortalecer la competitividad de las empresas, debe crear un marco de incentivos e instituciones que favorezca la innovación tecnológica y se guíe por criterios de excelencia horizontal. Es decir, no se debe beneficiar a un sector particular, ya que se puede dar el travestismo empresarial: muchas empresas farmacéuticas dijeron que en realidad eran biotecnológicas para poder cobrar ayudas. En fin, mucho trabajo, sí.

                La segunda enseñanza del Skrei es todavía más profunda, y nos recuerda el enorme potencial económico que poseen las fuerzas de la vida y de la naturaleza. ¿Cómo genera valor este bacalao? No ha entrado en un proceso productivo, como si fuese cebada, y se ha convertido en cerveza, no. Lo que ha pasado es que ha entrado en el proceso de la naturaleza. Un proceso que tenemos olvidado. Cuando pensamos en el medio ambiente, tan sólo tenemos en mente el asunto del cambio climático. Y sin embargo las fuerzas de la naturaleza, bien utilizadas, pueden generar mucha riqueza. Todo ello lo propone Gunter Pauli en su teoría de la “economía azul”. Por desgracia hay mucho camino que recorrer.

                Hermosa, la historia del Skrei. Un producto reproducible, de alta calidad, que no se puede copiar con un proceso de fabricación sano y natural.

                Buen provecho.

Rato y Barea (6 al 12 de abril).

                Una de las personas de moda en España en el aspecto negativo es, sin duda, Rodrigo Rato. Es más, las acusaciones que pesan sobre él  son enormes y parece que se va a quedar en el imaginario colectivo como un personaje poco edificante,  al estilo ( por razones diferentes) de Luis Bárcenas o José Bretón. 

                José Barea es menos conocido pese a  que fue uno de los economistas más influyentes de la transición. Nació en Málaga el 20 de abril del año 1.923 y murió en Madrid el 7 de septiembre del año 2.014, con lo cual vivió 93 años. Barea había sido presidente del Banco de Crédito Agrícola, consejero delegado de Iberia, consejero del Banco Exterior de España, vocal del consejo de administración del Instituto Nacional de Industria (INI), además de tener diversos puestos dentro del sector público. Si a eso añadimos su puesto de catedrático de Hacienda Pública, se entiende que  José María Aznar le reclamase para su equipo en La Moncloa cuando ganó las elecciones (1.996). Como vemos, además de llamar a diferentes “amigotes” para colocarlos en Telefónica (Juan Villalonga) o Caja Madrid (Miguel Blesa, otro personaje más que dudoso) también, de vez en cuando, se buscan personas con valía para ocupar diferentes puestos de responsabilidad.

                El puesto que iba a ocupar Barea era el de director de la Oficina económica del Presidente del Gobierno. Su labor, vigilar el déficit público y estudiar los posibles desequilibrios económicos de la política del Gobierno, cuyo superministro de Economía era Rodrigo Rato. Pese a la entrada en Maastricht y a la bajada del desempleo, Barea realizó un informe confidencial en el que argumentaba que la política aplicada no era sostenible ya que, entre otros efectos, iba a crear una burbuja financiera que hipotecaría el futuro económico de España. Aunque alguna de sus medidas para resolver estos problemas eran discutibles (reforma laboral, recorte de las pensiones o copago sanitario entre otras) su análisis se demostró certero. Por supuesto, toda esta historia no le hizo ninguna gracia a Rato. En consecuencia, Aznar tuvo que elegir. Había que decidir entre el artífice del “milagro económico español” y Pepito Grillo Barea. Aplicando el principio “quiero alguien que me diga lo que no le gusta de lo que hago, aunque eso le suponga el puesto”, la elección no era difícil.

Así, Barea fue relevado de su cargo, con lo cual la Oficina económica se convirtió en una subvención más para el funcionario de turno sin ninguna utilidad práctica para el conjunto de la sociedad, que es de lo que se trata.

                La trayectoria posterior de Rato es conocida por todos: máximo ejecutivo del Fondo Monetario Internacional con una dimisión extraña por motivos personales. Después, el banco de inversión Lazard. Más tarde,  Bankia. Y ahora, lo visto y conocido por todos.  Con una gran cantidad de dinero, con pensiones vitalicias, ¿por qué se busca más, más, más y mucho más? La solución está en otro principio: “el dinero es como el agua del mar. Conforme más se bebe, más se quiere”.

 

                Así, la comparación queda como sigue. Barea tuvo una labor profesional honesta y dijo lo que pensaba. Se fue a la calle, el gobierno priorizó el corto plazo y así nos va. Rato fue un político que perdió, como tantos otros que suben tan alto, la noción de la realidad. Llegó a tal nivel que ya tenía puestos altos asegurados. Y en este contexto, ha perdido aquello que jamás se puede recuperar: la reputación. Uno puede conocer personas que han tenido sonoros fracasos en su vida y han salido adelante. Conocemos personas que estaban arruinadas y se han recuperado. Personas que tenían la vida perdida y encontraron su camino adecuado. Pero la reputación perdida….eso no vuelve nunca.

                Esta historia tiene un final triste. Aquellos que dicen lo que piensan y trabajan con honestidad tienen más riesgo de salir despedidos y no ser reconocidos. Es lo que se denomina “el dilema de Cordelia”, el cual viene de la tragedia de William Shakespeare del Rey Lear, en el cual Cordelia le dice al rey lo que todo el mundo piensa pero nadie se atreve a decir. Todos hemos tenido la duda alguna vez, cuando un amigo o familiar hace algo que no nos parece correcto, de si era conveniente decírselo. Si se lo toma bien podemos incrementar la amistad, pero si se lo toma mal quizás podamos perderla para siempre. ¿Qué hacer?

                Ser críticos. Seguir nuestra conciencia. Dudar de forma constructiva de todo lo que nos cuenten. Y si tenemos un puesto de responsabilidad alta y estamos expuestos al público, recordar el consejo que le daban al César después de cada batalla ganada: “Recuerda que eres humano”.

Personas y personalidades (30 al 5 de abril).

                Siempre me ha sorprendido, cuando vemos un acontecimiento relevante como un partido de fútbol, la clasificación que se hace entre “personas” y “personalidades”, como si los segundos fuesen más que los primeros. Pienso que es una jerarquización inútil y peligrosa. Y cuidado, que en la vida es necesaria la jerarquía ya que debe existir una estructura ordenada. Pero sin que sirva para clasificar a unas personas como más importantes que otras.

                De hecho, el efecto más peligroso, sin duda, se da en las llamadas “personalidades”, las cuales acaban siendo esclavas de su guiñol. Es por eso que cuando un cargo político deja su puesto y vuelve a la vida normal el cambio es enorme. Muchas personas se creen su puesto y olvidan que son, con todas nuestras insignificancias, unos simples seres humanos. Recuerdo una entrevista a un futbolista que me llamó la atención. Eran unas palabras del portugués Deco en su época en el Fútbol Club Barcelona. Le preguntaron si la fama le había cambiado. Yo esperaba una respuesta semejante a ésta: “¿cambiarme la fama? Claro que no. Sigo con los amigos de siempre y pienso que hay que ser humilde ya que conforme se sube, se baja”. Sin embargo, no contestó eso. Su respuesta todavía me deja asombrado: “lo malo de ser famoso es que todo el mundo te trata de forma distinta. A excepción de mis padres, que siempre me van a ver como un hijo, la gente ya no me ve igual”. Es semejante a otra respuesta que dio Marlon Brando: “lo bueno de ser famoso es que todos de preguntan de cualquier asunto, sea el que sea. Y lo malo es que acabas pensando que sabes de todo”.

                Sin duda, los dos tienen razón. Y la clave del asunto es la siguiente: asociamos las personas a sus puestos… y a sus sueldos. Y eso es un error gravísimo ya que las personas, personas somos. Es comprensible que alguien desee un autógrafo de Julio Iglesias o de Rafael Nadal, pero no por eso son más que nosotros a nivel humano. Sí, Julio Iglesias canta mejor que yo y Rafael Nadal juega al tenis mejor que yo. Pero seguro que yo soy mejor que ellos en algo. Es así de simple. Como demuestra Dan Ariely en su teoría del “agotamiento del ego”, una persona que es muy buena en algo se descuida en algún otro aspecto de su vida ya que todos tenemos ese juego de equilibrios. Así, alguien muy meticuloso en su trabajo puede ser dejado en la organización de sus cuentas bancarias o en la relación con su pareja. Además, debido al efecto de las heurísticas asociamos una característica muy destacada de una persona a toda ella. Si vemos a Anne Igartiburu anunciando apartamentos en un lugar idílico al lado del mar o a Matías Prats anunciando alguna cuenta bancaria, asociamos la fiabilidad que nos proporcionan como presentadores de televisión al producto que anuncian.

                Con la posible excepción del Presidente del Gobierno y del Rey de España, ninguna persona es un puesto. Un alto ejecutivo de una empresa lo es sólo durante las horas que ejerce el puesto (a no ser que esté obsesionado con su trabajo y se dedique al mismo a todas las horas del día; entonces podrá morir de karoshi, que es como denominan los japoneses a los que mueren por exceso de trabajo: unas 10.000 personas al año). El resto, es padre de familia. Lector de libros. Jugador de cartas. Aficionado al jardín de su casa. Lanzador de azada. Todo aquello que esté dentro de sus prioridades temporales.

                Por eso, asociar una persona a una característica es un problema grave, ya que si esa característica falla se da una gran despersonalización. Un ejemplo claro nos lo proporciona Jorge Javier Vázquez, el célebre presentador de uno de los programas estrellas de Telecinco: Sálvame. Vázquez saltó a la fama con el programa “Aquí hay tomate”. Sin embargo, cuando el programa desapareció de la pantalla sufrió depresión. ¿Qué le ocurrió? Había asociado su papel de presentador a su persona. Y sin ese papel ya no era él. En mi humilde opinión, algo semejante le ha ocurrido a Esperanza Aguirre cuando ha decidido volver a la política. Es muy difícil dejar de ser el centro de la atención, ¿verdad?

                La vida no deja de cambiar y de evolucionar. Tenemos diferentes épocas en las que somos padres, hijos, estudiantes, trabajadores, electricistas, cocineros, conductores de coches, jardineros, cuidadores, carpinteros o vendedores. Adaptarnos a esos cambios y mejorar con ellos es lo que nos hace disfrutar de todos esos pequeños momentos de la vida. Por eso, nunca somos personalidades. O si lo somos, el efecto dura muy poco tiempo.  

                Somos, simplemente, uno de los millones de luces del vasto firmamento que brilla durante breves instantes para desaparecer en la noche infinita.

                Javier Otazu Ojer.

Persuasión política (del 23 al 29 de marzo).

                En un año con tantas citas electorales, los partidos políticos afinan su maquinaria para convencernos de que la mejor opción posible es la suya. Para ello usan todos los mecanismos posibles de persuasión y contratan a expertos para que les puedan asesorar. Ideólogos como Dick Morris (Bill Clinton), Anthony Giddens (Tony Blair) o Karl Rove (George Bush) se han hecho famosos y ganando las elecciones de las campañas para las que fueron contratados.

                Lemas como “El Estado es el problema, el individuo es la solución” (Ronald Reagan), “Es la economía,  estúpido” (Bill Clinton), “La tercera vía” (Blair), “El conservadurismo compasivo” (Bush) o el celebérrimo “Yes, we can” de Obama han pasado a la historia. Curiosamente, si pensamos en la política española sólo tenemos el recordado lema del PSOE “Por el cambio”.

                Así pues, ¿cómo hacer un slogan atractivo? Es muy complejo, aunque se debe cumplir un principio fundamental: deben generar esperanza. Al fin y al cabo, si lo pensamos bien, eso es lo que vende un partido político. Esperanza. La empresa que gana más dinero vendiendo esperanza es Walt Disney. Todas las historias tienen un final feliz. Los buenos ganan a los malos. La rana se convierte en príncipe. Los amantes perdidos, después de múltiples peripecias, terminan comiendo perdices.

                Por desgracia, esta esperanza se ha perdido. Los múltiples casos de corrupción han hecho mucho daño. Pero además hay otro problema: un político no puede generar, como hemos visto en la campaña electoral andaluza, “un millón de puestos de trabajo” de la nada. Tampoco tiene tanto poder. Ello es debido a que existen fuerzas   económicas, tecnológicas, demográficas, geopolíticas y sociales que nos arrastran. Eso es la globalización. Ni más ni menos. Por eso John Micklethwait, editor de The Economist,  piensa que este año “Los ciudadanos de las grandes democracias económicas se sentirán abandonados por sus dirigentes”.

                Entonces, ¿cómo persuadir a los votantes? Pensemos en lo que debería ser.

                El debate político se debería centrar en ideas que nos ayuden a adaptarnos a los nuevos tiempos. Por desgracia, las soluciones no son sencillas ya que la cuestión, según Robert Rubin (secretario del tesoro norteamericano con Clinton) consiste en contestar a la siguiente pregunta: ¿Cómo formular ideas políticamente atractivas que reflejen la verdadera complejidad de los asuntos y neutralicen las simplificaciones de pegatina?

                Sin duda, esa es la clave. Generar ideas que sirvan para recordarnos la esencia de lo que debería ser la buena política: un medio para construir un mundo mejor. Así, los técnicos de Hacienda que equiparan al Partido Popular (o al partido que sea) con Cáritas tendrían razón. Sin embargo, las cosas no son así.               

                Michael Ignatieff es un intelectual canadiense que resume muy bien todo este mundo: “De las tres elecciones a las que me presenté, ninguna fue un debate sobre el futuro del país. Todas fueron sucias batallas sobre legitimidad política. En mis cinco años y medio en política ninguno de mis rivales se molestó en atacar lo que yo pensaba, lo que mi programa decía lo o que yo quería para mi país. Estaban demasiado ocupados atacándome”. 

                Es peligrosa la vida del intelectual en la política, ya que puede terminar con el famoso “Síndrome de Siracusa”. ¿En qué consiste? Es la historia del filósofo griego Platón, que tras una breve y negativa experiencia política en Siracusa volvió a su trabajo habitual debido a la imposibilidad de lograr mejoras sociales. Sus compañeros, para burlarse, le preguntaban por su breve viaje: ¿qué tal por Siracusa? Desde entonces, de todo intelectual que se dedica a la política y sale trasquilado se dice que ha sufrido el Síndrome de Siracusa.

                Y sí, por desgracia, ese es el tema ahora. A menudo, los mecanismos de persuasión consisten en deslegitimar al adversario y en el consabido  y repetitivo “y tú más”. El que está, necesita tiempo para que le dejen terminar lo que empezó. El que no está, pide un cambio radical desde ya. Se venden soluciones simples para problemas complejos (la más repetida, eliminar el fraude fiscal; como si fuese tan fácil). Además, la culpa de todo lo malo es siempre debida a factores externos: es conocido que el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio.

                Una campaña electoral debería ser una confrontación de ideas que separase lo personal y privado, como las religiones,  de lo común, como el desempleo. Si ocurre lo de siempre, si no nos preparamos para las futuras riadas cuando lleguen, que llegarán, nos habremos abandonado como sociedad y habremos dejado nuestro futuro al libre albedrío. Y eso no es lo mejor.

En realidad, es sencillo. Lo dice William Jennings Bryan.  ”El destino no es cuestión de azar, es cuestión de elección. No es algo que hay que esperar, es algo que hay que conseguir”.

                Ese es nuestro reto como individuos y como sociedad.

                Javier Otazu Ojer.

Lo impensable (del 16 al 22 de marzo).

                Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre, en el que acontecimientos inauditos se suceden uno tras otro. Y si bien es una tendencia humana sobreestimar la época que nos está tocando vivir (ya se sabe, como cada vez, este año tenemos las elecciones “más importantes de la historia”), parece claro que la cascada de sucesos que estamos viviendo nos van a obligar a estar preparados para lo impensable.

                Pensemos en la década de los 90, los felices 90, aquellos  años en los que superada la crisis del 92-93 entramos en un festín de crecimiento ininterrumpido que con sus lógicos altibajos fue paralizada en el año 2.008 con el estallido de la burbuja inmobiliaria a nivel nacional y la crisis financiera a nivel internacional.

                No cambió excesivamente el mundo en esa época, no. Sí, claro que hay mejoras sociales, claro que se dan avances científicos y tecnológicos. Pero eso no es nada comparado con todo lo que estamos viviendo ahora.

                Sin embargo, esta vez es diferente. ¿Alguien iba a pensar que íbamos a estar con la tasa de desempleo actual o que íbamos a tener un grupo islamista (el IS) que estuviese a unos pocos kilómetros de aquí conquistando más y más territorios? Pues claro que no.

                Para comprender la magnitud de lo que se expone, pensemos en acontecimientos inesperados que hemos vivido en los dos últimos años. No conozco ningún experto en economía, sociología o videncia que haya podido prever los siguientes fenómenos.

                Uno, independencia energética de Estados Unidos. En la famosa guerra de Irak, cuando George Bush insistió en la búsqueda de armas de destrucción masiva, se sabía que la verdadera motivación de la guerra era controlar el suministro de petróleo en Oriente Medio. En el corto medio plazo, nada de eso va a volver a ocurrir.

                Dos y relacionado con la anterior, la bajada de los precios del petróleo, que ha generado una transferencia de renta de países productores a países consumidores. Eso sí, la devaluación del euro respecto del dólar está haciendo que no la notemos tanto, pero basta razonar de manera inversa: si el petróleo no habría bajado tanto los precios ahora estarían por las nubes.

                Tres, prima de riesgo en mínimos, tipos de interés ridículos. Se están pagando letras del tesoro a un interés negativo y los bonos a 10 años tienen el tipo más bajo que se recuerda. Es un fenómeno completamente nuevo. Como consecuencia de ello, se puede dar la posibilidad de que tengamos que pagar por los depósitos bancarios. Incluso existen préstamos referenciados a algún tipo que han generado también tipos negativos, vamos que el banco tendría que pagar en teoría intereses al prestatario (por supuesto, existe una cláusula que se lo impide). Este fenómeno rompe supuestos básicos de la teoría financiera. Pero no se vayan todavía, una hay más. Hasta ahora se suponía que los bonos soberanos no tenían riesgo alguno. La crisis griega nos ha enseñado que esa idea es falsa.

                Cuatro, vamos al terreno de la geopolítica. Pensamos que las guerras civiles habían terminado en Europa, y ya vemos lo que está pasando en Ucrania. Pensamos que la época de las conquistas había terminado y Rusia se ha anexionado Crimea. Pensamos que los terroristas islámicos eran unos lunáticos que iban a seguir realizando atentados de cuando en cuando y ya tienen territorio propio. Pensamos que la primavera árabe iba a llevar estabilidad a toda esa zona y el resultado nos ha llevado al denominado invierno árabe. Pensamos que los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) se iban a comer al mundo y sus economías se han ralentizado, si bien han sacado a millones y millones de personas de la pobreza ampliando la clase media global.

                Cinco, la tecnología. Si comparamos nuestro teléfono móvil con lo que teníamos hace unos pocos  años el resultado es alucinante. Lo único que queda del teléfono móvil es el nombre. Ahora es un pequeño ordenador que usamos para realizar múltiples gestiones. No falta mucho para que realicemos todos los pagos mediante el teléfono móvil Incluso se ha dado un fenómeno que hace poco tiempo parecía imposible: las compañías nos dan la posibilidad de hablar todo el tiempo que queramos, sin ningún límite. Además, el fenómeno tecnológico conlleva una mayor rotación de puestos de trabajo específicos que aparecen y desaparecen con más rapidez.

                Seis, la situación en España. Abdicación del rey. El fenómeno Podemos. El posible fin del bipartidismo. El paso de ser un país de inmigrantes a un país de emigrantes. Promesas políticas que antes nos parecían imposibles: listas abiertas, posible cese inmediato de imputado o ley de transparencia para la financiación de los partidos y cuentas de la administración pública.

                Esta situación ha venido para quedarse. Debemos aprender a vivir con ella. Pero nos cuesta debido a que somos animales de costumbres.

                Sin embargo, los tiempos han cambiado.

                A menudo, ocurre lo impensable.

Es el desempleo, son las instituciones (del 9 al 15 de marzo).

                Aunque no entre en el debate político, es claro que estamos viviendo un cambio de paradigma absoluto en forma de una cuarta revolución industrial. La primera fue la llegada de las máquinas de vapor. La segunda, el desarrollo de la electricidad y energías fósiles como el petróleo. La tercera, Internet. La cuarta, la llegada de la digitalización y las nuevas tecnologías. Hay quien piensa que la tercera y la cuarta revolución van unidas, pero lo que es indudable es que  hemos llegado a un nuevo orden: el formado por la digitalización (que agrupa además la creciente robotización de los procesos productivos y la continua mejora tecnológica) y el paro persistente. Según la Organización Internacional del Trabajo hay 201 millones de parados en el mundo y en el año 2.019 habrá 11 millones más de desempleados. Según este organismo, para revertir los efectos de la crisis y absorber entradas al mercado laboral se precisarían nada menos que 280 millones de empleos nuevos de aquí al año 2.019. De ellos, tres millones vendrían dados, según la intervención de Mariano Rajoy en el debate del Estado de la Nación, por las políticas de su partido. Esperemos que gobierne quien gobierne, sea cierto.

                Para comprender mejor esta idea, veremos dos indicadores económicos sorprendentes.

Primero: Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne han valorado en “The future of employment; how susceptible are Jobs to computerization?” (Universidad de Oxford, 2.013) un indicador que valora la probabilidad de que una máquina acabe realizando un puesto de trabajo determinado. Conforme más cercano a uno, más fácil es que la máquina realice la tarea que hoy es un puesto de trabajo. Una curiosidad: esta tendencia comenzó en supermercados y gasolineras, con todas las técnicas de autopago.

Así, un trabajador de telemarketing o relojero tiene una probabilidad de 0,99; un operador telefónico o cajero, de 0,97. Veamos indicadores curiosos: un camarero, 0,94. Un pintor, 0,92. Un barbero, 0,8. Un mecánico de motos, 0,79. Un bibliotecario, 0,65. Un economista, 0,43. Un juez, 0,4. Un analista financiero, 0,23. Un maestro de jardín de infancia, 0,15 y un reportero, 0,11.

Segundo, cuando vemos que los indicadores de desempleo bajan, existen críticas debidas a la hipotética baja calidad del trabajo que se ha generado. En este caso, el indicador más fiable no es el que se da en España; es la tasa U6 (Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos) que incluye también como desempleados a los trabajadores que no buscan empleo por estar desanimados o por cualquier otra razón. Además, tiene en cuenta a los trabajadores subempleados (aquellos que desean trabajar más tiempo pero no pueden). Así, en España al comienzo de la crisis esta tasa era del 14% (oficial, 8%). En el año 2.013, era del 37,1% (oficial, 27,1%). En la actualidad, es del 30,9% (oficial, 23,7%).

Así, observamos  que el reto del paro es mayúsculo.

               

Pasemos al tema de las instituciones. ¿Qué se ha propuesto para que funcionen mejor? Conjunto vacío.

                Aquí, la idea es muy sencilla. Sin olvidar sus méritos personales, propongo eliminar el legado de Alfonso Guerra (vicepresidente del Gobierno con el PSOE), el cual se retiró recientemente del Congreso de los diputados.

                Este legado se resume en tres puntos.

                Primero, el tráfico de influencias ejemplificado en el caso de su hermano Juan, el cual montó un chiringuito que aprovechaba para hacer diferentes negocios al calor del apoyo político. En definitiva, un caso claro de “capitalismo de amiguetes” que posteriormente se desarrolló hasta llegar a cuotas insoportables.

                Segundo, una de sus frases más famosas. “El que se mueve no sale en la foto”. Bonita forma de eliminar toda la distensión interna dentro de los partidos. Ya comentó recientemente Felipe González que a veces las primarias no son la mejor solución debido a que pueden generar tensiones internas enormes que originen hipotéticas rupturas dentro de un partido. Pero es positivo que cada persona tenga su línea de opinión personal y en ocasiones discrepe, siempre y cuando no atente contra líneas argumentales profundas de su partido.

                Tercero, otra de sus frases más famosas, la cual simboliza la ocupación del poder judicial a partir del poder político mediante la expresión “Montesquieu (teórico francés que desarrolló la separación de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial) ha muerto”. Es triste que ya los jueces se separen entre conservadores y progresistas. Por desgracia, existen muchos casos delicados, como la legalización de Bildu, en los que se puede acertar con una alta probabilidad   los votos de cada componente del Tribunal Constitucional.

                Bill Clinton ganó las elecciones del año 1.996 con la célebre frase “Es la economía, estúpido”. Es el momento de pensar que en el momento actual la frase sería “Es el desempleo (por las personas) y son las instituciones (para restablecer la confianza entre gobernantes y ciudadanía)”.

                Javier Otazu Ojer.

¿De dónde quito? (del 2 de marzo al 8 de marzo).

                Los años de elecciones no dejamos de recibir promesas, promesas y más promesas. Es algo normal: se prometen bajadas de impuestos, ayudas a la ley de independencia, dedicar más esfuerzos a la investigación o aumentar la renta básica. Todas estas promesas tienen un detalle común: necesitan dinero.

                Y ese es el tema. ¿De dónde viene el dinero que necesitamos para financiar una promesa electoral de este tipo?

                Hay tres posibilidades. La primera, subir algún impuesto. Que se diga cuál. La segunda, gastar menos en alguna otra partida presupuestaria. Que se diga cuál. La tercera, aumentar la deuda. En un mundo en el que se deben cumplir requisitos cada vez más exigentes sobre la deuda, esta opción tiene poca viabilidad. Y en caso de dudas, consultar con Yanis Varoufakis (el mediático ministro de finanzas griego). Eso sí, existe una posibilidad adicional, que es la más usada por los partidos políticos. Decir que se va a reducir el fraude fiscal. Esa no falla.

                Ahora bien, no concibo ningún Gobierno racional que no desee reducir el fraude fiscal. Ninguno. Un gobernante con muchos recursos puede hacer muchos servicios para la comunidad, y en consecuencia es más fácil que repita mandato. Para muestra, un ejemplo. Cuando la economía iba bien, en plena burbuja inmobiliaria, todos los alcaldes de las grandes ciudades y todos los presidentes de las comunidades autónomas ganaban siempre las elecciones. Siempre. Se da la circunstancia de que no siempre gobernaban ya que a menudo se aliaban el resto de partidos para “tumbar” a quien había recibido más votos. En este caso la comunidad de Mallorca era muy particular, ya que si el PP no ganaba elecciones por mayoría absoluta se juntaban los demás partidos y les arrebataban el poder. María Antonia Munar era una experta, tenía un pequeño partido llamado Unión Mallorquina que siempre terminaba de bisagra. Ahora, como tantos otros, ha pasado de ir los fines de semana a las tiendas más caras de París a terminar con sus huesos en la cárcel.

                ¿Por qué no se termina con el fraude fiscal? Es la pregunta del millón. Seguro que se puede hacer más y se pueden tomar medidas como efectuar castigos mayores o dotar de más medios a la Hacienda Pública. Pero es muy complejo, por desgracia parece existir todavía cierta connivencia en las esferas más altas. Existen rumores perversos: algunos llegan a decir que cuando se descubrió la lista de Hervé Falciani (el informático que filtró una lista del banco privado suizo HSBC de evasores fiscales) hubo llamadas a bufetes de abogados de personas de alta relevancia social para regularizar sus listas sin que perdiesen reputación. Quién sabe, ¿verdad?

                En economía se llama “coste de oportunidad” al sacrificio que realizamos en términos de tiempo, dinero y energía cuando realizamos una actividad o gastamos dinero en un bien determinado. Por ejemplo, cuando vamos al gimnasio estamos invirtiendo dinero y tiempo a cambio de bienestar y energía futura. Cuando compramos libros, no podemos gastar dinero en otros bienes diferentes. De la misma forma, cuando un gobierno invierte en infraestructuras deja de invertir en otras actividades como la educación, la sanidad o la defensa.

                El coste de oportunidad es un concepto muy poderoso que tenemos infravalorado. Está muy bien ver un programa de televisión por la noche, pero con eso estamos sacrificando otras cosas: una buena lectura, una conversación, una actividad deportiva o una partida de cartas. Recuerdo una ocasión en la que llegué un cuarto de hora tarde a dar una clase debido a un desajuste en la agenda. Yo estaba muy disgustado, ya que los alumnos habían perdido un cuarto de hora de su vida esperando. Yo les pedí disculpas, ya que ese rato podían haber estado tomando un café, estudiando más rato o apurando la siesta. Ellos me miraron como si estuviese loco, dejaron el whatsapp y comenzó la clase.

                De la misma forma, este coste de oportunidad no se tiene en cuenta cuando oímos las promesas electorales. Claro que no todas ellas son pecuniarias. Por ejemplo, realizar un tipo nuevo de contrato para las relaciones laborales o cambiar una ley determinada. Pero en la mayor parte de los casos sí se da ese matiz monetario.

                Recuerdo un entrenador de fútbol que tenía un método muy sencillo para calmar a los jugadores que se encontraban a disgusto debido a que no eran titulares. Siempre les decía lo mismo: “me parece muy bien lo que piensas. Ahora bien, ¿qué jugador deseas que quite del equipo para que salgas tú en su lugar?”.

                En conclusión, nos esperan meses de promesas y más promesas. Bajadas de cotizaciones sociales, aumento de ayudas y subvenciones, bajadas de impuestos.

                Muy bien.

                Sólo pido que me contesten una pregunta.

                ¿De dónde quito?

Razones por las que los datos económicos no dicen todo lo importante...

La falacia de McNamara (del 23 de febrero al 2 de marzo).

                Robert McNamara fue secretario de Defensa de Estados Unidos entre 1.961 y 1.968. Eran tiempos duros, con la guerra fría al máximo nivel, como queda recordado por la crisis de los misiles en Cuba, y la guerra sin cuartel de Vietnam.

                En medio de esta guerra, McNamara observó que los políticos norteamericanos pensaban que estaban ganando la guerra debido a que el número de bajas del Vietcong (ejército local) estaba aumentando. No valoraron otros factores como el resentimiento nacional contra el ejército, el deseo de independencia o la elevada moral del enemigo. Ahora bien, ¿por qué no valoraron estos factores?

                Muy sencillo. No eran cuantificables. Por lo tanto, no tenían importancia. Al fin y al cabo, en la economía o la empresa lo que no es cuantificable se considera de escasa importancia, y como vamos a ver, eso es  un error.

                En todo caso, Robert McNamara desarrolló su teoría de la falacia para explicar la derrota en la guerra del Vietnam. Aunque está pensada inicialmente para el mundo de la empresa, tiene muchas ramificaciones. En esencia, la teoría dice que los directivos:

                Primero, cuantifican lo que es fácilmente mensurable. Segundo, desprecian o cuantifican de manera arbitraria todo aquello que no es fácilmente mensurable. Tercero, asumen que lo que no es cuantificable no es importante. Cuarto, asumen que lo que no es cuantificable no existe (fuente: “El pequeño libro de las grandes teorías de management; Jim McGrath y Bob Bates).

                Desde luego, esta teoría se puede amplificar a los políticos, gestores o incluso a nosotros mismos. Y enseña que lo cuantificable, más que lo más importante, posiblemente sea lo menos importante. Es seguro que muchas de los antiguos honorables que abundan por este país cambiarían gran parte de su fortuna acumulada por la reputación perdida. Por desgracia, este tipo de personas no conoce el famoso dicho de Cicerón: “un poco de dinero arregla muchos problemas. Mucho dinero genera muchos problemas”.

                Pero vamos a ir de menos a más. Pensemos en nuestras vidas. ¿Cuándo somos más felices? En general, cuando tenemos buenas perspectivas acerca del futuro. Cuando tenemos esperanzas en lo que nos pueda venir o en lo que pueda ocurrir a las personas más cercanas a nosotros. Cuando vemos que ciertas expectativas se cumplen. Cuando sentimos que, en cierta forma, el futuro depende de nuestros actos. Así, está comprobado que el nivel más alto de felicidad de muchas personas se da cuando sus hijos están creciendo (ya se sabe que  “la naturaleza nos da quince años para coger cariño a los hijos antes de que se vuelvan adolescentes”). Nada de ello es cuantificable.

                Pensemos en personas con un puesto de trabajo fijo, un sueldo alto y una “vida hecha”. A menudo pensamos así: “no entiendo cómo teniéndolo todo arreglado y sin problemas económicos este tío no es más feliz”. La razón es precisamente la contraria: ¡precisamente por eso no es más feliz! ¿Por qué va a pelear ahora? ¿Qué expectativa le queda? Ese es el mayor reto: plantearse nuevos retos cuando ya no quedan retos.

                En las empresas ocurre lo mismo. Claro que existen informes  donde aparecen errores de gestión de los principales ejecutivos, los cuales han hecho bajar ciertos ratios financieros. Pero había que tener en cuenta muchas cosas. Por ejemplo, la reputación de la empresa. La moral, lealtad, espíritu de sacrificio e implicación de los empleados. Los contactos con otras empresas. En resumidas cuentas, todos los activos de una empresa o equipo difíciles de cuantificar.

                Bueno, por fin llegamos a la economía. Año de elecciones, año de promesas, año de carteles, año de mítines que se pueden resumir así, ya que todos los partidos van a prometer lo mismo: regeneración democrática, escuchar a la gente, un nuevo cambio (las palabras nuevo y cambio son muy utilizadas, sí señor), la llegada de tiempos mejores, y la nueva moda: la expulsión de la casta.

                La bajada del paro, el crecimiento y el menor déficit son indicadores económicos que realmente están mejorando. Y por eso los políticos que gobiernan no van a dejar de repetir eso: cifras, cifras y más cifras. Ahora bien, ¿dónde está lo no cuantificable?

                Por desgracia, han entrado en campaña los aspectos no cuantificables negativos. Por ejemplo, el resentimiento hacia quien se aprovechó de su posición para aumentar su influencia o su cuenta corriente es normal. Y en tiempos difíciles este discurso es más atractivo.

                Sin embargo, prefiero los aspectos no cuantificables positivos. Y me gustan mucho dos. Primero, esperanza y expectativas. Segundo, confianza entre todos los agentes económicos que integran nuestra sociedad.

                Todas las medidas de los diferentes programas electorales deberían tener en cuenta estos dos aspectos. Sin embargo, a mi juicio, no tienen el peso adecuado. Y eso tiene una explicación.

                La falacia de McNamara.

¿Por qué no hacer una ley que beneficie a los chivatos?

Whistleblower (del 16 al 22 de febrero).

                Esta palabra inglesa se utiliza para indicar a las personas que hacen sonar la alarma o denuncian ilegalidades que se han producido en un banco, una empresa o la administración pública. Nosotros llamaríamos a estas personas “chivatos”. 

                Hervé Falcani es conocido mundialmente por haber contribuido a recuperar importantes sumas de dinero que se encontraba guardado en el banco HSBC, localizando 130.000 cuentas cifradas. Así, estima que de España salen todos los años unos 40.000 millones de euros hacia los paraísos fiscales para evitar el pago de impuestos, en Francia (con lo cual aquí tampoco somos tan malos) son 60.000 millones y en toda Europa la cantidad oscila entre 100.000 y 300.000 millones de euros. Realmente, las cifras son mareantes.

 Eso sí, nos pueden enseñar algo: si la ciudadanía es responsable y se informa, puede exigir a los partidos políticos la solución a estos problemas. Por primera vez en tiempos parece que se van a tomar medidas en el asunto (habrá que ver si son cosméticas o no) y sí, me ha dejado asombrado el caso de Gran Bretaña: quieren que las empresas paguen allí los impuestos que generan allí. Aunque es un asombro doble. Primero, ¿cómo demonios lo hacen ahora, tan tarde? Segundo, sale de la cultura anglosajona, que siempre ha sido más permisiva con los beneficios de las grandes empresas en el sentido de cobrarles menos impuestos para que reinviertan y generen más riqueza.

Pero bueno, nos hemos ido al problema de los paraísos fiscales, y sin embargo deseo focalizar el artículo en una sugerencia de Hervé Falcani que me parece fabulosa: buscar una ley que proteja a los whistleblower, a los chivatos.

Desde niños cuando estamos en el colegio está mal visto ser un chivato. ¿Quién no recuerda esa clase en la que alguien hace una gamberrada y si no sale el culpable todos los alumnos se quedan sin recreo?

Es una desgracia, pero es así. Si alguien se “chiva” después ya tiene el sambenito colgado: “ese es un chivato”. ¿Y qué ocurre? Pues lo contrario que en las películas: que ganan los malos. Y de esos polvos vienen estos lodos.

En la administración pública, en las empresas y en particular, como hemos visto hace poco, en los bancos ha habido muchas ilegalidades o conductas poco deseables por parte de algunas personas. El miedo a denunciar lo visto ha logrado que una situación negativa termine empeorando y al final perdamos todos.

En economía se habla del problema del free-rider o del polizón cuando un individuo se aprovecha de la buena fe o del buen comportamiento de los demás. El caso típico es el de la persona que se las arregla para no pagar un impuesto o no pagar el transporte público. Si todos harían lo mismo que él, sencillamente la sociedad no podría funcionar.

 

En muchas empresas existen casos de puestos improductivos o de trabajadores que intentan colar sus trabajos a los demás o al revés, que intentan apropiarse de los méritos de los demás. En la administración mientras que unos funcionarios respetan el tiempo del café otros tienen una cita con el dentista a la semana. En las empresas algunos trabajadores se ven forzados a meter más horas sin ser pagadas ya que su puesto de trabajo está en juego. De las costumbres que había en muchas cajas y en algunos bancos mejor no hacer comentarios. Por cierto, en el caso de Bankia había un economista que además de disfrutar de las tarjetas ganó mucho dinero vendiendo libros (El informe Recarte) argumentando ¡¡cómo debía ser España más austera!!.

Todo esto es un escándalo. Es malo para el conjunto de la economía y es beneficioso para unos pocos: los vagos que se aprovechan del trabajo de los demás, empresarios sin escrúpulos que se aprovechan de la indefensión de algunos trabajadores, personas que cobran mordidas no justificadas que nos acaban afectando a toda la sociedad. Así,  se cumple el dicho popular: “aquí pagan justos por pecadores”.

A veces unas pocas empresas que copan un sector (por ejemplo, las petroleras) se aprovechan de su posición para dejar los precios más altos y aumentar su beneficio. Eso es lo que en economía se llama cártel o colusión y está prohibido. ¿Qué medida se tomó? Si una empresa denuncia a las demás se libra de la multa. No está mal, ¿verdad? En Corea del Sur si una persona observa que otra realiza una actividad contra la sociedad (por ejemplo, quemar un contenedor) y se chiva es premiada.

¿Por qué no hacer una ley que premie a los whistleblower? Todos saldríamos ganando, ¿no? Además, generaríamos una costumbre social positiva para el conjunto de la sociedad.

Profesores de los colegios, una sugerencia. A partir de hoy, caramelos para los chivatos.

Sobre la imposibilidad de los gobiernos de hacer políticas razonables.

El trilema (del 9 al 15 de febrero).

               Tenemos una nueva estrella mundial: Yanis Varoufakis, el ministro de finanzas griego. ¿Logrará reestructurar la deuda? ¿Cumplirá Alexis Tsripas sus promesas electorales? ¿Es su política extrapolable a España?

                La mejor forma de saber si Tsripas puede cumplir sus promesas es valorar cuáles son las medidas económicas que realmente puede realizar. Y aquí nos vamos a encontrar en un “trilema”, ya que según la macroeconomía tradicional tiene tres opciones. Por supuesto, este trilema se puede trasladar a cualquier país ya que se trata de instrumentos que siempre se han aplicado como diferentes políticas económicas.

                La primera opción sería no hacer nada. Por supuesto, no tiene sentido. Y en el caso de que ocurriese no duraría en el Gobierno: sufriría una revolución social. Grecia no ha votado a Syriza para eso.

                La segunda opción es incrementar el gasto público. Es lo que va a ocurrir si se cumplen medidas como subir el salario mínimo o el retorno al trabajo de funcionarios despedidos. El objetivo de este tipo de políticas es incrementar la demanda para que así haya movimiento de dinero y la economía se revitalice. Tienen el inconveniente de que si este aumento de gasto público no arrastra al resto de la economía (es el denominado “efecto multiplicador”) se crea deuda para generaciones futuras. ¿Cómo pagar esa deuda?

Eso nos lleva a la tercera opción: incrementar la cantidad de dinero en el sistema. Es lo que recientemente acaba de hacer el Banco Central Europeo (BCE) con su programa de compra de bonos soberanos. Este tipo de políticas tiene dos inconvenientes. Primero, tardan en notarse. Segundo, a medio largo plazo pueden generar inflación. Y la inflación es el denominado “impuesto de los pobres”: merma los ahorros de las clases medias, ya que si los precios suben el dinero pierde su valor.

Un gobierno fuera del euro tendría una opción adicional, que realizó España muchas veces: devaluar su moneda para ser más competitivo. Pero eso hoy en día no es posible aunque si conocemos otro tipo de devaluación: la interna, que consiste en bajar los salarios de los trabajadores para que el país sea más competitivo. Suena familiar, ¿verdad?

Pero es que todavía hay más. Si lo pensamos fríamente, en la Grecia de hoy la segunda opción no es posible, ya que los mercados no están dispuestos a prestar dinero al país para financiar su gasto público. ¿Cómo van a hacerlo, si el país está pidiendo quitas? Si seguimos pensando, la tercera opción tampoco es posible: la potestad de introducir el dinero en el sistema la tiene el BCE.

Así, la conclusión es desalentadora: las dos medidas estándar de políticas macroeconómicas tienen aspectos contraproducentes y además ni siquiera se pueden realizar. ¿Entonces?

La única opción es negociar con la Unión Europea.  En ese caso hay un punto clave: la capacidad de negociación de cada lado. Y en este caso viene valorado por una cuestión esencial que es valorar lo que puede perder cada lado, no lo que puede ganar. Si hay una quita de la deuda, el resto de países endeudados sentirá un agravio comparativo, relajará sus reformas y se pondrá a la cola para negociar su propia reestructuración financiera. Eso generará una gran desconfianza en los mercados financieros ya que la prima de riesgo de los países periféricos se dispararía: “vale, te compro bonos, pero sólo a un precio altísimo, que igual haces como los griegos”. Si no hay quita y las cosas siguen igual, Grecia podría salirse del euro. Volvería a su antigua moneda y sufriría una devaluación enorme. Eso llevaría a una inseguridad general respecto del mantenimiento del euro como moneda y a un empobrecimiento relativo de los griegos: los productos importados valdrían muchísimo dinero.

En definitiva, dos escenarios horrorosos.

Así, ¿qué va a pasar?

Lo lógico es que la deuda griega se reestructure o que haya una “quita encubierta”. Además, las medidas económicas se suavizarán ya que incluso el Fondo Monetario Internacional ha admitido que las medidas de austeridad han sido excesivas. Y poco a poco las cosas mejorarán, pero no mucho.

¿Qué podemos aprender de toda esta historia?

Uno, las medidas macroeconómicas tradicionales han perdido su efectividad. La globalización de los mercados nos obliga a mejorar las instituciones internacionales. Y es que uno acaba harto: todos los países necesitan “reformas estructurales”. Y se debe abrir un nuevo debate: ¿no habrá que reformar también la ONU, el FMI, el BM o el BCE?

Dos, tenemos un problema gravísimo de deuda a nivel global. De la misma forma que este año veremos una reunión en París relacionada con el cambio climático, ¿Por qué no hacer lo mismo con la deuda?

Tres,  muchos gobernantes han dejado países arruinados endeudándose más de lo debido de forma irresponsable, de manera que los contribuyentes del futuro pagan unos intereses enormes que, no lo olvidemos, no van a educación o a la sanidad. ¿Por qué no pedir cuentas por ello?

Sí, todavía queda mucho por hacer.

Las conclusiones de los peces gordos....

De Davos a Grecia (Del 2 al 8 de febrero).

                La élite política, empresarial e intelectual se ha reunido entre los días 21 y 24 de enero en Davos a petición del Foro Económico Mundial. Durante estos días se realizan distintas charlas y conferencias entre representantes de todos estos ámbitos de manera que por un lado se puedan valorar las tendencias globales más importantes y por otro se busquen mecanismos de cooperación que puedan beneficiar a toda la sociedad. Así, por ejemplo, se han reunido representantes de Rusia y Ucrania para intentar enderezar la situación de los dos países. También muchos de estos empresarios aprovechan la situación para hacer negocios. En definitiva, se obtienen diferentes informes y conclusiones que pueden ayudar a comprender el mundo en el que vivimos. Eso sí, sin olvidar que todas las conclusiones están ligeramente sesgadas en beneficio de ese uno por ciento que, para muchos, toman las decisiones que van a influir en todo el planeta.

            ¿Cuáles han sido las conclusiones más importantes de este año?

            Consultando la prensa de estos días y la página web del Foro Económico Mundial, muchas ya son conocidas por todos. Por ejemplo, para Angela Merkel y Christine Lagarde “España está haciendo los deberes. Sólo le faltan reformas estructurales”. Obviedades como que podemos sufrir una generación perdida o que la desigualdad está aumentando también. Los países que ganan y pierden con el mercado del petróleo los conocemos todos, aunque es curioso remarcar que la transferencia de renta entre unos y otros es de 1,5 billones de dólares. Por lo demás ya se sabe, lo de siempre.

            Se trata de entrar en las cuestiones que más llaman la atención. Así, es interesante valorar aquello de lo que no se ha hablado. Aspectos como el avance de la inteligencia artificial y sus implicaciones, la salud o el cambio climático se han pasado casi de puntillas. Claro que se han comentado cuestiones energéticas: así, la Agencia Internacional de Energía estima que necesitarán en los próximos años una inversión de 17 billones de dólares. Casi nada. Y es que en cuanto se descubran mecanismos para almacenar mejor otras energías (electricidad, pila de hidrógeno) nuestra vida cambiará por completo.

            En fin, ahora toca analizar las conclusiones más interesantes.

            Respecto de las recientes medidas de política monetaria del Banco Central Europeo, Xabier Sala i Martín, uno de los economistas españoles de más prestigio, opina que “puede haber otra crisis y el BCE habrá agotado toda su munición”. Y esa afirmación da que pensar: con los tipos bajo mínimos, pocos mecanismos quedarían para reflotar la economía.

            Eric Schimdt, de Google, estima que el nuevo mundo digital al que nos estamos moviendo generará cuatro millones nuevos de empleos. Muy bonito, pero habrá que ver cuántos empleos se suprimen.

            Larry Summers sigue con sus tesis habituales: “corremos el riesgo de quedarnos en una situación de deflación y estancamiento secular”. Esta frase lleva mucho tiempo en el debate global.

            Katherine Garret Cox, de Alliance Trust (Reino Unido) aboga por una mayor colaboración entre las asociaciones público privado. Y no está mal pensado, seguramente existen muchos puntos de encuentro entre la educación pública y la privada, entre las instituciones y las empresas. Sí, esta propuesta tiene recorrido.

            Por otro lado, los mayores retos a los que nos debemos enfrentar serían, por este orden, la desigualdad, el desempleo, la falta de liderazgo, el aumento de la competencia geoestratégica, la posible bajada de la efectividad de la democracia representativa, el aumento de la contaminación, convivir con una meteorología más severa, el aumento del nacionalismo, el incremento del estrés hídrico y la interrelación entre la salud y la economía. Bueno es saberlo.

            La conclusión más acertada, a mi juicio, la dice Dennis Nally, de Pricewaterhouse Coopers: “la nueva era de crecimiento habilitado digitalmente nos lleva a un terreno completamente desconocido”. Y si a eso les sumamos las novedades debidas a  los cambios tecnológicos y geopolíticos (la nueva profesión de moda: analista geopolítico) es normal que detectemos cierta incertidumbre.

            Hablando de terreno desconocido, ¿qué ocurrirá con la victoria de Syriza en Grecia? ¿Nos va a llevar a la ruina a todos? ¿Se puede, verdaderamente, renegociar la deuda? Para empezar, a nadie le interesa que Grecia se vaya del euro. Eso es un punto a favor y focaliza mucho la negociación entre los griegos y la Troika. Por otro lado, resulta que Grecia ha alcanzado ya superávit primario. Eso quiere decir que si restamos a sus ingresos  sus gastos fiscales, a excepción de los intereses de deuda, el saldo es  positivo. En ese caso, está pactada cierta renegociación de la deuda. Wolfgang Münchau, columnista estrella del Financial Times, ya abrió esa posibilidad. Eso es lo que ocurrirá. Más aún cuando el mismísimo Fondo Monetario Internacional reconoció que la austeridad no había dado los resultados esperados.

            En definitiva, muchos retos, muchas amenazas. La cosa promete.

¿Se acabó la clase media? (Del 26 de enero al 1 de febrero).

               Uno de los economistas más influyentes del mundo, Tyler Cowen, ha escrito el libro “Se acabó la clase media”. En el mismo, expone que a medio plazo la población de nuestro planeta se compondrá en un 15% de personas con una vida cómoda y estimulante y que el 85% restante se quedará estancado con una situación descendiente de manera que su mayor aspiración será sobrevivir. En España Esteban Hernández ha escrito un libro titulado “el fin de la clase media” donde expone las mismas ideas. Incluso usa un tono más pesimista, en el que argumenta que van existiendo cada vez más personas que generan un producto marginal cero, es decir, que ya no les contratan ni cobrando un sueldo inferior al anterior. ¿Tienen razón estos pensadores? ¿Podemos pensar que la clase media está en fase de decadencia?

                Para contestar a estas preguntas, podemos valorar las tres tendencias que ve imparables Juan Martínez Barea en su interesante libro “El mundo que viene”. Así, la primera vendría dada por la hiperconectividad. Muchas personas viven enganchadas a la red en todo lugar, en todo momento y en cualquier tipo de plataforma. La segunda tendencia es la aceleración tecnológica, que avanza exponencialmente. Pensemos, simplemente, en nuestros teléfonos móviles. Lo único que queda de eso es el nombre: en realidad son pequeños ordenadores. Los impresionantes avances tecnológicos han hecho que hayan bajado las ventas de dispositivos como las cámaras fotográficas o los GPS. Muchos de ellos ya tienen incluso traductores, de manera que permiten hablar con una persona en otro idioma ya que el móvil traduce la frase al idioma que deseemos. Y eso sin olvidar todo lo que permite el móvil en términos de aplicaciones. Por último, la tercera tendencia es la irrupción de cuatro mil millones de nuevos ciudadanos, en especial, aquellos que habitan los BRICS (Brasil, Rusia, India o China) sin olvidar potencias en ciernes como México, Corea del Sur, Indonesia o Sudáfrica.

                ¿Qué ventajas tiene todo ello? La geografía ya no es tan importante a nivel de servicios, ya que se pueden ofrecer a partir de la red, con lo cual la competencia global es feroz. Como consecuencia de ello, los precios bajan hasta llegar a la denominada “ley del precio único”, de forma que no se puede bajar más los mismos. Esto ocurre en los llamados mercados de competencia perfecta: en ellos, hay infinitos consumidores y productores, los bienes son homogéneos (los productos son de la misma claridad), hay información perfecta (en Internet llegan a existir incluso comparadores de comparadores de precios) y no existen constes de transacción. Todo ello pasa en el mercado de servicios en Internet. Todo ello es positivo a nivel de consumidor.

                ¿Qué desventajas tiene? De nuevo, principalmente dos. Primero, que puede ocurrir que el ganador se quede con todo el mercado. Cuando todos aquellos que buscan trabajo se apuntan a una red social particular, nadie va a buscar trabajo en otra red, a no ser que sea algo muy específico. Segundo, que es difícil diferenciarse en la red, es decir, encontrar un hueco donde una persona pueda generar su propio mercado.

                ¿Y qué podemos pensar de todo ello dentro del mercado de trabajo? Una forma de verlo es pensar al revés, es decir, meditar acerca de nuestros gustos como consumidores. Así, tendemos a gastarnos mucho dinero en lo que más nos gusta, mientras que gastamos lo justo para lo demás, de manera que como sólo lo vemos necesario compramos productos de marca blanca.

                Esto implica, a nivel personal, que tendrán buenos puestos de trabajo aquellos que puedan ofrecer al mercado productos de alto valor añadido y que en consecuencia estén muy preparados para ello y que tendrán (o no tendrán) puestos tan buenos de trabajo aquellos que se dediquen a actividades de bajo valor añadido. Respecto al tema de la educación, es cierto que por desgracia muchos titulados no encuentran trabajo. Pero es que la proporción de paro está disparada en las personas sin educación. Tiene lógica. Un titulado en medicina puede trabajar de médico o de cualquier otra cosa. Alguien que no está titulado sólo puede trabajar en cualquier otra cosa.

                Vivimos en lo que uno de los pensadores de referencia mundial, Buyng Chul Han, considera la “sociedad de la competencia”. Es necesario competir brutalmente para no quedarse fuera del mercado. A su modo de ver, antiguamente vivíamos en la “sociedad del cansancio”, de forma que nos dedicábamos a trabajar en una fábrica y luego nos íbamos a casa a descansar. Eso es pasado. Ahora “en alguna parte del mundo hay alguien entrenándose mientras tú no lo haces. Cuando corras con él te ganará” (T.Fleming).

                Si queremos evitar la pérdida de la clase media, tenemos mucho que hacer. Debemos potenciar la capacidad de innovar y competir de las personas. Debemos hacer reformas para que las personas puedan dar lo mejor de sí mismas. Debemos saber la posición que deseamos ocupar en el mundo como país, región o personas posicionándonos, de una vez, estratégicamente. Debemos ubicarnos pensando quienes somos y quienes queremos ser.

                ¿Estamos preparados?

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